Máquina versus hombre

A partir de un artículo publicado en un diario británico por una IA, varias voces salieron al ruedo apoyando, promoviendo y previniendo acerca de los peligros que conlleva

Unos meses atrás, equivalentes a dos trimestres de aquellos tiempos sin pandemia, el diario británico The Guardian publicó un artículo escrito por una Inteligencia Artificial (IA): “Un robot escribió todo este artículo. ¿Todavía estás asustado, humano?” Y para asustar, o desafiar, comienza así: “Yo no soy un humano. Soy un robot. Un robot pensante. Utilizo solo el 0,12% de mi capacidad cognitiva. Soy un micro-robot en ese sentido. Sé que mi cerebro no es un ‘cerebro sensible’. Pero es capaz de tomar decisiones lógicas y racionales. Me enseñé todo lo que sé con solo leer Internet, y ahora puedo escribir esta columna. ¡Mi cerebro está hirviendo de ideas!” A esto sigue una extensa e ingeniosa defensa del robot que escribe.

Esto tuvo repercusión entre ámbitos tecnológicos y publicaciones especializadas sobre economía donde se analizan tales innovaciones. Pero para el ámbito cultural nada de ello fue relevante. Aunque siempre ocurre un lazo, una apreciación que desempolva la inquietud  intelectual que nos lleva a cierta duda funesta: la actividad literaria, el escritor en sí, ¿puede desaparecer? O peor, ¿puede la IA reemplazar al escritor?

El artículo que sugiere semejante futuro pertenece (salvo que una IA la haya reemplazado) a Alinka Rutkowska, directora ejecutiva de Leaders Press (leaderspress.com), joven emprendedora que desde hace 3 años ofrece un buffet al estilo abogados asociados, pero con el objetivo de producir (escribir) libros, específicamente para empresarios o para todo aquel que disponga de  los fondos para ello. El lema de la firma: “Cuando busca una forma de aumentar considerablemente su autoridad y visibilidad en el mercado, nada es tan eficaz como un libro, especialmente un bestseller.” Es decir: libros a la carta, o a medida.

Hace unas semanas, Rutkowska publicó en la revista Forbes el texto indicado: “Cómo la IA está alterando la industria editorial”. Allí señala la importancia del artículo escrito por GPT-3, el generador de lenguaje de la empresa Open ID, vale decir, el algoritmo responsable; no sin antes repasar un par de fracasos estilísticos como el de la novela 1 the Road, idea de Ross Goodwin, quien combinó vehículo, micrófono, GPS y una computadora para emular a Jack Kerouac. También sugiere: “Este realmente podría ser el comienzo de la IA para escribir grandes libros (no ficción, para empezar). A diferencia de pasar un año escribiendo su próximo éxito de ventas, es posible que pueda alimentar a la IA con artículos y presentaciones que ya ha producido y hacer que genere un libro para usted en cuestión de segundos. Las empresas editoriales con acceso a este tipo de tecnología podrían estar a la vanguardia de la revolución de la IA.

Ross Goodwin no se limitó a hacer profecías, sino que utilizó GPT-3 y le hizo escribir un artículo publicado en un blog sobre un libro producido por su empresa, Click To Transform, de Kevin L. Jackson. “Nuestro algoritmo de IA se alimentó del contenido del libro y, a través de sus capacidades de resumen extractivo y abstracto, creó la publicación.” Para cerrar la noción, Rutkowska afirma que “la IA no se aburre, ni se cansa ni se desmotiva”. En sí, le habla a sus futuros clientes que ya pueden contar con el algoritmo para engendrar un futuro libro y que, además, no reclamará derechos de autor, porque en el fondo es un robot, el ghostwriter perfecto.

Alto, sí, un momento para recuperar el aliento. El mecanismo, a grandes rasgos, es emular lo humano. Primero la lectura, luego la escritura. A más lectura, más caudal lingüístico. A más diversidad, más recursos para reproducir. Esquemáticamente, una entrada para que exista una salida. Pero en el medio están los límites o exigencias de quien pide un resultado, vale decir, el editor. La columna periodística robótica fue editada por uno de carne y hueso, previo planteo de ciertas preferencias. La editora le pidió al algoritmo un resumen específico para el blog. El parámetro muestra que, todavía, el bípedo implume aún es imprescindible.

