Truman Capote, la sofisticación de Tiffany’s y la fría sangre de Kansas

La colorida Nueva Orleans le vio nacer en el año 1924, y fue también la ciudad que le vio transitar por sus calles durante muchos momentos de soledad a lo largo de su adolescencia. Allí, en el profundo sur americano, tuvo sus primeras experiencias con la autoría literaria hasta constituirse en un escritor precoz, a punto que a los 17 años de edad fue contratado como colaborador por la reconocida revista The New Yorker.

Mientras el autor iba fogueándose con diferentes artículos en el género periodístico seguía con su quehacer literario, volcándose en una producción de relatos breves. Hasta que le llegó el momento de producir la que fue su primera novela: Otras voces, otros ámbitos, texto en que la trama se sumergía en el delicado tema de la homosexualidad.

Poco tiempo después publica un nuevo conjunto de relatos y uno de ellos: Shut the final door (Cierra la puerta final) recibe el Premio O. Henry y con ello, el reconocimiento a su persona. Quizás fruto de la nueva situación o de considerarlo un tiempo ya perimido, decide desvincularse por completo de la revista editada en «la gran manzana» para lanzarse a la escritura de su ficción Desayuno en Tiffany’s que encumbra al estadounidense, más aún cuando de ella se hace una acertada versión cinematográfica con la actriz Audrey Hepburn, en la cumbre de su carrera, como protagonista.

Luego retoma en parte su experiencia periodística para lanzarse a escribir en lo que con posterioridad se daría a conocer como Nuevo periodismo, por el que en ese entonces ya transitaban otros escritores como Norman Mailer o Tom Wolfe. En él se combinan elementos verídicos con otros ficticios, para desembocar en una novela documentada denominada también de No ficción. Para componerla investiga durante cinco años, acopiando datos de un suceso criminal cuyas víctimas fueron toda una familia de Kansas. Se documenta en profundidad, visita el lugar mismo de los hechos, e incluso consigue dialogar en diversos encuentros en prisión con los individuos que habían llevado a cabo los asesinatos. Indaga también por las causas que motivaron la barbarie, y con todos los elementos da a luz la descriptiva A sangre fría, novela con la que a la postre generaría escuela, que terminaría de catapultar al autor sureño hacia el reconocimiento mundial.

Pero a pesar del éxito, implicado como estaba en los hechos y como luego el mismo admitiría, la experiencia le reporta un gran desgaste psicológico que le valdrá alejarse de la autoría durante años. Mucho tiempo después publicaría algunos relatos breves pero nada cercano a la que con posterioridad se convertiría en su gran obra maestra. Hasta el momento mismo de su temprana muerte en 1984, a los 59 años de edad.

El texto siguiente da comienzo A sangre fría:

“El pueblo de Holcomb está en las elevadas llanuras trigueras del oeste de Kansas, una zona solitaria que otros habitantes de Kansas llaman «allá». A más de cien kilómetros al este de la frontera de Colorado, el campo, con sus nítidos cielos azules y su aire puro como el del desierto, tiene una atmósfera que se parece más al Lejano Oeste que al Medio Oeste. El acento local tiene un aroma de praderas, un dejo nasal de peón, y los hombres, muchos de ellos, llevan pantalones ajustados, sombreros de ala ancha y botas de tacones altos y punta afilada. La tierra es llana y las vistas enormemente grandes; caballos, rebaños de ganado, racimos de blancos silos que se alzan con tanta gracia como templos griegos son visibles mucho antes de que el viajero llegue hasta ellos.

   Holcomb también es visible desde lejos. No es que haya mucho que ver allí… es simplemente un conjunto de edificios sin objeto, divididos en el centro por las vías del ferrocarril de Santa Fe, una aldea azarosa limitada al sur por un trozo del río Arkansas, al norte por la carretera número 50 y al este y al oeste por praderas y campos de trigo. Después de las lluvias, o cuando se derrite la nieve, las calles sin nombre, sin árboles, sin pavimento, pasan del exceso de polvo al exceso de lodo. En un extremo del pueblo se levanta una antigua estructura de estuco en cuyo techo hay un cartel luminoso -BAILE-, pero ya nadie baila y hace varios años que el cartel no se enciende. Cerca, hay otro edificio con un cartel irrelevante, dorado, colocado sobre una ventana sucia: BANCO DE HOLCOMB. El banco quebró en 1933 y sus antiguas oficinas han sido transformadas en apartamentos. Es una de las dos «casas de apartamentos» del pueblo; la segunda es una mansión decadente, conocida como «el colegio» porque buena parte de los profesores del liceo local viven allí. Pero la mayor parte de las casas de Holcomb son de una sola planta, con una galería en el frente.

