«Uno ha de editar los libros que considera que la gente ha de leer, antes que los que considera que el público quiere leer. Los editores que obedecen ciegamente al gusto del público, no cuentan» ( Kurt Wolff )
Autor: depunoyletra.com
Austeridad y compromiso ético: Nadine Gordimer
La destacada escritora (1923-2014) provenía de un país tan complejo y asimétrico como Sudáfrica; por ello y quizás contagiándose de las singularidades de esa sociedad, su literatura se mostraba austera, directa, desprovista de grandes artilugios estilísticos. Luego la particular conformación de su núcleo familiar, con un padre lituano y una madre inglesa, terminaron por otorgarle una personalidad singular con la que acometió todas sus obras.
Sus primeros escritos datan de sus años de adolescencia, y ya desde ese momento, comenzaron a destacar los temas que caracterizaban su sociedad de origen. Con una desigualdad enquistada y con la segregación de clases como componentes que, de un modo u otro, terminarían por emerger en sus historias.
Sus inicios fueron dentro del relato breve para después lanzarse de pleno hacia la novela, las que determinaron que se afianzara como narradora. Entre sus más conocidas destacan El abrazo del soldado, Algo allí fuera o La historia de mi hijo, títulos que le valieron para ser galardonada con distinciones de academias y universidades, y para alzarse en 1991, con el Nobel de Literatura.
Su fuerte convicción en contra del apartheid que imponían los gobiernos ejercidos por la minoría racial blanca le valieron la animadversión de los jerarcas de turno, mientras que se ganaba el reconocimiento intelectual mundial hacia su persona. Una vez logrado el voto universal lograba el de las flamantes nuevas autoridades, quienes no dudaron en destacar su lucha por la democracia y por la igualdad de todos los afrikáners ante la ley.
Nada mejor para apreciar las características propias de su estilo que el pasaje siguiente, de su relato Erase una vez:
“…En una casa, en un barrio residencial, en una ciudad, había un hombre y su esposa que se querían muchísimo y que vivían felices desde siempre. Tenían un hijo pequeño, y le querían muchísimo. Tenían un gato y un perro a los que su hijo quería muchísimo. Tenían automóvil ya caravana para las vacaciones, y tenían una piscina protegida con una cerca para que el pequeño y sus compañeros de juegos no cayesen y se ahogasen. Tenían una chica de servicio de absoluta confianza y un jardinero que trabajaba por horas muy apreciado en el vecindario; pues cuando empezaron a vivir felices para siempre fueron advertidos por aquella vieja bruja sabia, la madre del marido, que no contratasen a nadie fuera de la vecindad. Pertenecían a una mutualidad de asistencia sanitaria, pagaban la tasa de tenencia de su perro, tenían seguro de incendios, inundaciones y robo, y estaban abonados a la Vigilancia Vecinal, que les proporcionó una placa para la verja de entrada con el rótulo ‘Está usted advertido` sobre la silueta de un potencial intruso. Éste iba enmascarado; no se apreciaba si era blanco o negro y, por lo tanto, demostraba que el propietario no era racista.
No fue posible asegurar la casa, la piscina y el automóvil contra daños producidos por disturbios. Había disturbios, pero fuera de la ciudad, donde se alojaba la gente de otro color. A esa gente no se le permitía entrar en la zona residencial salvo si eran chicas de servicio o jardineros de confianza, así que no había nada que temer, dijo el marido a su esposa. Pero ella temía que alguna vez esa gente llegase hasta su clase y arrancase la plaza ‘Está usted advertido`, abriese la verja e irrumpiese en el interior… ´Bobadas, querida –dijo el marido-, hay policías y soldados y gases lacrimógenos y armas para mantenerlos a distancia`. Sin embargo, para complacerla –pues la quería muchísimo y estaban incendiando autobuses, apedreando automóviles, y los escolares eran abatidos a tiros por la policía, en unos barrios de los que nada se podía ver ni oír desde la zona residencial- había hecho instalar un control electrónico en la verja de entrada. Quienquiera que desdeñase el rótulo ‘Está usted advertido` y tratase de abrir la verja, tendría que anunciar sus intenciones apretando un botón y hablando a través de un micrófono conectado a la casa. El hijo del matrimonio estaba fascinado por el aparato y lo utilizaba como un walkie-talkie cuando jugaba a policías y ladrones con sus amiguitos.
