Desde las Galias: Anna Gavalda

Procede de una literatura que en los últimos años trasciende a cuenta gotas en el mercado de habla hispana, la mención del nombre de la escritora francesa dirá poco al lector medio de otras latitudes. Pero ella, con un trabajo mucho menos iconoclasta y estridente que otros autores de su generación (Frédéric Beigbeder, Amélie Nothomb) la autora, nacida en la periferia parisina (Boulogne-Billancourt, 1970), ha sabido imponer su estilo fresco y pleno de protagonistas juveniles.

La mayoría de sus publicaciones han visto la luz en la década pasada. Títulos como Quisiera que alguien me esperara en algún lugar, publicada en español por Espasa, 2001 y Seix Barral, 2005, con el que logró un gran éxito en su país siendo traducida a veinte idiomas; Treinta y cinco kilos de esperanza (Alfaguara Juvenil, 2007); El consuelo (Seix Barral, 2008); y Billie, de reciente aparición en Francia y aún sin traducción española.

Aunque su mayor éxito hasta la fecha lo encuentra en Juntos, nada más (Seix Barral, 2004), novela que sitúa a sus protagonistas: un aristócrata en horas bajas (Philibert), un cocinero tosco (Franck), una limpiadora nocturna (Michelle), quienes como muchos comparten por necesidad un piso. Publicación que le representó su consolidación en las letras galas, y de la cual se ha extraído el guion de la película de próximo estreno. De ella, el texto a continuación:

_ “¿Estás celoso?  (Philibert)

_ ¡No, joder! ¡Sólo faltaba! ¿Yo, celoso de un saco de huesos? Oye, tío, que no soy una hermanita de la caridad, ¿eh?  (Franck)

_ No digo celoso de mí, sino de ella. ¿Tal vez sientes que te falta espacio y no te apetece desplazar el vasito con tu cepillo de dientes unos centímetros más hacia la derecha?

_ Hala, ya saltó… Tú y tus frases grandilocuentes… Cada vez que abres el pico, parece que tus palabras tuvieran que quedar escritas en algún lado de lo bien que suenan…

_ …

_ Mira tío, ya sé que esta es tu casa… Pero el problema no es ese. Puedes invitar a quien se te dé la gana, hospedar a quien te dé la gana, puedes incluso ir por ahí haciendo obras benéficas si te sale de los cojones, pero joder, tío, yo que sé… Estábamos aquí los dos de puta madre, ¿no? 

_ Tú crees.

_ Pues sí, lo creo. Vale, yo tengo mi mal genio y tú tienes todas tus estúpidas manías, tus historias, tus chorradas compulsivas, pero en general todo marchaba bien hasta ahora…

_ ¿Y por qué habrían de cambiar las cosas?

_ Pfff… Cómo se ve que no conoces a las tías… Ojo, que esto no te lo digo para ofenderte, ¿eh? Pero es verdad… Mira, macho, en cuanto metes a una tía en una casa, todo se va a la mierda… Todo se complica, todo se vuelve una jodienda, y hasta los mejores colegas terminan cabreados, tío… ¿Se puede saber de qué te ríes?

_ Pues de que hablas como… como un actor en una película… No sabía que fuera tu… tu colega.

_ Vale olvídalo. Yo lo único que te digo es que me lo podías haber comentado antes, nada más.

_ Te lo iba a comentar.

_ ¿Cuándo?

_ Ahora en este momento, ante mi tazón de leche con cacao, si me hubieras dejado preparármelo…

_ Vale, entonces me disculpo… Ah, no, mierda, no puedo disculparme solo, ¿no?

_ Exactamente.

_ ¿Te vas al curro?

_ Sí.

_ Yo también. Anda, venga, te invito a un chocolate en el bar de la esquina…”                                                                                             

La frase

«Escribo para definirme, un acto de auto creación, en un diálogo conmigo misma, con escritores que admiro, vivos y muertos, con lectores ideales. Porque me da placer. No sé con certeza para qué sirve mi trabajo»  ( Susan Sontag )

 

 

Esencia latina: Antonio Tabucchi

El escritor italiano nunca tuvo inconvenientes en reconocer la influencia de los textos de Pessoa en su decisión de hacedor literario. Es que muchos de los años de la vida de Antonio Tabucchi (1943-2012) e incluso su muerte, transcurrieron en el Portugal del lisboeta para que después toda su experiencia, lo convirtiera en traductor del autor del Libro del desasosiego y en profesor de Lengua y Literatura portuguesa en Bolonia, Génova y Siena.

Aunque bien es cierto que sus primeros conocimientos de literatura lusitana, se remontan al tiempo en que tuvo oportunidad de asistir a la universidad de la Sorbona en París. Luego los años de residencia sumados al amor por el idioma y la idiosincrasia local, lo llevaran a desempeñarse como director del Instituto Italiano de Cultura de Lisboa.

