Santiago Gamboa, indaga sobre los retornos

En verdad no se necesita ser un observador privilegiado para advertir que vivimos una etapa diferente en cuanto a migraciones se refiere. Dejar la sociedad de origen –forzado o no- para trasladarse a una nueva o de adopción, acarrea y ha acarreado un aspecto de ilusión y también, de una dosis de riesgo.

En los últimos años, con oleadas masivas de migrantes que quieren alcanzar el sur de Europa, alcanzan una cota de dramatismo que estremece. Una noticia que por su trascendencia es retransmitida machaconamente en multiplicidad de soportes. Y si bien el hecho pareciera que nos llevara hasta terrenos nunca vistos, la historia contemporánea con sus ejemplos (y eso es tema para otra ocasión) se encarga de desmentirnos acerca de este tópico.

Si nos circunscribimos al aspecto estrictamente narrativo, han sido innumerables los textos que se han tejido en torno a los movimientos migratorios; y muchos los que de una u otra manera han puesto sus inventivas literarias a disposición: Franz Kafka, Tahar Ben Jelloun, John Steinbeck o Roberto Bolaño, por solo mencionar unos pocos.

Ya más cercano a nuestros días que los mencionados, el escritor, filólogo, periodista y otrora inmigrante colombiano Sergio Gamboa (Bogotá, 1965), autor de la reconocida Síndrome de Ulises (2005) -obra donde narra historias de inmigrantes en París-, nos sorprende ahora con su último trabajo Volver al oscuro valle, donde retoma la idea de la migración pero esta vez para indagar sobre los regresos. El texto apenas le sirve de pretexto para deja caer una reflexión con un toque de flamante actualidad, y que altera lo conocido hasta el presente: muchos de aquellos que huyeron de situaciones económicas agobiantes o de conflictos en sus sociedades de origen, sean latinoamericanos, eslavos o incluso musulmanes, hoy bien podrían morir bajo las balas de un enajenado en cualquier ciudad europea.

Por ello en el reportaje Regresar sobre los escombros, publicado en el diario colombiano El Espectador, el autor se extiende sobre este punto:

Por: Mateo Guerrero Guerrero
En Volver al oscuro valle, una célula del grupo yihadista Boko Haram se toma la embajada irlandesa en Madrid. Con ese telón de fondo, Santiago Gamboa trae de nuevo al cónsul, un personaje que nos presentó en Plegarias nocturnas y que, en esta ocasión, trata de reencontrase con una mujer en la ciudad que vio pasar su juventud. A lo largo de la novela, el lector verá cómo la historia del cónsul se enlaza con la de Manuela, una joven caleña, cuya infancia parece escrita a cuatro manos entre Charles Dickens y el Marqués de Sade; la de Tertuliano, un argentino que dice ser hijo del papa y quien, tras militar en varios grupos neonazis, considera que su misión es crear una utopía latinoamericana, y la de Rimbaud, el joven poeta que estremeció las letras francesas en el siglo XIX y las abandonó, hastiado, para vagar por el mundo y llegar incluso a convertirse en traficante.

Para Gamboa, que, en El síndrome de Ulises, había retratado las historias de quienes salían de Latinoamérica, Volver al oscuro valle es una novela sobre los que regresan, sobre los que escapan de una Europa en la que el terrorismo ha puesto en jaque a las grandes ciudades. “La gente que se fue por la violencia en Colombia la está encontrando allá cuando alguien entra a una cafetería y ametralla a todos. Mario (Mendoza) dice con gran acierto que resultó que no eran ellos el futuro de nosotros, sino nosotros el futuro de ellos. En Europa están viviendo algo muy parecido a lo que vivimos aquí en los 80. Esa violencia y la crisis económica hacen que la gente se empiece a ir. La gente está regresando y para mí esa es la pregunta de nuestro tiempo. Yo mismo volví hace un año a Colombia y la pregunta sigue siendo: ¿puede uno volver a algún lado?”.

La pregunta sobre el regreso, como la que indaga por la posibilidad de bañarse dos veces en el mismo río, y las buenas preguntas en general, queda resonando en la habitación sin una respuesta definitiva. Gamboa se acomoda en la silla y se queda mirando al vacío mientras recuerda conmovido el episodio en que, en Cúcuta, tras el cierre de la frontera y la expulsión de cientos de colombianos, vio a un hombre que arrastraba de regreso a un niño, un perro y un carrito de supermercado. “Las migraciones son algo que estamos viviendo en versión apocalipsis, mientras antes tendíamos a verlas como historias de génesis. La gente llegaba y se instalaba. Los pobladores creaban ciudades, construían caminos. Ahora estamos ante Troya en llamas y la gente va como Eneas, con un niño y un viejo alzados al hombro”.

