De George Orwell a Boris Pasternak: los libros que fueron prohibidos por ser demasiado “peligrosos” para ser leídos

En 1982, se lanzó la Semana de los Libros Prohibidos, un evento anual que “celebra la libertad para leer”; fue en respuesta a la resistencia de escuelas, bibliotecas y librerías a ciertas publicaciones

La leyenda de los libros sibilinos, unos textos mitológicos y proféticos de la antigua Roma, nos contó que, en una ciudad, una mujer ofreció vender al pueblo 12 libros que contenían todo el conocimiento y sabiduría del mundo, a un precio muy alto. Rehusaron hacerlo, al considerar la propuesta ridícula, así que ella quemó la mitad de los libros en el acto y volvió a ofrecer los seis restantes por el doble. Los ciudadanos se burlaron de ella, aunque un poco nerviosos.

La mujer quemó tres más, puso el resto a la venta, pero dobló el precio otra vez. Nuevamente la rechazaron con renuencia, ya que eran épocas difíciles y la vida parecía estar volviéndose más dura. Finalmente, quedó un solo libro, que los ciudadanos pagaron al precio extraordinario que exigía la mujer y los dejó a que solos manejaran como pudieran una doceava parte de todo el conocimiento y sabiduría del mundo.

Los libros están cargados de conocimiento. Son los polinizadores de nuestras mentes, difundiendo ideas que se reproducen por sí mismas a través del tiempo y el espacio. Solemos olvidarnos de cómo los rasgos en una página o en una pantalla hacen posible la comunicación entre cerebros apartados en los extremos de la Tierra o en cada margen del siglo.

Los libros son, como dijo Stephen King, “una magia portátil única”, y el aspecto portátil es tan importante como la magia. Un libro puede llevarse, mantenerse oculto, como tu propio almacén de conocimiento. El diario personal de mi hijo tiene un candado, inútil, pero simbólicamente importante.

El poder de las palabras contenidas en un libro es tan enorme que fue una costumbre de larga data borrar algunas, como las maldiciones en las novelas del siglo XIX o las palabras demasiado peligrosas para escribir, como el nombre de Dios en algunos textos religiosos.

El poder de los libros

Los libros son conocimiento y el conocimiento es poder, lo que los convierte en una amenaza para las autoridades (gobiernos y líderes de facto por igual) que quieren tener un monopolio sobre el conocimiento y controlar el pensamiento de sus ciudadanos. Y la manera más eficiente de ejercer ese poder sobre los libros es proscribirlos.

La prohibición de libros tiene una larga e innoble historia, aunque no está muerta: es una industria vigente. En septiembre pasado, se cumplió el 40 aniversario de la Semana de los Libros Prohibidos, un evento anual (promovido por la Asociación de Bibliotecas de Estados Unidos y Amnistía Internacional) que “celebra la libertad para leer”. Se lanzó en 1982, en respuesta al aumento de la oposición a ciertos libros en escuelas, bibliotecas y librerías.

De alguna manera, debo admirar la energía y vigilancia de aquellos que quieren prohibir libros hoy en día: solía ser más fácil entonces. Hace siglos, cuando la mayoría de la población no podía leer y no había fácil acceso a los libros, su conocimiento podía restringirse en la fuente.

Por ejemplo, la Iglesia Católica durante mucho tiempo disuadió al pueblo de poseer su propia copia de la Biblia, y aprobó únicamente su traducción al latín para que muy poca gente del común la pudiera leer. Aparentemente, eso fue para evitar que los laicos malinterpretaran la palabra de Dios, pero también garantizó que no pudieran cuestionar la autoridad de los líderes eclesiásticos.

Aun cuando las tasas de alfabetización aumentaron, como cuando Reino Unido introdujo leyes educativas a finales del siglo XIX, los libros eran caros, particularmente aquellas obras de literatura elevada cuyas palabras e ideas eran las más duraderas (y potencialmente más peligrosas). No fue sino hasta los 1930, con las editoriales Albatross Books y Penguin Books, que el nuevo público masivo pudo satisfacer su apetito por libros de calidad a precios módicos.

Pero, simultáneamente, la prohibición de libros estaba a punto de cobrar nueva vida, al igual que potenciales censores intentaban desesperadamente estar al día con la proliferación de nuevos ejemplares que estimulaban nuevas y alborotadas ideas en los lectores. Lo que sorprende de la expansión de la prohibición de libros en el siglo XX es lo generalizada que era la gana de mantener esa mentira de “protección”.

“Corrompiendo mentes”

En la actualidad, el gobierno de China emite edictos contra los libros escolares que “no están en línea con los valores socialistas básicos [del país]; que tengan valores, visiones del mundo y de la vida desviadas”. Un lenguaje clásicamente flexible que puede ser aplicado a cualquier libro con el que las autoridades no están de acuerdo por cualquier razón. “Aunque “los estudiantes realmente ni los miran”, observó una profesora en 2020 cuando eliminaba de los estantes de la biblioteca escolar las novelas Rebelión en la granja y 1984, de George Orwell.

En Rusia, la estrategia de prohibición de libros fue una aventura notablemente pública, dado el número de grandes autores que ese país exportó (a propósito o no) al resto del mundo. Durante la era soviética, el gobierno intentó ejercer el máximo control sobre los hábitos de lectura de sus ciudadanos, como sobre el resto de sus vidas.

En 1958, Boris Pasternak recibió el Premio Nobel de Literatura por su novela El doctor Zhivago, que fue publicada en Italia el año anterior, pero no en su país. El galardón enfureció tanto a las autoridades soviéticas (los medios oficiales catalogaron la obra de “artísticamente escuálida y maliciosa”) que fue forzado a rechazar el premio.

El gobierno odió el libro tanto por lo que no contenía (dejó de elogiar la Revolución rusa) como lo que sí: contenía alusiones religiosas y celebraba el valor del individuo. La CIA, al percibir el “gran valor propagandístico” de El Doctor Zhivago, organizó para que se imprimiera en Rusia.

La prohibición de libros en la Unión Soviética llevó al desarrollo de la escritura samizdat (o de publicación propia), a la cual le debemos la continua existencia de, por ejemplo, la poesía de Osip Mandelstam. El escritor disiente Vladimir Bukovsky resumió samizdat de esta manera: Lo escribo yo, lo edito yo, lo censuro yo, lo publico yo, lo distribuyo yo, y por eso pago condena de cárcel yo.

Pero aquellos en Occidente se jactan en vano si creen que eso no ocurre allá. Cuando se prohíben libros, o se intenta vetarlos, el argumento es el mismo allá que en otras partes: o sea, para proteger a las personas comunes y corrientes, que supuestamente no tienen inteligencia suficiente para juzgar por sí mismas, de estar expuestas a ideas corrompedoras.