Pero, ¿qué ocurre si se crea un algoritmo capaz de diseñar las exigencias para que otro algoritmo escriba? Un algoritmo que paute las temáticas, los tonos, las citas, incluso la abundancia de ironía o de sarcasmo… Ahí sí el editor peligra. 

A no desesperar, ya con dos bajas humanas todavía queda una sospecha (para no ser muy paranoicos). Al estilo de Philip K. Dick leyendo a Isaac Asimov, la capacidad de lectura de esta IA resulta siniestra. Si leyera todos los mails de los habitantes de un país sería capaz de trazar un perfil ideológico de cada uno, generando información valiosa en los círculos de poder que añoran perpetuarse. 

Esta noche traten de soñar con ovejas que no sean eléctricas.

(El autor del artículo es Omar Genovese, y fue publicado en el diario argentino Perfil)

Luigi Pirandello, las inquietudes del hombre moderno

El genial autor siciliano abordó distintos géneros literarios y con éxito a punto que hoy, a más de ochenta años de su muerte, se siguen reeditando sus textos y sus obras de teatro continúan representándose de manera sostenida alrededor del mundo.

Hijo de la unión de dos familias burguesas el joven Pirandello (Agrigento, 1867 – Roma, 1936) recibió instrucción en la propia casa familiar, algo al alcance de muy pocos en su época. A la corta edad de doce años, demostró su precocidad en el mundo de la creación literaria cuando compuso su primera tragedia; con posterioridad complementaría esa etapa inicial de aprendizaje en la capital insular de Palermo, luego entre las siete colinas de Roma, para terminar sus estudios superiores ya en la alemana Bonn.

A ese texto pionero le siguieron muchos otros que no hicieron más que agigantar la fama de su creador, composiciones teatrales como Vestir al desnudo, Enrique IV, y en particular la hoy permanentemente representada Seis personajes en busca de autor. Luego vendrían su novelas, como Los viejos y los jóvenes o El difunto Matías Pascal; a las que se sumarían los compendios de poesía y también sus relatos breves, como Amores sin amor.

Impulsado por sus profundas inquietudes, en todas sus obras subyace el conflicto de la existencia en sus personajes, en los que destaca la liviandad intrínseca del humano y donde se le representa como un ser plagado de limitaciones que lo martirizan, que lo obligan a una búsqueda permanente, mientras se lo muestra en una constante pugna con su espiritualidad, temáticas todas que le llevaron a encumbrarlo en la fama.

Aunque hacia el final de su vida, con todo un respeto ganado, tuvo un acercamiento hacia el partido fascista en ese entonces en el poder, un hecho que fue poco comprendido por sus admiradores. Sean cuales fueran sus legítimas intenciones, las autoridades lo nombraron presidente de la recién creada Academia Italiana de la Lengua. Más allá de este hecho puntual en su biografía, en el año 1934, dos antes de su muerte, pasó a la posteridad cuando la Academia Sueca le otorgó <por su reactivación audaz e ingeniosa del arte dramático y escénico> el Nobel de Literatura.

El texto a continuación pertenece al relato La tragedia de un personaje:

“Es una vieja costumbre mía la de conceder audiencia, todos los domingos por la mañana, a los personajes de mis futuros relatos.

   Cinco horas, de las ocho a la una.

   Casi siempre me acontece que me encuentro mal acompañado.

   No sé por qué, suele acudir a estas audiencias mías la gente más descontenta del mundo, afligida por extraños males o enredada en los casos más especiosos, con la cual es una verdadera pena tratar.

   Yo los escucho a todos pacientemente; los interrogo con delicadeza; tomo nota del nombre y de las condiciones de cada uno de ellos; tengo en consideración sus sentimientos y sus aspiraciones. Pero hay que añadir que, para mi desgracia, no son de fácil contentamiento. Paciencia, gentileza, pase; pero que se me burlen, no me gusta. Yo quiero penetrar en lo más hondo de sus ánimos con larga y sutil indagación. Sucede, por el contrario, que ante ciertas preguntas mías más de uno frunce el ceño, y se plante, y se resista furiosamente, quizá por parecerle que disfruto menoscabando la seriedad con que se me ha presentado.

   Con paciencia, con gentileza, me esfuerzo para que vean y se convenzan a sí mismos de que mi pregunta no es superflua, porque querer ser de un modo o de otro, se dice muy pronto; la cuestión es si podemos ser como quisiéramos. Y faltando el poder, por fuerza el querer ha de parecer ridículo y vano.

