Héctor Abad Faciolince y las deudas de familia

El escritor colombiano (Medellín, 1958) ha compuesto una obra variada y extensa, donde confluyen la poesía, el ensayo, el relato breve y la novela. Aunque verdad es que sus primeros pasos con las letras y desde su adolescencia se dirigieron hacia el periodismo, disciplina que nunca abandonó en todos estos años y a la que regresa de manera cotidiana con su participación en distintas publicaciones en diarios y revistas.

Único hijo varón de una familia de seis vástagos, desde temprana edad fue absorbiendo de la fuerte presencia de un padre médico, profesor universitario y, por sobre todo, defensor de los derechos humanos. Difícil cometido este, en un país en permanente pugna de ideas entre las fuerzas componentes de la sociedad, sean estas políticas o militares, con enfrentamientos que han desangrado al país durante décadas y que a la postre le costaron la vida al jefe de familia, cuando cayó bajo las balas de un esbirro de turno.

Aun contrario a las ideas liberales que profesaba el padre del clan, el colombiano recibió educación en un instituto dependiente de la orden del Opus Dei, porque según su progenitor, era una de las instituciones más sólidas de la ciudad y donde tendría garantía de buena formación. Aprendizaje que con posterioridad, complementaría con estudios de medicina, periodismo y filosofía, para terminar su formación abordando lengua y literatura moderna en la universidad italiana de Turín.

En cuanto a sus obras de ficción, sus primeros escritos se volcaron en la poesía; de allí al periodismo -que le hizo encaminarse hacia el ensayo y también a la traducción, en particular de autores italianos: Eco, Calvino o Tommasi di Lampedusa. Hasta alcanzar el relato corto: Malos pensamientos, Traiciones de la memoria; y también la novela: Asuntos de un hidalgo disoluto; Fragmentos de amor furtivo; El olvido que seremos; El amanecer de un marido o La oculta.  

Fruto de todo este deambular por las letras cuenta con lectores por todo el mundo, que le premian siguiéndole en sus publicaciones. Además de las instituciones que le han distinguido con el Premio Casa de América Latina de Portugal, el Premio mejor Novela extranjera de China, Premio Nacional de Cuento de Colombia y el Premio Casa de América de Narrativa Innovadora.

El pasaje a continuación pertenece a El olvido que seremos; obra donde se entremezclan la realidad y la ficción. Que representa un sentido homenaje a la trayectoria de vida de su padre, a caballo con la particular historia del país cafetalero. Historia que, dirigida por el español Fernando Trueba, fue llevada a la gran pantalla.   

   “Para mi papá el médico tenía que investigar, entender las relaciones entre la situación económica y la salud, dejar de ser un brujo para convertirse en un activista social y en un científico. En su tesis de grado denunciaba a los médicos-magos: ‘Para ellos, el médico ha de seguir siendo el pontífice máximo, encumbrado y poderoso, que reparte como un don divino familiares consejos y consuelos, que practica la caridad con los menesterosos con una vaga sensación de sacerdote bajado del cielo, que sabe decir frases a la hora irreparable de la muerte y sabe disimular con términos griegos su importancia`. Se enfurecía con quienes querían simplemente <aplicar tratamientos> a la fiebre tifoidea, en lugar de prevenirla con medidas higiénicas. Lo exasperaban las <curaciones maravillosas> y las <nuevas inyecciones> que los médicos daban a su <clientela particular> que pagaba bien las consultas. Y sentía la misma revuelta interior contra quienes <sanaban> niños, en vez de intervenir en las verdaderas causas de muchas de sus enfermedades, que eran sociales.

   Yo no recuerdo, pero mis hermanas mayores sí, que a veces las llevaba también al Hospital San Vicente de Paúl. Maryluz, la mayor, se acuerda muy bien de una vez que la llevó al Hospital Infantil y la hizo recorrer los pabellones, visitando una tras otro a los niños enfermos. Parecía un loco, un exaltado, cuenta mi hermana, pues ante casi todos los pacientes se detenía y preguntaba: <¿Qué tiene este niño?>. Y él mismo se contestaba: <Hambre>. Y un poco más adelante: <¿Qué tiene este niño?> Lo mismo: hambre. <¿Y este otro?> Nada: hambre. ¡Todos estos niños lo único que tienen es hambre, y bastaría un huevo y un vaso de leche diarios para que no estuvieran aquí! Pero ni eso somos capaces de darles: ¡un huevo y un vaso de leche! ¡Ni eso, ni eso! ¡Es el colmo!

