Confesora de Alá, Saphia Azzeddine

En los tiempos que corren es extendida la creencia que ser mujer y de religión musulmana es sinónimo de opresión. Para algunos, es un tópico que se  alimenta de la ignorancia, para otros, una realidad que se manifiesta a cada paso en cualquier país que tenga a Alá por su único dios. Para Azzedine, nacida en Agadir, Marruecos, aunque con crianza y residencia en Francia, es una idea que se alimenta de ciertos preconceptos, ya que puede haber mujeres que se sientan libres en los países musulmanes tanto como occidentales que, creyéndose libres, puedan llegar a ser unas reprimidas. En esta línea de pensamiento especifica: “Hay mujeres de países occidentales que creen vivir una especie de falsa libertad, pero que, sin embargo, sufren la opresión de unas exigencias imposibles de satisfacer, cuando han de ser guapas, jóvenes siempre, sensuales, madres, putas… Todo a la vez. Y, al final, se obligan a sí mismas a vivir en una prisión de autoexigencias estresante”.

Ante declaraciones como estas y otras de un signo diferente (“Sigo la información al ritmo que pueda interpretarla, y no al que quieren los políticos”), su postura es fuente de controversia en su país de origen, al que vuelve de forma frecuente con sus hijos, tanto como en el de adopción. Así, unos la consideran como una especie de tendedora de puentes entre civilizaciones, mientras que otros la tachan no menos que de inconformista sin remedio; en todo caso, su persona en ninguna instancia pasa por desapercibida.

En el plano estrictamente literario estas encontradas posturas se han traducido en forma de textos de ficción: Confesiones a Alá; Mi padre es mujer de la limpieza; y su última novela de edición reciente, El viento en la cara, se han ganado un buen reconocimiento de crítica y lectores. En ésta última, en que la profunda crítica y la ironía de la protagonista caminan de la mano, la trama gira sobre la acusación que el ministerio público de un país árabe ejerce sobre una mujer (Bilqiss) quien, ante la imposibilidad del Moacín de recitar los versos del “adhan”, la llamada a la oración, ella tuvo la osadía de reemplazar.

Para apreciar en parte sus cualidades como autora, de El viento en la cara, el pasaje siguiente:

   “…_¡Acusada, levántese!

    Obedecí. El fiscal mostró un retrato de manera que toda la sala pudiese verlo. Era yo, claro. Debía de tener catorce años en esa foto. Me acordé inmediatamente de aquel día. Era la víspera de la cosecha. Acababa de practicar incisiones en las cápsulas de adormidera para que mi marido recogiera la savia al día siguiente. En el camino de regreso. En el camino de regreso, me encontré con un aventurero inglés que llevaba una cámara de fotos. Vestía un chaleco y unos pantalones de lana color caqui con miles de bolsillos. Me preguntó el camino que debía tomar, pero no solo eso. El aire opiáceo del valle había rebajado enormemente mi nivel de vigilancia, ya que enseguida me encontré de cháchara con un extranjero cuando era algo que estaba prohibido. ‘Soy fotógrafo, me encanta tu cultura, tu país, sus paisajes atormentados de estepas y arena, esta tierra de promesas que no consigue cumplirlas, me adhiero de todo corazón al dolor de las mujeres y los hombres perseguidos de tu país y quiero mostrarlo, pero no con violencia, sino con rostros, para que el mundo entero sepa lo que está dejando hacer… Simplemente con la fuerza de vuestros rostros. ¿Aceptarías, bella niña, que tome una foto del tuyo?`

Demasiadas palabras, demasiadas penas, demasiadas emociones. Negocié sin demora una sonrisa a cambio de unas monedas y todo lo que llevaba en su gran mochila para leer. Me regaló dos libros, uno de Víctor Hugo y otro de Edgar Alan Poe, una revista de fotografía y el manual de instrucciones de la cámara de fotos. Me quité el velo y, sin saberlo, empecé a posar para la posteridad. No hice nada aparte de imaginar todo lo que podía haber en su chaleco y sus pantalones. ¿Para qué demonios podía servir un bolsillo más pequeño que un paquete de tabaco? Se extasió ante mi retrato, chapurreó unas palabras agradables más, las completó con un billete arrugado y me dio calurosamente las gracias dudando si estrecharme o no de la mano, pero yo me apresuré a meterla en el bolsillo para evitar el incidente. Él se fue por un lado y yo por el otro.

   El fiscal me pidió que identificara a la persona de la fotografía.