Cerca de la estación del ferrocarril, una mujer delgada que lleva una chaqueta de cuero, pantalones vaqueros y botas, preside una destartalada sucursal de correos. La estación misma, pintada de amarillo desconchado, es igualmente melancólica: El Jefe, El Superjefe y El Capitán pasan por allí todos los días, pero estos famosos expresos nunca se detienen. Ningún tren de pasajeros lo hace… sólo algún tren de mercancías. Arriba, en la carretera, hay dos gasolineras, una de las cuales es, además, una poco surtida tienda de comestibles, mientras la otra funciona también como café… el Café Hartman donde la señora Hartman, la propietaria, sirve bocadillos, café, bebidas sin alcohol y cerveza de baja graduación (Holcomb, como el resto de Kansas, es «seco»).

   Y, en realidad, eso es todo. A menos que se considere, como es debido, el Colegio Holcomb, un edificio de buen aspecto que revela un detalle que la apariencia de la comunidad, por otro lado, esconde: que los padres que envían a sus hijos a esta moderna y eficaz escuela (abarca desde jardinería hasta ingreso a la universidad y una flota de autobuses transporta a los estudiantes -unos trescientos sesenta- a distancias de hasta veinticinco kilómetros) son, en general, gente próspera. Rancheros en su mayoría, proceden de orígenes muy diferentes: alemanes, irlandeses, noruegos, mexicanos, japoneses. Crían vacas y ovejas, plantan trigo, sorgo, pienso y remolacha. La labranza es siempre un trabajo arriesgado pero al oeste de Kansas los labradores se consideran «jugadores natos», ya que cuentan con lluvias muy escasas (el promedio anual es de treinta centímetros) y terribles problemas de riego. Sin embargo, los últimos siete años no han incluido sequías. Los labradores del condado de Finney, del que forma parte Holcomb, han logrado buenas ganancias; el dinero no ha surgido sólo de sus granjas sino de la explotación del abundante gas natural, y la prosperidad se refleja en el nuevo colegio, en los confortables interiores de las granjas, en los elevados silos llenos de grano.

   Hasta una mañana de mediados de noviembre de 1959, pocos americanos -en realidad pocos habitantes de Kansas- habían oído hablar de Holcomb. Como la corriente del río, como los conductores que pasaban por la carretera, como los trenes amarillos que bajaban por los raíles de Santa Fe, el drama, los acontecimientos excepcionales nunca se habían detenido allí. Los habitantes del pueblo -doscientos setenta- estaban satisfechos de que así fuera, contentos de existir de forma ordinaria… trabajar, cazar, ver la televisión, ir a los actos de la escuela, a los ensayos del coro y a las reuniones del club 4-H. Pero entonces, en las primeras horas de esa mañana de noviembre, un domingo por la mañana, algunos sonidos sorprendentes interfirieron con los ruidos nocturnos normales de Holcomb… con la activa histeria de los coyotes, el chasquido seco de las plantas arrastradas por el viento, los quejidos lejanos del silbido de las locomotoras. En ese momento, ni un alma los oyó en el pueblo dormido… cuatro disparos que, en total, terminaron con seis vidas humanas. Pero después, la gente del pueblo, hasta entonces suficientemente confiada como para no echar llave por la noche, descubrió que su imaginación los recreaba una y otra vez… esas sombrías explosiones que encendieron hogueras de desconfianza, a cuyo resplandor muchos viejos vecinos se miraron extrañamente, como si no se conocieran…”

Rosa Montero, prolífica y versátil

La escritora (Madrid, 1951) posee un extenso currículum dentro del ámbito del periodismo, profesión que le ha hecho ganar reconocimiento por su amplio desempeño en medios nacionales como extranjeros, especializándose en el género de la entrevista.

En cuanto a la más pura ficción y en concreto a la novela, su producción hasta el presente abarca un total de diecisiete títulos, entre los más reconocidos: Crónica del desamor, La loca de la casa, Historia del rey transparente, Instrucciones para salvar al mundo, y la última de ellas, La buena suerte, que fue presentada hace pocas semanas.

