La frase

«Nuestro sistema, nuestros políticos, nuestra sociedad ya no funcionan. Dentro de quince años tendremos adultos de cuarenta que llevaran otros quince años en el paro. Entonces lo echarán todo abajo y tendrán razón. Quizás yo lo combato soñando que aún puede haber carisma, soñadores bellos y felices»  ( Jöel Dicker )

La frase

«Creo que la forma puede cambiar y que tal vez en un futuro cercano los libros en papel impreso sean objetos de colección; pero la literatura seguirá existiendo, aunque sea con un chip plantado en el cerebro, que nos haga soñar en una noche con una novela completa»                                                                                                                                                          ( Isabel Allende )

Samuel Beckett, más allá del crono

El paso del tiempo y sus huellas conforman muchas de sus imágenes fotográficas más conocidas, consecuencias que en la cara del escritor ya maduro se asemejan en mucho a los surcos de la sufrida tierra de su Irlanda natal. Por fortuna, más allá del mero detalle estético y para el beneplácito de millones de lectores, el multifacético autor alcanzó metas más importantes que el mero transcurrir de los años en su persona.

A pesar de lo expuesto Beckett (1906-1989) no pertenecía a ninguna familia de campesinos, ya que sus orígenes se situaban en el seno de una familia relativamente acomodada de los mejores barrios de Dublín. Hijo de un  aparejador y de una madre enfermera y profundamente religiosa fue un niño de salud quebradiza, elementos estos que a buen seguro influirían en una escritura despojada de artificios y más aún descreída respecto de las posibilidades del ser humano.

Egresado del renombrado Trinity College de la capital insular no tardó en relacionarse con un coterráneo y ya reconocido James Joyce, de quien fue discípulo primero y asistente después. Pero éste fue solo un paso, ya que sus múltiples habilidades le llevaron a trascender como traductor de francés;  como novelista luego: Molloy, Malone muere y El innombrable; como dramaturgo, con piezas que se adscribían dentro del denominado teatro del absurdo, entre ellas, Final de partida y la muy representada Esperando a Godot. Y finalmente destacó como director, cuando realizó la puesta de las suyas así como de otras piezas teatrales.

La calidad y temática de sus historias le valieron proyección mundial y varios reconocimientos, entre ellos, el Premio Formentor del Congreso de Editores en el año 1961 (que compartió con Jorge Luis Borges) y en 1969 el Nobel de Literatura. Según la academia sueca, por destacar en el conjunto de sus textos “una escritura que, en la miseria del hombre moderno, adquiere su elevación”.

El pasaje a continuación corresponde a su relato breve Primer Amor, que bien sirven como muestras de su escritura:

“¿…Entonces no quiere que vuelva?, dijo. Es increíble cómo la gente repite lo que uno acaba de decirles, como si temieran la hoguera si dan crédito a sus oídos. Le dije que viniese de vez en cuando. Conocía muy mal a las mujeres por aquel entonces. Sigo sin conocerlas por otra parte. Ni a los hombres. Ni a los animales. Lo que menos desconozco, son mis sufrimientos. Los pienso todos, cada día, se hace rápido, el pensamiento es tan rápido, pero no todos vienen del pensamiento. Sí, hay algunas horas, al principio de la tarde sobre todo, en que me siento sincretista, a la manera de Reinhold. Vaya equilibrio. Y encima también los conozco mal, mis sufrimientos. Eso debe de ser que no soy solo sufrimiento. He aquí la astucia. Entonces me alejo, hasta el asombro, hasta la admiración de otro planeta. Raramente, pero con eso basta. Ninguna bobada, la vida. No ser más que puro sufrimiento, ¡cómo simplificaría las cosas! ¡Ser doliente puro! Pero eso sería competencia, y desleal. Ya se los contaré a ustedes de todos modos, un día, si me acuerdo, y puedo, mis raros sufrimientos, detalladamente, y distinguiéndolos con cuidado, para mayor claridad. Les contaré los del entendimiento, los del corazón o afectivos, los del alma (bellísimos, los del alma), y luego los del cuerpo, los internos u ocultos primero, luego los de la superficie, empezando por los cabellos y descendiendo metódicamente y sin apresurarme hasta los pies, centro de los callos, calambres, juanetes, uñeros, sabañones, hongos y otras extravagancias. Y a los que sean tan amables que me escuchen les diré al mismo tiempo, conforme a un sistema cuyo autor he olvidado, los instantes en que, sin estar drogado, ni borracho, ni en éxtasis, no se siente nada. Entonces naturalmente ella quería saber lo que yo quería entender por de vez en cuando, vean a lo que uno se arriesga, abriendo la boca. ¿Cada ocho días? ¿Cada diez días? ¿Cada quince días? Le dije que viniera menos veces, muchas menos veces, que no viniera en absoluto de ser posible, y que si eso no era posible que viniera las menos veces posibles. Por otra parte al día siguiente abandoné el banco, menos a causa de ella debo decirlo que a causa del banco, cuya situación ya no respondía a mis necesidades, tan modestas sin embargo, ya que los primeros fríos comenzaban a hacerse sentir, y por otras razones de las que sería ocioso hablar, a gilipollas como ustedes, y me refugié en un establo de vacas abandonado que había localizado en el curso de mis paseos. Estaba situado en el ángulo de un campo que mostraba en su superficie más ortigas que hierba y más barro que ortigas, pero cuyo subsuelo poseía posiblemente propiedades remarcables. Fue en ese establo, lleno de boñigas secas y huecas que se hundían con un suspiro cuando las tocaba con el dedo, donde por primera vez en mi vida, y diría gustosamente por última si tuviese bastante morfina al alcance de mi mano, tuve que defenderme contra un sentimiento que se atribuía poco a poco, en mi espíritu helado, el horroroso nombre del amor. Lo que hace encantador a nuestro país, aparte por supuesto del hecho de que esté medio despoblado, a pesar de la imposibilidad de procurarse el más mínimo preservativo, es que todo está abandonado menos las viejas deposiciones de la historia. Éstas son recogidas encarnizadamente, son conservadas y paseadas en procesión. En cualquier lugar donde el tiempo haya producida una hermosa palomina repugnante ustedes encontrarán a nuestros patriotas, en cuclillas, resoplando el rostro encendido. Es el paraíso de los desalojados. Ésta es finalmente la explicación de mi felicidad. Todo invita a la prosternación…”

Entrevista: Toni Hill

Se reivindica como un ser inquieto en el momento de elegir lo que le motiva para escribir una novela. Tal vez luego sea su formación académica en psicología la que alimente su fascinación por el lado oscuro y la dualidad que subyace en todas las personas; quizás por ello admita que le seducen los personajes que ocultan más que aquellos que se manifiestan. En Los Ángeles de Hielo (Grijalbo) el escritor barcelonés compone un texto pleno de intriga donde aflora la vulnerabilidad y la necesidad de protección del ser humano, para consigo mismo y también contra la propia sociedad que le rodea.

DPL- En el año 2011 se publica -con muy buena repercusión- su primer trabajo: El verano de los juguetes muertos; Los buenos suicidas aparece solo un año después; Los amantes de Hiroshima lo hace en el 2014; y ahora, aún tibiecita, acaba de instalarse en las librerías Los Ángeles de Hielo. No está nada mal para quien hace tan solo cinco años no había publicado novela alguna, el menor adjetivo se puede expresar es prolífico…

TH –Visto así, supongo que prolífico sería una buena descripción aunque yo prefiero la de inquieto, jaja… En realidad, en cuanto entras en una serie, y más aún una trilogía, se impone un ritmo de publicación algo más apretado. También es cierto que tienes ya a los personajes principales creados, lo cual te ahorra un poco de esfuerzo. El verano de los juguetes muertos se publicó en 2011 y la idea era seguir con los otros dos títulos en años consecutivos (2012/2013), pero no pudo ser y la última acabó saliendo en 2014. Y ahora, dos años después, aparecen Los ángeles de hielo.

– Hablemos de su reciente publicación Los Ángeles de Hielo, novela gótica construida con una gran dosis de intriga, ¿cuál fue o fueron las ideas que oficiaron como disparadoras de la narración, qué fue aquello que le movilizó a expresarse?

