La frase

«La democracia está atravesando una profunda crisis en otros muchos lugares del mundo. La política se ha convertido en parte de la industria del entretenimiento. La gente ya no elige a los mejores políticos, sino a los candidatos más entretenidos, a los que más gracia le hacen» Amos Oz )

Elizabeth Strout, los legados y las redenciones

Educada en la escuela de leyes la autora (Portland, 1956) proviene de una típica familia de clase media de la costa este de los Estados Unidos. Aunque en su caso y a juzgar por los resultados, haya sido acertado el momento en que decidiera hacer a un lado su carrera en la abogacía para volcarse por entero en la creación de sus textos.

Su debut literario se produjo en el año 1998 con Amy e Isabelle, relato con el que logró buena repercusión. Pasaron unos cuantos años hasta la publicación de su segundo título, Olive Kitteridge (2009), historia que situó en un pequeño pueblo de su Maine natal. El éxito la catapultó como escritora, más todavía cuando la novela fue galardonada con el premio Pulitzer de ficción.

Tal como pareciera es su costumbre, han tenido que pasar un buen tiempo  para que diera a conocer la que es su última narración: Me llamo Lucy Barton (2016). En ella, luego de muchos años de no saber de sus vidas, una madre a instancias del marido de su hija quien teme por la salud incierta de ésta, se presenta por sorpresa en la habitación del hospital de Nueva York donde ella se encuentra internada.

La autora circunscribe la acción principal a la pequeña sala del nosocomio, aun así la trama no se desdibuja ni pierde en momento alguno su potencia narrativa. La Strout, contagiándose de la orfandad que destila la historia, despliega una escritura escasa de recursos en lo estético pero con profundidad de sentimientos entre lo que se manifiesta y aquello que se insinúa. Cuando a estas dos mujeres no sólo las separa una larga ausencia, sino un pasado de carencias que se suma a la incomprensión de una realidad en la cual fue creciendo el núcleo familiar. Una historia que habla de reencuentros, aceptaciones y reconocimientos; de rencores pasados y necesarias redenciones. Desde las páginas de Me llamo Lucy Barton el pasaje siguiente:

“Éramos raros, los de nuestra familia, incluso en aquel pueblecito minúsculo de Illinois, Amgash, donde había otras casas destartaladas y que necesitaban una mano de pintura o unos postigos o un jardín, sin ninguna belleza en la que reposar la mirada. Las casas estaban agrupadas en lo que era el pueblo, pero la nuestra no estaba junto a ellas. Aunque se diga que los niños aceptan sus circunstancias como algo normal, Vicky y yo comprendíamos que nosotros éramos diferentes. Los demás niños nos decían en el patio de recreo: <Vuestra familia da asco>, y echaban a correr apretándose la nariz con los dedos. A mi hermana le dijo su maestra de segundo –delante de toda la clase- que ser pobre no era excusa para llevar porquería detrás de las orejas, que nadie era demasiado pobre para comprarse una pastilla de jabón. Mi padre trabajaba con maquinaria agrícola, pero lo despedían con frecuencia por desavenencias con el jefe, y después lo contrataban otra vez, supongo que porque era bueno en su trabajo y volvían a necesitarlo. Mi madre cosía en casa; un letrero pintado a mano donde el largo camino de entrada de nuestra casa se cruzaba con la carretera anunciaba: COSTURA Y ARREGLOS. Y aunque cuando mi padre rezaba con nosotros por la noche nos hacía dar gracias a Dios por tener suficiente para comer, la verdad es que muchas veces yo estaba muerta de hambre, y lo que cenábamos muchas noches era pan con melaza. Decir una mentira y desperdiciar comida siempre eran cosas que se castigaban. Por otra parte, en ocasiones y sin venir a cuento, mis padres –por lo general mi madre y por lo general en presencia de mi padre- nos pegaban impulsiva y vigorosamente, como creo que debían sospechar algunas personas por las manchas de nuestra piel y nuestro carácter huraño.

Y el aislamiento.