En Reino Unido, la prohibición de libros muchas veces fue una herramienta contra lo que se percibe como obscenidad sexual. Típicamente, es un intento de usar la fuerza bruta de la ley para detener el cambio social: una táctica que siempre fracasa, pero que, sin embargo, es irresistible para las autoridades cortoplacistas.

Las reputaciones de muchos autores sufrieron por los roces con las leyes de obscenidad británicas. James Joyce fue perceptivo cuando dijo, mientras escribía Ulises: “A pesar de la policía, me gustaría poner todo en mi novela”. Su obra fue prohibida en Reino Unido desde 1922 hasta 1936, aunque el funcionario legal responsable del veto solo leyó 42 de las 732 páginas del libro. El “todo” que Joyce puso en “Ulises” incluía masturbación, maldición, sexo y visitas al retrete.

DH Lawrence fue un caso especial. Su obra, que frecuentemente contiene actos sexuales que estimaba con reverencia espiritual, fue objeto de una campaña de la Fiscalía británica durante años: quemaron su libro El arcoíris, interceptaron su correo para incautar sus poemas Pensamientos, y allanaron una exposición de su arte.

La vendetta continuó más allá de la tumba, cuando Penguin publicó El amante de Lady Chatterley en 1960 y que dio lugar a un proceso legal. El juicio fue famoso: el editor reclutó a decenas de escritores y académicos para atestiguar sobre las cualidades literarias del libro (aunque la escritora inglesa de libros infantiles Enid Blyton rehusó participar), y el juez ejemplificó la desconfianza del Estado en los lectores corrientes cuando previno al jurado contra depender de expertos literarios: “¿Es así como las chicas que trabajan en las fábricas van a leer este libro?”.

El punto final de este caso, en el que el jurado falló unánimemente a favor de Penguin, es una deliciosa ironía. Hace tres años, y seis décadas después de intentar prohibir el libro, el gobierno británico evitó que la copia del juez de El amante de Lady Chatterley se vendiera a un extranjero, para que “se pueda encontrar un comprador y mantener en Reino Unido esta importante parte de la historia de nuestra nación”.

Manteniendo las ideas vivas

Mientras tanto, en Estados Unidos es un tipo de tributo al duradero poder de los libros que su prohibición sea tan popular en un mundo donde cada nueva ola de tecnología, desde la TV hasta los videojuegos y redes sociales, atrae a los temores de contenido “inapropiado”. Las escuelas son un hervidero particular para los intentos de censura, en parte, porque guiar la maleable mente infantil parece ser una manera eficiente de eliminar los peligros percibidos; pero también porque (contrario a las librerías) las juntas escolares tienen cierto grado de influencia de la comunidad.

En 1982, el año en que se lanzó la Semana de los Libros Prohibidos, un caso de intento de censura escolar (del Distrito Escolar Island Trees, en Nueva York) llegó hasta la Corte Suprema. Acá, la junta escolar arguyó que era su “deber moral proteger a los niños en nuestras escuelas de este peligro moral tan decididamente como de los peligros físicos y médicos”.

El peligro al que se referían eran libros considerados “antiamericanos, anticristianos, antisemitas y simplemente asquerosos”. La acusación de antisemitismo fue dirigida contra la gran novela del judío Bernard Malamud El reparador). El tribunal concluyó, sin embargo, en línea con la Primera Enmienda, que “las juntas escolares locales no pueden retirar libros de las bibliotecas escolares simplemente porque no les gusta las ideas contenidas en ellos”.

Eso no los frenó. El principal tema candente en los intentos de censura y prohibición de libros en las escuelas y bibliotecas de Estados Unidos es el sexo. “El país parece estar muy obsesionado con el sexo”, dijo James LaRue en 2017, entonces director de la Oficina de Libertad Intelectual de la Asociación de Bibliotecas de ese país.

Tradicionalmente, el sexo significaba obscenidad, lo que llevó al juez estadounidense Potter Stewart a intentar famosamente definir con exactitud la pornografía explícita” en un juicio en 1964: “Lo sabré cuando lo vea”. Pero hoy en día, “sexo” en el veto a libros probablemente tiene más que ver con sexualidad e identidad de género: los tres libros más objetados en 2021 en Estados Unidos fueron debido a su contenido LGBTIQ+.

Esto pone en tela de juicio que la prohibición de libros se hace para proteger a los jóvenes, en lugar de como un intento de purga ideológica, y demuestra una falta de imaginación por parte de los censores, que consideran que la descripción (de por ejemplo personas transgénero) causa el fenómeno en lugar de a la inversa.

Esto está conectado a la creencia de que las cosas que nos disgustan pueden ignorarse sin riesgo siempre y cuando no las veamos en la página: un frecuente integrante de los 10 primeros en la lista de Libros Prohibidos es el clásico moderno de Toni Morrison Ojos azules, por su descripción de abuso sexual de menores.

Por otra parte, la censura en Estados Unidos tiene una larga trayectoria. Una de sus primeras víctimas famosas fue la novela antiesclavista de 1852 de Harriet Beecher Stowe, La cabaña de tío Tom. En 1857, un hombre negro de Ohio, Sam Green, fue “enjuiciado, condenado y sentenciado a 10 años de cárcel en la penitenciaría” por “tener en su posesión La cabaña del tío Tom. En un notable giro histórico, el libro es ahora mucho más criticado desde el lado más progresivo del espectro político, por su representación estereotípica de personajes negros.

Entre más se destaque un libro, mayor atención atraerá de los censores. El guardián en el centeno, de JD Salinger, fue frecuentemente objetado: un maestro fue despedido en 1960 y el libro fue retirado de las escuelas en Wyoming, Dakota del Norte y California en 1980. El argumento para vetar la novela de Salinger típicamente es el lenguaje profano y vulgar, aunque hoy en día la primera frase del libro (“toda esa tontería de David Copperfield”) suena inocente.

La prohibición de libros es una amplia doctrina que incluye textos que normalmente no son compatibles. Abarca de todo, desde la ficción popular (Peter Benchley, Sidney Sheldon, Jodi Picoult) hasta los clásicos establecidos (Kurt Vonnegut, Harper Lee, Kate Chopin). Tiene más objetivos que el blanco en una competencia de tiro con arco, desde el culto a lo oculto (la serie de Harry Potter) hasta el ateísmo (El curioso incidente del perro a medianoche).