TH- Había varios temas que me rondaban por la mente ya cuando estaba en la tercera novela de la trilogía. Uno, que puede parecer frívolo, era el deseo de que la siguiente historia fuera muy distinta, sobre todo en ambientación y en el ritmo de narración. La novela policíaca clásica, como eran las de la trilogía, llevan consigo un ritmo marcado, de acción casi constante, y me apetecía mucho hacer algo distinto: empezar con una intriga sutil y dejar que ésta fuera tomando aire, creciendo, hasta impregnar toda la novela. Luego, en aspectos más temáticos, me interesaba mucho hablar de la represión (emocional y también sexual), el autoengaño, el lado oscuro que tenemos todos y la decepción. De esos conceptos salió un protagonista desencantado con su tiempo y toda una historia de secretos y obsesiones.

– En el relato se menciona, entre otros, el mítico coche Hispano-Suiza, los amoríos y encuentros de la burguesía barcelonesa en el teatro Liceo, o la reciente admisión de las mujeres en la universidad, ¿además de la trama propiamente dicha, ha tenido la intención de trazar un fresco de la época?

TH- Sí, yo estoy bastante convencido de que cada historia tiene sentido en una época y que, sin abrumar al lector, sí hay que proporcionarle referentes para sumergirse en ese tiempo determinado. Los ángeles de hielo no es una novela histórica, sino una historia de intriga psicológica situada en un momento histórico concreto: las primeras décadas del siglo XX.

– Ha construido la historia situándola en 1916 dentro del escenario que representaba la Gran Guerra, conflicto que de una manera u otra está presente a lo largo de la novela. Pero salvo contadas menciones -como la que se hace de una violación- se observa la tendencia de no explicitar en demasía; hecho que sabiamente se deja librado a la tácita imaginación del lector. Ahora dado el peso específico, ¿qué es lo que le ha atraído de la conflagración como para utilizarla como gran marco de referencia?

TH- Debo confesar que soy un gran amante de las guerras desde un punto de vista literario. Representan un conflicto global, mayor, que envuelve a los personajes. En términos freudianos, una especie de súper-conflicto. Y en una guerra, que es una situación extrema, lo mejor y lo peor de los seres humanos sale a la luz: tanto existen actos de heroísmo como de absoluta crueldad, tanto en quienes luchan como en quienes los esperan y sufren las consecuencias del conflicto desde sus casas. Dicho esto, la novela no trata sobre la guerra y en realidad solo uno de los personajes, el protagonista, la ha conocido en persona. Eso le concede un halo casi romántico, atormentado por algo que nadie más de la novela ha vivido (ni tampoco los lectores). Podría haberle hecho explicar muchos más detalles, pero decidí dejarlo así: a veces los personajes resultan más interesantes por lo que ocultan que por lo que cuentan.

– De los cuarenta y tantos personajes de diferente orden que aparecen en la historia hay dos que sobresalen por su importancia: Frederic Mayol el protagonista omnipresente y una “gran ausente” como lo es Águeda Sanmartín, a la que conocemos a través de las precisas pinceladas de su propio diario y quien en definitiva conquista la atención del lector hacia su persona. ¿Es ella el personaje gótico de la novela?

TH- Yo diría que no. En la novela los elementos góticos se encuentran en la ambientación (el internado ahora convertido en sanatorio, esas escaleras donde los personajes siempre suben sin poder evitar volverse hacia atrás, esos pasillos mal iluminados), en las visiones y enfermedades mentales de los pacientes y en los crímenes: desde la primera víctima, Clarisa, sabemos que alguien las degüella y les coloca un pájaro muerto en la boca. Águeda es un personaje poderoso, creo que uno de los más impactantes de la novela, pero en realidad es una mujer muy capaz, muy inteligente, que no quiere reconocer, ni ante sí misma, que en su vida hay unos huecos emocionales que necesita llenar. Puede parecer un personaje típico de finales del XIX, principios del XX, pero si lo pensamos bien veremos que existe también hoy en día: mujeres o hombres que trabajan sin descanso, en empleos que son o parecen vocacionales, y que esconden una falta de vida personal que, en algún momento, les estalla delante.

– Declara el protagonista central: “Añoro los años pasados, antes de que esta guerra quebrara un mundo ordenado que se movía a un ritmo perfecto y tranquilo, como si un metrónomo lo dirigiera”; como él ¿siente que a partir de allí la humanidad se alejó de lo se definía como el romanticismo de la Belle Époque?

