Los últimos destellos de la Generación Beat

Su pensamiento se consolidó en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial; mientras que los planteos geopolíticos de los gobiernos estadounidenses, enmarcados en las consecuencias de la Guerra Fría, no eran cuestiones que les sedujeran. Muy por el contrario, si algo les destacaba era su espíritu opuesto a todo belicismo y también a la sociedad de consumo. A estos conceptos les sumaban el acercamiento a las filosofías orientales, la experimentación con alucinógenos, acompañados de una libertad sexual que chocaba con la moral imperante, postulados todos que luego los hippies los harían propios. Sin proponérselo, construyeron un movimiento rupturista que el tiempo colocaría en su justo punto de importancia

Allen Ginsberg, Jack Kerouac y Gregory Corso en Nueva York, en 1957

Con la muerte de Lawrence Ferlinghetti, se apagó una de las últimas voces del movimiento que empujó la contracultura en EE.UU. En plena Guerra Fría, Allen Ginsberg, Jack Kerouac, William Burroughs y compañía escribieron obras audaces y cargadas de emoción, contra la moral burguesa, la cultura de la guerra y a favor de la libertad sexual y el uso de las drogas. Su herencia traspasó generaciones y fronteras.

Antes de la medianoche fue el turno de Allen Ginsberg. Un centenar de personas se habían reunido en la Six Gallery de San Francisco el 7 de octubre de 1955. La invitación anunciaba la lectura de seis poetas, “todos nuevos y nítidos escritores”. Kenneth Rexroth, un autor consagrado, fue el maestro de ceremonias. Jack Kerouac recolectó el dinero y compró vino que repartió entre el público, de modo que el ambiente estaba animado cuando Ginsberg salió a escena. Semanas antes el poeta había completado un extenso texto titulado Aullido y lo leería públicamente por primera vez. Los versos largos y cargados de fuerza y desenfado impactaron a todos. “Nadie había escuchado algo así”, diría Lawrence Ferlinghetti.

“He visto a las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, hambrientas histéricas desnudas”, leía Ginsberg. Como si se tratara de una jam session, Kerouac exclamaba junto al escenario: “¡Wow! ¡Yes!”. La voz de Ginsberg se volvía un cántico en cada verso sobre los “ángeles rebeldes” que “fueron expulsados de las academias por locos y por publicar odas obscenas en las ventanas del cráneo”. El entusiasmo contagiaba al público, y Kenneth Rexroth tenía los ojos brillantes de alegría. Aquella “fue la noche del Renacimiento Poético de San Francisco”, anotó Kerouac en Los vagabundos del dharma.

Dueño de la librería y editorial City Lights, a la mañana siguiente Ferlinghetti le escribió a Ginsberg: “”Te saludo al comienzo de una gran carrera. ¿Cuándo recibiré el manuscrito?”.

Publicado en 1956, Aullido y otros poemas fue una de las piedras fundacionales del movimiento beat. El editor fue llevado a juicio acusado de pornografía, pero quedó libre de cargos un año después, lo que le dio enorme resonancia al libro y al mismo Ferlinghetti, autor de A Coney Island of the Mind. Como si las estrellas se hubieran alineado, y después de numerosos rechazos, ese año Viking Press publicó En el camino, la novela de Jack Kerouac sobre sus viajes en las carreteras de Estados Unidos. The New York Times la saludó como un acontecimiento histórico, “una auténtica obra de arte”, la gran novela de la generación beat.

La trinidad de obras fundacionales del grupo apareció en París en 1959: El almuerzo desnudo de William Burroughs se publicó con una fajita que decía “No se venderá en EE.UU. ni en el Reino Unido”. Una revista de Chicago publicó extractos y la policía incautó los ejemplares. La primera edición americana llegó en 1962 y también fue llevada a juicio por su historia de homosexualidad, drogas y violencia. Finalmente, la corte permitió su edición por su valor “redentor”.