Vivíamos en la zona de Sauk Valley, por donde puedes andar largo rato sin ver más que un par de viviendas rodeadas de sembrados, y como ya he dicho, no teníamos casa cerca. Vivíamos con maizales y sembrados de soja que se extendían hasta el horizonte, y más allá del horizonte estaba la granja porcina de lo Pederson. En medio de los maizales había un solo árbol, de una desnudez impresionante. Pensé durante muchos años que aquel árbol era mi amigo; y era mi amigo. Nuestra casa estaba al borde de un camino de tierra muy largo, no lejos del río Rock, cerca de unos árboles que servían para proteger los maizales del viento, así que no teníamos vecinos. Y en casa tampoco teníamos televisión, ni periódicos, ni revistas ni libros. El primer año de casada mi madre trabajó en la biblioteca del pueblo, y por lo visto –según me contó mi hermano más adelante- le encantaban los libros. Pero de repente en la biblioteca le dijeron a mi madre que habían cambiado las normas y que sólo podían contratar a una persona con la formación adecuada. Mi madre nunca les creyó. Dejó de leer, y pasaron muchos años hasta que fue a la biblioteca de otro pueblo y volvió a sacar libros para llevarlos a casa. Cuento esto por la cuestión de cómo toman conciencia los niños de lo que es el mundo y de cómo actuar en él.

Por ejemplo, ¿cómo aprendes que es de mala educación preguntarle a una pareja por qué no tiene hijos? ¿Cómo se pone la mesa? ¿Cómo sabes que estás masticando con la boca abierta si nunca te lo ha dicho nadie? Aún más: ¿cómo sabes qué aspecto tienes cuando el único espejo de la casa es uno minúsculo muy por encima del fregadero o si nadie te ha dicho nunca que eres guapa, pero tu madre sí te dice, cuando tus pechos empiezan a desarrollarse, que cada día te pareces más a una vaca de las del establo de los Pederson?

Hoy sigo sin saber cómo se las arregló Vicky. No estábamos tan unidas como podía pensarse. A las dos nos faltaban amigos y nos sobraban burlas, y nos mirábamos mutuamente con el mismo recelo que mirábamos al resto del mundo. A pesar de que mi vida ha cambiado por completo, la recordar ahora aquellos primeros años, a veces me da por pensar que no estaba tan mal. Quizá no. Pero otras veces, inesperadamente, cuando voy andando por una calle al sol o contemplo la copa de un árbol doblándose con el viento, o no veo un cielo de noviembre encapotándose sobre el East River, me invade de repente un conocimiento de la oscuridad tan profundo que puede escapárseme algún sonido de la boca, y entro en la tienda de ropa más próxima para hablar con cualquier desconocida sobre la hechura de los jerséis recién llegados. Así debe de ser como nos manejamos la mayoría de nosotros en el mundo, medio a sabiendas, medio sin saber, asaltados por recuerdos que no pueden ser ciertos. Pero cuando veo a los demás andando con seguridad por la calle, como si estuvieran completamente libres del terror, me doy cuenta de que no sé cómo son los demás. Hay mucho en la vida que parece pura especulación…”

La frase

«Yo creo que una parte de la sociedad le teme a la lectura; porque el acto mismo lleva a un cuestionamiento implícito. Y una sociedad soporta muy mal a un individuo que cuestiona las leyes, cuestiona las reglas, y se pregunta el porqué de las cosas»  Alberto Manguel )

Gabriela Mistral, educadora y poeta

En el año en que se cumplen sesenta años de la desaparición física de la poetisa trasandina (1889-1957), Chile rinde homenaje a la que fuera una de sus figuras más reconocidas y queridas de su historia contemporánea. Para comprender la dimensión humana del personaje sólo mencionar que el seudónimo literario con el cual se la conoce, amalgama del nombre del escritor italiano Gabriele D’Annunzio y del apellido del autor francés Frédéric Mistral, lo detenta hoy  un centro cultural, una fundación, un museo, una universidad, además de una orden al mérito que otorga la república americana.

Como sucede con muchos de aquellos que son venerados Lucila de María del Perpetuo Socorro Godoy, tal su nombre de origen, tuvo que peregrinar por mucha geografía de su tierra natal antes de llegar a ganarse un lugar en la historia: ciudades como las de Antofagasta, Temuco o Punta Arenas para obtener su reconocimiento como educadora; otras como Madrid, Los Ángeles o Nueva York para ser considerada como cónsul en su carrera diplomática; y luego de haber escrito infinidad de poemas dados conocer en otros tantos compendios, para ser galardonada con el Premio de las Letras de su país y luego con el Nobel de Literatura del año 1945.

