«Dejaré de escribir novelas sobre la crisis griega porque estoy exhausto. Ahora escribiré sobre crecimiento, aunque pueda parecer ciencia ficción» ( Petros Márkaris )
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Allende a la tierra andina: Luis Sepúlveda
El escritor chileno se nos muestra, por sobre todo, como un trotamundos de mochila ávido de experiencias. Su nombre empezó a cobrar trascendencia mundial a través de la publicación de su novela El viejo que leía poemas de amor, texto del que a posteriori se hizo una versión cinematográfica. A ésta se le unieron luego otros títulos de renombre, como Patagonia Express, Mundo del fin del mundo o La sombra de lo que fuimos.
Pero el autor y periodista trasandino (1949 – ) como era de esperar, ha incursionado en la autoría de libros de viaje, también en la creación de guiones para cinematografía y en el relato breve, con recopilaciones como Historias marginales, Historias de aquí y de allá o Desencuentros. De éste último título, mientras nos transporta sobre las notas a ritmo de jazz, nos sumerge en una historia que habla de espectros familiares, de silencios pretéritos que irrumpen con toda su vehemencia en el presente: My favorite things, en su texto completo.
“Está tranquilamente sentado contemplando la inmovilidad de la tarde. Jugando a adivinar reflejos de agua en la ventana, chispazos de luz externa que se filtran entre las plantas, mirando a veces el reloj sin la menor intención de descubrir el momento exacto en que se encuentra porque, sencillamente, da lo mismo.
Nada hay más inmóvil que la tarde con su rutina de muertes que se acusan en las cortinas herméticas de las ventanas, en los destellos agónicos que evidencian interiores en reposo, en las rejas que frustran cualquier deseo de salir a comprar cigarrillos, en la iluminación débil de la calle, que proyecta obeliscos sobre los adoquines. La tarde se pega al humo del cigarrillo, adquiere una tonalidad azul perenne, tan sutil que se rompe cuando él recuerda que acaba de leer un artículo sobre la muerte de Thelonious Monk y sabe también que es John Coltrane el que sopla el saxofón soprano, y que la primera vez que escuchó My favorite things fue hace ya tal cúmulo de tiempo que no vale la pena recurrir a los calendarios del recuerdo.
Busca a cuatro patas, va desempolvando las cintas, leyendo con pereza las anotaciones hechas con tintas de colores, viendo el paso de los años en las inscripciones ya borrosas, y finalmente encuentra la cinta deseada.
My favorite things y Thelonious Monk recientemente muerto al otro lado del mundo y tal vez con el mismo olor a cigarrillos que ahora inunda esta habitación en la que la tarde se ha detenido con todo su peso. Soplando el saxofón soprano el aliento sensual de John Coltrane.
Descorcha la botella de vino y se prepara entonces para rendir homenaje póstumo al muerto gritando desde las páginas del periódico. Pone el casete en el aparato y se sienta a esperar las primeras notas, pero lo único que llega a sus oídos es el ronroneo mecánico de un gato con asma.
Piensa que es un fallo de la grabación, y es natural, los primeros casetes fueron grabados sin dedicación, apropiándose de la música a la rápida, encerrando las tonalidades que antaño se esparcieron y llenaron las salas de otros tiempos sin mayor preocupación que la idea posesiva de no olvidar; esa música fue un testimonio de días con comienzo y final establecido, pero sin hacer evoluciones demasiado prematuras, o acaso demasiado atrasadas. Así pasan unos minutos que se tornan insoportables y llega a la conclusión de que el casete está dañado. Demasiado tiempo sin ser escuchado, demasiados viajes; tal vez con unas gotas de aceite funcione otra vez.
Va entonces a la cocina, regresa con el cuchillo del pan, destripa la cinta y descubre que está cortada, casi imperceptiblemente cortada, y respira satisfecho.
Está nuevamente a cuatro patas en el suelo, en la actitud atenta de un cirujano ante una emergencia. Suda un poco, los dedos se le antojan demasiado grandes, torpes para realizar una misión tan delicada, pero finalmente lo consigue. Vuelve a colocar las tapas, con la ayuda de un bolígrafo otorga una aceptable tensión a la cinta, la encaja en el aparato y se dispone, ahora sí con seguridad, en pocos segundos, a zanjar con My favorite things toda cavilación acerca de la inmovilidad de la tarde y, para coronar el triunfo alcanzado, se sirve una copa hasta los bordes.
