Hernando Guanlao, el librero de los pobres de Manila

Es frecuente oír el latiguillo de que un ejemplo vale más que mil palabras, y esa es la enseñanza que a través de la lectura le supieron transmitir los padres de este filipino; ejemplo que a la muerte de estos decidió expandir en su memoria. Hoy su librería de préstamos que funciona en su propia casa tiene el reconocimiento de la población, de las editoriales y de otras librerías de todos los rincones del mundo quienes colaboran con donaciones de textos y otros tantos materiales. En un país, donde 35 millones (el 34% de su población) son niños menores de 14 años, Guanlao facilita sus libros de manera gratuita a lo largo de la particular geografía filipina; textos que en su gran mayoría regresan a su punto de origen para volver a ser nuevamente distribuidos

El siguiente artículo fue publicado en el diario La Vanguardia de Barcelona.

Hernando Guanlao, Nanie para los amigos, cree que los libros tienen vida. Incluso está convencido de que pueden hacer felices a las personas. Para ello, sólo necesitan ser usados, leídos y releídos una y otra vez y no permanecer inactivos. Es más, asegura entusiasta, los libros deben ser liberados, circular sin dueño y llegar a todo aquel, rico o pobre, que tenga voluntad de aprovechar la sabiduría, el esfuerzo, el tiempo y el dinero que hay invertidos en cada uno de ellos.

Con esa filosofía por montera, este filipino de 66 años decidió hace casi 20 pasar de la teoría a la práctica para tratar de animar a la lectura a los niños de su barrio de Manila. Fue en el 2000, poco después de la muerte de sus padres. Mientras buscaba la manera de honrar su memoria, una idea le vino a la cabeza. “Ellos me inculcaron el amor por la lectura. Por eso, cuando vi mis viejos libros en el piso de arriba de su casa, decidí darles un uso público”, cuenta a las puertas del que fuera el hogar familiar durante medio siglo.

Colocó unos 50 volúmenes en la calle Baglatas, en el céntrico barrio capitalino de Makati, por si alguien quería cogerlos prestados. Sin normas ni reglas, sin carné de socio o fecha de vuelta. Y funcionó. “Sorprendentemente, no desaparecieron. La gente los cogía y se los llevaba, pero después los devolvía, e incluso empezaron a llegar más. Libros de texto, novelas, cómics, ensayos o revistas de moda, había de todo. Por cada libro que se iba, diez regresaban”, relata con una amplia sonrisa.

Así nació esta librería improvisada a la que bautizó como The Reading Club 2000. Como una enredadera a la que se deja crecer a su libre albedrío, los tomos pasaron de ocupar la acera a invadir el interior de la casa, escaleras y garaje incluidos. “No sé cuántos hay ni me interesa. Los textos van y vienen, con eso me es suficiente. Nadie se ha hecho nunca pobre por regalar libros”, cuenta Nanie, que antes de embarcarse en este proyecto trabajó como asesor fiscal, contable, panadero o vendedor de helados.

Conforme su proyecto crecía, el boca a boca y las redes sociales fueron amplificando su mensaje. Tanto que empezó a recibir donaciones de particulares, editoriales y librerías nacionales y foráneas. También cuenta con un amigo en la Junta Nacional de Desarrollo del Libro en Filipinas, encargada de dar el visto bueno a los libros que vienen del extranjero para escuelas, bibliotecas o tiendas, que le pasa las muestras de ejemplares sobrantes. “Todos ellos son buena gente que sabe que los libros son poderosos y que sirven para educar a los filipinos”, exclama.

Con una población de 105 millones de personas, Filipinas tiene una tasa de alfabetización de más del 96%, una de las más altas de toda Asia. Pero aunque son capaces de leer y escribir, uno de cada diez niños y jóvenes filipinos de entre 6 y 24 años abandona los estudios antes de tiempo para ayudar a su familia o por otros motivos, algo que les priva de tener mayores oportunidades en el futuro.

Consciente del problema, Nanie, casado y con dos hijos, trató desde un primer momento de hacer llegar los textos a las comunidades más desfavorecidas. Primero lo hizo con su bici-libro, a la que enganchó un carrito que llenaba de volúmenes para repartirlos por los alrededores de Manila. Luego expandió sus miras, ayudando a otras personas a establecer librerías similares a la suya en otros lugares del país y llevando libros por correo u otros medios a áreas montañosas como Tabuc o Baguio o a islas remotas como las Bisayas o las Babuyan, en Palawan.

Mientras tanto, las puertas de su casa-librería permanecen siempre abiertas, 24 horas diarias siete días a la semana, para todo aquel que desee hojear un libro o llevarse uno a casa, sin más pago o garantía que un “muchas gracias”. “Aunque los usen para envolver un bocadillo, no me enfado, al menos así tienen algún uso. Dar felicidad es un bella forma de honrar a la gente que donó los libros –resume–. Todo es temporal. Nacemos sin nada y sin nada dejaremos este mundo. Esa es la esencia de la vida”.