   Gracias a su compasión, y a esa idea fija de una higiene alcanzable con educación y obras públicas, consiguió también -mientras era estudiante-, y aunque con oposición de los ganaderos, que creían que así iban a acabar perdiendo plata, que fuera obligatorio pasteurizar debidamente la leche antes de venderla, pues en sus exámenes de laboratorio había encontrado amebas, bacilos de TBC y materias fecales en la leche que se vendía en Medellín y en los pueblos vecinos. Decía que la sola medida de dar agua potable y leche limpia salvaba más vidas que la medicina curativa individual, que era la única que querían practicar la mayoría de sus colegas, en parte para enriquecerse y en parte para aumentar su prestigio de magos de la tribu. Decía que los quirófanos, las grandes cirugías, las técnicas de diagnóstico más sofisticadas (a las que sólo tenían acceso unas pocas personas), los especialistas de cualquier índole o los mismos antibióticos -por maravillosos que fueran- salvaban menos vidas que el agua limpia. Defendía la idea elemental -pero revolucionaría, ya que era a favor de todo el mundo y de unos pocos- de que lo primero es el agua y no deberían gastarse recursos en otras cosas hasta que todos los pobladores tuvieran acceso al agua potable. ‘La epidemiología a salvados más vidas que todas las terapéuticas`, escribió en su tesis de grado. Y muchos médicos lo detestaban por defender eso en contra de sus grandes proyectos de clínicas privadas, laboratorios, técnicas diagnósticas y estudios especializados. Era un odio profundo, y explicable tal vez, pues el gobierno siempre estaba dudando sobre cómo repartir los recursos, que eran pocos, y si se hacían acueductos no se podrían comprar aparatos sofisticados ni construir hospitales.

   Y no sólo los algunos médicos lo odiaban. En general, su manera de trabajar no era bien vista en la ciudad. Sus colegas decían que <para hacer lo que hace este ‘médico` no se necesita diploma>, pues para ellos la medicina no era otra cosa que tratar enfermos en sus consultas privadas. A los más ricos les parecía que, con su manía de la igualdad y la conciencia social, estaba organizando a los pobres para que hicieran la revolución. Cuando iba a las veredas y hablaba con los campesinos para que hicieran obras por acción comunal, les hablaba demasiado de derechos y muy poco de deberes, decían los críticos de la ciudad. ¿Cuándo se había visto que los pobres reclamaran en voz alta? Un político muy importante, Cipriano Restrepo Jaramillo, había dicho en el Club Unión -el más exclusivo de Medellín- que Abad Gómez era el marxista mejor estructurado de la ciudad, y un peligroso izquierdista al que había que cortarle las alas para que no volara. Mi papá se había formado en la escuela pragmática norteamericana (en la Universidad de Minnesota), no había leído nunca a Marx y confundía a Hegel con Engels. Por saber bien de qué lo estaban acusando, resolvió leerlos, y no todo le pareció descabellado: en parte, y poco a poco a lo largo de su vida, se convirtió en algo se convirtió en algo parecido al luchador izquierdista que lo acusaban de ser. Al final de sus días acabó diciendo que su ideología era un híbrido: cristiano en religión, por la figura amable de Jesús y su evidente inclinación por los más débiles; marxista en economía, porque detestaba la explotación económica y los abusos infames de los capitalistas; y liberal en política, porque no soportaba la falta de libertad y tampoco las dictaduras, ni siquiera la del proletariado, pues los pobres en el poder al dejar de ser pobres, no eran menos déspotas y despiadados que los ricos en el poder…”      

«Nada se mueve en la habitación, nada hace ningún ruido, hasta el momento en que la franja de luz solar -que se ha ido desplazando y ensanchando a una velocidad imperceptible para el ojo humanollega hasta esta última litera e ilumina el bulto inmóvil. Entonces el bulto se mueve, se humaniza, se encoge y se da la vuelta con los característicos movimientos, con la celosa negación de quien intenta sustraerse a la claridad del nuevo día para seguir durmiendo»

Composición fotográfica: Pavan Chandra

Texto: De la novela Fin de David Monteagudo

Leer para reducir la condena en Bolivia: un programa que combate el hacinamiento carcelario

El proyecto ‘Libros por rejas’ ofrece alternativas de educación y reinserción social para los reos en un país con gran sobrepoblación en sus penales.

(RDNE)

En Obrajes, una zona residencial de clase media-alta ubicada en el sur de La Paz, se encuentra Villa María, una antigua propiedad con más de 7.000 metros cuadrados de superficie. Desde 1956, los predios que antiguamente pertenecían a María Isaura Miranda, una anciana millonaria que al fallecer no dejó ningún heredero, se convirtieron en propiedad del Estado y se utilizan como centro penitenciario femenino. Dentro hay un edificio de estilo postcolonial. En la cerámica que adorna el piso se puede leer la leyenda que dice “Villa María 1915″. Los amplios y altos pasillos de esta construcción guían hacia una habitación de aproximadamente dos por cuatro metros.

El espacio es estrecho y guarda dos estantes viejos, con al menos una centena de libros de diferentes épocas y géneros, además de un escritorio que sirve como espacio de trabajo para la responsable de educación del recinto penitenciario y como un intento de biblioteca donde la lectura de sus obras puede conceder cierto tipo de redención. El repositorio literario del Penal de Obrajes es uno de los 47 que forman parte del programa ‘Libros por rejas’, un proyecto que busca incentivar la lectura en instituciones penales del país andino-amazónico a cambio de reducir los tiempos de condena de los reclusos.