Primero se sorprende de lo que escucha. Piensa que puede ser un efecto no recordado, pero resulta ser indiscutiblemente un llanto, sí, es un llanto de mujer, un llanto tenuemente reprimido y, a espaldas del llanto, se oyen unas voces, son palabras de consuelo, voces que emiten sus mensajes con una tonalidad tan apagada que no alcanza a comprender con toda su nitidez las ideas expresadas, entonces se incorpora, sube el volumen, pega las orejas al parlante y puede reconocer a la mujer que llora. Es su madre.
La voz entre sollozos habla de sueños y esperanzas, allá al lado del mar grande, llora con un llanto suave pero desolado y, por sobre las frases de consuelo, logra articular algunas palabras más inteligibles, algo así como que era una noticia que siempre estuve esperando, algo así como qué pena no poder estar allá con él, y luego logra identificar entre otras la voz de su hermano: es la más fuerte y decidida, es la voz que a veces masculla con todo rencor posible la palabra mierda; luego se distinguen las voces de tíos y parientes más lejanos, más allá de las referencias que a veces regala la memoria. Parientes y amigos a los que tantas veces prometió una carta que se detuvo en el encabezamiento y fue a dar al canasto de los papeles junto a los corchos, a las colillas de los innumerables cigarrillos fumados en noches de espera y de semen involuntario”
Está de pie escuchando, tiene la frente pegada a los vidrios, pero al lado de la ventana no están sino las sombras de una tarde que agoniza, y las voces se suceden y hay un ruido de tacitas y susurros que ofrecen una copita de coñac y alguien, también impersonal, que dice que le sirvan a la vieja, y luego pausas que son aprovechadas por la impudicia del gato asmático que desliza su ronroneo entre las voces, el gato invisible que habita en todas las grabadoras del mundo y que opaca la voz del tío Julio que dice que afortunadamente la Seguridad Social del país donde se encuentra es bastante eficiente, y los parientes más lejanos confirman con sus alabanzas la perfección de la burocracia europea, y todos al unísono dicen que ya no hay que preocuparse, que, aunque estas cosas son siempre duras, hay que pensar que el pobrecito ahora sí que va a descansar, que todos sabemos que salió bastante enfermo de la cárcel y que el pobrecito nunca dijo nada, tan hombre hasta el fin, dice una voz que se ofrece para hacer los trámites en el consulado y consultar mañana sin falta los precios de Lufthansa, pero a lo mejor le hubiera gustado quedarse en esta tierra junto al viejo; sí, eso es lo que le hubiera gustado, y oprime el botón de stop.
Mira a la calle y le parece más solitaria e inmóvil que nunca. Se dispone a salir, pero esta vez sin coger las llaves porque sabe que nunca volverá a cruzar ese umbral hediondo de orines, que nunca más volverá a habitar ese piso de hombre solitario, y que nunca más escuchará My favorite things interpretada por el cuarteto de Thelonious Monk, con John Contrane soplando el saxofón soprano.”
La frase
«El libro es un objeto tecnológicamente perfecto. En el fondo, el negocio del texto electrónico es algo de las multinacionales, que quieren el monopolio y se van a cargar la diversidad del libro, de las librerías, de las editoriales» ( Jacobo Siruela )
Aval de las letras francesas: Albert Camus
Tal vez y sin saberlo, fue uno de los últimos escritores que contribuyeron a la otrora grandeur de Francia en el siglo pasado. Y más aún de la literatura mundial, cuando por el conjunto de su obra se hizo merecedor del premio Nobel de Literatura en el año 1957.
Dueño de una escritura despojada de toda ostentación, que oscila entre lo escueto y lo por momentos casi telegráfico, el galo, apoyándose en la idea solo a través del propio peso de las palabras, supo ganarse por méritos propios su espacio en las letras. De origen argelino y de formación eminentemente humanística, en su breve existencia (1913-1960) supo coquetear con las tesis del anarquismo y el comunismo, lo que le valió enemistades y simpatías en igual medida. Más aún cuando en su momento reclamó por el derecho a la libertad de su país de origen, aunque recalcando la importancia de la herencia cultural de la metrópoli francesa. Luego, con el paso de los años, terminó tomando distancia de cualquier posición dogmática al respecto.
