Mircea Cartarescu, de lo real a lo fantástico

Procede de un país del cual no trascienden demasiadas obras de sus creadores literarios; aun así el escritor rumano (Bucarest, 1956) es reconocido como uno de los mejores prosistas contemporáneos de su generación. Mención hecha a base de un amplio registro como escritor, que abarca la novela, el cuento, el periodismo, la poesía, la crítica literaria, el ensayo, además de sus diarios personales de vivencias. 

Egresado de la Facultad de Letras de la Universidad de Bucarest, su desempeño en la ficción fue creciendo dentro de la novela al amparo de títulos como Nostalgia; Lulu; Solenoide; y la trilogía Cegador (El ala izquierda, Cuerpo y El ala derecha). Obras que completa con los relatos breves Las Bellas Extranjeras, además de textos autobiográficos como El ojo castaño de nuestro amor. Historias con las que logró cosechar galardones como el Premio de la Unión de Escritores Rumanos, el Leipzig Book Award, el premio Thomas Mann de Literatura, el Austríaco de Literatura Europea y el premio Formentor de las Letras.

Como no podía ser de otra manera, todo este reconocimiento ha hecho que sus libros trascendieran mucho más allá de las fronteras de su país para alcanzar otras latitudes, cuando sus obras comenzaron a traducirse a idiomas como el francés, alemán, inglés, español, húngaro o búlgaro, más allá de ser recomendados por el efectivo boca oreja de los lectores y las sugerencias para la elección de sus títulos de muchos libreros.

Las temáticas de las historias de Cartarescu están cargadas de originalidad cuando suelen oscilar entre la realidad y la fantasía, con tramas abigarradas y bien urdidas, a las que agrega una atrapante descripción de ambientes y una pulida conformación de sus personajes. Elementos todos que, bien compaginados, alcanzan un delicado equilibrio que solo puede producir el aumento del número de sus incondicionales adeptos.

Para apreciar en parte su narrativa el pasaje siguiente perteneciente a El Ruletista, texto estructurado como prólogo de su novela Nostalgia, publicado luego de forma individual, donde logra sintetizar las formas antes mencionadas:   

“Por arriba se oía, de vez en cuando, el traqueteo de un tranvía. Me retiraron el pañuelo de los ojos en un sótano débilmente iluminado por unas cuantas velas; allí, bajo el arco de la bóveda, habían colocado, a modo de mesa, unas barricas de arenque y, a modo de sillas, unos cajones pequeños y unos troncos gruesos de madera. Todo ello evocaba un lagar decorado para resultar más ostentosamente rústico. Esa impresión se veía acrecentada por las jarras de madera y los vasos de cerveza de unos diez o quince individuos muy animados y bien vestidos que, sentados alrededor de las barricas, bebían y hablaban entre sí mientras me contemplaban. Por el suelo de adobe pululaban unas cucarachas enormes. Algunas, medio aplastadas por un taconazo, agitaban aún las patitas o una antena. Me senté a la mesa en la que se encontraba mi amigo el pelirrojo. Ya habían hecho las apuestas y estaban anotadas en un pizarrín negro, así que deduje que por el momento tendría que contentarme por ser un mero espectador. Las sumas eran muy altas, muy por encima de lo que yo había visto apostar nunca en un juego de azar. En un momento determinado, la animación de los accionistas –iba a descubrir que así se llaman los que apuestan en ese juego- decayó, las bebidas quedaron olvidadas en jarras y vasos y en aquel ambiente ceniciento empezó a flotar poco a poco un olor agrio a alcohol y a cerveza caliente. Las miradas de los presentes en la cava se deslizaban cada vez con más frecuencia hacia la portezuela. La puerta se abrió al cabo de un rato y en la habitación entró un individuo con un aspecto muy parecido al que presentaba mi amigo de la infancia en su época de máxima decadencia. Tenía los bolsillos de la chaqueta rotos y se sujetaba los pantalones con cuerdas de embalar. De su cara, que asomaba arrugada entre unos cabellos desgreñados, solo se podía decir que era la cara de un borracho. Lo empujaba un patrón –ese es el nombre con que se conoce a los que contratan a los Ruletistas- con aspecto de camarero, que llevaba bajo el brazo una caja grasienta de madera. El borrachín se subió a un cajón de madera en el que yo no había reparado hasta entonces y allí permaneció encorvado, con el aire caricaturesco de un campeón olímpico. Los accionistas lo miraban agitados, comentando entre ellos algún aspecto del tipo del cajón. A uno lo descubrí santiguándose con discreción. Otro se roía con saña los pellejos de las uñas. Otro le gritaba algo al patrón. Pero el alboroto se cortó en seco cuando el patrón abrió la cajita. Todos estiraban el cuello, hipnotizados, hacia el pequeño objeto negro que brillaba como incrustados de diamantes. Era un revólver de seis balas, bien lubricado. El patrón se lo mostró al público con gestos lentos, casi rituales, como muestra un ilusionista las manos vacías con las que va a realizar los milagros. Pasó después la palma por el tambor del revólver para hacerlo girar; se oyó un sonido delicado, punzante como la risa de un gnomo. Depositó el revólver en el suelo y del interior de una cajita de cartón sacó un cartucho, con su camisa de cobre reluciente, y se lo tendió al accionista que tenía más cerca. Este lo examinó por todas partes atento y concentrado; asintió levemente con la cabeza, como contrariado por no haber encontrado ninguna irregularidad, y se lo pasó al siguiente. El cartucho dio la vuelta a la habitación y dejó restos de aceite en todos los dedos. Yo también lo toqué por un instante. Me esperaba, no sé por qué, que fuera frío como el hielo, o bien que quemara, pero estaba tibio. El cartucho volvió al patrón, quien, con gestos ostentosos, explícitos, lo introdujo en uno de los seis orificios del tambor. Pasó de nuevo la palma por la pieza móvil de metal que giró durante unos cuantos segundos con el mismo sonido agudo, chirriante. Finalmente, con una extraña reverencia, le tendió el arma reluciente al hombre del cajón. En medio de un silencio que te pulverizaba los huesos y en el que, lo recuerdo incluso ahora, lo único que se oía era el pulular de las cucarachas gigantes y el leve sonido de las antenas al rozarse entre sí, el hombre se llevó el revólver a la sien. Me dolían los ojos por culpa de la terrible concentración y de la luz mortecina. De pronto, la silueta del mendigo con el revólver en la sien se descompuso en unas cuantas manchas fosforescentes amarillentas y verdosas. La pintura de la pared blanca que estaba a sus espaldas adquirió un relieve enorme: era capaz de distinguir cada hendidura y cada grano de cal, engrosados como la piel de un viejo, y las marcas azuladas que dejaban en la pared. De repente, en el sótano se empezó a oler a almizcle y a sudor. El hombre del cajón, con los ojos apretados y una mueca como si mascara un sabor horrible en la boca, apretó violentamente el gatillo…”  

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