Joan Didion, los vacíos y el vivir como pasatiempo

Desde la contratapa misma de la edición impresa del libro nos bien predisponen a su lectura cuando nos advierten que, según la revista Time, nos encontramos delante de una de las cien mejores novelas de habla inglesa publicadas en el siglo pasado. En aras de ello y para reivindicar el texto es que, luego de años de su primera edición,  Según venga el juego de la estadounidense Joan Didion (Sacramento, 1934) se ha vuelto a imprimir.

Verdad es que la escritora tiene una extensa carrera desarrollada entre el periodismo, el ensayo, la novela (Book of Common Prayer, Democracy, Run River) y también con la escritura de guiones cinematográficos, por los que recibió varios galardones: National Book Award, National Book Critics Circle Award, y fue finalista del premio Pulitzer, además de dos reconocimientos Honoris Causa en letras de las universidades de Harvard y Yale.

Quizás fue su experiencia como guionista la que le llevó a conocer de cerca las características personales de todos aquellos que se mueven en el medio que rodea a la gran pantalla, que le brindó elementos suficientes para construir su gran texto. Para estructurarlo alrededor de la crisis que resquebraja un matrimonio entre un director y una actriz, todo ello en medio del hastío y la falsa pompa que rodeaba al Hollywood de los años sesenta.

Luego tuvo el acierto de edificar la novela en capítulos breves pero de una carga e intensidad supremas, con un estilo fraccionado e inconexo en apariencia, pero donde todo cumple su función y tiene su porqué. La economía de palabras es otro de sus puntos fuertes, cuando los personajes se expresan de manera breve, por momentos casi con monosílabos, pero su maestría se demuestra cuando sostiene el relato con una gran tensión narrativa.

De Según venga el juego  el pasaje siguiente:

El décimo día de octubre a las cuatro y cuarto de la tarde con un viento seco y caliente soplando a través de los desfiladeros María se encontró con Baker. Nuca había tenido intención de llegar tan lejos, había empezado el día como otro cualquiera, con la autopista como único destino. Pero había salido de la San Bernardino y enfilado por la Barstow y en lugar de volverse en Barstow (había llegado hasta allí otras veces pero nunca tan tarde, era demasiado tarde para dar media vuelta, estaba demasiado lejos demasiado tarde, había perdido el ritmo) había seguido conduciendo. Cuando se desvió en Baker hacía cuarenta y seis grados y la radio sintonizaba Las Vegas y María se encontraba a menos de cien kilómetros donde Carter estaba rodando la película. En ese instante Carter podría estar en el motel. Tal vez hubieran terminado de filmar por ese día y estuviera tomando una copa con BZ y Helene, planteándose ir a cenar a Las Vegas o simplemente descansar, descansar sin camisa sobre la cama deshecha. La mujer que regenteaba el motel solo hacía las camas una vez a la semana. Carter había bromeado al respecto en una entrevista, María lo había leído en la prensa especializada. Podía telefonear. ‘Oye -podía decir María. Estoy en Baker. Resulta que estoy en Baker`.

‘Resulta que estás en Baker –podía decir él-. Pues vente para acá`

O incluso podía decir: ‘Oye. Vente corriendo para acá’

Eran las cosas que Carter podía decir pero como María no sabía si las diría o si tan siquiera quería escucharlas se quedó sentada en el coche detrás de la gasolinera 76 de Baker y observó la cabina que había junto a la máquina de Coca-Cola. Dijera lo que dijera Carter de entrada terminaría no diciendo nada. Carter diría algo y ella diría algo y antes de darse cuenta estaría recitando un diálogo tan familiar que consumía la imaginación, bloqueaba la voluntad, les permitía omitir palabras y frases enteras y no obstante llegar a la fría conclusión.

 -Por Dios –diría él-. Hoy me he sentido bien, estupendamente, para variar, y ahora has venido tú a arreglarlo, a pinchar el globo.

-Cómo lo he arreglado.

-Ya sabes cómo.

-No lo sé.

María esperaría la respuesta pero entonces él no diría nada, se limitaría a permanecer sentado con la cabeza en las manos. Ella primero se sentiría culpable, resignada a la infelicidad, luego furiosa, atrapada, pálida de rabia.

-Escúchame bien –diría entonces María, casi a gritos, intentando agarrarlo por los hombros y zarandearlo para que dejara lo que no podía ver más que como una pose afectada; él la apartaría de un empujón y la expresión de su cara, contrahecha, enseñando los dientes, la paralizaría.

-Por qué no lo superas –diría entonces Carter, inclinándose más cerca, con el rostro todavía desencajado-. Por qué no vas al baño y te tomas todas las pastillas que encuentres. Por qué no te mueres.

