«Creo que, de un modo u otro, los escritores siempre están escribiendo sobre ellos mismos, al tiempo que les mueve el impulso de extraer sentido al mundo, es decir, de entender lo que importa, lo llamado a perdurar, lo que guía nuestros actos…» ( Susan Orlean )
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Andrea Camilleri, siempre habrá un inspector
El denominado género negro y su popularización, se remontan a tiempos en que los sucesos policiales encontraban gran eco en las sociedades ávidas de información del siglo XIX. Así diarios prestigiosos y otras publicaciones competían por canalizar la preferencia de los lectores, ansiosos por seguir las pesquisas para desentrañar los hechos luctuosos más diversos: ¿quién se ocultaba en la densa niebla londinense para cometer los crímenes bajo el seudónimo de Jack el destripador? Este y otros acontecimientos fueron seguidos escrupulosamente, siendo fuente de inspiración de los cronistas de la época, quienes pujaban por detallar con elementos morbosos los denodados esfuerzos de los investigadores por resolver cada caso.
En el comienzo del siglo XX nombres como Raymond Chandler, padre del detective Philip Marlowe, o Georges Simenon, quien hizo mundialmente conocido al inspector Maigret, fueron los que pusieron negro sobre blanco para despertar la imaginación de millones de personas. Ya hacia final de la centuria y a principios de la nueva, fueron las sagas de escritores como Manuel Vázquez Montalbán y su detective Pepe Carvalho, o el griego Petros Markaris y su alter ego literario, el comisario Kostas Jaritos, quienes entre otros se llevaron el favoritismo de los amantes del género policial.
Contemporáneo a estos últimos se encuentra el italiano Andrea Camilleri y su creación, el popular comisario Montalbano, quienes han traspasado el formato de papel para alcanzar la trascendencia en la pequeña pantalla. Aunque bien es cierto que Camilleri tiene una importantísima obra literaria asentada en una treintena de títulos de ensayo y ficción, no cabe duda que logró su mayor renombre con la novela policíaca de la mano de otro siciliano como él, el astuto, malhumorado y amante de la gastronomía Salvo Montalbano. Por ello y por la calidad de toda su obra el oriundo de Puerto Empedocle, recientemente desaparecido, fue distinguido con la Medalla de la Orden italiana al Mérito de la Cultura y las Artes.
De la saga del reconocido comisario, El Ladrón de meriendas, el pasaje con el que da comienzo la historia:
“Se despertó muy mal: las sábanas, en medio del sudor del sueño, alterado por culpa del kilo y medio de sardinas al horno rellenas de anchoas, cebolla, y perejil y pasas que se había zampado la víspera, se le habían enrollado apretadamente alrededor del cuerpo cual si fueran las vendas de una momia. Se levantó, se dirigió a la cocina, abrió el frigorífico y se bebió media botella de agua helada. Mientras lo hacía, miró a través de la ventana abierta. La luz del amanecer presagiaba un buen día, con un mar como una balsa de aceite y un cielo claro y sin nubes. Montalbano, muy sensible a los cambios meteorológicos, se tranquilizó a propósito de su estado de ánimo en las próximas horas. Era todavía muy temprano, por lo que volvió a acostarse cubriéndose la cabeza con la sábana, dispuesto a dormir un par de horitas más. Tal como siempre hacía antes de quedarse dormido pensó en Livia, en su cama de Bocadasse, Génova: era una presencia benéfica en cada viaje que él emprendía a ´the country of sleep`, como decía un poema de Dylan Thomas que le había encantado.
El viaje recién iniciado fue interrumpido repentinamente por el timbre del teléfono. Tuvo la sensación de que el sonido le entraba como una barrena por un oído y le salía por el otro, traspasándole el cerebro.
-¿Diga?
-¿Con quién hablo?
-Primero dime quién eres.
-Soy Catarella.
-¿Qué hay?
-Perdone, pero no le había reconocido la voz, dottori. Igual estaba durmiendo.
-¡A las cinco de la madrugada, más bien que sí! ¿Quieres decirme qué ocurre y dejar de una vez de tocarme los cojones?
-Hay un muerto asesinado en Mazàra del Vallo.
-¿Ya mí qué coño me importa? Yo estoy en Vigàta.
-Pero es que, verá usted, dottori, el muerto…
Colgó y desenchufó el aparato. Antes de cerrar los ojos, pensó que, a lo mejor, el que lo estaba buscando era su amigo Valente, el subjefe de policía de Mazàra del Vallo. Lo llamaría más tarde desde su despacho.
