Emmanuel Carrère, Koljós y el peso de los legados familiares

Proviene de una familia de origen germánico y ruso georgiano que, como muchas otras, hicieron su aporte a la sociedad que adoptaron como propia, en el caso de los Carrère, orgullosos de alimentar la grandeza de la república francesa moderna

Cuando el lector se detiene en la biografía del escritor francés (París, 1957), de manera automática le genera un interrogante: ¿de dónde ha logrado el tiempo material para desarrollar tamaña cantidad de material literario? Ya que en él destacan novelas, guiones de cine y televisión, ensayos, escritos de no ficción, y hasta se ha dado el gusto de desempeñarse como realizador cinematográfico.

Claro que, si se extiende la mirada hacia los que fueron sus progenitores, se comprende el porqué de semejante laboriosidad en su existencia. En particular, en el caso de su madre, Hélène, quien siendo oriunda de una familia ruso-georgiana (Zourabishvili), mezclada con raíces germánicas, terminó por insertarse en la sociedad francesa con el apellido de su marido: Carrère d’Encausse. Para luego terminar desempeñándose desempeñándose como historiadora, política (fue eurodiputada), hasta finalmente ocupar un lugar de honor como miembro de la Academia Francesa de la Lengua.

Pero tal vez y para comprender la dimensión del aporte en forma de legado familiar, la última novela del escritor, Koljós, donde el derrotero de los Carrère se entrelaza con la historia de las últimas décadas de Francia y de Europa; para convertirse en todo un homenaje, un ida y vuelta del autor desde y hacia su madre. Consciente quizás que personas como ella, oriundos o emigrados, fueron las que alimentaron la denominada grandeur de la república francesa moderna.

Aunque bien es cierto que, de una manera u otra, ese rico pasado reciente emerge en los distintos trabajos literarios del autor galo, en títulos como Bravura, El bigote o Una semana en la nieve, para hablar de algunas de sus novelas. Destacar luego dentro de los textos de no-ficción con El reino o Una novela rusa. Luego Werner Herzog, El estrecho de Bering o Conviene tener un sitio adónde ir, en el género de ensayo. Y, por último, El adversario, El bigote, Ouistreaham y Otras vidas que no sean la mía en las que firma como guionista o realizador de filmes.

Como fruto de todo este quehacer en las letras ha cosechado diferentes distinciones, entre ellas, el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances, el Prix Médicis o el Premio Princesa de Asturias de las Letras; aunque sería injusto no destacar que antes de poseer estos galardones, el autor ya gozaba del reconocimiento de legiones de fieles seguidores. Por una trama, como es el caso de este libro, en el cual destaca el uso de la más descarnada autocrítica (‘Yo no tengo la valentía de mis opiniones´), mientras que no duda en establecer una comunicación con una cercanía tal que el autor establece una relación despojada de toda distancia con quien se vuelca a su escrito.

De Koljós, quizás uno de sus textos más logrados, el pasaje a continuación:

   “Masha, una mujer aguda y locuaz, es mi editora rusa. Digo mi editora porque ha publicado un libro mío, pero, a juzgar por las ventas, no parece que esté dispuesta a publicar un segundo. A quien le gustaría publicar, como a todo el mundo, es a Frédéric Beibeder, que en Rusia es una estrella sin parangón. Incluso en Kotelnich, donde no hay librerías, un expositor giratorio de una ferretería vende algunos libros, todos de Frédéric Beibeder. Estamos en 2007, 2008. Masha y yo tenemos un amigo común al que acaban de conceder la medalla de la orden de la “Gloria de Rusia” por los servicios prestados y su contribución al conocimiento de las expediciones polares. Le acompañamos a la ceremonia y nos encontramos con unos sesenta futuros condecorados, además de sus familiares y amigos, todos emperifollados con vestidos y trajes de domingo terriblemente mal cortados, corbatas que se ensanchan y se quedan por encima del ombligo, pieles con rosácea y cabellos relucientes de brillantina: la Unión Soviética en su máximo esplendor. Una larga espera, luego discursos, música y un nutrido aplauso. Los condecorados van desfilando por el estrado, se elogian sus logros. Hay soldados, profesores, burócratas, pero también directoras de cantina e incluso colegiales meritorios. Todo ello intercalado de breves ballets a cargo de los niños de las escuelas y canciones sentimentales y patrióticas. Al principio me río por lo bajo para no aburrirme, pero luego me doy cuenta, para mi sorpresa, de que me he emocionado. Porque la señora gruesa del vestido largo, visiblemente hecho con una cortina, o el señor bajito del traje de tergal, que empiezan a cantar una canción, cantan realmente una canción, como la cantaba Ania, la joven que fue descuartizada con un hacha junto con su hijo en Kotelnich, y la verdad es que, como Ania, cantan de maravilla. En Francia vivimos bajo el reino del humor, la ironía y los dobles sentidos obligatorios. Ahí, en ese fragmento congelado de la URSS y de la Rusia eterna, eso simplemente no existe: incluso la alegría se la toman en serio. Sobre todo, la alegría, y cada vez me conmueve más esa sinceridad, esa ingenuidad, esa diligencia, esa rudeza bienintencionada en las maneras, esa humildad cálida, cándida, infantil, inerme, que era el reverso sobrecogedor del horror soviético. Y cuando la señora gruesa del vestido hecho con cortinas entona ‘El pañuelo azul’, la balada en memoria de los soldados de la Gran Guerra patriótica que todo el mundo en Rusia se sabe de memoria, y hace que el público en pie y se una al coro con el estribillo, no solo me levanto y canto, sino que, como todos los demás, estoy al punto de llorar. Incluso podría decirse que lloro. Masha me observa, divertida. A la salida, en mi torpe ruso, intento explicarle lo que me ha embargado durante la velada: esa oleada de amor por el país, por la gente, esa especie de viaje de ácido que me ha teletransportado a esa deplorable ciudad, Kotelnich, que, curiosamente, habrá sido uno de los lugares por excelencia de mi vida. Masha, esa moscovita siempre a la moda, me escucha con una sonrisa, tengo la impresión de que se burla de mí, pero es una impresión que da a menudo. Al final, sin dejar de sonreír, me dice: <Te entiendo. Lo que has visto esta noche es mi alma>.

   A menudo pienso en esa velada y en esa frase. Creo que muchas mujeres como Masha, que hoy están en la cincuentena, que vivieron el comunismo cuando eran niñas y que, en la enorme confusión de la era poscomunista, supieron utilizar su inteligencia, su talento y su energía para hacerse un lugar en el lado correcto de la sociedad, muchas de esas mujeres, las que son mínimamente sensibles, conservan todavía inevitablemente un pie en el banco equivocado, el de los perdedores, el de los atascados, el de los pobres idiotas del extinto Partido y el de la eterna ‘glubinka’, que suelen ser sus padres. Masha me dijo también, por esa misma época: <Yo en realidad no estoy a favor de Putin, es un mafioso. Pero te voy a decir por qué lo vota tanta gente. Están la propaganda, por supuesto, el miedo, el conformismo. Pero no es solo eso. Putin les dice algo muy importante que necesitan oír: ‘No permitáis que Occidente os diga que todo lo que vivisteis vosotros, lo que vivieron vuestros padres, sus sacrificios o hasta el aire que respiraban era una mierda. No era ninguna mierda. Veinte millones de vuestros abuelos dejándose la vida para que unos mamones de Londres o París no hablen hoy en alemán no son ninguna mierda. El comunismo cometió excesos, -excesos-, pero fue algo grandioso de lo que no tenéis que avergonzaros’. Es lo que tan bien sintetiza esa fórmula que se atribuye a Putin y que me reprocharon que pusiera como epígrafe de mi Limónov. Es demasiado bonita para ser suya y, sin embargo, parece que lo es: <Quien quiera restaurar el comunismo no tiene cabeza. Quien no lo echa de menos no tiene corazón…”

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