Después se iría durante un rato, rompiendo las cosas a su paso, abriendo las puertas a patadas, agarrando licoreras para arrojarlas a los espejos, desviándose para destrozar sillas contra el suelo. Cuando volviera siempre se acostaría en la habitación de los dos, cerrando la puerta para dejar a María fuera. Rígida de autocompasión, ella dormiría en otro cuarto, deseando tomar la decisión de marcharse. Cada uno pensaba que el otro era un asesino del tiempo, un destructor de vida. María no sabía que estaba haciendo en Baker. Como quiera que empezara acabaría así.

-Escucha –diría ella.

-No me toques –diría él.

María miró la cabina durante un buen rato y luego se bajó del coche y se bebió una Coca-Cola caliente. Con el final de la cola se tragó dos pastillas de Fiorinal, luego cerró los ojos contra el sol y esperó a que el Fiorinal le quitara a Carter y lo que este habría dicho de la cabeza. En el trayecto de vuelta a la ciudad el tráfico era denso y el viento caliente colaba arena por las ventanillas y la radio la puso nerviosa y después de aquello María ya solo volvió a la autopista como medio para llegar a alguna parte…”

La frase

«En mis textos me interesa ahondar en los motivos que se tienen para cruzar las líneas. Todos tenemos emociones negativas, rencores y odios, deseos muy poderosos de infligir daño, pero al final no lo hacemos, ¿qué pasa con las personas que sí lo hacen? Por ello trato de no reducir el crimen a una víctima y un victimario, sino a las condiciones sociales que lo rodean»                                                                                                                                                 Fernanda Melchor )

Mercè Rodoreda, y un diamante en el barrio de Gràcia

Sus páginas han sido, en más de una oportunidad, de estudio obligado para aquellos que elegían las carreras de filología catalana o literatura hispánica. Aunque verdad es que no sólo lo fue para los estudiosos ya que, por la calidad que atesora, La plaza del diamante ha sido merecedora de varias reediciones desde su primera publicación allá por el año 1962.

En todo el tiempo transcurrido la novela se ha erigido en un texto esencial de las letras catalanas. Varios son los factores, porque la autora halla la acción en uno de los barrios más emblemáticos de la ciudad de Barcelona como lo es Gràcia, porque termina por constituirse en todo un fresco de la clase trabajadora de principios del siglo pasado y en última instancia, porque refleja a una generación de jóvenes para quienes a golpe de dura realidad, esa juventud se les escapó de entre los dedos; cuando no lo fue la vida, durante los duros años de la Guerra Civil. Aún así poco cargada está la historia de mística beligerante, nada más lejano a la intención de la escritora, y mucho sí, con los redoblados esfuerzos por ganarle el pulso al diario sobrevivir en todos aquellos  que peleaban en el frente de batalla. Y qué decir de los que no lo hacían, más aún en aquellos que luego se constituirían en los perdedores de la contienda.

La Rodoreda (1908–1983) supo de lo antedicho, cuando transitó por los convulsos momentos políticos de la Primera y Segunda república española y también, cuando en persona acarreó con las consecuencias del enfrentamiento civil. La escritora, que había colaborado con el servicio de corrección de catalán de la Generalitat republicana, tuvo que abandonar España para evitar las represalias de los vencedores. Luego y como muchos otros tantos deseosos de volver a su sociedad de origen, albergó la esperanza que el exilio fuera sólo por unos meses, pero lo cierto es que se extendió por más de treinta años, transcurridos entre Francia y Suiza.

Tal como apreciaba la autora, en vida no fue una mujer de grandes estridencias, en sus propias palabras, “la desmesura me daba mucho miedo”. A pesar de ello se atrevió con los más variados géneros literarios, cuando cultivó el cuento, el teatro, y la novela, entre estas últimas, Espejo roto, Aloma y por supuesto, La plaza del diamante. Obras por las que recibió en 1980 el máximo galardón de las letras catalanas, el Premi d’Honor.

De La plaza del diamante el siguiente pasaje:

“…A media tarde Quimet me dio un codazo que quería decir, vámonos. Y cuando ya estábamos en la puerta de entrada, su madre me preguntó, ¿y el trabajo de casa, también te gusta?

_Sí, señora, mucho.

_Tanto mejor.

Entonces dijo que nos esperásemos, volvió adentro y vino con unos rosarios de cuentas negras y me los regaló. Quimet, cuando estuvimos algo lejos, me dijo que la había conquistado.

_¿Qué te dijo cuando estabais solas en la cocina?

_Que eras un muy buen muchacho.

_Ya me lo figuraba.

Lo dijo mirando al suelo y dando un puntapié a una piedrecita. Le dije que no sabía qué hacer con los rosarios. Dijo que los metiese en un cajón, que a lo mejor algún día me servirían: que no se debía tirar nada.