Los disturbios fueron sofocados, pero hubo muchos robos en el barrio residencial y la fiel sirvienta de unos vecinos fue maniatada y encerrada en un armario por unos ladrones mientras cuidaba de la casa de los patronos. La fiel sirvienta del matrimonio y del niño se sintió tan afectada por la desgracia sobrevenida a una amiga que, como a menudo le ocurría a ella, tenía la responsabilidad de velar por las pertenencias del matrimonio y del niño pequeño, que suplicó a sus señores que pusiesen rejas en las puertas y ventanas de la casa, y que instalasen un sistema de alarma. La esposa se avino: ‘Tiene razón sigamos su consejo`. Y así, desde todas las puertas y ventanas de la casa en la que vivían siempre felices vieron entonces los árboles y el cielo entre rejas, y cuando el gatito del niño trató de encaramarse por el montante para hacerle compañía en su camita durante la noche, como hacía habitualmente, la estridente alarma sonó en toda la casa.
A la alarma respondían con frecuencia –esa impresión daba- otras alarmas antirrobo en otras casas, disparadas por gatos domésticos o ratones mordisqueantes. Las alarmas se sucedían por los jardines como chillidos, gemidos y lamentos a los que pronto todos se acostumbraron, de manera que el clamor no sobresaltaba a quienes vivían en el barrio residencial más que el croar de las ranas o la musical vibración de las patas de las cigarras. Protegidos por el clamoreo de las arpías electrónicas, los intrusos serraban los barrotes de hierro he irrumpían en los hogares, llevándose equipos de alta fidelidad, televisores, magnetófonos, cámaras fotográficas y radios, joyas y ropa, y a veces tenían hambre suficiente para devorar todo lo que hubiese en el frigorífico; o se tomaban un descanso audaz para beberse el whisky de la vitrina o del mueble bar del jardín. Las compañías de seguros no pagaban compensación alguna si el whisky era de una sola malta, pérdida sensiblemente agravada por la certeza del propietario de que los ladrones no habían sabido apreciar lo que se estaban bebiendo.
Luego vino la época en que muchos, no incluidos en las categorías de chicas de servicio y jardineros de fiar, merodeaban por el barrio residencial porque estaban sin empleo. Algunos importunaban en demanda de trabajo: quitar las malas hierbas o pintar un tejado; cualquier cosa, ‘baas`, señora. Pero el marido y su esposa recordaban la advertencia acerca de que no contratasen a nadie de fuera del vecindario. Algunos bebían alcohol y ensuciaban la calle tirando las botellas vacías, otros pedían limosna, aguardando a que el marido o su esposa, saliese con el coche por la puerta de la verja electrónicamente accionada. Se sentaban por doquier con los pies en la cuneta, bajo los jacarandaes que hacían de la calle un túnel verde –porque era un barrio residencial precioso, estropeado solo por su presencia-, y a veces se quedaban dormidos echados justo frente a la verja bajo el sol de mediodía. La esposa nunca pudo soportar ver a nadie pasando hambre. Mandaba a la sirvienta de confianza que les sacase pan y té, pero la sirvienta de confianza decían que eran holgazanes y ‘tsotsis`, que entrarían y la maniatarían y la encerrarían en un armario. El marido dijo: ‘Tiene razón. Sigue su consejo. No consigues más que incitarlos con tu pan y tu té. Buscan su oportunidad…` Y cada noche retiraba del jardín el triciclo del niño y lo guardaba dentro de la casa, pues si bien ésta era desde luego segura una vez todo bien cerrado y conectada la alarma, cabía no obstante la posibilidad de que alguien saltase por el muro o por la verja electrónicamente cerrada y penetrara en el jardín.
‘Tienes razón –asintió la esposa-, así que el muro debería ser más alto`. Y la vieja bruja sabía, la madre del marido, pagó los ladrillos adicionales como regalo de Navidad a su hijo y a su esposa (al pequeño le regaló un traje espacial y un libro de cuentos de hadas).
Pero cada semana había noticias de más allanamientos; a pleno día y en la oscuridad de la noche, de madrugada e incluso en el delicioso crepúsculo veraniego ( a una familia le vaciaron los dormitorios del piso de arriba mientras cenaban en la planta baja). El marido y la esposa, conversando un día sobre el último robo a mano armada ocurrida en el barrio residencial, se distrajeron al ver al gatito de su hijo encaramarse si esfuerzo por el muro de más de dos metros y descender después, primero con un rápido braceo de sus patas anteriores, extendidas por la superficie vertical, y luego con un grácil impulso, para aterrizar en el jardín sacudiendo la cola como un látigo. En la cara encalada del muro se veía la marca de las idas y venidas del gato; y en el lado que daba a la calle había marcas más grandes, color de tierra, que bien pudieran haber dejado las maltrechas zapatillas deportivas que llevan los vagabundos desempleados, cuyo propósito no sería en absoluto inocente.
