Leonardo Padura, pinceladas caribeñas

La literatura cubana, incluso en los países de habla hispana, no goza de una gran expansión. Las particularidades del sistema de publicaciones de la isla a las que hay que sumar la falta de materias primeras, hacen que la oferta sea más que limitada; a pesar de ello algunos nombres logran trascender hacia el extranjero. Es el caso del escritor nacido en La Habana (1955) quien, a base de una obra extensa y diversificada, ha ido ganando trascendencia con el transcurso de los años.

Egresado de la cátedra de literatura latinoamericana de la universidad de la capital insular, sus primeros textos estuvieron ligados al ámbito periodístico en órganos de la isla, como el diario Juventud Rebelde. Aunque no transcurriría mucho tiempo para que diera el paso hacia la ficción literaria con la publicación de su primera novela, Fiebre de caballos.  

A partir de ese momento su escritos se han ido ampliando con otras tantas novelas: Adiós Hemingway o El hombre que amaba a los perros; así como con la incursión en otros géneros, como el ensayo: La Cultura y la Revolución Cubana o La memoria y el olvido; el relato breve: El cazador, Nueve noches con Amada Luna; y también el guión cinematográfico, con Regreso a Ítaca o Cuatro estaciones en La Habana. Textos por los que cosechó diferentes distinciones, como el Premio Nacional de Literatura de Cuba, o el Hammett de la Asociación de Escritores de Novela Policíaca, y también por el conjunto de su producción literaria, con la distinción de la Orden de las Artes y las Letras de Ministerio de Cultura de Francia, y el premio Princesa de Asturias de las Letras.

Aunque es evidente que mucho de la consolidación de Padura procede del ámbito del género negro, más aún de la mano de su alter ego literario, el detective Mario Conde. En las historias del policía como en otras, más allá de la trama propia de cada relato, el escritor se permite deslizar críticas a la realidad cotidiana que se vive en la isla, pareceres que si bien forman parte de la ficción, fueron incluyendo también las contingencias de aquellos compatriotas que para labrarse un porvenir eligieron transitar el camino de la diáspora, con todas sus consecuencias. Sensaciones todas que son alimentadas por el propio pensamiento del autor, cuando manifiesta: “Lo jodido de irse de Cuba es que, ni aún yéndote de Cuba, te vas de Cuba”.

Para apreciar en parte su ficción literaria, de su última novela Como polvo en el viento el texto a continuación, en el que con un estilo descriptivo y una trama bien urdida, describe la relación de un grupo de amigos inmersos de pleno en sus matices caribeños:

    “…El tipo, al que ella nunca había visto en The Hunter, parecía una caricatura facturada en Hollywood para una película de la década de 1950: vestía pantalón ancho y camisa de mangas largas, todo blanco, de lino. Llevaba abiertos los botones superiores de la camisa y, sobre su pecho lampiño y rasurado, saltaba la medalla refulgente de la Virgen de la Caridad del Cobre, pendiente de la cadena también dorada. Usaba un panamá, falso con toda seguridad (comprado quizás en el pulguero de Miami, junto con la cadena y medalla demasiado brillantes), y cuando lo creía necesario utilizaba el sombrero como parte de su espectáculo particular: se descubría y lo movía del modo en que un matador pasa la capa ante el toro, o lo lanzaba al aire para capturarlo al final de un giro coreográfico –con certeza muy ensayado-. El pelo, ondeado, negro azabache, le brillaba por la mezcla del gel y el sudor que le sacaba el ejercicio, y sus pies, enfundados en mocasines marrones de suela fina, calzados sin medias, marcaban los pasos con una precisión milimétrica, sin levantarse apenas del suelo pulido, mientras dejaba a los brazos la ilusión de movimiento y entregaba a los hombros el pulso profundo y rector del ritmo marcado por el bajo.

