Desde el país de las águilas, Ismaíl Kadaré

Considerado como su intelectual más importante, proviene de una tierra tan poco conocida y hasta hace pocos años encriptada, como Albania. Aunque, a pesar de su particular historia, el país balcánico despertó durante su existencia la codicia de muchos otros estados, ya que fue sucesivamente ocupado por los ejércitos otomanos, serbios, italianos fascistas o nazis alemanes, para terminar en uno de los regímenes comunistas más herméticos de los que se conocen.

Hijo de una familia de funcionarios, el pequeño Ismail nació en Gjirocastra (1936), ciudad montañosa del sur. Aún así, salvando las distancias, tuvo oportunidad de formarse en periodismo y en filología en la universidad de la capital, Tirana, para hacerlo luego en la universidad Maxim Gorki de Moscú; y recibir enseñanza adicional en lengua y cultura francesas.

Fue a los veintisiete años que escribió su primera novela, El general del ejército muerto. A partir de allí le siguieron muchos títulos más, entre los más renombrados: Los tambores de la lluvia, Abril quebrado, La pirámide, y quizás su obra más difundida, El palacio de los sueños, del año 1981, novela que fue prohibida por las autoridades del régimen de Enver Hoxha. Ese hecho y sus ansias contenidas de mayor libertad le llevaron a exiliarse en Francia en 1990, para retornar nueve años después de su partida una vez caída la antigua nomenclatura comunista.

Sus obras refieren a la gente que puebla el país balcánico, hablan de las diferencias entre aquellos que habitan las ciudades en contraposición con los albaneses de las regiones montañosas; describen el peso de las tradiciones en las zonas alejadas y también las reglas de convivencia entre familias y clanes, regidos todos por normas rígidas de origen ancestral. No faltan las crítica, a veces solapada en otras de forma más expuesta, hacia los totalitarismos; con un estilo que denota la decidida influencia de las tragedias clásicas griegas en sus textos.

Luego de la apertura política en Albania, con la deriva de la economía estatal hacia el capitalismo, sus obras recibieron renovado impulso tanto en el país como en el exterior. Esa avidez por el conocimiento de su obra escrita, le llevó al reconocimiento mediante diferentes galardones, como el Premio Booker en el año 2005, el  Príncipe de Asturias a las Letras en el 2009, o el Premio Jerusalem en el año 2015.

Para apreciar una pequeña parte de su hacer literario, de su novela Abril quebrado, el texto siguiente:

  “La ceremonia fúnebre tuvo lugar el día siguiente a mediodía. Las plañideras llegaron de lejos, arañándose los rostros y arrancándose los cabellos según la costumbre. El viejo cementerio de la iglesia se llenó con las xhoka negras del cortejo. Terminado el entierro, la comitiva regresó a la kulla de los Kryeqyqe. Gjorg iba entre ellos. No lo hacía ni mucho menos de buen grado. Entre él y su padre se había producido la que Gjorg esperaba que fuera la última de sus disputas y que, con toda certeza, se había repetido miles de veces en las montañas. Asistirás sin falta al entierro e incluso a la comida de difuntos. Pero yo soy el gjarkës, yo he sido quien lo ha matado, ¿por qué debo ir precisamente yo? Precisamente porque eres el homicida debes ir. Cualquiera puede faltar al entierro o a la comida de difuntos, cualquiera menos tú. Porque a ti se te espera allí más que a nadie. Pero ¿por qué?, había replicado Gjorg por última vez. ¿Por qué debo hacerlo? Su padre le lanzó una mirada fulminante y Gjorg no volvió a decir una palabra.

   Marchaba ahora entre el cortejo fúnebre, pálido, con paso vacilante, sintiendo a los costados las miradas de las gentes que apenas les rozaban para perderse más allá, entre la niebla. La mayoría pertenecían al clan del muerto. Quizá por enésima vez gimió para sus adentros: ¿por qué tengo que estar aquí?