Hay esperanza, por supuesto. La publicidad de la Semana de los Libros Prohibidos mantiene a estos libros y al asunto de la censura en el ojo público. Y está lo que se conoce como el Efecto Streisand: el intento de prohibir libros crea mayor interés público en ellos.

En Estados Unidos, algunos almacenes de la cadena Barnes and Nobles tienen mesas de libros prohibidos y su sitio internet tiene una categoría separada para ellos. En Reino Unido, una feria especial del libro en la Galería Saatchi (en Londres), en septiembre, expuso y vendió ediciones escasas de libros prohibidos, desde una muy rara copia autografiada de El guardián en centeno (U$S 264.000) hasta la obra fundamental de Copérnico, Sobre los giros de los cuerpos celestes, que enfureció a la Iglesia en 1543 al sugerir que la Tierra no era el centro del Sistema Solar (vendida en más de U$S 2 millones).

Pero es la eterna vigilancia, no solo de la Asociación de Bibliotecas de Estados Unidos, sino de todos los lectores en todas partes, el precio que hay que pagar para mantener nuestras ideas con vida. Como nos cuenta la historia de los libros sibilinos, los libros se pueden quemar, su conocimiento se puede perder y nada es eterno.

(Este artículo fue producido por la BBC Mundo, y publicado en su oportunidad por el diario La Nación de Argentina)

Cesar Vallejo, el poeta triste

Muchos le consideran el más grande poeta en lengua castellana del siglo XX; y, cuando sus lectores se acercan a sus textos en una lengua no española, afirman que su poesía es de las más importantes a nivel mundial. Y es que la trascendencia de la obra del escritor peruano (Santiago de Chuco, 1892 – 1938 París, Francia), a pesar de los años transcurridos desde su muerte, no deja de cosechar admiradores por doquier y de todas las edades.

Si bien, en su corta vida, se ha ganado su fama a través de sus poemas, ha tenido oportunidad de expresarse además en otros tantos géneros como la novela, el relato corto, el ensayo, e incluso en forma de piezas teatrales. En cuanto a sus versos, dos son los elementos que los caracterizan: en primera instancia su atemporalidad, y luego una temática de corte universal. También, como le sucede a otros grandes creadores, en su quehacer se destacan diferentes épocas, influidas unas por un realismo socialista con una fuerte carga de denuncia social; mientras que en otras se mantiene un trasfondo cuasi religioso, de referencias bíblicas.

Persona de apasionada y conflictiva vida amorosa, en muchos de sus poemas subyace una no disimulada angustia existencial; otra de sus particularidades es la forma en que expresa todos estos sentimientos, enmarcados a veces por un estilo de contención en la rima, o liberados de toda prisión expresiva en otros, e incluso, con una combinación de ambas dentro del mismo verso. También se los puede encontrar excedidos en vocales o consonantes, sin cortarse en su construcción y con la inclusión de vocablos muy propios. 

Tres son las etapas en las que se puede subdividir sus poemarios: el denominado período Modernista, donde quizás su mejor expresión sea Los Heraldos Negros; después el Vanguardista, con Trilce como el más claro componente; y un último que se podría definir como Revolucionario, con sus España, aparta de mi ese cáliz o sus Poemas Humanos como sus mejores exponentes.

Hombre que provenía de la pequeña burguesía del interior del país americano, la carencia de recursos económicos fue una constante en su existencia. Y, una vez tomada la determinación de abandonar su tierra en búsqueda de nuevos horizontes, lo hizo para no regresar jamás. Primero fue su estadía en España y luego mayoritariamente en Francia, donde pudo subsistir gracias a distintos trabajos periodísticos. Con una significativa característica para sus obras de ficción, ya que la publicación de la mayoría de ellas fueron póstumas. Y su reconocimiento, traducido en una constante reedición de su obra, también.

Aquí algunos de sus versos más celebrados:

Los heraldos negros

   Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé!

Golpes como el odio a Dios; como si ante ellos,

la resaca de todo lo sufrido

se empozara en el alma… Yo no sé!

   Son pocos; pero son… Abren zanjas oscuras

en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.

Serán talvez los potros de bárbaros atilas;

o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

   Son las caídas hondas de los Cristos del alma,

de alguna fe adorables que el Destino blasfema.

Esos golpes sangrientos son las crepitaciones

de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.

   Y el hombre… pobre… pobre! Vuelve los ojos, como

cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;

vuelve los ojos locos, y todo lo vivido

se empoza, como charco de culpa, en la mirada.

   Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé!

Trilce

   Hay un lugar que yo me sé

en este mundo nada menos,

adonde nunca llegaremos.

   Donde, aun si nuestro pie

llegase a dar por un instante

será, en verdad, como no estarse.

   Es ese sitio que se ve

a cada rato en esta vida,

andando, andando de uno en fila.

   Más acá de mí mismo y de

mi par de yemas, lo he entrevisto

siempre lejos de los destinos.

   Ya podéis iros a pie

o a puro sentimiento en pelo,

que a él no arriban ni los sellos.

   El horizonte color té

se muere por colonizarle

para su gran Cualquieraparte.

   Mas el lugar que yo me sé,

En este mundo, nada menos,

Hombreado va con los reversos.

   -Cerrad aquella puerta que

está entreabierta en las entrañas

de ese espejo. -¿Esta? -No; su hermana.

   -No se puede cerrar. No se

puede llegar nunca a aquel sitio

do van en rama los pestillos.

   Tal es el lugar que yo me sé.

Piedra negra sobre una piedra blanca (Poemas Humanos)

   Me moriré en París con aguacero,

un día del cual tengo ya el recuerdo.

Me moriré en París -y no me corro-

talvez un jueves, como es hoy de otoño.

   Jueves será, porque hoy, jueves, que proso

Estos versos, los húmeros me he puesto

a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto,

con todo mi camino, a verme solo.

   César Vallejo ha muerto, le pegaban

todos sin que él les haga nada;

le daban duro con un palo y duro

   también con una soga; los testigos

los días jueves y los huesos húmeros,

la soledad, la lluvia, los caminos…  

«Escribirle la hacía feliz. Lo imaginaba en las trincheras, embarrado, con miedo y abriendo su carta contenida, o tímida, como si al no tener la mirada las palabras se escondieran. Las cartas eran una conversación ininterrumpida por la estupidez de una guerra»

Imagen: Mary Pickford en su escritorio

Texto de la novela La frontera lleva su nombre de Elena Moreno Scheredre

Cada vez menos niños leen por diversión. Se están perdiendo algo más que grandes historias

El sudoeste de los Estados Unidos es una región encantadora, rica en historia y también en cruce de culturas; en particular la latina y la anglo-sajona, cuya convivencia les ha llevado a enriquecerse a ambas. Aunque a veces la pertenencia o no a una clase social y la influencia que puedan ejercer los progenitores, condicione a los jóvenes desde temprana edad al hábito de la lectura, hecho que les influirá de sobremanera para el resto de sus vidas. Este artículo da una visión de este y otros hechos.