El retorno por el que se pregunta la novela no se limita a la dimensión geográfica del término. Para Gamboa, “el regreso también es buscar al joven que uno fue. El joven que uno traicionó porque el destino de toda vida es traicionar al soñador que alguna vez fuimos. El regreso es una búsqueda de la coherencia que tuvimos en la adolescencia y que se contrapone a la incoherencia del mundo adulto, donde uno tiene que enfrentar contradicciones, dar el brazo a torcer y aceptar lo inaceptable. El joven se la juega por una coherencia que el mundo le va quitando a patadas. Volverse hombre es volverse como Ulises: aprender a hacer trampa, a darle la mano a la gente que uno odia”.

En la novela, una de las vías para regresar al paraíso perdido de la juventud, o la niñez, es el uso desmedido de narcóticos. Esa visión desgarradora y autodestructiva del regreso no sólo es un signo de nuestra época, sino que se alinea con el pesimismo con el que Gamboa afirma: “Detrás de la utopía suele haber un discurso autoritario que la gente persigue porque la recompensa es la salvación. Eso es terrible porque en el fondo se trata de salvarse a cambio de la libertad. El salvador, como Trump o como Uribe, dice: ‘Tienes que dejar de ser lo que eres y debes convertirte en lo que yo quiero porque te amo’. En eso consistía la inquisición: ‘Yo te quiero tanto que quiero que tu alma se salve y por eso te voy a quemar’ ”.

Desde hace un año, Gamboa dejó Europa para vivir en Cali. Confiesa que la literatura casi siempre llega tarde a los lugares donde lo arroja la vida, como ocurrió cuando, después de dejar el país, escribió en Madrid una novela que discurre en Bogotá o como cuando, a continuación, viviendo en París, regresó a España en la escritura. “No escribo para hacer una radiografía del mundo. Se me hace posudo buscar conscientemente temas importantes. Me limito a ir siguiendo mi propia vida y en eso no hay nada original. Vine para acá y viví el regreso del que hablo. Para mí, hacer una novela es encontrar un personaje capaz de contarme algo que me permita comprender mejor mi mundo.”

En esa búsqueda de personajes, en Volver al oscuro valle, Gamboa crea una constelación de narradores que comienzan a unirse tenuemente por la poesía, la violación y el abandono, para después terminar completamente amalgamados en busca de venganza. El final de la novela sugiere el regreso de estos narradores, ya no a su lugar de proveniencia geográfica, sino al campo de la literatura: “Mis novelas no se acaban sino que se detienen. El único final que existe en la naturaleza es la muerte y mientras haya vida las historias siguen. Creo que no es algo que se ha acabado. Tengo la sensación de que ahí hay un pequeño mundo que me interesa ir analizando”.

Charles Dickens, perpetuo en el tiempo

Son muchos los lectores –en particular jóvenes- que sitúan la literatura del  escritor inglés como alguien lejano en el tiempo, y en verdad no están  desacertados. Pero aún tratándose de un autor decimonónico (1812-1870), la calidad de sus textos y la profundidad de sus tramas hacen que no pierdan un ápice de interés cuando nos volcamos a su lectura.

El tiempo que le tocó en suerte vivir al escritor transcurrió al amparo de la rígida sociedad victoriana cuando se adentraba en una nueva era a caballo de la revolución industrial; la misma que produciría un significativo incremento de las arcas del imperio de la mano de una creciente nueva burguesía. Una época de grandes cambios regida por una moral exacerbada en las costumbres, en particular para la mujer, y de una división bien marcada en las clases sociales.

Como buen observador a Dickens no se le escapaban estos nuevos parámetros, ni más aún la ansiedad por ascender en el escalafón social a como diera lugar;  hechos que alimentarían las temáticas que trataría en sus obras.  De esta manera advirtió a aquellos que en su afán de rápido posicionamiento lucraban con la infancia al amparo de los funcionarios corruptos del estado, y así los retrató en su reconocido texto Oliver Twist. Del mismo modo formaron parte de sus obsesiones los anhelos o las inequidades en la sociedad, para reflejarlo en novelas como  Los documentos póstumos del club Pickwick; David Copperfield o Historia de dos ciudades.

Aunque la habilidad del natural de Portsmouth no quedó allí, ya que sus inquietudes le llevaron a volcarse en otro tipo de temáticas en sus relatos, en este caso cortos, como sus Cuentos de Navidad. En ellos hizo gala de una fina imaginación acompañada de un mejor buen gusto en las descripciones. Para corroborarlo, nada mejor que un pequeño pasaje del capítulo Primer Cuarto del cuento Las Campanas:

“No son muchas las personas –y, siendo deseable que entre el narrador y el lector de cuentos se establezca una comprensión mutua lo antes posible, y ruego se tenga en consideración que no limito esta observación a jóvenes y  niños, sino que lo hago extensible a personas de toda condición: pequeños y mayores, jóvenes y viejos, aún en proceso de crecimiento o ya decreciendo-; como decía, no son muchas las personas a las que les gustaría dormir en una iglesia. No me refiero a la hora del sermón y con buen tiempo (algo que en realidad ya ha ocurrido en una o dos ocasiones), sino por la noche y en soledad. Innumerables personas se quedarían más que atónitas, bien lo sé, ante esta postura si me refiriese al claro y vital día. Pero me refiero a la noche. Es algo que habría que debatir de noche. Y me comprometo a defenderlo con éxito cualquier noche borrascosa de invierno que se elija para tal propósito frente a cualquier contrincante designado de entre todos los demás, que debería encontrarse conmigo a solas a la puerta de la vieja iglesia de un viejo cementerio, y que previamente me habrá autorizado a encerrarle dentro, si así lo considerase necesario para su plena satisfacción, hasta la mañana.

Porque el viento nocturno tiene la pésima manía de dar vueltas y más vueltas en torno a esa clase de edificios gimiendo a su paso, y la de, con una mano invisible, tantear puertas y ventanas, y las de buscar rendijas por las que colarse. Y una vez que lo ha conseguido, como si no encontrara lo que busca, sea lo que fuere, plañe y aúlla para salir de nuevo; y, no contento con asediar las naves, deslizarse en torno a los pilares y tentar al órgano en las profundidades, se eleva hasta el techado y pugna por arrancar los cabríos; después se lanza desesperado hacia las losas del pavimento e irrumpe, mascullando, en la cripta. Acto seguido se alza con sigilo y repta por los muros con la apariencia de estar leyendo, en susurros, las sagradas inscripciones dedicadas a los muertos. Ante algunas de ellas estalla con estridencia, como riéndose a carcajadas, y ante otras solloza y llora como si se doliese. Emite asimismo un sonido espectral mientras vaga por el altar, donde, a su bárbaro estilo, parece entonar un canto al mal y al crimen perpetrados y a los falsos dioses adorados, desafiando a las Tablas de la Ley, que parecen inmaculadas y suaves pero que están agrietadas y rotas. ¡Brrr…! ¡Dios nos proteja de él, sentados al abrigo del fuego! ¡Tiene una espantosa voz, ese viento a medianoche cantando en una iglesia!

Pero ¡ay, en lo alto de la aguja! ¡Allí la abyecta ráfaga ruge y silba! ¡En lo alto de la aguja, donde puede entrar y salir con libertad entre los numerosos y amplios arcos y lucernas, y retorcerse y enroscarse por la vertiginosa escalera, y hacer girar la rezongona veleta, e incluso sacudir y estremecer la mismísima torre! ¡En lo alto de la aguja, donde se encuentra el campanario; y las barandas de hierro lucen melladas por el herrumbre; y las planchas de plomo y cobre, ajadas por los cambios del tiempo, chirrían y palpitan bajo unos pasos a los que no están habituadas; y los pájaros embuten desvencijados nidos en las junturas de las viejas vigas y travesaños de roble; y el polvo envejece y se torna gris; y arañas moteadas, indolentes y gordas tras mucho tiempo a resguardo se balancean ociosas adelante y atrás con la vibración de las campanadas, y nunca se caen de los castillos que tejen en el aire, o trepan como marineros ante una alarma repentina, o descienden hasta el suelo y ejercitan su juego de ágiles patas para salvar la vida! Lo alto de la aguja de una vieja iglesia, muy por encima de la luz y el murmullo de la ciudad y muy por debajo de las nubes que le dan sombra, es de noche un lugar salvaje e inhóspito, y en lo alto de una aguja de una vieja iglesia habitaban las campanas de las que voy a hablar…”

 

Austeridad y compromiso ético: Nadine Gordimer

La destacada escritora (1923-2014) provenía de un país tan complejo y asimétrico como Sudáfrica; por ello y quizás contagiándose de las singularidades de esa sociedad, su literatura se mostraba austera, directa, desprovista de grandes artilugios estilísticos. Luego la particular conformación de su núcleo familiar, con un padre lituano y una madre inglesa, terminaron por otorgarle una personalidad singular con la que acometió todas sus obras.

Sus primeros escritos datan de sus años de adolescencia, y ya desde ese momento, comenzaron a destacar los temas que caracterizaban su sociedad de origen. Con una desigualdad enquistada y con la segregación de clases como componentes que, de un modo u otro, terminarían por emerger en sus historias.

Sus inicios fueron dentro del relato breve para después lanzarse de pleno hacia   la novela, las que determinaron que se afianzara como narradora. Entre sus más conocidas destacan El abrazo del soldado, Algo allí fuera o La historia de mi hijo, títulos que le valieron para ser galardonada con distinciones de academias y universidades, y para alzarse en 1991, con el Nobel de Literatura.

Su fuerte convicción en contra del apartheid que imponían los gobiernos ejercidos por la minoría racial blanca le valieron la animadversión de los jerarcas de turno, mientras que se ganaba el reconocimiento intelectual mundial hacia su persona. Una vez logrado el voto universal lograba el de las flamantes nuevas autoridades, quienes no dudaron en destacar su lucha por la democracia y por la igualdad de todos los afrikáners ante la ley.