 

La frase

«Fui aspirante al suicidio y estuve reventada por la drogas y la locura. Vivía en una película de terror. Mis padres, a los que entonces aborrecía, fueron los que me salvaron la vida, hicieron por mí lo que unos padres convencionales no hubieran aguantado, porque yo era absolutamente insoportable»  Clara Usón )

Paolo Cognetti, la montaña como metáfora de vida

Con nacimiento y primera juventud transcurrida en la industriosa y pujante Milán, Paolo Cognetti (1978) sintió desde muy joven una gran atracción por las altas cumbres.  Tuvo en los cercanos Alpes su sitio para poder canalizar esa pasión que luego trasladó a su obra literaria; títulos como El muchacho silvestre son prueba fiel de ello.

Quizás esa necesidad de dar testimonio haya alimentado también su vertiente para con el cine documentalista, y ello le haya impulsado a cruzar el charco e instalarse en la monumental ciudad estadounidense de los rascacielos. Allí, mezcló lo testimonial y lo ficticio para la génesis de textos como Nueva York es una ventana sin cortinas o Sofía se viste siempre de negro.

De regreso de su experiencia americana vuelve a reinstalarse en la metrópoli lombarda aunque siempre con un pie en su montaña amada; a punto que hoy divide su tiempo entre la ciudad y un estratégico refugio en las pendientes alpinas. Fruto de todas esas vivencias produjo su obra de ficción más aplaudida: Las ocho montañas, premiada en Italia con el premio Strega y en Francia con el Médicis, con la cual el escritor italiano logra un texto sensible, tierno y cargado de frescura. Basada en la amistad entre Piero y Bruno, el primero un chico de la ciudad que envidia la libertad con que Bruno vive en su montaña; mientras que éste último anhela las posibilidades que se le brindan a su amigo y que ve difíciles de alcanzar. Aún estas diferencias, su relación se va consolidando solidificada con los componentes de lealtad, experiencias y tiempo, que hacen que su amistad se agigante y perdure a través de los años.

Cognetti se consagra con la composición de un texto sostenido por una acuarela de  relaciones interpersonales guiadas por la pureza de sentimientos, pleno de  descripciones de situaciones que van aflorando durante el trayecto de vida compartido por los dos jóvenes. Para destacar a la montaña como el gran antídoto a todos los males donde, arropados por la inmensidad alpina, el silencio y el viento cobran un significado mayor que mil palabras.

De Las ocho montañas el pasaje a continuación:

“…Se llamaba Bruno Guglielmina. El apellido era el de todos los habitantes de Grana, quiso explicarnos, pero el nombre Bruno lo tenía solo él. Apenas era unos meses mayor que yo, pues había nacido en 1972 pero en noviembre. Devoraba las galletas que mi madre le ofrecía como si no hubiese comido nunca en su vida. El último descubrimiento fue que no solo lo había estudiado yo a él, sino que él me había estudiado a mí mientras ambos fingíamos ignorarnos.

       -Te gusta el torrente, ¿verdad? –me preguntó.

       -Sí.

       -¿Sabes nadar?

       -Un poco.

       -¿Pescar?

       -Creo que no.

       -Ven, voy a enseñarte algo.

Dijo eso y bajó de un salto de la silla, yo crucé una mirada con mi madre y salí corriendo tras él sin pensarlo dos veces.

Bruno me llevó a un sitio que conocía, donde el torrente cruzaba a la sombra del puente. Cuando estuvimos en la orilla, en voz baja me ordenó que me mantuviese lo más callado y oculto que pudiera. Luego se asomó por una roca, apenas lo suficiente para poder vigilar desde allí. Con una mano me indicó que esperase. Mientras esperaba, lo observé: tenía el pelo rubio cáñamo y el cuello quemado por el sol. Llevaba unos pantalones que no eran de su talla, los bajos enrollados en los tobillos y con el tiro caído, la caricatura de un hombre adulto. Tenía también las maneras de un adulto, una especie de gravedad en la voz y en los gestos: con un movimiento de la cabeza me ordenó que le diera alcance y obedecí. Me moví de la roca para mirar hacia donde miraba él. No sabía qué debía mirar: ahí detrás el torrente formaba una pequeña cascada y una charca umbría, que llegaría quizá hasta las rodillas. El agua estaba turbia en la superficie, que agitaba el fragor de la caída. En los bordes flotaba un dedo de espuma y una larga rama atravesada había acumulado hierbas y hojas podridas. Aquel espectáculo no era nada, solo agua que descendía por la montaña, y sin embargo me encantaba cada vez más y no sabía por qué.

Cuando llevaba un rato observando la charca vi que la superficie se quebraba levemente, y noté que dentro había algo vivo. Una, dos, tres, cuatro sombras ahusadas con el morro contra la corriente, lo único que se movía era la cola, despacio y en horizontal. A veces una de las sobras se desplazaba de golpe y se detenía en otro punto, y a veces emergía el dorso y luego volvía al fondo, pero siempre mirando hacia la pequeña cascada. Nos encontrábamos más abajo que ellas, por eso aún no nos habían visto.

       -¿Son truchas? –susurré.

       -Peces –dijo Bruno.