Cuando el marido, la esposa y el pequeño sacaban al perro a dar un paseo por las calles vecinas, ya no se detenían a admirar un rosal en flor o un césped perfecto, ocultos como estaban ahora por un despliegue de diferentes variedades de cercas de seguridad, muros y otras defensas. El marido, la esposa, el niño y el perro pasaban ante un notable surtido de sistemas de seguridad: la opción barata de trozos de vidrio incrustados en cemento en lo alto de los muros; las rejas que terminaban en punta de lanza; los intentos de armonizar la estética de la arquitectura carcelaria con el estilo de las villas españolas (los pinchos pintados de color rosa) y con la urnas de yeso de las fachadas neoclásicas (picas de treinta centímetros con filos como zigzags de relámpago y pintadas de un blanco impoluto). En algunos muros había una pequeña placa adosada con el nombre y el número de teléfono de la empresa responsable de la instalación de los dispositivos. Mientras el pequeño y el perro corrían por delante, el marido y la esposa se entretenían comparando la posible eficacia de cada sistema en relación con su aspecto; y tras varias semanas de reflexionar ante las distintas barricadas, sin necesidad de hablar, ambos llegaron a la conclusión de que solo había un sistema que mereciese la pena. Era el más feo pero el más honesto, de inequívoco estilo de campo de concentración, sin adornos superfluos; completa y evidente eficacia. Colocado a lo largo de los muros, consistía en una espiral continua de rígido y reluciente metal serrado en forma de hojas dentadas, de tal manera que resultaba imposible trepar por encima de la espiral e imposible también pasar por el interior de su túnel sin engancharse en sus colmillos. No había salida posible, solo una inútil porfía cada vez más sangrienta. El intruso recibía cortes cada vez más profundos y acerados hasta descarnarse. La esposa se estremeció al mirarlo. ‘Tienes razón –dijo el marido-, cualquiera se lo pensaría dos veces…` Y siguieron el consejo de un pequeño cartel adosado al muro: ‘Consulte a Dientes de Dragón Seguridad Total`.
Al día siguiente llegó una brigada de obreros que instalaron las espirales afiladas como hojas de afeitar a todo lo largo de los muros de la casa, donde el marido y la esposa y el niño y el perro y el gato vivían siempre felices. La luz del sol, reflejada en sus dientes, emitía destellos como cuchilladas y la cornisa de filos de navaja circundaba el hogar, resplandeciente. El marido dijo: ‘No importa. El tiempo lo irá dejando mate`. La esposa dijo: ‘Te equivocas. Garantizaron que era inoxidable`. Y aguardó hasta que el pequeño se alejó corriendo a jugar antes de decir: ‘Espero que el gato tenga cuidado…`. El marido dijo: ‘No te preocupes, cariño; los gatos siempre miran antes de saltar`. Y, ciertamente, a partir de aquel día el gato optó por dormir en la camina del pequeño y no salía del jardín, sin aventurarse nunca a violar la seguridad.
Una noche, la madre, después de acostar al niño, le leyó unos de los cuentos de hadas del libro que la vieja bruja sabia le había regalado por Navidad. Al día siguiente el pequeño jugó a ser el Príncipe que desafía la terrible barrera de espinos para entrar en el palacio y dar a la Bella Durmiente el beso que la devolvería a la vida: arrastró una escalera hasta el muro; el reluciente túnel en espiral era justo lo bastante ancho para que su pequeño cuerpo pudiese penetrar, y en cuanto los afilados dientes se hincaron en sus rodillas y en sus manos y en su cabeza gritó y forcejeó, y se encontró tanto más atrapado cuanto más porfiaba por soltarse. La fiel chica de servicio y el jardinero, a quien ‘le tocaba` precisamente aquel día, acudieron corriendo; ella, para ver qué le pasaba al pequeño y gritar como él; y el jardinero, para desgarrarse las manos tratando de alcanzar al niño. Entonces el marido y la esposa irrumpieron como locos en el jardín y algo (probablemente el gato) disparó la alarma, cuyo estridente sonido se mezcló con los gritos, mientras la sangrante masa del cuerpecito era liberada de la espiral de seguridad con sierras, cortaalambres y hachuelas y transportada –por el marido, la esposa, la histérica fiel sirvienta y el lloroso jardinero- al interior de la casa…”
La frase
«Las mujeres ya hace tiempo que son quienes compran más libros; pero ahora además existe una mayor atención hacia las que escriben. No se puede hablar de una generación de autoras, porque cada una procede de circunstancias diferentes. Pero sí coinciden en algo: son más visibles». ( Catherine Lacey )
Contra los molinos de la desidia
Los idiomas conforman una parte de los denominados bienes inmateriales de la humanidad. Aun así muchos de ellos corren el riesgo de terminar siendo un vago recuerdo de “aquello” que hablaban los mayores, y este es el peligro que -de forma mayoritaria en América latina y en África- se enfrentan las lenguas autóctonas.
