Hanne Orstavik, de afectos y de búsquedas

Noruega y su dura climatología en particular no favorecen en mucho el encuentro entre los seres humanos que la habitan. Así lo debe haber pensado la autora nórdica (Tana, 1969) en el momento de escribir su novela Amor, donde la simbología representada por el clima, se convierte en un elemento insoslayable en la búsqueda y en el deambular de sus protagonistas.

En el corto lapso en que trascurre la narración, una tarde y una noche, en que los personajes intentan encontrar y encontrarse, donde el amor filial entre una joven madre soltera (Vibeke) y su hijo (Jon) a punto de cumplir sus flamantes nueve años, puede llegar a ser tan gélido como la atmósfera que les rodea. Todo para significar que en busca de satisfacer sus propias metas, algunos progenitores pasan por alto que las relaciones entre padres e hijos requiere de algo más que el hecho de proveerles alimento y cobijo.

Como suele suceder en muchas tramas, la misma escritora ha admitido que una gran parte de lo volcado en la composición del personaje de la protagonista, surge de las vivencias rescatadas de su propia infancia y de la ausencia física de su propia madre, con la que muy a menudo tuvo que lidiar y sufrir.

Con un estilo que borda el minimalismo literario en sus formas, esta ficción, que en su traducción supera en poco a las ciento cincuenta páginas, fue merecedora de la principal distinción literaria en su país, el premio Brageprisen. Y por su aportación específica, las autoridades lo ha constituido en un texto de lectura obligatoria en todos los institutos noruegos de enseñanza secundaria.

De Amor, el siguiente pasaje:

   “…-¿Quiere comprar lotería? –pregunta enseñándole el talonario. Es para el club de atletismo.

   El viejo lo observa, luego desvía la mirada hacia la calzada. Mueve deprisa los ojos. Hace mucho de la última vez que pasó un coche. Hace demasiado frío para que la gente esté dando vueltas por la calle. Le indica a Jon con un gesto que pase. Cierra la puerta de la calle y entra por otra puerta al interior de la casa. Jon sube y baja los pies sin moverse del sitio para quitarse la nieve de las botas y lo sigue.

   Es un salón con cocina abierta. En la encimera hay un televisor pequeño. Están dando una película en blanco y negro, el volumen está bajado del todo. El viejo se acerca despacio a una estufa de leña y se agacha apoyado sobre una rodilla, parece un poco agarrotado. Añade un tronco. Lo sujeta con la mano dentro de la manga del jersey y cierra la puerta hasta dejar una estrecha rendija. Luego se da la vuelta y le sonríe.

   -Debería durar un rato. La gente no se puede helar cuando viene a visitar a este viejo.

   Junto a la ventana hay una mecedora que oscila débilmente. Estaría sentado allí cuando he llamado a la puerta, piensa Jon. Tal vez me ha visto llegar.

   -¿El club de atletismo, dices?

   El hombre arrastra los pies hasta la encimera y abre un cajón, pregunta cuántos cupones tiene Jon y cuánto cuestan. Jon contesta. El viejo saca un monedero , dice que se los va a comprar todos. Escribe su nombre en el resguardo del talonario y pone paréntesis y comillas en todas las páginas numeradas. Le lleva tiempo. Jon mira a su alrededor,

   En la pared, encima de la mecedora, cuelgan tres marcos redondos con viejos retratos, de esos que están nebulosos por los bordes, como si estuvieran a punto de desaparecer. En el rincón hay una caña de pescar. Puede que sea para pescar con mosca, piensa. El año pasado Vibeke tuvo un novio que quería enseñar a Jon a pescar con mosca. Solo los chicos, dijo sacando un plano para enseñarle por dónde iban a ir, señaló un río, le habló de diferentes pozas. Ahí, había dicho, ahí pescarás uno grande. Había mirado a Vibeke y había sonreído. Pero entonces desapareció sin más. Jon ni siquiera los había oído discutir.