Escribió ensayos: El mito de Sísifo, El hombre rebelde; obras teatrales: Calígula, Estado de sitio, y obviamente novela, entre las más renombradas: La peste o La caída. En todos ellos los temas recurrentes eran alimentados por los problemas de conciencia y las incógnitas existenciales del individuo. El pasaje a continuación pertenece a la novela que quizás más alimentó la proyección de su nombre como autor, El extranjero:
“… Me despertó un roce. Como había tenido los ojos cerrados, la habitación me pareció aún más deslumbrante de blancura. Delante de mí no había ni la más mínima sombra, y cada objeto, cada ángulo, todas las curvas, se dibujaban con una pureza que hería los ojos. En ese momento entraron los amigos de mamá. Eran una decena en total, y se deslizaban en silencio en medio de aquella luz enceguecedora. Se sentaron sin que crujiera una silla. Los veía como no he visto a nadie jamás, y ni un detalle de los rostros o de los trajes se me escapaba. Sin embargo, no los oía y me costaba creer en su realidad. Casi todas las mujeres llevaban delantal, y el cordón que les ceñía la cintura hacía resaltar aún más sus abultados vientres. Nunca había notado hasta qué punto podían tener vientre las mujeres ancianas. Casi todos los hombres eran flaquísimos y llevaban bastón. Me llamaba la atención no ver los ojos en los rostros, sino solamente un resplandor sin brillo en medio de un nido de arrugas. Cuando se hubieron sentado, casi todos me miraron e inclinaron la cabeza con modestia, los labios sumidos en la boca desdentada, sin que pudiera saber si me saludaban o si se trataba de un tic. Creo más bien que me saludaban. Advertí en ese momento que estaban todos cabeceando, sentados enfrente de mí, en torno del portero. Por un momento tuve la ridícula impresión de que estaban allí para juzgarme.
Poco después una de las mujeres se echó a llorar. Estaba en segunda fila, oculta por una de sus compañeras, y no la veía bien. Lloraba con pequeños gritos, regularmente; me parecía que no se detendría jamás. Los demás parecían no oírla. Se mostraban abatidos, tristes y silenciosos. Miraban el féretro o a sus bastones, o a cualquier cosa, pero no miraban a nada más. La mujer seguía llorando. Yo estaba muy asombrado porque no la conocía. Hubiera querido no oírla más. Sin embargo, no me atrevía a decírselo. El portero se inclinó hacia ella y le habló, pero sacudió la cabeza, murmuró algo, y continuó llorando con la misma regularidad. El portero vino entonces hacia mi lado. Se sentó cerca de mí. Después de un rato bastante largo me informó sin mirarme: «Estaba muy unida con su señora madre. Dice que era su única amiga aquí y que ahora ya no le queda nadie»
Quedamos un largo rato así. Los suspiros y los sollozos de la mujer se hicieron más raros. Sorbía mucho, luego calló por fin. Yo no tenía más sueño, pero me sentía fatigado y me dolía la cintura. Ahora me resultaba penoso el silencio de todas esas gentes. Sólo de vez en cuando oía un ruido singular y no podía comprender qué era. A la larga acabé por adivinar que algunos de los ancianos chupaban el interior de las mejillas y dejaban escapar unos raros chasquidos. Tan absortos estaban en sus pensamientos que ni se daban cuenta. Tenía la impresión de que aquella muerta, acostada en medio de ellos, no significaba nada ante sus ojos. Pero creo ahora que era una impresión falsa.
Todos tomamos café, servido por el portero. Después, no sé más. La noche pasó. Recuerdo que en cierto momento abrí los ojos y vi que los ancianos dormían amontonados, excepto uno que me miraba fijamente, con la barbilla apoyada en el dorso de las manos aferradas al bastón, como si no esperase sino mi despertar. Luego volví a dormirme. Me desperté porque cada vez me dolía más la cintura. El día resbalaba sobre el techo de vidrio. Poco después uno de los ancianos se despertó, y tosió mucho. Escupía en un gran pañuelo a cuadros y cada una de las escupidas era como un desgarramiento. Despertó a los demás, y el portero dijo que debían marcharse. Se levantaron. La incómoda velada les había dejado los rostros de color ceniza. Al salir, con gran asombro mío, todos me estrecharon la mano, como si esa noche durante la cual no cambiamos una palabra hubiese acrecentado nuestra intimidad.
