Tinta invisible: las mujeres que tuvieron que esconder sus relatos tras un hombre

La Editorial Espinas recupera las obras escritas por féminas que en su época fueron silenciadas o tuvieron que escribir bajo el pseudónimo de una figura masculina

(Mujeres y escritoras)

La historia la escriben los vencedores y esto supuso que el relato siempre estuviese monopolizado por los hombres. Nunca se conocerán los nombres de todas aquellas mujeres que tuvieron que esconderse bajo un pseudónimo para poder publicar sus obras. «Ellas escribían con tal compromiso y valentía que lo único que les importaba era el mensaje: esto es lo que quiero dejar y trasmitir, no me importa que se vea mi nombre«, asegura Alicia de la Fuente, fundadora y editora de la Editorial Espinás.

De la Fuente estudió filología y en sus años de universidad se dio cuenta que acceder a libros escritos por mujeres era una labor casi imposible. Siempre acababa optando por obras de coleccionistas o de segunda mano porque la gran mayoría estaban descatalogadas. Ahora, su proyecto editorial unipersonal nace con la idea de rescatar a todas estas literatas que en su tiempo no tuvieron voz que sí tenían sus compañeros masculinos. «Sí había autoras, solo teníamos que buscarlas», reivindica.

Ellas no estaban solas, sino que luchaban contra una sociedad estrictamente patriarcal acompañadas de sus discursos, férreos y combativos. Matilde Cherner inició, hace ahora 140 años, un debate encarnizado sobre la prostitución con un mensaje que, según Alicia, «las abolicionistas siguen empleando». Eso sí, lo hacía bajo la firma de Rafael Luna, como también lo tuvieron que hacer en su momento firmando en masculino las hermanas Brontë, Louisa May Alcott o Colette.

En su obra María Magdalena, la escritora denunciaba una falta de criticismo frente la institucionalidad de la prostitución, categorizándola como explotación clara en contra de los derechos de las mujeres. Adelantándose a la conocida La desheredada de Benito Pérez Galdós, ella fue la primera persona que criticó en el Estado español el carácter institucional de la prostitución y la mercantilización del cuerpo de la mujer.

Bajo la sombra de sus maridos

Las que no vivieron bajo un pseudónimo masculino, lo hicieron cargando con la sombra de sus maridos a sus espaldas. Este es el caso de Ana Dostoievskaia, protagonista de unas memorias puras y sencillas atravesadas por la inquebrantable figura del autor de Crimen y castigo. Una biografía íntima que sale a la luz gracias al manuscrito que Ana dejó en Dostoievski, mi marido.

Lo mismo le sucedió a Eva Canel, valiente y audaz escritora de Oremus, cuya obra abordó sin tapujos conflictos sociales de mediados del siglo XIX como el adulterio, las relaciones incestuosas, la hipocresía o la religión. Esta obra es «una respuesta a La Regenta de Clarín, machista consolidado y considerado uno de los mejores autores de España en la que dice: «yo también tengo este nivel«, explica la editora.

Canel recibió críticas fervientes que aseguraban que sus libros estaban «tan bien escritos» que era imposible que fuesen de una mujer, otorgándole a su marido la autoría total de sus obras. Una historia que también vivió Mary Shelley, autora de Frankenstein, cuya autoría, en un principio anónima, se vinculó con el nombre de su esposo Percy Shelley. «Cuanto más decían que los escritos no eran míos, más pruebas daba de que no había ningún hombre que me superase en valentía moral», escribió Canel.

Preparadas e inteligentes

Aquellas que tenían el privilegio de poder escribir «eran mujeres muy preparadas o muy inteligentes» que, según de la Fuente, a pesar de ello «ni se les permitía ni se atrevían» a firmar con su propio nombre. Cuando un hombre recibía una crítica a sus obras eran por el propio contenido de las páginas, pero cuando escribía una mujer «toda la atención se centraba en que eran mujeres y no en los temas que trataban», explica la fundadora.

De la Fuente recuerda la obra de la feminista radical estadounidense Joanna Russ, Cómo acabar con la escritura de las mujeres. Un escrito que ejemplifica cómo se le impidió a lo largo de la historia a las mujeres producir obras escritas, firmarlas, cómo se les ha arrebatado el crédito de todas sus producciones intelectuales y de la forma en las que se las ha despreciado y minimizado.

Es por ello que denuncia situaciones como las derivadas de la polémica de Carmen Mola. Desde su perspectiva cuando tres hombres publican bajo un nombre femenino, se están burlando directamente de todas aquellas mujeres que históricamente tuvieron que escribir bajo un pseudónimo masculino para poder dar voz a sus obras. «Esta editorial va a rescatarlas. Seguirán existiendo mientras las leamos», asegura Espinas.