   El viejo se gira hacia Jon, le da el talonario y unos billetes.

   ¿Eres nuevo por aquí, no?

   -Sí, llegamos hace cuatro meses y tres días.

   Jon guarda el dinero y el talonario en la bolsa. Está contento.

   -Y ya vas por ahí con un talonario de lotería. Los del club de atletismo sí que saben poner a la gente a trabajar.

   Jon dice que se acaba de apuntar para empezar a patinar.

   El hombre tiene el pelo completamente blanco, largo y fino, está despeinado. Tiene la cara roja, piensa Jon, como si acabara de despertarse.

   -¿Quieres que te enseñe una cosa?, dice.

   -¿El qué? –pregunta Jon.

   Intenta no parpadear.

   -Enseguida verás. Casi había olvidado esa historia, casi la había olvidado por completo.

   El hombre se acerca a una puerta, la abre y le da a un interruptor. Sale luz de una bombilla que está enroscada directamente en la pared. Jon ve que hay una escalera que baja al sótano.

   Vibeke va al baño y se mira al espejo. Puede ver en su expresión que ha tenido un buen día. Satisfecha, activa. Equilibrada. Junto a la fosa nasal derecha brilla un cristal minúsculo, ella le responde con un guiño. Mi pequeña estrella de la suerte. Coge un cepillo y se inclina hasta que el largo y oscuro mar ondulado casi toca el suelo. Primero lo recorre con cuidado para deshacer los nudos, luego lo cepilla con movimientos largos y tranquilos empezando desde el cuero cabelludo. Después lo tira hacia atrás. Quiere que le forme un halo alrededor de la cara. Se mira en el espejo. El pelo no se le alborota, se le pega en hebras a la frente. Podría ir a la biblioteca, piensa. Suele reservarse la biblioteca para los sábados y hoy solo es miércoles, pero no le quedan novelas. Decide que primero se va a dar un baño y lavarse la cabeza, permitirse ese capricho.

   Jon lo sigue escalera abajo. Está empinada, el viejo baja los escalones uno a uno. Una gruesa cuerda hace de pasamanos. Abajo, en el sótano, avanza por un pasillo. En el suelo hay una alfombrilla de césped artificial. Ahí abajo huele a rancio, a Jon le parece que huele a tierra. El hombre se detiene al final del pasillo, ante una puerta. Se vuelve a Jon con la mano en el pomo.

   Se desnuda mientras llena la bañera, la botella de gel de baño está vacía, por desgracia. Coge un algodón de un dispensador de un estanque en la pared y elimina la laca de uñas con acetona. Cuando el agua llega al borde cierra el grifo. Se mete despacio, el agua rebosa, siente que se le pone la piel de gallina, los pezones se le endurecen y nota un cosquilleo en la nuca. Entonces se sienta. Introducirse en el agua caliente es una pura bendición, piensa. Literalmente. Bendición. Se queda quieta, disfruta de cada segundo.

   -Es una historia curiosa –dice el viejo.

   Junto a una de las paredes hay un camastro, el resto son estanterías que van de suelo al techo, llenas de viejas cajas de madera. Huele a polvo y a moho. Jon piensa que tal vez el hombre tenga una colección de trenes eléctricos, los primeros de Europa. De pronto nota que tiene ganas de hacer pis. El hombre sigue hasta llegar a la estantería, saca de la mitad de la estantería una caja, mete la mano. De un gancho, junto a la puerta, cuelgan una correa de cuero para perro y una cadena de metal.

   -Mira esto –le dice el hombre a Jon…”  

 

La frase

«Queremos tener la razón, que nuestra religión sea la mejor, lo que implica  que todas las demás están equivocadas. Olvidamos que cuando hablamos de Dios, Brahman o el Tao hablamos de lo trascendente, y nadie tiene en esto la última palabra»  ( Karen Armstrong )

Juan Carlos Onetti, los encierros y el impulso creativo

Ahora que la esperanza se vislumbra al final del túnel pandémico, reflexionamos sobre el valor de nuestras actitudes durante este extraño  aislamiento. De nuestra pasividad o de nuestra creatividad y de muchos que, por distintas circunstancias, hicieron del obligado enclaustramiento un elemento de pulsión para proyectar sus escritos. En verdad el hecho no es nuevo, ya el marqués de Sade o el mismísimo Miguel de Cervantes Saavedra crearon parte de sus obras hallándose en prisión.