  _Soy yo.

  _¿Puede explicarnos por qué posó para un extranjero sin velo, con el rostro descubierto?

  _Simplemente lo hice, sin más ni más.

  _¿Ha dicho sin más ni más?

  _Sí, sin más ni más, pero usted no puede entenderlo respondí, lanzándole una mirada de complicidad al juez.

   El fiscal solicitó un centenar de latigazos por esa imagen. Yo ignoraba por completo que ese retrato siguiera existiendo, y sobre todo que fuera famoso en todo el mundo. El fiscal le recordó al juez que yo tenía catorce años en aquella época, que era una mujer casada y que me había quitado el burka delante de un extranjero. Como si eso no fuera suficiente para aquel día, añadió que llevaba el velo como una zorra, con un mechón de pelo sobresaliendo de él. El juez me pidió que me lo pusiese como era debido.

  _¿Por qué hace eso? _me preguntó el juez.

  _¿Por qué hago qué?

  _¿Por qué no lleva el velo como es debido?

  _Porque soy una optimista irredenta, señor juez. Y, al contrario de las que lo llevan correctamente, yo no he abdicado.

     _No comprendo, ¿abdicar de qué?

    _Todavía confío en ustedes, señores. Sigo alimentando la esperanza de que algún día cercano logren superarse y contemplarnos de arriba abajo sin tener una erección.

  El juez recuperó el dominio de sí mismo en el mismo momento en que reprimía una carcajada. Tomó conciencia de la gravedad de su acto y gritó como un perro rabioso para crear confusión y que los presentes olvidaran su patinazo sonoro. Se abalanzaron sobre mi jaula y me echaron salivazos. Escupitajos y gargajos sin que en esta ocasión pudiera esquivarlos. El juez ordenó que me administraran inmediatamente treinta y siete latigazos en la plaza pública…”

 

La frase

«El hombre actual corre el peligro de convertirse en un ser primario lleno de información»                                                                                                                                                   ( Julián Marías )  

Benito Taibo, el lector lee el mundo que le rodea

«Lo peor que podemos hacer es obligar a una persona a leer», sostiene el escritor y promotor de cultura mejicano. Integrante de una familia de poetas y literatos, su experiencia le hace afirmar que no siempre fueron acertadas las estrategias para favorecer la lectura, aunque cree que están cambiando, entre otras cosas, por el aporte que ofrece internet. El siguiente reportaje fue realizado por el diario El Comercio de Lima con motivo de la última Feria del Libro de la capital peruana.

Jorge Paredes Laos

Taibo (Ciudad de México, 1960) es narrador, poeta, periodista y director de Radio UNAM, pero, sobre todo, un apasionado promotor de la lectura. Cuando habla de libros, agita las manos, se refiere a los personajes literarios como si fueran sus seres queridos. Aquella fascinación le viene de familia: su padre fue el escritor e historiador Paco Ignacio Taibo I, y su hermano mayor es Paco Ignacio Taibo II, también escritor y legendario creador del Festival de la Semana Negra de Gijón. Aunque ha escrito casi una decena de títulos como Polvo (2010), Persona normal (2011) o Desde mi muro (2014), nunca presenta sus libros debido a un pudor que contrasta con su carácter desenfadado. Conversamos con él, hace unas semanas, en su oficina en la Universidad Nacional Autónoma de México.

Creciste rodeado de libros, pero ¿en qué momento empezó tu interés por la lectura?
Estuve a punto de no ser lector debido a la obligatoriedad escolar: nos hacían leer textos que no eran adecuados para nosotros. Esos clásicos se transformaron en una especie de antídoto para el placer de la lectura. Lo peor que podemos hacer es obligar a una persona a leer. Sin embargo, tuve la enorme fortuna de que mi padre fuera un gran lector. Fue él quien, de manera muy amable y autónoma me acercó a la lectura. A los 12 o 13 años me volví lector, y decidí que eso era lo que quería ser en la vida.

¿Te consideras más lector que escritor?
Sí, por supuesto. No creo que pueda existir un escritor que no sea antes un lector. Aquel que se vanaglorie de serlo, me parece que es un cínico, y los cínicos no caben en este oficio. Yo soy, ante todo, un lector, un lector que escribe.

Me hace recordar una frase de Borges que dice: “Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído”.
Ese es exactamente mi caso. Estoy mucho más orgulloso de los libros que he leído y siento más emoción por los que tengo todavía por leer. Hay más libros que estrellas; esto es un acicate para mí. La posibilidad del nuevo libro es siempre un atisbo de esperanza.