_A lo mejor le servirán a la nena, si tenemos una…

Y me dio un pellizco en la molla del brazo. Mientras me lo frotaba, porque me había hecho daño de verdad, me preguntó si me acordaba de no sé qué y dijo que pronto se compraría una moto, que nos vendría muy bien porque cuando estuviésemos casados recorreríamos todo el país, y que yo irían detrás. Me preguntó si yo había ido alguna vez en una moto con algún muchacho y le dije que no, que nunca, que me parecía muy peligroso, y se puso contento como un pájaro, y dijo ¡qué va, mujer..!

Entramos en el Monumental a hacer el vermut y a comer pulpitos. Allí se encontró con Cintet, y Cintet, que tenía los ojos muy grandes, como una vaca, y la boca un poco torcida, dijo que había un piso en la calle de la Perla bastante bien de precio pero abandonado, porque el dueño no quería quebraderos de cabeza y que las reparaciones tendrían que ser a cuenta de los inquilinos. El piso estaba debajo del terrado y esto nos gustó mucho y más todavía cuando el Cintet nos dijo que el terrado sería todo para nosotros. El terrado sería todo para nosotros porque los vecinos de los bajos tenían patio interior y los del primer piso, por una escalera de caracol iban a un pequeño jardín que tenía lavadero y gallinero. Quimet se entusiasmó y le dijo a Cintet que no lo debían dejar de escapar de ningún modo y Cintet dijo que al día siguiente iría allí con Mateu y que fuésemos nosotros también. Todos juntos. Quimet le preguntó si sabía de alguna moto de segunda mano, porque un tío de Cintet tenía un garaje y Cintet trabajaba en el garaje de su tío y Cintet le dijo que ya lo miraría. Charlaban como si yo no estuviese allí. Mi madre no me había hablado nunca de los hombres. Ella y mi padre pasaron muchos años peleándose y muchos años sin decirse nada. Pasaban las tardes de los domingos sentados en el comedor sin decirse nada. Cuando mi madre murió, ese vivir sin palabras aumentó todavía más. Y cuando al cabo de unos cuantos años mi padre se volvió a casar, en mi casa no había nada a lo que yo pudiera cogerme. Vivía como deben vivir los gatos: de acá para allá, con la cola baja, con la cola alta, ahora es la hora de tener hambre, ahora es la hora de tener sueño; con la diferencia de que un gato no ha de trabajar para vivir. En casa vivíamos sin palabras y las cosas que yo llevaba por dentro me daban miedo porque no sabía si eran mías…

Cuando nos despedimos en la parada del tranvía, oí que Cintet le decía a Quimet, no sé de dónde la has sacado, tan mona… y oí la risa de Quimet, ja, ja, ja…

Dejé los rosarios en la mesita de noche y me asomé a mirar el jardín de abajo. El hijo de los vecinos, que estaba de soldado, tomaba el fresco. Hice una bolita de papel, se la tiré y me escondí…”   

La frase

«Lo mejor que se puede hacer es indagar en uno mismo. En la novela negra es muy necesario, porque siempre hay que buscar nuevos héroes, nuevos malos y nuevas víctimas. Y es fundamental ir por aquello que mejor se conoce, que es lo que está en uno mismo. Dicen que para buscar la verdad hay que excavar en el terreno que uno pisa»  ( David Lagercrantz ) 

Las confesiones terrenales de Nélida Piñon

La escritora brasileña (Rio de Janeiro, 1937) es autora entre otras de El calor de las cosas, La dulce canción de Cayetana; Aprendiz de Homero o La república de los sueños. Obras, en particular la última mencionada, en las que el peso y la importancia que le asigna a sus raíces gallegas se han visto reflejadas de una u otra manera.

Galardonada con los premios Juan Rulfo, el Menéndez y Pelayo o el Príncipe de Asturias de las Letras, en su último trabajo La épica del corazón da lugar a las reflexiones que a modo de un “confieso que he vivido” llenan las páginas del escrito. Las suyas son además unas historias que subyacen dentro de otras, donde obliga al lector a posicionarse de una manera activa respecto de sus textos, ya que a la Piñón le encanta recrearse con lo oculto en sus relatos.

En un juego de certezas y de dudas, de reflexiones y confesiones, de sombras y afirmaciones, la brasileña va desgranando las fragmentadas sensaciones que guarda de su presente terrenal. Siempre con una proposición donde lo lúdico y lo literario van de la mano, fruto de su concepto para con las narraciones cuando afirma en esa dirección, “La claridad excesiva empobrece al texto. Por ello me gusta una ligera oscuridad, siempre que no impida el entendimiento”.

Pero el lector no debe temer a la apuesta de proposiciones que hace la autora sólo aceptarlas de manera obediente, y dejarse transportar por la calidez y la fuerza de los escritos de la creadora carioca.