   Con el atuendo y la soltura de sus maniobras, Adela, ida del mundo, llegó a pensar que el joven debía de ser un profesional contratado por los regentes de la discoteca para animar el ambiente del modo exacto en que llegó a lograrlo. Porque en un momento de clímax musical, cuando se imponía el ritmo de los tambores y timbales, el resto de las parejas fue deteniendo la danza hasta formar un círculo alrededor del joven y de la negra de pelo chino y un muy ajustado vestido verde brillante que era su compañera de baile. La lascivia de las ondulaciones pélvicas, el desparpajo de las miradas, los rostros sonrientes y humedecidos por el sudor de los bailadores expresaron la sensualidad desbordada de una representación de altos voltajes sexuales. Con el fin del número, llegó el aplauso de los otros bailadores y mirones, coronados con el grito intempestivo del joven:

   –I love you, Miami! –intentó decir, aunque lo que se escuchó fue algo como ai-lofyú-mayamíiii…

   Adela comenzaba la tercera copa de vino de su aburrimiento cuando sintió como a su lado retiraban una silla y vio la figura disfrazada de blanco sentarse junto a ella.

   -¿Y a ti que te pasa, niña? ¿Te botó el novio o no sabes bailar?

   Olía a colonia y sudor: a hombre, fue lo primero que percibió Adela, y miró al personaje que, sin pedir permiso, se acomodaba en la silla, bebía un trago largo de la Heineken que traía de la mano, se descubría del Panamá para colocarlo sobre la mesa, se enjugaba la frente con un pañuelo rojo y le sonreía con una dentadura saludable y perfecta.

   -NI una cosa ni la otra fue lo que se le ocurrió decir.

   -Ah, porque yo con la mayor gentileza y respeto estaba dispuesto a resolverte cualquiera de esos dos problemas. –Y sonrió más, mientras alzaba una de sus cejas, como para enfocarla mejor.

   -¿Cuándo llegaste? –preguntó Adela, admirada por el desparpajo del joven.

   -Hace dos meses… -Y bajó la voz-. ¿Se nota mucho?

   Se ve a la legua. Todavía estás cerrero.

   El muchacho volvió a sonreír. Adela decidió que era lindo aquel ejemplar de macho cubano de producción insular, cargado con todos los atributos visibles de su condición y los lastres más comunes de su pertenencia.

   -¿Meto miedo?

   -No, das… ternura. ¿O se dice provocas ternura? –indagó Adela sin poder evitar la reacción de su subconsciente ante la confesión, motivada por una de esas dudas idiomáticas que la obcecaban.

   -Estás acabando conmigo, niña… ¿Qué yo provoco ternura?… Pa’ su madre. Si sigo así, me van a deportar.

   Adela al fin sonrió. ¿Cómo era posible lograr aquel ejemplar modélico, diseñado tal vez con una estudiada manipulación genética?

   –Sorry…, perdona… Bailas muy bien –trató de arreglar las cosas.

   -¿Y tú? Ahora en serio…, ¿de verdad no sabes bailar?

   -¿Quién dijo que no sé?

   Ne, tú no sabes ná… A ver, demuéstremelo –dijo, volvió a pasarse el pañuelo rojo por el rostro y recogió el sombrero abandonado sobre la mesa. Se puso de pie (¿era más alto ahora?) y extendió la mano derecha en dirección a Adela.

   Adela lo observó otra vez. No, no era posible, pensó, porque siempre pensaba. Pensaba demasiado: su madre se lo decía desde que era niña, y nunca le aclaró si constituía una virtud o un defecto. Pero el proceso de intento de ligue resultaba tan clásico como que daba risa, y tal vez por eso evitó pensarlo más y se dejó llevar al terreno del juego. No perdía nada. Aceptó la mano del joven, se puso de pie, aunque antes de dar un paso lanzó su advertencia.

   -Si haces una sola monería te dejo solo.

   -Sin monerías –aceptó él.

   -¿El sombrero lo compraste en el pulguero?

   El sonrió. La enfocó y se tocó la nariz.

   -¿De dónde tú eres? Tú eres yuma, ¿verdad?

   -Sí, soy americana… estadounidense. De Nueva York. ¿Por qué?

   Es que ustedes los yumas se creen que todo es Miky Maus… No, chica, es ecuatoriano, auténtico, de verdad, de los buenos. Me lo trajo de allá un socio que llegó hace dos semanas. Lo estoy estrenando hoy porque desde por la mañana tenía, no sé, una cosa así…

   -Un presentimiento –se apuró ella.

   -O un anuncio de mi padre Changó. Yo sabía que algo bueno me iba a pasar.

   -¿Tú eres santero?