<El texto pertenece a Uxía Pérez, publicado en las páginas del diario El Público>

«Me molesta la distinción entre realismo y fantasía. No la hago porque son el mismo producto de nuestro cerebro, que produce tanto realidad como sueños. Por eso nunca distingo entre una novela realista y otra fantástica» ( Mircea Cartarescu )

Han Kang, Borges y el aprendizaje del griego clásico

La literatura coreana no es de las que más trascienden fuera de la geografía oriental; aunque el otorgamiento de lauros tan importantes como el Nobel a una de sus escritoras, contribuyan a romper de manera decidida con esa tendencia. Además, al menos en el flamante caso del ingreso de la autora a tan distinguido club, resulte un encuentro con una obra que merece ser leída con atención, detenimiento y placer.

Graduada en letras en la Universidad de Yonsei la autora (Gwangju, 1970), comenzó su andadura con las letras dentro del ámbito periodístico, en su caso colaborando con diversas revistas. Hasta la publicación de la que es su primera novela, El amor en Yeosu, que, si bien en su primer momento no tuvo mayor repercusión, hizo que la coreana se inclinara de forma definitiva hacia la narrativa. Fue luego de su segunda ficción, La vegetariana, la que proyectó su nombre y la llevó a alzarse con el prestigioso premio Booker Internacional.

Más allá de sus ficciones en formato de novela, Kang ha incursionado además en géneros como el relato corto y el ensayo. Aunque otros dos títulos como El libro blanco y Actos Humanos, hayan vuelto a poner los ojos en su obra cuando han dado lugar a otros tantos galardones, como los premios Yi Sang Literary Award y el Médicis Extranjero.

Es ya con su última novela, La clase de griego, que logra el alago de propios y extraños, con una trama oscila balanceándose entre lo tangible y lo intangible. En ella unos pocos personajes se muestran afanados en sus búsquedas enfrentándose a la fragilidad del ser humano, y en la que la filosofía oriental sobrevuela el desarrollo de la historia (con homenaje a Jorge Luis Borges incluido). Donde resalta su riqueza narrativa, con un modo económico en palabras, acompañado de estilo poético y precisión descriptiva.

La suya es una historia sin grandes estridencias pero plena de frescura, en la que la necesidad de los personajes de encontrarse a sí mismos se ubica en el centro mismo del relato. Donde guarda importancia lo que se manifiesta y hasta aquello que se insinúa, convirtiendo a la novela en un texto único y particular.

De La clase de griego, el pasaje siguiente:

  “¿Vuelves sobre tus pasos empujando el cochecito con el sol dando de pleno en tu cara morena? ¿Tu hijita de dos años agita el manojo de almorejos que has cortado para ella? ¿Te detienes delante de aquella iglesia centenaria en lugar de hacer el camino que va directo a tu casa desde la orilla del río? ¿Alzas a la niña con tus fuertes brazos y entras en la fresca nave del templo, dejando el cochecito en la portería?

   Aquella iglesia, donde la luz del sol atraviesa los vitrales y se desparrama en diversas gradaciones de azul, como anegada en hielo; donde el Cristo en la cruz eleva los ojos inocentes al firmamento sin trazas de sufrimiento; donde los ángeles pisan el aire con pasos ligeros como si estuvieran dando un paseo; donde las verdes palmeras de hojas oscuras despliegan bondadosamente las palmas abiertas de sus manos; donde los santos de cara sonriente y cabello gris azulado portan mantos de tonalidades azules más claras. Allá donde mires, es imposible encontrar en la iglesia de St. Stefan un rastro de pecado o sufrimiento, a tal punto que parece un templo pagano.

   Una lejana tarde de finales de verano en que salíamos caminando uno junto al otro de aquella iglesia, escribiste algo en la libreta y me la mostraste. Pusiste que, a pesar de haber crecido en una profunda fe religiosa desde pequeña, no podías creer por mucho que te esforzaras, que existiesen lugares tan extremos como el paraíso y el infierno. En cambio, creías en la existencia de fantasmas que vagaban por las calles oscuras hasta la madrugada; y concluías que, si tales espíritus existían, era indudable que Dios también debía existir en alguna parte. Me apreció tan divertido que fundamentaras tu fe en Dios sobre una idea que no solo era ilógica, sino totalmente ajena al cristianismo, que lancé una sonora carcajada y te pedí la libreta. Escribí en ella una demostración de la existencia de Dios que había leído en alguna parte, y te la devolví para que la leyeras:

   En este mundo existen la maldad y el sufrimiento y mueren muchos inocentes.

   Si Dios es bueno, pero no puede corregir la situación, es un ser impotente.

   Si Dios no es bueno y solo es omnipotente, entonces es un ser malvado.

   Si Dios no es ni bueno ni omnipotente, entonces no es Dios.

   En consecuencia, la existencia de un Dios bueno y omnipotente es una falacia.