El espíritu de América

Burroughs, Ginsberg y Kerouac se habían conocido en Columbia en 1944, y compartían sus aspiraciones literarias y su búsqueda de experiencias vitales. Poco después conocieron a otro personaje que los cohesionaría, Neal Cassady, un joven ladrón de autos que ejercía atracción en ellos con su personalidad y sus historias callejeras. “No era en absoluto un intelectual, pero era inteligente en un sentido casi prodigioso. Aunque la cualidad que probablemente hacía de él un amigo tan preciado era sencillamente la de poseer el corazón más entrañable que yo haya encontrado jamás”, dijo el editor Gordon Lish.

Kerouac se fue a la carretera con Cassady: es el héroe tras Dean Moriarty de En el camino. A su vez, Ginsberg lo saluda en Aullido como “el Adonis de Denver”.

El nombre del movimiento nació de una visión que tuvieron Kerouac, Ginsberg y John Clellon Holmes a fines de los 40, sobre “una generación de hipsters locos e iluminados, que aparecieron de pronto y empezaron a errar por los caminos de América, graves, indiscretos, haciendo dedo, harapientos, beatíficos, hermosos, de una fea belleza”, afirmó Kerouac. Beat “quería decir derrotado y marginado pero a la vez colmado de una convicción muy intensa”.

El gran articulador del movimiento fue el poeta de Aullido. “No habría habido una generación beat sin Allen Ginsberg”, afirmó Ferlinghetti. Al grupo se sumarían poetas y escritores como Gary Snyder, Gregory Corso, Peter Orlovsky, LeRoi Jones y Michael McClure, entre otros.

“Vimos que el arte de la poesía estaba esencialmente muerto: asesinado por la guerra, por los académicos, por la negligencia, por la falta de amor y por el desinterés. Sabíamos que podíamos revivirlo”, sostuvo McClure, uno de los poetas que participó en la lectura en Six Gallery.

La sensibilidad beat, con su discurso antiburgués y antibélico, con su apertura sexual y su pulsión vitalista, cautivó a los jóvenes. “La única gente que me interesa es la que está loca, la gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas”, escribió Keroauc en su novela emblemática.

A esos ideales se sumó la exploración de la conciencia, el interés en las filosofías orientales y la búsqueda de “sustancias psicodélicas como herramientas de conocimiento, particularmente la marihuana, los hongos y el ácido lisérgico”, como dijo Ginsberg, quien visitó Chile en 1960 junto a Ferlinghetti, invitados al Encuentro de Escritores Americanos de Concepción, donde un joven Jaime Quezada los escuchó “arrobado e hipnotizado”, recuerda.

Michael McClure, Bob Dylan y Allen Ginsberg en un encuentro en 1965

“Los beats fueron la prehistoria de los hippies, sacaron a la luz todos sus temas, desde el ecologismo al pacifismo”, diría Ferlinghetti. La cultura beat atrajo a músicos, artistas y cineastas, desde Bob Dylan a Janis Joplin, Jim Morrison, Patti Smith, Larry Rivers y Dennis Hopper. Su estela de influencia alcanzó a Thomas Pynchon y Don DeLillo, a Kurt Cobain y a Roberto Bolaño. En América Latina encontraron interlocutores en Nicanor Parra, a quien visitaron en 1960 y editaron en City Lights, y Ernesto Cardenal. Traductor y admirador de Ferlinghetti, el poeta de Nicaragua “siempre recordaba que ‘la suya es una poesía libre y espontánea que satiriza la vida norteamericana contemporánea’”, recuerda Jaime Quezada.

La estela de influencia puede reconocerse en los primeros cuentos de Antonio Skármeta y en la poesía de Claudio Bertoni. Del documental a la ficción biográfica, el cine también se sintió atraído por los beat: así como David Cronenberg adaptó El almuerzo desnudo y Walter Salles filmó En el camino, James Franco y Daniel Radcliffe interpretaron a Allen Ginsberg en Kill your darlings y Aullido, respectivamente. El documental The Last Waltz de Martin Scorsese también recoge parte del ambiente de esa generación que buscó, como dijo Ginsberg, “rescatar el espíritu de América”.