   -No, pero creo en todo… Por si acaso… -dijo, y le mostró el pañuelo rojo y luego la medalla de la virgen.

   Casi tirando de ella la condujo hacia la pista, sosteniéndole la mano izquierda, para luego tamarla de la cintura con la derecha y atraerla hacia sí, y de inmediato alejarla, como si dudara de algo, -Pero pérate, pérate… Mi mamá no me deja bailar con desconocidas… What is your name, baby?

   Adela sintió otro golpe de ternura. Sí, el personaje estaba cerrero, en estado puro, un diseño modélico.

   -Adela Fitzberg.

   Él le soltó la mano derecha y le tendió la suya.

   -Mucho gusto, Adela-eso-mismo… Yo soy Marcos Martínez Chaple, y en Cuba me decían Marquito el Lince, a veces Mandrake el Mago…”

«Soy yo, miedoso: ¿acaso no me escuchas romper en ti con todos mis sentidos?

Mis sentimientos, que encontraron alas, giran, blancos, en torno de tu rostro.

¿No ves mi alma qué densa está ante ti en un traje de calma?

¿No madura mi rezo de mayo en tu mirada como un árbol?

                                                    ( De ‘El libro de horas’ – Rainer Maria Rilke )

«La única droga que no te mata, el único efluvio etílico que no te hace perder los sentidos ni te hace mal al hígado, el único amor que no te fastidia, es la buena literatura»                                                                                                                                                                                 ( Gemma Pasqual )

Charles Bukowski, ¿o tal vez Henry Chinaski?    

La constante presencia en sus escritos del alcoholismo sumada a su atracción por los ambientes decadentes, hicieron que cargara en sus espaldas el mote de “poeta maldito”. Factores estos que sumados a las limitaciones en palabras de sus relatos cortos hacen que lo sitúen dentro del denominado Realismo sucio, movimiento literario que tuvo su auge en la primera mitad del siglo XX, y al que también se alinearon escritores como los estadounidenses Raymond Carver, Richard Ford o John Fante, a los que se podrían sumar tanto el chileno Marcelo Lillo, el mexicano Adolfo Vergara Trujillo o el español Karmelo Iribarren.

Nacido bajo el nombre Heinrich Karl Bukowski en Adernach, Alemania (1920), a los tres años emigró con sus padres hacia la ciudad americana de Baltimore. Allí y desde pequeño fue desarrollando una relación muy tirante con su progenitor, este hecho y su carácter díscolo propiciaron que dejara la casa familiar para deambular por buena parte del país, empleándose en trabajos temporales y durmiendo en pensiones de baja categoría, lo que acentuó su poca autoestima y su desmesurada inclinación a la bebida, elementos todos que abonaron su manifiesto nihilismo para con la sociedad que le rodeaba.   

Luego de tanto periplo decidió establecerse en la ciudad de Los Ángeles. Allí  comenzó a escribir para algunos diarios locales, mientras producía algunos compendios de poesía a los que sumaba sus libros de relatos, entre los más reconocidos: Hijo de Satanás, Se busca una mujer, Erecciones, exhibiciones e historias, Música de cañerías, Escritos de un viejo indecente. Y también sus novelas: Cartero, Mujeres, Hollywood, La senda del perdedor, Factótum, Barfly, traducida al español como El borracho, con versiones de estas dos últimas para la gran pantalla en las que el escritor ofició también de guionista para su adaptación.

Lo cierto es que la lectura de Bukowski o de su alter ego Chinaski no deja indiferente a ninguno porque de él se han vertido todos los adjetivos posibles; epítetos que, a décadas de su desaparición física, siguen propiciando la reimpresión constante de todas sus obras. En ellas se mezclan lo verídico con la invención más pura, para convertir al escritor en un contador de sucesos, a veces plenos de silencios y de preguntas que no hallan respuestas, cuando no de seres humanos que han perdido lo poco del honor que les quedaba, para reflejar una profunda desazón en sus posibilidades personales sobre la faz de la tierra.

Fiel a sus convicciones hasta el último aliento, o quizás para mofarse de todo el revuelo que había provocado su persona y sus escritos hasta su desaparición física, San Pedro, Estados Unidos (1994), pidió que grabaran una inscripción en la lápida que a modo de sugerencia ornamenta su tumba: “No lo intentes”.