A caballo entre sus dos países, el propio y el de adopción, nació y creció el Tabucchi literato, con una variedad de obras traducidas a infinidad de idiomas, donde destacan Nocturno hindú (1984); La cabeza perdida de Damasceno Monteiro (1997); Los tres últimos días de Fernando Pessoa (2000) y por supuesto, Sostiene Pereira (1994), texto que fue llevado al cine con Marcello Mastroianni en el papel protagónico. En él, el italiano situó la acción hacia 1938 bajo plena dictadura zalazarista, allí el apolítico Pereira responsable de la página de necrológicas de un diario católico, discutía con su flamante colaborador, el idealista Monteiro Rossi:

«…El prAntonio Tabucchi Coblema es que usted no debería meterse en problemas que son más grandes que usted, hubiera querido responder Pereira. El problema es que el mundo es un problema y seguramente no seremos ni usted ni yo quienes lo resolvamos, hubiera querido decirle Pereira. El problema que usted es joven, demasiado joven, podría ser mi hijo, hubiera querido decirle Pereira, pero no me gusta que usted me tome como su padre, yo no estoy aquí para resolver sus contradicciones. El problema es que entre nosotros ha de haber una relación correcta y profesional, hubiera querido decirle Pereira, y que debe usted aprender a escribir, porque, de otro modo, si escribe con las razones del corazón, va usted a tropezarse con grandes complicaciones, se lo puedo asegurar.

Pero no dijo nada de todo eso. Encendió un cigarro, se secó con la servilleta el sudor que le bajaba por la frente, se desabrochó el primer botón de la camisa y dijo: Las razones del corazón son las más importantes, es necesario seguir siempre las razones del corazón, esto no lo dicen los diez mandamientos, pero se lo digo yo, de todos modos hay que tener los ojos muy abiertos, a pesar de todo, corazón, sí, estoy de acuerdo, pero también ojos bien abiertos, querido Monteiro Rossi, y con esto ha terminado nuestro almuerzo, en los próximos tres o cuatro días no me llame, le dejo todo este tiempo para reflexionar y para hacer una cosa como Dios manda, ¿de acuerdo? llámeme el próximo sábado a la redacción, hacia las doce del mediodía.»

Frankfurt y su feria homenajean a Brasil

Las sensaciones de la reciente Feria del libro de Frankfurt aún permanecen con toda su frescura. Con todos los ecos de sus expositores, escritores, visitantes y por supuesto, el anuncio del premio Nobel, otorgado en esta oportunidad a la creadora de relatos breves canadiense Alice Munro.

Este año con Brasil y sus letras como invitados de honor. Donde  aceptando el envite, se hicieron presentes más de noventa autores de todos los géneros, algunos más conocidos fuera de sus fronteras, Frankfurt-Brasil 2013otros, intentando serlo. Así tanto por sus publicaciones como por su presencia física, han vuelto a trascender muchos nombres del país sudamericano; Joao Guimaraes Rosa, Machado de Assis, Nélida Piñon,  Fernando Savino, Paulo Lins o Marina Colosanti, por sólo mencionar unos pocos.

Aunque bien es cierto que para muchos lectores, la brasilera es una retórica aún hoy lejana. Por tanto vaya desde aquí nuestro grano de arena con el texto a continuación, que responde a otra autora de historias breves de excepción y tal vez, una de las voces más sugerentes de la literatura brasilera contemporánea, Clarice Lispector; de su cuento Amor:

“… El tranvía se arrastraba, y en seguida se detenía. Hasta la calle Humaitá tenía tiempo de descansar. Fue entonces cuando miró hacia el hombre que estaba en la parada. La diferencia entre él y los otros era que él estaba realmente detenido. De pie, con sus manos extendidas. Era un ciego.

¿Qué otra cosa había hecho que Ana se fijase erizada de desconfianza? Algo extraño estaba pasando. Entonces lo advirtió: el ciego masticaba chicles… Era un hombre ciego que masticaba chicles.

Ana todavía tuvo tiempo de pensar en sus hermanos que irían a comer; el corazón le latía con violencia, espaciadamente. Inclinada miraba al ciego profundamente, como se mira a lo que no nos ve. El masticaba en la oscuridad, Sin sufrimiento con los ojos abiertos. El movimiento, al masticar, lo hacía parecer sonriente hasta que de pronto dejó de sonreír, sonreír y dejar de sonreír, como si él la hubiese insultado. Ana lo miraba. Y quien la viese tendría la impresión de ver a una mujer con odio. Pero continuaba mirándolo, cada vez más inclinada –el tranvía arrancó súbitamente-, arrojándola desprevenida hacia atrás y la pesada bolsa de malla que llevaba rodó de su regazo y calló al suelo. Ana dio un grito y el conductor impartió la orden de parar antes de saber de qué se trataba; el tranvía se detuvo, los pasajeros miraron asustados. Incapaz de moverse para recoger sus compras, Ana se irguió pálida. Una expresión que desde hacía tiempo no expresada en su rostro resurgía con dificultad, incierta e incomprensible. El muchacho de los diarios reía mientras le entregaba los paquetes. Pero los huevos se habían quebrado. Yemas amarillas y viscosas se pegoteaban entre la malla de la bolsa. El ciego había interrumpido su tarea de masticar chicles y extendía las manos inseguras, intentando inútilmente percibir lo que estaba sucediendo. El paquete de los huevos fue arrojado fuera de la bolsa y, entre la sonrisa de los pasajeros y la señal del conductor, el tranvía reinició nuevamente su marcha…”