A consecuencia de provenir de una familia desestructurada (su padre abandonó el núcleo familiar cuando la poetisa tenía tres años) y de su formación autodidacta, siempre se preocupó por el peso de la educación en la formación de las mujeres. Ya luego fue su ansiedad por adquirir aún más conocimiento que la llevaron a convertirse en una viajera infatigable, con estancias en  muchos estados de Europa, el Caribe, América del Norte y del Sur dentro de sus destinos.

Supo también contemporizar con otras escritoras de su generación a las cuales admiraba y la reconocían, como las argentinas Alfonsina Storni o Victoria Ocampo. Aunque esta admiración y el recuerdo hacia su persona sigue alcanzando a gobiernos e instituciones de países como Méjico, Nicaragua o Puerto Rico, donde brindó su experiencia como educadora; además de organismos supranacionales como la UNESCO, que destacó de ella “su ardiente defensa de la paz y de la educación como baluartes de la convivencia entre los hombres”.

Como muestra de su hacer, del compendio Poema de Chile, los versos de su poema Patagonia:

 A la Patagonia llaman
sus hijos la Madre Blanca.
Dicen que Dios no la quiso
por lo yerta y lo lejana,
y la noche que es su aurora
y su grito en la venteada
por el grito de su viento,
por su hierba arrodillada
y porque la puebla un río
de gentes aforesteradas.

Hablan demás los que nunca
tuvieron Madre tan blanca,
y nunca la verde Gea
fue así de angélica y blanca
ni así de sustentadora
y misteriosa y callada.
¡Qué Madre dulce te dieron,
Patagonia, la lejana!
Sólo sabida del Padre
Polo Sur, que te declara,
que te hizo, y que te mira
de eterna y mansa mirada.

Oye mentir a los tontos
y suelta tu carcajada.
Yo me la viví y la llevo
en potencias y en mirada.

-Cuenta, cuenta, mama mía
¿es que era cosa tan rara?
Cuéntala aunque sea yerta
y del viento castigada.

Te voy a contar su hierba
que no se cansa ni acaba,
tendida como una madre
de cabellera soltada
y ondulando silenciosa,
aunque llena de palabras.
La brisa la regodea
y el loco viento la alza.
No hay niña como la hierba
en abajar bulto y hablas
cuando va llegando el puelche
como gente amotinada,
y silba y grita y aúlla,
vuelto solamente su alma.

 

 

Kent Haruf, alimenta a las almas nocturnas

En su juventud, el escritor estadounidense Kent Haruf (1943-2014), siguió la huella de muchos de aquellos nacidos en el medio oeste de los Estados Unidos. Ya que para ganarse su sustento desempeñó múltiples tareas: peón agrario, obrero de la construcción, ayudante en un nosocomio o empleado en una biblioteca pública.

Como otros también para evitar ser enrolado en las filas de las fuerzas americanas que en su momento luchaban en Vietnam, tomó la decisión de declararse objetor de consciencia; hecho que le obligó a realizar trabajos sociales en un orfanato y en un hospital. Con posterioridad a ello vino su paso por la universidad de Nebraska, y una vez egresado, a desempeñarse como profesor de lengua.

Tal vez fruto de la experiencia universitaria atesorada comenzó a dar a conocer sus escritos, primero fueron sus relatos cortos, y luego sus novelas: Los lazos que unen; Plainsong (título traducido al español como Un mundo de pasiones y silencio); Bendición; y poco antes que le sorprendiera la muerte,  su última obra: Nosotros en la noche, siendo esta la más reconocida de todas. En ella describe la relación de una pareja mayor en una pequeña ciudad del estado de Colorado. Ambos viudos, sienten que ya se encuentran de vuelta de muchas cosas en la vida y simplemente, no están dispuestos a dejar pasar de manera vana sus últimos años de existencia.

Con un estilo breve, por momentos telegráfico, alejado de todo tipo de estridencias donde como si de coordenadas se tratase, Haruf describe solo los detalles esenciales de la narración para dejar las circunstancias del texto a la libre imaginación del lector, para conformar una historia cálida, entrañable. De Nosotros en la noche, el capítulo con el que da comienzo a la novela:

“Y entonces llegó el día en que Addie Moore pasó a visitar a Louis Waters. Fue un atardecer de mayo justo antes de que oscureciera.