De su novela Hollywood el texto a continuación:

“…Jon Pinchot seguía llevando un día de ventaja respecto al calendario de rodaje y no estaba tremendamente contento por ello. Eso mantenía a Firepower lejos de nuestros traseros. Los peces gordos no iban por allí. Tenían sus espías, por supuesto. Y yo sabía distinguirlos.

   Algunos del equipo tenían libros míos. Me pedían autógrafos. Los libros que tenían eran curiosos. Quiero decir que no eran los que yo consideraba mejores. (Mi mejor libros es siempre el último que he escrito). Algunos tenían un ejemplar de mis primeros relatos indecentes, ‘Cascándosela al diablo`. Unos pocos tenían libros de poesía, ‘Mozart en la higuera` y ‘¿Le dejarías a este hombre cuidar a tu hija de 4 años?` También ‘La letrina del bar es mi capilla`.

   El día se esfumaba, tranquila aunque apáticamente.

   Vaya con la escena de la bañera, pensé. Francine debe de estar súper limpia a estas alturas.

   Entonces Jon Pinchot entró corriendo en el salón. Parecía desencajado. Llevaba la cremallera a medio subir. Estaba despeinado. Tenía una mirada frenética y de agotamiento al mismo tiempo.

   -¡Dios mío! –exclamó-, ¡estás aquí!

   -¿Qué tal va eso?

   Se inclinó y me susurró al oído:

   -Es horrible, ¡es de locos! ¡Francine está preocupada porque le puedan asomar las tetas por encima del agua! Pregunta todo el rato: ‘¿Se me ven las tetas?`

   -¿Y qué pasa si se le ve una tetita?

   Jon se acercó más a mi oído.

   –No es tan joven como le gustaría… Y Hyans odia cómo está puesta la luz… No puede soportar la iluminación y está bebiendo como nunca.

   Hyans era el cámara. Había ganado casi todos los puñeteros premios y galardones en este negocio, uno de los mejores cámaras vivos, pero –como a casi todo el mundo- le gustaba echar un trago de vez en cuando.

   Jon siguió susurrando frenéticamente.

   -Y Jack que no consigue decir bien esa frase. Tenemos que cortar una y otra vez. Hay algo en la frase que le molesta y cuando la dice se le pone esa sonrisa estúpida en la cara.

   -¿Qué frase es?

   -La que dice: ‘Debe de masturbar al policía encargado de vigilar su libertad condicional cada vez que viene a visitarlo`.

   -Vale, que pruebe con ‘Le hará una paja al policía encargado de vigilar su libertad condicional cada vez que viene a visitarlo`.

   -Bien, ¡gracias! ¡ÉSTA VA A SER LA TOMA DECIMONOVENA!

   -Dios mío –dije.

   -Deséame suerte…

   -Suerte…

   Jon salió de la habitación y entró Sarah.

   -¿Qué problema hay?

   -La toma decimonovena. Francine tiene miedo de que se le vean las tetas, a Jack no le sale su frase y a Hyans no le gusta la iluminación…

   -Francine necesita una copa –dijo-, eso la relajará.

   -Hyans no necesita una copa.

   -Ya lo sé. Y Jack podrá decir su frase cuando Francine se relaje.

   -Puede ser.

   En ese momento Francine entró en la habitación. Parecía totalmente perdida, completamente fuera de todo. Llevaba un albornoz y una toalla en la cabeza.

   -Voy a decírselo –dijo Sarah.

   Se dirigió hacia Francine y le habló con calma. Francine escuchaba. Asintió levemente con la cabeza, luego entró en el dormitorio que estaba a su izquierda. Un momento después Sarah salía de la cocina con una taza de café. Bueno, en aquella cocina había whisky, vodka, ginebra. Sarah había hecho alguna mezcla. Se abrió la puerta, se cerró y la taza de café desapareció.

   Sarah salió.

   -Ahora estará perfectamente.

   Pasaron dos o tres minutos y al cabo la puerta del dormitorio se abrió de golpe. Salió Francine, se dirigió hacia el cuarto de baño y la cámara. En el camino su mirada se cruzó con la de Sarah.

   -¡Gracias!

   Bueno, no quedaba otra cosa que hacer más que esperar allí sentado y seguir entregado al parloteo.