Su creatividad casi compulsiva alcanza también el relato: Amantes y enemigos. Cuentos de parejas, Hombres (y algunas mujeres). También ha incursionado  en el ensayo y en la literatura infantil, y son conocidas sus participaciones en distintos programas de la pantalla chica, por lo que ante la multiplicidad de propósitos, lleva a preguntarse dónde la autora reproduce su tiempo para alimentar tamaña actividad profesional. Y si amplia es su producción, larga es también la lista de premios y reconocimientos de todo tipo, más de dos docenas, de los que destacan el Premio Nacional de Periodismo y el Nacional de las Letras Españolas.

Como otros tantos autores, la madrileña es de las que utilizan el método de apartarse de la cotidianeidad para poder construir sus textos, aunque reconoce que los aislamientos obligatorios como el ocasionado por la pandemia es de los que más le ha costado sobrellevar, para reconocer que por fortuna la escritura fue uno de sus mejores antídotos.

Para construir sus novelas echa mano de un estilo sobrio y equilibrado, aunque puede que encuentre su mejor expresión dentro de las acotadas dimensiones del cuento, quizás siguiendo aquello que supo pregonar Jorge Luis Borges: para qué extender la trama si se puede conseguir el objetivo literario con menos palabras.

Para cotejar lo dicho, un pasaje de su relato breve Parece tan dulce:

    “Parece tan dulce y es feroz. Contemplen la sala: está llena de gente. Un tercio de esa gente, haciendo un cálculo optimista, son personas que no me quieren bien. Todos mis competidores, todos mis verdugos y todas mis víctimas. Llevo quince años en la firma, los cinco últimos como director de personal: no ha sido fácil. Pero entre todos esos señores y señoras que me odian sé con certeza que la peor es ella. Ella es mi mayor enemigo. Estoy muy seguro de lo que digo porque la conozco bien: es mi mujer.

    Y eso que están presentes los más belicosos, los más tenaces de mis adversarios: Donatella, la licenciada en Económicas con un master en Harvard que entró como secretaria mía porque no encontraba trabajo con la crisis, y que un día me echó lenta y deliberadamente un carajillo hirviendo en los pantalones porque yo le había pedido que nos trajera unos cafés a la reunión de directores (¿y qué podía hacer yo? Yo no soy culpable de la crisis. Y en la reunión estaba el director general. Y se lo había pedido por favor). Zaldívar, que me tiranizó los seis años que fue mi jefe, firmando como suyos, sin yo saberlo, todos los informes que le hice. Contreras, que aspiraba a mi cargo y perdió en la contienda, ayudado en la derrota, probablemente, por el hecho casual de que yo me hubiera hecho socio del mismo club de tenis que el director general, con quien llegué a trabar cierta amistad a golpe de raqueta (no soy un santo, pero tampoco un cerdo como Zaldívar: digamos que estoy asentado en el más común y vulgar nivel de indignidad). Pues bien, pese a estar presentes estos tres pesos pesados en la hostilidad, ella sigue siendo el mayor enemigo que tengo en esta sala y en el planeta. El hecho de estar casados solo agrava la cosa. Duermo con ella, con mi feroz enemiga, y en mis noches insomnes me parece escucharle rumiar, en el silencio de sus sueños, ocultos planes de futuras venganzas.

    Parece tan dulce. Ahí está, al otro lado de la sala, apoyada en la pared con su fingida y elegante desgana de siempre, hablando con alguien a quien no conozco: mírenla, ahora se la ve bien entre la gente, las espesas aguas de la concurrencia se han abierto un poco, creo que acaban de sacar los canapés calientes y ha habido una súbita deriva de glotones hacia la puerta. Hay que reconocer que se mantiene guapa: se toma su trabajo para ello, desde luego. Se tiñe el pelo, se da masajes, hace gimnasia todo el día (quiero decir, siempre que está en casa: es abogada y trabaja en un estudio laboralista), se llena la cara de potingues, de mascarillas horrendas, de cremas apestosas, se mete en la cama por las noches tan resbaladiza y aceitosa como un luchador de sumo en un campeonato. En esto compruebo una vez más que es mi enemiga y puedo medir el odio y el desapego que me tiene: tantos esfuerzos por mantenerse guapa ¿para quién? Debe de ser para Donatella, para Contreras, para Zaldívar. Para mí no es, eso está claro: a mí me ofrece la tramoya del afeite, un gorro de plástico en el pelo, un aspecto ridículo. No sé si lo hace por sadismo: para afrentarme con su presencia. O si, lo que sería peor (lo que sospecho), lo hace simplemente porque no me ve, porque no me tiene en consideración, porque no existo. Muchas veces en mi vida, con diversas, me he sentido así, de cristal transparente: pero no estar en su mirada, en la mirada de ella, es lo más duro.