¿Qué libros actúan como faros en tu vida?
Sería una lista interminable, pero hay algunos que tienen que ver con el Perú, por ejemplo. A los 15 o 16 años leí Redoble por rancas e Historia de Garabombo, el invisible, de Manuel Scorza. Fue gracias a mi hermano que lo conocí, y me fascinó. Pero mi geografía literaria abarca el mundo entero… Los rusos, desde Dostoievski, Tolstói, Turguénev, hasta los norteamericanos, como Fitzgerald o Hemingway, me vuelven loco. Y el boom latinoamericano me vuelve triplemente loco. Particularmente, la literatura que nace a partir de él y que tiene que ver con México, como Jorge Ibargüengoitia, quien casualmente muere en el mismo avión que Manuel Scorza. Dos de mis ídolos mueren en el mismo vuelo. No sé si eso signifique algo, porque no creo en el destino, pero sin duda es una señal.

En el Perú, debido a los bajos índices de lectura, se vienen desarrollando iniciativas para fomentar este hábito, pero siempre sentimos que algo falla. ¿Cómo es tu experiencia aquí en México como promotor?
Creo que ese déficit del que hablas aplica también para México y el resto de Latinoamérica, y tiene que ver con la accesibilidad al libro. La mejor estrategia de fomento de la lectura es dejar que los libros estén cerca de las personas; esto quiere decir que sean baratos, que haya más bibliotecas y librerías, que en la escuela los jóvenes puedan leer sin tener que pagar por ello. Creo que ese es el primer paso, y lo demás tiene que ver con demás tiene que ver con el contagio benévolo y maravilloso que sucede desde tiempos inmemoriales —desde que el libro es libro como objeto cultural al alcance de todos gracias, primero, a Johannes Gutenberg [el padre de la imprenta] y luego a la revolución industrial—, que viene aparejado con la recomendación. Muchos leemos con esa brújula: ese otro parecido a ti que un día viene y te dice “toma, no has leído a Bryce Echenique y te lo estás perdiendo”.

¿Desde que te convertiste en este “espécimen que lee”, ves el mundo de una forma distinta?
Sin duda. El libro tiene un poder de transformación insuperable. Además, un lector no solamente lee libros, lee su mundo, lee su alrededor, lee al otro, lee a los que están junto a él.

En una entrevista contaste que cuando eras niño, en la escuela castigaba a los chicos enviándolos a la biblioteca…
Sí, eso sucedió durante muchos años en México. La biblioteca era un lugar de castigo donde mandaban a aquellos que se habían portado mal, y se lo pasaban fatal porque nadie les había explicado que ahí estaban rodeados por el universo, y que con solo estirar el brazo podían encontrar la maravilla, la pasión, el asombro, las esperanza, las lágrimas, la risa, el dolor que encierra cada una de las obras literarias. Y es que el enfoque hacia la conversión del no lector a lector pasó por muy malas estrategias. Pero hoy esto ha empezado a cambiar, y hay herramientas absolutamente poderosas que están contribuyendo al cambio, una de ellas es el Internet. Hoy nos damos cuenta de que estaban totalmente equivocados aquellos que pensaban que el Internet iba a destruir al libro y a alejar a los jóvenes de la lectura. Todo lo contrario. Han surgido montones de booktubers que cuentan a los jóvenes del otro lado de la pantalla sus experiencias con los libros. Estos chicos han llamado poderosamente la atención, y la industria se ha visto absolutamente asombrada con el fenómeno. Y claro, los críticos, los culteranos, los que hablan desde cajitas de jabón, dicen “pero leen por moda”, y yo les contesto siempre que también se leyó a Jean Paul Sartre por moda, a Susan Sontag, a Vargas Llosa… Porque lo que estás leyendo, insisto, no es solamente el libro, sino el tiempo; el espacio; el momento político, social, cultural que se está viviendo. Lo que hay que quitar es la connotación negativa que le ponen a la palabra moda, desde mi punto de vista.