   No pude sino mirar hacia el pasado. Éste era el mismísimo edificio del que me había echado por tener una noche a tres mujeres en mi habitación. En aquellos tiempos no existía eso de los ‘Derechos del Inquilino`.

   -Señor Chinaski –dijo la casera-, aquí vive gente muy religiosa, gente que trabaja, gente que tiene niños pequeños. Nunca he oído quejas así de otros inquilinos. Y yo también lo oigo a usted, esas canciones, esas palabrotas…, cosas que se rompen…, lenguaje vulgar y risotadas… ¡En toda mi vida he oído nada parecido al jaleo de anoche en su habitación!

   -Está bien, me voy…

   -Gracias».

«No existe una idea más estúpida en literatura que tener miedo a las influencias; hay lecturas que generan una huella muy intensa, pero esas obras crean más bien un eco, algo más profundo que está dentro de nosotros» ( Hervé Le Tellier )

Constantino Cavafis, luz deslumbrante del Mediterráneo

Es considerado una de las grandes personalidades literarias de la Grecia moderna. Y es que la irrupción del poeta nacido en Alejandría, Egipto (1863 – 1935), se fue consolidando de manera lenta pero paulatina como una de las voces más representativas de la poesía helénica.

Era el hijo menor de una familia de ocho vástagos oriunda de Constantinopla, la actual Estambul, que se dedicaba al comercio del algodón y de las telas, actividad por la cual se habían establecido en la ciudad egipcia. Una vez fallecido el padre del clan, la madre tomó la decisión de volver a emigrar esta vez a la ciudad inglesa de Liverpool, donde permanecerían durante siete años para luego volver a asentarse de manera definitiva en la ciudad fundada por Alejandro Magno.

Allí el joven Constantino consiguió un empleo de funcionario en el Ministerio de Obras Públicas, donde trabajaría durante treinta largos años. En ese largo tiempo Cavafis nunca dejó de componer sus versos, aunque tímido o falto de confianza con su hacer, nunca llegó a publicar sus poemas. Fue luego de largas insistencias de sus amigos que se decidió a hacer una impresión reducida de los mismos, para distribuirlos a unos pocos o a los que él consideraba con la sensibilidad necesaria para comprender su poesía.

Obsesivo con la expresión escrita, tenía la costumbre de dejar madurar sus textos mientras los iba corrigiendo una y otra vez. En su poesía, de tono decididamente intimista, surgen temas reiterados: el homo erotismo, la decadencia de los seres humanos, o el mundo helenístico; versos que en su mayoría conservan la particularidad de instalarse dentro de un orden atemporal.

Fue luego de su muerte y a través de algunos escritores británicos que su obra comenzó a trascender hacia otras latitudes, hasta llegar a alcanzar el adjetivo de ineludible, sirviendo de inspiración para otros tantos poetas que le sucedieron. A punto tal, que los textos del alejandrino son al presente objeto de público reconocimiento y de una reedición constante en diversos soportes y a través de distintos sellos literarios. He aquí una pequeña selección de los mismos: 

Las almas de los viejos

En sus antiguos cuerpos estropeados

están las almas de los viejos asentadas.

Qué lamentables son las desgraciadas,

cómo se aburren de la triste vida que les hiere.

Cómo temen perderla y cómo la quieren,

contradictorias y desconcertadas

-cómico-trágicas- las almas asentadas

en sus antiguos pellejos desgastados.      

Jura

Y jura muchas veces     seguir una vida mejor.

Mas cuando cae la noche     con sus incitaciones y

con sus condescendencias     y sus propias promesas;

mas cuando cae la noche     con su poder y el ímpetu

del cuerpo que desea tanto     va de nuevo

perdido en busca del placer fatal.

Recuerda, cuerpo…

Recuerda, cuerpo, no tan solo cuánto te han amado

no solamente las camas en las que te acostaste,

sino también tantos deseos que por ti

hacían destellar tanto los ojos,

y que temblaban en la voz –y algún

obstáculo casual los anuló.

Ahora que todo ya al pasado pertenece,

parece como si a aquellos deseos

te hubieras entregado –que destellos,

recuerda, en los ojos que te miraban;

cómo temblaban en la voz, por ti, recuerda, cuerpo.