TH- Creo que sí, aunque habría que matizarlo mucho. Frederic está hablando desde un punto de vista privilegiado: chico burgués, universitario, con una vida sin excesivas complicaciones sociales o económicas. Esa Belle Époque tenía una cara B, que no era para nada “belle” sino bastante “bestial”. Si hablamos de los obreros de las fábricas, de los turnos inacabables, de los niños trabajando jornadas de adulto por menos de la mitad de sueldo, obviamente la perspectiva es distinta. Pero, puntualizado esto, sí que creo que, quizá llevados por un optimismo que parece acompañarnos en cada principio de siglo (yo solo he vivido el del XXI y lo percibí), la guerra sí truncó unos movimientos culturales y artísticos que recorrían Europa, una paz burguesa, unas corrientes ideológicas como el psicoanálisis. Si uno está luchando a muerte en una guerra, interpretar sus sueños no debería tener mucho misterio; y los traumas del pasado palidecen ante el gran trauma del momento. La guerra lo zarandeó todo, y sobre todo se cargó ese optimismo un poco ingenuo de las clases acomodadas europeas.

– La trama en su desarrollo supera las 450 páginas aunque es de destacar que se sobrellevan sin esfuerzo. A pesar de ser un texto escrito con una estructura compleja, con distintas voces en el narrador, ha tenido particular esmero en el ritmo de la historia lo que le confiere cierto grado de adicción al lector. ¿Con cuál de los narradores se siente más identificado como autor?

TH- La verdad es que con todos. El narrador omnisciente es el que yo había manejado más hasta el momento, y siempre lo hecho acercándolo mucho a los personajes. Águeda y su diario, narrado en primera persona, eran un reto y sin embargo acabó resultando más sencillo de lo que había supuesto (dentro de la complejidad): se trataba de “ser” Águeda, de ver el mundo a través de sus ojos y contarlo a partir de su perspectiva. Fue agotador, eso sí, porque es un personaje potente que te deja un poco exhausto como autor. Y el tercer narrador, el doctor Freixas, al que llamo el narrador travieso, fue muy divertido. Me ofrecía la posibilidad de contar ciertas cosas sin que necesariamente tuvieran que ser ciertas, podía darle a una escena todo el dramatismo del mundo porque es un hombre mayor, un poco sobrepasado por la emoción de escribir. Disfruté mucho con él. Y todos ellos conforman ese ritmo que creo que es uno de los rasgos distintivos de la novela: la alternancia entre el narrador omnisciente y el diario de Águeda imprime uno muy marcado en las dos primeras partes; y las intervenciones, mucho más al azar, más inesperadas, de esos “solos” del doctor Freixas rompen con la narración convencional de las partes 3 y 4.

– A lo largo de la historia muchos de los personajes manifiestan la dicotomía que subyace en todos nosotros. Por ejemplo, esas manifestaciones contrapuestas que hacían que la misma burguesía que amparaba y sufragaba las grandes manifestaciones artísticas, era la que con su anuencia impulsaba los pasos hacia la confrontación bélica con toda su destrucción de vidas y bienes que ello comportaba. ¿Se puede decir que esa dualidad es uno de los argumentos principales de la novela?

TH- Sí, desde luego es uno de los temas principales. La dualidad aparece en esa perspectiva social que comentas, en la enfermedad mental de uno de los personajes (que ve a su doble), en algún otro personaje más que no vamos a desvelar… Pero luego hay detalles que la refuerzan también: Frederic tiene dos amigos, por ejemplo, con quienes va a la guerra; uno de ellos muere en combate, no sólo eso, casi anticipa su muerte como si pensara dejarse matar, mientras que el otro descubre unos instintos violentos y crueles que le hacen, en cierto modo, disfrutar de la situación de guerra. El tema del doble es un clásico de la literatura, y más de la literatura gótica (pensemos en Dr. Jekyll y Mr. Hyde), y a mí me apasiona en cada una de sus vertientes: la más “perturbada” y la más adaptada… Porque todos tenemos, sino un doble, sí un lado oscuro o cuanto menos oculto, que intentamos no mostrar. Y es ese lado el que funciona muy bien en la literatura o en el cine.

– En algunos pasajes se menciona a los integrantes de la familia de Sigmund Freud y la cercana relación del protagonista con Anna, hija del renombrado médico. ¿En este caso su formación como psicólogo le ha llevado a hacer un homenaje manifiesto al denominado padre del psicoanálisis?

