Morí por la Belleza, pero apenas

ahormada en la tumba.

Otro murió por la Verdad, y estaba

en un lugar contiguo.

Me preguntó en voz baja: «¿De qué has muerto?».

Dije: «Por la Belleza».

«Pues yo por la Verdad. Y son lo mismo».

Añadió: «Hermanos somos».

Así, como parientes que se encuentran

de noche, conversamos.

Hasta que el musgo nos llegó a los labios

y cubrió nuestros nombres.

Versos de Morí por la belleza, de Emily Dickinson

Fotografía: Pexels – Mario Wallner

La aventura de leer

Poder de seducción 

El amor a la vida comienza con el amor a las palabras, desde que una persona nace. Las ilustraciones, los dibujos, los sonidos acercan la literatura a los niños. 

Leer, por eso, es una aventura fantástica, a través de mensajes simbólicos: el viaje -todos somos viajeros en el tiempo y en el espacio-; la felicidad -vocablo indescifrable que podría equivaler a sonreír con espontaneidad; el mundo -los paisajes interiores, personales y únicos, y los exteriores, la naturaleza-; las imágenes y sonidos -que son textos maravillosos-; las historias -lo cercano y lo lejano que nos llevan a las raíces, mitos, leyendas y tradiciones-; los misterios -la lucha sempiterna entre el bien y el mal, lo sagrado y lo profano, los pasadizos secretos, sus vampiros y duendes-; los animales y sus sorprendentes enseñanzas -y en primer lugar, el animal humano; los héroes y heroínas de siempre… 

Y mucho más, porque el libro es el poder de la seducción por su encanto incomparable. Por su olor a tinta, y a polvo y ceniza. Corresponde, sin lugar a dudas, al amor sin límites, en palabras de Fernando Pessoa: “Amo -al libro- como ama el amor. No conozco otra razón para amar que amarte. ¿Qué quieres que te diga además de que te amo, si lo que quiero decirte es que te amo?” 

Leer equivale a comer el potaje más sabroso; bailar con la mujer más linda; viajar por los lugares fantásticos, y pintar el mural más visto del mundo. Con razón Jorge Luis Borges dijo que “si existe cielo mi encuentro sería con los mejores libros leídos de mi historia”. 

Experiencias valiosas 

Si bien la escuela enseña a leer, en ocasiones “mata” la lectura cuando se convierte en obligación. El placer de leer se encarna en las familias lectoras y en los espacios ciudadanos: las bibliotecas, los parques, los buses, los jardines y las montañas. ¡No hay espacio que no sirva para deleitarse con un libro! 

Existen experiencias valiosas que las compartí en algunos tramos de mi vida. En Uruguay la gente leía en las paradas, en los buses y en los taxis, incluso en los ascensores. En España estuvieron de moda los libros de bolsillo. Nunca olvido la famosa colección “Alianza Cien”, con títulos representativos de la cuentística universal. Y por supuesto las ramblas, en Barcelona, donde los quioscos de libros, periódicos y revistas se alternan con músicos callejeros, mimos, arlequines y juglares. El programa “Libros a la calle” es emblemático en Madrid porque los libros han “inundado” los transportes públicos. En Londres, París y Nueva York, en cada coche, leen por lo menos diez personas…

<La autoría de este artículo es de Fausto Segovia Baus, y fue reproducido en las páginas del diario El Comercio de Perú>

«La ficción, los relatos, son mentiras con aviso para jugar; que no tienen que ver con los hechos alternativos o las ‘fake news’. Son una forma de acercamiento a lo que nos pasa, nos preocupa o nos angustia» (Irene Vallejo)

Graham Greene, espionaje e intriga en la majestuosa Viena

Con el solo hecho de mencionar el nombre del autor se nos representan historias de espías cargadas con buenas dosis de acción y suspense. Mientras que sus tramas están plagadas de personajes en los que las contradicciones forman una constante en sus fisonomías. El inglés, (Berkhamsted, Hertforshire, 1904 – Vevey, Suiza, 1991), gustó de expresarlo en muchas instancias de sus textos, y fueron parte de su propio recorrido de vida.

Desde edad temprana manifestó una decidida inclinación hacia las letras y muy pronto publicó su primer compendio de poesía aunque, bien es cierto, con limitada repercusión. Persona de convicciones desde joven mostró sus inquietudes personales, más aún durante el transcurso de la Segunda Guerra Mundial, que hicieron de él un afiliado más del Partido Comunista, militancia que abandonaría poco tiempo después.