    Cuando estoy es peor. A veces me echa una desapasionada ojeada y dice:

    -¿Por qué no te compras el monoxinosequé ése, una loción que se dan los hombres contra la calvicie?

    O bien:

    -Deberías cuidarte un poco más.

    No parecen frases muy crueles, pero tendrían que oír el tono. Y la imagen de mí mismo que me ofrecen sus ojos. Estoy allí, en el fondo de las pupilas de ella, pequeñito por todas partes, más pequeñito aún de lo que sé que soy, con mi calva incipiente y mi barriga incipiente y mi derrota incipiente. Y entonces no le digo a mi mujer que llevo años frotándome la coronilla con minoxidil sin mejoría  apreciable, y que en el secreto de mi cuarto de baño (tenemos dos, uno cada uno) hago abdominales, y que lo peor es que intento cuidarme y que la ruina incipiente de mi aspecto es el pobre resultado de mis desvelos. Para disimular, hago como que no me interesa nada mi apariencia física, como que desdeño esas banalidades. Es un viejo recurso que he usado desde la infancia: pretender que no me importa aquello en lo que he fracasado…”                                                    

Sylvia Plath, escrituras y confidencias

Se la vincula con las escritoras que con su obra han alimentado el género de la denominada “poesía confesional”. Quizás por ello sus textos han despertado cuestionamientos a través de la particularidad de su existencia, ya que la autora estadounidense (Boston, Estados Unidos, 1932 – 1963, Londres, Reino Unido)  tuvo una vida corta en compañía de sus estados clínicos depresivos que, de una u otra manera, se vieron siempre reflejados en su obra. Rasgo que la emparenta con la argentina Alejandra Pizarnik, que sufrió consecuencias idénticas de la enfermedad, quien además conforma parte de las autoras que a edad temprana pusieron fin a su vida, y a quien se la adhiere al mismo género literario.

Hija de un profesor universitario que no quiso tratarse de su diabetes y por ello cargó con las consecuencias físicas y una muerte temprana, la bostoniana supo ser la niña prodigio que alcanzaba a desempeñarse bien en disciplinas como la pintura o el piano y quien, a los ocho años, escribió su primer poema, habilidad esta última que le hizo adjudicarse una beca para perfeccionar su escritura en la Universidad de Cambridge, Inglaterra. Sería en sus aulas donde conocería al poeta Edward Hugues, con quien tendría un corto matrimonio y dos hijos.

En los treinta años de su existencia tuvo oportunidad de crear una obra no muy extensa pero significativa, compuesta de sus diarios personales de vivencias, sus relatos cortos, compendios de poemas con títulos como El Coloso o Ariel, y una única novela, La campana de cristal, ya que una segunda fue destruida por la propia autora antes de ver la luz. Aun así, fue una de las pocas escritoras que en 1982 recibió un reconocimiento póstumo con un premio Pulitzer por el conjunto de sus poemas.

La suya es una poesía visceral despojada de todo aditamento artificial, sentimiento puro que sin contención alguna es lanzado hacia la percepción del lector, hecho que hace que sus textos sean objeto de una reedición constante. Tal vez los poemas que acompañan este texto con sus títulos, contengan en parte esa carga emocional que en el momento de su escritura acompañaron a la autora:

Temores

Esta pared blanca sobre la que el cielo hágase a sí mismo:

infinita, verdad, intocablemente intocable.

Los ángeles se bañan en ella, y las estrellas igualmente, en indiferencia también.

Mi medio son.

El sol se disuelve contra esa pared, desangrándose de sus luces.

Gris es la pared ahora, desgarrada y sangrienta.

¿C6mo salir de la mente?

Los pasos a mi zaga se concentran en un pozo.

Este mundo carece de árboles y de pájaros,

solo hay agrura en él.

La pared roja no hace más que sobresaltarse:

un puño rojo se abre y se cierra,

dos papelosas bolsas grises:

he aquí mi materia, bueno: y terror también

a que llévenme entre cruces y una lluvia de lástimas.

Irreconocibles pájaros en una pared negra:

torciendo el cuello.

¡Esos sí que no hablan de inmortalidad!

Dos frías balas muertas se nos aproximan:

con mucha prisa vienen.

