Paolo Cognetti, la montaña como metáfora de vida

Con nacimiento y primera juventud transcurrida en la industriosa y pujante Milán, Paolo Cognetti (1978) sintió desde muy joven una gran atracción por las altas cumbres.  Tuvo en los cercanos Alpes su sitio para poder canalizar esa pasión que luego trasladó a su obra literaria; títulos como El muchacho silvestre son prueba fiel de ello.

Quizás esa necesidad de dar testimonio haya alimentado también su vertiente para con el cine documentalista, y ello le haya impulsado a cruzar el charco e instalarse en la monumental ciudad estadounidense de los rascacielos. Allí, mezcló lo testimonial y lo ficticio para la génesis de textos como Nueva York es una ventana sin cortinas o Sofía se viste siempre de negro.

De regreso de su experiencia americana vuelve a reinstalarse en la metrópoli lombarda aunque siempre con un pie en su montaña amada; a punto que hoy divide su tiempo entre la ciudad y un estratégico refugio en las pendientes alpinas. Fruto de todas esas vivencias produjo su obra de ficción más aplaudida: Las ocho montañas, premiada en Italia con el premio Strega y en Francia con el Médicis, con la cual el escritor italiano logra un texto sensible, tierno y cargado de frescura. Basada en la amistad entre Piero y Bruno, el primero un chico de la ciudad que envidia la libertad con que Bruno vive en su montaña; mientras que éste último anhela las posibilidades que se le brindan a su amigo y que ve difíciles de alcanzar. Aún estas diferencias, su relación se va consolidando solidificada con los componentes de lealtad, experiencias y tiempo, que hacen que su amistad se agigante y perdure a través de los años.

Cognetti se consagra con la composición de un texto sostenido por una acuarela de  relaciones interpersonales guiadas por la pureza de sentimientos, pleno de  descripciones de situaciones que van aflorando durante el trayecto de vida compartido por los dos jóvenes. Para destacar a la montaña como el gran antídoto a todos los males donde, arropados por la inmensidad alpina, el silencio y el viento cobran un significado mayor que mil palabras.

De Las ocho montañas el pasaje a continuación:

“…Se llamaba Bruno Guglielmina. El apellido era el de todos los habitantes de Grana, quiso explicarnos, pero el nombre Bruno lo tenía solo él. Apenas era unos meses mayor que yo, pues había nacido en 1972 pero en noviembre. Devoraba las galletas que mi madre le ofrecía como si no hubiese comido nunca en su vida. El último descubrimiento fue que no solo lo había estudiado yo a él, sino que él me había estudiado a mí mientras ambos fingíamos ignorarnos.

       -Te gusta el torrente, ¿verdad? –me preguntó.

       -Sí.

       -¿Sabes nadar?

       -Un poco.

       -¿Pescar?

       -Creo que no.

       -Ven, voy a enseñarte algo.

Dijo eso y bajó de un salto de la silla, yo crucé una mirada con mi madre y salí corriendo tras él sin pensarlo dos veces.

Bruno me llevó a un sitio que conocía, donde el torrente cruzaba a la sombra del puente. Cuando estuvimos en la orilla, en voz baja me ordenó que me mantuviese lo más callado y oculto que pudiera. Luego se asomó por una roca, apenas lo suficiente para poder vigilar desde allí. Con una mano me indicó que esperase. Mientras esperaba, lo observé: tenía el pelo rubio cáñamo y el cuello quemado por el sol. Llevaba unos pantalones que no eran de su talla, los bajos enrollados en los tobillos y con el tiro caído, la caricatura de un hombre adulto. Tenía también las maneras de un adulto, una especie de gravedad en la voz y en los gestos: con un movimiento de la cabeza me ordenó que le diera alcance y obedecí. Me moví de la roca para mirar hacia donde miraba él. No sabía qué debía mirar: ahí detrás el torrente formaba una pequeña cascada y una charca umbría, que llegaría quizá hasta las rodillas. El agua estaba turbia en la superficie, que agitaba el fragor de la caída. En los bordes flotaba un dedo de espuma y una larga rama atravesada había acumulado hierbas y hojas podridas. Aquel espectáculo no era nada, solo agua que descendía por la montaña, y sin embargo me encantaba cada vez más y no sabía por qué.

Cuando llevaba un rato observando la charca vi que la superficie se quebraba levemente, y noté que dentro había algo vivo. Una, dos, tres, cuatro sombras ahusadas con el morro contra la corriente, lo único que se movía era la cola, despacio y en horizontal. A veces una de las sobras se desplazaba de golpe y se detenía en otro punto, y a veces emergía el dorso y luego volvía al fondo, pero siempre mirando hacia la pequeña cascada. Nos encontrábamos más abajo que ellas, por eso aún no nos habían visto.

       -¿Son truchas? –susurré.

       -Peces –dijo Bruno.

       -¿Y siempre están allí?

       -No siempre. A veces cambian de agujero.

       -Pero ¿qué hacen?

       -Cazan –respondió él, a quien aquello le parecía completamente natural.

En cambio era algo que yo estaba aprendiendo en ese instante. Siempre había pensado que un pez nadaba en el sentido de la corriente, lo que sería más fácil, y no que derrochaba sus fuerzas nadando contracorriente. Las truchas movían la cola lo suficiente para permanecer inmóviles. Me hubiera gustado saber qué cazaban. A lo mejor los mosquitos que veían revoloteando por la superficie del agua y que se quedaban como atrapados. Observé un momento la escena procurando comprenderla mejor, antes de que Bruno se hartase de golpe: se puso de pie de un salto, agitó los brazos y al instante las truchas desaparecieron. Me acerqué a ver. Habían huido del centro de la charca hacia todos los lados. Miré el agua y cuando vi fue a la grava blanca y azul del fondo, pero enseguida tuve que marcharme para seguir a Bruno, que ahora iba corriendo por el borde opuesto al torrente.

Un poco más arriba, un edificio solitario daba a la orilla como si se tratase de la casa de un guarda. Se estaba cayendo a pedazos entre ortigas, zarzas de frambuesa, nidos de avispas que se secaban al sol. En el pueblo había muchas ruinas así. Bruno pasó las manos por los muros de piedra, allí donde se unían en un canto lleno de grietas, se dio impulso y enseguida estuvo en la ventana de la primera planta.

       -¡Venga! –dijo asomándose desde arriba.

Después, sin embargo, se olvidó de esperarme, quizá porque no le parecía, porque no se le pasaba por la cabeza que pudiera necesitar ayuda o solo porque estaba acostumbrado a ser así, o sea, a que cada uno se las arreglase solo, sin importar lo fácil o difícil que fuera lo que hubiera que hacer. Lo imité como pude. Sentí la piedra áspera, tibia seca bajos los dedos. Me arañé los brazos en el antepecho de la ventana, miré dentro y vi que Bruno estaba bajando al sótano por un hueco del suelo valiéndose de una escalera de mano. Creo que había decidido que iba a seguirlo a todas partes…”

 

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