Grandes de las letras: Henrik Ibsen

Se trata tal vez de uno de los más grandes dramaturgos de todos los tiempos. Los textos del noruego se siguen leyendo y representando de manera constante, ya que en su génesis conservan el impulso de las grandes preguntas que desde el origen de los tiempos ocupan el pensamiento  de los hombres: las creencias, la vulnerabilidad del ser, el objeto de la vida; pero también la ambición desmedida, el ascenso en la escala social o la sinrazón que convive con el humano.

Autor de culto para muchos con una producción que abarcó poesía y drama representado en varias piezas teatrales: Peer Gynt; Casa de muñecas; Espectros; El pato silvestre; Hedda Gabler, por mencionar algunas, que fueron objeto de enconadas polémicas cuando removían consciencias y sacudían el orden establecido de la sociedad burguesa. A pesar de ello la calidad de sus tramas y la buena factura de sus personajes hicieron que sus historias fueran perfectamente creíbles, obras por las que cosechó el éxito y el reconocimiento mundial.

Sus relatos como todos los bien escritos han alcanzado la categoría de atemporales, como ejemplo el siguiente texto de Un enemigo del pueblo (1882). Su protagonista el Doctor Stockmann advierte que las aguas del balneario, que son la principal fuente de ingresos del pueblo, están contaminadas. Sin importar las evidencias que él aporta y aún ante el riesgo que pueda representar para la salud, le lleva a ganarse la enemistad de su propio hermano y alcalde y además la de todos sus vecinos:

Alcalde Peter Stockmann  (Entrando por Henrik Ibsen IVel vestíbulo de la casa de Tomás) — Buenos días.

Doctor Thomás Stockmann  — Bienvenido, Pedro.

Alcalde — ¡Oh! Así, así; gracias… (Al doctor). Ayer recibí tu memoria sobre las condiciones del agua en el balneario.

Doctor — ¿La has leído?

Alcalde — Desde luego.

Doctor — ¿Y qué opinas?

Alcalde (Mirando en torno suyo) — ¡Ejem..!

Señora Stockman — Ven Petra. (Madre e hija pasan a la habitación de la izquierda)

Alcalde (Después de un corto silencio) — ¿Era indispensable hacer todas esas investigaciones a espaldas mías?

Doctor — Mientras no tuviera una seguridad absoluta…

Alcalde  — ¿La tienes ahora?

Doctor  — ¡Hombre ahora ni tú mismo puedes dudarlo!

Alcalde — ¿Abrigas la intención de someter de manera oficial el informe a la directiva del balneario?

Doctor — Seguramente. Hay que hacer algo, y sin demora.

Alcalde — En tu memoria empleas, como de costumbre, palabras demasiado fuertes. Dices, entre otras cosas, que envenenamos a los bañistas.

Doctor — ¿Qué menos podía decir? Piensa que hacemos tomar agua infectada a pobres enfermos que han depositado en nosotros su confianza y que, además, nos pagan cantidades fabulosas para que les devolvamos la salud.

Alcalde — Y sacas la consecuencia de que tenemos que construir una cloaca para recoger todas las inmundicias pestilentes del Valle de los Molinos, y trasladar las tuberías del agua.

Doctor — ¿Conoces tú otro remedio? Yo no.

Alcalde — Esta mañana he hecho una visita al ingeniero municipal, y medio en serio, medio en broma, planteé en la conversación el tema de las reconstrucciones, como si decidiéramos hacerlas más adelante…

Doctor — ¿Qué dices? ¿Más adelante?

Alcalde — Naturalmente se ha reído de mi ocurrencia. ¿Te has tomado la molestia de calcular lo que puede costar esa obra? Según los informes que he recibido, cientos de miles de coronas.

Doctor — ¿Tanto?

Alcalde  — Sí. Y lo peor es que tardarán un plazo mínimo de dos años en llevarse a cabo esas reconstrucciones.

Doctor  — ¿Dos años? ¿Cómo es posible?

Alcalde  — Dos años por lo menos. Y mientras, ¿qué haríamos con el balneario? Habría que cerrarlo. No tendríamos más remedio. ¿Quién crees que iba a venir aquí sabiendo que el agua está contaminada?

Doctor  — Esa es la verdad, Pedro.

Alcalde  — Y ello sin contar con que precisamente ahora empezaba a prosperar el establecimiento. Las ciudades vecinas asimismo tienen sus pretensiones de convertirse en balnearios. Como es de suponer, harían todo lo posible por atraerse el torrente de forasteros. Entonces nosotros nos veríamos obligados a renunciar totalmente a una empresa a la cual hemos sacrificado tantos esfuerzos, Y terminarías por arruinar tu ciudad natal.

Doctor  — ¿Arruinar mi ciudad? ¿Yo?

Alcalde  — Los baños constituyen su único porvenir. Lo sabes igual que yo lo sé.

Doctor  — ¿Qué quieres que hagamos, pues?

Alcalde  — Si he de serte sincero, no puedo creer que el asunto de las aguas sea tan grave como afirmas en tu memoria.

Doctor  — Más bien he atenuado su gravedad. En verano, con el calor, aumentará el peligro.

Alcalde  — Te repito que creo que exageras bastante. Un médico con aptitudes debe tomar sus medidas para evitar cualquier influencia nociva, y en casa de que ésta se presente, combatirla…

Doctor  — Bien. ¿Y qué?

Alcalde  — La disposición actual de las tuberías del balneario es un hecho consumado, y debe considerarse como tal. Pero, de todos modos, eso no es obstáculo para que la dirección tenga en cuenta tu informe y vea la posibilidad de mejorar esa situación sin sacrificios por

encima de sus fuerzas.

Doctor  — ¿Te imaginas que seré capaz de tolerar tamaña farsa?

Alcalde  — ¿Farsa?

Doctor  — Sí, una farsa, un fraude… algo peor: un crimen contra la sociedad…

Alcalde  — Francamente, insisto en que no puedo convencerme de que el peligro sea tan grave.

Doctor — Sí, Pedro; estás convencido, no cabe la menor duda. Mi memoria es concluyente; sé muy bien lo que afirmo. Y tú lo entiendes muy bien, Pedro; pero no quieres confesarlo. Fuiste tú quien hizo construir el balneario y la conducción de agua donde están, y hoy te empeñas en no reconocer tu error: lo he comprendido en seguida.

Alcalde — ¿Y si así fuese? A la postre no hago sino defender mi reputación por bien de la ciudad. Sin autoridad moral no podría dirigir los asuntos de un modo que, a mi entender, redunde en interés común. Por eso, y por otras razones, me importa mucho que no se entregue tu memoria a la dirección del balneario. El bienestar público lo requiere. Ya la presentaré yo más tarde para que la discutan con arreglo a su parecer, pero con la mayor reserva; el público no debe saber una sola palabra de la cuestión.

Doctor — No podrás impedir que se sepa, Pedro.

Alcalde  — Es indispensable.

Doctor: — Te digo que será imposible; ya están enteradas muchas personas.

Alcalde  — ¡Cómo! ¿Quién está enterado? Quiero creer que no serán esos tipos de La Voz del Pueblo…

Doctor — Sí, ésos inclusive. La prensa independiente y liberal se encargará de haceros cumplir vuestro deber.

Alcalde (Luego de una corta pausa) — ¡Has sido un imprudente, Tomás! ¿No se te ha ocurrido reflexionar en los perjuicios que esto puede acarrearte?

Doctor  — ¿A mí?

Alcalde  — A ti y a los tuyos…

 

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