Vivían a una manzana de distancia de la calle Cedar, en la parte más antigua de la ciudad, con olmos y almezos y un arce que crecían a lo largo del bordillo y jardines verdes que se extendían desde la acera hasta las casas de dos plantas. Durante el día había hecho calor, pero al anochecer había refrescado. Addie recorrió la acera bajo los árboles y giró ante la casa de Louis.

Cuando él salió a la puerta, Addie le preguntó: ¿Puedo entrar a hablar de una cosa contigo?

Se sentaron en el salón. ¿Te traigo algo de beber? ¿Un té? No, gracias. Puede que no me quede el tiempo suficiente para beberlo. Addie miró a su alrededor. Bonita casa.

Diane siempre tenía la casa bonita. Yo lo he intentado.

Sigue bonita. Hacía años que no entraba.

Addie miró por las ventanas al jardín lateral donde caía la noche y a la cocina donde una luz brillaba sobre la pila y las encimeras. Todo estaba limpio y ordenado. Louis la observaba. Era una mujer atractiva, a él siempre se lo había parecido. De joven había tenido el pelo moreno, pero ahora era blanco y corto. Todavía conservaba la figura, aunque algo rellenita en la cintura y las caderas.

Te preguntarás que hago aquí, dijo ella.

Bueno, no creo que hayas venido a decirme lo bonita que está la casa.

No. Quiero proponerte algo.

¿Sí?

Sí. Tengo una propuesta.

Vale.

No es de matrimonio, dijo ella.

Tampoco se me había ocurrido.

Pero es un tema casi matrimonial. Aunque ahora no sé si podré. Estoy echándome atrás. Se rió un poco. Muy del matrimonio, ¿verdad?

¿El qué?

Lo de echarse atrás.

Puede.

Sí. Bueno, lo digo y punto.

Te escucho, dijo Louis.

Me preguntaba si querrías venir alguna vez a casa a dormir conmigo.

¿Cómo? ¿A qué te refieres?

Me refiero a que los dos estamos solos. Llevamos solos demasiado tiempo. Años. Me siento sola. Creo que quizás tú también. Me pregunto si vendrías a dormir por la noche conmigo. Y a hablar.

Él se la quedó mirando, contemplándola, curioso, cauto.

No dices nada. ¿Te he dejado sin respiración?, preguntó ella.

Supongo.

No estoy hablando de sexo.

Me lo preguntaba.

No, sexo no. No lo enfoco así. Creo que perdí el apetito sexual hace tiempo. Yo hablo de pasar la noche. De acostarse calentitos, acompañados. Meterse juntos en la cama y que te quedes toda la noche. Las noches son lo peor, ¿no crees?

Sí. Ya lo creo.

Al final termino tomando pastillas para dormir y leo hasta muy tarde y luego al día siguiente estoy grogui. No sirvo para nada.

He pasado por lo mismo.

Pero creo que si hubiera alguien conmigo en la cama podría dormir. Alguien agradable. Por la cercanía. Charlar de noche, a oscuras. Addie esperó. ¿Qué te parece?

No sé. ¿Cuándo quieres empezar?

Cuando quieras. Si es que quieres, añadió. Esta semana.

Deja que me lo piense.

De acuerdo. Pero avísame el día que vengas, si vienes. Así estaré preparada.

De acuerdo.

Espero tu respuesta.

¿Y  si ronco?

Pues roncarás o aprenderás a dejar de roncar.

Él se rió. Sería una novedad.

Addie se levantó y salió y regresó a casa, y él se quedó observándola desde la puerta, una mujer de setenta años, complexión media y pelo blanco alejándose bajo los árboles iluminada a trozos por la farola de la esquina. La leche, dijo Louis. No te embales…”  

Santiago Gamboa, indaga sobre los retornos

En verdad no se necesita ser un observador privilegiado para advertir que vivimos una etapa diferente en cuanto a migraciones se refiere. Dejar la sociedad de origen –forzado o no- para trasladarse a una nueva o de adopción, acarrea y ha acarreado un aspecto de ilusión y también, de una dosis de riesgo.