   Sus miradas no estaban cargadas de odio, eran frías, como aquel día de marzo; como se había sentido él, frío y sin cólera, la víspera cuando permanecía al acecho. La fosa recién abierta, las cruces de madera o de piedra, la mayoría inclinadas a un costado, el triste tañido de las campanas, todo estaba directamente vinculado a él en ese día. Los rostros de las plañideras, con aquellos pavorosos cortes producidos por sus uñas (oh, Dios, cómo habrán podido crecerles así las uñas en veinticuatro horas, pensó), los cabellos salvajemente arrancados, los ojos hinchados, el sonido de los pasos que lo rodeaba por todas partes, toda aquella estructura mortuoria había sido forjada únicamente por él. Y por si fuera poco, se veía obligado a caminar en medio del cortejo, lenta, luctuosamente como los demás.

   Las bandas negras de los tirk de ellos se encontraban muy cerca de las bandas de los suyos propios, como serpientes negras cargadas de veneno dispuestas a morder. Durante la marcha estaban a punto de tocarse. Pero él estaba absolutamente tranquilo. La besa de veinticuatro horas lo protegía mejor que cualquier tronera de kulla o de castillo. Los cañones de sus fusiles se alzaban enhiestos sobre las negras xhoka, pero por el momento no les asistía el derecho a disparar sobre él. Mañana, pasado mañana… tal vez. Y si la aldea solicitaba la besa de treinta días, aún dispondría de cuatro semanas de vida sin sobresaltos. Después…

   A pesar de todo, el cañón de un fusil de guerra se balanceaba como pretendiendo destacarse entre los demás, unos pasos más allá. Otro cañón, éste corto, sordo, marchaba a la izquierda. Y otros más alrededor. Cuál de ellos será el que… En su conciencia las palabras <me mate a mí>, se transformaron en el último instante, como si pretendieran aliviarlo, en <dispare sobre mí>.

   El trecho desde el cementerio hasta la casa del muerto parecía interminable. Y todavía quedaba por delante la comida de difuntos, donde lo esperaba una prueba más penosa aún. Se sentaría a la mesa junto con el clan del muerto, le ofrecerían pan y le servirían comida, le pondrían delante la cuchara y él tendría que comer.

   Dos o tres veces le asaltó la idea de huir de aquella situación absurda, de escapar corriendo del cortejo fúnebre, de que lo insultaran, lo injuriaran, lo acusaran de violar la costumbre secular, de que incluso le dispararan por la espalda si querían, pero huir, huir de allí. Sin embargo, sabía que no lo haría jamás. Igual que no habían huido su abuelo, su bisabuelo, su tatarabuelo, cincuenta, quinientos, mil años atrás…”

La frase

«Nuestro reino era así: una gran curva de las vías acababa su comba justo frente a los fondos de nuestra casa. No había más que el balastro, los durmientes y la doble vía; pasto ralo y  estúpido entre los pedazos de adoquín donde la mica, el cuarzo y el feldespato -que son los  componentes del granito- brillaban como diamantes legítimos contra el sol de las dos de la tarde »   ( Final del juego Julio Cortázar )

Alucinógenos y literatura: algunos de sus nexos creativos

En el siglo XIX, cuando no alcanzaba para más, era usual que muchos escritores se inclinaran por hacerse con una asequible botella de absenta, con una graduación alcohólica suficiente como para desinhibir mentes y estimular el despertar de las musas. Verdad es que, desde el origen de los tiempos, literatos y muchos otros  creadores ya hacían uso de toda una batería de substancias de las que echaban mano para predisponer su inventiva, hecho que se ha ido sucediendo hasta nuestros días. Este texto hace un repaso de algunos escritores y a los aportes que la combinación de factores, entre la imaginación y los estímulos externos, brindó a la creación literaria

Sustancias psicoactivas y creación literaria. He allí una fascinante relación de auxilios mutuos presente desde los albores de la humanidad. Paraísos artificiales que riegan jardines alternativos de una realidad pasible de ser modulada por acción del cannabis  (raíz hebrea ‘qaneh’, babilonio antiguo ‘qanum’). Imprescindible en la liturgia chamanística desde el Mesolítico, recibe su primera mención inequívoca en el Talmud e ingresa al Antiguo Testamento con innumerables referencias a su subyugante resina, el hachís, llamándola miel, panal o rocío (Cantar de Cantares 4:11 y 5:1; Proverbios 19:10 y 16:24; Samuel 14:25-45, Éxodo 30:23, Isaías 43:24; Jeremías 6:20; Ezequiel 27:19; Proverbios 27:9).