Ya lo viene anunciando de manera reiterada la Organización para la Educación de las Naciones Unidas (UNESCO), quien en sus informes anuales advierte de la pérdida sistemática de las lenguas nativas. En muchos casos por la intencionada homogeneización que se hace por los idiomas de los países que en su momento actuaron como colonizadores; en otros, por la no protección de los propios gobiernos locales quienes aducen habla reducida y falta de presupuesto; o simplemente, por desidia.
A pesar de ello, con la colaboración de algunas instituciones, se van logrando avances esperanzadores. Tal es el caso –cuando se cumplen quinientos años- de la primera publicación de Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes Saavedra traducido al guaraní; lengua que entre varios de los países del denominado cono sur sudamericano la hablan cerca de ocho millones de personas.
Por esto el siguiente artículo, de reciente aparición en el diario ABC de Asunción del Paraguay, se
hace eco del acontecimiento:
El Quijote reaparece traducido al guaraní
Por AFP
Don Quijote de la Mancha se convirtió en el “kihote Guarani”, vistiendo camisa tradicional de Paraguay para adaptar a la lengua nativa de este país sudamericano las hazañas del “ingenioso hidalgo”, en una versión que será lanzada en octubre en Asunción.
En esta primera adaptación al idioma guaraní -oficial con el castellano en Paraguay- “Kihote” cabalga sobre “Ro-sinante” por la avenida del Palacio de López (sede de Gobierno) , el edificio legislativo y la Catedral de Asunción, cuando no recorre en compañía de su fiel escudero “Sácho” las ruinas de las reducciones jesuíticas cuyos vestigios siguen en el sur del país.
“Kihote Guarani” es una obra encargada por el Instituto Cervantes al sacerdote jesuita español Bartomeu Meliá, lingüista y antropólogo, autor de una veintena de libros, en general investigaciones basadas en la evolución de la cultura guaraní.
Meliá, un mallorquín de 84 años que tiene casi siete décadas viviendo entre Argentina, Brasil y Paraguay, llevó a cabo esta edición en coordinación con cuatro traductores locales, profusamente ilustrado para concitar el interés de niños y jóvenes del área rural.
“En Paraguay ni los creyentes entienden si en la misa no les graficamos los mensajes bíblicos en guaraní”, subraya Meliá a la AFP sobre la lengua indígena que habla más del 75% de los siete millones de habitantes.
PATRIMONIO EN LETRAS Y DIBUJOS
“Vámonos a Paraguay, dijo Kihote al amanecer de aquel día…”, comienza la narración en esta versión enciclopédica de poco menos de 200 páginas apoyadas por dibujos que recrean las desventuras del secular personaje de Miguel de Cervantes.
Los textos se toman libertades que llevan al hidalgo de Cervantes citando a autores locales. Es así como sobre Paraguay dice que “es una ínsula (nación) no rodeada de agua sino de tierra, al otro lado del océano”, en una referencia al escritor paraguayo Augusto Roa Bastos («Yo, el Supremo») para describir esta nación mediterránea.
“El guaraní tiene las palabras precisas para transmitir las emociones del autor”, indicó a la AFP Mirtha Martínez, especialista en la traducción del idioma.
Para el académico del guaraní, Tadeo Zarratea, “no se le puede privar a ningún pueblo acceder a una obra que es patrimonio de la humanidad”.
Zarratea, catedrático y magistrado, tradujo en 2015 el capítulo 55 de la novela de Cervantes junto a Domingo Rivarola, a pedido del Ayuntamiento del Toboso, España.
“El Quijote en guaraní es de alto interés educativo. Es un aporte que ayuda al proceso de recuperación social de nuestro idioma”, dijo a la AFP Gloria Pereira Parquet, directora general del Ministerio de Educación que tiene planes para traducir otras grandes obras clásicas de la literatura universal.
ARPAS PARAGUAYAS EN LAS BODAS DE CAMACHO
Kihote se adapta hasta al folclore tradicional de Paraguay.
En el capítulo de “Las bodas de Camacho”, el ambiente de fiesta toledano se traduce a la costumbre paraguaya del asado, con conjuntos musicales de arpas y guitarras y hasta un avivado perro de la calle que se roba una ristra de chorizos.
La bella y amada Dulcinea se pronuncia Endarusinea en el minucioso trabajo que le llevó 10 años a Meliá y sus traductores.
La vigencia del guaraní como lengua de uso habitual masivo de Paraguay se remonta a los tiempos del aislamiento cuando Felipe IV dividió las provincias y convirtió a la de Paraguay en mediterránea, recuerda el historiador Jorge Rubbiani.