Más allá de sus convicciones políticas, tuvo oportunidad de asistir a la Universidad de Oxford para, una vez graduado, ingresar a trabajar como periodista en el diario de Nottingham y de allí al prestigioso The Times de Londres. Muy pronto haría aparición su primera novela El otro hombre o Historia de una cobardía, la que sí logró muy buena acogida y le hizo volcarse de lleno en su literatura. Si bien es cierto que nunca abandonó sus opiniones, colaborando en varias publicaciones como periodista independiente.

Su vida sufrió un completo vuelco en el momento que su hermana lo acercó al MI6, el servicio secreto exterior británico. Eso y la información a la que podía tener acceso de acuerdo a sus funciones, le permitieron apreciar de cerca las problemáticas de los países y la personalidad de muchos de sus líderes. Esas experiencias le aportarían material más que suficiente para abastecer las tramas de sus historias.

Greene pudo componer una obra extensa que le permitió incursionar en la novela corta, el ensayo, escribir piezas de teatro e incluso en la novela infantil, géneros por los cuales su nombre formó parte en más de una oportunidad para el Premio Nobel de Literatura. Luego la calidad de sus historias hicieron que muchas de ellas fueran llevadas a la gran pantalla; novelas como El poder y la gloria; El tercer hombre; El americano impasible; El tren de Estambul; Nuestro hombre en La Habana o El cónsul honorario, relatos en los que le agradaba detenerse en la construcción de la psicología de los personajes, títulos que no pierden un ápice de actualidad y le garantizan la constante reedición de sus obras.

En El tercer hombre sitúa la acción en Viena con su fantástica arquitectura, el caudaloso Danubio y también el «Prater» con su gigantesca noria. El pasaje siguiente habla de postguerra, de ocupación y de los supervivientes de todos los bandos entregados al siniestro juego del sálvense quien pueda:

   “La nieve daba un aire de comedia grotesca a los grandes y pomposos panteones familiares; sobre una cara angelical se ladeaba un bisoñé de nieve, un santo tenía un espeso mostacho blanco y sobre el busto de un funcionario civil de alta categoría llamado Wolfgang Gottmann había un chacó de nieve en un ángulo ebrio. Hasta el cementerio estaba dividido según las zonas de las potencias; la zona rusa se distinguía por sus enormes estatuas de mal gusto de hombres armados; la francesa, por sus filas de anónimas cruces de madera y una desgarrada y cansada bandera tricolor. Luego, Martins recordó que Lime era católico y, por tanto, no era muy probable que le enterrasen en la zona británica que habían estado buscando en vano. Así que volvieron en el coche por el corazón del bosque donde las tumbas yacían como lobos entre los árboles, blancos ojos parpadeantes bajo los sombríos árboles siempre verdes. Una vez emergió de debajo de los árboles un grupo de tres hombres, con extraños uniformes dieciochescos en negro y plata y tocados con tricornios, que empujaban una especie de carreta: cruzaron un claro en el bosque de tumbas y desaparecieron de nuevo.

   Por pura casualidad pudieron encontrar a tiempo el entierro: un pedazo de tierra en el enorme parque, limpio de nieve, donde se había juntado un grupo diminuto, al parecer entregado a un asunto muy privado. Acababa de hablar un sacerdote -sus palabras llegaban tenuemente a través de la fina y paciente nieve-, e iban a bajar un ataúd al interior de la tumba. Dos hombres vestidos con trajes corrientes estaban de pie al lado de la fosa; uno llevaba una corona que sin duda había olvidado posar sobre el ataúd, porque su compañero le tocó con el codo, ante lo cual él dio un respingo y dejó caer las flores. Había una muchacha, un poco alejada, que se tapaba el rostro con las manos, y yo, que estaba a veinte yardas de distancia, junto a otra tumba, mirando con alivio el final de Harry Lime y fijándome cuidadosamente en quienes estaban allí: para Martins yo era tan sólo un hombre con un impermeable. Se me acercó y me preguntó:

   <¿Podría decirme a quién están enterrando?>

   <A un tipo llamado Lime>, dije, y me quedé atónito al ver cómo se le llenaban de lágrimas los ojos del desconocido: ni él parecía un hombre capaz de llorar, ni yo creía que Lime fuera de la clase de hombre por el que nadie pudiera sentir pena: pena auténtica con lágrimas auténticas. Por supuesto, allí estaba la muchacha, pero esas generalizaciones no incluyen a las mujeres.