   Tus ojos se agrandan mucho cuando te enfadas de verdad. Alzas las pobladas cejas, te tiemblan las pestañas y los labios, y se te hincha el pecho cada vez que respiras: Cuando te pasé el bolígrafo, garabateaste con trazos bruscos:

       Entonces el mío es un Dios bueno y lleno de tristeza. Si te atraen esas argumentaciones estúpidas, puede que algún día tu propia existencia se convierta en una falacia.

A veces me hago preguntas utilizando esas argumentaciones de la lógica griega que tanto te disgustaban. Si tomamos como cierta la premisa que dice que, cuando perdemos algo, ganamos otra cosa, ¿qué es lo que he ganado yo al perderte a ti? ¿Y qué es lo que ganaré cuando pierda la vista?

   Hay inevitablemente algo dudoso e insatisfactorio en toda argumentación lógica, ya que son como una red de la verdad y la mentira a través de la cual escapan los sufrimientos, arrepentimientos, obsesiones, tristezas y debilidades del ser humano, dejando solamente una serie de axiomas como un puñado de oro en polvo. Al tiempo que avanzo por la estrecha barra de equilibrio lanzando falacias con audacia, lo que veo a través de esa red de preguntas y respuestas nítidas y coherentes es un silencio ondulante como el mar azul. Aun así, continúo haciéndome preguntas y respondiéndolas con los ojos sumergidos en ese silencio, en una quietud inquietante y acerada que crece sin cesar como el agua. ¿Por qué me acerqué a ti de esa manera tan estúpida? Puede que mi amor no fuera estúpido, pero como yo sí lo era, se contaminó de mi estupidez. O quizá yo no era tan estúpido, pero la estupidez inherente al amor despertó la estupidez que había en mí y terminó por arruinarlo todo…”

«Sé que soy una decepción para ella: incluso lo soy para mí mismo. Sé que me falta pasión, vitalidad, empuje. Que no hablo apenas, que soy introvertido y aburrido. Sé que mi mujer se desespera cada vez que me ve pasar las horas delante del televisor absorto en unos programas que por otra parte aborrezco. Un día, hace ya años, era un domingo por la tarde y estábamos viendo una película en el vídeo, mi mujer bostezó, se estiró y se me quedó contemplando pensativamente:

-Quién sabe, quizá sea esto todo lo que hay -dijo con lentitud-«

Pintura: Habitación en Nueva York de Edward Hopper

Texto: del relato Parece tan dulce de Rosa Montero

La palabra inventa a quien la escribe

 

(Crédito: David Gallie)

La mano deposita un rastro en la página. Camina a ciegas. Ahí donde no hay más caminos, dibuja un ojo sobre el cuerpo que mira, sueña, imagina, inventa a quien lo traza.

Inventa la ola que lamió el cuerpo desnudo del que pretende escribir; inventa la mordaza que selló su boca para siempre, el beso que no prometió, la mano que lo llevó al borde de la noche, al filo incierto del desierto que nunca vio.

“Allá, donde los caminos se borran, donde acaba el silencio, invento la desesperación, la mente que me concibe, la mano que me dibuja, el ojo que me descubre. Invento al amigo que me inventa, mi semejante; y a la mujer, mi contrario: torre que corono de banderas, muralla que escalan mis espumas, ciudad devastada que renace lentamente bajo la dominación de mis ojos”, dice el Nobel mexicano, Octavio Paz. 

La palabra en el poema inventa a quien escribe, al que la consigna al muladar de las cosas inútiles. Palabra de nadie que no está afincada, no se origina —en oposición de lo que afirmaba Sartre— en la libertad del escritor; no es instrumento dócil, arcilla moldeable, que sigue fielmente el curso trazado por el autor con el propósito de revelar una parcela del mundo. Y es que si la libertad anida en la decisión y en el acto de quien emite un mensaje, entonces la palabra es esclava, es una convención útil-doméstica.

 En el poema, por el contrario, la palabra es la flor que se abre en el fondo del abismo, ahí muere y renace. La palabra poética es un llamado lanzado hacia el plexo oscuro de los seres. En ella y por ella, la roca exhibe en su piel la resistencia al tiempo, la grieta recibe pudorosa al dedo que la escarba, la arena se disipa en los pasos que la surcan, la voz de los amotinados se aligera en quemadura: grito, fiesta, desastre, la oruga roe en silencio un camino sobre una hoja tramando eternidad.