“Desde antes de la llegada de los jesuitas (1600) esta región fue olvidada por el Reino de España porque no encontraron el pretendido El Dorado”, explica el experto.
“Los conquistadores dejaron de tener auxilio de Europa y prácticamente se indianizaron. Se cruzaron (con sus mujeres), aprendieron la lengua, recurrieron a los comestibles, los medicamentos indígenas que nutren hasta hoy día las farmacias del mundo moderno”, relató.
Hasta la Guerra de la triple Alianza, que entre 1864 y 1870 libraron contra Argentina, Brasil y Uruguay, “los paraguayos hablaban exclusivamente guaraní. Se comunicaban en guaraní”, recordó el padre Meliá.
“Exterminada la población y con las migraciones se habló un poco más el castellano”, apuntó.
El aislamiento de Paraguay de la costa atlántica y por ende de los adelantos científicos, terminó fortaleciendo y nutriendo la lengua nativa, que también se habla en grandes zonas de Bolivia, Brasil, Argentina y Uruguay.
La frase
«La literatura hace las buenas preguntas. Nos remueve, nos crea problemas, y nos proporciona algo de sentido» ( Jón Kalman Stefánsson )
Lucia Berlin y su manual de realidades
Cuando se lee la biografía de la desaparecida escritora estadounidense (1936 – 2004) se tiene la impresión que vivió apurando su vida hasta el último hálito. Como si, impulsada por el inconformismo, la quietud o el sosiego no hayan conformado nunca parte de su personalidad. La multiplicidad de lugares de residencia (Kentucky, Nueva York, Santiago de Chile, California, etc.) y de ocupaciones (limpiadora, telefonista o profesora de escritura), sumado a varios matrimonios, la crianza de cuatro hijos y su lucha por sus adicciones, nos hace sentir que más de un mortal le agradaría haber vivido tan solo una parte de sus experiencias en el doble de su tiempo terrenal.
Luego, ya insertos en la lectura, no se puede menos que agradecer el momento en que la escritora decidió poner negro sobre blanco para volcar algunas de sus vivencias y conformar sus relatos breves. Sus historias son chisporroteantes, desinhibidas, sincopadas, con una potente carga subyacente que impulsan al lector a seguir hasta el final. En su peculiar estilo se detiene por momentos en un instante para abordar una puntual secuencia en la vida de un personaje; en otros pasajes nos hace observar como fisgones por una rendija, hasta sumergirnos de manera paulatina en el centro del conflicto para convertirnos en sus observadores privilegiados, todo ello sin perder una pizca de frescura e intensidad.
Manual para mujeres de la limpieza es una recopilación de los mejores relatos cortos de la escritora y una acertada apuesta de sus editores (Alfaguara); quienes además rescatan a una autora que nunca antes había sido publicada en español. A continuación el comienzo del texto que da nombre al volumen:
“42-PIEDMONT. Autobús lento hasta Jack London Square. Sirvientas y ancianas. Me senté al lado de una viejecita ciega que estaba leyendo en Braile; su dedo se deslizaba por la página, lento y silencios, línea tras línea. Era relajante mirarla, leer por encima de su hombro. La mujer se bajó en la calle 29, donde se han caído todas letras del cartel PRODUCTOS MACIONALES ELABORADOS POR CIEGOS, excepto CIEGOS.
La calle 29 también es mi parada, pero tengo que ir al centro a cobrar el cheque de la señora Jessel. Si vuelve a pagarme con un cheque, lo dejo. Además, nunca tiene suelto para el desplazamiento. La semana pasada hice todo el trayecto hasta el banco pagándolo de mi bolsillo, y se había olvidado de firmar el cheque.
Se olvida de todo, incluso de sus achaques. Mientras limpio el polvo los voy recogiendo y los dejo en el escritorio. 10 A. M. NÁUSEAS en un trozo de papel en la repisa de la chimenea. DIARREA en el escurridero. LAGUNAS DE MEMORIA Y MAREO encima de la cocina. Sobre todo se olvida de si tomó el fenobarbital, o de que ya me ha llamado dos veces a casa para preguntarme si lo ha hecho, dónde está su anillo de rubí, etcétera.
Me sigue de habitación en habitación, repitiendo las mismas cosas una y otra vez. Voy a acabar tan chiflada como ella. Siempre digo que no voy a volver, pero me da lástima. Soy la única persona con la cual puede hablar. Su marido es abogado, juega al golf y tiene una amante. No creo que la señora Jessel lo sepa, o que se acuerde. Las mujeres de la limpieza lo saben todo.