En los últimos años, con oleadas masivas de migrantes que quieren alcanzar el sur de Europa, alcanzan una cota de dramatismo que estremece. Una noticia que por su trascendencia es retransmitida machaconamente en multiplicidad de soportes. Y si bien el hecho pareciera que nos llevara hasta terrenos nunca vistos, la historia contemporánea con sus ejemplos (y eso es tema para otra ocasión) se encarga de desmentirnos acerca de este tópico.

Si nos circunscribimos al aspecto estrictamente narrativo, han sido innumerables los textos que se han tejido en torno a los movimientos migratorios; y muchos los que de una u otra manera han puesto sus inventivas literarias a disposición: Franz Kafka, Tahar Ben Jelloun, John Steinbeck o Roberto Bolaño, por solo mencionar unos pocos.

Ya más cercano a nuestros días que los mencionados, el escritor, filólogo, periodista y otrora inmigrante colombiano Sergio Gamboa (Bogotá, 1965), autor de la reconocida Síndrome de Ulises (2005) -obra donde narra historias de inmigrantes en París-, nos sorprende ahora con su último trabajo Volver al oscuro valle, donde retoma la idea de la migración pero esta vez para indagar sobre los regresos. El texto apenas le sirve de pretexto para deja caer una reflexión con un toque de flamante actualidad, y que altera lo conocido hasta el presente: muchos de aquellos que huyeron de situaciones económicas agobiantes o de conflictos en sus sociedades de origen, sean latinoamericanos, eslavos o incluso musulmanes, hoy bien podrían morir bajo las balas de un enajenado en cualquier ciudad europea.

Por ello en el reportaje Regresar sobre los escombros, publicado en el diario colombiano El Espectador, el autor se extiende sobre este punto:

Por: Mateo Guerrero Guerrero
En Volver al oscuro valle, una célula del grupo yihadista Boko Haram se toma la embajada irlandesa en Madrid. Con ese telón de fondo, Santiago Gamboa trae de nuevo al cónsul, un personaje que nos presentó en Plegarias nocturnas y que, en esta ocasión, trata de reencontrase con una mujer en la ciudad que vio pasar su juventud. A lo largo de la novela, el lector verá cómo la historia del cónsul se enlaza con la de Manuela, una joven caleña, cuya infancia parece escrita a cuatro manos entre Charles Dickens y el Marqués de Sade; la de Tertuliano, un argentino que dice ser hijo del papa y quien, tras militar en varios grupos neonazis, considera que su misión es crear una utopía latinoamericana, y la de Rimbaud, el joven poeta que estremeció las letras francesas en el siglo XIX y las abandonó, hastiado, para vagar por el mundo y llegar incluso a convertirse en traficante.

Para Gamboa, que, en El síndrome de Ulises, había retratado las historias de quienes salían de Latinoamérica, Volver al oscuro valle es una novela sobre los que regresan, sobre los que escapan de una Europa en la que el terrorismo ha puesto en jaque a las grandes ciudades. “La gente que se fue por la violencia en Colombia la está encontrando allá cuando alguien entra a una cafetería y ametralla a todos. Mario (Mendoza) dice con gran acierto que resultó que no eran ellos el futuro de nosotros, sino nosotros el futuro de ellos. En Europa están viviendo algo muy parecido a lo que vivimos aquí en los 80. Esa violencia y la crisis económica hacen que la gente se empiece a ir. La gente está regresando y para mí esa es la pregunta de nuestro tiempo. Yo mismo volví hace un año a Colombia y la pregunta sigue siendo: ¿puede uno volver a algún lado?”.

La pregunta sobre el regreso, como la que indaga por la posibilidad de bañarse dos veces en el mismo río, y las buenas preguntas en general, queda resonando en la habitación sin una respuesta definitiva. Gamboa se acomoda en la silla y se queda mirando al vacío mientras recuerda conmovido el episodio en que, en Cúcuta, tras el cierre de la frontera y la expulsión de cientos de colombianos, vio a un hombre que arrastraba de regreso a un niño, un perro y un carrito de supermercado. “Las migraciones son algo que estamos viviendo en versión apocalipsis, mientras antes tendíamos a verlas como historias de génesis. La gente llegaba y se instalaba. Los pobladores creaban ciudades, construían caminos. Ahora estamos ante Troya en llamas y la gente va como Eneas, con un niño y un viejo alzados al hombro”.