(Andrés Gómez es el autor de este artículo, que fue reproducido por el diario La Tercera de Chile)

«El crecimiento de los nacionalismos y populismos se debe a una reacción contra la globalización; la gente tiene la sensación de que ha perdido el control, de que hay alguien en Pekín, en Madrid o en Bruselas que decide por ellos» ( Anne Applebaum )

Pierre Lemaitre , el comandante Verhoeven y otras historias más

El francés (París, 1951) es uno de los escritores de más éxito dentro del género policial. Y si bien logró hacerse conocer por la astucia del diminuto comandante Camille Verhoeven (1,45 metros), no dudó en abandonar el lugar de prestigio alcanzado para extenderse en la creación de historias de corte más literario.

Aunque antes de lanzarse como autor de ficción tuvo la oportunidad de estudiar psicología, ciencia a la que con habilidad echa mano para la conformación del razonamiento de sus personajes. Tal fue el caso de su primera novela policial, con el equipo de Verhoeven a la cabeza de la Brigada Criminal de la capital gala: Travail saigné, traducida al español con el título de Irene, con la que dio comienzo a una exitosa saga que se completaría con otras obras como Alex, un thriller donde se permite hacer referencias a sus escritores admirados: Marcel Proust, Roland Barthes o Boris Pasternak, para completarla luego con otras ficciones como Rosy & John o Sacrificios.

El parisino es un escritor versátil que, aún en pleno éxito, se permitió arriesgar más allá de los laureles logrados; fue cuando decidió  aparcar por un tiempo el policial y adentrarse en el drama social y antibelicista. Este fue el caso de Au revoir là haut, traducida al español como Nos vemos allá arriba, texto con el que ganó el prestigioso premio Goncourt del año 2013, y a alcanzar con ello su definitiva proyección internacional. Luego la acompañó con dos nuevos títulos: Los colores del incendio y El espejo de nuestras penas,para conformar con ellas la trilogía denominada Los hijos del desastre.

Lemaitre es un autor al que le gusta participar en el guión cuando alguna de sus historias es llevada al ámbito de la televisión o de la pantalla grande. Así lo ha hecho en las adaptaciones al cine de Alex y también con la traslación de Nos vemos allá arriba, con muy buena repercusión por la labor realizada.

El pasaje a continuación pertenece a Rosy & John, otra de las investigaciones a cargo del sagaz Verhoeven y el resto de componentes de la brigada contra el crimen:

“…Volvamos a empezar. Desde el principio.

    -Así pues, compró usted siete obuses.                                                                                                                                                                                                                                                      

    -No –explica Jean-, no los compré. Los recogí en la carretera de Souain-Perthes, en dirección a Sommepy. Y en Monthois.

   Camille Verhoeven, por encima del hombro de Jean, interroga a Basin, que asiente con un ligero movimiento de cabeza. Es en el este, explicará más tarde, en la zona de Châlons, en el Marne. Cada año, decenas de obuses de la Primera Guerra Mundial salen a la superficie; los agricultores los amontonan al final de los caminos hasta que llegan los artificieros.

   Camille se queda de piedra.

   Simplemente el tipo ha recogido obuses al borde de la carretera…

   -¿Y cómo los transportó?

   Jean se vuelve hacia Louis, en cuya mesa han depositado todo el contenido de la bolsa de deportes con la que ha llegado. Alarga el brazo y señala un manojo de recibos unidos por un clip.

   -Alquilé un coche. Ahí tiene la factura.

   Cuando Basin toma la palabra, Jean no se vuelve hacia él, permanece concentrado. Basin quiere saber cómo lo ha hecho. Recoger un obús es una cosa; hacerlo estallar, otra.

   -Con un detonador y un relé dice Jean como si fuera evidente-, no tiene ningún secreto.

   Señala un despertador digital con calendario.

   -Programé todas las bombas con eso. Tres con noventa y nueve euros en internet.