Y las mujeres de la limpieza roban. No las cosas por las que tanto sufre la gente para la que trabajamos. Al final es lo superfluo lo que te tienta. No queremos calderilla de los ceniceros.
A saber dónde, una señora en una partida de bridge hizo correr el rumor de que para poner a prueba la honestidad de una mujer de la limpieza hay que dejar un poco de calderilla, aquí y allá, en ceniceros de porcelana con rosas pintadas a mano. Mi solución es añadir algunos peniques, incluso una moneda de diez centavos.
En cuanto me pongo a trabajar, antes de nada compruebo dónde están los relojes, anillos, los bolsos de fiesta de lamé dorado. Luego, cuando vienen con las prisas, jadeando sofocadas, contesto tranquilamente: <Debajo de la almohada, detrás del inodoro verde sauce>. Creo que lo único que robo, de hecho, son somníferos. Los guardo para un día de lluvia.
Hoy he robado un frasco de semillas de sésamo Spice Islands. La señora Jessel apenas cocina. Cuando lo hace, prepara pollo al sésamo. La receta está pegada en la puerta del armario de las especias, por dentro. Guarda una copia en el cajón de los sellos y los cordeles, y otra en su agenda. Siempre se encarga pollo, salsa de soja y jerez, pide también un frasco de semillas de sésamo. Tiene quince frascos de semillas de sésamo. Catorce, ahora.
Me senté en el bordillo a espera el autobús. Otras tres sirvientas, negras con uniforme blanco, se quedaron de pie a mi lado. Son viejas amigas, hace años que trabajan en el Country Club Road. Al principio todas estábamos indignadas… el autobús se adelantó dos minutos y lo perdimos. Maldita sea. El conductor sabe que las sirvientas siempre están ahí, que el 42 a Piedmont pasa solo una vez cada hora.
Fumé mientras ellas comparaban el botín. Cosas que se habían llevado… laca de uñas, perfume, papel higiénico. Cosas que les habían dado… pendientes desparejados, veinte perchas, sujetadores rotos. (Consejo para mujeres de la limpieza: aceptad todo lo que la señora os dé, y decid gracias. Luego lo podéis dejar en el autobús, en el hueco del asiento.)
Para meterme en la conversación les enseñé mi frasco de semillas de sésamo. Se rieron a carcajadas.
– ¡Ay, chica! ¿Semillas de sésamo?
Me preguntaron cómo aguantaba tanto con la señora Jessel. La mayoría no repiten más de tres veces. Me preguntaron si es verdad que tiene ciento cuarenta pares de zapatos. Sí, pero lo malo es que la mayoría son idénticos.
La hora pasó volando. Hablamos de las señoras para las que trabajamos. Nos reímos, no sin un poso de amargura…”
La frase
«Nuestro sistema, nuestros políticos, nuestra sociedad ya no funcionan. Dentro de quince años tendremos adultos de cuarenta que llevaran otros quince años en el paro. Entonces lo echarán todo abajo y tendrán razón. Quizás yo lo combato soñando que aún puede haber carisma, soñadores bellos y felices» ( Jöel Dicker )
La mesura y el sentido
En la antigua Grecia, sobre los frontispicios de los edificios públicos, destacaba una inscripción: “Pan, Metron, Áriston”, palabras que traducidas se podrían acercar a un “Todo en su justa medida y con armonía”.
Hoy, en plena evolución de modernidad, aquellos tiempos en los que se pregonaba los beneficios que otorgaban los equilibrios mencionados han quedado muy lejos, siendo perceptible la sobre exposición a los medios de todo tipo a los que estamos sometidos. ¿Es necesario advertir que conocer más de una noticia o acontecimiento no es sinónimo de estar verazmente más informado? Es evidente que son muchos los que sienten esta avalancha de datos casi como si de una injerencia se tratara, de una verdadera cacofonía a los sentidos.
Por todo ello y como respuesta se ha extendido un movimiento que no pretende otra cosa que proteger esa intimidad amenazada; para recuperar al menos una parte del necesario balance personal. El siguiente artículo publicado en la edición del diario argentino Perfil, se extiende sobre esta tendencia que va ganando adeptos en todo el mundo:
‘Fiestas silenciosas’ de lectura para desconectarse por un rato del celular
Comparten un espacio común para leer sin hablar ni mirar el teléfono. Otras modalidades.
Por Rosalía Draletti.
En la planta baja del Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (Malba), una multitud está sentada en el piso, leyendo en silencio, cada uno con su propio libro en mano y sin celulares a la vista. También ocupan las sillas y sillones colocados a lo largo del hall. Cada tanto, alguien se levanta a servirse una copa de vino o una taza de café que se ofrecen en forma gratuita y continúa la lectura silenciosa.