<El texto pertenece al escritor y ensayista Fernando Albán Rodas, y fue reproducido en las páginas del diario El Comercio de Perú>

Día del lector

El día 23 de abril, fecha del fallecimiento de Miguel de Cervantes Saavedra o William Shakespeare, la Unesco lo ha instaurado para la conmemoración mundial del día del libro. Pero últimamente, varios países han tomado la costumbre de designar también un día del lector; este es el caso de Argentina, que ha elegido la fecha de nacimiento (24 de agosto) de uno de sus grandes literatos a la vez que gran lector como lo fue Jorge Luis Borges, para conmemorarlo. En esa fecha señalada, en las principales ciudades así como en varios puntos de la extensa geografía del país sudamericano, se instalan paradas donde se promociona la venta o el intercambio de libros.

Aunque este año y dada la dimensión que viene tomando la conmemoración, los organizadores también decidieron hacer lo que denominaron una suelta de poemas. En este caso, de otros tantos reconocidos escritores nacionales, como Julio Cortázar, Alejandra Pizarnik, Leopoldo Lugones o Silvina Ocampo, y por supuesto, unos versos del autor motivo de este homenaje póstumo:

Los justos

Un hombre que cultiva su jardín, como quería Voltaire.

El que agradece que en la tierra haya música.

El que descubre con placer una etimología.

Dos empleados que en un café del Sur juegan

un silencioso ajedrez.

El ceramista que premedita un color y una forma.

El tipógrafo que compone bien esta página,

que tal vez no le agrada.

Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales

de cierto canto.

El que acaricia a un animal dormido.

El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.

El que agradece que en la tierra haya Stevenson.

El que prefiere que los otros tengan razón.

Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.

Jorge Luis Borges

Henning Mankell, el inspector Wallander y la rabia de Riga

(Gerakbudaya Bookshop)

A poco de cumplirse una década de su desaparición física, el escritor sueco (Estocolmo, 1948 – 2015, Goteborg), fue uno de los grandes nombres que alimentó el prestigioso género policial nórdico. Aunque dentro de su extensa obra se encuentren además textos de ensayo, de novela clásica e incluso de obras teatrales.

Pero más allá del género en el que pudiera llegar a expresarse, las tramas de sus obras fueron construidas para significar sobre las problemáticas que azotan a la sociedad moderna. Es el caso de la extensa ficción desarrollada con la saga de su alter ego, el inspector Kurt Wallander; donde a pesar de contar con su capacidad y astucia para resolver los casos más intrincados, el autor no duda en mostrarlo como un personaje cargado de sensibilidad, a la vez que dubitativo y por momentos hasta contradictorio.

La presencia casi constante del escritor con sus policiales, sumada a su calidad literaria y la repercusión de sus obras en el corazón de los lectores, le llevaron a ser reconocido con el Premio Pepe Carvalho; distinción en honor del inspector creado por quien fuera su amigo, el español Manuel Vázquez Montalbán. Todo ello por textos como Pisando los talones o Los perros de Riga; además del premio Glassnokelen a la mejor novela de los países nórdicos por Asesinos sin rostro.

Además, sus novelas se extienden fuera del género negro con una docena de títulos en los que destacan El hijo del viento, Zapatos italianos o Un ángel impuro. Se encuentran también sus relatos dirigidos hacia el público juvenil: El perro que corría hacia una estrella, Jugar con fuego, Las sombras crecen al atardecer y El gato al que le gustaba la lluvia. Textos que no han hecho más que ayudar a acrecentar su nombre.

El pasaje a continuación pertenece a Los perros de Riga, novela en la que el inspector debe enfrentarse a un caso de doble crimen, en momentos cruciales para aquellos países que fueron los denominados «satélites» de la extinta Unión Soviética, y que transitaban por el terraplén del rápido ocaso de su aventura en conjunto. Para la resolución del caso, Wallander deberá viajar a la capital letona y enfrentarse con los métodos arcaicos de la policía local; allí se encontrará también con una ecuación reiterada en muchas otras latitudes: uniformados corruptos y políticos ambiciosos. Pronto comprenderá que con su investigación se pondrá en juego algo mucho más valioso que finalizar con éxito un caso difícil, salvar su propia vida.

   “La nevada era cada vez más intensa y el viento había virado al sur sudoeste. Encendió un cigarrillo y se sirvió café en un tazón que descansaba en un soporte especial al lado de la brújula. El calor que se respiraba en la cabina le hacía sudar, y el olor a gasóleo le picaba en la nariz. Echó una ojeada a la sala de máquinas, y vio que en el camastro sobresalía el pie de Jacobson. Le salía el dedo gordo por el agujero del grueso calcetín. <Mejor que siga durmiendo>, pensó. <Si hay que detenerse tendrá que relevarme para que yo pueda descansar unas horas.> Probó el café ya tibio y sus pensamientos volvieron a la noche anterior. Durante más de cinco horas se habían visto obligados a esperar en el pequeño y desmantelado puerto del lado oeste de Hiddense, hasta que, entrada la noche, llegó un ruidoso camión para recoger la mercancía. Weber afirmó que el retraso se había debido a una avería del camión, y puede que fuera verdad. El viejo camión era una vehículo militar soviético mil veces reparado, y lo cierto es que a veces se asombraba de que todavía fuese manejable. Aun así, desconfiaba de Weber. Pese a que nunca le había engañado, estaba decidido de una vez por todas a ser más precavido con él. Sentía que era una precaución necesaria. A pesar de todo, en cada viaje que realizaba transportaba objetos de gran valor para los alemanes del Este: una treintena de ordenadores completos, ciertos de teléfonos móviles y otros tantos de equipos de música para coches. Cada viaje le hacía responsable de sumas millonarias. Si le cogían in fraganti le caería una buena condena y no podría contar con la ayuda de Weber. En el mundo en el que vivía sólo se podía contar con uno mismo.