   Louis saca la factura del montón de recibos: Garnier pagó con tarjeta, con la tarjeta que está en su cartera, no hay duda, es la misma. Es la primera vez que ven a un criminal traer las facturas para demostrar que es el culpable.

   Jean muestra una caja llena de detonadores, tubos del tamaño de un cigarrillo.

   -Los robé en Technic Alpes –explica-. Es un almacén de material de obras públicas en Haute-Savoie.

   Louis lo comprueba en la red.

   -No hay más que un guardia a tiempo parcial –comenta Jean-. Fue muy fácil.

   -La empresa existe –confirma Louis desde la pantalla-, la sede está en Cluses.

   – La sede puede –dice Jean-, pero el almacén está en Sallanches.

   En la habitación todo el mundo empieza a sentirse realmente mal.

   Porque si dice la verdad sobre esa bomba de la rue Joseph-Merlin, sin duda dice la verdad sobre las demás. Los seis próximos obuses. Eso es justo lo que piensa Basin, que no para de asentir con la cabeza dirigiéndose a Camille. Para él, no hay dudas. Desde el punto de vista técnico puede haberlo llevado a cabo perfectamente.

   Basin se levanta, rodea la silla de Jean Garnier y se planta de pie, frente a él.

  -Esos obuses de la Gran Guerra, si los encuentran es porque no han explotado. Solo uno de cada cuatro está en condiciones…

   Jean frunce el ceño, preocupado. No comprende.

   -Lo que quiero decir –prosigue Basin con paciencia- es que su amenaza es real si los obuses funcionan. ¿Lo entiende?

   Basin le está hablando como un tonto a un sordomudo. No se le puede reprochar, Jean Garnier no tiene una cara que irradie inteligencia.

   Basin continúa en tono pedagógico:

   -No puede estar seguro de que los obuses vayan a explotar. Su amenaza…

   -Uno –le interrumpe Jean contando con los dedos-: el primero ha funcionado perfectamente. Dos: por esa razón hay seis, para tener en cuenta los que no van a funcionar. Y tres: si están dispuestos a correr el riesgo es cosa suya.

   Silencio.

   Basin intenta mantener la compostura.

 -¿Tiene todo lo que ha usado?

  -Los relés, los cables…, lo compré todo en Leroy Merlin –contesta Jean.

  Nadie reacciona. Poco importa, ha decidido contarlo todo, así que lo cuenta todo.

  -¡Ah, sí! En mi casa no van a encontrar ningún ordenador. Lo he tirado. Sé que pueden registrarlo incluso si se han borrado los datos…

   Y lo mismo con el teléfono fijo, hace mucho tiempo que lo dio de baja.

   A Camille le cuesta entenderlo. Necesita hablar con Basin y Louis.

   Dejan a Jean con un agente. Podrían incluso dejarlo solo, no hay peligro, en eso todo el mundo está de acuerdo.

   Salen al pasillo.

  -Joder –suelta Camille nada más cerrar la puerta-. ¿Es posible aterrorizar a una ciudad comprando despertadores en internet, relés en Leroy Merlin y recogiendo obuses en los arcenes…?”

«Tú crees que la naturaleza de la realidad es evidente por sí misma. Cuando te engañas y crees que has visto algo, das por sentado que todo el mundo lo ve. Pero te aseguro, Winston, que la realidad no es externa. Existe solo en tu imaginación…» ( George Orwell – 1984 )

Martín Caparrós, cronista de la realidad y literato

Conserva una fuerte presencia y una mirada inquisidora como si, por defecto de profesión, la imperiosa necesidad de la observación del hecho lo acompañara de manera constante. Pero además el escritor argentino (Buenos Aires, 1957), posee otros componentes que acompañan los rasgos externos de su personalidad.

Fue desde edad temprana que el bonaerense se inclinó hacia el periodismo, hecho que lo condujo a integrar redacciones de medios como los diarios Noticias, Tiempo Argentino o Página/12, para formarse al lado de profesionales como el infortunado Rodolfo Walsh, verdadero mito de la información en el país sudamericano. Después, con los años, también llegó a ser editor de la revista El Porteño, para luego terminar fundando otra revista, en este caso Babel, y si bien los derroteros posteriores con las letras lo derivaron hacia otros géneros estilísticos nunca se alejó de su rol de cronista, a punto que en la actualidad escribe para el diario El País de Madrid y para el estadounidense The New York Times.