Nada mejor para apreciar las características propias de su estilo que el pasaje siguiente, de su relato Erase una vez:

“…En una casa, en un barrio residencial, en una ciudad, había un hombre y su esposa que se querían muchísimo y que vivían felices desde siempre. Tenían un hijo pequeño, y le querían muchísimo. Tenían un gato y un perro a los que su hijo quería muchísimo. Tenían automóvil ya caravana para las vacaciones, y tenían una piscina protegida con una cerca para que el pequeño y sus compañeros de juegos no cayesen y se ahogasen. Tenían una chica de servicio de absoluta confianza y un jardinero que trabajaba por horas muy apreciado en el vecindario; pues cuando empezaron a vivir felices para siempre fueron advertidos por aquella vieja bruja sabia, la madre del marido, que no contratasen a nadie fuera de la vecindad. Pertenecían a una mutualidad de asistencia sanitaria, pagaban la tasa de tenencia de su perro, tenían seguro de incendios, inundaciones y robo, y estaban abonados a la Vigilancia Vecinal, que les proporcionó una placa para la verja de entrada con el rótulo ‘Está usted advertido` sobre la silueta de un potencial intruso. Éste iba enmascarado; no se apreciaba si era blanco o negro y, por lo tanto, demostraba que el propietario no era racista.

No fue posible asegurar la casa, la piscina y el automóvil contra daños producidos por disturbios. Había disturbios, pero fuera de la ciudad, donde se alojaba la gente de otro color. A esa gente no se le permitía entrar en la zona residencial salvo si eran chicas de servicio o jardineros de confianza, así que no había nada que temer, dijo el marido a su esposa. Pero ella temía que alguna vez esa gente llegase hasta su clase y arrancase la plaza ‘Está usted advertido`, abriese la verja e irrumpiese en el interior… ´Bobadas, querida –dijo el marido-, hay policías y soldados y gases lacrimógenos y armas para mantenerlos a distancia`. Sin embargo, para complacerla –pues la quería muchísimo y estaban incendiando autobuses, apedreando automóviles, y los escolares eran abatidos a tiros por la policía, en unos barrios de los que nada se podía ver ni oír desde la zona residencial- había hecho instalar un control electrónico en la verja de entrada. Quienquiera que desdeñase el rótulo ‘Está usted advertido` y tratase de abrir la verja, tendría que anunciar sus intenciones apretando un botón y hablando a través de un micrófono conectado a la casa. El hijo del matrimonio estaba fascinado por el aparato y lo utilizaba como un walkie-talkie cuando jugaba a policías y ladrones con sus amiguitos.

Los disturbios fueron sofocados, pero hubo muchos robos en el barrio residencial y la fiel sirvienta de unos vecinos fue maniatada y encerrada en un armario por unos ladrones mientras cuidaba de la casa de los patronos. La fiel sirvienta del matrimonio y del niño se sintió tan afectada por la desgracia sobrevenida a una amiga que, como a menudo le ocurría a ella, tenía la responsabilidad de velar por las pertenencias del matrimonio y del niño pequeño, que suplicó a sus señores que pusiesen rejas en las puertas y ventanas de la casa, y que instalasen un sistema de alarma. La esposa se avino: ‘Tiene razón sigamos su consejo`. Y así, desde todas las puertas y ventanas de la casa en la que vivían siempre felices vieron entonces los árboles y el cielo entre rejas, y cuando el gatito del niño trató de encaramarse por el montante para hacerle compañía en su camita durante la noche, como hacía habitualmente, la estridente alarma sonó en toda la casa.

A la alarma respondían con frecuencia –esa impresión daba- otras alarmas antirrobo en otras casas, disparadas por gatos domésticos o ratones mordisqueantes. Las alarmas se sucedían por los jardines como chillidos, gemidos y lamentos a los que pronto todos se acostumbraron, de manera que el clamor no sobresaltaba a quienes vivían en el barrio residencial más que el croar de las ranas o la musical vibración de las patas de las cigarras. Protegidos por el clamoreo de las arpías electrónicas, los intrusos serraban los barrotes de hierro he irrumpían en los hogares, llevándose equipos de alta fidelidad, televisores, magnetófonos, cámaras fotográficas y radios, joyas y ropa, y a veces tenían hambre suficiente para devorar todo lo que hubiese en el frigorífico; o se tomaban un descanso audaz para beberse el whisky de la vitrina o del mueble bar del jardín. Las compañías de seguros no pagaban compensación alguna si el whisky era de una sola malta, pérdida sensiblemente agravada por la certeza del propietario de que los ladrones no habían sabido apreciar lo que se estaban bebiendo.