   Controló el rumbo de la brújula y lo corrigió dos grados hacia el norte. La corredera indicaba que mantenía fijamente los ocho nudos. Todavía faltaban algo más de seis millas y media para divisar la costa sueca y virar hacia Brantevik. Aún podía ver las olas de color gris azulado ante él, pero la tormenta de nieve parecía ir en aumento.

   <Cinco viajes más>, pensó. <Y luego se acabó. Entonces tendré mi dinero y podré viajar lejos de aquí.> Encendió un cigarrillo y sonrió. Pronto alzaría su meta. Lo dejaría todo atrás y se embarcaría en un largo viaje a Porto Santos, donde abriría su propio bar. No tendría que seguir congelándose en esa cabina agrietada, traspasada por las corrientes de aire, mientras Jakobson roncaba en el camastro de abajo en la sala de máquinas. No sabía lo que le depararía la nueva vida que estaba tan cerca de emprender, y sin embargo, la anhelaba.

   De pronto, la nevada terminó tan deprisa como había empezado. Al principio le costó creer en la suerte que había tenido, pero enseguida se dio cuenta de que los copos ya no relucían ante sus ojos. <Quizá pueda llegar a tiempo>, pensó. <Quizá la tormenta se vaya hacia el sur, hacia Dinamarca.>

   Se sirvió más café y empezó a silbar en su soledad. En una de las paredes de la cabina colgaba la bolsa con el dinero: treinta mil coronas, que le acercaba cada vez más a Porto Santos, la pequeña isla próxima a Madeira, el paraíso desconocido que estaba aguardándole…

   Justo cuando iba a tomar un sorbo de café, descubrió el bote. Si la nevada no hubiera parado tan repentinamente, no lo abría visto. Pero ahí estaba, balanceándose sobre las olas a unos cincuenta metros a babor. Era un bote salvavidas de color rojo. Limpió el vaho del cristal con la manga de la chaqueta y entornó los ojos para fijar la vista en el bote. <Está vacío>, pensó. <Se le habrá soltado a algún barco.> Giró el timón y redujo la velocidad. Jakobson se despertó sobresaltado por el cambio del sonido del motor. Asomó la cara barbuda desde la sala de máquinas.

   -¿Ya hemos llegado? -preguntó.

   -Hay un bote a babor -dijo Holmgren desde el timón-. Podríamos subirlo a bordo. Valdrá unos cuantos billetes de mil. Mantén el rumbo, que yo cogeré el bichero.

   Jakobson se puso al timón mientras Holmgren se calaba el gorro por encima de las orejas y dejaba la cabina de mando. El fuerte viento le cortaba la cara y, para contrarrestar el movimiento de las olas, se aguantaba en la barandilla. El bote se iba acercando poco a poco. Empezó a desatar el bichero, que estaba sujeto entre el techo de la cabina de mando y el cabrestante. Los dedos se le quedaron agarrotados mientras tiraba de los nudos helados. Por fin pudo soltar el bichero y miró hacia el bote.

   Entonces tuvo un sobresalto. La pequeña embarcación, situada a pocos metros del casco del barco, no estaba vacía, sino que en su interior albergaba dos cadáveres humanos. Jakobson le gritó algo ininteligible desde la cabina de mando: el también había visto el contenido del bote.

   No era la primera vez que Holmgren veía un muerto. De joven, cuando cumplía el servicio militar, una pieza de artillería explotó en unas maniobras, y cuatro compañeros suyos murieron completamente despedazados. Y a lo largo de su carrera profesional, había visto muchos cadáveres arrastrados hasta las playas o flotando en el agua.

   Lo primero que pensó Holmgren fue que la indumentaria de los cadáveres no era la de unos pescadores o marineros. Los dos vestían traje y corbata. Estaban como abrazados, como si hubieran intentado protegerse mutuamente de lo inexorable. Intentó imaginarse lo que había pasado. ¿Quiénes podrían ser? Jakobson salió de la cabina y se puso a su lado.

   -Oh, mierda, mierda. ¿Qué vamos a hacer ahora?

   Holmgren pensó rápidamente.