Del relato La épica del corazón el siguiente pasaje:

“Sigo el camino pavimentado por el arte y lucho contra el olvido de apretar el botón de la memoria. Ungida por el misterio humano, fertilizo la imaginación y los recursos narrativos. Con tales bienes, circulo por los universos urbanos y rurales, por las arquitecturas imaginarias, que son partículas verbales al servicio de la creación literaria. Juzgo al verbo apto para definir al mundo.

Como escritora, doy vida a los residuos que llevo dentro y me empeño en reforzar la escritura, que es la representación de mi existencia. Al amparo del arte de fabular, doy credibilidad al legado de los años y de la experiencia en un intento por redimensionar la historia de mis antepasados y mis contemporáneos.

Me afilié muy pronto a los recuerdos que están al margen del mundo. Algunos, enterrados, emergen de repente, sangrientos y amorosos, y adquieren aliento. Cargan en sí mismos el misterio que a veces es un fardo, por cuanto esas memorias de los hombres reflejan, en conjunto, la civilización construida en medio del desconsuelo y la esperanza. Todos los recuerdos son restos mortales que vale la pena salvar.

Entiendo la historia como un patrimonio universal. Narra quienes somos. Para ello, echa mano de la intriga con la que llamar la atención. Dicha artimaña, aparte de cualquier consideración moral, es el sustentáculo para la convivencia humana, que depende de ella para seguir interesándose por los vivos y los muertos. La fábula, sin embargo, que solo narra por la mitad, es la ópera inconclusa que contiene nuestro drama.

Así pues, dudo de cómo alcanzar la plenitud narrativa si formamos un mosaico asimétrico que, visto de cerca, deforma el semblante. Y ¿cómo vamos a confiar en la eficacia de cualquier relato si el rastro que dejamos caer al suelo en forma de grano, y que servirá de base para una historia, pronto lo engullen las aces de san Francisco?

El asombro se apodera de mí con frecuencia. Las frases que proceden de tal estado parecen cascajos que desentierro como si sacase a la superficie restos de la ciudad de Troya. Apuesto, entonces, por el universo que el tiempo a cubierto y del que nos hemos alejado por creer que ya no existe. De ahí que celebre apasionada las culturas que la modernidad ha asfixiado, pero de las que también me he originado. Son ellas las que me llevan a deambular por el mundo teniendo al verbo y la imaginación por atributos…”  

La frase

         «No se puede gobernar con la pura coerción, hacen falta (consensos) fuerzas ficticias»                                                                                                                                    ( Paul Valéry )

A un siglo de la Revolución bolchevique

Se conmemoran los cien años de la Revolución bolchevique en Rusia; un hecho histórico que conmocionó los estamentos del estado zarista y se extendió mucho más allá de las fronteras que marcaban el entonces imperio de la dinastía de los Romanov.  Su importancia fue tal, que en el presente del mayor país del mundo se encuentran aún nostálgicos de los que se denominaron el viejo (monárquicos) y el nuevo régimen (revolucionarios). Coincidiendo con ello cantidad de ensayos de todo tipo han sido publicados, y son más aún los que verán la luz en los meses venideros.   

El siguiente artículo -del diario El Periódico de Barcelona, España- nos ilustra bien al respecto:

La biblioteca de la revolución

Repasamos 18 títulos, clásicos o con nuevos enfoques, en el centenario de la Revolución de Octubre                                                                                                                                          Ernest Alós

El 7 de noviembre de 1917 (25 de octubre en el calendario juliano vigente entonces en Rusia) los bolcheviques tomaban el Palacio de Invierno. En el centenario del inicio de la revolución de octubre, repasamos la oferta editorial disponible para entender ese episodio y su impacto a lo largo del siglo XX.

El historiador Julián Casanova, autor de uno de los títulos más recientes, lamenta que aún no estén disponibles en castellano la mayoría de los estudios de referencia que componen “toda la reciente historiografía” que ha incorporado nuevos enfoques sobre “identidades de clase, étnicas y religiosas” al estudio de revolución, con autores como Christopher Reade, S. A. Smith, Peter Holquist o Rex Wade. Aun así, sobre la mesa tenemos títulos recientes que intentan plantear el estado actual de la cuestión (o enlazar la historia de la URSS con la actual Rusia de Putin) como reediciones de clásicos que responden a la evolución de la historiografía de la revolución, que el propio Casanova define en un recomendable artículo en la revista ‘Historia social’, ‘Viejos y nuevos relatos sobre las revoluciones de 1917’, disponible en internet.

Tras años de polarización entre la ortodoxia marxista que sacralizaba la gloriosa revolución, el liderazgo de Lenin y el papel de vanguardia del proletariado del partido y la visión conservadora que ve en la revolución un golpe de estado que arruina violentamente una posible y deseable democracia parlamentaria, la caída del muro y la apertura de los archivos soviéticos consolida una serie de obras de referencia desde el punto de vista de la historia social y cultura (Figes) o de un liberalismo triunfante (Pipes, Service). Hoy, según un autor como McMeekin, es posible “un nuevo giro” que permita analizar la revolución “más desapasionadamente”. Aunque los resultados evidentemente sean diversos, en opinión de Casanova, las últimas aproximaciones se caracterizan por varias tendencias coincidentes: la incorporación de las identidades de género, religión, sociales y culturales más allá de las categorías de clase, el ya inexcusable rechazo a la violencia, el encaje en un “continuum de crisis” como mínimo de 1914 a 1921 y el papel clave de la guerra mundial como elemento detonante de la crisis.