Luego vino la época en que muchos, no incluidos en las categorías de chicas de servicio y jardineros de fiar, merodeaban por el barrio residencial porque estaban sin empleo. Algunos importunaban en demanda de trabajo: quitar las malas hierbas o pintar un tejado; cualquier cosa, ‘baas`, señora. Pero el marido y su esposa recordaban la advertencia acerca de que no contratasen a nadie de fuera del vecindario. Algunos bebían alcohol y ensuciaban la calle tirando las botellas vacías, otros pedían limosna, aguardando a que el marido o su esposa, saliese con el coche por la puerta de la verja electrónicamente accionada. Se sentaban por doquier con los pies en la cuneta, bajo los jacarandaes que hacían de la calle un túnel verde –porque era un barrio residencial precioso, estropeado solo por su presencia-, y a veces se quedaban dormidos echados justo frente a la verja bajo el sol de mediodía. La esposa nunca pudo soportar ver a nadie pasando hambre. Mandaba a la sirvienta de confianza que les sacase pan y té, pero la sirvienta de confianza decían que eran holgazanes y ‘tsotsis`, que entrarían y la maniatarían y la encerrarían en un armario. El marido dijo: ‘Tiene razón. Sigue su consejo. No consigues más que incitarlos con tu pan y tu té. Buscan su oportunidad…` Y cada noche retiraba del jardín el triciclo del niño y lo guardaba dentro de la casa, pues si bien ésta era desde luego segura una vez todo bien cerrado y conectada la alarma, cabía no obstante la posibilidad de que alguien saltase por el muro o por la verja electrónicamente cerrada y penetrara en el jardín.

‘Tienes razón –asintió la esposa-, así que el muro debería ser más alto`. Y la vieja bruja sabía, la madre del marido, pagó los ladrillos adicionales como regalo de Navidad a su hijo y a su esposa (al pequeño le regaló un traje espacial y un libro de cuentos de hadas).

Pero cada semana había noticias de más allanamientos; a pleno día y en la oscuridad de la noche, de madrugada e incluso en el delicioso crepúsculo veraniego ( a una familia le vaciaron los dormitorios del piso de arriba mientras cenaban en la planta baja). El marido y la esposa, conversando un día sobre el último robo a mano armada ocurrida en el barrio residencial, se distrajeron al ver al gatito de su hijo encaramarse si esfuerzo por el muro de más de dos metros y descender después, primero con un rápido braceo de sus patas anteriores, extendidas por la superficie vertical, y luego con un grácil impulso, para aterrizar en el jardín sacudiendo la cola como un látigo. En la cara encalada del muro se veía la marca de las idas y venidas del gato; y en el lado que daba a la calle había marcas más grandes, color de tierra, que bien pudieran haber dejado las maltrechas zapatillas deportivas que llevan los vagabundos desempleados, cuyo propósito no sería en absoluto inocente.

Cuando el marido, la esposa y el pequeño sacaban al perro a dar un paseo por las calles vecinas, ya no se detenían a admirar un rosal en flor o un césped perfecto, ocultos como estaban ahora por un despliegue de diferentes variedades de cercas de seguridad, muros y otras defensas. El marido, la esposa, el niño y el perro pasaban ante un notable surtido de sistemas de seguridad: la opción barata de trozos de vidrio incrustados en cemento en lo alto de los muros; las rejas que terminaban en punta de lanza; los intentos de armonizar la estética de la arquitectura carcelaria con el estilo de las villas españolas (los pinchos pintados de color rosa) y con la urnas de yeso de las fachadas neoclásicas (picas de treinta centímetros con filos como zigzags de relámpago y pintadas de un blanco impoluto). En algunos muros había una pequeña placa adosada con el nombre y el número de teléfono de la empresa responsable de la instalación de los dispositivos. Mientras el pequeño y el perro corrían por delante, el marido y la esposa se entretenían comparando la posible eficacia de cada sistema en relación con su aspecto; y tras varias semanas de reflexionar ante las distintas barricadas, sin necesidad de hablar, ambos llegaron a la conclusión de que solo había un sistema que mereciese la pena. Era el más feo pero el más honesto, de inequívoco estilo de campo de concentración, sin adornos superfluos; completa y evidente eficacia. Colocado a lo largo de los muros, consistía en una espiral continua de rígido y reluciente metal serrado en forma de hojas dentadas, de tal manera que resultaba imposible trepar por encima de la espiral e imposible también pasar por el interior de su túnel sin engancharse en sus colmillos. No había salida posible, solo una inútil porfía cada vez más sangrienta. El intruso recibía cortes cada vez más profundos y acerados hasta descarnarse. La esposa se estremeció al mirarlo. ‘Tienes razón –dijo el marido-, cualquiera se lo pensaría dos veces…` Y siguieron el consejo de un pequeño cartel adosado al muro: ‘Consulte a Dientes de Dragón Seguridad Total`.