(Foto: Anastasia Shuraeva)

Fue Harry Potter, o, en realidad, su amiga Hermione Granger, quien hizo que mi nieta de 6 años se entusiasmara por aprender a leer.

Ya estaba razonablemente interesada en la lectura antes de eso, aunque el aprendizaje a distancia durante la mayor parte de su año de jardín de infancia, significa que ella y todos los demás alumnos de primer grado en su pequeña escuela “charter”, en la costa central de California, no están en los niveles de alfabetización para su edad previos a la pandemia. Luego, cuando mi hija empezó a leerle los libros de J.K. Rowling, mi nieta descubrió a la niña bruja y ahora está obsesionada con los libros.

Hermione frecuenta la biblioteca de Hogwarts y, solo por el placer de hacerlo, absorbe la información de sus libros. La mayoría de las veces, esa información le salva el día a ella y a sus amigos. Mi nieta quiere ser una heroína cerebrito como Hermione. Sabe que eso significa descifrar los códigos de la lectura.

Probablemente estaba destinada a convertirse en una amante de la lectura. Sus padres tienen ambos doctorados en literatura inglesa. Mi hija, quizá obtuvo de mí gran parte de su amor por la lectura. Yo lo heredé de mi padre, quien abandonó la escuela preparatoria para mantener a sus padres y hermanos durante la Gran Depresión, sin embargo, hizo viajes semanales a la biblioteca durante toda su vida para pedir prestados un montón de libros que devoraba. Dejando a un lado los antecedentes familiares, casi cualquier estudiante puede amar la lectura y comenzar su propia tradición familiar.

Como madre que tuvo tres hijos en escuelas públicas, siempre me molestó que la escuela primaria tuviera un “club de lectura” voluntario en el que los alumnos recibían premios según la cantidad de lectura que por placer hicieran cada semana. El mensaje parece erróneo: tenemos que sobornarlos para que lean por diversión.

Todo esto viene a colación ahora que una encuesta realizada por la Evaluación Nacional del Progreso Educativo (NAEP, por sus siglas en inglés), la organización que elabora periódicamente el boletín de calificaciones de la nación basado en los exámenes de los estudiantes, que ha descubierto que el número de niños de 9 y 13 años que leen regularmente por placer ha descendido.

Los niños de primaria son más propensos a leer que sus homólogos de más edad, según la encuesta. Pero aun así, el número de niños de 9 años que dicen leer por placer casi todos los días se redujo de poco más de la mitad en 1984, al 42% durante el año escolar 2019-20. La tendencia entre los alumnos de secundaria es peor. La proporción que lee con frecuencia por diversión se redujo a más de la mitad, hasta el 17%, mientras que el porcentaje que rara vez o nunca lo hace se triplicó con creces.

(Los estudiantes de preparatoria no fueron encuestados porque la pandemia llegó antes de que NAEP llegara a encuestarlos, pero sus hábitos de lectura seguían el mismo patrón que los de secundaria en años anteriores).

Esto es preocupante por muchas razones. Los niños que leen por placer todos los días son los que obtienen mejores resultados en las evaluaciones de lectura, según la Asociación Estadounidense de Bibliotecas. El vínculo es especialmente fuerte cuando los niños hablan con otros sobre los libros que están leyendo.

Un estudio británico descubrió que la lectura por placer tenía beneficios mucho más amplios, que se traducían en una mejora del vocabulario, la ortografía y las habilidades matemáticas. Y la lectura por placer era más importante para esos éxitos que los antecedentes socioeconómicos de los alumnos. Según el grupo de defensa de la lectura sin fines de lucro Kids Read Now, los lectores también adquieren mayor empatía, capacidad de decisión y habilidades sociales.

Uno de los factores que contribuyen a esta desalentadora tendencia parece obvio: las redes sociales y otras actividades digitales consumen mucho tiempo, según la Asociación Estadounidense de Psicología.

Pero algunos bibliotecarios y estudiantes señalan también otras razones: a medida que los alumnos avanzan en la escuela, aumenta la lectura obligatoria de libros de texto y la literatura asignada en clase. Puede que lean más, pero a menudo lo disfrutan menos. A esto hay que añadir el tiempo que exige un menú de actividades estructuradas cada vez más ocupado (al menos antes de la pandemia), como trabajos, deportes u otras actividades extraescolares. La carga de tareas también es más pesada en la escuela preparatoria que en los grados inferiores, superando con frecuencia el máximo recomendado de dos horas al día. Es fácil entender por qué leer una revista u otro libro no parece una buena forma de relajarse.

Entonces, si los niños están leyendo publicaciones en las redes sociales, ¿no es una forma moderna de leer por placer? Y si se dedican a los libros de texto, ¿no les está dando eso una exposición más que suficiente a la palabra escrita?

Obviamente, las investigaciones sobre los beneficios de la afición a la lectura demuestran lo contrario. Como amante de los libros y escritora, mi respuesta emocional es que los que no leen se pierden experiencias más importantes que las que pueden ofrecerles las redes sociales. El mundo de la palabra escrita, ya sea en una novela encuadernada o en la versión digital de un periódico, es un lugar rico y maravilloso que hace que casi todo sea posible. Ampliamos nuestros horizontes cada vez que nos adentramos en mundos profundamente personales o imaginativos que pueden cambiar nuestra visión de la vida, enseñarnos a cultivar nuestras propias verduras o, como Hermione, ofrecernos los secretos para salvar el mundo. Aprender cómo esos misteriosos garabatos negros en la página se traducen en palabras y frases es solo la primera parte de la lectura. La segunda parte, más importante, es aprender a amar lo que encontramos entre las portadas.

La dependencia de las redes sociales como medio de lectura en lugar de recursos más autorizados, está contribuyendo a alimentar las creencias entre algunas personas sobre los tópicos anticientíficos, como que las vacunas causan autismo o que no hay evidencia de que las mascarillas ayuden a prevenir la propagación de COVID-19.

Leer por placer no es lo mismo que la lectura asignada porque los niños deben poder relajarse con el material de lectura de su elección, según Kids Read Now. Cuando era niño, mi hijo solía terminar su lectura para el colegio y luego suspiraba de placer diciendo: “Ahora puedo leer”.