El programa, instaurado en 2019 e impulsado por la Defensoría del Pueblo junto al Estado boliviano, el ministerio de Educación y la administración de régimen penitenciario, busca combatir el hacinamiento carcelario y el uso excesivo de la detención preventiva en las prisiones y ofrecer alternativas para la reinserción social de las personas privadas de libertad. “A la fecha, Bolivia debe tener 165% de hacinamiento carcelario y una tasa de 65% de preventivos. Eso implica que las tareas de educación, de trabajo, de psicoterapia, entre otras, son casi de imposible desarrollo”, explica la defensora del pueblo, Nadia Cruz, a América Futura.

El funcionamiento y alcance del proyecto tiene como pilar la voluntad de los presos de leer. Estos eligen un libro de la biblioteca que tiene su centro penitenciario y, al acabar la obra, ya sea a través de una prueba escrita o un ensayo, el responsable del área pedagógica del recinto penitenciario puede determinar acreditar, a través de un certificado, una disminución de la pena, tomando en cuenta la formación o nivel educativo alcanzado por el participante. No pueden acceder al programa personas sentenciadas a la pena máxima en Bolivia, que equivale a 30 años de prisión sin derecho a indulto. “Los sitios más valorados por los privados de libertad son sus campos deportivos y sus bibliotecas. Ambas funcionan a motor por la dedicación, voluntad y el tiempo que le ponen ellos mismos”, explica Cruz.

Mildred Solís, de 43 años, se alegró cuando hace casi un año la Defensoría del Pueblo llegó al Penal de Obrajes con más de 200 libros para anunciar la implementación del programa. “Dije: ‘Por fin vamos a tener un espacio para separarnos un poco del encierro, para liberar la mente, soltar las ideas”, recuerda. Ahí comenzó su aventura literaria leyendo El exorcista, de William Peter Blatty, dice con una sonrisa pícara. Después continuó con Paula Hija de la fortuna, de Isabel Allende. “Estoy leyendo ahora El mundo de Sofía, para completar La historia de filosofía, de Julián Marías”, agrega, con un dejo optimista, desde el pequeño ambiente que acoge las pocas obras disponibles para la lectura.

El balance que hace Cruz sobre los resultados del programa es positivo. Cuando Libros por rejas comenzó hace tres años contaba con 160 inscritos, aproximadamente. Actualmente hay 865 participantes, de los cuales un poco más del 50% ha culminado con la lectura de un libro. Es una cifra alentadora, considerando que, según una encuesta realizada por la empresa de investigación de mercados Ipsos sobre los hábitos de lectura en el país dada a conocer en 2021, el 46% de los bolivianos no lee ni un libro al año. “Este programa tiene que crecer y sacar más productos. Nos ayuda a conocer más géneros literarios en cuanto a novelas, en cuanto a historia, a dramaturgia, obras de teatro”, afirma Idalia Torres, de 48 años, a quien todavía le quedan 12 años de sentencia en el Penal de Obrajes.

No todo es optimismo para Solís. La presa lamenta que las más de 200 obras que llegaron a Obrajes, como parte de un lote de 14.000 libros que se distribuyeron para el programa –entre donaciones de la sociedad civil y aportes del Centro de Investigaciones Sociales de la Vicepresidencia del Estado–, fueron quemadas en un intento de motín por parte de algunas de las reclusas. Afirma que era algo previsible debido a que no se cuenta con un espacio adecuado para la lectura. Torres, que ha leído casi cuatro libros desde que ingresó a la penitenciaría el pasado mes de abril, coincide con Solís: “Sería bueno que cada institución tanto pública como privada vea esta necesidad que tenemos nosotras las privadas de libertad de poder tener mucha más variedad en cuanto a bibliografía”.

El semblante del rostro de Solís cambia y denota tristeza. Recuerda cuando las personas a cargo de la seguridad del penal, al momento de controlar la limpieza en las habitaciones, encontraron cuatro libros bajo su almohada y le transfirieron a otro espacio con el argumento de que “no es normal que alguien tenga tantos libros”. “No tenemos estantería suficiente, tampoco tenemos mucho material literario. No hay mesas ni sillas para poder leer con tranquilidad. No se puede vivir así, no se puede leer así. Eran solo cuatro libros, de verdad necesitamos una biblioteca”, afirma impotente con lágrimas en el rostro.

R.Q., de 54 años, es otro de los beneficiarios de Libros por rejas. No tiene sentencia aún y se encuentra con detención preventiva desde hace tres años en la cárcel de San Pedro, un espacio mucho más hostil ubicado en el centro de la ciudad de La Paz. La cárcel acoge a 2.566 reos, pese a que cuenta con una capacidad para 400. Tras las paredes de esta fortaleza, autorregulada por los internos y delegados —líderes elegidos por los propios presos—, se esconde una pequeña biblioteca, un espacio cerrado con candado que solo se abre ocasionalmente para sacar algún libro o para impartir alguna clase. Esto debido al riesgo de robo de material o daños que se puedan causar.