—“¡Me he convertido en Dios!” —

Exclama Baudelaire en el cénit de su ascenso psicodélico: “Para no padecer el horrible fardo del tiempo que quiebra los hombros y los inclina hacia el suelo, uno debe embriagarse infatigablemente. Pero ¿de qué? De vino, de poesía, de virtud, de lo que sea. Pero embriagarse”. Miembro honorario de la orden mística de fumadores de hachís, junto al efebo maligno y delicuescente de Rimbaud, comanda la insigne tropa de creadores galos que cambiarían el curso de la literatura universal a punta de psicoactivos: Artaud, Michaux, Cocteau, Bataille.

“Me gustaría mucho, como Vishnu, flotar sobre un océano infinito mecido en la flor de loto y despertar una vez en millones de años por unos minutos solo para saber que dormiré otro millón de años más”, escribe Coleridge en ese sueño de opio que es “Kubla Khan”. Marihuana y crustáceos envuelven a Jean-Paul Sartre mientras construye “La náusea”, obra capital de un existencialismo estremecedor como el agua que cae y la vida que se escapa. Poe, Joyce, Faulkner y Hemingway cruzarían mares de alcohol y hierba, aunque no tanto como los cuatro jinetes del Apocalipsis –Ginsberg, Kerouac, Burroughs y Cassady–, terroristas de todo umbral: marihuana, cocaína, ácido lisérgico, mescalina, bencedrina, morfina y heroína.

Exploradores de la talla de Phillip Dick, Aleister Crowley, Huxley, Leary, Hunter Thompson y Ken Kesey viajan junto a un Dr. Jekyll and Mr. Hyde fabricado en la velocidad de un tren neuronal de nieve: cocaína. Y si Thomas Pynchon le pone un porro a George Washington en “Mason & Dixon” o sazona con hachís el infierno cósmico de “El arco iris de la gravedad”, Foster Wallace se perfora la mente navegando en sustancias antes de colgarse.

—Confieso que he fumado—

Stevenson, De Quincey, Nabokov, Carver, Bukowski, Stephen King, Robert Anton Wilson, Wade Davis, Richard Evans, Tom Wolfe, Jim Carroll, Welsh, Amis, etcétera: si la exploración anglosajona con el cáñamo y sucedáneos parece infinita, la respuesta en nuestra lengua va de Julio Cortázar a Fernando Vallejo y César Aira: la droga de nuestros tiempos es química. Prozac, MDMA. Pero a inicios del siglo pasado la marihuana terapéutica era legal y la literatura lo reflejó: el dramaturgo, poeta y novelista español Ramón María del Valle-Inclán fumaba cannabis para aliviar los dolores que le producía un papiloma gástrico y describía esos paraísos con pericia –“La pipa de kif” (1919) y “Tirano Banderas” (1926)– con el plus transgresor de una cultivada imagen de bardo decadente y un mote inmortal: ‘Don Mariguano’.

Ensayando un malditismo a la peruana, nuestros plumíferos se decantaron más bien por un realismo tan sucio que terminó enturbiando las aguas para que parecieran más profundas. Razón por la cual, para hablar seriamente de las visiones ultraterrenas en nuestra prosa, resulta ineludible citar a Carlos César Salvador Arana Castañeda (Cajamarca, 1925–Los Ángeles, 1988), antropólogo nacionalizado estadounidense y autor de ensayos de discutible veracidad. Empero, sus exploraciones chamánicas resultarían emblemáticas para más de una generación ávida de bucear por una espiritualidad tributaria de la república de las flores.

Y luego de tanta hiperestesia verbal, lo único que queda claro para el escritor contemporáneo es el desafío de un teclado digital en medio de una montaña transparente de cielo y soledad.

(Este artículo fue reproducido en el diario El Comercio de Perú)

Juan José Millás, historias de urbanitas

El valenciano (1946) es de aquellos autores de largo recorrido, lo que le ha llevado a producir una extensa obra y a transitar por distintos géneros en el mundo de las letras. Y fruto de ello, a  hacerse acreedor a varias distinciones: Premio Nadal, Premio Planeta, y el Premio Nacional de Narrativa que otorga el Ministerio de Cultura de España.