Cuéntame un poco sobre este show que montas con tu hermano, donde cada uno representa un personaje literario. ¿Cómo nació? ¿Es algo que suelen hacer?
Fue un invento mío al cual luego Paco se sumó. Todo partió de una frase de Tomás Eloy Martínez, gran amigo nuestro, que dice “Somos, así, los libros que hemos leído. O somos, de lo contrario, el vacío que la ausencia de libros ha abierto en nuestras vidas”. Me puse a pensar, y es cierto, soy quien soy por lo que he leído, gracias a la otredad que me ha provocado la literatura. Yo soy Ana Frank, el Corsario Negro, Aureliano Buendía, Garabombo… Entonces, empezamos a hacer ese juego, que es completamente improvisado. Ha funcionado muy bien con los adolescentes que se acercan por primera vez y dicen “Coño, ¿todo eso puedes ser sin necesidad de moverte de tu asiento?”. Y cuando descubres eso, pues estás descubriendo el reino.

Además de novelas, has publicado también libros enfocados en la promoción de la lectura…
Sí, después de una novela histórica que me llevó mucho tiempo y esfuerzo, decidí escribir desde el alma, como mi padre me hubiera recomendado si hubiese estado vivo. Y publiqué Persona normal (2011), cuya intención era hacer una suerte de agradecimiento a los libros que cambiaron mi vida, a la literatura. Los jóvenes lo recibieron con mucho entusiasmo y, pese a que nunca tuvo la pretensión de ser un manual para comenzar a leer, acabó cumpliendo un poco esa función.

La frase

«No podemos embellecer la realidad. El israelí medio tiene muy buenas razones para tener miedo. La única forma de sobrevivir es contar con un Ejército fuerte para defendernos. Pero necesitamos paz. Sólo con el Ejército no se puede dar una respuesta completa a la complejidad de nuestra existencia»  (David Grossman)

Las piedras del corazón

Milena Agus es una autora italiana quien ostenta la particularidad que, siendo oriunda de la ciudad de Génova, adscribe sus obras dentro de la denominada Nueva Ola Literaria Sarda.

En sus antecedentes literarios se destacan las novelas Las alas de mi padre, Mientras duerme el tiburón o Alice; pero no cabe duda que ha sido con la primera de todas ellas, Mal de piedras, con la que ha llegado a trascender de forma mayoritaria al gran público. Las referencias cercanas hablan de un rotundo éxito cosechado en Alemania, Francia y por supuesto,  Italia. Como aval de ello, se anuncia el estreno mundial de la historia pero en esta oportunidad llevada a las pantalla.

La obra guarda la singularidad que quien lleva la voz del relato es la nieta de la protagonista. La anciana es el personaje a quien hace referencia el título, es quien padece de cálculos renales; aunque según la familia, el peor de los males lo tiene en el desorden que gira por su cabeza. Luego es insoslayable hacer una similitud entre esas piedras del organismo con todas aquellas que derivan de los legados familiares, sumadas a las que nosotros mismos nos vamos cargando y además, las que nos va poniendo la vida en el camino de nuestra existencia.

La novela es,  en cierto modo, el reflejo de la historia de la Italia contemporánea. La de las migraciones internas protagonizadas “por los del sur”, los denominados meridionali, en busca de una gran ciudad industriosa del norte que les permitiera salir de la postergación secular de sus regiones de origen. La propia Agus y su propio núcleo familiar son un fiel ejemplo de esa trayectoria. Quizás por ello y luego de años, la autora ha decidido volver hacia sus orígenes y hoy vive y trabaja en Cagliari, Cerdeña, tierra de nacimiento de sus antepasados.

De Mal de piedras el texto siguiente:

“…Se había casado tarde, en junio de 1943, tras los bombardeos de los americanos sobre Cagliari, y por aquel entonces tener treinta años sin haber contraído matrimonio era casi como ser solterona. No es que fuese fea ni que le faltaran pretendientes, al contrario. La cuestión es que llegaba un momento en el que los pretendientes espaciaban las visitas, y después no se les volvía a ver el pelo, siempre sin haber solicitado antes oficialmente su manos a mi bisabuelo. <Mi querida señorita: Causas de fuerza mayor me impiden el próximo miércoles y el siguiente ir a visitarla, cosa que me resultaría sumamente grata pero, por desgracia, imposible.> Entonces abuela esperaba el tercer miércoles, pero siempre se presentaba una muchachita con una carta en la que se volvía a aplazar la cita, y luego nada más.

Mi bisabuelo y las hermanas de abuela la querían de todos modos, tal como era, casi casi solterona, pero mi bisabuela no, la trataba siempre como si no fuese de su propia sangre y decía que ella sabía por qué.   