Desde que se unió al proyecto, R.Q. ha leído Si me permiten hablar, biografía de Domitila Barrios de Chungara, destacada activista por los derechos de los mineros en Bolivia, así como otros títulos relacionados a la historia del país. “En cada lectura hacíamos nuestro resumen y hemos expuesto para cada uno de los 20 o 30 participantes. Hubo debate y análisis sobre diferentes aspectos que les ha gustado a los compañeros. Con este programa se prioriza el desarrollo de los privados de libertad y cómo podemos gestionar una reinserción a la sociedad con base en la educación”, afirma el reo desde la biblioteca del penal de San Pedro, rodeado de estantes donde se pueden divisar títulos como El conde de Montecristo o best-sellers modernos como Crepúsculo.

R.Q. dice que no es fácil mantener el hábito de lectura en San Pedro, ya que los espacios son limitados debido a la superpoblación dentro del penal, con un hacinamiento del 542%, según datos del ministerio de Justicia. Asimismo, como en la mayoría de centros penitenciarios en Bolivia, los presos deben desempeñar trabajos dentro de las instalaciones, ya sea para mantenerse dentro o para ayudar económicamente a sus familias en el exterior.

Desde la Defensoría del Pueblo saben que no es sencillo coordinar tareas con el Estado o con la administración de régimen penitenciario; y que hay aspectos logísticos, burocráticos y de comprensión acerca de la importancia de los procesos de educación para la reinserción que necesitan atención, pero que es un proceso en el que se intenta “mejorar constantemente”. “Hemos logrado que el ministerio de Educación y la dirección nacional de Régimen Penitenciario adopte a Libros por rejas como un programa parte del pilar de educación y que servidores públicos lo acepten sin hacer juicio del mismo”, precisa Cruz.

La defensora del pueblo considera que toda la problemática penitenciaria tiene como causa estructural la mala administración de justicia que existe en Bolivia. Cruz es de las que cree en darle una nueva mirada al sistema haciendo énfasis en el fortalecimiento de la justicia indígena originaria campesina, de la civil, laboral, entre otras, para que vayan tomando un rol más protagónico al momento de resolver los problemas de la población.

“Hay una estigmatización desde el propio Estado y de nuestra sociedad, particularmente en Bolivia, sobre las personas privadas de libertad. Entonces es necesario desde el Estado, desde la sociedad civil, pensar en las mujeres y hombres privados de libertad como seres humanos que requieren nuevas oportunidades, que son personas que necesitan continuar con sus proyectos de vida y ahí tenemos una labor todas y todos y es seguir aportando y apoyando para que eso suceda”, finaliza Cruz.

<El texto del artículo le pertenece a Andrés Rodríguez, reproducido en el diario El País de España>

Los olvidos de Nora Ephron

Sagaz e inteligente, vivió momentos históricos del periodismo en los Estados Unidos. Aunque su capacidad le permitió desarrollarse además como guionista, ensayista y directora cinematográfica, alcanzando numerosos reconocimientos por sus trabajos

Tuvo la enorme fortuna, acompañada de una innegable capacidad profesional, de formar parte de un medio donde una pléyade de periodistas se enfrentaron con los aparatos de varios gobiernos estadounidenses de la época; redactores que tuvieron que superar indecibles presiones para poder dar a luz sus artículos de opinión. De hecho, su segundo marido, Carl Bernstein, fue de los responsables que, con sus investigaciones para el Washington Post, llevaron a destapar el caso Watergate; en el que se demostró la implicación de importantes personajes del partido Republicano de los Estados Unidos en el espionaje perpetrado en el edificio del cuartel general de su oponente, el partido Demócrata. Hechos que, con posterioridad, llevaron a costarle la renuncia a la presidencia del republicano Richard Nixon.

Con estos valiosos antecedentes, la autora (Nueva York, 1941 – 2012, Nueva York) siguió edificando su camino escribiendo para distintas revistas de actualidad, publicaciones de la importancia de New Yorker o Esquire. Hasta que tuvo en sus manos la posibilidad de la realizar el guion de la película Cuando Harry encontró a Sally, comedia con la que para su sorpresa cosechó un enorme éxito a nivel planetario, y que situó su nombre en la escena de los grandes estudios de la industria del cine.

A este espaldarazo le siguieron otros, títulos como Silkwood, o Insomne en Seattle (Algo para recordar). Luego, ya en su papel de directora, lo hizo con filmes como Embrujada o Tienes un e-mail, que le valieron sendas nominaciones a varios premios Oscar. A estos trabajos se le sumaron también escritos ya en su vertiente de ensayista y otros en su calidad de dramaturga.