El retorno por el que se pregunta la novela no se limita a la dimensión geográfica del término. Para Gamboa, “el regreso también es buscar al joven que uno fue. El joven que uno traicionó porque el destino de toda vida es traicionar al soñador que alguna vez fuimos. El regreso es una búsqueda de la coherencia que tuvimos en la adolescencia y que se contrapone a la incoherencia del mundo adulto, donde uno tiene que enfrentar contradicciones, dar el brazo a torcer y aceptar lo inaceptable. El joven se la juega por una coherencia que el mundo le va quitando a patadas. Volverse hombre es volverse como Ulises: aprender a hacer trampa, a darle la mano a la gente que uno odia”.

En la novela, una de las vías para regresar al paraíso perdido de la juventud, o la niñez, es el uso desmedido de narcóticos. Esa visión desgarradora y autodestructiva del regreso no sólo es un signo de nuestra época, sino que se alinea con el pesimismo con el que Gamboa afirma: “Detrás de la utopía suele haber un discurso autoritario que la gente persigue porque la recompensa es la salvación. Eso es terrible porque en el fondo se trata de salvarse a cambio de la libertad. El salvador, como Trump o como Uribe, dice: ‘Tienes que dejar de ser lo que eres y debes convertirte en lo que yo quiero porque te amo’. En eso consistía la inquisición: ‘Yo te quiero tanto que quiero que tu alma se salve y por eso te voy a quemar’ ”.

Desde hace un año, Gamboa dejó Europa para vivir en Cali. Confiesa que la literatura casi siempre llega tarde a los lugares donde lo arroja la vida, como ocurrió cuando, después de dejar el país, escribió en Madrid una novela que discurre en Bogotá o como cuando, a continuación, viviendo en París, regresó a España en la escritura. “No escribo para hacer una radiografía del mundo. Se me hace posudo buscar conscientemente temas importantes. Me limito a ir siguiendo mi propia vida y en eso no hay nada original. Vine para acá y viví el regreso del que hablo. Para mí, hacer una novela es encontrar un personaje capaz de contarme algo que me permita comprender mejor mi mundo.”

En esa búsqueda de personajes, en Volver al oscuro valle, Gamboa crea una constelación de narradores que comienzan a unirse tenuemente por la poesía, la violación y el abandono, para después terminar completamente amalgamados en busca de venganza. El final de la novela sugiere el regreso de estos narradores, ya no a su lugar de proveniencia geográfica, sino al campo de la literatura: “Mis novelas no se acaban sino que se detienen. El único final que existe en la naturaleza es la muerte y mientras haya vida las historias siguen. Creo que no es algo que se ha acabado. Tengo la sensación de que ahí hay un pequeño mundo que me interesa ir analizando”.

Charles Dickens, perpetuo en el tiempo

Son muchos los lectores –en particular jóvenes- que sitúan la literatura del  escritor inglés como alguien lejano en el tiempo, y en verdad no están  desacertados. Pero aún tratándose de un autor decimonónico (1812-1870), la calidad de sus textos y la profundidad de sus tramas hacen que no pierdan un ápice de interés cuando nos volcamos a su lectura.

El tiempo que le tocó en suerte vivir al escritor transcurrió al amparo de la rígida sociedad victoriana cuando se adentraba en una nueva era a caballo de la revolución industrial; la misma que produciría un significativo incremento de las arcas del imperio de la mano de una creciente nueva burguesía. Una época de grandes cambios regida por una moral exacerbada en las costumbres, en particular para la mujer, y de una división bien marcada en las clases sociales.

Como buen observador a Dickens no se le escapaban estos nuevos parámetros, ni más aún la ansiedad por ascender en el escalafón social a como diera lugar;  hechos que alimentarían las temáticas que trataría en sus obras.  De esta manera advirtió a aquellos que en su afán de rápido posicionamiento lucraban con la infancia al amparo de los funcionarios corruptos del estado, y así los retrató en su reconocido texto Oliver Twist. Del mismo modo formaron parte de sus obsesiones los anhelos o las inequidades en la sociedad, para reflejarlo en novelas como  Los documentos póstumos del club Pickwick; David Copperfield o Historia de dos ciudades.