Desde las nueve

Las doce y media ya. Qué rápido ha pasado el tiempo

desde las nueve, en que encendí la lámpara

y me senté aquí. Sentado sin leer

y sin hablar. Con quién podría hablar,

completamente solo en esta casa.

La imagen de mi cuerpo adolescente,

desde las nueve en que encendí la lámpara,

vino y me encontró aquí, y me recordó

cuartos cerrados llenos de perfumes

y el antiguo placer -¡qué atrevido placer!

Y me puso, además, ante los ojos

calles que ahora son irreconocibles,

centros llenos de vida ya cerrados,

y cafés y teatros que existieron una vez.

La imagen de mi cuerpo adolescente

vino para traerme también penas:

el duelo familiar, separaciones,

los sentimientos de los míos, sentimientos

poco estimados de los que ya han muerto.

Las doce y media. Cómo ha pasado el tiempo.

Las doce y media. Cómo han pasado los años.    

Ítaca

Cuando emprendas tu viaje a Ítaca

Pide que el camino sea largo,

lleno de aventuras, lleno de experiencias.

No temas a los lestrigones ni a los cíclopes

ni al colérico Poseidón,

seres tales jamás hallarás en tu camino,

si tu pensar es elevado, si selecta

es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.

Ni a los lestrigones ni a los cíclopes  

Ni al salvaje Poseidón encontrarás,

Si no los llevas dentro de tu alma,

Si no los yergue tu alma ante ti.         

Pide que el camino sea largo.

Que muchas sean las mañanas de verano

en que llegues -¡con qué placer y alegría!-

a puertos nunca vistos antes.

Detente en los emporios de Fenicia

y hazte con hermosas mercancías,

nácar y coral, ámbar y ébano

y toda suerte de perfumes sensuales,

cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas.

Ve a muchas ciudades egipcias

A aprender de sus sabios.

Ten siempre a Ítaca en tu mente.

Llegar allí es tu destino.

Mas no apresures nunca el viaje.

Mejor que dure muchos años

y atracar, viejo ya, en la isla,

enriquecido de cuanto ganaste en el camino

sin aguantar a que Ítaca te enriquezca.

Ítaca te brindó tan hermoso viaje.

Sin ella no habrías emprendido el camino.

Pero no tiene ya nada que darte.

Aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado.

Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,

entenderás ya que significan las Ítacas.

Karina Sainz Borgo, en su promisorio debut literario

La venezolana (Caracas, 1982) es periodista de profesión, residente en España desde el año 2006, ha cimentado su nuevo camino profesional colaborando con medios gráficos y audiovisuales de la península. Ha iniciado además carrera literaria a través de su primera novela, La hija de la española, texto que se sumerge en la situación sociopolítica que desde hace años atraviesa su país de origen.

Las huellas frescas de sus experiencias personales le han servido para nutrir su ficción, con personajes que atraviesan por la trama en su día a día de subsistencia y donde la capacidad de asombro nunca conoce límites, ya que deben estar siempre abiertos a padecer nuevas pruebas para lograr cada pequeño gran objetivo cotidiano.

La joven autora caraqueña va construyendo su historia como si de un fresco se tratara, que refiere a una realidad doliente -que si bien es literaria-, se alimenta de las inseguridades de todo tipo que se reproducen cuando los gobiernos caen en manos de personajes -vestidos con uniforme o sin él- imbuidos de un mesianismo cuasi paternal, que a ellos les gusta disfrazarlo con el mote de “revolucionario” que, a fuerza de ser honestos, es fiel reflejo de tantas tragedias que han atravesado otros países del orbe durante su historia contemporánea.

Con un estilo de escritura minimalista, es decir, compacto pero a la vez efectivo, la escritora va construyendo un relato que sobrecoge por lo directo y descarnado, en el que los acontecimientos se van sucediendo con un ritmo de narración que no da respiro alguno al lector, dando lugar a acontecimientos que en instancias y a pesar de lo duro de algunas situaciones de la trama, rozan lo esperpéntico.  

El debut le ha supuesto a Sainz Borgo pisar con muy buen pie dentro de la ficción literaria. Hecho que la ha llevado a ser reconocida con el premio francés Madame Figaro a la mejor novela extranjera, y también ser elegida en su momento por la revista Time como uno de los cien mejores libros del año 2019.

