Maggie O’Farrell, Shakespeare y los otros

Originaria de Coleraine (1972), pequeña población cercana a la costa en Irlanda del Norte, sus primeros años de vida transcurrieron entre Escocia y Gales. Su procedencia marcó además su niñez y adolescencia, ya que por su condición de norirlandesa tuvo que padecer la burla y la discriminación en la escuela, cuando sus compañeros y hasta sus profesores bromeaban acerca de su filiación como “posible terrorista del IRA», en referencia al católico Ejército Republicano Irlandés, un hecho que la marcó e hizo que fortaleciera su carácter.

Sus tempranos antecedentes ligados a la escritura fueron bien lejos de su isla natal, primero en la ciudad oriental de Hong Kong, en la costa de China, y luego ya en Londres. Con esa valiosa experiencia a cuestas se volcó en la enseñanza de escritura creativa en la Universidad de Coventry en primer lugar, y nuevamente en la metrópoli del Támesis. De allí en más ya a abocarse definitivamente en la composición de sus novelas: Después que te fuiste; El amante de mi amante; Instrucciones para una ola de calor; y las de mayor repercusión: La extraña desaparición de Esme Lennox; La primera mano que sostuvo la mía; y la última y más exitosa: Hamnet, basada en la figura del escritor William Shakespeare y su familia, con la que su nombre ha alcanzado trascendencia internacional.

Casada con el escritor William Sutcliffe, su primer crítico y lector, residen junto a sus tres hijos en la escocesa ciudad de Edimburgo. También y más allá de sus textos de ficción, la autora ha publicado un libro de memorias, Sigo aquí, que en conjunto a sus trabajos literarios le ha llevado a alzarse con varios galardones, como los premios Costa Novel; Somerset Maugham; el premio a la Ficción Femenina y el Nacional de Críticos literarios.

El pasaje a continuación surge de las páginas de Hamnet, una de las novelas más elogiada de los últimos años, en la que con un estilo compacto, descriptivo y pleno de detalles, la escritora se inmiscuye en los antecedentes del bardo de Stratford-upon-Avon para jugar en absoluta libertad con la trama, con elementos que surgen de la veracidad histórica y otros de su más fecunda imaginación:

“-¿Me enseñáis el… el ave?

   Ella frunce el ceño.

   -¿El ave?

   -¿Acaso no os vi hace un rato salir del bosque con un ave en el brazo? Un halcón. Lo más curioso que…

   Por primera vez aflora una emoción al rostro de la mujer: preocupación, inquietud, un atisbo de temor.

   -No se lo digáis a ellos –dice, señalando hacia la granja-, por favor. Me habían prohibido sacarla hoy, pero estaba agitada, hambrienta, y no podía soportar tenerla encerrada toda la tarde. Por favor, no le diréis que me habéis visto, ¿verdad? Que he salido.

   El preceptor sonríe. Se acerca a ella.

   -Jamás diré una palabra –logra responder consoladora, pomposamente. Le pone la mano en el brazo-. Perded cuidado.

   Ella lo mira a los ojos. Se contemplan de cerca. Él ve unos ojos casi dorados, con un círculo de un profundo color ámbar alrededor del centro. Unos puntitos verdes. Unas pestañas largas y oscuras. Una tez clara con pecas en la nariz y en los pómulos. Ella hace algo inusitado: pone la mano encima de la que él tiene puesta en su brazo. Se la sujeta por la piel y el músculo que hay entre el pulgar y el índice y aprieta. Aprieta con firmeza, con insistencia, con una curiosa sensación de intimidad, es casi doloroso, le hace contener el aliento y la cabeza le da vueltas. Es muy real. Cree que nunca lo ha tocado nadie en ese sitio ni de esa forma. No podría retirar la mano sin brusquedad ni aunque quisiera. Lo sorprende que tenga tanta fuerza… y, curiosamente, lo excita.

   -Yo… -empieza, aunque no sabe hacia dónde va ir la frase ni lo que quiere decir-. ¿Vos…?

   Ella le suelta la mano inmediatamente, retira el brazo. Él nota caliente y muy desnuda la zona que le ha apretado. Se frota la frente con esa mano, como para devolverle la normalidad.

   -Queríais ver el ave –dice ella como si no hubiera pasado nada, dueña de la situación.

   Saca una llave de una cadena que lleva escondida entre las faldas, abre el cerrojo, empuja la puerta. Entra y él, aturdido, la sigue.

   Es un espacio reducido, oscuro, angosto, que huele a algo conocido, a algo puesto a secar. Aspira: aroma de madera, de tila, ligeramente dulce y fibroso. Con un matiz seco y almizclado. Y la mujer que está a su lado: nota el olor de su pelo y de su piel, y uno de los dos lleva un ligero toque de romero. Está a punto de tocarla otra vez: el hombro, la cintura están tentadoramente cerca y ¿para qué, si no, lo iba a llevar ahí dentro si no pensara también en…?

   -Ahí está –susurra ella, apremiante, en voz baja-. ¿Lo veis?

   -¿A quién? –dice él, distraído con la cintura, con el romero, con las baldas que hay alrededor y que ahora se ven mejor en la oscuridad, a medida que la vista se acostumbra a la escasa luz-. ¿Qué?

   -A mi halcón –dice ella.

   El preceptor avanza unos pasos y, al fondo, ve una percha alta en la que está posada un ave de presa.

   Lleva una caperuza, tiene las alas recogidas a la espalda y se aferra a la percha con unas garras escamosas de color ocre. Está encogida de hombros, como si le lloviera encima. Las plumas de las alas son oscuras, pero tiene el pecho claro y rizado como la corteza de un árbol. Le resulta extraordinario encontrarse tan cerca de un ser tan de otro elemento, del viento o del cielo, y tal vez del mito

   -Dios mío –se oye decir.

   Ella se vuelve y, por primera vez, sonríe.

   -Es una cernícala –murmura-. Me la regaló un sacerdote amigo de mi padre cuando era solo un pollito. La saco a volar casi todos los días. No voy a quitarle la caperuza ahora, pero sabe que estáis ahí. No os olvidará.

   El preceptor no lo duda. Aunque el ave tiene los ojos y el pico tapados con una capucha en miniatura, de piel –de oveja o tal vez de cabritilla, se sorprende pensando, y le fastidia-, ladea la cabeza o la vuelve con cada palabra que dicen, con cada movimiento que hacen. Se da cuenta de que le gustaría ver la cara del ave, verle los ojos, saber lo que hay debajo de la caperuza.

   -Hoy a cazado dos ratones –dice la mujer-. Y un topillo. Vuela –continúa, volviéndose hacia él- en silencio absoluto. No la oyen llegar.

   El preceptor, envalentonado por esa mirada, alarga una mano. Encuentra la manga de ella, luego el jubón y por fin la cintura. Curva la mano alrededor con la misma firmeza con la que ella lo ha tocado antes e intenta atraerla hacia sí…”