Los domingos, cuando las muchachas iban a misa o a pasear por la avenida del brazo de sus novios, abuela se recogía en un moño el pelo, que todavía conservaba espeso y negro cuando yo era niña y ella ya una anciana, imagínate entonces, y se iba a la iglesia a preguntar a Dios por qué, por qué era tan injusto como para negarle que conociera el amor, que es la cosa más bonita, la única por la que vale la pena vivir una vida en la que te levantas a las cuatro de la mañana para hacer las tareas de la casa y después vas al campo y después a la escuela de bordado, qué aburrimiento, y después a la fuente con el cántaro en la cabeza a buscar agua para beber y después una de cada diez noches la pasas en vela haciendo el pan y después sacas agua del pozo y después tienes que dar de comor a las gallinas. Entonces, si Dios no quería permitirle que conociera el amor, que la matara como fuese. Cuando se confesaba, el cura le decía que sos pensamientos eran un pecado gravísimo y que en el mundo hay muchas otras cosas, pero a abuela las otras cosas no le importaban nada.

Un día mi bisabuela la esperó con la manguera que usaban para regar el patio y empezó a pegarle, le pegó tanto que le salieron llagas hasta en la cabeza y le subió la fiebre. Se había enterado por los rumores que corrían en el pueblo de que los pretendientes se marchaban porque abuela les escribía ardientes poemas de amor que también aludían a cosas sucias y que su hija estaba enfangando no solo su buen nombre, sino el de toda la familia. Y siguió golpeándola una y otra vez, gritándole: <¡Demonio! ¡Demonio!>, y maldiciendo el día en que le habían mandado a primer grado y había aprendido a escribir…”                                                                                        

La frase

«La cultura occidental está condenada a la muerte. Aristóteles, Homero, Dante, Virgilio, Shakespeare, Borges, Cervantes, Rembrandt, Bioy, todo eso se va al carajo. Porque ha pasado su época, porque ahora viene otra distinta. Tardará a lo mejor un siglo, dos o tres, pero eso pasará y vendrá otra cosa, otra cultura diferente, mezclada, mestiza, no lo sé, no me importa, no voy a estar aquí para verlo»  Arturo Pérez Reverte )

Longevidad y buena literatura

Conservan la particularidad de detentar un mismo origen estadounidense; todas ellas de edades que superan de largo los setenta, y alguna ya desaparecida. Se mueven con verdadera maestría dentro del relato corto. Son escritoras quienes, a consecuencia de asumir responsabilidades o cargas familiares, pasaron por etapas de baja productividad, ostracismo y cierto olvido. Por fortuna hoy, y a raíz de un fructífero trabajo editorial, son rescatadas para el deleite del gran público lector.

Reproducimos el artículo de Helena Hevia publicado en El Periódico de Barcelona, España:

El club de las escritoras resucitadas

En este planeta literario que es Estados Unidos no hay día en que el lector no pueda adentrarse en el territorio inexplorado de un nuevo escritor desconocido hasta el momento. Y no se trata solo de descubrir a un joven autor de ahora, que los hay a patadas, sino también de recuperar a escritores excelentes que se han quedado en las orillas del reconocimiento durante años por las causas que sean y ahora reaparecen para pasmo de todos. ¿Cómo un autor tan bueno ha podido estar así de oculto? En ese grupo de ‘malditos ocultos’ hay hombres, por supuesto y quizá el caso más flagrante sea el de John Williams y su magnífica ‘Stoner’, pero, ay, las autoras orilladas y / o ninguneadas son muchas más, tantas como para formar un equipo de fútbol. Y todas son muy valiosas. Cuentan en su mayoría historias de mujeres sin historia con precisión y gracia y acuñan la que podría llamarse, si es que eso existe, una nueva literatura femenina.

Edith Pearlman (Rhode Island, 1937) es la última de ellas, por ahora, cuando todavía resuenan los ecos de la recuperación de Lucia Berlin, la autora de ‘Manual para mujeres de la limpieza’, todo un éxito editorial que llegó perfectamente aliñado por las duras circunstancias vitales de la autora, cantera de sus relatos. La buena noticia es que aunque hace cuatro años que lucha contra un cáncer, Pearlman, en comparación de Berlin, autodestructiva y alcohólica, está viva y vive en Massachusetts. Y tiene una respuesta

ATENCIÓN A LOS 75 AÑOS

Acaba de cumplir 80 años y, aunque publicaba puntualmente relatos, más de 200, en revistas de mínima difusión desde 1969, no fue hasta el 2011, mediados los 70 años, cuando su recopilación de cuentos, la cuarta de su trayectoria, ‘Binocular Vision’, apareció en el sello New York Times Review of Books, ganó unos cuantos premios, entre ellos el National Book Critics Circle, la puso en el punto de mira de los lectores con todos los honores, gracias a su enorme repercusión. De nuevo, circuló la pregunta: ¿Cómo es posible que el mundo nunca haya oído hablar de Edith Pearlman? Ahora con la edición de ‘Miel del desierto’ (Alianza de Novelas), en traducción de Ramón Buenaventura, esa cuestión vuelve a resonar porque es la primera vez que se edita en este país.

