«El reloj de abajo dio las cinco. El perro no se callaba. El campesino enloquecía. Se levantó para ir a soltar al animal, para no oírlo más. Bajó, abrió la puerta, avanzó en la oscuridad. La nieve seguía cayendo. Todo estaba blanco. Los edificios de la granja formaban grandes manchas negras, El hombre se acercó a la perrera. El perro tiraba de su cadena. Lo soltó. Entonces ‘Devorador’ dio un salto, y después se paró en seco, con los pelos erizados, las patas tensas, mostrando los colmillos, con el morro vuelto hacia el estercolero. Antonio, temblando de pies a cabeza, balbució: <¿Qué tiés, condenado?>, y avanzó unos pasos, escudriñando con la mirada la sombra indecisa, la sombra apagada del corral. Entonces vio una forma, ¡una forma humana sentada en su estiércol! La miraba paralizado de horror y jadeante. Pero, de pronto, distinguió junto a sí el mango de su horquilla, clavada en la tierra; la arrancó del suelo y, con uno de esos arrebatos que vuelven temerarios a los más cobardes, se lanzó hacia adelante, para ver…»

<Texto del relato San Antonio, de la selección Cuentos de Guerra de Guy de Maupassant>

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