De formación periodística, su presencia como columnista es constante en distintos medios gráficos y audiovisuales españoles. En cuanto a su obra escrita, se extiende en el reportaje y, dentro de la ficción, al cuento y la novela; en esta última su debut fue con Cerbero son las sombras, que data del año 1975, texto que en su momento le permitió ser catalogado como un escritor prometedor. Esas expectativas no se vieron defraudadas cuando le siguieron una veintena de títulos más, de los que destacan El jardín vacío, La mujer loca y su obra más reconocida, Papel mojado, texto traducido a varios idiomas.

Aunque Millás es particularmente ponderado por sus relatos breves, en los que detalla las crónicas del habitante de la gran urbe. En ellos es a veces un hecho fortuito el que dispara la trama, en otros es la detenida observación y las consecuencias que de esta se derivan para nutrir el relato, en todos ellos se deriva de manera inexorable la reflexión, que en voz alta y clara surge lanzada hacia el lector.

El mecanismo así expuesto se ha dado en llamar el “articuento”; donde  destacan la selección de Cuentos de la intemperie, La viuda incompetente, Los objetos nos llaman, y Articuentos completos. En ellos la metrópoli y lo que impone está siempre presente, con sus reglas tan particulares, en instancias para destacar el hecho que sublima a sus habitantes, pero también, para retratarlos en sus egoísmos o en sus cotidianas miserias. Como si el escritor pretendiese lanzar un metamensaje hacia un ser humano desvalido quien, a modo de defensa, solo le queda enfrentarse a los hechos cargado con el escudo de la ironía, cuando no, con un dejo de lastimosa comicidad. En definitiva, para graficar con aquello que un autor como Kundera definiría  como “la levedad del ser”.

El siguiente es el texto completo del relato La viuda incompetente:

  “La viuda incompetente compró un lote que incluía un pato pequeño, 24 uvas y dos velas, para hacer creer a la cajera del supermercado, o quizá a sí misma, que esa noche, la del 31 de diciembre, cenaría acompañada. Pero cuando llegó a su casa y desenvolvió el paquete, el pequeño animal le pareció un cadáver. Así que lo contempló con aprensión durante unos minutos, intentando comprender los misterios minerales de la carne mientras le daba la vuelta con un tenedor, y lo arrojó a la basura envuelto en papel de aluminio. Luego, al tiempo que en la calle sonaban los primeros petardos del día, recorrió la casa colocando las manos sobre los objetos del que había sido su marido, tan odiado en vida.

   Después de comer, se sentó en el sofá del salón y se quedó dormida hasta las siete con la radio puesta. Al despertar hablaban de la dermatosis y de lo dramático que era para los que padecían este mal no poder llevar trajes oscuros, tan apropiados por cierto para despedir el año, debido a que las escamas de la piel se notaban demasiado sobre los hombros. Sintió un desasosiego excesivo, un sofoco que la llevó al balcón. En la calle se percibía el nerviosismo característico de las horas que precedían a la medianoche. La viuda incompetente recordó cuánto había detestado a su marido, cómo había deseado su muerte hacía ahora un año, mientras contaban entre los dos las uvas para la cena de Año Viejo, y se echó a llorar. Nada fue en su vida como había soñado: ni la primera comunión, ni la universidad, ni el matrimonio, ni, en los actuales momentos, la viudez.

   Soy viuda, se dijo, intentando encontrar en la palabra el sabor excitante que tenía antes de que su esposo falleciera. Pero ahora ese mismo término tenía un gusto rancio, igual que un embutido caducado. Por un instante se percibió a sí misma como un féretro en cuyo interior, a su pesar, reposaba él. Cuando me hagan la autopsia –pensó-, lo encontrarán dentro de mí, vestido con aquel traje oscuro sobre el que tanto se le notaba la dermatosis y los brazos cruzados sobre el pecho. ¿Dónde estaba el atractivo sexual de las viudas del que tanto hablaban los sexólogos? Cerró el balcón y recordando que su marido solía llamar al diccionario la nevera del vocabulario, porque en él se mantenían frescas las palabras, fue a buscar viuda y leyó: <Planta herbácea, bienal, de las dipsáceas, con flores en ramos axilares, de color morado que tira a negro>.