   Martin permaneció allí, hasta el final, cerca de mí. Más tarde me dijo que, como viejo amigo, no quería mezclarse con los nuevos: la muerte de Lime les pertenecía a estos, que se quedaban con ella. Tenía la ilusión sentimental de que la vida de Lime -al menos veinte años de su vida- le pertenecían a él. Tan pronto como se acabó aquello -no soy un hombre religioso y me impacienta un poco todo el ritual de la muerte- Martins se alejó hasta el taxi dando zancadas con esas largas piernas suyas que siempre parecían que se iban a enredar. No intentó hablar con nadie y ahora lloraba de verdad, al menos esas pocas y mezquinas gotas que podemos exprimir a nuestra edad.

   Los archivos, saben, nunca se completan del todo; un caso no se cierra nunca, ni siquiera después de un siglo, cuando ya se han muerto todos los participantes. Así que seguí a Martins: conocía a los otros tres; quería conocer al extraño. Le alcancé junto a su taxi y le dije:

   <No tengo medio de transporte. ¿Podría llevarme hasta la ciudad?>

   <Por supuesto>, dijo.

   Sabía que el conductor de mi jeep me vería al salir y podría seguirnos discretamente. Cuando arrancamos me di cuenta de que Martins no miraba atrás: son casi siempre los falsos apenados y los falsos amantes los que echan la última mirada, los que esperan saludando en los andenes, en vez de largarse rápidamente, sin mirar atrás.

   ¿Será porque se quieren tanto a sí mismos y quieren que les miren los demás, hasta los que están muertos?

   <Mi nombre es Calloway, le dije.

   <Martins>, dijo él.

   <¿Era usted amigo de Lime?>

   <Sí>.

   La mayor parte de la gente en la última semana habría vacilado antes de afirmar una cosa así.

   <¿Lleva mucho tiempo aquí?>

   <He llegado esta misma tarde de Inglaterra. Harry me había invitado a que me quedara con él. No sabía nada>

   <¿Le ha impresionado un poco, no?>

   <Mire -dijo-, necesito una copa, pero no tengo más que cinco libras esterlinas. Le agradecería mucho que me invitara.>

   Me tocaba decir: <Por supuesto.> Pensé un momento y luego le di al conductor el nombre de un barcito de la Kärntnerstasse. No creía que quisiera que le vieran todavía en el animado bar británico, lleno de oficiales en tránsito y de sus mujeres. En aquel bar -quizá por lo exorbitante de sus precios- no había en aquel momento más que una pareja muy amartelada. El problema era que sólo tenían una bebida -un licor dulce de chocolate que el camarero mejoraba, mediante una propina, con coñac-, pero tuve la impresión de que Martins no iba a rechazar nada bebible, con tal de que corriera un velo sobre el presente y el pasado. En la puerta había el acostumbrado cartel que decía que el bar se abría de seis a diez, pero no tenías más que empujar la puerta y pasabas al salón principal. Dispusimos de una salita para nosotros solos; la única pareja estaba en el salón de al lado y el camarero, que me conocía, nos dejó solos son con unos bocadillos de caviar. Afortunadamente, los dos sabíamos que yo disponía de una cuenta de gastos.

   Martins dijo tomando su segunda copa, rápida:

   <Lo siento, pero era el mejor amigo que tenía>

   No pude resistir decirle, sabiendo lo que yo sabía y porque tenía ganas de pincharle, pues se aprende mucho así:

   <Suena a novela barata.>

   Dijo rápidamente: <Escribo novelas baratas.>

   Ya sabía algo. Hasta que no hubo tomado su tercera copa, tuve la impresión de que no era un hombre al que se le soltara la lengua, pero estaba bastante seguro de que era uno de esos que se ponían desagradables a partir de la cuarta.

   <Hábleme de usted y de Lime>, le dije.

   <Mire -dijo él-, necesito como sea otra copa, pero no quiero gorronearle a un desconocido. ¿Me puede cambiar una o dos libras por dinero austríaco?>

   <No se preocupe por eso -dije, y llamé al camarero-. Ya me invitará usted a mí cuando vaya a Londres de permiso. ¿No me iba a contar cómo conoció a Lime?>

   La copa de licor de chocolate podía haber sido de cristal de roca, a juzgar por cómo la miró y la hizo girar en una y otra dirección.

