Confesora de Alá, Saphia Azzeddine

En los tiempos que corren es extendida la creencia que ser mujer y de religión musulmana es sinónimo de opresión. Para algunos, es un tópico que se  alimenta de la ignorancia, para otros, una realidad que se manifiesta a cada paso en cualquier país que tenga a Alá por su único dios. Para Azzedine, nacida en Agadir, Marruecos, aunque con crianza y residencia en Francia, es una idea que se alimenta de ciertos preconceptos, ya que puede haber mujeres que se sientan libres en los países musulmanes tanto como occidentales que, creyéndose libres, puedan llegar a ser unas reprimidas. En esta línea de pensamiento especifica: “Hay mujeres de países occidentales que creen vivir una especie de falsa libertad, pero que, sin embargo, sufren la opresión de unas exigencias imposibles de satisfacer, cuando han de ser guapas, jóvenes siempre, sensuales, madres, putas… Todo a la vez. Y, al final, se obligan a sí mismas a vivir en una prisión de autoexigencias estresante”.

Ante declaraciones como estas y otras de un signo diferente (“Sigo la información al ritmo que pueda interpretarla, y no al que quieren los políticos”), su postura es fuente de controversia en su país de origen, al que vuelve de forma frecuente con sus hijos, tanto como en el de adopción. Así, unos la consideran como una especie de tendedora de puentes entre civilizaciones, mientras que otros la tachan no menos que de inconformista sin remedio; en todo caso, su persona en ninguna instancia pasa por desapercibida.

En el plano estrictamente literario estas encontradas posturas se han traducido en forma de textos de ficción: Confesiones a Alá; Mi padre es mujer de la limpieza; y su última novela de edición reciente, El viento en la cara, se han ganado un buen reconocimiento de crítica y lectores. En ésta última, en que la profunda crítica y la ironía de la protagonista caminan de la mano, la trama gira sobre la acusación que el ministerio público de un país árabe ejerce sobre una mujer (Bilqiss) quien, ante la imposibilidad del Moacín de recitar los versos del “adhan”, la llamada a la oración, ella tuvo la osadía de reemplazar.

Para apreciar en parte sus cualidades como autora, de El viento en la cara, el pasaje siguiente:

   “…_¡Acusada, levántese!

    Obedecí. El fiscal mostró un retrato de manera que toda la sala pudiese verlo. Era yo, claro. Debía de tener catorce años en esa foto. Me acordé inmediatamente de aquel día. Era la víspera de la cosecha. Acababa de practicar incisiones en las cápsulas de adormidera para que mi marido recogiera la savia al día siguiente. En el camino de regreso. En el camino de regreso, me encontré con un aventurero inglés que llevaba una cámara de fotos. Vestía un chaleco y unos pantalones de lana color caqui con miles de bolsillos. Me preguntó el camino que debía tomar, pero no solo eso. El aire opiáceo del valle había rebajado enormemente mi nivel de vigilancia, ya que enseguida me encontré de cháchara con un extranjero cuando era algo que estaba prohibido. ‘Soy fotógrafo, me encanta tu cultura, tu país, sus paisajes atormentados de estepas y arena, esta tierra de promesas que no consigue cumplirlas, me adhiero de todo corazón al dolor de las mujeres y los hombres perseguidos de tu país y quiero mostrarlo, pero no con violencia, sino con rostros, para que el mundo entero sepa lo que está dejando hacer… Simplemente con la fuerza de vuestros rostros. ¿Aceptarías, bella niña, que tome una foto del tuyo?`

Demasiadas palabras, demasiadas penas, demasiadas emociones. Negocié sin demora una sonrisa a cambio de unas monedas y todo lo que llevaba en su gran mochila para leer. Me regaló dos libros, uno de Víctor Hugo y otro de Edgar Alan Poe, una revista de fotografía y el manual de instrucciones de la cámara de fotos. Me quité el velo y, sin saberlo, empecé a posar para la posteridad. No hice nada aparte de imaginar todo lo que podía haber en su chaleco y sus pantalones. ¿Para qué demonios podía servir un bolsillo más pequeño que un paquete de tabaco? Se extasió ante mi retrato, chapurreó unas palabras agradables más, las completó con un billete arrugado y me dio calurosamente las gracias dudando si estrecharme o no de la mano, pero yo me apresuré a meterla en el bolsillo para evitar el incidente. Él se fue por un lado y yo por el otro.

   El fiscal me pidió que identificara a la persona de la fotografía.

  _Soy yo.

  _¿Puede explicarnos por qué posó para un extranjero sin velo, con el rostro descubierto?

  _Simplemente lo hice, sin más ni más.

  _¿Ha dicho sin más ni más?

  _Sí, sin más ni más, pero usted no puede entenderlo respondí, lanzándole una mirada de complicidad al juez.

   El fiscal solicitó un centenar de latigazos por esa imagen. Yo ignoraba por completo que ese retrato siguiera existiendo, y sobre todo que fuera famoso en todo el mundo. El fiscal le recordó al juez que yo tenía catorce años en aquella época, que era una mujer casada y que me había quitado el burka delante de un extranjero. Como si eso no fuera suficiente para aquel día, añadió que llevaba el velo como una zorra, con un mechón de pelo sobresaliendo de él. El juez me pidió que me lo pusiese como era debido.

  _¿Por qué hace eso? _me preguntó el juez.

  _¿Por qué hago qué?

  _¿Por qué no lleva el velo como es debido?

  _Porque soy una optimista irredenta, señor juez. Y, al contrario de las que lo llevan correctamente, yo no he abdicado.

     _No comprendo, ¿abdicar de qué?

    _Todavía confío en ustedes, señores. Sigo alimentando la esperanza de que algún día cercano logren superarse y contemplarnos de arriba abajo sin tener una erección.

  El juez recuperó el dominio de sí mismo en el mismo momento en que reprimía una carcajada. Tomó conciencia de la gravedad de su acto y gritó como un perro rabioso para crear confusión y que los presentes olvidaran su patinazo sonoro. Se abalanzaron sobre mi jaula y me echaron salivazos. Escupitajos y gargajos sin que en esta ocasión pudiera esquivarlos. El juez ordenó que me administraran inmediatamente treinta y siete latigazos en la plaza pública…”

 

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