Obras de las que sus autores reniegan

Pablo Picasso pasó por diferentes estilos en su pintura, iniciándose muy joven con el realismo para terminar ya mayor en el cubismo. Algunas de estas etapas obedecían a un mero aprendizaje, otras, a sus estados de ánimo, por último, a lo que él creía que era la síntesis de la evolución de su pintura; en todos los casos, el pintor sentía que formaban parte de su crecimiento como artista y como persona. El ejemplo del genio  malagueño bien podía valer para muchos escritores, que en su momento sintieron satisfacción por sus obras, y que luego poco menos quisieron “olvidar” que fueron partícipes necesarios para que sus textos vieran la luz. ¿Es legítimo que el escritor pueda, por lo que fuere, deshacerse de una autoría?, este artículo ilustra sobre ello 

Normalmente, la finalidad de un escritor es que su obra sea leída por el público, que logre superar las cribas editoriales, tome forma en papel y, en último término, alguien disfrute descubriendo lo que encierran sus páginas. Ocurre, sin embargo que hay determinados autores que tienen una relación un tanto conflictiva con alguna de sus obras. La autocrítica, el pudor o simplemente el cambio de criterio con el paso del tiempo han hecho que grandes nombres de la literatura se arrepientan de alguna de sus obras o que, directamente, intenten quitarlas de la circulación. Son los escritores que reniegan.

En algunos casos, ni siquiera el reconocimiento de la crítica y el público aplacan ese impulso de rechazo a lo que ha escrito uno mismo. Es ampliamente conocido el odio que sentía Rafael Sánchez Ferlosio hacia su El Jarama, quizás su obra más conocida. “Está muy cuidado el lenguaje, muy escuchada el habla popular, pero no tiene ni pies ni cabeza. No me gusta nada. Sería un libro que si lo hubiera escrito otro diría: ¡Pero qué pelmazo!», decía en 1986 al diario El País.

Jorge Luis Borges es otro autor que, con el tiempo, no quería saber nada de una de sus primeras obras. De Historia universal de la infamia, el argentino decía que era un “irresponsable juego de un tímido que no se animó a escribir cuentos y que se distrajo en falsear y tergiversar (sin justificación estética alguna) ajenas historias”.

Esos pecados de juventud han llevado a muchos autores, una vez consagrados, a intentar eliminar de la historia oficial alguno de sus primeros títulos. Sucedió con Barioná, el hijo del trueno, de Sartre, que no autorizó su publicación hasta pasado mucho tiempo, o con Juan Ramón Jiménez, que rechazó sus primeros libros modernistas, Almas de violeta Ninfeas, e incluso se dice que intentó robarlos de algunas bibliotecas. Nathaniel Hawthorne tampoco quería ver su primera novela, Fanshawe, ni en pintura.

En otros casos, son el posicionamiento ideológico que cambia con el tiempo y la vida que adquiere la obra tras su publicación los factores que hacen que un libro sea desdeñado por su creador. Eduardo Galeano confesó cuarenta años después de haber publicado Las venas abiertas de América Latina que sería incapaz de leer su propio libro. “Para mí, esa prosa de la izquierda tradicional es aburridísima. Mi físico no aguantaría. Sería ingresado al hospital”, aseguró.

El caso de El motel del voyeur, de Gay Talese, es distinto: un testimonio falso que el periodista no pudo (o quiso) contrastar hizo que su obra (y su reputación) se pusieran en entredicho. Pero también entra en juego la autocrítica, lo de la autoexigencia, de autores que no quieren dejar mancha alguna en su obra. Se cuenta que Ernesto Sábato desechó Sobre héroes y tumbas hasta que su mujer le animó a recuperarlo, y Nabokov dejó orden de que desapareciese el manuscrito de El original de Laura, algo que su esposa desoyó y acabó con la publicación de la obra.

Por último, hay casos extremos como el de John Banville, que una vez que acaba un libro automáticamente no quiere saber nada de él. «Ninguno me parece bueno. Una vez que los termino ya no son míos, no me pertenecen y no son problema mío. Me parece bien que cualquiera los lea, siempre que ese cualquiera no sea yo”, ha declarado recientemente.

(Este artículo fue publicado en el diario El País de España – Librotea)