   <Fue hace mucho tiempo. Supongo que nadie conocía a Harry como yo le conocí>, dijo, y yo pensé en el abultado fichero lleno de informes de agentes que había en mi oficina, todos diciendo lo mismo…”

«Aquí y allá hay conchillas blancas y planas que brillan y que el mar ha depositado en la arena. Me inclino para recogerlas. En mis manos las noto suaves, limpias y frágiles. Continuamos caminando hasta que llegamos a un lugar donde los acantilados y las rocas salen al encuentro del agua…»

Texto: de la novela Tres luces de Claire Keegan

Crédito de imagen: Ericson Fernandes

La escritura a prisión

Según El PEN América, organización sin fines de lucro que aboga por la libertad para que los autores puedan expresarse, estados como China, Irán, Rusia, Vietnam, Israel y Arabia son los que ostentan el triste récord de escritores encarcelados. La estrategia es antigua, poniéndolos entre rejas no solo se intenta acallar sus voces, el objetivo también es la autocensura de aquellos que están en libertad y, además, la supresión de todo tipo de debate de ideas. Este artículo especifica al respecto:

(Crédito de imagen: Mariana Montrazi)

El número de escritores encarcelados en China superó los cien por primera vez, en tanto el país siguió siendo el mayor carcelero de escritores, según PEN América, agrupación que lucha por la libertad de expresión y que publicó su Índice anual de «Libertad para Escribir». PEN América informó que 339 escritores fueron encarcelados en 2023, el mayor número en los cinco años que lleva elaborando el índice.

El número de escritores presos –lista que excluye a periodistas, pero incluye a escritores literarios, poetas, comentaristas online y escritores de opinión- ha aumentado en general en los últimos cinco años, dijo Karin Karlekar, directora de escritores en situación de riesgo de PEN América. «Estamos asistiendo a un agravamiento de las amenazas contra los escritores», afirmó.

Hay 107 escritores encarcelados en China, según la organización, 50 de los cuales son «“comentaristas online” que escriben sobre temas políticos y económicos y expresan puntos de vista a favor de la democracia». Otros fueron juzgados el año pasado en virtud de la ley de seguridad nacional de 2020, que aplastó la disidencia en Hong Kong.

Algunas de las cifras clave incluyen: Nuevos escritores encarcelados: 62; Escritores en riesgo de ser encarcelados: 923; Escritores encarcelados: 288; Escritoras encarceladas 51; Comentaristas online encarcelados: 180.

PEN América también mencionó de manera especial a Irán como un lugar donde «continuó la represión contra los escritores y la comunidad creativa» el año pasado. Irán detuvo a 13 escritores en 2023, la segunda cifra más alta del índice después de China, lo que eleva su total a 49 encarcelados. «Las mujeres que escribieron o argumentaron contra el ‘hiyab’ obligatorio siguieron estando particularmente en riesgo, e Irán tiene en la cárcel al mayor número de escritoras de todo el mundo», dijo PEN América. Arabia Saudita y Vietnam empataron en el tercer puesto del índice, con 19 escritores presos en cada país.

Los aumentos más notables desde 2022 incluyen el número de mujeres periodistas encarceladas (de 35 a 51) y el número de comentaristas online encarcelados (de 80 a 180). PEN América definió como comentarista online a cualquier persona que escribe en las redes sociales u otras plataformas de internet.

«En muchos países, éste es el único espacio en el que se oyen las opiniones disidentes», dijo Karlekar. La expresión online suele preocupar a los gobiernos autoritarios, añadió, debido al impacto inmediato de internet y a su alcance mundial. Rusia e Israel entraron en la lista de los diez mayores carceleros, en tanto Karlekar señaló que los países en conflicto o en guerra reprimen la disidencia.

«Conforme cambie la geopolítica y las tendencias autoritarias se extiendan a países que antes se consideraban anclados de forma segura en la apertura, prevemos que la libertad de expresión -y por tanto los escritores- se verá cada vez más amenazada en un abanico mucho más amplio de países», señaló PEN América en su comunicado.

La guerra entre Israel y Hamas también ha conmocionado a PEN América. La organización canceló la ceremonia de entrega de sus premios literarios 2024, tras meses de protestas y después que casi la mitad de los candidatos al premio se retiraran por la reacción de la organización ante la guerra, criticada por ser excesivamente favorable a Israel.