Juan Carlos Onetti (Montevideo, 1909 – Madrid, 1994), quizás el mejor exponente de las letras uruguayas contemporáneas, sufrió en su larga vida tiempos de encierro, en las cárceles de la dictadura militar, en sus largos años de exilio y luego, en su convalecencia a causa de una salud quebradiza, aislamientos que de una manera solapada y en otras más explícita influyeron en muchos de sus textos.

Si larga fue su existencia también fue extensa su producción literaria. El escritor publicó innumerables artículos periodísticos, sus primeros relatos breves fueron publicados por entregas en la prensa escrita, y luego con éxito en forma de libro. También son muy reconocidas una quincena de sus novelas, entre otras: El pozo; La muerte y la niña;, Cuando ya no importe, y en particular la denominada “trilogía de Santa María” compuesta La vida breve; El astillero; y Juntacadáveres.

Onetti fue finalista del Premio Rómulo Gallegos en el año 1967 con Justacadáveres, galardón que le fue concedido a Mario Vargas Llosa por La casa verde; en 1980 fue merecedor del Premio Cervantes de Literatura, y también en el mismo año fue postulado para el Premio Nobel. Aún así, son muchos los que piensan que el uruguayo no ha tenido hasta la fecha el reconocimiento que en verdad se merecería.

El siguiente es el texto de su cuento El gato:

«Muchas cosas desagradables se pueden decir o imaginar de John. Pero nunca le sospeché una mentira; tenía demasiado desprecio por la gente para inventarse cualquier fábula que le fuera favorable. De modo que cuando me contó alegre y bebiendo dry martinis la historia –para mí, sobretodo– de uno de sus casamientos fallidos, no tuve duda. Era, o fue, como mirar y oír una película sin posibilidad de recomienzo ni temor sobre su capacidad de ser creída. Tampoco quedaba agujero para una sonrisa.
Yo llegaba, una semana antes, de París y quería actualizar, confirmar y desechar los rumores que me habían llegado sobre amigos, más o menos comunes, durante mi ausencia.
John era un inglés conversador y sabía burlarse de todo con despego, a veces lástima, nunca maldad. Bebimos y hubo un largo silencio: John parecía meditar indeciso con el ceño fruncido.
Dejó su vaso sobre la mesa y me dijo, conservando su actitud de piernas cruzadas y de resuelto perfil:
–Era francesa y tú la conoces. Tal vez lo sepas porque estábamos prácticamente casados. Sólo nos faltaba el sacerdote, el juez y la llegada de unos muebles viejos y caros de los que no quería desprenderse. Bisabuelos y abuelos y padres, casi toda la historia de Francia. A mí sólo me importaba ella, Marie. Ya puedes buscar entre todas las Maries que recuerdes. Estaba loco y a veces pensé que era una locura sexual. Verla, bastaba; oler un pañuelo olvidado, bastaba; entrar al baño después de que ya había salido. Nos veíamos todas las semanas, aquí o en París. Dos o tres días seguidos. Íbamos y volvíamos. Y mi deseo aumentaba cada vez y yo me entregaba a él, escarbaba en él; quería más y más. Y cada más era como un escalón que me impulsaba a pisar otro. Siempre en descenso porque yo sabía que estaba perdiendo salud y cerebro.
Sin dejar de ofrecerme un hombro, hizo una seña a Jeeves y vinieron dos vasos: dry martini para él y un gin tonic para mí. Encendió la pipa (él sabía que fumar apresuraría mi muerte) y estuvo un rato pensando, casi sonriendo con labios que no endulzaba la alegría. Como ocurre siempre en esta clase de cuentos me mantuve en silencio, esperando; fui recompensado, Johnny dijo sin mirarme:
–Al gato lo bauticé Edgar. Y no porque fuera un gato negro con símbolos de horror, blancos, en su pecho.
–Una noche en que Marie, como estaba planeado, llegó al aeropuerto. La recibí, tomamos cócteles con la alegría de siempre, brindamos por la felicidad matrimonial. Esto no hace reír pero es cómico. Fuimos a cenar y luego a mi departamento. No te dije, porque no lo sé y tal vez no me importe, que la portera y semipatrona estaba encaprichada conmigo o, simplemente, me odiaba sin pausa. Algo de eso.