Los padres desempeñan un papel fundamental, pero muchos no se dan cuenta de lo importante que es exponer a sus hijos a libros, revistas y similares. Una financiación sólida de las bibliotecas, dedicada específicamente a la divulgación, secciones de libros infantiles y actividades divertidas y gratuitas para las familias sería de gran ayuda. En lugar de informar a los padres sobre las rúbricas de calificación que se utilizan, la lectura por placer debería ser uno de los temas principales que se transmiten a los padres, en todos los niveles de enseñanza.

Dar a los alumnos de más edad mayores opciones en cuanto a lo que leen en clase ayudaría a fomentar también la lectura por placer, sin dejar de exigir que esos libros tengan cierto rigor. La clase podría elegir en grupo o los alumnos podrían escoger de un menú de opciones en lugar de que se les asigne un solo libro. Cuando les elegimos los libros a los niños, les privamos de la experiencia de darse cuenta de que hay un mundo más grande de libros que pueden explorar. Los profesores deberían tener en cuenta que los estudiantes negros son menos propensos a leer por placer; no debería sorprendernos que muchos de los libros asignados por la escuela, que hacen hincapié en los papeles de los blancos, no sean precisamente una atracción literaria para ellos.

Esto no es bajar el nivel académico escolar. Es la constatación de que la afición a la lectura durante toda la vida proporciona un placer satisfactorio para el alma y un beneficio extrínseco. Una de las mejores formas de aprendizaje que los padres y los maestros pueden impartir a los niños es el placer de sumergirse en el material de lectura, ya sea un poema sobre la naturaleza, un misterio de asesinato o un artículo sobre autos veloces.

(Karin Klein es la autora de este texto, publicado en el diario San Diego Union-Tribune del sur de California)

«Las discusiones han dejado de ser un intercambio de ideas; no hay ningún afán de comprender al otro. Vivimos tras una cortina de hierro que hemos fabricado nosotros mismos a base de reglas y silencios; y la única forma de crear el mundo que queremos es empezar por el mundo tal como es» ( Chimamanda Ngozi Adichie )

John Connolly, la «música» de Charlie Parker en Maine

A causa del nombre elegido por el autor irlandés (Dublin, 1968) para el protagonista de la mayoría de sus novelas, y el lugar geográfico donde las sitúa, no quedan dudas acerca de su predilección por el jazz y sus figuras y, en segundo lugar, por los paisajes de la región de Nueva Inglaterra, en los Estados Unidos.

Aunque mucho antes de que Connolly y el detective Parker lograran trascender, el escritor, como si quisiera acumular suficiente experiencias de vida, ya había registrado sus pasos por unos cuantos trabajos menores. Hasta que con esfuerzo logró graduarse en el reconocido Trinity College de la capital de la isla; hecho que le sirvió entre otras cosas, para conseguir un empleo de periodista a tiempo parcial en el The Irish Times y con ello cierta estabilidad económica, más allá de brindarle la oportunidad de poder foguear su escritura con la cotidianidad de su nueva tarea.

Hasta el momento de dar a luz su primera novela, en este caso un policial: Todo lo que muere, donde ya hacía su estreno el personaje del expolicía, devenido ahora en investigador privado. Desde el vamos la aceptación de los lectores fue inmediata y a juzgar por los resultados posteriores, con los más de los veinte títulos que hasta el presente conforman la saga, de reconocimiento absoluto.

Aun así, el autor siempre se declaró fascinado por las historias de terror, género en el que ha incursionado con otros tantos títulos y con un reiterado acierto. Incluso uno de sus textos, La otra hija, fue llevado a la pantalla grande con el protagónico central del actor estadounidense Kevin Costner.

Más allá de sus obras, el dubliner admite hoy que es un ciudadano que tiene su corazón entre dos países, cuando divide su tiempo por partes iguales entre su verde terruño de origen y el frondoso nordeste norteamericano, región que conoce en profundidad y que convierte en un protagonista más de sus historias. Admite además que es el lugar donde suele escribir durante gran parte del año, hecho que le hace sentirse como un oriundo más de esas tierras.

El truculento pasaje a continuación, pertenece a la ficción Perfil asesino, de la saga del detective Charlie Parker, donde el irlandés pareciera querer conjuntar los géneros de su predilección, el negro y el puro relato de terror:

   “Y le encontró -dije.

   -No señor Parker, me encontró él a mí. -Se frotó con frecuencia e intensidad crecientes, cada vez más deprisa-. Averigüé que residía en algún lugar de Maine, así que viajé hasta allí para buscar cualquier rastro de él. Me alojé en un hotel de Bangor. ¿Conoce la ciudad? Es un vertedero. Dormía, y de repente me despertó un ruido en la habitación. Fui por la pistola, pero no estaba donde la había dejado, y de pronto recibí un golpe en la cabeza, y cuando recobré el conocimiento, me encontraba en el maletero de un coche. Tenía las manos y los pies atados con alambre, y la boca tapada con esparadrapo. No sé cuánto duró el viaje, pero a mí me parecieron horas. Al final el coche paró, y después de un rato se abrió el maletero. Tenía los ojos vendados, pero veía un poco por debajo de la venda. Allí estaba el señor Pudd, con la ropa de viejo mal conjuntada. Señor Parker, vi en sus ojos una luz que no había visto nunca. Vi…

   Se interrumpió y apoyo la cabeza en las manos. A continuación, se las pasó por la calva, como si desde un principio pretendiese sólo atusarse cualquier pelo despeinado que le quedase allí.

   -Casi perdí el control de la vejiga, señor Parker. No me avergüenza decírselo. No soy un hombre que se asuste con facilidad y me he enfrentado a la muerte muchas veces, pero la mirada de aquel hombre y el contacto de sus manos, de sus uñas, me superaron.

   <Me sacó del coche… Es fuerte, muy fuerte…, y me llevó a rastras por la tierra. Estábamos en un bosque oscuro y más allá de los árboles se veía una silueta, como una torre. Oí que se abría una puerta, y tiró de mí hasta el interior de un cobertizo con dos habitaciones. La primera contenía una mesa y sillas, nada más, y había manchas de sangre en el suelo, secas e incrustadas en la madera. En la mesa había una caja, con agujeros en la tapa, y se hizo con ella al pasar por su lado. La otra habitación, con una bañera vieja y un váter roto e inmundo, estaba embaldosada. Me metió en la bañera y volvió a golpearme en la cabeza. Y mientras yacía allí aturdido, me cortó la ropa con un cuchillo para dejar al descubierto la parte delantera de mi cuerpo, desde el cuello hasta los tobillos. Se olió los dedos señor Parker, y después me habló: “Apesta a miedo, señor Sheinberg”. Eso fue todo lo que dijo.