TH- Es un homenaje manifiesto, pero no sé si por mis estudios de Psicología. Diría más bien que, sin Freud (sin sus teorías del inconsciente y la sexualidad, por cuestionadas que sean ahora), mucha literatura, mucho cine y mucho arte del siglo XX simplemente no habrían existido de la misma forma.

– Del relato surge la frase “Los hombres deben tomar sus propias decisiones y aceptar sus propias condenas”, ¿es que estamos condenados?

TH- Estamos condenados a la muerte: vivir eludiendo ese hecho es nuestro mayor autoengaño. Pero no quiero terminar con un pensamiento tan duro. “Los hombres deben tomar sus propias decisiones y aceptar sus propias condenas” es una frase muy contundente, que, como siempre, se deja algo: la mayoría de nosotros tendemos a decidir echar la culpa a los demás (a nuestros padres, al entorno, a los amigos, a la mala suerte) y eso, en consecuencia, nos “absuelve” en lugar de condenarnos. Hay quien dirá que es algo un poco cínico, pero funciona bien y nos permite sobrevivir en un mundo que ya nos abruma lo suficiente… ¡No nos flagelemos más de la cuenta!

La frase

«¿La clase social, la etnia o la religión te condiciona y elige por ti o tú, en cambio, tienes la libertad individual y la actitud moral para decidir por ti mismo y no dejarte arrastrar por el grupo?»  ( Rafel Nadal )

Novela de una desconocida: Elena Ferrante

Mucho se ha comentado respecto de quien es en realidad la escritora que se encuentra supuestamente detrás del nombre de la italiana. El hecho de que no se encuentre fotografía de su persona, que jamás se la haya visto en acto alguno ni haya asistido a firma de ejemplares de sus libros, y que solo haya respondido a preguntas de sus obras mediante correo electrónico, hacen que se alimente ese rumor.

Quizás sea una estrategia premeditada de márquetin de sus editores pero lo cierto es que poco se conoce de la autora, tan solo la mención de una fecha de nacimiento (1943) y una ciudad de origen (Nápoles), aunque tampoco haya gran certeza de esto. Aun así es de sentido común que el éxito de las historias de la Ferrante no se podría aguantar sin el beneplácito y la curiosidad de sus múltiples lectores.

En su caso los reconocimientos le llegaron con sus tres primeros trabajos: El amor molesto, Los días del abandono y La hija oscura, con ellos se dio a conocer al gran público de la misma manera que comenzaba a alimentar el mito de su oculta personalidad. En estos textos ya hacía gala de un estilo en que las observaciones de personajes sumadas a las acertadas descripciones de las atmósferas propias de la acción ocupaban un destacado lugar en la trama.

Su definitiva proyección se produjo luego de la publicación de La amiga estupenda, primer volumen de la saga Dos Amigas, con la que la escritora ha alcanzado una consideración que la ha llevado a trascender mucho más allá de las letras itálicas. En esta novela traza un bosquejo preciso de la sociedad napolitana mientras que mediante la amistad entre dos niñas, Lila y Lenuccia, va sosteniendo el ritmo de la narración. En la historia ellas, procedentes de una barriada popular, intentarán salvar las dificultades que la vida les pondrá por delante, a la vez que se irán alimentando de un afecto que se extenderá en el tiempo y la distancia.

Por ello más allá de lo que se pueda fabular de la autora, para apreciar una muestra de su capacidad literaria, de La amiga estupenda, el pasaje a continuación:

(En la voz de Lennucia) «…Era temprano y ya hacía calor. Había un fuerte olor a tierra y hierba secándose al sol. Subimos entre arbustos altos, por senderos inestables que iban hacia las vías. Al llegar a una torre eléctrica nos quitamos las batas y las metimos en las carteras, que ocultamos entre los arbustos. Y echamos a andar por el campo, lo conocíamos muy bien y volamos entusiasmadas por una ladera que nos llevó cerca del túnel. La boca de la derecha era negrísima, nunca nos habíamos adentrado en aquella oscuridad. Nos aferramos de la mano y echamos a andar. Era un pasadizo largo, el círculo luminoso de la salida se veía muy lejos. Tras acostumbrarnos a la penumbra, aturdidas por el retumbo de nuestros pasos, vimos las vetas de agua plateada que descendían por las paredes, los grandes charcos. Seguimos andando muy tensas. Lila lanzó un grito y se echó a reír al comprobar que el sonido estallaba con violencia. Yo grité a continuación y también me eché a reír. A partir de ese momento no hicimos más que gritar, juntas o por separado: carcajadas y gritos, gritos y carcajadas, por el placer de oírlos amplificados. La tensión se atenuó, comenzó el viaje.