Entramos y encendí la luz. Ella no había estado nunca allí. Miró alrededor con una sonrisa que era de aprobación antes de haber nacido. Y vio, vimos, en medio de la gran cama, con su colcha blanca de señorita, un gato negro, grande, gordo. Un gato que yo veía por primera vez y que parecía acostumbrado a ronronear allí. Con las patas dobladas bajo el pecho nos miró con ojos curiosos y volvió a cerrarlos. Hasta hoy no sé cómo pudo haber entrado. Sospecho, apenas. Me adelante para acariciarle el lomo y la garganta y entonces ella explotó. Que echara el gato inmundo, que iba a llenar la cama de pulgas. A gritos y pateando el suelo. Yo encendí un cigarrillo y abrí la puerta. Le dije que me había hecho feliz encontrar por sorpresa que alguien nos daba la bienvenida. Ella me trató de estúpido y golpeó las manos hasta que el gato corrió hacia la puerta y la sombra del pasillo. Bueno, vamos a tomar otro vaso porque ya basta como prólogo. Lo que ocurrió es simple y para mí muy trabajoso de explicar. En aquel momento resolví que yo nunca podría casarme con aquella mujer; que era imposible vivir con ella, ser feliz con ella. No se lo dije entonces y el resto de la noche, hasta el cansancio de la madrugada pasaron como lo presentíamos y lo deseábamos.
Bebió de un trago, encendió nuevamente la pipa y sonrió alegre y desafiante. Ahora se volvió para mirarme los ojos y dijo:
–Lo que explica para cualquier tipo inteligente porque desde entonces solo he tenido aventuras y me he propuesto que duren poco».

Paul Auster, legados de familia

Son tiempos de introspección, de sopesar y revalorizar nuestro futuro. Para ello, son muchos los que en un intento de dar respuesta a los interrogantes que les surgen en este presente tan particular, buscan rescatar textos ligados a historias existenciales que fueron éxito en el pasado.

En realidad, estos mecanismos de búsqueda de orientación no le son ajenos al ser humano. Surgen ante puntuales situaciones de vacío, en las que se busca volver hacia las esencias, como orientación y también, para encontrar sosiego. Lo saben aquellos que han surcado algunas décadas de vida, con el peso adicional que se va sumando en el consciente, carga que a veces llega a transformarse en un verdadero estigma de la existencia.

Esto es lo que de alguna manera debe haber sentido Paul Auster (1947 – Newark, New Jersey), ante la ausencia de su padre (“era un hombre invisible”) en un importante tramo de su vida. Relación inexistente y vacua que el escritor, muchos años después de la defunción de su progenitor, sintió la necesidad de analizar para volcar sus impresiones en un trabajo literario que es toda una introspección, y que tiene mucho de reflexión sobre la vida y la muerte.

El estadounidense además es el creador de una extensa obra literaria, que abarca la novela: Trilogía de Nueva York, El país de las últimas cosas, Leviatán, Brooklyn Follies, Sunset Park; el relato: El cuaderno rojo; la poesía: Dasapariciones; guiones y adaptaciones cinematográficas: Smoke; Blue in the face; La vida interior de Martin Frost; y el texto teatral: Escondite; Laurel y Hardy van al cielo. Producción por la que ha sido galardonado con varios premios: Premio del Gremio de libreros (Madrid); Caballero de la Orden de las artes y las letras (Francia); Premio Príncipe de Asturias de las letras (España).