   Las paredes de la tienda se alejaron a nuestro alrededor y desaparecieron. El ruido del tráfico se desvaneció y la luz del sol que penetraba por la ventana pareció apagarse. En ese momento todo se reducía a la voz de Mickey Shine, el olor húmedo y viciado del viejo cobertizo, y el suave sonido de la respiración del señor Pudd al sentarse en el borde de la taza del váter, colocarse la caja sobre las rodillas y quitar la tapa.

   -En la caja había frascos, unos pequeños, otros grandes. Sostuvo uno ante mí, fino y con orificios en el tapón, y dentro vi una araña. Odio las arañas, siempre las he odiado, incluso de niño. Era una araña pequeña de color marrón, pero a mí, tendido en la bañera, oliendo mi sudor y mi miedo, se me antojó un monstruo de ocho patas.

  <El señor Pudd no dijo nada. Simplemente agitó el frasco, desenroscó el tapón y dejó caer la araña en mi pecho. Quedó prendida del vello e intenté sacudírmela, pero parecía adherida y, se lo juro, sentí su picada. Oí un tintineo de cristales y otra araña pequeña cayó junto a la primera, y después otra más. Me oí gemir, pero mi voz parecía salir de otra persona, como si yo no emitiese ningún sonido. No podía pensar nada más que en las arañas.

  <De pronto el señor Pudd chasqueó los dedos y me obligó a mirarle. Elegía frascos de la caja y los sostenía en alto frente a mí para que viese el contenido. En uno había una tarántula encogida en el fondo. En un segundo, una viuda negra, agazapada bajo una hoja. Un tercero tenía un pequeño escorpión rojo con la cola contraída.

   <Se inclinó y me susurró al oído: ‘¿Cuál, señor Sheinberg? ¿Cuál?` Pero no las soltó. Volvió a guardarlas en la caja y sacó un sobre del bolsillo interior de su chaqueta. En el sobre había fotografías: mi exmujer, mi hijo, mis hijas y mi nieta. Eran fotos en blanco y negro, tomadas mientras iban por la calle. Me las enseñó una por una y las metió otra vez en el sobre. ‘Usted va a ser una advertencia, señor Sheinberg`, dijo, ‘una advertencia para cualquier otro que piense que puede ganarse un dinero fácil viniendo a cazarme. Quizás sobrevida usted a esta noche, o quizás no. Si vive y vuelve a su floristería y se olvida de mí, dejaré en paz a su familia. Pero si intenta buscarme otra vez, esta niñita… Se llama Sylvia, ¿verdad?… Bien, pues la pequeña Sylvia no tardará en estar tendida donde está usted ahora, y lo que va a pasarle a usted le pasará a ella. Y le aseguro, señor Sheinberg, que no sobrevivirá`. Entonces se levantó y, de pie junto a mis piernas, tiró del tapón de la bañera y susurró: ‘Prepárese para hacer nuevas amistades, señor Sheinberg`.

   >Al bajar la vista vi salir cientos de arañas por el desagüe…”  

Lo que ocurre en nuestro cerebro al leer una novela

Meterse, como acostumbramos en verano, en una obra de ficción causa placer, empatía… y la experiencia neuronal de ‘hacer’ lo que estamos leyendo

La realidad del descanso de verano, y el hecho de que hemos sido inundados por literatura fáctica, lo invitan a uno a querer zambullirse en la ficción de novelas y “descubrir mediterráneos”, como decía Unamuno. Entre mis chapuzones recientes, están los de haber leído los seis relatos macabros de P. D. James No duermas más, salpicados con “el dulce aroma de sangre” de la tinta de su autora, y los Testimonios, de Victoria Ocampo —el de Cocteau en Nueva York captura la magia de la transposición de la primera persona, de manera que yo mismo “sentí el vértigo que invariablemente nos da el pasado cuando lo miramos desde la torre creciente de los años. Tomé el teléfono y llamé al St. Regis donde se alojaba Cocteau. Nos citamos para tomar el té, allí, esa misma tarde. Llegué. Subí a su departamento. ¡Qué fuera de lugar me pareció aquel francés, precioso objeto de lujo de la Rue de la Paix, en ese ambiente! Nos miramos. Nos abrazamos (¿pensaríamos en lo mismo?) como después de un naufragio”—.

¿Por qué leemos novelas? ¿Cómo entender el apego que nos causan?

Constantemente estamos aprendiendo a leer, la comprensión y el goce por la lectura son un proceso de aprendizaje de por vida. En su artículo ‘Libros que me han influido’, publicado en The British Weekly en 1887, Robert Louis Stevenson, autor de La isla del tesoro, dice que los libros más decisivos y de influencia más duradera son las novelas, porque “no imponen al lector un dogma que más tarde resulte ser inexacto, ni le enseñan lección alguna que luego se deba desaprender. Repiten, reestructuran, esclarecen las lecciones de la vida; nos desvinculan de nosotros mismos obligándonos a familiarizarnos con nuestro prójimo; y muestran la trama de la experiencia, no como aparece ante nuestros ojos, sino singularmente transformada, toda vez que nuestro ego monstruoso y voraz ha sido momentáneamente suprimido”.

Además de ser fuente de placer, la ficción permite al lector simular y aprender de la experiencia ficticia. Según Keith Oatley, profesor de Psicología de la Universidad de Toronto, y especialista en la psicología de la ficción, uno de los usos de la simulación es que, para adiestrarse en cómo pilotar un avión, resulta útil pasar un tiempo en un simulador de vuelo. No obstante, la práctica en un avión real es esencial, la mayor parte del tiempo en el aire no ocurre gran cosa. Desde el entorno seguro de un simulador, es posible enfrentar una amplia gama de experiencias y ensayar cómo responder ante situaciones críticas —y las habilidades aprendidas se transfieren al pilotar un avión—. De la misma manera, al involucrarnos en las simulaciones de la ficción, lo aprendido se transfiere a nuestras interacciones cotidianas.

Su investigación confirma lo dicho por Stevenson: al compartir indirectamente las sutilezas y tribulaciones de la historia, y al hacer inferencias sobre el desarrollo de la trama, el lector expande su empatía. Es decir, alineamos nuestras emociones y pensamientos con los de los personajes. Con imágenes de FMRI (siglas en inglés de resonancia magnética funcional) se ha comprobado que cuando uno lee frases que describen una acción, como, “subiendo las escaleras”, la lectura conduce a la simulación del contenido motor y emocional en el cerebro, y se acompaña de cambios en las regiones cerebrales que provocan la acción, como si el lector estuviese efectuándola.