La persiana golpeó con fuerza la pared y Montalbano se incorporó bruscamente en la cama con los ojos desorbitados a causa del sobresalto, convencido, en medio de las brumas del sueño que todavía lo envolvían, de que alguien le había pegado un tiro. El tiempo había cambiado en un santiamén, un húmedo y frío viento encrespaba la amarillenta espuma del mar y el cielo estaba enteramente cubierto de nubes que amenazaban lluvia.
Se levantó soltando maldiciones, fue al cuarto de baño, abrió el grifo de la ducha y se enjabonó. De repente, el agua se acabó.
En Vigàta y, por consiguiente, en Marinella, donde él vivía, daban el agua probablemente cada tres días. Probablemente, pues igual la daban al día siguiente o a la semana siguiente. Por eso él se había curado en salud, mandando instalar en el tejado del chalet unos depósitos de gran capacidad, pero, por lo visto, esta vez hacía por lo menos ocho días que no la daban, para eso servía la autonomía regional. Corrió a la cocina, colocó una olla bajo el grifo para recoger el hilillo que estaba saliendo y lo mismo hizo con el grifo del lavabo. Con la poca agua que recogió, consiguió quitarse el jabón de encima, pero la experiencia no sirvió precisamente para mejorar su estado de ánimo.
Mientras se dirigía en coche a Vigàta, soltando palabrotas contra todos los automovilistas con quienes se cruzaba y que, a su juicio, debían utilizar el código de la circulación, por uno y otro lado, para limpiarse el trasero, le acudieron a la mente la llamada de Catarella y la interpretación que él le había dado. El razonamiento no se tenía en pie: si Valente lo hubiera necesitado a las cinco de la madrugada por algo relacionado con el homicidio de Mazàra, lo habría llamado a su casa y no a su despacho. La interpretación se la había inventado por comodidad, para tranquilizar su conciencia y poder dormir un par de horas más…”
La frase
«Vivimos en un mundo ambiguo, las palabras no quieren decir nada, las ideas son cheques sin provisión, los valores carecen de valor, las personas son impenetrables, los hechos amasijos de contradicciones, la verdad una quimera y la realidad un fenómeno tan difuso que es difícil distinguirla del sueño, la fantasía o la alucinación» ( Julio Ramón Ribeyro, de sus Prosas Apátridas – 1975 )
La frase
«Atención, se buscan 24 seguidores para llegar a los 9.000 followers. Se valorará discreción, simpatía, vocabulario y tuits ingeniosos y desenfadados. Abstenerse cuentas falsas y haters» ( Esteban Navarro )
André Aciman, los insondables caminos del deseo
La primera vez que el nombre del escritor egipcio llegó a mis oídos fue a razón del estreno de la película Llámame por tu nombre (Call me by your name), del realizador italiano Luca Guadagnino. Film basado en la primera novela del autor, que logró muy buena repercusión y se hizo merecedor del premio Oscar al mejor guión adaptado a la pantalla del año 2017, obteniendo elogios de crítica y espectadores.
Aciman (Alejandría, 1951), quien posee una curiosa historia de identidad, con una familia de origen turco pero de religión judía sefardí que se habían asentado en Egipto; para luego hacer un segundo traslado hacia Italia donde el escritor pasó parte de su juventud, y finalmente terminar emigrando de allí hacia los Estados Unidos. País del que el alejandrino adoptó la nacionalidad, más allá de formarse profesionalmente en la universidad de Harvard y luego, alcanzar el puesto de profesor de escritura esta vez en las universidades de Nueva York y Princeton. Y también, donde se consolidó como novelista.
Es evidente, que el bagaje de su poliédrica conformación personal en sociedades tan disímiles aparece de alguna manera volcado en sus textos, con sus tonalidades, costumbres y variaciones en los que, más allá de constituir una sólida trama creativa, se detiene como un orfebre en la conformación de cada personaje, partiendo de sus sensaciones y más aún de sus sentimientos. Protagonistas a los que deja fluir sustentándolos por sus más puros deseos, sin red de contención o aparente rumbo prefijado, pero con toda la carga de intencionalidad que alimentan sus anhelos primeros.
Parte de esas características son con las que ha edificado la estructura de su último trabajo y, por aquello de que los verdaderos autores escriben siempre la misma novela, se nutre de las mismas esencias con las que configuró sus anteriores obras literarias, con un estilo pleno de pequeños detalles y variados matices, con los que ha construido esta gran ficción narrativa.