Nos aguardaban muchas horas en las que ninguno de nuestros familiares nos buscaría. Siempre que me viene a la cabeza el placer de ser libres, pienso en el inicio de aquel día, en el instante en que salimos del túnel y nos encontramos en un camino todo recto hasta donde alcanzaba la vista, el camino que, según lo que Rino le había contado a Lila, al final de todo, llevaba al mar. Me sentí expuesta a lo desconocido con regocijo. Nada que ver con el descenso a los sótanos o con el ascenso a la cada de don Achille. El sol lucía nebuloso y había un fuerte olor a quemado. Caminamos largo rato entre muros derrumbados invadidos por las malas hierbas, edificios bajos de los que salían voces en dialecto, a veces un estrépito. Vimos un caballo bajar cauteloso por un terraplén y cruzar el camino relinchando. Vimos a una mujer joven asomada a un balconcito, que se peinaba con el peine fino para piojos. Vimos a muchos niños llenos de mocos que dejaron el jugar y nos miraron amenazantes. También vimos a un hombre gordo en camiseta que salió de una casa derruida, se abrió la bragueta y nos enseñó el pene. Pero no nos asustamos de nada: don Nicola, el padre de Enzo, a veces nos dejaba acariciar su caballo, los niños se mostraban amenazantes también en nuestro patio y estaba el viejo don Mimì, que nos enseñaba su cosa asquerosa todas las veces que volvíamos de la escuela. Durante al menos tres horas de viaje la avenida que recorríamos no nos pareció diferente del segmento al que nos asomábamos a diario. Y nunca sentí la responsabilidad de ir por el camino correcto. Nos aferrábamos de la mano, avanzábamos una al lado de la otra, pero para mí, como de costumbre, era como si Lila estuviera diez pasos por delante y supiera exactamente qué hacer, adónde ir. Estaba acostumbrada a sentirme la segunda en todo y por eso estaba segura de que ella, que siempre era la primera, lo tenía todo claro: el ritmo, el cálculo del tiempo del que disponíamos para ir y volver, el itinerario hasta el mar. La notaba como si llevase todo ordenado en la cabeza de manera tal que el mundo a nuestro alrededor nunca habría podido desordenar nada…”

La frase

«Quien abandona la propia casa y se embarca con los hijos, poniendo en riesgo la vida para buscar refugio en un país en el que no es bien recibido, lo hace por un solo motivo: porque quedarse sería peor aún».  ( Isabel Allende )

Svetlana Alexiévich y las deudas no reconocidas

Año 1985, un film argentino era galardonado con el premio Oscar a la mejor película de habla no inglesa, se trataba de La Historia Oficial. En él se hacía la semblanza que un gobierno -en este caso uno militar- construía para venerar aquello que consideraban sus logros y también, para cubrir sus crímenes, trapicheos y miserias.  Que se sepa la escritora bielorrusa (1948) no ha vivido en el país sudamericano pero, criada bajo el férreo control que de la información ejercieron las autoridades pro-soviéticas, bien sabe de cómo alimentaban el relato gubernamental aquellos que supuestamente impulsarían a un hombre nuevo hacia un mejor futuro.

De hecho la práctica totalidad de la obra de Alexiévich fue edificada en base a buscar en el más allá de lo que las jerarquías fueron machacando durante décadas, y por ello fue laureada con el Nobel de Literatura 2015. En el momento de librarle el premio la Academia sueca destacó que su obra expresaba “gran polifonía”, y que era además “un monumento al sufrimiento y al coraje de nuestro tiempo”. Pero tal vez lo que subyace con más vehemencia en sus textos sean las carencias de un sistema comunitario; el logro de algunas verdades incontestables, y de otras tantas falencias a las que fue sometida una sociedad que quiso creer en un método y que a la postre favorecieron la caída del mismo.

