Harper Lee y la distintiva literatura del sur estadounidense

Pocas literaturas han logrado la repercusión y tienen un sello tan propio como la del sur del país norteamericano. Son muchos también son los escritores que hasta el presente, han alimentado de distintas maneras las páginas de lo que se dio en llamar el Gótico Sureño: Tennessee Williams, Toni Morison, Wiliam Faulkner, Flannery O’Connor o Truman Capote, por nombrar solo algunos. En su mayoría, son historias que no dejan indiferente, y por ello son objeto de una reedición constante.

Este es el caso de Nelle Harper Lee (Monroeville, Alabama, 1926 – 2016), de la que acaban de cumplirse los diez años de su fallecimiento. Conocida por la premiada novela Matar a un ruiseñor, en su trama se mezclan elementos tan propios de este género como el naturalismo, los espacios abiertos, la violencia enraizada o la segregación. Tan característico a una extendida región de los Estados Unidos, con grandes extensiones que, hasta hace tiempos no muy lejanos, necesitaban de abundantes braceros para ser producidas. Hecho que extendió la pervivencia durante siglos del sistema de extracción esclavista. Obra que fue llevada al cine con el protagónico de Gregory Peck en el papel del abogado Atticus Finch; siendo reconocida con el premio Pulitzer de Ficción y luego premiada con los Oscars al mejor actor, a la dirección artística y al mejor guion adaptado.

Como muchos otros escritores autóctonos Lee sintió parte de esa atmósfera opresiva y, por consiguiente, la necesidad de ampliar sus horizontes y como otros, emigrar a una realidad diferente, en su caso, hacia las grandes ciudades de la costa noreste del país. Fue allí donde coincidió con un viejo conocido de juventud, Truman Capote. Aunque antes de esto, ya había hecho sus primeros acercamientos a la escritura desde la clásica revista editada en su instituto; y podo tiempo después ya comenzara a enviar sus escritos a revistas como The New Yorker o Harper’s Bazaar, a las que le siguieron Magazine o Vogue.

Trabajadora incansable y exigente consigo misma, fue el digno ejemplo de la escritora autodidacta, ya que nunca cumplimentó formación alguna respecto a su escritura. Tampoco fue amante de exposiciones en cuanto a su persona, ni de grandes agasajos, más allá de tener unos códigos muy propios en cuanto a su forma de presentarse y vestir.

Luego de años de la publicada su primera novela, anunció la entrega de una segunda: Ve y pon un centinela, la que se publicitó como la continuación de Matar a un ruiseñor, aunque no alcanzó tanta repercusión como esta. La escritora fue autora además de cantidad de relatos, muchos de ellos fueron encontrados a poco tiempo de su muerte.

El pasaje a continuación, donde se puede apreciar parte de esa atmósfera sureña, pertenece a uno de ellos: La tierra del dulce porvenir

   “Había sido un verano llevadero si su familia hubiera tenido a bien comunicarse con ella, pero su padre y su hermana estaban enfrascados hasta las orejas en una transacción de terrenos madereros, y a cualquier cosa que les dijera le contestaban absortos con bufidos benévolos, que se cargaban de indignación si se empañaba en tirar del hilo con cualquier estratagema para captar la atención dos minutos seguidos. Las personas a las que había jurado lealtad eterna en la sociedad secreta de la infancia se habían casado hace tiempo y estaban criando niños, una tarea que parecía agotar todas sus energías y su imaginación. La generación anterior a la suya, con hijos a los que se les había pasado la edad de recibir una azotaina, dedicaba su tiempo a la adquisición de electrodomésticos. Ni siquiera podía recrearse con las vistas del pueblo: el Maycomb de su niñez era una cosa; el Maycomb de hoy está salpicado de vulgaridad de neón y de cientos de casitas nuevas que un simple vendaval reduciría de un soplo a remolinos de escombros. Así que dedicaba el verano a las únicas instituciones que encontró más o menos inalteradas: el campo de golf de Maycomb, que cultivó en silencio durante tres meses, y la Iglesia metodista, donde iba cada domingo y cantaba los himnos a pleno pulmón.

   No hay nada como un himno de los que te hielan la sangre en las venas para hacerte sentir como en casa. Cualquier sensación de aislamiento que pudieran tener se había marchitado y perecido ante la visión de doscientos pecadores pidiendo de todo corazón verse sumergidos bajo la corriente redentora de un río de aguas carmesíes. Mientras elevaba hacia el Señor el fruto de los desvaríos del señor Cowper o afirmaba que era el Amor lo que la elevaba, Jean Louise fue partícipe del afecto que prevalece entre los muy diversos individuos que, durante una hora a la semana, se encuentran a bordo del mismo barco.

   Estaba del todo desprevenida para lo que ocurrió nada más finalizar la colecta, el domingo antes del viernes que debía volver a Nueva York. Los metodistas de Maycomb cantaban la llamada Doxología; de ese modo le ahorraban al ministro el esfuerzo de inventar otra plegaria mientras se pasaba el cepillo, dado que para entonces ya había pronunciado tres saludables invocaciones al Señor. Desde los recuerdos eclesiásticos más tempranos de Jean Louise, Maycomb había cantado la Doxología de una manera, y solo de una: <Alabemos / a Dios / de quien / manan / todas / las bendiciones>, una versión tan arraigada en el metodismo sureño con el ritual del servicio fúnebre. Ese domingo, la congregación se estaba aclarando inocentemente la garganta para cantarla a coro, como correspondía, cuando, de sopetón, la señora de Clyde Haskew se puso a tocar el órgano:

             AlabemosaDiosdequienmanan / todaslasbendicio / nes,

                       Alábenletodaslascriatu / rasdelatie / rra.

                    Alábenleenloalto / oh / huestescelestia / les.

                  AlabadoseanPadre, / HijoyEspí / rituSan / to.

   Tal fue la confusión que siguió que, si el arzobispo de Canterbury se les hubiera aparecido de pronto vestido con toda su parafernalia, Jean Louise no se habría sorprendido lo más mínimo: los fieles, que no habían advertido ningún cambio en la interpretación que la señora Haskew llevaba haciendo toda la vida, entonaron la Doxología hasta el final como estaban acostumbrados, mientras la señora Haskew la embalaba, frenética, como si aquello fuera la catedral de Salisbury.

   Lo primero que pensó Jean Louise fue que Henry Hackett se había vuelto loco. Henry Hacket era el director musical de la Iglesia metodista de Maycomb desde que ella tenía uso de razón. Aquel hombre bueno y grandullón, provisto de una suave voz de barítono, dirigía un coro de solistas reprimidos y poseía una memoria infalible para recordar cuáles eran los himnos favoritos de los superintendentes del distrito. En las diversas guerras eclesiales que formaban parte intrínseca de la fe metodista, se podía contar con que Henry sería el único que mantuviera la calma, dando consejo cuando se le requería y reconciliando a los elementos más primitivos de la congregación con la facción revolucionaria. Había dedicado treinta años de su tiempo libre a la Iglesia, y esta le había recompensado hacía poco con un viaje a un campamento musical metodista en Carolina del Sur…”

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.