   Cerró el libro con violencia, arrojándolo sobre el espejo del aparador, que no llegó a romperse. A través de los tabiques se colaba el bullicio de las casas vecinas mezclado con el ruido de las cuberterías de alpaca y las vajillas de porcelana removidas de sus armarios para la cena familiar. La viuda incompetente decidió en un ataque de rabia no resignarse a su condición de dipsácea con flores moradas o negras en las axilas. Así que fue a la cocina, rescató del cubo de la basura el cadáver del pato, lo desenvolvió de su mortaja de aluminio y lo introdujo en el horno de cuerpo presente. Cuando la piel del animal adquirió un color más o menos tostado, lo colocó sobre la mesa del salón y encendió dos velas. Había pensado comérselo entero y tragarse después las 24 unas, para transmitir (a quién) la impresión de que en aquella casa había cenado realmente dos personas. Pero al regresar de la cocina con la botella de vino y contemplar sobre el mantel los restos mortales del animal alumbrados por la llama lúgubre de las velas, comprendió que en lugar de una cena de Año Viejo le había salido una capilla ardiente.

   Fue entonces cuando se dio cuenta de que por más que cuidara de su ropa interior sería el resto de su vida una viuda desastrosa, incompetente, nada parecida a las que describían los libros de autoayuda. Pero en ese instante advirtió también que el odio profesado a su marido había sido una forma de amor que solo ahora era capaz de reconocer. Entonces, cogió las uvas, se fue al tanatorio de la M-30, donde llegó al filo de las doce, entró al azar en una de las capillas y recibió el nuevo año con los muertos.

   Al amanecer del día 1 regresó al hogar, se metió en la cama y sintió unos instantes de felicidad al saber por una vez en su existencia de qué lado de la vida estaba”.

La frase

«Grenouille  apartó la sábana del lecho. La magnífica fragancia de la muchacha, que se derramó súbitamente, cálida y masiva, no le conmovió. Ya la conocía y la disfrutaría, la disfrutaría hasta la embriaguez más adelante, cuando la poseyera de verdad. Ahora se trataba de empezar cuando antes, de dejar evaporar la menor cantidad posible; ahora se imponía la concentración y la rapidez…»     ( El Perfume Patrick Süskind )

Obras de las que sus autores reniegan

Pablo Picasso pasó por diferentes estilos en su pintura, iniciándose muy joven con el realismo para terminar ya mayor en el cubismo. Algunas de estas etapas obedecían a un mero aprendizaje, otras, a sus estados de ánimo, por último, a lo que él creía que era la síntesis de la evolución de su pintura; en todos los casos, el pintor sentía que formaban parte de su crecimiento como artista y como persona. El ejemplo del genio  malagueño bien podía valer para muchos escritores, que en su momento sintieron satisfacción por sus obras, y que luego poco menos quisieron «olvidar» que fueron partícipes necesarios para que sus textos vieran la luz. ¿Es legítimo que el escritor pueda, por lo que fuere, deshacerse de una autoría?, este artículo ilustra sobre ello 

Normalmente, la finalidad de un escritor es que su obra sea leída por el público, que logre superar las cribas editoriales, tome forma en papel y, en último término, alguien disfrute descubriendo lo que encierran sus páginas. Ocurre, sin embargo que hay determinados autores que tienen una relación un tanto conflictiva con alguna de sus obras. La autocrítica, el pudor o simplemente el cambio de criterio con el paso del tiempo han hecho que grandes nombres de la literatura se arrepientan de alguna de sus obras o que, directamente, intenten quitarlas de la circulación. Son los escritores que reniegan.

En algunos casos, ni siquiera el reconocimiento de la crítica y el público aplacan ese impulso de rechazo a lo que ha escrito uno mismo. Es ampliamente conocido el odio que sentía Rafael Sánchez Ferlosio hacia su El Jarama, quizás su obra más conocida. “Está muy cuidado el lenguaje, muy escuchada el habla popular, pero no tiene ni pies ni cabeza. No me gusta nada. Sería un libro que si lo hubiera escrito otro diría: ¡Pero qué pelmazo!», decía en 1986 al diario El País.

Jorge Luis Borges es otro autor que, con el tiempo, no quería saber nada de una de sus primeras obras. De Historia universal de la infamia, el argentino decía que era un “irresponsable juego de un tímido que no se animó a escribir cuentos y que se distrajo en falsear y tergiversar (sin justificación estética alguna) ajenas historias”.