Como consecuencia de la repercusión mundial lograda por el galardón, la totalidad de los escritos de la eslava se están traduciendo al español, aunque  ya se encuentran disponibles títulos como Voces de Chernóbyl o El fin del Homo Soviéticus. También se ha editado uno de sus primeros textos, La guerra no tiene rostro de mujer, trabajo que oscila entre el ensayo y la historia novelada, en la que la autora pone negro sobre blanco respecto de las experiencias que vivieron ese cercano millón de mujeres que en los más variados puestos, fueron desplazadas al frente por los ejércitos soviéticos durante la Segunda Guerra Mundial y que, aún hoy a años del conflicto, ocupan un espacio limitado en las crónicas belicistas. Triste paradoja para muchas de ellas cuando finalizada la contienda, luego de haberse ganado su honra en el campo de batalla, fueron catalogadas como contrarrevolucionarias y por ello terminaron con sus huesos en un gélido gulag siberiano.

Del comienzo de La guerra no tiene rostro de mujer, el pasaje siguiente:

“Escribo sobre la guerra…

Yo, la que nunca quiso leer libros sobre guerras a pesar de que en la época de mi infancia y juventud fueran la lectura favorita. De todos mis coetáneos. No es sorprendente: éramos hijos de la Gran Victoria. Los hijos de los vencedores. ¿Qué cuál es mi primer recuerdo de la guerra? Mi angustia infantil en medio de unas palabras incomprensibles y amenazantes. La guerra siempre estuvo presente: en la escuela, en la casa, en las bodas y en los bautizos, en las fiestas y en los funerales. Incluso en las conversaciones de los niños. Un día, mi vecinito me preguntó: ‘¿Qué hace la gente bajo tierra? ¿Cómo viven allí?`. Nosotros también queríamos descifrar el misterio de la guerra.

Entonces por primera vez pensé en la muerte… Y ya nunca más he dejado de pensar en ella, para mí se ha convertido en el mayor misterio de la vida.

Para nosotros, todo se originaba en aquel mundo terrible y enigmático. En nuestra familia, el abuelo de Ucrania, el padre de mi madre, murió en el frente y fue enterrado en suelo húngaro; la abuela de Bielorrusia, la madre de mi padre, murió de tifus en un destacamento de partisanos; de sus hijos, dos marcharon con el ejército y desaparecieron en los primeros meses de guerra, el tercero fue el único que regresó a casa. Era mi padre. Los alemanes quemaron vivos a once de sus familiares lejanos junto con sus hijos: a unos en su casa, a otros en la iglesia de la aldea. U así fue en cada familia. Sin excepciones.

Durante mucho tiempo jugar a ‘alemanes y rusos` fue uno de los juegos favoritos de los niños de las aldeas. Gritaban en alemán: ‘Hände hoch!`, ‘Zurück`, ‘Hitler kaput!`.

No conocíamos el mundo sin guerra, el mundo de la guerra era el único cercano, y la gente de la guerra era la única gente que conocíamos. Hasta ahora no conozco otro mundo, ni a otra gente. ¿Acaso existieron alguna vez?

La aldea de mi infancia era femenina. De mujeres. No recuerdo voces masculinas. Lo tengo muy presente: la guerra la relatan las mujeres. Lloran. Su canto es como el llanto.

En la biblioteca escolar, la mitad de los libros era sobre la guerra. Lo mismo en la biblioteca del pueblo, y en la regional, adonde mi padre solía ir a buscar los libros. Ahora ya sé la respuesta a la pregunta ‘¿por qué?`. No era por casualidad. Siempre habíamos estado o combatiendo o preparándonos para la guerra. O recordábamos cómo habíamos combativo. Nunca hemos vivido de otra manera, debe ser que no sabemos hacerlo. No nos imaginamos cómo es vivir de otro modo, y nos llevará mucho tiempo aprenderlo.

En la escuela nos enseñaban a amar la muerte. Escribíamos redacciones sobre cuánto nos gustaría entregar la vida por… Era nuestro sueño.

Sin embargo, las voces de la calle contaban a gritos otra historia, y esa historia me resultaba muy tentadora.

Durante mucho tiempo fui una chica de libros, el mundo real a la vez me atraía y me asustaba. Y en ese desconocimiento de la vida se originó la valentía. A veces pienso: ‘Si yo fuera una persona más apegada a la vida, ¿me había atrevido a lanzarme a este pozo negro? ¿Me había empujado a él mi ignorancia? ¿O habrá sido el presentimiento de que este era mi camino?`. Porque siempre intuimos nuestro camino…”