Quizás fruto de tanta dosis de realidad fue la que le hizo acercarse al texto de ficción, con novelas como Valfierno, A quien corresponda, Los Living o Echeverría. Luego publicó también crónicas de viaje: La guerra moderna o El interior, y se aventuró con el ensayo; Argentinismos; ¡Bingo!; y también con trabajos de investigación como El Hambre. Sus múltiples facetas le llevaron incluso a incursionar en la actuación, cuando hizo su participación en películas como ¿Quién mató a Mariano Ferreyra? o Tiempo después.

Su extensa obra le ha hecho ser acreedor de distinciones variadas, como la Beca Guggenheim, el premio Herralde de novela o el Planeta para Latinoamérica, además del Premio Nacional de Periodismo Miguel Delibes de España o el María Moors Cabot de la estadounidense Universidad de Columbia.

Viajero infatigable aunque residente en la capital española desde hace muchos años, quizás como un punto geográfico más para su observación de la realidad mundial, Caparrós afirma que los sistemas políticos y económicos cambian, y seguirán cambiando siempre. Solo que, en las particulares circunstancias actuales, la humanidad está atravesando por momentos delicados en los que está en juego cuál es el futuro que realmente desea.

Pero dejando de lado su observación sobre la realidad para echar mano de la libertad que concede la propia invención literaria, de su novela Valfierno, una de sus obras más apreciadas, el pasaje con el que da comienzo a la narración:

   “Soy Valfierno.

   Digamos que soy Valfierno. O, mejor dicho, fui Valfierno. Y fue como Valfierno que hice algo extraordinario: la historia de una vida.

   ¿Por qué el nombre de Valfierno?

   Convinimos que sus preguntas se iban a limitar a los hechos, ¿no es verdad?

   Sí, es cierto. ¿Y eso no es un hecho?

   Vamos, mi estimado.

    El martes 23 de agosto de 1911 los diarios de la tarde de París se vendieron a mares: voceadores gritaban en todas las esquinas que habían robado el cuadro más famoso del mundo.

   -¡La Gioconda! ¡Entérese de todo! ¡Ha desaparecido la Gioconda!

   Hacía un calor de perros. Semanas que hacía un calor de perros y todos los que no lucraban con él se sentían miserables: el tema pegajoso en cada encuentro, cada café, cada salón con sus molduras, cada iglesia o prostíbulo de lujo. Ese calor conseguía que París dejara de ser París por el bochorno. Eso –que París no fuera París- los hacía sentir particularmente miserables: estafados, y hablaban. Los señores y señoras hablaban del calor y, una vez que habían hablado de él, pasaban a otros temas que no les importaban y de pronto se secaban y volvían al asunto y uno decía que el mundo ya no era lo que era y otro se jactaba del ventilador que compraría si todo seguía así.

   -Es el progreso, mi querido, el progreso. Si no fuera por los socialistas y este calor tremendo…

   Hacía semanas que el sofoco secaba las conversaciones.

Hasta que de pronto, esa tarde, el mundo se animó:

   -¡Se la robaron! ¡Se rieron de Francia en sus narices, extra, extra!

   Soy Valfierno: fui un niño muy feliz. Mi madre me llamaba Bollino y yo creía que mi nombre era ése: Bollino, soy Bollino. Se rió mucho, mi madre, una vez en la calle cuando una señora dijo ay que linda criatura cómo se llamará y yo le dije que Bollino. No señora, se llama Juan María, dijo mi madre, que no sabía que yo tenía que llamarme Eduardo. Pero yo, Bollino, Juan María, Enrique no, Bonaglia todavía, Eduardo incluso, fui un niño muy feliz…”    

Margaret Atwood, convicciones, pensamientos y literatura

La escritora canadiense (1939, Ottawa) es poseedora de una extensa obra literaria a sus espaldas y que alcanza a casi todos los géneros literarios. Conocida con suficiencia en los países de habla anglosajona, su nombre se ha hecho masivo al gran público a través de la versión televisiva de su ficción El cuento de la criada.