Nuestro inconsciente es un lector infatigable que continuamente está aprendiendo—quien lee, interpreta desde su inconsciente—. Lo que está en juego es que, a lo escrito, le damos otra lectura diferente de la que la obra originalmente significaba. Entendida así, es una forma de interpretar —es una lectura de las diferencias que habitan el lenguaje—. En su ensayo Los romances familiares, Freud especula que cada uno es a la vez autor y héroe de una “novela familiar”, de la que se podría decir que somos el único lector. Esta obra privada, en la que nos contamos historias que derivan de fantasías inconscientes, constituye una condición necesaria para la vida en sociedad.

¿Cómo debería leerse un libro? ¿Cuál es la forma correcta de hacerlo? Son tantos y tan variados. “Para leer bien un libro, hay que leerlo como si uno lo estuviera escribiendo. Empieza por no sentarte en el estrado con los jueces, permanece de pie en el banquillo, con el acusado. Sé su compañero de trabajo, conviértete en su cómplice”, recomienda Virginia Woolf en una conferencia impartida en 1926 ante las alumnas de un colegio en Kent. “Uno puede pensar lo que quiera acerca de la lectura, pero nadie va a imponer leyes al respecto. Aquí, en esta habitación, entre libros, más que en ningún otro sitio, respiramos un aire de libertad. Aquí, simples y doctos, el hombre y la mujer son iguales. Porque, no obstante, la lectura parece cosa simple —una mera cuestión de conocer el alfabeto—, de hecho, es tan compleja, que es dudoso que alguien sepa lo que realmente es”.

(El texto del artículo pertenece a David Dorenbaum, psiquiatra y psicoanalista. Fue publicado en el diario El País de España)

Voy a contarte mi secreto -dijo Martí, que ansiaba confiar sus cuitas amorosas a un oyente atento-. Te conozco y sé que eres buena y leal. Cuando pujé por ti, lo hice para tener ocasión de conocer a cierta persona que desde aquel día ha presidido mis sueños. No sé si te has dado cuenta, pero muchas noches, cuando endulzabas mis veladas con tus bellos romances, mi pensamiento estaba muy lejos, al punto que de vez en cuando me decías: ‘¿Queréis que continúe, amo?`

Óleo: Retrato de Madeleine de Marie-Guillemine Benoist

Texto: de la novela Te daré la tierra de Chufo Lloréns

Hasta las últimas instancias, Stefan Zweig

Los totalitarismos de cualquier índole no suelen soportar a aquellas voces discordantes, y sus dirigentes, rodeados de mediocridad, solo admiten a los aduladores que les glorifican. Esto mismo lo debe haber comprobado en su momento el escritor austríaco (Viena, Austria 1881 – 1942 Petrópolis, Brasil) en propia persona, cuando en el año 1938 el nazismo prohibió la reproducción de todos sus textos.

Procedente de una familia judía y de alta posición social, desde temprana edad desplegó sus capacidades en distintas disciplinas: se doctoró en filosofía en la universidad vienesa y se desempeñó además como traductor, crítico literario, biógrafo e historiador, llegando a publicar su primera novela hacia el año 1904. Aunque su carrera, como la de otros tantos jóvenes, se vio truncada ante el estallido de la Primera Guerra Mundial, en la que tuvo que incorporarse a las filas del ejército del entonces imperio Austrohúngaro, conflicto que no hizo más que alimentar sus ideas antibelicistas, esas mismas convicciones que le llevaron luego a enfrentarse con las crecientes doctrinas nacionalistas en la década de los años treinta del siglo pasado.

Una vez acabada la gran contienda se dedicó a viajar por distintos continentes, visitando la Unión Soviética, India, diversos países de América del sur y los Estados Unidos. Viajes que le sirvieron para trabar amistad con escritores, científicos o músicos, personalidades como Máximo Gorki, Albert Einstein o Arturo Toscanini. Para ese entonces, la prohibición de sus publicaciones se iba extendiendo también a los países que sistemáticamente eran sojuzgados e incorporados al Reich alemán. Aunque más allá de estas contingencias, nada impidió que Zweig fuera uno de los autores más populares y prolíficos en los años veinte y treinta; con novelas y relatos tales como El mundo de ayer, Novela de ajedrez, Amok, Ardiente secreto o Carta a una desconocida, los que fueron traducidos a varios idiomas.

Ante el desarrollo de los acontecimientos con un nuevo giro racista del gobierno germánico, sumada a la anexión de Austria y ante la inminencia de una nueva conflagración global, decidió dejar su país para establecerse en Londres primero, donde pronto le alcanzarían las consecuencias de la guerra, para luego cruzar el océano e instalarse con su joven esposa en la ciudad brasileña de Petrópolis, cercana a Río de Janeiro.

Pero no pudo encontrar esa anhelada paz interior que buscaba, más aún con el curso que iban tomando las hostilidades, ante el victorioso avance de los ejércitos fascistas que le hicieron temer lo peor para el futuro del planeta. Situación por la cual el 22 de febrero del año 1942, él y su mujer tomaron la drástica determinación de quitarse la vida; no sin antes dejar tres cartas explicando el porqué de su decisión, cuando en una de ellas con desazón especificaba: “El mundo de mi lengua ha desaparecido y mi patria espiritual, Europa, se ha destruido a sí misma”.

Desde hace unos años sus obras vuelven a tener la trascendencia de otrora y a publicarse con renovado vigor, tal el caso de Amok y este pasaje, para apreciar sólo una pequeña dimensión de su mundo literario:

   “…Una tos seca y ligera muy cerca de mí me despertó bruscamente. Salí sobresaltado de mi casi embriagado ensueño. Mis ojos, deslumbrados por el blanco resplandor sobre los párpados hasta entonces cerrados, se esforzaban por ver: justo delante de mí, en la sombra de la borda, brillaba algo así como el reflejo de unas gafas, y en aquel momento ardió una chispa gruesa y redonda, el rescoldo de una pipa. Al tumbarme, simplemente había echado una ojeada a la espumosa proa, debajo de mí, y a la Cruz del Sur, encima de mi cabeza, pero era obvio que no me había dado cuenta de la presencia de aquel vecino, que debió de haber permanecido allí sentado e inmóvil durante todo el rato. Espontáneamente, con los sentidos aún amodorrados, dije en alemán:

   —Perdone.

   —No hay de qué —respondió la voz desde la oscuridad, también en alemán.

   Es imposible explicar lo extraño y horripilante que resultaba estar sentado en silencio y a oscuras junto a alguien al que no veía. Me daba la irreflexiva impresión de que aquel hombre tenía los ojos fijos en mí, tal como yo tenía los míos en él. Pero tan fuerte era la luz que nos inundaba desde arriba con su blanco centelleo, que ninguno de los dos podía ver del otro más que la silueta en la sombra. Tan sólo creí percibir su respiración y sus silbantes caladas a la pipa.