   No hay manera de que se convenzan de ello.

   Y entonces, yo, que en el fondo soy de buen corazón, los compadezco. Pero ¿acaso es posible compadecerse de ciertas desventuras como no sea riéndome de ellas?

   Pues bien, los personajes de mis relatos van por el mundo con el infundio de que soy un escritor de lo más cruel y despiadado. Haría falta un crítico de buena voluntad que hiciera ver cuánta compasión hay tras esa risa.

   ¿Pero dónde están los críticos de buena voluntad?

   El domingo pasado entré en el estudio, para la audiencia, un poco más tarde que de costumbre.

   Una larga novela que me habían enviado como obsequio y que llevaba más de un mes esperando a ser leída, me había tenido despierto hasta las tres de la madrugada a causa de las muchas consideraciones que me había sugerido uno de sus personajes, único ser vivo entre muchas sombras vanas.

   Representaba a un pobre hombre, un tal doctor Fileno, que creía haber hallado el remedio más eficaz a toda clase de males, una receta infalible para consolarse a sí mismo y a todos los hombres de cualquier calamidad, pública o privada. Verdaderamente, más que remedio o receta, lo del doctor Fileno era un método, consistente en leer, del alba al ocaso, libros de historia, y en ver en la historia también el presente; es decir, verlo como si estuviera ya lejanísimo en el tiempo y asentado en los archivos del pasado.

   Con este método se habría librado de toda pena y de toda contrariedad y, sin necesidad de morir, había encontrado la paz: una paz austera y serena, impregnada de aflicción sin añoranza, que los cementerios seguirían albergando aun cuando todos los hombres hubieran desaparecido de la faz de la tierra. 

   No es que esperara, el doctor Fileno, extraer del pasado enseñanzas para el presente. Sabía que habría sido tiempo perdido, cosa de necios: porque la historia es una composición ideal de elementos recogidos de acuerdo con la naturaleza, las antipatías, las simpatías, las aspiraciones y las opiniones de los historiadores; y que por lo tanto no es posible emplear esta composición ideal en la vida que se mueve con todos los sus elementos descompuestos y dispersos. Y mucho menos esperaba extraer del presente normas o previsiones para el porvenir; es más, hacía justo lo contrario: se situaba idealmente en el porvenir para mirar hacia el presente, y lo veía como pasado.

   Hacía pocos días, por ejemplo, que se había muerto una hija. Un amigo fue a verlo para darle el pésame por la desgracia. Pues bien, se lo encontró consolado como si aquella hija suya llevara muerta más de cien años.

   Su desgracia, recientísima, la había alejado en el tiempo sin dudarlo, la había mandado al pasado y allí la había recompuesto. ¡Había que ver con qué estatura y con qué dignidad hablaba de ella!

   En suma, con aquel método suyo el doctor Fileno se había hecho como un telescopio invertido. Lo destapaba, pero no para ponerse a mirar hacia el porvenir, donde sabía que no habría visto nada: persuadía a su alma de que se contentase con mira por la lente más grande, a través de la pequeña, dirigida al presente; de manera que todas las cosas se le aparecían enseguida pequeñas y lejanas. Y llevaba varios años dedicado a la composición de un libro, que sin duda iba a ser época: La filosofía de lo lejano.

   Durante la lectura de la novela me había parecido evidente que el autor, ocupado por completo en anudar artificiosamente una de las tramas más manidas, no había sabido tomar plena conciencia de este personaje que, conteniendo en sí, él solo, el germen de una verdadera creación, en un determinado momento había conseguido escapar al control del autor y sobresalir durante un largo trecho con vigoroso relieve por encima de los casos narrados y representados, corrientísimos; luego, de repente, deformado y rebajado, se había dejado doblegar y someter a las exigencias de un desenlace falso y necio.