LA REVOLUCIÓN RUSA (1891-1924). Orlando Figes (Edhasa)

Publicada en el año 1995, la monumental obra de Orlando Figes, subtitulada La tragedia de un pueblo, se ha convertido en un clásico. Figes sitúa el inicio de la crisis revolucionaria en la hambruna de 1891 y finaliza con la muerte de Lenin. Planteada tanto como una historia cultural como relato de un «conjunto complejo de diferentes revoluciones», considera que el «fracaso democrático de Rusia» no era inevitable pero estaba enraizado en la historia rusa.

LA VENGANZA DE LOS SIERVOS. Julián Casanova. Crítica

Julián Casanova, que ya asumió con éxito un desafío similar con la guerra civil española, se plantea el reto de sintetizar los hechos en 200 páginas al mismo tiempo que captar los nuevos enfoques de clase, género o étnicos. Se plantea explicar “por qué las diferentes formas de socialismo, moderado o radical, fueron tan atractivas y esperanzadoras para millones de obreros, soldados y campesinos”. Su enfoque es de un “conjunto de revoluciones simultáneas y superpuestas”, desde la de febrero hasta la de octubre de 1917, sin olvidar el golpe de enero de 1918 en que los sóviets liquidan la asamblea constituyente surgida de unas elecciones que los bolcheviques perdieron.

NUEVA HISTORIA DE LA REVOLUCIÓN RUSA. Sean McMeekin. Taurus

McMeekin rechaza en esta reciente obra reciente el marco conceptual marxista, “de la idea de la lucha de clases entre proletarios y capitalistas a la evolución dialéctica entre una revolución burguesa hasta una socialista”. En su opinión, el impacto de la guerra y el apoyo alemán a los bolcheviques fue “más significativo” que cualquier doctrina política o análisis de la situación económica de Rusia. El historiador norteamericano lamenta la “gran tragedia de los liberales rusos”, sostiene que el derrumbamiento del régimen no era “en absoluto inevitable” y se posiciona contra el revival socialista en su país. “Si algo nos han enseñado los últimos cien años es que debemos reforzar nuestras defensas y resistir a los profetas armados que prometen el perfeccionamiento social“.

OCTUBRE. China Miéville. Akal

El escritor de novela fantástica y dirigente del trostkismo británico China Miéville se inscribe en la tradición de glorificar la revolución de octubre y achacar sus posteriores “fracasos y crímenes” a la “degradación despótica” de Stalin. Citando a Óssip Mandelstam, “lo que podría haber sido un amanecer se convierte en un ocaso”. Posicionándose contra “cien años de toscos, antihistóricos, ignorantes y oportunistas ataques contra octubre”, sostiene que la revolución “merece celebrarse”. “Tomo partido, tengo mis villanos y mis héroes”, confiesa. Entre los primeros, el “liberalismo ruso, débil y presto a hacer causa común junto a la reacción”.

BREVE HISTORIA DE LA REVOLUCIÓN RUSA. Mira Milosevich (Galaxia Gutenberg)

La politóloga serba instalada en Madrid, investigadora del Instituto Elcano, enlaza la revolución como parte de “un ciclo” aún no finalizado, que tiene aún continuidad en la “mezcla de modelos zaristas y comunistas” de la Rusia de Putin. Contra el “mito de la revolución proletaria” define la de octubre como un “golpe de Estado por un grupo minoritario del que emergería el sistema soviético con su recurso al terror permanente”.

LA REVOLUCIÓN RUSA. Richard Pipes (Debate)

Esta obra de 1992 de Pipes, asesor de la Administración Reagan, se traduce por primera vez al castellano. Réplica a la historia social marxista, considera un mito que el zar fuese destronado por una revolución popular en febrero, considera la revolución bolchevique de octubre como un golpe de Estado clásico y atribuye un papel central no a fuerzas sociales o a un malestar popular sino a la explotación de este, y la violencia del campesinado,  pora las intrigas de la intelligentsia.

ENTRE DOS OCTUBRES. Francisco Veiga, Pablo Martín y Juan Sánchez Monroe (Alianza)

Los tres autores defiende la necesidad de que la revolución sea “repensada” lejos tanto de las “visiones reduccionistas de la propaganda oficial soviética” como de la “historiografía comercial anglosajona” en que encuadran a Figes. Su planteamiento: incluir 1917 entre las  “revoluciones de la Belle Époque”, de 1868 a 1917, dar relevancia al factor militar, analizar las decisiones de los revolucionarios basadas menos “en la teoría política que en la improvisación”, valorar la importancia de la contrarrevolución y considerar como asunto central no cómo los bolcheviques tomaron el poder sino “cómo lo mantuvieron”.