Se trata de la primera Winter Reading Party que se realizó el martes en el museo y que atrajo más de 250 personas en plena noche de invierno para hacer simplemente eso: juntarse a leer y despojarse de la tecnología por un rato. Detrás, un DJ coloca música funcional. Y quienes no llevaron su libro pueden pedirlo prestado en el puesto de la librería del centro cultural La Casa del Arbol, donde se hicieron las dos primeras ediciones del evento y en el que proyectan más fechas.
La iniciativa comenzó a implementarse en Seattle, en espacios tranquilos, y pronto se extendió por el mundillo cultural y under de las ciudades de Estados Unidos y Europa. A Buenos Aires llegó de la mano de Jeb Koogler y Andrés Wind, un estadounidense y un argentino que hace dos meses fundaron Disconnect, una iniciativa con la idea de promover espacios y eventos libres de tecnología, para hacer un “balance más sano entre la vida tecnológica y el mundo real”.
Ambos consideran a ésta como la ciudad perfecta para traer el evento: “Hay una tensión entre que acá se lee mucho, y a la vez se usa muchísimo el celular. La gente viene a estos lugares para pasar un rato desconectado, enfocarse en algo y despejarse de la vida diaria”, explica Koogler.
Entre los próximos proyectos, planean coordinar encuentros de escritura también offline para sentarse a escribir, a mano, sin notebooks.
Sin ruidos. La adicción al celular y a la tecnología en la vida diaria generó varios tipos de movidas y espectáculos inspirados en el unplugged. Así es como algunos bares de la Ciudad, Córdoba y Salta proponen dejar el teléfono a un lado, haciendo descuentos especiales a quienes sigan la consigna. El artista y músico Shoni Shed armó el espectáculo Club silencio, un “recital a ojos cubiertos” que, tomando el nombre de las películas de David Lynch, propone relax, taparse los ojos, desconectarse y entregarse a los sentidos. Y para ir a bailar, las discos “silenciosas”, inspiradas en las quiet parties estadounidenses, también llegaron hace unos años al país: allí, en vez de llevar un libro propio, los asistentes eligen qué música escuchar en los auriculares inalámbricos. “Puede ser en un boliche o en una fiesta particular: la gracia es que no se escucha ese ruido que detona la cabeza, elegís a qué DJ escuchar y qué volumen le querés dar”, explica Andrés Schnayman, de la productora Pez Líquido y la marca Silent Sounds.
Una tendencia mundial
Cómodas, silenciosas y privadas: así eran las primeras Silent Reading Parties, organizadas por el editor periodístico Christopher Frizzelle en Seattle como “club de lecturas en vivo” donde cada uno llevaba su libro y leía por su cuenta. La iniciativa, nacida en 2010, se propagó rápidamente por los Estados Unidos. En Nueva York, estas fiestas se organizan desde 2014 en bares y lograron conquistar el under intelectual europeo, manteniendo siempre la consigna de apagar los celulares.
En Londres, desde el año pasado, se organizan en The Ivy House, el primer bar comunitario de la ciudad construido en 1930, y ofrecen sidra casera gratis en las lecturas. En París, es una de las nuevas ofertas de la popular Nuit Blanche, un tradicional festival en el que doce DJ pasan música por auriculares. El año pasado reunió a más de mil personas en su stand de la Gare de Nord.
La frase
«Creo que la forma puede cambiar y que tal vez en un futuro cercano los libros en papel impreso sean objetos de colección; pero la literatura seguirá existiendo, aunque sea con un chip plantado en el cerebro, que nos haga soñar en una noche con una novela completa» ( Isabel Allende )
Samuel Beckett, más allá del crono
El paso del tiempo y sus huellas conforman muchas de sus imágenes fotográficas más conocidas, consecuencias que en la cara del escritor ya maduro se asemejan en mucho a los surcos de la sufrida tierra de su Irlanda natal. Por fortuna, más allá del mero detalle estético y para el beneplácito de millones de lectores, el multifacético autor alcanzó metas más importantes que el mero transcurrir de los años en su persona.
A pesar de lo expuesto Beckett (1906-1989) no pertenecía a ninguna familia de campesinos, ya que sus orígenes se situaban en el seno de una familia relativamente acomodada de los mejores barrios de Dublín. Hijo de un aparejador y de una madre enfermera y profundamente religiosa fue un niño de salud quebradiza, elementos estos que a buen seguro influirían en una escritura despojada de artificios y más aún descreída respecto de las posibilidades del ser humano.