Aguda, sarcástica e inteligente, quizás sus mejores textos son aquellos que van revestidos de pasos de comedia, historias que apenas logran disimular las tribulaciones de la clase media estadounidense. Con una crítica existencialista e incluso, como es el caso, con un humor irónico y por momentos mordaz hasta el borde de la parodia. Características que en parte se pueden observar en este pasaje de su relato La palabra que empieza por D, incluido en la selección de su libro No me acuerdo de nada, texto que se mece entre la autobiografía y el ensayo, que representó a la postre uno de sus últimos trabajos literarios antes de su desaparición física:

“Mi segundo divorcio fue el peor tipo de divorcio. Teníamos dos hijos; uno recién nacido. Mi marido se enamoró de otra. Me enteré de su aventura cuando aún estaba embarazada. Había ido a pasar el día en Nueva York y me había reunido con Jay Presson Allen, una escritora y productora. Cuando estaba a punto de irme al aeropuerto de La Guardia para volver a Washington en el puente aéreo, Jay me dio un guion que casualmente tenía por ahí, de un guionista llamado Frederic Raphael. <Lee esto -me dijo-. Te va a gustar>.

   Lo abrí en el avión. Empezaba con una pareja casada, en una cena. No recuerdo sus nombres, pero vamos a llamarlos Clive y Lavinia, para ambientar la historia. La cena era muy elegante, y todo el mundo era inteligente, ingenioso y tenía conversaciones brillantes. Clive y Lavinia eran especialmente listos y charlaban entre sí con mucho encanto, como coqueteando. Todos los invitados los admiraban, por separado y como pareja. Por fin se sentaban a cenar y la cháchara continuaba. En mitad de la cena, un hombre que estaba sentado al lado de Lavinia le pone una mano en la pierna. Ella le apaga el cigarrillo en la mano. La conversación sigue siendo deslumbrante. Terminada la cena, Clive y Lavinia vuelven a casa en su coche. La conversación se ha interrumpido y hacen el viaje en silencio total. No tienen nada que decirse. Hasta que Lavinia suelta: <Vale. Dime quién es>.

   Esto estaba en la página ocho.

   Cerré el guion. No podía respirar. En ese momento supe que mi marido tenía una aventura. Hice el resto del viaje anonadada. El avión aterrizó, llegué a casa y fui directa a su despacho. Había un cajón cerrado con llave. Claro. Lo sabía. Encontré la llave. Abrí el cajón y allí estaba la prueba: un libro de cuentos infantiles que ella le había regalado con una dedicatoria de amor eterno estúpida a más no poder. Hablé de todo esto en Se acabó el pastel, una novela muy divertida, aunque en su día la cosa no tuvo ninguna gracia. Me volví loca de pena. Estaba destrozada. Me aterraba pensar qué iba a ser de mis hijos y de mí. Me sentí engañada, idiota y absolutamente humillada. Me pregunté si terminaría convertida en una de esas divorciadas que no tiene más remedio que mudarse con sus hijos a Connecticut y de la que nadie vuelve a saber nada.

   Me fui de casa, con mucho dramatismo, y volví después de muchas promesas. Mi marido entró en el ciclo habitual en estos casos: mentiras, mentiras y más mentiras. Yo entré en estado de vigilancia: abría con vapor los sobres de los extractos de la American Express, les hacía jurar a mis amigos que guardaran el secreto y descubría que esos amigos a quienes hacía jurar que guardaran el secreto no eran capaces de guardar un secreto, etcétera. Había un misterioso recibo de James Robinson Antiques. Llamé a James Robinson, me hice pasar por la secretaria de mi marido y dije que necesitaba saber con exactitud a qué pieza correspondía el recibo, para poder asegurarla. Resultó que el recibo era de una caja de porcelana antigua que decía <Te quiero de verdad>. Probablemente se parecía a la caja de porcelana antigua que mi marido me había regalado un par de años antes y que decía: <Por siempre jamás>. Cuento todo esto para que se comprenda que forma parte del proceso: cuando descubres que él te ha engañado, tienes que seguir descubriendo pruebas y más pruebas, hasta que te has rebajado tanto que lo único que puedes hacer es largarte.

   Cuando terminó mi segundo matrimonio yo estaba enfadada, dolida y atónita.

   Ahora Pienso: Por supuesto.

   Pienso: ¿Quién puede ser fiel cuando es joven?

   Pienso: Son cosas que pasan.

   Pienso: La gente se descuida y casi nunca hay consecuencias (solo para los niños, como ya he dicho).

   Y sobreviví. Mi religión es: Supéralo. Lo transformé en una historia divertida. Escribí una novela. Con el dinero que gané con la novela me compré una casa.

   Dicen que con el tiempo el dolor se olvida. Es el cliché del parto: el dolor se olvida. No comparto esa opinión. Me acuerdo del dolor. Lo que se olvida en realidad es el amor.

   El divorcio parece que va a durar eternamente y un buen día, de pronto, los hijos se hacen mayores, se van de casa y hacen su vida, y salvo algún destello ocasional, no vuelves a tener contacto con tu exmarido. El divorcio ha durado mucho más que el matrimonio, pero por fin ha terminado.

   Se acabó.

   A lo que iba es a que, durante mucho tiempo, el hecho era haberme divorciado, era lo más importante sobre mí.

   Y ya no lo es.

