Grandes de las letras: Herman Melville

¿Quién no ha oído hablar alguna vez sobre Moby Dick?, historia mundialmente conocida a través de la novela sobre el capitán Ahab y de su implacable persecución de la gran ballena blanca. Su autor Herman Melville (1819-1891), es uno de los grandes escritores de todos los tiempos.

El estadounidense fue un autor que incursionó en los géneros más variados, ya que la poesía, el ensayo y también el cuento formaron parte de su obra literaria.

El texto siguiente forma parte del que es quizás su texto breve más celebrado: Bartleby, el escribiente; cuya traducción del original recayó en las manos de Jorge Luis Borges. Y como sucede en casi todo buen texto, el relato guarda una absoluta atemporalidad.

Ya he concluido con él, pensaba, al fin, cuando pasó otra semana sin más noticias. Pero al llegar a mi oficina, al día siguiente, encontré varias personas esperando en mi puerta, en un estado de gran excitación.

-Éste es el hombre, ahí viene-  gritó el que estaba delante, y que no era otro que el abogado que me había visitado.

-Usted tiene que sacarlo, señor, en el acto- gritó un hombre adelantándose y en el que reconocí al propietario del nº X de Wall Street. Estos caballeros, mis inquilinos, no pueden soportarlo más; Mr. B. -señalando al abogado- lo ha echado de su oficina, y ahora persiste en ocupar todo el edificio, sentándose de día en los pasamanos de la escalera y durmiendo en la entrada, de noche. Todos están inquietos; los clientes abandonan las oficinas; hay temores de un tumulto, usted tiene que hacer algo inmediatamente.

Horrorizado ante este torrente, retrocedí y hubiera querido encerrarme con llave en mi nuevo domicilio. En vano protesté que nada tenía que ver con Bartleby. En vano: yo era la última persona relacionada con él y nadie quería olvidar esa circunstancia. Temeroso de que me denunciaran en los diarios (como alguien insinuó oscuramente) consideré el asunto y dije que si el abogado me concedía una entrevista privada con el amanuense en su propia oficina (la del abogado) haría lo posible por librarnos del estorbo. Subiendo a mi antigua morada, encontré a Bartleby silencioso, sentado sobre la baranda en el descanso.

-¿Qué está haciendo ahí, Bartleby?- le dije.

-Sentado en la baranda- respondió humildemente.

Lo hice entrar a la oficina del abogado, que nos dejó solos.

-Bartleby-dije-, ¿se da cuenta de que está ocasionándome un gran disgusto, con su persistencia en ocupar la entrada después de haber sido despedido de la oficina?

Silencio.

-Tiene que elegir. O usted hace algo, o algo se hace con usted. Ahora bien, ¿qué clase de trabajo quisiera hacer? ¿le gustaría volver a emplearse como copista?

-No, prefería no hacer ningún cambio.

-¿Le gustaría ser vendedor en una tienda de géneros?

-Es demasiado encierro. No, no me gustaría ser vendedor en una tienda; pero no soy exigente.

-¡Demasiado encierro-grité-, pero si usted está encerrado todo el día!

-Preferiría no ser vendedor- respondió para cerrar la discusión.

-¿Qué le parece un empleo en un bar? Eso no fatiga la vista.

-No me gustaría, pero como he dicho antes, no soy exigente…

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