LA REVOLUCIÓN RUSA. UNA HISTORIA DEL PUEBLO. Neil Faulkner. Pasado & Presente

El arqueólogo y militante trostkista británico Neil Faulkner pretende «honrar el centenario de la revolución» describiéndola como «la experiencia viva de una democracia de masas y de un levantamiento popular». Faulkner defiende tres tesis básicas: Lenin era un demócrata, la revolución respondió a un movimiento popular participativo y el estalinismo fue un movimiento contrarrevolucionario, el «más sanguinario de la historia».

EL GRAN MIEDO. James Harris. Crítica

Centrado en las grandes purgas de Stalin entre 1937 y 1938, cuando en realidad “no existía ninguna amenaza significativa”, explica el uso de la violencia en el marco del conjunto de la revolución. “Los bolcheviques habían llegado al poder en 1917, en medio de la gran guerra, la ocupación alemana, las deserciones en masa y el desorden social generalizado”, rodeados de peligros que entonces eran muy reales y generaron un sistema de recogida de información y represión que acabó creando “una relación disfuncional entre quienes recababan la información y los dirigentes soviéticos”. Según Harris, el gran terror fue la consecuencia de un “gran miedo”, una “sensación de vulnerabilidad” que es “simplista atribuir exclusivamente a un dictador psicópata o una ideología malvada”.

EL SIGLO DE LA REVOLUCIÓN. Josep Fontana. Crítica

Una visión global del siglo XX desde 1914. Una ampliación del punto de vista sobre la revolución de octubre que, dice Fontana, le interesa más por las reacciones que genera en todo el mundo que por sus resultados en forma de régimen vigente durante más de 70 años: el reformismo capitalista impulsado por el miedo al comunismo, la represión de las posibilidades de cambio para evitar su expansión y la gran ofensiva neoliberal tras su agotamiento.

HISTORIA DE RUSIA EN EL SIGLO XX. Robert Service. Crítica

Un punto de vista conservador, en un libro publicado originalmente en 1997, y vinculado al momento de la caída del sistema soviético. Criticado a menudo (sobre todo en su biografía sobre Trostky) de parcialidad y errores factuales, Service destaca la continuidad desde 1917 a 2991 de los ingredientes del comunismo soviético: «el centralismo político, la dictadura, la violencia, el monopolio ideológico, la manipulación nacional y la propiedad estatal».

LA SOMBRA DE OCTUBRE (1917-2017). Christian Laval y Pierre Dardot. Gedisa.

Los dos fundadores del grupo Question Marx en la Universidad de Paris Nanterre  sostienen que la popularidad de la ‘revolución bolchevique’, a la que ponen comillas, se debe a que se apropia del prestigio de los sóviets, un movimiento de consejos populares que consideran justo lo contrario de lo que representa el triunfo leninista. Frente al “verdadero impulso de 1917”, plantean, “·el destino de la revolución rusa en el siglo XX acabó siendo un desastre para las sociedades dirigidas por los partidos comunistas y, en general, para el movimiento obrero”, privando a la humanidad de “toda alternativa”

ANARQUISMO Y REVOLUCIÓN EN RUSIA. Carlos Taibo. Catarata

Los triunfantes bolcheviques se apropiaron de la narrativa de la revolución. Pero muchos otros movimientos revolucionarios (ampliamente mayoritarios aún en las elecciones de enero de 1918, por cierto) pasaron a figurar en el bando de los derrotados por la historia. Taibo rechaza la «vulgata liberal», «la mitología» bolchevique y la del nuevo nacionalismo ruso y reivindica a anarquistas, socialrevolucionarios y comités insumisos de soldados, obreros y campesinos.

VIATGE A LA RÚSSIA SOVIÈTICA Eduard Riu-Barrera. L’Avenç

Recopilación de los testimonios de intelectuales, políticos y periodistas catalanes que desde el triunfo de la revolución hasta los años 30 se sintieron atraídos por descubrir el nuevo modelo de sociedad soviética. Esta antología de textos incluye piezas del sindicalista Ángel Pestaña, los periodistas Josep Pla y Eugeni Xammar, políticos como  Joaquim Maurin, Andreu Nin, Rafael Campalans, Rafael Vidiella, Carles Pi i Sunyer, Antoni Rovira i Virgili y Josep Carner-Ribalta o el dibujante  Helios Gómez.