Aunque la habilidad del natural de Portsmouth no quedó allí, ya que sus inquietudes le llevaron a volcarse en otro tipo de temáticas en sus relatos, en este caso cortos, como sus Cuentos de Navidad. En ellos hizo gala de una fina imaginación acompañada de un mejor buen gusto en las descripciones. Para corroborarlo, nada mejor que un pequeño pasaje del capítulo Primer Cuarto del cuento Las Campanas:

“No son muchas las personas –y, siendo deseable que entre el narrador y el lector de cuentos se establezca una comprensión mutua lo antes posible, y ruego se tenga en consideración que no limito esta observación a jóvenes y  niños, sino que lo hago extensible a personas de toda condición: pequeños y mayores, jóvenes y viejos, aún en proceso de crecimiento o ya decreciendo-; como decía, no son muchas las personas a las que les gustaría dormir en una iglesia. No me refiero a la hora del sermón y con buen tiempo (algo que en realidad ya ha ocurrido en una o dos ocasiones), sino por la noche y en soledad. Innumerables personas se quedarían más que atónitas, bien lo sé, ante esta postura si me refiriese al claro y vital día. Pero me refiero a la noche. Es algo que habría que debatir de noche. Y me comprometo a defenderlo con éxito cualquier noche borrascosa de invierno que se elija para tal propósito frente a cualquier contrincante designado de entre todos los demás, que debería encontrarse conmigo a solas a la puerta de la vieja iglesia de un viejo cementerio, y que previamente me habrá autorizado a encerrarle dentro, si así lo considerase necesario para su plena satisfacción, hasta la mañana.

Porque el viento nocturno tiene la pésima manía de dar vueltas y más vueltas en torno a esa clase de edificios gimiendo a su paso, y la de, con una mano invisible, tantear puertas y ventanas, y las de buscar rendijas por las que colarse. Y una vez que lo ha conseguido, como si no encontrara lo que busca, sea lo que fuere, plañe y aúlla para salir de nuevo; y, no contento con asediar las naves, deslizarse en torno a los pilares y tentar al órgano en las profundidades, se eleva hasta el techado y pugna por arrancar los cabríos; después se lanza desesperado hacia las losas del pavimento e irrumpe, mascullando, en la cripta. Acto seguido se alza con sigilo y repta por los muros con la apariencia de estar leyendo, en susurros, las sagradas inscripciones dedicadas a los muertos. Ante algunas de ellas estalla con estridencia, como riéndose a carcajadas, y ante otras solloza y llora como si se doliese. Emite asimismo un sonido espectral mientras vaga por el altar, donde, a su bárbaro estilo, parece entonar un canto al mal y al crimen perpetrados y a los falsos dioses adorados, desafiando a las Tablas de la Ley, que parecen inmaculadas y suaves pero que están agrietadas y rotas. ¡Brrr…! ¡Dios nos proteja de él, sentados al abrigo del fuego! ¡Tiene una espantosa voz, ese viento a medianoche cantando en una iglesia!

Pero ¡ay, en lo alto de la aguja! ¡Allí la abyecta ráfaga ruge y silba! ¡En lo alto de la aguja, donde puede entrar y salir con libertad entre los numerosos y amplios arcos y lucernas, y retorcerse y enroscarse por la vertiginosa escalera, y hacer girar la rezongona veleta, e incluso sacudir y estremecer la mismísima torre! ¡En lo alto de la aguja, donde se encuentra el campanario; y las barandas de hierro lucen melladas por el herrumbre; y las planchas de plomo y cobre, ajadas por los cambios del tiempo, chirrían y palpitan bajo unos pasos a los que no están habituadas; y los pájaros embuten desvencijados nidos en las junturas de las viejas vigas y travesaños de roble; y el polvo envejece y se torna gris; y arañas moteadas, indolentes y gordas tras mucho tiempo a resguardo se balancean ociosas adelante y atrás con la vibración de las campanadas, y nunca se caen de los castillos que tejen en el aire, o trepan como marineros ante una alarma repentina, o descienden hasta el suelo y ejercitan su juego de ágiles patas para salvar la vida! Lo alto de la aguja de una vieja iglesia, muy por encima de la luz y el murmullo de la ciudad y muy por debajo de las nubes que le dan sombra, es de noche un lugar salvaje e inhóspito, y en lo alto de una aguja de una vieja iglesia habitaban las campanas de las que voy a hablar…”