   -Nada -contestó-. Si los subimos a bordo tendremos que contestar a un sinfín de preguntas desagradables. Sencillamente, fingiremos que no los hemos visto. Está nevando, ¿no?

   -¿Vamos a dejarles a la deriva? -preguntó Jakobson dubitativo.

   -Sí -contestó Holmgren-. Están muertos. No podemos hacer nada por ellos. Y no quiero tener que explicar de dónde venimos con este barco. ¿Tú sí?

   Jakobson, vacilante, negó con la cabeza. Contemplaron en silencio aquellos cuerpos sin vida. Holmgren, estremecido, se percató de que eran muy jóvenes, no debían tener más de treinta años, y de que sus caras estaban pálidas y rígidas.

   -Es raro que el bote no tenga ningún nombre -dijo Jakobson-. ¿De qué barco procederá?

   Holmgren cogió el bichero y movió la embarcación para poder verla desde todos los ángulos. Jakobson tenía razón: no había ningún nombre escrito…”     

«Vuestro orgullo no debe creer que tiene el menor derecho sobre nosotras. Nos han traído por la fuerza a este convento, nos han hecho jurar y nos han obligado a hacer votos a la edad de dieciséis años, y por último, el aburrido género de vida al que pretendéis someternos no es de ningún modo al que hemos visto practicar a las religiosas que ocupaban el convento cuando nosotras hicimos nuestros votos, y aún suponiendo legítimos esos votos, hemos prometido a lo sumo vivir como ellas, y queréis hacernos vivir como ellas no vivieron nunca…»

Fotografía: Pexels – José Francisco Fernández

Texto: del relato Favores que matan de Henri Beyle (Stendhal)

Sexualidad en la literatura

De Boccaccio a Houellebecq, una personal selección de erotismo en los libros que demuestra el poder de la imaginación y la lectura sobre lo visual explícito

Cincuenta sombras de Grey

¿Cuál es la mejor escena o pasaje de sexo en la literatura? Parecería hoy algo inocente hacerse la pregunta ante la omnipresencia del sexo en la sociedad en formato visual y el desparrame de la pornografía en internet. Pero los libros y la lectura tienen un poder enorme en el ámbito de la líbido y desde siempre han estimulado la imaginación como no lo hace ningún otro medio. Quien ha crecido y madurado con libros tiene una relación distinta con el erotismo. La selección del mejor sexo en la literatura- a falta de una votación popular que desde aquí animamos— ha de ser forzosamente un asunto personal y reduccionista. En parte porque es difícil abarcar la producción literaria universal analizada desde esa perspectiva, pero sobre todo porque cada cual tiene su opinión acerca de qué es lo mejor en el sexo. En todo caso aquí van unas cuantas propuestas, algunas más clásicas y obvias, más evidentes, que otras, pero todas con la mejor intención de despertar y animar la reflexión y el debate, y lo que sea. Algunos pasajes son de libros considerados de género erótico, pero otros pertenecen a novelas generalistas e incluso alguno a la ciencia-ficción.

Empecemos por todo lo alto con un gran clásico de la narrativa, El amante de Lady Chatterley, de D.H.Lawrence (ediciones en Alianza, De Bolsillo, Austral, Cátedra), que para lo sensual era mejor que T. E. Lawrence, un hombre, el de Arabia, más de arena que de polvo (aunque algún fragmento de Los siete pilares de la sabiduría puede sorprender). Una de las cumbres eróticas de la novela —a la que recordemos no se le levantó en EE UU el sambenito de obscenidad hasta 1959— es el tercer encuentro amoroso clandestino de Connie con el guardabosques Mellors cuando por primera vez llegan juntos al final (algo mejor que el que tu marido te lea a Racine, como le hace Clifford a ella). “Desnudó la parte delantera de su cuerpo y Connie sintió su carne desnuda contra ella, al penetrarla. Durante un instante permaneció inmóvil en su interior; tembloroso y turgente. Luego empezó a moverse, en el súbito e inevitable orgasmo, y despertó en ella un extraño estremecimiento que la hizo vibrar en su interior. Vibrar, vibrar, vibrar, como las agitaciones fluctuantes de unas llamas suaves como plumas, elevándose hasta unos puntos intensamente brillantes, y derritiendo todo su interior. Eran como campanillas que subían y subían hasta la culminación”.