Espejo

Soy de plata y exacto. Sin prejuicios.
Y cuanto veo trago sin tardanza
tal y como es, intacto de amor u odio.
No soy cruel, solamente veraz:
ojo cuadrangular de un diosecillo.
En la pared opuesta paso el tiempo
meditando: rosa, moteada. Tanto hace que la miro
que es parte de mi corazón. Pero se mueve.
Rostros y oscuridad nos separan sin cesar

 Ahora soy un lago. Ciérnese
sobre mí una mujer, busca mi alcance.
Vuélvese a esos falaces, las luciérnagas
de la luna. Su espalda veo, fielmente
la reflejo. Ella me paga con lágrimas
y ademanes. Le importa. Ella va y viene.
Su rostro con la noche sustituye
las mañanas. Me ahogó niña y vieja

Una vida

Tócala: no se encogerá como pupila
esta rareza oviforme, clara como una lágrima.
He aquí ayer, el año pasado: palmiforme lanza,
azucena, como flora distinta
de un tapiz en la quieta urdimbre vasta.

Toca este vaso con los dedos: sonará
como campana china al mínimo temblor del aire
aunque nadie lo note o se anime a contestar.
Los indígenas, como el corcho graves,
todos ocupadísimos para siempre jamás.

A sus pies las olas, en fila india,
no reventando nunca de irritación, se inclinan:
en el aire se atascan,
frenan, caracolean como caballos en plaza de armas.
Las nubes enarboladas y orondas, encima.

Como almohadones victorianos. Esta familia
de rostros habituales, a un coleccionista,
por auténtica, como porcelana buena, gustaría.

En otros lugares el paisaje es más franco.
Las luces mueren súbitas, cegadoramente.

Una mujer arrastra, circular, su sombra, de un calvo
platillo de hospital en torno, parece
la luna o una cuartilla de papel intacto.
Se diría que ha sufrido una particular guerra relámpago.
Vive silente.

Y sin vínculos, cual feto en frasco, la casa
anticuada, el mar, plano como una postal,
que una dimensión de más le impide penetrar.
Dolor y cólera neutralizadas,
ahora dejad la en paz.

El porvenir es una gaviota gris, charla
con voz felina de adioses, partida.
Edad y miedo, como enfermeras, la cuidan,
y un ahogado, quejándose del frío, se agazapa
saliendo a la orilla.

«El orgullo es un defecto muy común. Mis lecturas me han convencido de que la naturaleza humana es extremadamente propensa a él, y de que hay muy pocas personas que no se sientan satisfechas de sí mismas por tal o cual condición real o imaginaria.» ( Orgullo y prejuicio – Jane Austen )

Pedro Mairal, idiosincrasia rioplatense

El autor argentino (Buenos Aires, 1970) ha logrado alcanzar el renombre literario luego de abarcar variedad de géneros en su obra. Según sus propios lectores, fueron muchos los que en un principio se habían acercado a sus textos a través de la efectiva recomendación del boca a oreja, hecho que llevó al bonaerense a trascender mucho más allá de lo que reflejaban la cantidad de ejemplares vendidos.

Con antecedentes laborales como colaborador en distintos medios de comunicación, Mairal es dueño de una producción literaria que incluye a la novela: Una noche con Sabrina Love, que fue llevada con éxito a la pantalla grande, El año del desierto y Salvatierra. El relato, con el volumen Hoy temprano; y la poesía, con los compendios Tigre como los pájaros, Consumidor final y tres recopilaciones de sus Pornosonetos. Por último, también ha visto la luz el volumen El equilibrio, con una selección de sus mejores escritos periodísticos.

Abarcar esta policromía de géneros no le ha impedido para que transite por otras facetas dentro de la variada expresión artística, como lo hacen otros escritores -desde el brasileño Chico Buarque al galés Ken Follett-, para unificar la labor de cantante y la de músico. Aunque pareciera que el bonaerense tiene bien en claro su predilección, cuando ha manifestado que es en la escritura donde encuentra refugio a su caos existencial.

Concisión, frescura en la exposición de los hechos, y búsqueda del golpe de efecto, son las propiedades esenciales en las que apoya su estilo de escritura y por las cuales, en el año 2007, fue reconocido por el Festival de Bogotá como una de las mejores voces de jóvenes escritores latinoamericanos.

Su último trabajo de ficción conocido hasta el presente es La uruguaya, novela en la que se exponen las características antes mencionadas; de la que también se han adquirido los derechos para ser adaptada a la versión cinematográfica. En ella el protagonista, un joven escritor en horas bajas, retrata su inquietante presente, un día a día en el que también se podrían ver reflejadas muchas de las particularidades de los jóvenes habitantes de las ciudades a ambas orillas del Río de la Plata.