Al día siguiente llegó una brigada de obreros que instalaron las espirales afiladas como hojas de afeitar a todo lo largo de los muros de la casa, donde el marido y la esposa y el niño y el perro y el gato vivían siempre felices. La luz del sol, reflejada en sus dientes, emitía destellos como cuchilladas y la cornisa de filos de navaja circundaba el hogar, resplandeciente. El marido dijo: ‘No importa. El tiempo lo irá dejando mate`. La esposa dijo: ‘Te equivocas. Garantizaron que era inoxidable`. Y aguardó hasta que el pequeño se alejó corriendo a jugar antes de decir: ‘Espero que el gato tenga cuidado…`. El marido dijo: ‘No te preocupes, cariño; los gatos siempre miran antes de saltar`. Y, ciertamente, a partir de aquel día el gato optó por dormir en la camina del pequeño y no salía del jardín, sin aventurarse nunca a violar la seguridad.

Una noche, la madre, después de acostar al niño, le leyó unos de los cuentos de hadas del libro que la vieja bruja sabia le había regalado por Navidad. Al día siguiente el pequeño jugó a ser el Príncipe que desafía la terrible barrera de espinos para entrar en el palacio y dar a la Bella Durmiente el beso que la devolvería a la vida: arrastró una escalera hasta el muro; el reluciente túnel en espiral era justo lo bastante ancho para que su pequeño cuerpo pudiese penetrar, y en cuanto los afilados dientes se hincaron en sus rodillas y en sus manos y en su cabeza gritó y forcejeó, y se encontró tanto más atrapado cuanto más porfiaba por soltarse. La fiel chica de servicio y el jardinero, a quien ‘le tocaba` precisamente aquel día, acudieron corriendo; ella, para ver qué le pasaba al pequeño y gritar como él; y el jardinero, para desgarrarse las manos tratando de alcanzar al niño. Entonces el marido y la esposa irrumpieron como locos en el jardín y algo (probablemente el gato) disparó la alarma, cuyo estridente sonido se mezcló con los gritos, mientras la sangrante masa del cuerpecito era liberada de la espiral de seguridad con sierras, cortaalambres y hachuelas y transportada –por el marido, la esposa, la histérica fiel sirvienta y el lloroso jardinero- al interior de la casa…”  

La frase

«Las mujeres ya hace tiempo que son quienes compran más libros; pero ahora además existe una mayor atención hacia las que escriben. No se puede hablar de una generación de autoras, porque cada una procede de circunstancias diferentes. Pero sí coinciden en algo: son más visibles».  Catherine Lacey )

Contra los molinos de la desidia

Los idiomas conforman una parte de los denominados bienes inmateriales de la humanidad. Aun así muchos de ellos corren el riesgo de terminar siendo un vago recuerdo de “aquello” que hablaban los mayores, y este es el peligro que -de forma mayoritaria en América latina y en África- se enfrentan las lenguas autóctonas.

Ya lo viene anunciando de manera reiterada la Organización para la Educación de las Naciones Unidas (UNESCO), quien en sus informes anuales advierte de la pérdida sistemática de las lenguas nativas. En muchos casos por la intencionada homogeneización que se hace por los idiomas de los países que en su momento actuaron como colonizadores; en otros, por la no protección de los propios gobiernos locales quienes aducen habla reducida y falta de presupuesto; o simplemente, por desidia.

A pesar de ello, con la colaboración de algunas instituciones, se van logrando avances esperanzadores. Tal es el caso –cuando se cumplen quinientos años- de la primera publicación de Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes Saavedra traducido al guaraní; lengua que entre varios de los países del denominado cono sur sudamericano la hablan cerca de ocho millones de personas.

Por esto el siguiente artículo, de reciente aparición en el diario ABC de Asunción del Paraguay, se miguel-de-cervantes-saavedra-abc-eshace eco del acontecimiento:

El Quijote reaparece traducido al guaraní
Por AFP

Don Quijote de la Mancha se convirtió en el “kihote Guarani”, vistiendo camisa tradicional de Paraguay para adaptar a la lengua nativa de este país sudamericano las hazañas del “ingenioso hidalgo”, en una versión que será lanzada en octubre en Asunción.

En esta primera adaptación al idioma guaraní -oficial con el castellano en Paraguay- “Kihote” cabalga sobre “Ro-sinante” por la avenida del Palacio de López (sede de Gobierno) , el edificio legislativo y la Catedral de Asunción, cuando no recorre en compañía de su fiel escudero “Sácho” las ruinas de las reducciones jesuíticas cuyos vestigios siguen en el sur del país.
“Kihote Guarani” es una obra encargada por el Instituto Cervantes al sacerdote jesuita español Bartomeu Meliá, lingüista y antropólogo, autor de una veintena de libros, en general investigaciones basadas en la evolución de la cultura guaraní.
Meliá, un mallorquín de 84 años que tiene casi siete décadas viviendo entre Argentina, Brasil y Paraguay, llevó a cabo esta edición en coordinación con cuatro traductores locales, profusamente ilustrado para concitar el interés de niños y jóvenes del área rural.
“En Paraguay ni los creyentes entienden si en la misa no les graficamos los mensajes bíblicos en guaraní”, subraya Meliá a la AFP sobre la lengua indígena que habla más del 75% de los siete millones de habitantes.