Los periodistas de todo el mundo también se enfrentan a más peligros. Según el Comité para la Protección de los Periodistas, 320 periodistas estaban encarcelados al 1º de diciembre de 2023, la segunda cifra de fin de año más alta desde que la organización comenzó a hacer un seguimiento en 1992.

El Comité para la Protección de los Periodistas declaró que el elevado número de periodistas encarcelados era un «preocupante barómetro del autoritarismo arraigado y de las feroces críticas de gobiernos decididos a sofocar las voces independientes».

El índice de PEN América se centra en gran medida en casos particulares de escritores. «Cuando se encarcela a una sola voz disidente, esto tiene un impacto mucho más amplio en la sociedad en su conjunto», explicó Karlekar, quien añadió que puede dar lugar a menos debate, menos discurso y autocensura.

<El texto central pertenece al diario The New York Times y fue reproducido en las páginas de la Revista Ñ del diario argentino Clarín>

«No es cuestión que uno quiera o no estar comprometido. Se está comprometido por el solo hecho de estar vivo, de estar consciente . El primero de todos los compromisos es con la existencia, los demás son accidentes» (Eugène Ionesco)

Crédito de imagen: Tima Miroshnichenko

Virginia Feito, y La señora March

Formada en Literatura Inglesa y con estudios complementarios en Teatro y Arte Dramático, la escritora española (Madrid, 1988) ha hecho su estreno en el candelero literario con una novela. Ficción que se sitúa dentro del drama contemporáneo y al que la autora agrega sabios elementos de thriller, una fórmula que le permite obtener provechosos dividendos a su texto. Por el que la escritora se ha llevado más de un elogio, a punto que la han llegado a calificar como digno émulo de la estadounidense Patricia Highsmith.

Tal vez como producto de su residencia en la neblinosa Londres, ha hecho que el original de La señora March haya sido escrito en inglés. Este hecho, según la novelista, le permite una escritura más abigarrada que el español, idioma con el que, aclara, no tiene fobia alguna. Sea como fuere, la aceptación de los lectores ha provocado que en la actualidad se haya traducido en otras tantas lenguas.

Lo concreto es que, a través de la insegura y ansiosa señora March, la madrileña ha logrado una historia que cuando menos se la puede calificar de peculiar; donde la delgada línea entre realidad y ficción se diluye más que nunca. En ella hasta los espejos, que autores como Borges utilizaban como aquello que su avanzada ceguera no le permitía apreciar, pero que en el caso de la protagonista central se reproducen a todo lo largo de la narración, aunque ella, con su baja estima, se niegue a verse reflejada de manera recurrente en ellos. 

La irrupción en las lides narrativas de Virginia Feito no pudo haber sido más apreciada. Más aún cuando pese al relativo tiempo transcurrido, se habla de la venta de los derechos para hacer una adaptación cinematográfica de la novela; de hecho, la propia escritora ha sido tentada para que se involucre en el guion final para la realización de la película. No se sabe si aceptará la proposición, por lo pronto, ya se anuncia la salida de su segunda ficción literaria.

De La señora March el pasaje siguiente:  

   “-¡Aquí llega la mujer más elegante del barrio! –dijo Patricia al ver acercarse a la señora March, que le sonrió y se dio la vuelta para comprobar si alguien lo había oído-. ¿Lo de siempre, tesoro?

   -Sí, pan de aceitunas negras y… Bueno, sí –dijo-: hoy también me llevaré dos cajas de ´macarrons`, por favor. De las grandes.

   Patricia rebuscó detrás del mostrador, agitando su gran mata de rizos de un lado a otro mientras completaba el pedido. La señora March sacó la cartera y sin dejar de sonreír, complacida por el halago de Patricia, y acarició con la yema de los dedos las protuberancias de la piel de avestruz.

   -Estoy leyendo el libro de su marido –dijo Patricia; estaba agachada detrás del mostrador y se había perdido momentáneamente de vista-. Me lo compré hace dos días y casi lo he terminado. No puedo parar. Me encanta. ¡Es buenísimo!

   La señora March se acercó un poco más y se apoyó en el expositor de cristal lleno de magdalenas de todo tipo y tartas de queso, esforzándose para oírla a pesar del bullicio.