   Ahora lo más importante sobre mí es que soy vieja…”

“Cuando el ciego oyó doblar el papel, preguntó:

-Nada urgente, supongo.

Hice un gran esfuerzo y respondí:

-No, nada urgente.

Me sentí una especie de monstruo, viendo sonreír al ciego, que me miraba con los ojos bien abiertos…”

Crédito de imagen: Onyotomo

Texto: de la novela El Túnel de Ernesto Sábato

 

Sí a los libros ‘molestos’: la lectura debe ser crítica desde la infancia

Mucho se está hablando en los ámbitos editoriales y fuera de ellos respecto de la denominada “cultura de la cancelación”. En esencia, actualizar los textos de grandes escritores que en su momento lograron el éxito con sus publicaciones, “corrigiendo” vocablos que hoy pudieran resultar ofensivos para cierto público, y “adaptarlos” -según sus impulsores- a una nueva, necesaria y más actualizada realidad literaria

En los últimos tiempos parece que está extendiéndose la idea de que la ficción debe ser placentera y agradable; y que los valores éticos y morales de los textos deben ir en consonancia con las convicciones actuales.

No obstante, la literatura tiene que molestar para hacer pensar al lector. Tiene que resultar incómoda, tanto en su forma como en su fondo, para que quien esté ante ella se vea, en ocasiones, obligado a parar, levantar los ojos del libro y reflexionar acerca de lo que está leyendo.

Las obras que reafirman los valores de la comunidad son, ciertamente, importantes, pero no son menos relevantes aquellas que importunan al ciudadano y lo enfrentan contra otros sistemas de creencias, que sin duda le harán dudar y cuestionarse sus propios principios.

Un debate en el mundo angloparlante

Aunque posteriormente, y debido al enorme revuelo mediático provocado, dieron marcha atrás, la decisión de la Roald Dahl Story Company –cuyos derechos eran adquiridos por la plataforma de streaming Netflix en septiembre de 2021– y Puffin Books de reescribir algunos fragmentos de libros tan icónicos del escritor británico Roald Dahl como Matilda o Charlie y la fábrica de chocolate fue uno de los ejemplos más recientes de esta corriente que considera que los libros infantiles han de ser ejemplares o, como mínimo, correctos en los valores que transmiten.

Los responsables de la decisión explicaron que las obras de Dahl, escritas en su mayoría entre los años cuarenta y noventa del siglo XX, no reflejan los valores que hoy se consideran adecuados, de lo que se concluye que no deben aparecer en las lecturas destinadas al público infantil y juvenil.

De este modo, por ejemplo, la protagonista superdotada Matilda ya no aparecía leyendo a Kipling o a Conrad, sino a Jane Austen, y los icónicos Oompa Loompas serían descritos no como “hombres pequeños” sino como “personas pequeñas”.

Censura y bondad

Para confundir más aún la cuestión, algunos de los críticos con la decisión de Puffin Books no lo han hecho con el acierto esperado. Por ejemplo, Salman Rushdie, que afirmaba: “Roald Dahl no era un ángel, pero esto es una censura absurda”. Con esta afirmación, a pesar de querer romper una lanza a favor de Dahl, ahonda en la misma impostura de querer vincular bondad con ficción literaria. Aludir a la propia biografía del escritor supone que autores polémicos en lo personal no pudieran haber escrito obras que hoy consideramos sublimes y pertenecen a nuestro canon literario.

CORRECIÓN POLÍTICA

La editorial de Agatha Christie reescribe sus obras para adaptarlas a las nueva «sensibilidades»

Más allá de considerar la oportunidad de esta decisión, que en el panorama editorial español, según ha afirmado la editorial Santillana, no se va a replicar, lo interesante es la reflexión que podemos hacer desde la Filología y la Teoría de la Literatura sobre si la ficción ha de ser ejemplar, si deben leerse solo novelas acordes a los valores que hoy se consideran válidos y apropiados. Además de qué novelas leer, la reflexión nos obliga a considerar, sobre todo, cómo debe leerse una ficción.

¿Qué novelas merecen ser leídas?

Leer algo que defiende valores distintos a los nuestros nos obliga a articular una justificación que nos explique a nosotros mismos por qué nuestros valores son mejores. En nuestro país, autoras como Marta Sanz y Belén Gopegui, entre otros escritores, llevan trabajando en esta idea durante largo tiempo, tanto desde la literatura considerada para adultos como desde la literatura infantil.

Al defender la legitimidad e importancia de los textos incómodos, surge una cuestión fundamental: cómo leer dichos textos ficcionales. En este sentido, parece claro que ya desde la infancia y la adolescencia debe primar una lectura crítica de todos los libros, un proceso que permita que el lector reflexione, tanto desde su propia singularidad, como a través de la guía de sus padres y profesores.

Interpretar y ubicar

La lectura no es un acto independiente de la interpretación: no es otra cosa lo que conocemos como hermenéutica. Al confrontarnos con textos de otros momentos, que reflejan otros valores, la solución no es obviarlos, ni censurarlos, sino ser capaces de ubicarlos y entenderlos dentro de su contexto.