De su novela, Variaciones Enigma, el pasaje siguiente:
» – Mi lasci fare, signora. Permítame- dijo él, respaldando cada palabra con tanta deferencia como autoridad. Dicho esto se sacó de la chaqueta una anilla con herramientas diminutas que se parecían más a una colección de abridores de latas de sardinas de todos los tamaños que a leznas, gubias y destornilladores. Se sacó unas gafas del bolsillo de la pechera, desdobló las patillas y las deslizó con cuidado por detrás de las orejas. Me recordó a un niño de la guardería que había empezado a llevar gafas y que se seguía sintiendo incómodo al ponérselas. Luego, con el dedo medio estirado, empujó el puente de las gafas sobre la nariz con la misma delicadeza. Se habría colocado de igual manera bajo la barbilla un violín de Cremona de valor incalculable. Todos sus gestos eran desenvueltos y diestros, provocaban admiración además de confianza. Me sorprendieron sus manos. No estaban encallecidas ni perjudicadas por el trabajo o los productos de su oficio. Eran manos de músico. Deseé tocarlas, no solo porque quería comprobar si las palmas rosadas eran tan suaves como prometían, sino porque, de repente, quise poner mis manos al cuidado de las suyas. Las manos, al contrario que los ojos no intimidaban, sino que acogían. Quería que sus largos nudillos y sus uñas almendradas se deslizaran entre mis dedos y me los sujetaran en una muestra cálida y duradera de camaradería y que con aquel único gesto me repitiera la promesa de que un día, quizá antes de lo que esperaba, yo también sería un hombre adulto con manos como las suyas, y de mis rasgos irradiaría un destello de alborozo y picardía que le diría al mundo que era experto en algo y un hombre muy, muy bueno.
Notó que lo observábamos mientras trataba de abrir la caja y, sin mirarnos ni a mi madre ni a mí, siguió sonriendo para sí mismo, consciente de nuestro suspense, mientras intentaba disiparlo sin dejar ver que se daba cuenta. Sabía lo que estaba haciendo, lo había hecho muchas veces, dijo, mientras seguía mirando fijamente por el ojo de la cerradura.
-Signor Giovanni – dijo mi madre intentando no distraerlo, mientras él continuaba manipulando la cerradura.
-Sí, signora – contestó él sin mirar.
–Tiene una voz preciosa.
Estaba tan absorto con la cerradura que pareció no haberla oído, pero un momento después dijo:
-No se engañe, signora, no sé entonar una melodía.
–¿Con esa voz?
-Todo el mundo se ríe cuando canto.
-Porque están celosos.
-Créame, no sé cantar ni Cumpleaños feliz.
Los tres nos reímos. Hubo un momento de silencio. Sin apresurarse ni forzar ni arañar la incrustación de bronce que había alrededor de la vieja cerradura, trasteó un poco más y luego exclamó:
-Eccoci! ¡Aquí está!- y unos segundos más tarde, como si un poco de seducción persistente y dulce fuese lo único que hacía falta para escuchar el clic delator, la cerradura cedió por fin y se abrió la caja.
Quise besarle las manos. Lo que se reveló al abrirla fue un reloj de bolsillo de oro, un par de gemelos de oro y una pluma estilográfica sobre un forro de fieltro grueso del color del verdete. En un lado de la pluma, con letras doradas, estaba escrito el nombre completo de mi abuelo, que era también el mío.
-¡Quién lo iba a pensar! –exclamó mi madre-
Los gemelos tenían las iniciales de su suegro y era probable que se remontaran a su época de estudiante en París. Él los había tenido en alta estima. Mi madre también se acordaba de haber visto el reloj de bolsillo, aunque hacía mucho. Debió de dejar allí las tres cosas, pero como no había vuelto después del accidente, nadie se había dado cuenta siquiera de que faltaban.
-Y ahora, de pronto, aquí están; pero él no –mi madre se quedó absorta en sus pensamientos-. Le tenía mucho cariño, y él a mí.
El ebanista se mordió el labio y asintió en silencio.
-Es la crueldad de los muertos. Siempre nos pillan desprevenidos las maneras que eligen para volver, ¿no es cierto, signor Giovanni? –dijo mi madre.