El texto a continuación pertenece a su novela autobiográfica La invención de la soledad, que se convirtió en todo un proceso catártico para el autor. Con ella logró desentrañar una parte de la personalidad de su padre y sus consecuencias en la existencia del propio Auster, en definitiva, trata de la importancia que cobran en nuestra vida los legados familiares impuestos:

“…En la última conversación telefónica que tuvimos diez días antes de su muerte, me dijo que la casa se había sido vendida y que el trato se cerraría el primero de febrero, unas tres semanas más tarde. Quería saber si había algo en la casa que me sirviera y quedé en ir a visitarlo con mi esposa y Daniel el primer día libre que tuviera. Murió antes de que tuviéramos oportunidad de hacerlo.

Descubrí que no hay nada tan terrible como tener que enfrentarse a las pertenencias de un hombre muerto. Los objetos son inertes y solo tienen significado en función de la vida que los emplea. Cuando esa vida se termina, las cosas cambian, aunque permanezcan iguales. Están y no están allí, como fantasmas tangibles, condenados a sobrevivir en un mundo al que ya no pertenecen. ¿Qué puede decirnos, por ejemplo, un armario lleno de ropa que espera en silencio ser usada otra vez por un hombre que no volverá a abrir la puerta? ¿Y los paquetes de preservativos en cajones llenos de ropa interior y calcetines? ¿Y la afeitadora eléctrica que está en el baño, todavía llena de la pelusa del último afeitado? ¿O una docena de frascos vacíos de tinte para el pelo escondidos en un maletín de piel? De repente se revelan cosas que uno no quiere ver, no quiere saber. Producen un efecto conmovedor, pero al mismo tiempo horrible. Por sí mismas, las cosas no significan nada, como los utensilios de cocina de una civilización antigua; pero sin embargo nos dicen algo, siguen allí no como simples objetos, sino como vestigios de pensamientos, de conciencia; emblemas de la soledad en que un hombre toma las decisiones sobre su propia vida: teñirse el pelo, usar una camisa u otra, vivir o morir. Y una vez que ha llegado la muerte, todo es absolutamente inútil.

Cada vez que abría un cajón o metía la cabeza en uno de sus armarios, me sentía como un intruso, un ladrón saqueando los lugares secretos de la mente de un hombre. Tenía la sensación de que mi padre entraría en cualquier momento, me miraría con incredulidad y me preguntaría qué demonios estaba haciendo. No parecía justo que no pudiera protestar; yo no tenía derecho a invadir su vida privada.

Un número de teléfono garabateado de prisa al dorso de una tarjeta de visita decía: <H. Limeburg. Todo tipo de cubos de basura>. Fotografías de la luna de miel de mis  padres en las cataratas de Niágara, en 1946: mi madre sentada con nerviosismo sobre un toro, posando para una de esas fotos cómicas que nunca resultan cómicas. Una súbita sensación de qué irreal que había sido la vida, incluso en su prehistoria. Un cajón lleno de martillos, clavos y más de veinte destornilladores. Un archivador lleno de cheques cancelados de 1953 y las tarjetas de felicitación que recibí para mi sexto cumpleaños. Y luego, enterrado en el fondo de un cajón del baño, un cepillo de dientes con iniciales grabadas que había pertenecido a mi madre y que nadie había tocado o mirado en más de quince años.

La lista era interminable…”

 

La frase

        «Escribimos para un lector ideal, y un libro es una máquina para construir ese lector»                                                                                                                                                ( Umberto Eco )

Luis Sepúlveda, la historia de Fernando

El Chaco es una extensa región que abarca una importante franja en el noreste de la república Argentina, el sureste de la de Bolivia y atraviesa el territorio central del Paraguay. Tiene una forestación propia que oscila entre el monte bajo y el bosque tupido, a punto que en un vasto sector argentino recibe el nombre de El Impenetrable. Aunque su significado real deviene de la lengua aborigen, el quechua, que nombra al  lugar que se hace servir como zona de caza.