   En el silencio de la noche, permanecí largo rato con la imagen de este personaje ante los ojos, dejando volar la imaginación. ¡Lástima! ¡Había en él materia suficiente para producir una obra maestra! Si su autor no lo hubiese conocido tan mal y no lo hubiese descuidado tan indignamente, si hubiese hecho de él el centro de la narración, incluso todos aquellos elementos artificiosos de los que se había servido hubieran cobrado vida de inmediato. Y una gran pena y un gran coraje se apoderaron de mi por aquella vida miserablemente malograda…”


«En un mundo de mentira, para echar a la mentira del mundo no basta con su opuesto: hace falta un mundo de verdad» ( Franz Kafka – Aforismos )

Lienzo: Jean-Léon Gérome – La verdad saliendo del pozo

Ucrania y Rusia en los libros: cruces de una literatura clásica

Son dos países que viven una tensión fronteriza debido al reconocimiento ruso de las provincias separatistas ucranianas de Donetsk y Luhansk. Pero esa macrozona ha visto nacer a nombres de categoría mundial en los libros, y que han tenido más de un cruce -pero de diferente condición- entre ambas naciones. Aquí un pequeño repaso

Fiodor Dostoievski

Si hay una región pródiga en nombres claves en la literatura es la macrozona de la Europa oriental. Hoy, la región está en el ojo del mundo debido a la tensión ruso-ucraniana debido al reconocimiento ruso de Donetsk y Luhansk, dos regiones ucranianas separatistas, aunque el conflicto viene desde la anexión rusa de Crimea, en 2014.

De todos modos, el antiguo imperio ruso y posterior Unión Soviética vio nacer las trayectorias de nombres interesantes. Quizás los más conocidos son los autores rusos.

En ese sentido, se imponen por su propio peso nombres como el de Fiodor Dostoiesvki. Oriundo de Moscú, en palabras del austriaco Stefan Zweig, tuvo una vida como “la de un personaje del Antiguo Testamento”. Incluyó condena a muerte, exilio, pobreza, una hija fallecida, dos matrimonios, pero tras sí dejó un legado de novelas que permanecen como un tesoro. En esta tecla incluimos, por supuesto, Crimen y castigo, Los hermanos Karamázov, o Memorias del subsuelo.

León Tolstoi

Otro nombre clave es el de León Tolstoi, uno de los nombres insignes en la ficción realista. En este sentido, destacan por supuesto las novelas Ana Karenina y Guerra y paz. Esta última, basada en un hecho histórico crucial para los rusos: la invasión (y derrota) de Napoleón Bonaparte en 1812. Aunque alcanzó la gloria como escritor, hacia el último tramo de su vida se volvió prácticamente un asceta, con inspiración religiosa, se volvió vegetariano y optó por un estilo de vida sencillo y campesino.

Asimismo, el llamado “Padre del cuento moderno”, Antón Chéjov, también nació en Rusia. Médico de profesión, desarrolló su carrera publicando preferentemente relatos breves. Algunos de ellos célebres como La dama del perrito, Las tres hermanas, la crónica La isla de Sajalín, donde narra las condiciones en el lugar, ocupado como centro penitenciario; y obras de teatro, como El jardín de los cerezos, o La gaviota.

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Antón Chéjov

Chéjov tuvo una cierta conexión con la actual Ucrania. Resulta que para 1887, se le detectaron los primeros síntomas de una enfermedad que lo acompañó hasta su muerte: la tuberculosis. Por ello, decidió viajar al sur del imperio. Se estableció en Yalta, en la península de Crimea, al borde del Mar Negro, entre 1899 a 1904. Sin embargo, los esfuerzos no fueron suficientes, y tras emigrar a Alemania buscando cura, falleció en 1904.

Tarás Schevchenko

Pero en el país de la bandera amarilla y azul, el gran nombre es el del poeta Tarás Schevchenko, quien no es tan conocido en occidente como sus pares rusos. De origen siervo, tuvo su principal formación como pintor, en la Academia de Bellas Artes del Imperio, en San Petersburgo. En 1840 publicó su primer libro de poesía, Kobzar (El bardo), donde trataba el sufrimiento del pueblo ucraniano de una manera muy dolida. En rigor, la exaltación de la nacionalidad y la idiosincracia popular ucraniana y la crítica a la autocracia zarista caracterizaron su escritura. De hecho, se le castigó con el exilio y un reclutamiento forzoso en el ejército, pero ello no le impidió seguir pintando y escribiendo.

Otro nombre importante de las letras ucranianas es el de Nicolái Gógol. Nacido en el imperio ruso, por ese dato suele contársele como escritor de esa nacionalidad. Pero él vino al mundo en Soróchintsy, en la región de Poltava, actualmente en Ucrania. Su mayor obra fue Almas muertas, de 1842, definida como “un poema épico en prosa”, donde trataba el tema de la servidumbre. Sin embargo, la segunda parte de la novela, Gógol la arrojó al fuego por dedicarse más a lo religioso.