Esos pecados de juventud han llevado a muchos autores, una vez consagrados, a intentar eliminar de la historia oficial alguno de sus primeros títulos. Sucedió con Barioná, el hijo del trueno, de Sartre, que no autorizó su publicación hasta pasado mucho tiempo, o con Juan Ramón Jiménez, que rechazó sus primeros libros modernistas, Almas de violeta Ninfeas, e incluso se dice que intentó robarlos de algunas bibliotecas. Nathaniel Hawthorne tampoco quería ver su primera novela, Fanshawe, ni en pintura.

En otros casos, son el posicionamiento ideológico que cambia con el tiempo y la vida que adquiere la obra tras su publicación los factores que hacen que un libro sea desdeñado por su creador. Eduardo Galeano confesó cuarenta años después de haber publicado Las venas abiertas de América Latina que sería incapaz de leer su propio libro. “Para mí, esa prosa de la izquierda tradicional es aburridísima. Mi físico no aguantaría. Sería ingresado al hospital”, aseguró.

El caso de El motel del voyeur, de Gay Talese, es distinto: un testimonio falso que el periodista no pudo (o quiso) contrastar hizo que su obra (y su reputación) se pusieran en entredicho. Pero también entra en juego la autocrítica, lo de la autoexigencia, de autores que no quieren dejar mancha alguna en su obra. Se cuenta que Ernesto Sábato desechó Sobre héroes y tumbas hasta que su mujer le animó a recuperarlo, y Nabokov dejó orden de que desapareciese el manuscrito de El original de Laura, algo que su esposa desoyó y acabó con la publicación de la obra.

Por último, hay casos extremos como el de John Banville, que una vez que acaba un libro automáticamente no quiere saber nada de él. «Ninguno me parece bueno. Una vez que los termino ya no son míos, no me pertenecen y no son problema mío. Me parece bien que cualquiera los lea, siempre que ese cualquiera no sea yo”, ha declarado recientemente.

(Este artículo fue publicado en el diario El País de España – Librotea)

Desde el sur profundo, Flannery O’Connor

Su historia de vida y el lugar geográfico en la cual la desarrolló, son factores ineludibles en la obra de la escritora estadounidense (Georgia, 1925 -1964). A estos elementos, habría que añadir un tercero en el momento que fue diagnosticada de lupus, enfermedad que padeció durante los últimos diez años de su corta existencia. Aun así, este hecho no fue freno alguno para que creara una de las más importantes producciones literarias, engendradas en el marco meridional del país americano.

La autora era hija única de una acomodada familia de origen católico irlandés establecida en una región con un gran peso religioso, pero con predominio del credo protestante. Estados en los que reina un atraso secular, en ellos el abandono, el analfabetismo, la pobreza sistémica, el racismo, y una violencia siempre latente, son fundamentos constantes, factores de los que echó mano para escribir sus novelas; textos como Sangre Sabia, que fue adaptada para el cine, o Los violentos lo arrebatan; ensayos, como Misterio y Maneras, y también una extensa producción de relatos cortos.

En sus obras gustaba de implementar un estilo conciso en formas pero muy potente en cuanto a contenido; donde como pocos retrataba a sus protagonistas en conjunto con los densos ambientes del sur. Su impronta fue de una dimensión tal que sus escritos alimentaron el género que se dio a conocer como “gótico sureño”, por el que también transitaron literatos como Harper Lee, William Faulkner o Carson McCullers.

Frágil de salud, sus últimos años transcurrieron en una granja que gestionaba su madre, donde se criaban gansos, pavos reales y otras aves exóticas. Las  limitaciones causadas por su enfermedad no le impidieron seguir con la escritura, el contacto con amigos, ni tampoco sostener una extensa comunicación epistolar, lo que siguió haciendo hasta su deceso a los treinta y nueve años. En la actualidad, su obra es objeto de culto, siendo catalogada como una de las grandes voces estadounidenses del siglo XX.