HISTORIA DE LA REVOLUCIÓN RUSA. León Trotsky (Capitán Swing)

Organizador de la revolución de octubre desde la presidencia del soviet de Petrogrado, responsable de la dirección del Ejército Rojo durante la guerra civil, Trotsky escribió su exhaustiva historia de la revolución, hasta la imposición de la dictadura soviética en 1918, en 1930, tras perder definitivamente el pulso por el poder con Stalin. Épica en primera persona, aunque el líder revolucionaria sostenga que “este trabajo no está basado precisamente en los recuerdos personales de su autor”. Su prosa se define en su rechazo a cualquier pretensión de objetividad, la “solapada imparcialidad que brinda la copa de la conciliación llena de posos de veneno revolucionario”.

EL TREN DE LENIN. Catherine Merridale. Crítica

Catherine Merridale retala el crucial viaje de Lenin en tren facilitado por el Gobierno alemán, que le permitió llegar desde su exilio suizo a tiempo de alterar el curso de la revolución y retirar a Rusia de la guerra contra Alemania. Aunque los papeles en que se fundamentaron las acusaciones contra Lenin de ser un espía a sueldo se ha confirmado que eran falsos, no lo es la evidencia de que el dinero del káiser fluyó generosamente en favor de los bolcheviques.

DIEZ DÍAS QUE CAMBIARON EL MUNDO / DEU DIES QUE TRASBALSAREN EL MUNDO. John Reed. Nórdica-Capitán Swing / Edicions de 1984

El relato fascinado por la figura imponente de Lenin que hizo el periodista estadounidense John Reed, inmerso en los hechos revolucionarios en San Petersburgo, es un clásico reeditado mil y una veces. Sin embargo, el centenario de la revolución de octubre ha propiciado dos reediciones con méritos especiales. La versión magníficamente ilustrada por Fernando Vicente y la recuperación de la inencontrable primera traducción al catalán del libro de Roser Berdagué.

CARTAS DESDE LA REVOLUCIÓN BOLCHEVIQUE. Jacques Sadoul. Turner

Un testimonio directo de la revolución bolchevique mucho menos conocido que el del periodista John Reed. En esos mismos días que conmovieron al mundo un capitán del Ejército francés analiza con agudez a los líderes bolcheviques y advierte de que su triunfo llevará a la retirada de Rusia de la guerra. La misión de Sadoul hasta 1918, apoyar los movimiento contrarrevolucionarios, desgarran a este futuro fundador de la Internacional Comunista.

Roberto Bolaño, su figura se agiganta en el tiempo

El escritor chileno (Santiago, 1953) falleció en Barcelona (2013) a los cincuenta años de edad. A partir de ese momento su figura de escritor y su obra no han parado de incrementarse en valoración, ironía del destino cuando el autor tuvo que emplearse en infinidad de trabajos de toda clase para poder mantener su existencia medianamente a flote.

Su imagen, entre ausente y un poco distraída, podría haber llegado a confundir al más desprevenido, pero nada más alejado de la realidad, ya que desde edad temprana supo tomar consciencia de todo lo que sucedía a su alrededor. La biografía del trasandino detalla que en el año 1968, a sus quince años,   tuvo que emigrar de Chile para buscar mejores horizontes en Méjico, momento en que el estado azteca vivía horas difíciles por las multitudinarias concentraciones estudiantiles en la plaza capitalina de Tlatelolco. Fueron manifestaciones que sacudieron los estamentos del país y que el ejército terminó disolviendo a sangre y fuego, con un número indeterminado (una cifra aún hoy incierta) de estudiantes muertos y heridos. Hechos luctuosos que conmocionaron al mundo y a un Bolaño aún adolescente.

Desde Méjico también siguió las alternativas en su tierra natal del dispar período de gobierno de Salvador Allende, quizás motivado por ello realizó la que fue una fugaz visita en el año 1973. Tan breve fue que, a dos semanas de su llegada, Chile vivió una de las páginas más sangrientas de su historia con el golpe militar encabezado por el general Pinochet del que el autor, no sin ayuda, pudo escapar por milagro.

De vuelta en el país norteamericano pudo dar un gran incentivo a sus escritos, pero sólo por unos pocos años, ya que emigró una vez más en 1977,  esta vez hacia la península ibérica, con Cataluña que,  por azar del destino, sería su último lugar terrenal de residencia. Ello le marcó la vuelta a los quehaceres de subsistencia, aunque esta vez y de forma paralela, pudo seguir ampliando sus horizontes literarios en poesía: Reinventar el amor; en el cuento: con las antologías Putas asesinas o Llamadas telefónicas; y la novela: La senda de los elefantes, Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce, La pista de hielo o su celebrada y premiada Los detectives salvajes.