La particularidad del suelo chaqueño en el que se desarrolla una importante industria maderera, su clima subtropical atravesado por ríos caudalosos, a los que hay que sumar la variopinta mezcla de su gente con sus idiomas: el castellano de importación y los autóctonos, el guaraní y el quechua, conforma la característica con los que se cincela la personalidad de los locales y también, la de los braceros foráneos que se emplean en la mano de obra de las haciendas y los inmensos aserraderos.

En el entorno de esta particularidad geográfica es lógico que surjan infinidad de historias, algunas proceden de la imaginería ancestral que emana de la selva, otras, que se han alimentado de seres que oscilan entre lo irreal y lo absolutamente verdadero. Es por ello que, en la singularidad de los tiempos presentes, donde más que nunca sopesamos el valor de las auténticas compañías y todavía más, de nuestras legítimas libertades, sobresale la historia de un perro que hizo de su independencia su modo de vida y también, su manera de servir a la comunidad que lo aceptó como a uno más de sus integrantes.

El que sigue es el texto completo de Fernando:

“Algún día perdido en la memoria de los vecinos de Resistencia, en el Chaco, por sus calurosas y húmedas calles se vio cargar a un forastero que cargaba una guitarra mientras charlaba amigablemente con un perro de raza desconocida que lo acompañaba con fidelidad de sombra. El desconocido llamó a la puerta de una pensión y, tras presentarse como artista ambulante, cantor de boleros para mayor precisión, preguntó si él y su perro podían hospedarse.

   -Siempre cuando respeten las horas de siesta. Vos no cantás y el perro no ladra –le respondieron.

   La siesta es larga en el Chaco. Las horas de reposo pasan lentas y apacibles como las aguas del Paraná. Bajo el rigor canicular las brisas se alejan hacia territorios que nadie conoce, no canta el hornillo, el surubí cierra los ojos redondos en el fondo del río, y las gentes se abandonan a un sopor profundo y benéfico.

   A los pocos días de llegar, el cantor se durmió para siempre en una siesta. Al descubrir el triste suceso, el dueño de la pensión y los vecinos comprobaron que sabían muy poco, casi nada, de aquel hombre.

   -Uno de los dos obedece al nombre de Fernando, pero no sé si es él o el perro –comentó alguno.

   Luego de sepultar al cantor, y como una forma de respetar su memoria, los vecinos de Resistencia decidieron adoptar al perro, lo llamaron Fernando y le organizaron la vida: el dueño de un boliche se comprometió a darle cada mañana un tazón de leche y dos medias lunas. El perro Fernando desayunó durante doce años en el mismo boliche y en la misma mesa. Un matarife decidió servirle cada mediodía un trozo de carne con hueso. El perro Fernando acudió puntualmente a la cita durante toda su vida. Los artistas del Fogón de los Arrieros, una casa sin puertas en la que todavía los caminantes encuentran lugar de reposo y mate, aceptaron al perro Fernando como socio de la institución, donde destacó como implacable crítico musical. Tal vez heredado de su primer amo, el perro poseía un agudo sentido de la armonía, y cada vez que algún músico desafinaba debía soportar la reprimenda de los aullidos de Fernando.

Mempo Giardinelli me contó que, durante un concierto de un prestigioso violinista polaco en gira por el noreste argentino, el perro Fernando escuchó atentamente desde su lugar en primera fila, con los ojos cerrados y las orejas atentas, hasta que una pifia del músico le hizo proferir un desgarrador aullido. El violinista suspendió la interpretación y exigió que sacaran de la sala al perro. La respuesta de los chaqueños fue rotunda:

   –Fernando sabe lo que hace. O tocás bien o te vas vos.