-Sí –concordó él-. A veces, al querer contarles algo que les hubiese interesado o al preguntar por gente o sitios que solo ellos conocían, nos acordamos de que no nos oirán nunca, ni nos contestarán, que no les importamos. Aunque quizá sea mucho peor para ellos: quizá sean ellos los que nos llaman a nosotros y somos nosotros los que no los oímos y a los que parece que no nos importa…»
FLF.-
La frase
«Soy muy bueno aislando mi curiosidad. No entro en internet, no sé cómo hacerlo. No tengo ordenador. Tampoco veo las noticias. Y eso hace que mi trabajo como escritor sea más fácil» ( James Ellroy )
La frase
«Mucho de lo que nos sucede ya lo hemos visto antes, y sino mirad el estalinismo. Hay que leer más historia. Se empieza así, y luego se piensa que hay que deshacer lo que otros han hecho. A quien dice ‘quemadlo todo`, hay que preguntarle con qué piensa reemplazarlo. Una vez que inicias la quema, el siguiente, porque ya sentaste el precedente, serás tú» ( Margaret Atwood )
Mario Benedetti, nostalgias de café
Desde tiempos inmemoriales los habitantes de las ciudades aledañas al río de la Plata se adhieren a una costumbre: ver transcurrir la vida a través de la ventana de algún bar. Luego ya puertas adentro, será frecuente que el espacio se transforme en una tribuna deportiva o política, donde la pasión por sostener las propias ideas suele enconarse arrastrada por la pasión y la vehemencia, acción tan usualmente latina cuando se defienden los postulados personales.
El bar, acompañado de la sempiterna compañía de un café, también se transforma en un espacio proclive para generar introspección, lo que supone quizás que, ayudados por la diligente provisión del camarero, esas reflexiones plasmadas en cualquier trozo de papel de emergencia terminen convirtiéndose en ideas, sentencias, poemas, o tal vez en algún proyecto de cuento o novela; todo conformando una mística muy propia del lugar que en invierno suele acompañar la fina lluvia constante (garúa, en esas latitudes), mientras que en más de una oportunidad irrumpe la cacofonía del vapor que surge de la propia cafetera, o el voceo sostenido del personal dando orden a cada pedido.
El escritor uruguayo (1920-2009), cuyo nombre completo era Mario Orlando Hardy Hamlet Brenno Benedetti Farrugialo, fue habitué del microclima de estos viejos cafés; cuando sus escritos llevan aún incorporados el aroma de la borra depositada en el fondo del pocillo, el dibujo del barniz deteriorado sobre la madera añeja del marco de una de esas ventanas, o la mirada furtiva que nos devuelve un espejo decolorado e inquisidor. Benedetti gastaba horas de su tiempo en la creadora soledad de estos establecimientos, los disfrutaba tanto, que incluso participó de filmaciones en ellos cuando alguna de sus obras era llevada a la gran pantalla, admitiendo que en muchas oportunidades y como fruto de lo que acontecía dentro y fuera de ellos, le habían ayudado a disparar su imaginación para alimentar innumerables páginas de sus obras en poesía (solía declamar en perfecto alemán), relato o novela: Gracias por el fuego; La borra del café; La tregua; Con y sin nostalgia; Esta mañana; Montevideanos; Primavera con una esquina rota, por mencionar solo algunas de ellas.
Los dos capítulos a continuación son con los da comienzo a la que fuera su primera novela, Quién de nosotros, donde detalla un triángulo amoroso. Un texto que, como otros que llevan su firma, es reeditado de manera permanente y por el que logró su primer gran reconocimiento:
“Solo hoy, al quinto día, puedo decir que no estoy seguro. El martes, sin embargo, cuando fui al puerto a despedir a Alicia, estaba convencido de que era ésta la mejor solución. En rigor es lo que siempre quise: que ella enfrentara sus remordimientos, su enfermiza demora en ‘lo que pudo haber sido`, su nostalgia de otro pasado y, por ende, de otro presente. No tengo rencores, no puedo tenerlos, ni para ella ni para Lucas. Pero quiero vivir tranquilo, sin esa suerte de fantasma que asiste a mi trabajo, a mis comidas, a mi descanso. De noche, después de la cena, cuando hablamos de mi oficina, de los chicos, de la nueva sirvienta, sé que ella piensa: <En lugar de éste podría estar Lucas, aquí, a mi lado, y no habría por qué hablar>.