PATRIMONIO EN LETRAS Y DIBUJOS
“Vámonos a Paraguay, dijo Kihote al amanecer de aquel día…”, comienza la narración en esta versión enciclopédica de poco menos de 200 páginas apoyadas por dibujos que recrean las desventuras del secular personaje de Miguel de Cervantes.
Los textos se toman libertades que llevan al hidalgo de Cervantes citando a autores locales. Es así como sobre Paraguay dice que “es una ínsula (nación) no rodeada de agua sino de tierra, al otro lado del océano”, en una referencia al escritor paraguayo Augusto Roa Bastos («Yo, el Supremo») para describir esta nación mediterránea.
“El guaraní tiene las palabras precisas para transmitir las emociones del autor”, indicó a la AFP Mirtha Martínez, especialista en la traducción del idioma.
Para el académico del guaraní, Tadeo Zarratea, “no se le puede privar a ningún pueblo acceder a una obra que es patrimonio de la humanidad”.
Zarratea, catedrático y magistrado, tradujo en 2015 el capítulo 55 de la novela de Cervantes junto a Domingo Rivarola, a pedido del Ayuntamiento del Toboso, España.
“El Quijote en guaraní es de alto interés educativo. Es un aporte que ayuda al proceso de recuperación social de nuestro idioma”, dijo a la AFP Gloria Pereira Parquet, directora general del Ministerio de Educación que tiene planes para traducir otras grandes obras clásicas de la literatura universal.

ARPAS PARAGUAYAS EN LAS BODAS DE CAMACHO
Kihote se adapta hasta al folclore tradicional de Paraguay.
En el capítulo de “Las bodas de Camacho”, el ambiente de fiesta toledano se traduce a la costumbre paraguaya del asado, con conjuntos musicales de arpas y guitarras y hasta un avivado perro de la calle que se roba una ristra de chorizos.
La bella y amada Dulcinea se pronuncia Endarusinea en el minucioso trabajo que le llevó 10 años a Meliá y sus traductores.
La vigencia del guaraní como lengua de uso habitual masivo de Paraguay se remonta a los tiempos del aislamiento cuando Felipe IV dividió las provincias y convirtió a la de Paraguay en mediterránea, recuerda el historiador Jorge Rubbiani.
“Desde antes de la llegada de los jesuitas (1600) esta región fue olvidada por el Reino de España porque no encontraron el pretendido El Dorado”, explica el experto.
“Los conquistadores dejaron de tener auxilio de Europa y prácticamente se indianizaron. Se cruzaron (con sus mujeres), aprendieron la lengua, recurrieron a los comestibles, los medicamentos indígenas que nutren hasta hoy día las farmacias del mundo moderno”, relató.
Hasta la Guerra de la triple Alianza, que entre 1864 y 1870 libraron contra Argentina, Brasil y Uruguay, “los paraguayos hablaban exclusivamente guaraní. Se comunicaban en guaraní”, recordó el padre Meliá.
“Exterminada la población y con las migraciones se habló un poco más el castellano”, apuntó.
El aislamiento de Paraguay de la costa atlántica y por ende de los adelantos científicos, terminó fortaleciendo y nutriendo la lengua nativa, que también se habla en grandes zonas de Bolivia, Brasil, Argentina y Uruguay.

Lucia Berlin y su manual de realidades

Cuando se lee la biografía de la desaparecida escritora estadounidense (1936 – 2004) se tiene la impresión que vivió apurando su vida hasta el último hálito. Como si, impulsada por el inconformismo, la quietud o el sosiego no hayan conformado nunca parte de su personalidad. La multiplicidad de lugares de residencia (Kentucky, Nueva York, Santiago de Chile, California, etc.) y de ocupaciones (limpiadora, telefonista o profesora de escritura), sumado a varios matrimonios, la crianza de cuatro hijos y su lucha por sus adicciones, nos hace sentir que más de un mortal le agradaría haber vivido tan solo una parte de sus experiencias en el doble de su tiempo terrenal.

Luego, ya insertos en la lectura, no se puede menos que agradecer el momento en que la escritora decidió poner negro sobre blanco para volcar algunas de sus vivencias y conformar sus relatos breves. Sus historias son chisporroteantes, desinhibidas, sincopadas, con una potente carga subyacente que impulsan al lector a seguir hasta el final. En su peculiar estilo se detiene por momentos en un instante para abordar una puntual secuencia en la vida de un personaje; en otros pasajes nos hace observar como fisgones por una rendija, hasta sumergirnos de manera paulatina en el centro del conflicto para convertirnos en sus observadores privilegiados, todo ello sin perder una pizca de frescura e intensidad.