   -Oh –dijo; esa conversación la había pillado desprevenida-. Ay, me alegro de saberlo. Seguro que George también se alegra de saberlo.

   Anoche se lo estuve contando a mi hermana: conozco a la mujer del autor, le dije, ¡qué orgullosa debe de estar!

   -Ah, bueno, sí, aunque como ya ha escrito muchos libros…

   -Pero es la primera vez que se inspira en usted para crear un personaje, ¿no?

   La señora March, que seguía hurgando en la cartera, sintió un repentino entumecimiento. Se le puso la cara rígida al mismo tiempo que se le descuajaban las tripas, hasta tal punto que temió que se le escapara algo. Patricia, ajena a todo eso, dejó el pedido encima del mostrador y preparó la cuenta.

   -Pues… -dijo la señora March, que sentía un débil dolor en el pecho-. ¿A qué se refiere?

   -A la… protagonista. –Patricia sonrió.

   La señora March parpadeó y se quedó boquiabierta, incapaz de contestar. Sus pensamientos se adherían al interior de su cráneo pese a la fuerza con que tiraba de ellos, como si hubiesen quedado atrapados en alquitrán.

   Patricia frunció el seño ante aquel silencio.

   -Quizá me equivoque, por supuesto, pero… Se parecen las dos tanto que pensaba… Bueno, no sé, yo cuando leo me la imagino a usted.

   -Pero ¿la protagonista no es…? –La señora March se inclinó hacia adelante y, con un hilo de voz, dijo-. ¿No es una prostituta?

   Patricia soltó una sonora y afable carcajada.

   -¿Una prostituta con la que nadie quiere acostarse? –añadió la señora March.

   -Bueno, sí, pero eso es parte de su encanto. –Cuando vio el semblante de la señora March, a Patricia se le borró la sonrisa de los labios-. Bueno –continuó-, no es eso, es más bien… cómo dice las cosas, incluso sus gestos, o su forma de vestir, ¿no?

   La señora March se miró el largo abrigo de pieles, los tobillos enfundados en medias y los lustrados mocasines con borlas, y luego volvió a mirar a Patricia.

   -Pero es una mujer horrible –dijo-. Es fea y estúpida. Es todo lo que yo nunca querría ser.

   Expresó aquel desmentido con ímpetu un tanto excesivo, y la rechoncha cara de la pastelera amasó un gesto de sorpresa.

   -Ah, bueno, yo creía que… -Arrugó la frente y negó con la cabeza, y la señora March la despreció por su expresión de desconcierto, que le pareció propia de un imbécil-. Entonces seguro que estoy equivocada. No me haga caso, en realidad leo poquísimo, ¡qué voy a saber yo! –Compuso una alegre sonrisa, como si eso lo arreglara todo-. ¿Nada más tesoro?

   La señora March tragó saliva, asqueada, y miró las bolsas de papel marrón que había encima del mostrador y que contenían su pan de aceitunas, las magdalenas de su desayuno y los macarons que había pedido para la fiesta que iba a dar en su casa el día siguiente: una reunión íntima y refinada para celebrar la publicación del último libro de George en compañía de sus amigos más cercanos (o al menos, los más importantes). Se apartó del mostrador furtivamente, cabizbaja y mirando los guantes que sujetaba en sus feas manos, y se sorprendió al descubrir que había vuelto a quitárselos.

   -Esto…, creo que se me ha olvidado una cosa –dijo, y retrocedió unos pasos.

   Lo que hasta ese momento había sido un ruido de fondo intenso pero inofensivo parecía haberse reducido a una serie de susurros conspirativos. Se dio la vuelta para identificar a los culpables. En una de las mesas, una mujer que sonreía quedó mirándola.

   -Lo siento, tengo que ir a ver si…

   La señora March dejó las bolsas abandonadas en el mostrador y se dirigió a la salida, cruzando varias veces la serpenteante cola; los murmullos de la gente resonaban en sus oídos, notaba su aliento cálido y de olor mantecoso en la piel, sus cuerpos casi se apretaban contra ella. Haciendo un esfuerzo desesperado, se impulsó hacia la puerta y salió a la calle, donde el aire frío le envolvió los pulmones y le impidió respirar. Se sujetó a un árbol cercano. Cuando la campanilla de la puerta tintineó detrás de ella, la señora March se apresuró a cruzar la calle, y no quiso volverse por si era Patricia quien había salido de la tienda. No quiso volverse por si no lo era…”   

«Un zumbido de moscas anestesia la aldea.