Ávida lectora desde temprana edad, comenzó a escribir sus primeras historias a los 16 años. Ya mayor y en busca de ampliar sus conocimientos, se graduó en filología inglesa en la Universidad Victoria de Toronto, estudios que con posterioridad complementaría en la estadounidense Universidad de Harvard. Con los años y su experiencia a cuestas, harían que terminase impartiendo clases en la Universidad de la Columbia Británica, en la de Alberta y también en la de Universidad de Nueva York.

Su obra se extiende al ensayo, el relato, la crítica y la poesía, en este último caso, con los compendios Doble Perséfona, El juego del círculo, Historias verdaderas o La puerta. Es autora  también de obras teatrales, guiones para televisión y novelas, de las que ha escrito casi una veintena de ellas, entre las más renombradas: La mujer comestible, Nada se acaba, La novia ladrona, El asesino ciego, Penélope y las doce criadas, y Los testamentos, que conforma la segunda parte de El Cuento de la Criada.

Toda esta pulsión creativa le ha valido reconocimientos de todo tipo, entre otros  el Toronto Book Award, el Commonwealth Literary Prize, el premio Booker y el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, siendo su nombre uno de los que desde hace unos años suenan en consideración para alzarse con el Nobel de Literatura.

Mujer solidaria, sus orígenes de clase y sus profundas convicciones democráticas hacen que haya secundado distintas iniciativas, así ha donado el dinero de premios para la defensa de causas ambientales, ha suscripto textos por la libre elección de las féminas en cuestiones de aborto, adhesión por la que ha cosechado elogios y críticas por igual, y ha secundado iniciativas en contra de métodos en la sociedad moderna hacia el denominado trabajo esclavo; en sus palabras, «no dudo en secundar una causa si la considero cierta y justa».

El pasaje a continuación pertenece El huevo de Barba Azul, incluido en su colección de relatos breves Un día es un día, en los que se sumerge entre los afectos y el desgaste que trae la cotidianidad en las sociedades occidentales:

“Sally oye que la puerta de atrás se abre y se cierra. Siente que Ed se acerca, que recorre los pasillos de la casa hacia ella, como un viento suave o una bola de electricidad estática. Se le eriza el vello de los brazos. A veces le hace tan feliz que le parece que está a punto de estallar; otras veces le parece que está a punto de estallar sin más.

   Ed entra en la cocina y ella finge no darse cuenta. La rodea con los brazos por detrás y le besa el cuello. Ella se recuesta, se aprieta contra él. Ahora deberían ir al dormitorio (al salón, incluso al estudio) y hacer el amor, pero a Ed no se le ocurre hacer el amor en pleno día. Sally lee a menudo artículos de revistas sobre cómo mejorar la vida sexual, que le dejan una sensación de frustración o evocan ciertos recuerdos: Ed no es su primer y único hombre. Pero sabe que no debe esperar demasiado de él. Si Ed fuera más dado a experimentar, si le interesara más la variación, sería otro hombre: más astuto, más taimado, más observador, más difícil de tratar.

   El hace el amor siempre igual, una y otra vez, cada movimiento sigue al anterior en idéntico orden. Sin embargo, al parecer eso le satisface. Por supuesto que le satisface: es fácil saber cuando un hombre está satisfecho. Es Sally quien después se queda despierta. Viendo las imágenes que desfilan ante sus ojos cerrados.

   Sally se aparta de Ed y le sonríe.

   -¿Cómo te ha ido hoy con las mujeres? – le pregunta.

   -¿Qué mujeres? –dice Ed, distraído, yendo hacia el fregadero. Sabe a qué mujeres se refiere.

   -Las que están ahí fuera, escondidas entre las forsitias. He contado al menos diez. Están esperando su oportunidad.

