Juan José Millás, historias de urbanitas

El valenciano (1946) es de aquellos autores de largo recorrido, lo que le ha llevado a producir una extensa obra y a transitar por distintos géneros en el mundo de las letras. Y fruto de ello, a  hacerse acreedor a varias distinciones: Premio Nadal, Premio Planeta, y el Premio Nacional de Narrativa que otorga el Ministerio de Cultura de España.

De formación periodística, su presencia como columnista es constante en distintos medios gráficos y audiovisuales españoles. En cuanto a su obra escrita, se extiende en el reportaje y, dentro de la ficción, al cuento y la novela; en esta última su debut fue con Cerbero son las sombras, que data del año 1975, texto que en su momento le permitió ser catalogado como un escritor prometedor. Esas expectativas no se vieron defraudadas cuando le siguieron una veintena de títulos más, de los que destacan El jardín vacío, La mujer loca y su obra más reconocida, Papel mojado, texto traducido a varios idiomas.

Aunque Millás es particularmente ponderado por sus relatos breves, en los que detalla las crónicas del habitante de la gran urbe. En ellos es a veces un hecho fortuito el que dispara la trama, en otros es la detenida observación y las consecuencias que de esta se derivan para nutrir el relato, en todos ellos se deriva de manera inexorable la reflexión, que en voz alta y clara surge lanzada hacia el lector.

El mecanismo así expuesto se ha dado en llamar el “articuento”; donde  destacan la selección de Cuentos de la intemperie, La viuda incompetente, Los objetos nos llaman, y Articuentos completos. En ellos la metrópoli y lo que impone está siempre presente, con sus reglas tan particulares, en instancias para destacar el hecho que sublima a sus habitantes, pero también, para retratarlos en sus egoísmos o en sus cotidianas miserias. Como si el escritor pretendiese lanzar un metamensaje hacia un ser humano desvalido quien, a modo de defensa, solo le queda enfrentarse a los hechos cargado con el escudo de la ironía, cuando no, con un dejo de lastimosa comicidad. En definitiva, para graficar con aquello que un autor como Kundera definiría  como “la levedad del ser”.

El siguiente es el texto completo del relato La viuda incompetente:

  “La viuda incompetente compró un lote que incluía un pato pequeño, 24 uvas y dos velas, para hacer creer a la cajera del supermercado, o quizá a sí misma, que esa noche, la del 31 de diciembre, cenaría acompañada. Pero cuando llegó a su casa y desenvolvió el paquete, el pequeño animal le pareció un cadáver. Así que lo contempló con aprensión durante unos minutos, intentando comprender los misterios minerales de la carne mientras le daba la vuelta con un tenedor, y lo arrojó a la basura envuelto en papel de aluminio. Luego, al tiempo que en la calle sonaban los primeros petardos del día, recorrió la casa colocando las manos sobre los objetos del que había sido su marido, tan odiado en vida.

   Después de comer, se sentó en el sofá del salón y se quedó dormida hasta las siete con la radio puesta. Al despertar hablaban de la dermatosis y de lo dramático que era para los que padecían este mal no poder llevar trajes oscuros, tan apropiados por cierto para despedir el año, debido a que las escamas de la piel se notaban demasiado sobre los hombros. Sintió un desasosiego excesivo, un sofoco que la llevó al balcón. En la calle se percibía el nerviosismo característico de las horas que precedían a la medianoche. La viuda incompetente recordó cuánto había detestado a su marido, cómo había deseado su muerte hacía ahora un año, mientras contaban entre los dos las uvas para la cena de Año Viejo, y se echó a llorar. Nada fue en su vida como había soñado: ni la primera comunión, ni la universidad, ni el matrimonio, ni, en los actuales momentos, la viudez.

   Soy viuda, se dijo, intentando encontrar en la palabra el sabor excitante que tenía antes de que su esposo falleciera. Pero ahora ese mismo término tenía un gusto rancio, igual que un embutido caducado. Por un instante se percibió a sí misma como un féretro en cuyo interior, a su pesar, reposaba él. Cuando me hagan la autopsia –pensó-, lo encontrarán dentro de mí, vestido con aquel traje oscuro sobre el que tanto se le notaba la dermatosis y los brazos cruzados sobre el pecho. ¿Dónde estaba el atractivo sexual de las viudas del que tanto hablaban los sexólogos? Cerró el balcón y recordando que su marido solía llamar al diccionario la nevera del vocabulario, porque en él se mantenían frescas las palabras, fue a buscar viuda y leyó: <Planta herbácea, bienal, de las dipsáceas, con flores en ramos axilares, de color morado que tira a negro>.

   Cerró el libro con violencia, arrojándolo sobre el espejo del aparador, que no llegó a romperse. A través de los tabiques se colaba el bullicio de las casas vecinas mezclado con el ruido de las cuberterías de alpaca y las vajillas de porcelana removidas de sus armarios para la cena familiar. La viuda incompetente decidió en un ataque de rabia no resignarse a su condición de dipsácea con flores moradas o negras en las axilas. Así que fue a la cocina, rescató del cubo de la basura el cadáver del pato, lo desenvolvió de su mortaja de aluminio y lo introdujo en el horno de cuerpo presente. Cuando la piel del animal adquirió un color más o menos tostado, lo colocó sobre la mesa del salón y encendió dos velas. Había pensado comérselo entero y tragarse después las 24 unas, para transmitir (a quién) la impresión de que en aquella casa había cenado realmente dos personas. Pero al regresar de la cocina con la botella de vino y contemplar sobre el mantel los restos mortales del animal alumbrados por la llama lúgubre de las velas, comprendió que en lugar de una cena de Año Viejo le había salido una capilla ardiente.