Solo este proceso de comprensión e interpretación adecuadas de los textos literarios permite extraer una lección fundamental, que debe aprender el lector cuanto antes si quiere desarrollarse plenamente dentro de su comunidad. Esta enseñanza consiste entender que los valores que hoy respetamos y consideramos válidos no lo han sido siempre y, por tanto, nada impide que en el futuro puedan sucumbir ante opciones políticas autoritarias.

La lectura de textos en los que se perciben diferentes sistemas de valores, e incluso con creencias que hoy no consideramos aptas, nos permite entender cómo los derechos y libertades que hoy disfrutamos no siempre han sido reconocidos como tales y cómo, por ello, es de enorme importancia formar ciudadanos críticos que reaccionen ante potenciales riesgos que pueda sufrir nuestra democracia.

(El texto pertenece a Claudio Moyano Arellano, profesor de teoría de la literatura, publicado en su oportunidad en el diario El Periódico de Barcelona, España)

(Ksenia Chernaya)

«Existe una fascinación por el libro en papel, y las librerías son las guardianas de este símbolo de resistencia mundial contra las pantallas» (Iolanda Batallé, librera)

Los viajes y las reflexiones de Cornelis (Cees) Nooteboom

Con una obra literaria diversa, el neerlandés muestra su plenitud en los textos donde combina las descripciones de lugares y personajes con los que se cruzan en sus periplos, a los que sabiamente acompaña con las introspecciones que le producen

Tal vez su inclinación por los viajes haya nacido en su adolescencia a través de sus constantes movimientos de residencia; ya que el neerlandés nacido en La Haya (1933), también residió y estudió en ciudades como Eindoven y Utrecht de su país natal. Aunque muy pronto los dejó atrás para lanzarse a su primer periplo hacia una Europa, que había dejado atrás los años de segundo gran conflicto bélico y que afrontaba esperanzada los aires de reconstrucción.

Fruto de ese primer gran tour vio la luz su primera novela: Philip y los otros; a la que con posterioridad le seguirían otras como Rituales, de buena repercusión, y títulos como Una canción del ser y la apariencia, En las montañas de Holanda, El día de todas las almas o Perdido el paraíso, por las que supo ganarse el respeto de crítica y público. Pero su andadura en las letras abarca también el ensayo, la poesía y, como podía esperarse, sus libros de viaje. Género en el que quizás se le perciba en su mayor plenitud, con trabajos inspirados en ciudades y países como Berlín, Túnez, Isfahán, Bahía, Bolivia o Surinam.

Aunque más allá del estilo, subyace en su obra de forma directa o sesgada un pensamiento profundamente existencialista, que se muestra en reflexiones que preocupan al europeo cosmopolita, de espíritu abierto y crítico. Mirada que, junto a la calidad de sus textos, le permitió alzarse con premios como el Ana Frank, el Premio de las Letras Neerlandesas, y el Premio Formentor de las Letras, entre otros.

Residente desde hace décadas durante gran parte del año en la isla de Menorca, donde posee una propiedad y que, como bien reafirma, le permite abastecerse de la energía propia surgida de las gentes del Mediterráneo y por el contrario, dejar atrás la inclemente meteorología de su tierra de nacimiento. Donde, admite, le permite predisponerle de la mejor manera para acometer sus trabajos literarios.

El pasaje siguiente pertenece a su selección de relatos cortos Lluvia Roja, y del este la historia que le da nombre, donde se funden el libro de viajes y la ficción, fórmula que el autor utiliza de manera asidua. Donde combina el pintoresquismo de los personajes que encuentra a su paso, a los que adhiere sus propias reflexiones sobre el ser humano, cercanas también a sus convicciones y sentimientos.    

“Uno de los aspectos más curiosos de hacerse mayor es que casi todo evoca un recuerdo. A lo largo de la vida uno construye un inmenso marco de referencias en el que todo guarda relación con todo. No es una frase afortunada eso de que todo guarda relación con todo, pero es así. Mientras escribo esto, en España es verano, y, a pesar del elevado grado de humedad que hay en mi isla, el viento procedente del mar calienta la tierra sin clemencia. Hace semanas que no llueve. Jaume, el cartero, y yo observamos las nubes grises. ¿Lloverá o no lloverá?