Aprovechando que una de las numerosas versiones cinematográficas de El amante de Lady Chatterley la protagonizó en 1984 Sylvia Kristel, que había interpretado en 1974 Emmanuelle con el mismo director (el ínclito Just Jaeckin), tiene sentido destacar alguna escena de la novela de Emmanuelle Arsan (Tusquets, 2002), seudónimo de Marayat Rollet-Andriane, en la que se basó bastante fielmente el filme paradigma del porno blando. Como se puede imaginar, hay bastantes pasajes subidos de tono en esa respuesta francesa a Dien Bien Phu, pero puesto a elegir uno, el del encuentro en la ducha de la liberal protagonista con su deseada amiga andrógina Bee, hermana del agregado naval estadounidense (por si el dato añade algo), tiene la gracia de que por lo menos no sale el pesado filósofo del pantalón bajado, Mario; ni tampoco el Concorde ni el squash. “Emmanuelle coloca sus brazos en torno al cuello de su amiga y la besa en los labios. Gime de placer cuando el cuerpo de Bee se pega al suyo: la frescura chorreante de sus dos pieles es, por sí sola, una caricia. La estrecha contra su cuerpo, frota lentamente su pubis contra el suyo”.

Y ya que estamos con Arsan, señalemos otra novela de la escritora, en la que va mucho más al grano, Presentación en sociedad (Alcor, 1990), sobre una joven, Jade, que va a parar al verdadero harén que se ha montado un millonario en Costa Rica y donde reina el hedonismo más desaforado, y que viva el hedonismo. En un pasaje que queda en la memoria, la protagonista, su amiga Gina y el chófer para todo Alejandro observan a las tortugas gigantes realizar la puesta de noche en la playa y, excitadas, las chicas se quitan la ropa y se tienden sobre los caparazones para luego hacer los tres el amor salvajemente sobre la arena rodeados por los grandes quelonios estupefactos. “Perdieron el equilibrio y rodaron. Alejandro estaba boca arriba, con las dos chicas encima. Los pechos de las jóvenes pendían sobre su rostro. Sus dos amantes lo tomaron por turno. Compartiéndolo”.

Para conseguir grandes efectos no hace falta a veces ser explícito. Uno de los momentos más intensos de la literatura es cuando Emma Bovary (Madame Bovary, Alianza, Cátedra, Akal) inicia su aventura con su amante: “La tela de su vestido se prendía en el terciopelo de la levita de Rodolfo; inclinó hacia atrás su blanco cuello, con un suspiro, y, desfallecida, deshecha en llanto, con un largo estremecimiento y tapándose la cara, se entregó”. Hay que ver todo lo que cabe en esa última expresión.

El Decamerón de Boccaccio (Cátedra, Austral, Penguin, Alianza), ese libro que estaba en una estantería alta en muchas casas, pero que lo alcanzabas si te subías a una silla, contiene muchas escenas que perturbaron las adolescencias en unos tiempos en que la única manera de ver un cuerpo femenino desnudo era por casualidad o en las fotos de la revista alemana de moda de mamá Burda (de la que se ha hecho una miniserie televisiva, por cierto), y uno masculino desvistiendo el madelman. Alguno preferirá el cuento del infierno de Alibech y el ermitaño empeñado en meter ahí su diablo, pero a otros nos podía la historia de la hija del sultán de Babilonia, la hermosa Alatiel, naufragada en tierra de infieles (Mallorca: hoy hubiera sido Ibiza), y seducida sucesivamente por varios hombres. El primer episodio era el más inquietante (satisfactoriamente inquietante): la dama es recogida por el gentilhombre Pericón de Visalgo, que ya es nombre, querido Giovanni, que logra al fin acostarse con ella emborrachándola. Y cuenta Boccaccio que él entró en su alcoba y ella “más caliente por el vino que templada por la honestidad”, se desnudó en presencia del caballero y se metió en la cama. “Pericón no dudó en seguirla sino que, apagando todas las luces, prestamente de la otra parte se echó junto a ella, y cogiéndola en brazos sin ninguna resistencia, con ella empezó amorosamente a solazarse. Lo que cuando ella lo hubo probado, no habiendo sabido nunca antes con qué cuerpo embisten los hombres, casi arrepentida de no haber accedido antes a las lisonjas de Pericón, sin esperar a ser invitada a tan dulces noches, muchas veces se invitaba ella misma”.

En los tiempos iniciáticos del Decamerón leído a escondidas, como las novelas de Alberto Moravia, también encontrábamos pasajes tórridos en libros inesperados, como en Sinuhé el egipcio, de Mika Waltari (Plaza & Janés, 2016) que en mala hora se encuentra con la cortesana Nefernefernefer; hacen el amor (“se desnudó y me abrió los brazos, y yo tenía la sensación de que mi cuerpo y mi corazón y todo mi ser estaban reducidos a cenizas”), pero la memoria recuerda sobre todo a la chica exhibiéndose en el estanque. “Ella comenzó a nadar sobre la espalda balanceándose ligeramente y sus pechos salían del agua como dos flores rojas”. Ah, Egipto.