   Fue entonces cuando se dio cuenta de que por más que cuidara de su ropa interior sería el resto de su vida una viuda desastrosa, incompetente, nada parecida a las que describían los libros de autoayuda. Pero en ese instante advirtió también que el odio profesado a su marido había sido una forma de amor que solo ahora era capaz de reconocer. Entonces, cogió las uvas, se fue al tanatorio de la M-30, donde llegó al filo de las doce, entró al azar en una de las capillas y recibió el nuevo año con los muertos.

   Al amanecer del día 1 regresó al hogar, se metió en la cama y sintió unos instantes de felicidad al saber por una vez en su existencia de qué lado de la vida estaba”.

La frase

    “Grenouille  apartó la sábana del lecho. La magnífica fragancia de la muchacha, que se                  derramó súbitamente, cálida y masiva, no le conmovió. Ya la conocía y la disfrutaría, la              disfrutaría hasta la embriaguez más adelante, cuando la poseyera de verdad. Ahora se                trataba de empezar cuando antes, de dejar evaporar la menor cantidad posible; ahora se          imponía la concentración y la rapidez…”     ( El Perfume Patrick Süskind )

Obras de las que sus autores reniegan

Pablo Picasso pasó por diferentes estilos en su pintura, iniciándose muy joven con el realismo para terminar ya mayor en el cubismo. Algunas de estas etapas obedecían a un mero aprendizaje, otras, a sus estados de ánimo, por último, a lo que él creía que era la síntesis de la evolución de su pintura; en todos los casos, el pintor sentía que formaban parte de su crecimiento como artista y como persona. El ejemplo del genio  malagueño bien podía valer para muchos escritores, que en su momento sintieron satisfacción por sus obras, y que luego poco menos quisieron “olvidar” que fueron partícipes necesarios para que sus textos vieran la luz. ¿Es legítimo que el escritor pueda, por lo que fuere, deshacerse de una autoría?, este artículo ilustra sobre ello 

Normalmente, la finalidad de un escritor es que su obra sea leída por el público, que logre superar las cribas editoriales, tome forma en papel y, en último término, alguien disfrute descubriendo lo que encierran sus páginas. Ocurre, sin embargo que hay determinados autores que tienen una relación un tanto conflictiva con alguna de sus obras. La autocrítica, el pudor o simplemente el cambio de criterio con el paso del tiempo han hecho que grandes nombres de la literatura se arrepientan de alguna de sus obras o que, directamente, intenten quitarlas de la circulación. Son los escritores que reniegan.

En algunos casos, ni siquiera el reconocimiento de la crítica y el público aplacan ese impulso de rechazo a lo que ha escrito uno mismo. Es ampliamente conocido el odio que sentía Rafael Sánchez Ferlosio hacia su El Jarama, quizás su obra más conocida. “Está muy cuidado el lenguaje, muy escuchada el habla popular, pero no tiene ni pies ni cabeza. No me gusta nada. Sería un libro que si lo hubiera escrito otro diría: ¡Pero qué pelmazo!», decía en 1986 al diario El País.

Jorge Luis Borges es otro autor que, con el tiempo, no quería saber nada de una de sus primeras obras. De Historia universal de la infamia, el argentino decía que era un “irresponsable juego de un tímido que no se animó a escribir cuentos y que se distrajo en falsear y tergiversar (sin justificación estética alguna) ajenas historias”.

Esos pecados de juventud han llevado a muchos autores, una vez consagrados, a intentar eliminar de la historia oficial alguno de sus primeros títulos. Sucedió con Barioná, el hijo del trueno, de Sartre, que no autorizó su publicación hasta pasado mucho tiempo, o con Juan Ramón Jiménez, que rechazó sus primeros libros modernistas, Almas de violeta Ninfeas, e incluso se dice que intentó robarlos de algunas bibliotecas. Nathaniel Hawthorne tampoco quería ver su primera novela, Fanshawe, ni en pintura.

En otros casos, son el posicionamiento ideológico que cambia con el tiempo y la vida que adquiere la obra tras su publicación los factores que hacen que un libro sea desdeñado por su creador. Eduardo Galeano confesó cuarenta años después de haber publicado Las venas abiertas de América Latina que sería incapaz de leer su propio libro. “Para mí, esa prosa de la izquierda tradicional es aburridísima. Mi físico no aguantaría. Sería ingresado al hospital”, aseguró.

El caso de El motel del voyeur, de Gay Talese, es distinto: un testimonio falso que el periodista no pudo (o quiso) contrastar hizo que su obra (y su reputación) se pusieran en entredicho. Pero también entra en juego la autocrítica, lo de la autoexigencia, de autores que no quieren dejar mancha alguna en su obra. Se cuenta que Ernesto Sábato desechó Sobre héroes y tumbas hasta que su mujer le animó a recuperarlo, y Nabokov dejó orden de que desapareciese el manuscrito de El original de Laura, algo que su esposa desoyó y acabó con la publicación de la obra.

Por último, hay casos extremos como el de John Banville, que una vez que acaba un libro automáticamente no quiere saber nada de él. «Ninguno me parece bueno. Una vez que los termino ya no son míos, no me pertenecen y no son problema mío. Me parece bien que cualquiera los lea, siempre que ese cualquiera no sea yo”, ha declarado recientemente.

(Este artículo fue publicado en el diario El País de España – Librotea)