   Jaume no sabe si lloverá, pero si así fuera, dice él, habrá barro, y yo sé qué significa eso: arena roja del Sáhara que las gotas de lluvia transportan hasta la isla. Mañana los muros encalados de mi casa mediterránea habrán sangrado un poco. Lluvia roja. Todo guarda relación con todo, sí, pues recuerdo ahora mi primer viaje a Marruecos por el borde del Sáhara. ¿Y por qué veo ahora, de pronto, a una mujer que lleva años muerta? ¿Y por qué veo casi al mismo tiempo una cajetilla roja de Pall Mall cuando hace ya años que no fumo? Con esa mujer hice hace mucho tiempo un largo viaje por los oasis tunecinos, Nefta, Tozeur. Aún siento los surcos de la pista y me pregunto si en lugar de pistas hay ahora, casi medio siglo después, carreteras de verdad. Es probable que sí, y no sé si me gusta la idea. Era emocionante circular por aquellos caminos polvorientos que eran como tablas de lavar hechas de arena. Por la noche acababa uno molido. Ella y yo nos encontrábamos no sé dónde en un cuartito de piedra escuchando el llanto y los agudos ladridos de los perros que envolvían el oasis como un gran círculo. Muchos años después, en otra vida, la mujer se cayó de una roca en una isla griega. Yo acudí a su funeral en Ámsterdam y me acordé de su risa, su voz profunda, su estupenda manera de emborracharse y del inolvidable brillo de sus ojos. El libro que escribí sobre aquellos viajes tunecinos se lo dediqué a ella, y sin embargo cuando salí del cementerio me sentí como si la hubiera traicionado, una sensación que jamás he olvidado. Los vivos abandonan a los muertos dejándolos solos en su noche perpetua.

¿Y la cajetilla de Pall Mall? Aquello debió ser en Tinerhir o en Uarzazate, una noche en la kasba, hace ya casi también cincuenta años. Oscuridad, una tenue luz amarilla, calles sin pavimentar, un callejón angosto, un laberinto, me he perdido pero no siento pánico. Un grupo de hombres en chilaba. Uno de ellos lleva una flauta de madera. Me piden tabaco y yo tengo la cajetilla de Pall Mall. Me proponen un trueque, los cigarrillos a cambio de alguna que otra calada de pipa que se van pasando entre ellos. Kif, una palabra que hoy ya no oigo mucho.

   Subimos por una escalera estrecha, entramos en una pequeña habitación, apenas hay luz. Uno de los hombres toca la flauta, una melodía que envuelve y atrapa. La pipa se parece a la flauta, de madera tosca sin barnizar. Los hombres comprueban si lo hago bien. Le doy una fuerte calada a la pipa y el efecto es inmediato, no transcurre ni un segundo. Debía de ser un material excelente, pues yo estaba en el suelo sentado entre los cuatro hombres, ellos me izaron y me colocaron boca abajo, de modo que acabé sentado en el techo cabeza abajo y desde ahí contemplé el mundo. Ahora, al describir la escena, se me antoja un delirio, pero sucedió así de verdad. Recuerdo que la poca conciencia que me quedaba me dictó salir de aquella habitación cuanto antes. Me pregunto ahora si hice bien en seguir los dictados de mi conciencia. Tal vez, de haberme quedado, habría vivido algo excepcional. No recuerdo haber sentido miedo. Sí recuerdo mi decisión pero no su desenlace, pues ¿cómo se baja uno del techo sin caerse al suelo? ¿Acaso regresé a casa volando? ¿Y cuál era mi casa? La memoria me deja en la estacada. ¿Cómo será la memoria absoluta? Trato a veces de imaginarla. Una memoria que te devuelva todo cuanto has hecho (visto, oído, leído), todos los instantes de plenitud y de vacío. El problema es que esa memoria requería una vida más, tan larga como la vida ya vivida, y eso es imposible. ¿Adónde van a parar entonces todos los instantes vividos? Si yo no los recuerdo, ¿existen en la memoria de otras personas? ¿Se acuerda de mí alguna vez aquella muchacha de Casablanca, si es que todavía vive? ¿Y cómo me imagina ella? De eso hace ya también una eternidad. La chica, de una belleza espectacular, trabajaba en el Syndicat d’Iniciatives de Casablanca. Eso lo recuerdo bien, y sin embargo no logro recordar su aspecto. ¿Qué valor tiene entonces semejante recuerdo? Ojalá pudiera volverla a ver una vez más tanto como la vi entonces, pero la memoria tampoco quiere ayudarme a recuperar esa imagen. Lo que sí recuerdo es que no me atreví a abordarla y que por eso salí afuera despreciándome a mí mismo profundamente, furioso por no atreverme a dirigirle la palabra. Me encaminé a la esquina, pensé en la enésima noche solitaria que me esperaba, me di vuelta de inmediato y le pregunté a la chica si aceptaría cenar conmigo. Su respuesta fue enigmática. Sí estaba dispuesta acompañarme, pero no comería conmigo…”    

«En efecto, nuevos disfraces hicieron su aparición. Señoras vestidas de hombre, absurdas a causa de sus opulentas formas, rostros ennegrecidos con tapones quemados; hombres disfrazados de mujer, tropezando con las faldas, como el estudiante Rasmussen con un enorme abanico de papel. Apareció un mendigo, con las rodillas dobladas, apoyado en la muleta. Uno se había vestido de Pierrot con unas sábanas y un sombrero de mujer; llevaba la cara empolvada, de manera que los ojos habían adquirido un aspecto extraño, y los labios pintados con un rojo de sangre»

Óleo: Autorretrato con máscaras de James Ensor

Texto: de La montaña mágica de Thomas Mann