   Durante doce años, el perro Fernando se paseó a su anchas por Resistencia. No había boda sin los alegres ladridos de Fernando mientras los recién casados bailaban un chamamé. Si Fernando faltaba a un velorio, era todo un desprestigio tanto para el muerto como para los deudos.

   La vida de los perros es por desgracia breve, y la de Fernando no fue una excepción. Su funeral fue el más concurrido que se recuerda en Resistencia. Las nota necrológicas llenar de pesar los periódicos locales, incontables paraguayos cruzaron la frontera para manifestar su sentida aflicción, los caciques de la política cantaron loas a sus virtudes ciudadanas, los poetas leyeron versos en su honor, y una suscripción popular financió su monumento, que se levanta frente a la casa de Gobierno, pero dándole la espalda, es decir, mostrándole el culo al poder.

   Hace un par de semanas, con mi hijo Sebastián que se inicia en los senderos que amo, salimos de Resistencia para cruzar el Chaco Impenetrable. En el límite de la ciudad leímos por última vez el letrero que dice: <Bienvenidos a Resistencia, ciudad del perro Fernando>.”   

Este relato breve pertenece a la antología Historias Marginales del autor chileno, quien es uno más de los que se encuentran en larga convalecencia a causa del virus Covid-19, a quien deseamos una definitiva recuperación.

De lecturas y de vida

Es evidente que la humanidad está atravesando circunstancias nunca vistas con anterioridad. Y al sector de la cultura y específicamente del libro, le requerirá ideas arriesgadas y creativas para que le permitan subsistir y continuar captando a viejos y nuevos lectores.

Las constantes cancelaciones de ferias (Londres, París, el Sant Jordi catalán, la feria de Madrid) son solo algunas de las consecuencias que han acarreado el freno de la actividad literaria. Y otra instancia, el obligado cierre de librerías, hace que queden solo las plataformas electrónicas como único acceso al material de lectura.

En los últimos días las editoriales y sus webs se han afanado en hacer que sus textos físicos, electrónicos o en forma de audio, fueran más que atrayentes a los ojos y en especial al bolsillo de cualquier lector, con ofertas que en muchos casos llegan hasta la pérdida de las tres cuartas partes de su último valor de venta.

También las pequeñas librerías, quienes con mucho esfuerzo resistieron los embates de la crisis del año 2008 piensan, más allá de las ayudas que puedan recibir de las autoridades gubernamentales, en implementar una táctica cercana al crowdfunding donde, con un método basado en la confianza mutua,  intentarían afrontar sus inmediatas necesidades económicas. Así, el cliente pagaría por adelantado el libro que desea, y el librero le haría la entrega del ejemplar una vez que se autorice la reapertura de las tiendas.   

Dada la dimensión que van tomando los hechos, para permitir que sus producciones se sigan dando a conocer, han reaccionado además muchos reconocidos escritores. Es el caso de J.K. Rowling, autora de la reconocida  saga de Harry Potter quien, para abaratar el precio final de sus historias, ha decidido dejar de cobrar los derechos de autor por un tiempo determinado, con serias  posibilidades de que muchos más se sigan sumando a la acción.

Por lo cual, una situación de excepción como la que vive el planeta necesitará, una vez más, de flamantes acciones y de un esfuerzo mancomunado de los componentes del sector para superarla. Ya lo sintetizó de manera certera el científico Albert Einstein: “En los momentos de crisis, solo la imaginación es más importante que el conocimiento”.  

FLF.-

La frase

 «El totalitarismo ha tomado mucho el modelo paterno. Porque lo que define al totalitarismo no son los campos de concentración o las ejecuciones masivas. Lo que lo define es esa paternidad infinita donde el líder (o el estado o el partido) es el padre de todos, tiene un poder absoluto sobre ti (siempre por tu pronto bien, claro), sabe lo que necesitas mejor que tú y, sobre todo, nunca va a reconocer tu mayoría de edad»                ( Enrique del Risco )