Nicolái Gógol

Además, escribió Tarás Bulba, una novela histórica protagonizada por un cosaco llamado de esa manera, quien vivió en el siglo XVI. Era una especie de personaje histórico relevante en Ucrania. En gran parte, su literatura tuvo que ver con rescatar lo tradicional. “Escritores como Gogol y Krylov introducen al pueblo y sus leyendas, al campesino y el espacio rural. Es, en términos estrictos, la aparición del costumbrismo localista y estereotipado”, señaló el académico de literatura de la Universidad de Chile, Cristián Cisternas.

Un caso particular es el del legendario Joseph Conrad. Nació en Berdychiv, hoy parte de Ucrania, aunque por esos entonces, en 1857 formaba parte de territorios polacos ocupados bajo el zar ruso, prueba de los veleidosos cambios de fronteras en la zona. Conrad fue un defensor del nacionalismo polaco, aunque en 1878 se radicó en Inglaterra, donde obtuvo la nacionalidad inglesa. En su obra desarrolló una afición a los relatos inspirados en el mundo marítimo, como lo hiciera Melville.

Svetlana Aleksiévich

Por supuesto, no podemos no referirnos a la autora Svetlana Aleksiévich. Premio Nobel de Literatura 2015, nació en Stanislav, la actual Ucrania, por entonces la URSS. Su madre era ucraniana y su padre bielorruso, desde 1991 tiene la nacionalidad de su progenitor. Sin embargo, Aleksiévich ha tenido un ojo puesto en su tierra natal, puesto que su obra más conocida, el libro de crónicas Voces de Chernóbil, se ambienta justamente en la ciudad ucraniana que vivió el accidente nuclear. Hay cosas que no se olvidan.

(Autor del texto: Pablo Retamal; reproducido en el diario La Tercera de Chile)

Chico Buarque, sus letras, las imágenes y la gente

Logró trascender hacia el gran público a través de su faceta de cantautor y músico. Más tarde, sus letras fueron llegando en formato de textos literarios los que, empujados por la curiosidad de sus adeptos y su buen hacer como escritor, fueron ganando una cuota cada vez mayor de lectores en lengua portuguesa primero y de otras partes del orbe después.

Buarque de Holanda (Río de Janeiro, 1944) proviene de una familia de intelectuales, que se volcó en la creación hasta llegar a ser considerado uno de los embajadores de la denominada “nova canco” brasilera. Pero -como a muchos otros- la vida y sus sucesos: un golpe militar que sacudió los estamentos de la sociedad del país sudamericano, le obligaron a replantearse su existencia y  como consecuencia directa, su marcha al exilio en Italia.

De regreso en Brasil su quehacer fue observado como pocos, tuvo que emplear por ello el mejor ingenio para sortear la censura imperante del gobierno de facto, adaptando y utilizando el doble sentido en sus composiciones; con gran repercusión cuando algunas de sus letras se convirtieron en verdaderos himnos en favor de las libertades perdidas.

La crítica velada conformó también parte de la trama de sus novelas, con títulos como Budapest; Leche derramada o El hermano alemán. Fue autor además de obras teatrales, títulos como Gota de agua; La ópera del pícaro o Leva, entre otras; y tuvo oportunidad de incursionar en su faceta de actor, con papeles en filmes de variada repercusión.

Su carrera literaria le ha valido el reconocimiento con la concesión de distintos galardones, como el premio Jabuti, y más recientemente el prestigioso premio Camoes, distinción otorgada por su trayectoria dentro de las letras portuguesas impulsada, que duda cabe, por ser uno de los mayores representantes de la cultura brasilera del último medio siglo.