Como una pequeña muestra de lo mencionado, de La Uruguaya, el texto a continuación:

“…-¿El rápido a Colonia? –me preguntó el empleado.

  -Sí, y el ómnibus a Montevideo.

  -¿Vuelve en el día con el buque directo?

  -Sí.

  -Bien… -me dijo mirándome un poquito más tiempo de lo normal.

  Imprimió el pasaje, y me lo dio con una sonrisa de hielo. Le evité la mirada. Me incomodó. ¿Por qué me miró así? ¿Podía ser que estuvieran marcando y metiendo en una lista a los que iban y volvían en el día?

  Subí por la escalera mecánica para hacer Aduana. Pasé la mochila por el escáner, di vueltas por el laberinto de sogas vacío. <Adelante>, me dijeron. El empleado de migraciones miró el documento, el pasaje. <A ver, Lucas, parece frente a la cámara por favor. Perfecto. Apoye el pulgar derecho… Gracias> Agarré el pasaje, el documento y entré en la sala de embarque.

  Estaba toda la gente formando una larga fila. Por el ventanal vi que el buque hacia las últimas maniobras de amarre. Pagué el café y la medialuna más caros del mundo (una medialuna pegajosa, un café radioactivo) y los devoré en un minuto. Me sumé al final de la fila y escuché a mi alrededor unas parejas brasileñas, unos franceses, y algún acento de provincia, del Norte, quizá de Salta. Había otros hombres solos, como yo; quizá también iban por el día a Uruguay, por trabajo o a traer plata.

  La fila fue avanzando, caminé por los pasillos alfombrados y entré al buque. El salón grande, con todas esas butacas, tenía algo de cine. Encontré un lugar junto a la ventana, me senté y te mandé el mensaje: <Embarcado. Te amo>. Miré por la ventana. Ya estaba aclarando. El espigón se perdía en una neblina amarilla.

  Entonces escribí el mail que vos encontraste más tarde:

  <Guerra, estoy yendo. ¿Podés a las dos?>

  Nunca dejaba mi correo abierto. Jamás. Era muy cuidadoso con eso. Me tranquilizaba sentir que había una parte de mi cerebro que no compartía con vos. Necesitaba mi cono de sombra, mi traba en la puerta, mi intimidad, aunque solo fuera para estar en silencio. Siempre me aterra esa cosa siamesa de las parejas: opinan lo mismo, comen lo mismo, se emborrachan a la par, como si compartieran el torrente sanguíneo. Debe haber un resultado químico de nivelación después de años de mantener esa coreografía constante. Mismo lugar, mismas rutinas, misma alimentación, vida sexual simultánea, estímulos idénticos, coincidencia en temperatura, nivel económico, temores, incentivos, caminatas, proyectos… ¿Qué monstruo bicéfalo se va creando así? Te volvés simétrico con el otro, los metabolismos se sincronizan, funcionás en espejo; un ser binario con un solo deseo. Y el hijo llega para envolver ese abrazo y sellarlos con un lazo eterno. Es pura asfixia la idea.

  Digo <La idea> porque me parece que los dos luchamos contra eso a pesar de que la inercia nos fue llevando. Ya mi cuerpo no terminaba en la punta de mis dedos; continuaba en el tuyo. Un solo cuerpo. No hubo más Catalinas ni más Lucas. Se pinchó el hermetismo, se fisuró: yo hablando dormido, vos leyéndome los mails… En algunas zonas del Caribe las parejas le ponen al hijo un nombre compuesto por los nombres de los padres. Si hubiéramos tenido una hija, se podría llamar Lucalina, por ejemplo, y Maiko podría llamarse Catalucas. Ése es el nombre del monstruo que éramos vos y yo cuando nos trasvasábamos en el otro. No me gusta esa idea del amor. Necesito un rincón privado. ¿Por qué miraste mis mails? ¿Estabas buscando algo para empezar la confrontación, para finalmente cantarme tus verdades? Yo nunca te revisé los mails. Ya sé que dejabas tu casilla siempre abierta, y eso me quitaba curiosidad, pero no se me ocurría ponerme a leer tus cosas.

  El buque Zarpó. La dársena fue quedando atrás. Se veía un pedazo de la costa, se adivinaba apenas el perfil de los edificios. Sentí un alivio enorme. Irme…”