Estaba fatigado. El portero me condujo a su habitación y pude arreglarme un poco. Tomé café con leche, que estaba muy bueno. Cuando salí era completamente de día. Sobre las colinas que separan a Marengo del mar, el cielo estaba arrebolado. Y el viento traía olor a sal. Se preparaba un hermoso día. Hacía mucho que no iba al campo y sentía el placer que habría tenido en pasearme de no haber sido por mamá…”
La frase
«Un vistazo general a la sociedad y un barrido a la prensa del corazón te pueden dejar la impresión de que, si no estás buena y no tienes hijos, has fracasado en la vida. Pues bueno, muchas de nosotras ni estamos buenas ni tenemos hijos, pero somos lo suficientemente listas para no caer en simplificaciones tan absurdas» ( Paula Hawkins )
Acuarela de Brasil: Jorge Amado
A similitud de la exuberante tierra bahiana, en sus textos se dan cita la crudeza de la realidad circundante al lado de una alta dosis de sensualidad. Así y todo, el brasileño (1912-2001) fue un hombre que nació en el seno de una familia acomodada, con un padre propietario de todo un latifundio. Tal vez ese choque de realidades le haya influido para que eligiera estudiar la carrera de leyes en primer lugar, y en otro orden, su posterior afiliación al partido comunista; militancia por las que tuvo que exiliarse en Argentina primero y en Uruguay después.
Pero mucho antes de ello y cuando solo contaba dieciocho años, ya había hecho su primera incursión en el campo literario con la publicación de su novela El país del carnaval. Así, mientras su prosa se iba horneando a fuego lento, sus ideas políticas le llevaban a ser elegido diputado por el estado de Sao Paulo. Pero no lo fue por mucho tiempo, ya que los constantes cambios en su país le llevarían otra vez a tener que abandonarlo de manera forzosa, esta vez su destino sería Francia.
Superado este último período y ya de regreso en Brasil, tomó la decisión de alejarse de la arena política para abocarse plenamente en sus escritos. Aunque bien es cierto que de una u otra manera, de forma más explícita o subyacente, siempre los retazos de su ideología se hicieron presentes en sus relatos. Fruto de su creación dio a conocer textos del calado de Gabriela, clavo y canela; Doña Flor y sus dos maridos o Teresa Batista cansada de guerra, donde supo combinar la riqueza de las tramas con una atractiva composición de los personajes. Novelas por las que obtuvo premios y reconocimientos además de su ingreso en la Academia Brasileña de las Letras.
El pasaje a continuación pertenece a uno de los relatos incluidos en Los pastores de la noche:
“… Una vez, de vuelta de un demorado viaje por luengas tierras, le dio al doctor Menandro por elogiar a las francesas pasándose la lengua por los labios y moviendo su cabezón de sabio. <No hay mujer como la francesa.> Así habló, y Pé-de-Vento, hasta entonces respetuosamente callado, no pudo contenerse:
-Doctor, discúlpeme, usted es un sabio, inventa remedios para curar enfermos, enseña en la facultad y todo eso. Pero, perdone mi franqueza: yo nunca he dormido con francesas, pero le aseguro que no hay como las mulatas. Señor doctor, créame no hay como las mulatas en la cama. No sé si el doctor habrá tenido alguna mulata, una de esas de color té, de esas que son como un patache moviéndose en las aguas… ¡Ah, señor doctor, el día en que usted tumbe a una en la cama no querrá saber más de francesas…!
Discurso tan largo no lo había pronunciado Pé-de-Vento desde hacía años. Señal de exaltación. Peroró convencido, se quitó el sombrero agujereado, como cumplimiento, y se calló. Inesperada fue la respuesta del doctor Menandro.
-De acuerdo, amigo, siempre me gustaron las mulatas. Sobre todo de estudiante, y aún hoy. Hasta me llamaban el <Catador de mulatas>. Pero ¿quién dice que no hay mulatas en Francia? ¿Sabe usted lo que es una mulata francesa recién llegada del Senegal? Llegan navíos llenos de mulatas de Dakar a Marsella, amigo…
Realmente, ¿por qué no había de haberlas?, preguntose Pe-de-Vento, dando la razón al médico, persona de su particular devoción. Tal vez solo Jesuíno Galo Doido y Tibéria estuvieran colocados más alto en la escala de su admiración y estima. Cuando volvió a escuchar, el doctor Menandro disertaba sobre sobacos.