Pearlman es una maestra del relato breve. ¿Por qué hay tantas buenas artífices de esta forma en comparación con los hombres?

Pearlman es una maestra del relato breve. Y quizá habría que hacer una reflexión sobre por qué hay tantas buenas artífices de esta forma -la corona, ya se sabe, la tiene la Nobel Alice Munro-, en comparación con los hombres. ¿Es el triunfo de lo breve y lo fugaz frente a lo ambicioso y musculoso de la novela? Ella tiene una respuesta a eso, que es una magnífica definición de su literatura: “Tengo un temperamento que me aleja de los proyectos a gran escala”.

Verdaderamente, las historias de Pearlman son minúsculas y banales pero muestran un sentimiento de trascendencia que las hace únicas. Están protagonizadas por hombres y mujeres con vidas que jamás caen en la desesperación -aunque tengan motivos sobrados para hacerlo- y tienen finales que muestran una felicidad inestable en la cuerda floja, como a punto de caer.

PROVIDENCE, RHODE ISLAND

La autora creció en un barrio judío de clase media en Providencia, Rhode Island. Su padre, que falleció cuando ella era una adolescente, era un médico de origen ruso. Su madre era hija de polacos. Pasó por la universidad para estudiar literatura pero siempre consideró la escritura como una afición, ya que su trabajo fue durante años el de programación informática. En los 60 se casó con un psiquiatra, tuvo dos hijos, ejerció como ama de casa, y mientras tanto habilitó su ‘habitación propia’ en el sótano de su casa, rodeada de sus libros de cabecera. Fue paciente. No desfalleció por el escaso interés de las grandes editoriales y ya se había habituado a eso cuando el milagro ocurrió; el editor Ben George de New York Times Review of Books le envió tórridos correos electrónicos tan inflados de admiración que a ella le pareció un “loco” peligroso y aunque no confiaba en que saliera algo de este nuevo intento, sencillamente se dejó querer. Y lo que ocurrió fue el éxito y el reconocimiento.

«Mi lector ideal es alguien que desea entretenerse y al que no le molesta que en algún momento se produzca un descubrimiento iluminador en el relato»

“Edith jamás buscó el centro de atención. No tenía ninguna afiliación docente o profesional. Siempre se sintió atraída por la idea de que un escritor debe ser un aficionado, dándole su sentido real a esa palabra, alguien que practica un arte por amor al mismo, como puede hacerlo un atleta, y no lo considera una profesión”, ha escrito el editor. Hay que tener una confianza absoluta en lo que se escribe y sin duda ayudó a la autora tener lectores, pocos, pero muy fieles. En especial, la escritora sudafricana Rose Moss, que siempre ha sido su primera lectora. “Si mi historia le gusta a Rose y además se publica en alguna parte yo ya estoy contenta, no necesito más. Mi lector ideal es alguien que desea entrenerse y al que no le moleste que en algún momento se produzca un descubrimiento iluminador en el relato”, ha dicho la autora, con su mejor y generoso estilo.

Ben George recuerda un momento particular que ejemplifica muy bien no solo el carácter de la autora sino también la generosidad de sus historias. Fue en la fiesta que celebraba la aparición de ’Binocular Vision’. Objetivamente, había un regusto un tanto amargo en el hecho de que el reconocimiento le hubiera llegado a mediados de los 70. Ella, radiante de felicidad, no dejó escapar una sola queja: “Bueno, es verdad que tengo setenta y tantos años pero en realidad me siento como una niña de 14”. No hay que dejar escapara a esta autora que asegura sacar su inspiración de la gente que la rodea, de los animales que ama o detesta -siempre hay uno de ellos paseando por el relato-, de los lugares en los que ha vivido o visitado puestos en funcionamiento gracias a los mecanismos de la memoria y el azar.