El sol unta con fósforo el frente de las casas,

y en el cauce reseco de las calles que sueñan

deambula un blanco espectro vestido de caballo…»

Crédito de imagen: Nese Mitchell

Texto: versos del poema Siesta de Oliverio Girondo

Literatura con censura mata la cultura

Son tiempos de reclamos para la industria editorial. Por un lado y según la opinión de ciertos lectores, la ficción actual tiene cada vez menos de ficción. En segundo lugar, la irrupción de la Inteligencia Artificial que, no sincerando su uso, impone cuestiones que rozan con lo ético. Finalmente, la denominada «cultura de la cancelación», que modifica textos ya publicados con el «objetivo» de no herir ciertas sensibilidades con algunos términos. El artículo a continuación fija opinión respecto a esto último que, de acuerdo a su autor, alcanzaría mucho más allá de remplazar un léxico por otro

(Crédito de imagen: Steve Buissinne)

En el mundo editorial -allá lejos, en ese “mundo ancho y ajeno”-, se instaló una polémica debido a que las editoriales han comenzado a publicar ediciones corregidas, eliminando cualquier tipo de lenguaje que pudiera resultar ofensivo a la hipersensibilidad del lector contemporáneo. En principio, podría pensarse que las razones son correctas -políticamente correctas-, pero lo que está claro es que estos intentos son una censura flagrante que va más allá de eliminar o reemplazar palabras, porque incluso están cambiando las ideas originales que escribió el autor, en aras de “no herir sensibilidades”.

El escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez ironizaba en un artículo que “en nuestro tiempo entontecido se ha impuesto la idea de que las sensibilidades personales son la vara con la cual se mide todo: de que la misión última de todos los creadores en todas las disciplinas es, sencillamente, cuidarse de ofender a alguien”. La censura más insidiosa es la autocensura.

En este manoseo -maquillaje, ajuste, corrección o censura- de textos ajenos corremos el riesgo de perdernos la mirada de los creadores de ese mundo de antes, de cómo se veían y se nombraban las cosas, las personas y las situaciones en otras épocas. Reproducir historias y ficciones expurgadas, ideales, inocuas, asépticas, desinfectadas es mentirnos y reflejar, en especial para los niños, un mundo perfecto que no existe y no prepararlos para lidiar y defenderse de sus reales imperfecciones.

Con la premisa de la estúpida “corrección política” se puede destruir toda creación intelectual y artística del pasado. Además, se desaprovecharía la acumulación y diversidad de riqueza cultural de las diferentes civilizaciones, con sus luces y sus sombras. Hay un claro intento de imponer una narrativa ideológica, supuestamente progresista, contraria a la verdad histórica y ética literaria.

Esta perversa amenaza inquisidora y de “corrección moral” está presente también en los textos legales de los países. ¿Acaso no está claro el nuevo vocabulario que se ha insertado e impuesto en las actuales constituciones políticas de los populismos, circunstancialmente, en el poder?

La buena literatura infantil debe tener algo transgresor, subversivo y no necesariamente pedagógico, para que los niños sientan que entran en un terreno de plena soberanía. En un tuit, la renombrada escritora española Irene Vallejo instó a no subestimar la capacidad interpretativa de los pequeños lectores: “…nunca olvidemos que los niños son un público exigente, inteligente, gamberro, irónico, capaz, agudo, rebelde y perspicaz. Saben distinguir quién les habla en horizontal, de tú a tú, con irreverencia y con gracia, y quién cuenta las historias desde su atalaya de adulto condescendiente. Creedme. Lo saben desde la primera palabra”.

La literatura es indispensable e insustituible. Cualquier cosa que se diga o escriba puede resultar dolorosa, ofensiva o hiriente para alguien, porque así es la vida. A través de ella podemos recrear y vivir realidades y situaciones peligrosas y hostiles, sin sufrir realmente esas amenazas. La vida vicaria de una ficción es la única manera que tenemos de entender ciertas experiencias, sin necesidad de tenerlas.

La idea de que la literatura -el cine, la TV, el arte en general- no deba ofender a nadie solo puede llevar a una catástrofe: una literatura inofensiva, sosa, insípida, caima.

<El texto le pertenece a Alfonso Cortez, fue reproducido en las páginas del diario El Deber de Bolivia>