Poseía Pe-de-Vento, como se ve, no larga práctica como ciertos conocimientos teóricos sobre las mulatas. Práctica y teoría que se habían revelado inútiles ante la incomprensible Eró. Pé-de-Vento sentíase derrotado y sin ilusión. Aquella mujerona, con miedo de una ratita, ¿dónde se vio tal cosa? ¿Mulata verdadera? No. Nunca lo habría creído.
Iba Pé-de-Vento hacia la tienda de Alonso. La ladera del Pelourinho, frente a él se llenaba de mulatas, de mulatas auténticas. Un par de pechos y de muslos, de caderas ondulantes, de pelambreras perfumadas. A docenas parecían desembarcar de las nubes negras del cielo, poblaban las calles, un mar de mulatas, y, en ese agitado mar, Pé-de-Vento navegando. Mulatas subían corriendo la ladera, otras volando, una se hallaba sobre la cabeza de Pé-deVento; un seno crecía y se alzaba en el cielo, un cielo lleno de traseros pequeños y grandes, rollizas todas, a escoger.
Estaba la noche en sus comienzos. Los inicios misteriosos de la noche de Bahía, cuando todo puede ocurrir sin causar espanto… La primera hora de Exu, la hora, la hora de las sombras del crepúsculo, cuando Exu sale por los caminos. ¿Le habrían hecho aquel día su ofrenda en todas las casas del santo, la ofrenda indispensable, o acaso alguien habría olvidado la obligación? ¿Quién, sino Exu, podía llenar de mulatas hermosas y libertinas la ladera del Pelourinho y los ojos azules de Pé-de-Vento?
En el mar, allá abajo, las velas de los pesqueros, con urgencia de llegar antes que la lluvia. Nubes saliendo barra afuera, tañidas por el viento, cerrándole el paso a la luna llena. Vino una mulata de oro y se llevó la melodía silbada por Pé-de-Vento, dejándolo solo con sus cavilaciones. Su meta era el tenducho de Alonso. Allí estarían los amigos y con ellos podría discutir el complicado asunto, Jesuíno Galo Doido tenía luces suficientes para desentrañarlo y explicárselo. Era agudo el viejo Jesuíno. Y si no estuviesen los amigos allí, Pé-de-Vento iría hasta el cafetín de Isidro do Batualê, en las Sete Portas, iría al muelle, al bar de Cirilíaco, ya en los linderos de la ley, con sus contrabandistas y sus rufianes, iría al burdel de Tibéria, los buscaría por todas partes hasta dar con ellos, empapado por la lluvia que empezaba a caer a goterones. Discutiría con los amigos y aclararía aquella confusión. A su alrededor volaban mulatas a cual más verdadera…”
La frase
«Un libro tiende a promover una comunidad. Es un acto político pleno de significado entre su autor y sus lectores» ( Camille de Toledo )
Grandes de las letras: José Maria Eça de Queirós
El portugués (1845-1900) fue abogado, periodista, diplomático y escritor, aunque supo compatibilizar estas dos últimas profesiones. Hijo de una familia pudiente, el portugués cursó estudios de leyes en la Universidad de Coimbra y, una vez egresado, dio rienda suelta a su pasión por las letras con la publicación de varios artículos en la Gazeta de Portugal, colaboración que luego se extendería durante años en el mismo diario así como en otras tantas publicaciones.
De forma paralela se sintió atraído por la carrera diplomática, fue cuando se presentó a oposiciones para el cargo de cónsul, alcanzando el primer puesto de su promoción. Con el posterior nombramiento, sería destacado en ciudades tan disímiles como la caribeña La Habana o las inglesas Newcastle y Bristol.
Pero ya comenzaba a despuntar su andadura como autor de ficción con la publicación de su primera novela El misterio de la carretera de Sintra, en autoría conjunta con Ramalho Ortigao. A esta primera, le siguieron una decena más de su única autoría, entre las que se destacaron El primo Basilio o Los Maia. Incursionó también dentro del relato breve, entre los que cabe destacar Excentricidades de una chica rubia como uno de sus cuentos más renombrados.