Manual para mujeres de la limpieza es una recopilación de los mejores relatos cortos de la escritora y una acertada apuesta de sus editores (Alfaguara); quienes además rescatan a una autora que nunca antes había sido publicada en español. A continuación el comienzo del texto que da  nombre al volumen:

“42-PIEDMONT. Autobús lento hasta Jack London Square. Sirvientas y ancianas. Me senté al lado de una viejecita ciega que estaba leyendo en Braile; su dedo se deslizaba por la página, lento y silencios, línea tras línea. Era relajante mirarla, leer por encima de su hombro. La mujer se bajó en la calle 29, donde se han caído todas letras del cartel PRODUCTOS MACIONALES ELABORADOS POR CIEGOS, excepto CIEGOS.

La calle 29 también es mi parada, pero tengo que ir al centro a cobrar el cheque de la señora Jessel. Si vuelve a pagarme con un cheque, lo dejo. Además, nunca tiene suelto para el desplazamiento. La semana pasada hice todo el trayecto hasta el banco pagándolo de mi bolsillo, y se había olvidado de firmar el cheque.

Se olvida de todo, incluso de sus achaques. Mientras limpio el polvo los voy recogiendo y los dejo en el escritorio. 10 A. M. NÁUSEAS en un trozo de papel en la repisa de la chimenea. DIARREA en el escurridero. LAGUNAS DE MEMORIA Y MAREO encima de la cocina. Sobre todo se olvida de si tomó el fenobarbital, o de que ya me ha llamado dos veces a casa para preguntarme si lo ha hecho, dónde está su anillo de rubí, etcétera.

Me sigue de habitación en habitación, repitiendo las mismas cosas una y otra vez. Voy a acabar tan chiflada como ella. Siempre digo que no voy a volver, pero me da lástima. Soy la única persona con la cual puede hablar. Su marido es abogado, juega al golf y tiene una amante. No creo que la señora Jessel lo sepa, o que se acuerde. Las mujeres de la limpieza lo saben todo.

Y las mujeres de la limpieza roban. No las cosas por las que tanto sufre la gente para la que trabajamos. Al final es lo superfluo lo que te tienta. No queremos calderilla de los ceniceros.

A saber dónde, una señora en una partida de bridge hizo correr el rumor de que para poner a prueba la honestidad de una mujer de la limpieza hay que dejar un poco de calderilla, aquí y allá, en ceniceros de porcelana con rosas pintadas a mano. Mi solución es añadir algunos peniques, incluso una moneda de diez centavos.

En cuanto me pongo a trabajar, antes de nada compruebo dónde están los relojes, anillos, los bolsos de fiesta de lamé dorado. Luego, cuando vienen con las prisas, jadeando sofocadas, contesto tranquilamente: <Debajo de la almohada, detrás del inodoro verde sauce>. Creo que lo único que robo, de hecho, son somníferos. Los guardo para un día de lluvia.

Hoy he robado un frasco de semillas de sésamo Spice Islands. La señora Jessel apenas cocina. Cuando lo hace, prepara pollo al sésamo. La receta está pegada en la puerta del armario de las especias, por dentro. Guarda una copia en el cajón de los sellos y los cordeles, y otra en su agenda. Siempre se encarga pollo, salsa de soja y jerez, pide también un frasco de semillas de sésamo. Tiene quince frascos de semillas de sésamo. Catorce, ahora.

Me senté en el bordillo a espera el autobús. Otras tres sirvientas, negras con uniforme blanco, se quedaron de pie a mi lado. Son viejas amigas, hace años que trabajan en el Country Club Road. Al principio todas estábamos indignadas… el autobús se adelantó dos minutos y lo perdimos. Maldita sea. El conductor sabe que las sirvientas siempre están ahí, que el 42 a Piedmont pasa solo una vez cada hora.

Fumé mientras ellas comparaban el botín. Cosas que se habían llevado… laca de uñas, perfume, papel higiénico. Cosas que les habían dado… pendientes desparejados, veinte perchas, sujetadores rotos. (Consejo para mujeres de la limpieza: aceptad todo lo que la señora os dé, y decid gracias. Luego lo podéis dejar en el autobús, en el hueco del asiento.)

Para meterme en la conversación les enseñé mi frasco de semillas de sésamo. Se rieron a carcajadas.

– ¡Ay, chica! ¿Semillas de sésamo?

Me preguntaron cómo aguantaba tanto con la señora Jessel. La mayoría no repiten más de tres veces. Me preguntaron si es verdad que tiene ciento cuarenta pares de zapatos. Sí, pero lo malo es que la mayoría son idénticos.

La hora pasó volando. Hablamos de las señoras para las que trabajamos. Nos reímos, no sin un poso de amargura…”