   Se mete a menudo con él hablándole de estos ejércitos de mujeres que lo siguen a todas partes, invisibles para Ed pero más claros que la luz del día para ella.

   -Apuesto que se pasean ante la puerta del hospital, esperando a que salgas. Apuesto a que se ocultan en los armarios de las batas y saltan sobre ti desde atrás, y a que fingen que se han perdido para que las lleves por el camino más corto. Es por culpa de la bata blanca. Ninguna de esas mujeres puede resistirse a una bata blanca. Las ha condicionado la serie del doctor Kildare.

   -No seas tonta –dice Ed, sin inmutarse. ¿Le han salido los colores, está avergonzado? Sally examina su rostro de cerca, como un geólogo inspeccionaría una fotografía aérea en busca de señales reveladoras de tesoros minerales: marcas, protuberancias, cavidades. Todo en Ed encierra un significado, aunque a veces resulta difícil concretar cuál.

   Se lava las manos en el fregadero para eliminar la tierra adherida. Dentro de un minuto se las secará con el paño de cocina, en lugar de utilizar la toalla. ¿Hay cierta complacencia en la espalda vuelta hacia ella? Es posible que de verdad existan esas hordas de mujeres, a pesar de que es ella quien las ha inventado. Es posible que de verdad se comporten de esa forma. Ed tiene los hombros ligeramente alzados; ¿trata de ocultar algo?

   -Yo sé lo que quieren –prosigue Sally-. Quieren meterse en esa habitación oscura contigo y subirse a la mesa. Creen que eres delicioso. Te devorarán. Te comerán a cachos. No quedará nada de ti, salvo el estetoscopio y los cordones de los zapatos.

   En otras ocasiones, Ed se reía de las ocurrencias, pero hoy no lo hace. Es posible que Sally haya repetido lo mismo, o algo muy parecido, con excesiva frecuencia. De todas maneras, Ed sonríe, se seca las manos con el paño de cocina y abre la nevera. Le gusta picar.

   -Hay un poco de rosbif frío –dice Sally, desconcertada…”    

«Las Grandes Historias son aquellas que ya se han oído y se quieren oír otra vez. Aquellas a las que se quiere entrar por cualquier puerta y habitar en ellas cómodamente. No engañan con emociones o finales falsos. No sorprenden con imprevistos. Son tan conocidas como la casa en la que se vive» ( Arundhati Roy El dios de las pequeñas cosas )

La fuerza de una imagen

Un niño refugiado con un libro frente a un contenedor de basura en una calle de Beirut, se llama Hussein, tiene 10 años y huyó con su familia de Siria. En su presente como refugiado en Líbano, junta chatarra para ayudar a llevar comida a la mesa. Una fotografía «accidental» hizo que su vida y la de su familia, dieran un completo vuelco

Crédito: Rodrigues Mghames

Su buzo y el pantalón deportivo que fueron azules tienen una capa de tierra que vuelve todo un poco más gris. La tela rota a la altura de la rodilla no es lo único que está quebrado en esta imagen. Es la foto de un niño que detuvo la tarea de sobrevivir para ser un niño como debe ser, dándose un chapuzón de fantasía y descanso creativo.

El click lo hizo el ingeniero y profesor universitario libanés Rodrigues Mghames, en Beirut. Ni siquiera es fotógrafo, su perfil de Instagram está lleno de selfies, pero tuvo el ojo y la cámara en el momento justo. También el corazón. Lo encontró casualmente afuera de su oficina, hizo la foto, la publicó, habló un rato con el niño y, antes de que se diera cuenta, la imagen se hizo viral en todas las plataformas de redes sociales.

De pronto, esta foto, este chico, pasaron a ser el tema de discusión en los principales medios de comunicación árabes. En solo una captura quedaba reflejada la sed de conocimiento a pesar de toda la circunstancia. Un niño con un libro en un tacho de basura pasó a ser todas las infancias atropelladas por la realidad injusta. La necesidad de escapar para encontrarse en un mundo mejor, creado por palabras, la tragedia que conmovía.