Otros cuatro descubrimientos tardíos

Joy Williams

Bien, Joy Williams (Chelmsford, Massachusetts, 1944) no ha sido tan ninguneada por el gran público como algunas de sus colegas, porque ya con su primera novela fue nominada al National Book Award of Fiction, pero no fue hasta 1982 cuando fue considerada unánimente como una maestra del relato. Seix Barral ofrece ahora una magnífica edición de sus ‘Cuentos’ (en el mismo formato que los también indispensables de Lydia Davis) que reúnen 33 relatos y que completan las novelas ‘Estado de gracia’ y ‘Los vivos y los muertos’ publicadas por Alpha Decay. Las historias de esta autora, que vive aislada en el desierto de Sonora, tienen un tono muy singular que se diría una extraña mezcla de David Lynch y el realismo norteamericano más puro y duro, con unas gotas de gotico sureño. Y eso teniendo en cuenta que Williams no se parece a nadie más que a ella misma.

Elizabeth Hardwick

Refinada intelectual neoyorquina, casada durante años con el poeta Robert Lowell de torturada convivencia por sus problemas mentales, Elizabeth Hardwick (Lexington, Kentucky, 1927- Nueva York 2007) fue una de las fundadoras de New York Review of Books y una mujer muy poderosa en el mundillo cultural. Escribió tres novelas pero solo una, ‘Noches insomnes’, fue publicada en castellano, hace años por Duomo. Y aunque en España ha habido algunas voces destacando su singular estilo -Antonio Muñoz Molina, sin ir más lejos- lo cierto es que sigue siendo una gran desconocida. Esa novela, que sigue el ritmo de las evocaciones y del enloquecimiento narrativo que provoca la falta de sueño del título, fue escrita tras la muerte de Lowell y es una especie de autobiografía esquinada.

Joan Didion

Sí, Joan Didion (Sacramento, California) siempre fue una escritora y guionista cinematográfica muy respetada, pero su reconocimiento planetario llegó muy tarde, con un libro estremecedor, ‘El año del pensamiento mágico’, escrito a raíz de la muerte de su marido, John Gregory Dunne, que la trajo de vuelta al lugar que siempre le ha correspondido, el de los grandes escritores, y que ha provocado el rescate de buena parte de sus ficciones y crónicas. Nadie ha utilizado el escalpelo de la prosa con la precisión y crudeza que la autora gracias a un estilo de frase breve y contundente, en el que la claridad y la sencillez no suponen simplificar las cosas sino todo lo contrario. Ese es su sello. Random House ha recuperado en los últimos tiempos buena parte de su obra.

Lucia Berlin

Dotada de una de esas biografías que marcan una buena campaña de promoción –tres maridos fracasados, una vida laboral muy precaria, alcoholismo, poca repercusión mediática y finalmente caída en el olvido- Lucia Berlin (Alaska, 1936 – Los Angeles, 2004) ha sido una de las recuperaciones comerciales más espectaculares de los últimos años. Su libro de cuentos ‘Manual para mujeres de la limpieza’ -que ejemplifica muchas de las crueles experiencias en la vida de la autora- estuvo durante semanas en lo más alto del ránking de ventas. Durante años se solía sostener que los relatos de Raymond Carver ejemplificaban la mejor maestría del cuento norteamericano –siempre con permiso de John Cheever- pero lo cierto es que en muchas ocasiones Berlin gana por goleada. ¿Hay alguien que todavía no la haya leído?

La frase

«Un varón tiene que ser eficaz, triunfador, reactivo. Por eso, imaginar un personaje que no lo es, resulta estimulante desde un punto de vista literario: permite crear situaciones que son al mismo tiempo angustiosas y cómicas, con un humor más bien negro, de sonrisa incómoda y no de carcajada»       Alexandre Postel )

Javier Cercas, el corto camino de Salamina a Ibahernando

La Guerra Civil, el conflicto que desangró a España, fue un acontecimiento que dio, da y dará aún mucho material a historiadores, investigadores, y por supuesto, a escritores. Sus consecuencias directas -a pesar de que oficialmente terminó hace casi setenta y ocho años atrás- se siguen apreciando aún hoy en términos políticos; porque las heridas siguen sangrando entre muchas familias que conforman los pequeños pueblos a lo largo dela geografía peninsular; y porque el dolor del enfrentamiento entre hermanos todavía subyace latente en las células de sus habitantes.