De La hija de la española el pasaje siguiente: 

“…Cuando llegamos al cementerio, ya estaba abierto el hoyo con dos fosas. Una para ella, otra para mí. Mi madre había comprado la parcela años atrás. Mirando aquel hueco de arcilla, pensé en una frase de Juan Gabriel Vásquez que leí en una de las galeradas que tuve que corregir unas semanas antes: <Uno es del lugar donde están enterrados sus muertos>. Al observar el césped rasurado alrededor de la tumba, entendí que mi único muerto me ataba a una tierra que expulsaba a los suyos con la misma fuerza que los engullía. Aquella no era una nación, era una picadora.

     Los operarios sacaron a mi madre del Ford Zephyr y la acomodaron en su tumba haciendo polea con unas correas viejas llenas de remaches. Al menos a ella no le ocurría lo de mi abuela Consuelo. Yo era muy pequeña, pero lo recuerdo aún. Fue en Ocumare. Hacía calor, uno más húmedo y salado que el de esta tarde sin mar. Yo tenía la lengua en carne viva por los cafés aguarapados y me entretenía mordisqueando las papilas abrasadas por aquel brebaje que mis tías me obligaban a beber entre un avemaría y otro. Los sepultureros del pueblo bajaban el ataúd de la abuela Consuelo con dos mecates deshilachados, parecidos a estos, pero más delgados aún. El cofre resbaló desigual y con el golpe se abrió como un pistacho. La abuela tiesa golpeó el cristal y el cortajo pasó del responso al grito. Dos jóvenes inetentaron enderezarla, cerrar la caja y seguir con el asunto, pero todo se complicó. Mis tías daban vueltas alrededor del hoyo, llevándose las manos a la cabeza y recitando a la plana mayor de la Iglesia católica. San Pedro, San Pablo, Virgen Santísima, Virgen Purísima, Reina de los Ángeles, Reina de los Patriarcas, Reina de los Profetas, Reina de los Apòstoles, Reina de los Mártires, Reina de los Confesores, Reina de las Vírgenes. Ruega por nosotros…

     Mi abuela, una mujer sin ternura a la que algún gracioso terminó por sembrarle una mata de ají picante a los pies de su tumba, murió en una cama llamando a su ocho hermanas muertas. Ocho mujeres vestidas de negro. Las vio al pie de la tela de mosquitero bajo el que se hundía impartiendo sus últimas órdenes, al menos eso me contó mi madre. Ella, en cambio, no disponía de una corte de parientes a los que mandar desde su trono, envuelta entre almohadones y escupideras. Solo me tenía a mí.

     Un sacerdote con dequeísmo recitó de memoria un misal por el alma de Adelaida Falcón, mi mamá. Los obreros dieron paladas de arcilla mezcladas con piedras y sellaron la fosa con una placa de cemento, ese entresuelo que nos separaría a ambas hasta que volviéramos a juntarnos bajo la tierra de una ciudad en la que hasta las flores depredan. Me di la vuelta. Despedí con un  gesto al sacerdote y los operarios. Uno de ellos, un moreno flaco con ojos de víbora, me sugirió que me diera prisa. En lo que iba de semana habían robado a mano armada en tres entierros. Y no querrá usted pasar ningún susto, dijo mirándome las piernas. No supe si aquello era un consejo o una amenaza.

     Subí al Ford Zephyr dándome la vuelta a cada rato. No podía dejarla allí. No podía marcharme pensando en lo poco que demoraría algún ratero en abrir la tumba de mi madre para robarle las gafas, o los zapatos o los huesos, que se cotizaban al alza en aquellos días en los que la brujería se convirtió en la religión nacional. País sin dientes que degüella gallinas. En ese instante, por primera vez en meses, lloré con el cuerpo entero, con espasmos de miedo y dolor. Lloraba por ella. Por mí. Por lo único que habíamos sido. Por aquel lugar sin ley en el que, al caer la noche, Adelaida Falcón, mi mamá, seguiría a merced de los vivos. Lloré pensando en su cuerpo, sepultado bajo una tierra que nunca nos traería paz. Cuando me senté junto al conductor no me quería morir: ya estaba muerta…”