Narrativa alemana: Ferdinand Von Schirach

La literatura de ficción de origen germánico no es de las que abunda en el mercado en lengua castellana; con un público lector habituado más a un material procedente del mercado español y latinoamericano, del  anglosajón o incluso, al proveniente de la esfera francófona.

Esta limitada frecuencia se incrementa más si se trata de escritores poco renombrados o más aún, de flamante publicación. Es el caso del abogado muniqués Ferdinand Von Schirach, quien luego de años dedicado a la resolución de casos criminales rompe esta regla con su primer trabajo, Crímenes (Salamandra), donde se ha lanzado a utilizar parte del bagaje acopiado en sus años de letrado, para dar impulso y forma a sus relatos.

Con un estilo conciso pero de ritmo intenso cercano en ciertos pasajes al reportaje periodístico, enmascarados bajo una pátina de género policial, los once relatos nos llegan aupados por un sonado éxito en su país de origen. En ellos subyace el choque entre sociedad e inmigración, cuando un séquito de sobrevivientes intentan aferrarse desesperadamente a la vida como a una tabla de náufrago. Nos hablan de códigos y de  ética en el submundo del crimen y también, de aquellos que tiñen su mascarada sin importarles a quienes usan para sus fines. Sus historias se muestran desgarradoras y certeras cual afilada guillotina, sacuden y obligan a la reflexión del lector.

Nada mejor para sintetizarnos el qué y el cómo que el prólogo del mismo autor, donde destaca:

“Escribo sobre procedimientos penales, en los que he actuado como abogado defensor en más de setecientas ocasiones, pero en realidad hablo del ser humano, de sus fracasos, de su culpa y su grandeza.

Uno de mis tíos era juez presidente de un tribunal de jurado. Esta clase de tribunales son los encargados de juzgar delitos contra la vida: homicidios y asesinatos. Nos contaba casos que nosotros, de niños, éramos capaces de comprender. Siempre empezaban con la misma frase: ´La mayoría de las cosas son complicadas, y la culpabilidad es siempre un asunto peliagudo`

Tenía razón. Perseguimos las cosas, pero son más rápidas que nosotros y nunca podemos darle alcance. Yo cuento las historias de asesinos, traficantes de drogas, atracadores de bancos y prostitutas. Todos tienen una historia y no son distintos de nosotros. Nos pasamos la vida danzando sobre una fina capa de hielo, debajo hace frío, y nos espera una muerte rápida. El hielo no soporta el peso de algunas personas, que se hunden. Ése es el momento que me interesa. Si tenemos suerte, no ocurre nada y seguimos danzando. Si tenemos suerte…”

El personaje

Es frecuente que los escritores noveles se obsesionen por delinear la trama de un trabajo literario de ficción, para luego dejar en un segundo plano la conformación de los personajes que las nutren. Pero el camino debería correr en paralelo y la trama debe estar también al servicio de los intérpretes. Es necesario por tanto, perfilar unos protagonistas que sean lo suficientemente potentes como para dar buen impulso al relato.

Para ello la observación del escritor cumple un factor preponderante.  Y la realidad nos facilita un mercado prolífico del cual poder extraer suculentos arquetipos con los que abastecer nuestros escritos. El maestro de actores ruso Constantin Stanislawki explicitaba que para construir el rol de cualquier intérprete, había que huir de los estereotipos para extraerlo de la misma sociedad que nos circunda. El resto lo debería proveer nuestra imaginación o incluso hasta los propios personajes, quienes en razón de su conformación física y psicológica, empujarían y en cierta manera condicionarían la construcción de las diferentes tramas.

Vendrá después el momento del pulido final, el de los pequeños detalles,  en definitiva, de llenar a nuestros protagonistas de una cantidad de matices que los hagan propios y únicos. Luego los habrá más brillantes, expresivos u opacos, pero deberían atraer sobre ellos toda la atención de aquel que se aboca a la lectura.

Entonces será la instancia de completar la ecuación que resulta entre el escritor como emisor y el personaje como transmisor, cuando se incorpore el tercer componente, el receptor del mensaje que subyace en todo buen texto, el lector. Para, aunque hablemos de ficción, lograr componer una sinonimia con aquello que mencionaba el  psicoanalista francés Jacques Lacan: Construimos nuestro mundo a través del lenguaje.