La verdad es que ella y él siempre fueron semejantes, estuvieron juntos en su interés por las cosas –aún cuando discutían agresivamente, aún cuando se agazapaban en largos silencios- y actuaban siguiendo esa espontánea coincidencia que a todos los otros (los objetos, los amigos, el mundo) nos dejaba fuera, sin pretensiones. Pero ella y yo somos indudablemente otra combinación, y precisamos hablar. Para nosotros no existe la protección del silencio; casi diría que, desde el momento que lo tenemos, la conversación acerca de trivialidades propias y ajenas nos protege a su vez de esos horribles espacios en blanco en que tendemos a mirarnos y al mismo tiempo a huirnos las miradas, en que cada uno no sabe qué hacer con el silencio del otro. Es en esas pausas cuando la presencia de Lucas se vuelve insoportable, y todos nuestros gestos, aún los tan habituales como tics, nuestro redoble de uñas sobre la mesa o la presión nerviosa de los nudillos hasta hacerlos sonar, todo ello se vuelve un elíptico manipuleo, todo ello, a fuerza de aludirla, acaba por señalar esa presencia, acaba por otorgarle una dolorosa verosimilitud que, agudizada en nuestros sentidos, excede la corporeidad.
Cuando miro a Adelita o a Martín jugando tranquilamente sobre la alfombra, y ella también los mira, y ve, como yo veo, una sombra de vulgaridad que desprestigia sus caritas casi perfectas, sé que ella especula más o menos conscientemente acerca de la luz interior, del toque intelectual que tendrían esos rostros si fueran hijos de Lucas en vez de míos. No obstante, a mi me gusta la vulgaridad de mis hijos, me gusta que no reciten poemas que no entienden, que no hagan preguntas sobre cuanto no puede importarles, que sólo les conmueva lo inmediato, que para ellos aún no hayan adquirido vigencia ni la muerte ni el espíritu ni las formas estilizadas de la emoción. Serán prácticos, groseros (Martín, especialmente) en el peor de los casos, pero no cursis, no pregonadamente originales, y eso me satisface, aunque reconozca toda la torpeza, toda la cobardía de esta tímida, inocua venganza.
II
Lo peor de todo es que no siento odio. El odio sería para mí una salvación y a veces lo echo de menos como a una antípoda de la felicidad. Pero ellos se han portado tan correctamente; de común e inconsciente acuerdo, un código tan juicioso de sus renuncias, que, de mi parte, instalarme en el odio sería el modo más fácil de convertirme a los ojos de ambos en algo irremediablemente odioso, tan irremediable y tan odioso como si ellos me enfrentaran sonriendo y me dijeran: <Te hemos puesto los cuernos>.
Como poder aspirar a que si alguna vez se acuestan juntos, yo haya quedado al margen mucho antes; tal como ellos aspiran, estoy seguro, a que si alguna vez no puedo ni aguantarlos ni aguantarme, diga que se acabó, sencillamente, sin caer en la tontería de discutirlo. Mientras tanto, esto representa, aunque no lo parezca, un equilibrio. Alicia otorga mansamente, cuidadosamente, la atención y las caricias que le exigimos. Los niños y yo. Pero es como si hubiéramos prefabricado este vínculo, como si ella nos hubiese adoptado, a los niños y a mí, y ahora no supiese en dónde ni a quién dejarnos. Y como trata de hacer menos ostensible el esfuerzo que le cuesta su naturalidad, yo se lo agradezco y ella agradece mi agradecimiento.
Lucas, por su parte, se ha eliminado discretamente de la escena; no tanto, sin embargo, para que su ausencia se vuelva sospechosa. Por eso nos escribe una carta por quincena, en la que pormenoriza su vida periodística, sus proyectos literarios, su labor de traductor. Por eso le escribo yo también una carta quincenal, en la que opino sobre política, reniego de mi empleo y detallo los adelantos escolares de Martín y Adelita; carta que termina siempre con unas líneas marginales de Alicia en las que envía <cariñosos recuerdos al buen amigo Lucas…>»
La frase
«Al lado de las grandes novelas están también los grafitis, y el hip hop, y… ¿cómo no va a ser todo eso cultura? Es la música de fondo de la sociedad contemporánea. Aunque reconozco que la gente se siente un tanto arisca para con este concepto« ( Leila Guerriero )
La frase
«Hace décadas que me interesa el cambio climático y la deforestación. Hace unos años emprendí un viaje que me llevó hasta Michigan, donde había el bosque de pino blanco más extenso del planeta. Me di una vuelta por allí y no encontré ninguno» ( Annie Proulx )