Todo impacto lleva a una acción posterior. En este caso no fue el cambio radical humanitario que hace falta. El foco quedó puesto en el chico. ¿Quién es el niño?, eso es lo que todos querían saber. Y así fue. Se llama Hussein, tiene 10 años y huyó con su familia de Siria. Tuvo que dejar la escuela, la infancia y, en su presente como refugiado en Líbano, junta chatarra y plástico para ayudar a llevar comida a la mesa de su casa.

Esa tarde, Hussein estaba trabajando entre tachos de basura como siempre cuando encontró un libro. Le gusta leer. Habrá sido un reflejo, como el de chapotear al caer al agua, lo que lo llevó a agarrarlo, a aferrarse. Entonces dejó de lado las obligaciones que no debería tener y se sumergió en la lectura. El olor a desperdicios, las paredes graffiteadas, el hambre, todo se fue por un rato. Ni se dio cuenta, no supo en ese momento que le habían tomado una fotografía.

Rodrigues Mghames usa trajes caros, muchos son de color azul, casi brillante. Nada es gris a su alrededor. Transita la otra cara de esa realidad, pero el día que vio al refugiado sirio con el libro algo le hizo clic. Y con su foto, aunque fue pequeño, algo cambió.

Más tarde, en una de las cientos de entrevistas que dio, dijo: «Cuando salía de la oficina para ir al taller me llamó la atención un niño leyendo un libro al borde de un tacho de basuraLe tomé una foto y la publiqué en mi página de Instagram. No fue hasta que nos sentamos a almorzar juntos que me di cuenta de cuánto le gustaba leer en realidad».

Xposure es un festival internacional de fotografía que se hace en Emiratos Árabes Unidos y se describe en su página como “una plataforma educativa y de imágenes”. En su sexta edición, en el suntuoso Expo Center Sharjah, anunció que iban a patrocinar, en cooperación con la organización humanitaria The Big Heart Foundation (TBHF), la educación de Hussein hasta la escuela secundaria.

“Esta imagen refleja un mensaje clave adoptado en Xposure sobre el poder inherente de la fotografía como fuerza para el bien y su capacidad para marcar la diferencia en la vida de las personas y las comunidades”, dijeron desde el festival, que además homenajeó a Rodrigues Mghames durante la ceremonia de apertura, en “reconocimiento por su papel al compartir la historia de Hussein con el mundo”, anunciaron.

Al festival lo organiza la Oficina de Medios del Gobierno de Sharjah (SGMB). Su Director General, Tariq Saeed Allay, con la foto de Hussein leyendo en la basura proyectada detrás, dijo: “Al destacar sufrimientos e injusticias, la fotografía le da al mundo una idea de las diversas condiciones de las personas”.

Y explicó que con este apoyo para la educación del niño sirio, espera que se envíe el mensaje de que “el papel de la fotografía va más allá de observar y documentar la realidad, para convertirse en una herramienta de cambio”.

A TBHF, que tiene base en los Emiratos Árabes Unidos, lo dirige una mujer, Mariam Al Hammadi. Y en el salón poblado mayormente por hombres, subió al escenario y dijo que la misión central de su organización es proteger y empoderar a los niños vulnerables y a sus familias. “Creemos que el conocimiento y la educación son fundamentales para cambiar la vida de las personas y nuestro objetivo es ayudar a satisfacer la pasión de Hussein por la lectura”, anunció.

Sharjahno es un emirato de los siete que componen Emiratos Árabes Unidos, que, aunque siempre fue más conservador que su vecino del sur, Dubái, es considerada la capital cultural de la nación. La ceremonia de Xposure, en el Expo Centre, fue elegante y austera, en un salón impecable. No estaba Hussein, que sigue en Beirut y ya comenzó la escuela. Es un final feliz, parcial, individual, en donde una foto cambió una historia. Aún falta mejorar las vidas de miles de niños refugiados en todo el mundo.

(El texto pertenece a Daniela Pasik y fue publicado por el diario argentino Clarín)