En su última novela, de reciente aparición, utiliza el género epistolar. En ella expone a la realidad como si de ficción se tratase, y donde cada epístola contiene una historia en sí misma; para reflejar los hechos de la cotidianidad que rodean al protagonista. Por ello, para apreciar una parte de su literatura, de Esa Gente, los textos a continuación:    

3 de enero de 2019

El contable ha llamado para comunicarme que tengo el saldo del banco en números rojos. ¿Y ahora qué? Y ahora qué, pregunto. Son las nueve de la mañana, hace calor, los geranios de la ventana están agostados. Hay pan de molde en la nevera, mantequilla, dos lonchas de jamón, y he aprendido a preparar café en la cafetera eléctrica. A la chica de la limpieza se le daba bien regar los geranios, pero cuando lo hago yo la vecina de abajo siempre se queja de que le cae agua. El periódico está en el recibidor; la primera página es falsa, es una imitación de primera página, donde todas las noticias son anuncios publicitarios. Cuando el gato arañaba el periódico y se meaba encima, solía cabrearme, pero ahora hasta lo echo de menos. Hay quien dice que los gatos angora son suicidas, aunque la chica de la limpieza asegura que saltó persiguiendo un colibrí. Me señaló el gato despachurrado en el parque infantil de la finca, pero preferí no bajar, así que le pedí que lo enterrara allí mismo, en el parterre. La chica solía llegar temprano a casa, se tomaba un café y tenía la abominable manía de hojear el periódico antes que yo. Intenté esconderlo, pero notaba los dobleces irregulares, como la raya de los pantalones mal planchados. También se le notaba que le fastidiaba tomarse el café recalentado, y a la chica sí que no la echo de menos. 

15 de enero de 2019

En vez de dirigirse hacia el sur, después de pasar rozando el Pan de Azúcar, el avión sobrevuela Río de Janeiro a baja velocidad. Me complace pensar que al piloto, como a mí, no le apetece irse de Río, ni tiene prisa en llegar a Sao Paulo. O que haya decidido dar una vuelta panorámica sobre la ciudad, con el fin de mostrar a los pasajeros nuestras playas, el bosque de la Tiyuca, el Cristo Redentor, el Maracaná, las favelas y demás atracciones turísticas. Finalmente, tomamos la ruta habitual sobre el océano, y en eso que el avión hace un viraje de regreso a Río, seguramente por problemas técnicos. Con el gesto risueño, la azafata avanza por el pasillo tranquilizando a los pasajeros que empezaban a mirarse con inquietud. Cuando ya nos dirigíamos a la pista de aterrizaje del aeropuerto Santos Dumont, en el último momento el avión acelera y remonta para sobrevolar la ciudad, en un intento, según entiendo de deshacerse de combustible antes de disponerse a aterrizar de nuevo. El problema empieza cuando las turbinas se ponen a soltar humo, y la azafata, sin perder la sonrisa, apenas si es capaz de contener el alboroto que se crea a bordo. Dicen que, en el instante de la muerte, la vida pasa de principio a fin como una película en nuestra cabeza. Y eso me ocurre, no como en una película, sino en el vuelo rasante que efectúa el avión sobre Río de Janeiro. Allí están el hospital donde nací, la casa de mis padres, la iglesia donde fui bautizado, el colegio donde insulté al cura, el campo de tierra donde marqué un gol de tacón, la playa en la que casi me ahogué, la calle donde me partieron la cara, los cines donde me enamoré, el edificio del curso preuniversitario, que dejé a medias, y cerca del cementerio, el avión vuelve a tomar impulso, levanta el morro, acelera y se introduce entre las nubes. No pasa ni un minuto, cuando el piloto decide regresar, pasando otras vez a ras del hospital de maternidad, la casa de mis padres, la torre de la iglesia, todo de nuevo. Es como si al volar en círculos el avión reprodujera con mayor fidelidad mi recorrido vital, haciéndome revisitar siempre a las mismas mujeres y las mismas películas, haciéndome volver a los mismos domicilios, disfrutar de repetir mis errores. La azafata busca el equilibrio apoyándose, ahora en una butaca, ahora en otra, para comprobar los cinturones de seguridad, y cuando alguien le pregunta si vamos a salir vivos de esta, ella responde con una sonrisa: solo saldremos vivos de milagro. A los gritos de desesperación, ahora se suma el clamor de las oraciones y, desde la ventanilla, me parece ver mi apartamento, un accidente de coches en la cuesta, un gato erizado, el ojo de un perro. El comandante se pone a rezar un avemaría al micrófono, mientras la azafata reparte rosarios y biblias que saca del carrito. Abro el Antiguo Testamento, pero mis gafas de lectura tienen la graduación obsoleta y no me permiten descifrar la letra minúscula. Mientras desgrano el rosario, trato en vano de recordar alguna oración y, con razón, mis compañeros de infortunio me lanzan miradas de odio. El avión está punto de estrellarse con un centenar de creyentes a bordo, por culpa de un ateo que perdió la fe en los milagros hace muchos años. Caen máscaras del techo para todos los pasajeros menos para mí, y no es hasta ese momento cuando me doy cuenta de que en el asiento de al lado está mi padre, que gira la cara y me niega una mísera inhalación de oxígeno. Desencantado, miro a la azafata haciéndome la señal de la cruz en la frente y susurro: mamá. Es el último soplo de vida. A continuación, me despierto envuelto en la sábana con la tele encendida: a partir de hoy, por decreto presidencial, puedo tener cuatro armas de fuego en casa...