El pasaje a continuación pertenece a uno de sus relatos más ponderados, Todo lo que asciende tiene que converger, en él madre e hijo se enfrentan cuando rememoran el pasado familiar y también el de la otrora clase floreciente sureña:

“…-Espérame. Vuelvo a casa para quitarme esta cosa de la cabeza y mañana lo devolveré. No estaba en mis cabales. Con estos siete dólares y medio podré pagar la factura del gas.

     Él la cogió violentamente por el brazo.

     -No lo vas a devolver. Me gusta.

     -Me parece que debo…

     -Cállate y disfruta de él –masculló Julian, más deprimido que nunca.

     Tal como está el mundo, es un milagro que podamos disfrutar de algo. Todo anda revuelto y nadie está en el lugar que le corresponde.

     Julian suspiró.

     Claro que –añadió ella-, si uno sabe quién es, puede ir a cualquier parte-. Decía esto cada vez que él la llevaba a la clase de adelgazamiento-. Casi todas las de la clase no son de los nuestros, pero yo puedo ser amable con cualquiera. Sé quién soy.

     -Les importa un pito tu amabilidad –replicó Julián, furioso-. Eso de saber quién eres solo vale para una generación. No tienes la más remota idea de cuál es ahora tu verdadera posición ni de quién eres.

     Ella se detuvo un momento y dejó que sus ojos lo miraran relampagueantes.

     Claro que sé quién soy, y si tú no sabes quién eres me avergüenzo de ti.

     -¡Otra vez!

     -Tu bisabuelo fue gobernador de este estado –afirmó ella-. Tu abuelo fue un rico terrateniente. Tu abuela era una Godhigh.

     -¿Quieres mirar alrededor y ver dónde estás ahora? –dijo él, tenso mientras con un gesto circular indicaba el barrio, cuya pobreza quedaba un poco disimulada por la oscuridad creciente.

     -Siempre eres quien eres. Tu bisabuelo tenía una plantación y doscientos esclavos.

     -Ya no hay esclavos –replicó él, irritado.

     -Estaban mejor cuando lo eran.

     Él refunfuñó al ver que su madre volvía a sacar el tema. Se precipitaba regularmente en él como un tren por una vía abierta. Él conocía todas las paradas, todos los cruces, todos los pantanos, y sabía el momento exacto en que la conclusión entraría majestuosa en la estación: <Es ridículo. No es realista, simplemente. Deben mejorar, eso sí, pero sin salirse de su sitio>.

     -Dejémoslo –dijo Julian.

     -Los que de veras me dan pena son los medios blancos. Menuda tragedia.

     -¿Quieres hacer el favor de dejarlo de una vez?

     -Supón que fuéramos medio blancos. Desde luego tendríamos sentimientos encontrados.

     -Yo ya tengo sentimientos encontrados –gruñó Julian.

     -Bueno, hablemos de algo más agradable. Recuerdo que de niña iba a casa del abuelo. En aquel entonces, la casa tenía una escalinata doble que subía al segundo piso; la cocina estaba en el primero. A mí me gustaba quedarme en la cocina por el olor que despedían las paredes. Solía sentarme con la nariz pegada al yeso y respiraba profundamente. En realidad, la casa pertenecía a los Godhigh, pero tu abuelo Chestny pagó la hipoteca y consiguió rescatarla. Pasaban dificultades, pero, con dificultades o sin ellas, nunca olvidaron quiénes eran.

     -Aquella mansión decrépita debía de recordárselo –masculló Julian.

     Nunca hablaba de la casa sin desprecio, y nunca pensaba en ella sin deseo. La había visto una vez, de niño, antes de que se vendiera. La doble escalinata se había podrido y derrumbado. Ahora unos negros vivían allí. Pero en la mente de Julian la mansión permanecía tal como la había conocido su madre. Surgía en sus sueños con frecuencia. Él estaba casi siempre en el amplio porche, oyendo el murmullo de las hojas de los robles, después avanzaba por el vestíbulo de altos techos hasta el salón contiguo y observaba las alfombras raídas y los cortinajes descoloridos. Pensaba que era él, no su madre, quien la había apreciado en su justo valor. Prefería aquella elegancia decadente a cualquier otra cosa en el mundo que conociera y por eso todos los barrios en que habían vivido fueron un tormento para él, mientras que su madre apenas notó la diferencia. Ella calificaba su sensibilidad de <saber adaptarse…>”