   El silencio era insoportable. De buena gana me hubiera ido de allí, pero tal cosa habría parecido demasiado brusca, demasiado repentina. Perplejo, saqué un cigarrillo. La cerilla chasqueó, durante un segundo palpitó luz sobre el estrecho espacio. Detrás de los cristales de unas gafas vi un rostro desconocido que no había visto antes a bordo, ni en las comidas ni en los pasillos, y fuera que la repentina llama le hiriera los ojos, fuera que se tratara de una alucinación, lo cierto es que me pareció un rostro terriblemente desfigurado y siniestro que recordaba a un duende. Pero antes de que pudiera distinguir sus rasgos, la oscuridad engulló de nuevo las líneas de aquella cara fugazmente iluminada. Sólo vi la silueta de una figura oscura, acurrucada en la sombra, y de vez en cuando el rojo anillo de fuego de la pipa en el vacío.

   Ninguno de los dos hablaba y aquel silencio era sofocante y agobiante como el aire de los trópicos.

   Finalmente no pude contenerme más. Me levanté y dije cortésmente:

   —Buenas noches.

   —Buenas noches —respondió desde las tinieblas una voz ronca y enmohecida.

   Avanzaba a duras penas tropezando con el cordaje y evitando los postes, cuando oí unos pasos detrás de mí, rápidos e inseguros. Era el vecino de antes. Involuntariamente me detuve. Él se acercó y a través de la oscuridad percibí en su modo de caminar cierto temor y abatimiento.

   —Perdone que le pida un favor —se apresuró a decir entonces—. Ten… tengo —balbuceó, y en su estado de azoramiento no pudo continuar—… motivos privados…, completamente privados para retirarme aquí… Una defunción… Evito la compañía de a bordo… No lo digo por usted…, no…, no… Sólo quería pedirle…, le estaría muy agradecido si no dijera a nadie de a bordo que me ha visto… Se trata de…, por decirlo así, de motivos privados que me impiden hablar con la gente… Sí…, ahora me resultaría muy embarazoso que mencionara que alguien aquí…, de noche…, que yo…

   De nuevo se le atascaron las palabras. Rápidamente puse fin a sus temores asegurándole que cumpliría su deseo. Nos dimos la mano. Después regresé a mi camarote y dormí con un sueño pesado, extrañamente agitado y turbado por toda suerte de visiones.

   Mantuve mi promesa y no conté a nadie de a bordo el extraño encuentro, aunque la tentación era grande, pues en el curso de un viaje por mar el hecho más insignificante, una vela en el horizonte, un delfín que salta, un flirteo recién descubierto, una broma pasajera, se convierten en todo un acontecimiento. Con todo, me consumía la curiosidad de saber algo más de aquel insólito viajero: examiné con atención la lista de pasajeros buscando un nombre que pudiera ser el suyo, observé a las personas para descubrir si podían tener alguna relación con él; una impaciencia nerviosa se adueñó de mí durante todo el día, en realidad estaba esperando la noche para ver si volvía a encontrarlo. Los misterios psicológicos ejercen sobre mí un poder francamente inquietante, la sangre me hierve tratando de descubrir las relaciones entre las cosas, y las personas singulares pueden, con su mera presencia, encender en mí una pasión por conocerlas que no es menor que la de las mujeres por querer poseer. El día se me hizo largo y se desmigajó vacío entre mis dedos. Me acosté temprano: sabía que me despertaría a medianoche, que el desasosiego me desvelaría.

   Y en efecto: me desperté a la misma hora que el día anterior. En la esfera fosforescente de mi reloj las manecillas se sobreponían en una raya luminosa. Salí a toda prisa de mi bochornoso camarote para entrar en una noche todavía más bochornosa.

   Las estrellas brillaban como la noche anterior y derramaban una difusa luz sobre el tembloroso barco; en lo alto centelleaba la Cruz del Sur. Todo era como el día anterior —en los trópicos los días y las noches se asemejan más entre sí que en nuestras latitudes—, sólo que yo ya no sentía en mí aquel balanceo suave, flotante y soñador de la víspera. Algo me empujaba y confundía, y yo sabía hacia dónde me atraía: hacia la negra curvatura de proa, para ver si el hombre misterioso estaba otra vez allí sentado e inmóvil. En lo alto sonó la campana del barco. Las campanadas me empujaron a seguir. Paso a paso, contra mi voluntad y, sin embargo, arrastrado, cedí al impulso. No había llegado aún a la proa cuando, de pronto, chispeó algo parecido a un ojo rojo: la pipa. Así pues, él estaba allí.

   Me estremecí sin querer y me detuve. Un poco más y me habría ido. Entonces algo se movió en la oscuridad, se levantó, dio dos pasos y, de repente, oí delante de mí su voz cortés y abatida.

   —Perdone —dijo—. Por lo visto usted desea volver a su sitio y me ha parecido que estaba a punto de huir cuando me ha visto. Por favor, siéntese sin más, yo ya me voy.

   Yo por mi parte me apresuré a decirle que se quedara, que había retrocedido sólo para no molestarle.

   —No me molesta —dijo él con cierta amargura—. Al contrario, me alegro de no estar solo por una vez. No he pronunciado una sola palabra desde hace diez días…, en realidad desde hace años…, y la verdad es que se hace difícil tener que guardárselo todo dentro de uno, quizá precisamente porque uno acaba ahogándose con ello… No puedo seguir metido en el camarote, en aquel… aquel ataúd… No puedo… Y a la gente tampoco la soporto, porque se pasa el día riendo… No puedo soportarlo ahora… Los oigo hasta en el camarote y me tapo los oídos… Claro que ellos no saben que…, en fin, no saben nada y, aunque lo supieran, qué importa a unos extraños…

   Se interrumpió de nuevo. Y después añadió repentina y apresuradamente:

   —Pero no quiero importunarle… Perdone mi locuacidad.

   Se inclinó e hizo ademán de marcharse. Pero yo me opuse enérgicamente.

   —Usted no me importuna en absoluto. Yo también me alegro de charlar un ratito tranquilamente… ¿Quiere un cigarrillo?

   Tomó uno. Se lo encendí. De nuevo su rostro se destacó vacilante sobre la oscura borda, pero ahora completamente vuelto hacia mí: tras las gafas, sus ojos escudriñaban mi rostro, ávidos y con enajenada vehemencia. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Presentía que aquel hombre quería hablar, tenía que hablar. Y sabía que yo debía callar para ayudarle…”