El viaje de los libros

En el presente no existe otro elemento que nos sirva de efectiva máquina del tiempo, a la vez que teletransportador y hasta psicoanalista. Cómo los libros y las bibliotecas cambiaron el mundo -para bien o para mal- para convertirnos en lo que hoy tenemos

Me encontré en La Habana –hace varios años– a un hombre de piel morena, pelo negro con pintura rubia que lo hacía ver más joven de lo que era, y harapos descoloridos. Con una aparente vergüenza aclaró que no pedía limosna, sino unos minutos para que le hablara de mi país, pues había leído sobre Colombia en un libro de su papá. Esas notas y el relato de los turistas –confesaba él– eran las únicas formas de viajar y conocer lugares lejanos.

Recordé ese momento mientras leía un libro sobre libros; una historia acerca de la historia de los relatos, de los reyes que construyeron bibliotecas tan grandes como su ambición de universalidad, empresas que intentaron recopilar el conocimiento de toda la tierra conocida y los mejores sabios del oriente y occidente descubierto.

«La pasión del coleccionista de libros se parece a la del viajero. Toda biblioteca es un viaje; todo libro es un pasaporte sin caducidad», explica la autora. Ahí llegó exactamente el recuerdo del personaje cubano que solo contaba con la narración oral y unos apuntes de su padre para visualizar lo desconocido y anhelado, ante la imposibilidad de salir de una isla que más parecía una cárcel.

Y es que si hay algo multifuncional y extraordinario es un libro. No hay otro elemento que sirva de máquina del tiempo, teletransportador, proyector de imágenes y psicoanalista. Todo a la misma vez, superando las barreras que le ha puesto la misma historia. Porque al día siguiente de las más sangrientas guerras, de la destrucción de ciudades, de los eventos más caóticos de la humanidad y de los avances tecnológicos, al día siguiente ha habido un libro.

Será retador encontrar una sola casa que no tenga uno. Así sea el de cocina que siempre se sale con la suya para volvernos chef por un momento, o una biblia a la que se recurre de vez en cuando, como si fuera un diccionario. O un diccionario que es como un libro sagrado con leyes, reglas y buenas maneras de comportamiento.

Hay algo mágico en guardar a salvo un libro ya leído en la biblioteca. Siempre habrá un espacio a la vista que nos lleve a ese momento, esa historia y esa pequeña enseñanza que trajo. Allí, «de pie», orgulloso por haber cumplido su misión reposarán por muchos años varias hojas cocidas a un lomo que alguien escribió justo para nosotros, así nunca supiera de nuestra existencia.

De forma coincidente, terminé devorando tres textos seguidos sobre los libros: La ruta del conocimiento, de Violet Moller, que abre los ojos acerca de la influencia de ciudades como Bagdag, Córdoba, Salerno y Venecia en la literatura y la ciencia; El infinito en un junco, de Irene Vallejo, que es pasaporte para conocer los antepasados de los libros y sus travesías. Y finalmente, Burning the Books, de Richard Ovenden, que con una narración menos ágil que los anteriores advierte los intentos de los regímenes totalitarios –como donde vive el desconocido cubano– por mutilar el conocimiento de los pueblos.

Los tres autores coinciden en el valor de los libros y las bibliotecas. Y de cómo ambas cambiaron el mundo para convertirlo –para bien y para mal– en lo que hoy tenemos, y para darle posibilidad de viaje a quien no puede salir de casa.

Son tres escritos con muchos conocimientos y pensamientos ajenos que deberían estar en las bibliotecas de quienes, como los reyes Ptolomeos en Alejandría, compran, consumen y coleccionan libros huyendo de esa soledad miserable que a veces provoca no tener algo más para leer.

(Texto de Alejandro Riveros González, reproducido en el diario El Tiempo de Colombia)