Cercas (1962, Ibahernando, Cáceres) ha entendido estas máximas desde la  infancia, transmitido a través de sus propios orígenes familiares. Pero el tema en sí no es algo nuevo en su obra escrita, de hecho la guerra, las decisiones que de ella emergen y sus consecuencias en la vida de los hombres, han sido los temas principales con los cuales ha alimentado la mayor parte de su mundo  literario: Soldados de Salamina, Anatomía de un instante o El impostor, son pruebas fehacientes de ello.

Los textos del escritor extremeño guardan además una particularidad cuando  la mayoría de sus protagonistas son gente llana, simples desconocidos que se encontraron en una encrucijada en la que tuvieron que tomar una decisión. En su última novela, El monarca de las sombras, sostiene idéntica idea en cuanto a personajes, sólo que en esta oportunidad se decide a hurgar en la neblinosa memoria de su historia familiar tomándola como un ejemplo vívido más del enfrentamiento fratricida.

Aunque lo verdaderamente singular es la metodología con la que el novelista aborda la genética de su obra; una amalgama que oscila entre el revisionismo de sus lazos de parentesco y la escritura a corazón abierto de la propia trama. En cierta forma, nos hace partícipes de los entresijos propios de la cocción del texto, donde pareciera que la certeza de los hechos supera a la posible ficción. Verdad es que, ante lo riesgoso de la propuesta, el resultado no deja indiferente a lector alguno.

Como muestra de lo expuesto un pasaje del El monarca de las sombras:

“…Pocos meses después de la muerte de Manuel Mena, en fin, su nombre  ya casi no se mencionaba en la familia, o sólo se mencionaba cuando no quedaba otro remedio que mencionarlo, y, pocos años después de su muerte, su madre y sus hermanas destruyeron todos sus papeles, recuerdos y pertenencias.

Todos salvo una foto (o al menos es lo que siempre pensé): un retrato de guerra de Manuel Mena. Tras su funeral, la familia hizo siete copias ampliadas de él; una de ellas presidió el comedor de su madre hasta muerte; las otras se repartieron entre sus seis hermanos. Esa reliquia desasosegó vagamente los veranos de mi infancia aterida de emigrante, cuando regresaba en vacaciones al calor del pueblo, feliz de abandonar por unos meses la intemperie y la confusión del destierro y de recuperar mi estatus acogedor de vástago de una familia patricia de Ibahernando, me instalaba en casa de mis abuelos maternos y veía el retrato del muerto pendiendo de la pared sin privilegios de un vestidor donde se acumulaban baúles llenos de ropa y estanterías llenas de libros; más todavía desasosegó mi adolescencia y mi juventud, cuando murieron mis abuelos y la casa deshabitada se cerraba todo el año y ya sólo se abría cuando mis padres y mis hermanas volvían en verano mientras yo intentaba habituarme al frío de la intemperie y el desconcierto del desarraigo e intentaba emanciparme del falso calor del pueblo visitándolo lo menos posible, manteniéndome lo más alejado posible de de aquella casa y aquella familia y aquel retrato ominoso que en invierno velaba a solas en el cuarto de los baúles, aquejado por una vergüenza o una culpa inconcreta en cuyas raíces prefería no indagar, la vergüenza de mi teórica condición hereditaria de patricio del pueblo, la vergüenza de los orígenes políticos de mi familia y su actuación durante la guerra y el franquismo (para mí por lo demás desconocida o casi desconocida), la vergüenza difusa, paralela y complementaria de estar atado por un vínculo de acero a aquel villorrio menesteroso y perdido que no acababa de desaparecer. Pero sobre todo me ha desasosegado el retrato de Manuel Mena en mi madurez, cuando no he dejado de sentir vergüenza por mi orígenes y mi herencia pero en parte me he resinado a ellos, me he conformado en parte con ser quien soy y con proceder de donde provengo y con tener los vínculos que tengo, me he habituado mejor o peor al desarraigo y la intemperie y el desconcierto y he comprendido que mi condición de patricio era ilusoria y he vuelto a menudo al pueblo con mi mujer y mi hijo y mis padres (nunca o casi nunca con amigos, nunca o casi nunca con gente ajena a la familia) y he vuelto a alojarme en aquella casa que se cae a pedazos donde el retrato de Manuel Mena lleva más de setenta años acumulando polvo en silencio, convertido en el símbolo perfecto, fúnebre y violento de todos los errores y las responsabilidades y la culpa y la vergüenza y la miseria y la muerte y las derrotas y el espanto y la suciedad y las lágrimas y el sacrificio y la pasión y el deshonor de mis antepasados…”