Por todo ello y para apreciar una pequeña parte de su capacidad de autor, de su antología Llamadas telefónicas el relato Sensini, en el que hace un repaso de sus influencias más allá de rendir homenaje a muchos de sus autores admirados:

“…No sé qué fue lo que me impulsó a pedirle al Ayuntamiento de Alcoy la dirección de Sensini. Yo había leído una novela suya y algunos de sus cuentos en revistas latinoamericanas. La novela era de las que hacen lectores. Se llamaba ´Ugarte` y trataba sobre algunos momentos de la vida de Juan de Ugarte, burócrata en el Virreinato del Río de la Plata a finales del siglo XVIII. Algunos críticos, sobre todo españoles, la habían despachado diciendo que se trataba una especie de Kafka colonial, pero poro a poco la novela fue haciendo sus propios lectores y para cuando me encontré a Sensini en el libro de cuentos de Alcoy, ‘Ugarte` tenía repartidos en varios rincones de América y España unos pocos y fervorosos lectores, casi todos amigos o enemigos entre sí. Sensini, por descontado, tenía unos libros, publicados en Argentina o en editoriales españolas desaparecidas, y pertenecía a esa generación intermedia de escritores nacidos en los años veinte, después de Cortázar, Bioy, Sabato, Mujica Lainez, y cuyo exponente más conocido (al menos por entonces, al menos para mí) era Haroldo Conti, desaparecido en uno de los campos especiales de la dictadura de Videla y sus secuaces. De esta generación (aunque tal vez la palabra generación sea excesiva) quedaba poco, pero no por falta de brillantez o talento; seguidores de Roberto Arlt, periodistas y profesores y traductores, de alguna manera anunciaron lo que vendría a continuación, y lo anunciaron a su manera triste y escéptica que al final se los fue tragando a todos.

A mí me gustaban. En una época lejana de mi vida había leído las obras de teatro de Abelardo Castillo, los cuentos de Rodolfo Walsh (como Conti asesinado por la dictadura), los cuentos de Daniel Moyano, lecturas parciales y fragmentadas que ofrecían las revistas argentinas o mexicanas o cubanas, libros encontrados en las librerías de viejo del DF, antologías piratas de la literatura bonaerense, probablemente la mejor en lengua española de este siglo, literatura de la que ellos formaban parte y que no era ciertamente la de Borges o Cortázar y a la que no tardarían en dejar atrás Manuel Puig y Osvaldo Soriano, pero que ofrecía al lector textos compactos, inteligentes, que propiciaban la complicidad y la alegría. Mi favorito, de más está decirlo, era Sensini, y el hecho de alguna manera sangrante y de alguna manera halagador de encontrármelo en un concurso literario de provincias me impulsó a intentar establecer contacto con él, saludarlo, decirle cuánto lo quería.

Así pues, el Ayuntamiento de Alcoy no tardó en enviarme su dirección, vivía en Madrid, y una noche, después de cenar o comer o merendar, le escribí una larga carta en donde hablaba de ‘Ugarte`, de los otros cuentos suyos que había leído en revistas, de mí, de mi casa en las afueras de Girona, del concurso literario (me reía del ganador), de la situación política chilena y argentina (todavía estabn bien establecidas ambas dictaduras), de los cuentos de Walsh (que era el otro a quien más quería junto con Sensini, de la vida en España y de la vida en general. Contra lo que esperaba, recibí una carta suya apenas una semana después. Comenzaba dándome las gracias por la mía, decía que en efecto el Ayuntamiento de Alcoy también le había enviado a él el libro con los cuentos galardonados pero que, al contrario que yo, él no había encontrado tiempo (aunque después, cuando volvía de forma sesgada sobre el mismo tema, decía que no había encontrado ‘ánimo suficiente`) para repasar el relato ganador y los accésits, aunque en estos días se había leído el mío y lo había encontrado de calidad, <un cuento de primer orden>, decía, conservo la carta, y al mismo tiempo me instaba a perseverar, pero no, como al principio entendí, a perseverar en la escritura sino a perseverar en los concursos, algo que él, me aseguraba, también haría. Acto seguido pasaba a preguntarme por los certámenes literarios que se <avizoraban en el horizonte>, encomiándome que apenas supiera de uno se lo hiciera saber en el acto. En contrapartida me adjuntaba las señas de dos concursos de relatos, uno en Plasencia y el otro en Écija, de veinticinco mil y treinta mil pesetas respectivamente, cuyas bases según pude comprobar más tarde extraía de periódicos y revistas madrileñas cuya sola existencia era un crimen o un milagro, depende. Ambos concursos aún estaban a mi alcance y Sensini terminaba su carta de manera más bien entusiasta, como si ambos estuviéramos en la línea de salida de una carrera interminable, amén de dura y sin sentido. <Valor y a trabajar>, decía…”

La frase

«La literatura es una forma de defenderse de toda la violencia que se abate sobre nosotros. Uno se defiende a golpe de teclado, eso no significa que sea un manual literario aplicable a la poética de todos los escritores o que sean grandes verdades literarias, son respuestas parciales sobre circunstancias concretas»  ( Antonio Ortuño )