En un salto (de cama) podemos pasar a algo más contemporáneo. Plataforma, de Michel Houellebecq (Anagrama, 2004), ofrece varios pasajes para elegir, con sexo más moderno y ese estilo sobrado al contarlo de yo pasaba por ahí, tan francés. Se puede discutir cuál es el mejor (¿el encuentro glorioso a la vuelta de Tailandia?, ¿el del trío con la joven limpiadora cubana?, ¿el otro trío en la sauna?). La opción que valoramos aquí, por elevación (por qué dejarlo en threesome si puedes hacer un foursome), es la del cuarteto que montan el protagonista Michel, sosias del autor, su novia Valérie y un batería de jazz negro y su mujer. En el pasaje, los dos hombres realizan una doble penetración a Valérie. “Al cabo de unos segundos, me hundí más en ella. Cuando estuve a medio camino, ella empezó a moverse hacia adelante y hacia atrás frotando el pubis contra el de Jérôme. Yo ya no tenía nada que hacer; ella empezó a lanzar un gemido largo y modulado, me hundí en ella hasta la raíz, era como resbalar por un plano inclinado, ella se corrió extrañamente deprisa. Luego se quedó quieta, jadeante, feliz”.

En El mago, de John Fowles (Anagrama, 2015), también encontramos sexo del bueno, por así decirlo, en las escenas de calentón del protagonista Nicholas con las jóvenes gemelas, Julie y June, que le envía para seducirlo y confundirlo el millonario Conchis. “Empecé a perder la conciencia de todo lo que nos rodeaba. No había más que su lengua, su desnudez contra la mía, el cabello mojado, el suave ritmo de su mano bajo el agua”.

En otra novela moderna, Las lecciones peligrosas, de Alissa Nutting (Anagrama, 2015), la protagonista, Celeste, es una guapa profesora de 26 años cuyo interés erótico son los jovencitos. La obsesión por ellos la mete en problemas que ríete tú de Humbert Humbert, en Lolita, historia de la que este libro es una ilustrativa inversión. La escena en que Celeste seduce en el coche a su alumno adolescente Jack y que narra en primera persona es muy intensa. “Ya solo precisaba una leve oscilación de la pelvis. Me incliné y, con un solo movimiento, me senté sobre él, me acoplé sobre él, cerrando aquel broche húmedo que engarzaba cada centímetro que podía ofrecerme. Había sucedido. Por fin, había sucedido”.

También con perspectiva femenina, en el clásico Delta de Venus, de Anaïs Nin (Alianza, 2021), tenemos numerosos episodios a recordar, muchos con la hermosa Bijou de protagonista —por cierto, la escena en que su amante vasco le afeita el pubis la recreó con su jovencita Lulú la añorada Almudena Grandes, en la primera experiencia sexual de la chica con Pablo en Las edades de Lulú—. La Bijou de Nin visita a un vidente y bailarín negro con dos amigas y se improvisa un trío. “Sacudía su cuerpo como si estuviera penetrando a una mujer y simulaba los espasmos de un hombre presa de las diversas tonalidades de un orgasmo. Uno, dos, tres… El espasmo final fue salvaje, como el de quien deja su vida en el acto sexual”.

De Justine o las desgracias de la virtud, de Sade, y La Venus de las pieles, de Sacher-Masoch, si te gustan esas cosas, hasta la popular Cincuenta sombras de Grey y sus continuaciones o títulos tan sugerentes como Lamer tu piel bajo el sol de Kenia, de Noelia Amarillo, podríamos seguir rastreando pasajes. Pero vamos a dejarlo aquí con dos obras inesperadas: una de ciencia ficción, y… la Biblia.

De la primera es Los amantes, de Philip José Farmer (Acervo, 1982), con el perturbador contacto sexual entre un hombre y una hembra alienígena, una lalítha, una especie de insecto parasitario mimético que adopta forma humana. “Exploró el cuerpo de ella con un interés que era en parte sexual, en parte antropológico. Se mostró encantado y asombrado ante las muchas pequeñas diferencias entre ella y las mujeres terrestres. Había un pequeño apéndice de piel en el paladar de su boca que podía haber sido un rudimento de algún órgano cuya función se perdió mucho tiempo atrás, en los terrenos de la evolución”.

toujours la Biblia, fuente de muchos pasajes eróticos (no todo va a ser Job o el Levítico), desde el Cantar de los cantares y su sulamita a las andanzas de Dalila y Jezabel, por no hablar de Onán, tan presente en estas líneas. O del voyerismo de David: “Vio desde la terraza de la casa real a una mujer que estaba bañándose y era muy bella. Hizo preguntar quién era y le dijeron. ‘Es Betsabé, hija de Eliam, mujer de Urías, el jeteo’. David envió gentes en busca suya; vino ella a su casa y él durmió con ella”. No es muy explícito, cierto, pero no se puede negar que tiene morbo.

<El texto de este artículo pertenece a Jacinto Antón, y fue publicado en el diario El País de España>