En los últimos años su nombre volvió a recobrar fuerza para las nuevas generaciones, a través de la llegada a la gran pantalla de la más renombrada de sus obras, El crimen del padre Amaro. A continuación, el pasaje con el que da comienzo la novela:
“Era domingo de Pascua cuando se supo en Leiría que el párroco de la catedral, José Miguéis, había muerto de madrugada de una apoplejía. El párroco era un hombre sanguíneo y cebado, que pasaba entre el clero diocesano por «el comilón de los comilones». Se contaban historias singulares sobre su voracidad. Carlos el de la botica —que lo detestaba— solía decir siempre que lo veía salir después de la siesta, con la cara enrojecida, harto:
-Ahí va la boa a rumiar. ¡Un día revienta!
Reventó, en efecto, después de una cena de pescado, a la misma hora en que, enfrente, en casa del doctor Godinho, que cumplía años, se polqueaba con estruendo. Nadie lo lamentó y fue poca gente a su entierro. En general no era estimado. Era un aldeano; tenía los modales y las muñecas de un cavador; la voz ronca, pelos en las orejas, el hablar muy rudo.
Las devotas nunca lo habían querido: eructaba en el confesionario y, como había vivido siempre en parroquias aldeanas o de la sierra, no entendía ciertas sensibilidades exacerbadas por la devoción: por eso había perdido, desde el principio, a casi todas las confesadas, que se pasaron al pulido padre Gusmáo, ¡can rico en labia!
Y; cuando las beatas que le eran fieles iban a hablarle de escrúpulos, de visiones, José Miguéis las escandalizaba, gruñendo:
-¡Pero qué historias, santita! Pídale a Dios sentido común. ¡Más juicio en la mollera!
Lo irritaban sobre todo las exageraciones en los ayunos:
-¡Coma y beba! —solía gritar—, ¡coma y beba, criatura!
Era ´miguelista` y los partidos liberales, sus opiniones, sus periódicos, le producían una ira irracional.
-¡Mano dura, mano dura! —exclamaba, agitando su enorme quitasol rojo.
En los últimos años había adquirido hábitos sedentarios y vivía aislado con una criada vieja y un perro, Joli. Su único amigo era el chantre Valadares, que gobernaba entonces el obispado, pues el señor obispo, don Joaquín, penaba desde hacía dos años su reumatismo en una quinta del Alto Miño. El párroco sentía un gran respeto por el chantre, hombre enjuto, de gran nariz, muy corto de vista, admirador de Ovidio, que hablaba siempre poniendo la boca pequeñita y con alusiones mitológicas.
El chantre lo estimaba. Le llamaba «fray Hércules».
-«Hércules» por la fuerza —explicaba sonriente—, «fray» por la gula.
En su entierro, él mismo le hisopeó la tumba; y como tenía por costumbre ofrecerle todos los días rapé de su caja de oro, les dijo a los otros canónigos, en voz baja, al dejar caer sobre el féretro, según el ritual, el primer puñado de tierra:
-¡Es la última pulgarada que le doy!
Todo el cabildo rió mucho la gracia del señor gobernador del obispado; el canónigo Campos la contó por la noche, tomando el té en casa del diputado Novais; fue celebrada con risas gozosas, todos exaltaron las virtudes del chantre y se afirmó con respeto «que Su Excelencia tenía mucha picardía».
Días después del entierro apareció, errando por la plaza, el perro del párroco, Joli. La criada había sido internada con fiebres tercianas en el hospital; la casa había sido cerrada; el perro, abandonado, gemía su hambre por los portales. Era un chucho pequeño, extremadamente gordo, que guardaba vagas semejanzas con el párroco. Habituado a las sotanas, ávido de un dueño, tan pronto veía a un cura empezaba a seguirlo con gemidos serviles. Pero nadie quería al infeliz Jolí; lo ahuyentaban con las puntas de los quitasoles; el perro, rechazado como un pretendiente, aullaba toda la noche por las calles. Una mañana apareció muerto junto a la Misericordia; el carro del estiércol se lo llevó y, como nadie volvió a ver al perro en la plaza, el párroco José Miguéis fue definitivamente olvidado.
Dos meses más tarde se supo en Leiría que había sido nombrado otro párroco. Se decía que era un hombre muy joven recién salido del seminario. Se llamaba Amaro Vieira…”
La frase
«Se sigue dando por sentado que, si eres mujer, estás predispuesta hacia la maternidad, la seducción… que eres menos afín al pensamiento lógico y matemático. Una serie de asunciones que se ven confirmadas por la realidad que se conforma a través de la educación y la difusión cultural de los roles de género» ( Lena Andersson )
