Karina Sainz Borgo, en su promisorio debut literario

La venezolana (Caracas, 1982) es periodista de profesión, residente en España desde el año 2006, ha cimentado su nuevo camino profesional colaborando con medios gráficos y audiovisuales de la península. Ha iniciado además carrera literaria a través de su primera novela, La hija de la española, texto que se sumerge en la situación sociopolítica que desde hace años atraviesa su país de origen.

Las huellas frescas de sus experiencias personales le han servido para nutrir su ficción, con personajes que atraviesan por la trama en su día a día de subsistencia y donde la capacidad de asombro nunca conoce límites, ya que deben estar siempre abiertos a padecer nuevas pruebas para lograr cada pequeño gran objetivo cotidiano.

La joven autora caraqueña va construyendo su historia como si de un fresco se tratara, que refiere a una realidad doliente -que si bien es literaria-, se alimenta de las inseguridades de todo tipo que se reproducen cuando los gobiernos caen en manos de personajes -vestidos con uniforme o sin él- imbuidos de un mesianismo cuasi paternal, que a ellos les gusta disfrazarlo con el mote de “revolucionario” que, a fuerza de ser honestos, es fiel reflejo de tantas tragedias que han atravesado otros países del orbe durante su historia contemporánea.

Con un estilo de escritura minimalista, es decir, compacto pero a la vez efectivo, la escritora va construyendo un relato que sobrecoge por lo directo y descarnado, en el que los acontecimientos se van sucediendo con un ritmo de narración que no da respiro alguno al lector, dando lugar a acontecimientos que en instancias y a pesar de lo duro de algunas situaciones de la trama, rozan lo esperpéntico.  

El debut le ha supuesto a Sainz Borgo pisar con muy buen pie dentro de la ficción literaria. Hecho que la ha llevado a ser reconocida con el premio francés Madame Figaro a la mejor novela extranjera, y también ser elegida en su momento por la revista Time como uno de los cien mejores libros del año 2019.

De La hija de la española el pasaje siguiente: 

“…Cuando llegamos al cementerio, ya estaba abierto el hoyo con dos fosas. Una para ella, otra para mí. Mi madre había comprado la parcela años atrás. Mirando aquel hueco de arcilla, pensé en una frase de Juan Gabriel Vásquez que leí en una de las galeradas que tuve que corregir unas semanas antes: <Uno es del lugar donde están enterrados sus muertos>. Al observar el césped rasurado alrededor de la tumba, entendí que mi único muerto me ataba a una tierra que expulsaba a los suyos con la misma fuerza que los engullía. Aquella no era una nación, era una picadora.

     Los operarios sacaron a mi madre del Ford Zephyr y la acomodaron en su tumba haciendo polea con unas correas viejas llenas de remaches. Al menos a ella no le ocurría lo de mi abuela Consuelo. Yo era muy pequeña, pero lo recuerdo aún. Fue en Ocumare. Hacía calor, uno más húmedo y salado que el de esta tarde sin mar. Yo tenía la lengua en carne viva por los cafés aguarapados y me entretenía mordisqueando las papilas abrasadas por aquel brebaje que mis tías me obligaban a beber entre un avemaría y otro. Los sepultureros del pueblo bajaban el ataúd de la abuela Consuelo con dos mecates deshilachados, parecidos a estos, pero más delgados aún. El cofre resbaló desigual y con el golpe se abrió como un pistacho. La abuela tiesa golpeó el cristal y el cortajo pasó del responso al grito. Dos jóvenes inetentaron enderezarla, cerrar la caja y seguir con el asunto, pero todo se complicó. Mis tías daban vueltas alrededor del hoyo, llevándose las manos a la cabeza y recitando a la plana mayor de la Iglesia católica. San Pedro, San Pablo, Virgen Santísima, Virgen Purísima, Reina de los Ángeles, Reina de los Patriarcas, Reina de los Profetas, Reina de los Apòstoles, Reina de los Mártires, Reina de los Confesores, Reina de las Vírgenes. Ruega por nosotros…

     Mi abuela, una mujer sin ternura a la que algún gracioso terminó por sembrarle una mata de ají picante a los pies de su tumba, murió en una cama llamando a su ocho hermanas muertas. Ocho mujeres vestidas de negro. Las vio al pie de la tela de mosquitero bajo el que se hundía impartiendo sus últimas órdenes, al menos eso me contó mi madre. Ella, en cambio, no disponía de una corte de parientes a los que mandar desde su trono, envuelta entre almohadones y escupideras. Solo me tenía a mí.

     Un sacerdote con dequeísmo recitó de memoria un misal por el alma de Adelaida Falcón, mi mamá. Los obreros dieron paladas de arcilla mezcladas con piedras y sellaron la fosa con una placa de cemento, ese entresuelo que nos separaría a ambas hasta que volviéramos a juntarnos bajo la tierra de una ciudad en la que hasta las flores depredan. Me di la vuelta. Despedí con un  gesto al sacerdote y los operarios. Uno de ellos, un moreno flaco con ojos de víbora, me sugirió que me diera prisa. En lo que iba de semana habían robado a mano armada en tres entierros. Y no querrá usted pasar ningún susto, dijo mirándome las piernas. No supe si aquello era un consejo o una amenaza.

     Subí al Ford Zephyr dándome la vuelta a cada rato. No podía dejarla allí. No podía marcharme pensando en lo poco que demoraría algún ratero en abrir la tumba de mi madre para robarle las gafas, o los zapatos o los huesos, que se cotizaban al alza en aquellos días en los que la brujería se convirtió en la religión nacional. País sin dientes que degüella gallinas. En ese instante, por primera vez en meses, lloré con el cuerpo entero, con espasmos de miedo y dolor. Lloraba por ella. Por mí. Por lo único que habíamos sido. Por aquel lugar sin ley en el que, al caer la noche, Adelaida Falcón, mi mamá, seguiría a merced de los vivos. Lloré pensando en su cuerpo, sepultado bajo una tierra que nunca nos traería paz. Cuando me senté junto al conductor no me quería morir: ya estaba muerta…”

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