Egresado del renombrado Trinity College de la capital insular no tardó en relacionarse con un coterráneo y ya reconocido James Joyce, de quien fue discípulo primero y asistente después. Pero éste fue solo un paso, ya que sus múltiples habilidades le llevaron a trascender como traductor de francés; como novelista luego: Molloy, Malone muere y El innombrable; como dramaturgo, con piezas que se adscribían dentro del denominado teatro del absurdo, entre ellas, Final de partida y la muy representada Esperando a Godot. Y finalmente destacó como director, cuando realizó la puesta de las suyas así como de otras piezas teatrales.
La calidad y temática de sus historias le valieron proyección mundial y varios reconocimientos, entre ellos, el Premio Formentor del Congreso de Editores en el año 1961 (que compartió con Jorge Luis Borges) y en 1969 el Nobel de Literatura. Según la academia sueca, por destacar en el conjunto de sus textos “una escritura que, en la miseria del hombre moderno, adquiere su elevación”.
El pasaje a continuación corresponde a su relato breve Primer Amor, que bien sirven como muestras de su escritura:
“¿…Entonces no quiere que vuelva?, dijo. Es increíble cómo la gente repite lo que uno acaba de decirles, como si temieran la hoguera si dan crédito a sus oídos. Le dije que viniese de vez en cuando. Conocía muy mal a las mujeres por aquel entonces. Sigo sin conocerlas por otra parte. Ni a los hombres. Ni a los animales. Lo que menos desconozco, son mis sufrimientos. Los pienso todos, cada día, se hace rápido, el pensamiento es tan rápido, pero no todos vienen del pensamiento. Sí, hay algunas horas, al principio de la tarde sobre todo, en que me siento sincretista, a la manera de Reinhold. Vaya equilibrio. Y encima también los conozco mal, mis sufrimientos. Eso debe de ser que no soy solo sufrimiento. He aquí la astucia. Entonces me alejo, hasta el asombro, hasta la admiración de otro planeta. Raramente, pero con eso basta. Ninguna bobada, la vida. No ser más que puro sufrimiento, ¡cómo simplificaría las cosas! ¡Ser doliente puro! Pero eso sería competencia, y desleal. Ya se los contaré a ustedes de todos modos, un día, si me acuerdo, y puedo, mis raros sufrimientos, detalladamente, y distinguiéndolos con cuidado, para mayor claridad. Les contaré los del entendimiento, los del corazón o afectivos, los del alma (bellísimos, los del alma), y luego los del cuerpo, los internos u ocultos primero, luego los de la superficie, empezando por los cabellos y descendiendo metódicamente y sin apresurarme hasta los pies, centro de los callos, calambres, juanetes, uñeros, sabañones, hongos y otras extravagancias. Y a los que sean tan amables que me escuchen les diré al mismo tiempo, conforme a un sistema cuyo autor he olvidado, los instantes en que, sin estar drogado, ni borracho, ni en éxtasis, no se siente nada. Entonces naturalmente ella quería saber lo que yo quería entender por de vez en cuando, vean a lo que uno se arriesga, abriendo la boca. ¿Cada ocho días? ¿Cada diez días? ¿Cada quince días? Le dije que viniera menos veces, muchas menos veces, que no viniera en absoluto de ser posible, y que si eso no era posible que viniera las menos veces posibles. Por otra parte al día siguiente abandoné el banco, menos a causa de ella debo decirlo que a causa del banco, cuya situación ya no respondía a mis necesidades, tan modestas sin embargo, ya que los primeros fríos comenzaban a hacerse sentir, y por otras razones de las que sería ocioso hablar, a gilipollas como ustedes, y me refugié en un establo de vacas abandonado que había localizado en el curso de mis paseos. Estaba situado en el ángulo de un campo que mostraba en su superficie más ortigas que hierba y más barro que ortigas, pero cuyo subsuelo poseía posiblemente propiedades remarcables. Fue en ese establo, lleno de boñigas secas y huecas que se hundían con un suspiro cuando las tocaba con el dedo, donde por primera vez en mi vida, y diría gustosamente por última si tuviese bastante morfina al alcance de mi mano, tuve que defenderme contra un sentimiento que se atribuía poco a poco, en mi espíritu helado, el horroroso nombre del amor. Lo que hace encantador a nuestro país, aparte por supuesto del hecho de que esté medio despoblado, a pesar de la imposibilidad de procurarse el más mínimo preservativo, es que todo está abandonado menos las viejas deposiciones de la historia. Éstas son recogidas encarnizadamente, son conservadas y paseadas en procesión. En cualquier lugar donde el tiempo haya producida una hermosa palomina repugnante ustedes encontrarán a nuestros patriotas, en cuclillas, resoplando el rostro encendido. Es el paraíso de los desalojados. Ésta es finalmente la explicación de mi felicidad. Todo invita a la prosternación…”