       -¿Y siempre están allí?

       -No siempre. A veces cambian de agujero.

       -Pero ¿qué hacen?

       -Cazan –respondió él, a quien aquello le parecía completamente natural.

En cambio era algo que yo estaba aprendiendo en ese instante. Siempre había pensado que un pez nadaba en el sentido de la corriente, lo que sería más fácil, y no que derrochaba sus fuerzas nadando contracorriente. Las truchas movían la cola lo suficiente para permanecer inmóviles. Me hubiera gustado saber qué cazaban. A lo mejor los mosquitos que veían revoloteando por la superficie del agua y que se quedaban como atrapados. Observé un momento la escena procurando comprenderla mejor, antes de que Bruno se hartase de golpe: se puso de pie de un salto, agitó los brazos y al instante las truchas desaparecieron. Me acerqué a ver. Habían huido del centro de la charca hacia todos los lados. Miré el agua y cuando vi fue a la grava blanca y azul del fondo, pero enseguida tuve que marcharme para seguir a Bruno, que ahora iba corriendo por el borde opuesto al torrente.

Un poco más arriba, un edificio solitario daba a la orilla como si se tratase de la casa de un guarda. Se estaba cayendo a pedazos entre ortigas, zarzas de frambuesa, nidos de avispas que se secaban al sol. En el pueblo había muchas ruinas así. Bruno pasó las manos por los muros de piedra, allí donde se unían en un canto lleno de grietas, se dio impulso y enseguida estuvo en la ventana de la primera planta.

       -¡Venga! –dijo asomándose desde arriba.

Después, sin embargo, se olvidó de esperarme, quizá porque no le parecía, porque no se le pasaba por la cabeza que pudiera necesitar ayuda o solo porque estaba acostumbrado a ser así, o sea, a que cada uno se las arreglase solo, sin importar lo fácil o difícil que fuera lo que hubiera que hacer. Lo imité como pude. Sentí la piedra áspera, tibia seca bajos los dedos. Me arañé los brazos en el antepecho de la ventana, miré dentro y vi que Bruno estaba bajando al sótano por un hueco del suelo valiéndose de una escalera de mano. Creo que había decidido que iba a seguirlo a todas partes…”

La frase

«De joven era increíblemente tímido. Estaba paralizado por el terror de que alguien me hiciera una pregunta que me obligara a hablar. Me había fabricado una teoría a mi medida: me decía que escribir era mi salvación, mi modo para poder conversar con un gran número de personas. Pero quizás esa teoría era apenas un muro de protección para esconder las verdaderas razones que me inducen a la escritura. Tal vez ni quiero conocerlas».  ( Julian Barnes )

La frase

«Sabiendo con pruebas y hechos constatados que el gobierno nos ha robado a manos llenas y nos han usurpado vilmente derechos y libertades, intentar eludir impuestos demuestra inteligencia e incluso dignidad. Tan disculpable como tragarte un anillo cuando ves venir al ladrón» Rosa Tamés )

Arnaldur Indridason, entre géisers y ventiscas

En verdad, pronunciar el nombre de la ciudad tiene su dificultad: Reikiavik; capital de un país como Islandia que, hasta hace no mucho tiempo, pocos podían situar sobre un mapa. De esas tierras gélidas proviene Arnaldur Indridason (1961), considerado uno de los maestros de la novela policial nórdica.

Bien es cierto que bajo el adjetivo nórdico, varios son los escritores que desde hace décadas vienen incursionando con éxito en la novela negra. Por nombrar algunos: Stieg Larsson, Camila Läckberg, Henning Mankell, Jo Nesbo o Asa Larsson, quienes llenan estantes en librerías y gracias a buenas historias vienen ganando la fidelidad de muchísimos lectores.

Indridason, autor de títulos como En el abismo, Las marismas, Invierno ártico, El hombre del lago o Pasaje de las sombras, tiene en el oficial de policía Erlendur Sveinsson su alter ego literario. El inspector Sveinsson es un personaje  contradictorio, solitario y con una desprolija vida privada; hábil y eficiente en su puesto pero incapaz de abordar las zonas más oscuras que atormentan su personalidad.

En La mujer de verde el islandés hace suyos los condimentos de rigor que componen la novela policial: un oscuro caso por resolver, una muerte dudosa, una ardua investigación; todo ello aderezado con los avatares propios y cotidianos de los propios investigadores que entorpecen la resolución del caso en cuestión. Condimentos todos que en esta oportunidad el autor hace coincidir con la historia reciente de su localidad de nacimiento, y también de Islandia como joven país.

De la novela La mujer de verde el pasaje siguiente:

“…Baddi estaba de portero en un local de striptease llamado Conde Rosso, situado en el centro de Reikiavik. No estaba en la puerta cuando llegó Erlendur, en su lugar había una montaña de músculos, de constitución corporal extraordinaria, que le indicó dónde encontrarlo.

       -Está vigilando el show- dijo el portero.

Erlendur puso cara de no entender. Se quedó mirando al hombre.

       -El show privado -dijo el portero-. El baile privado- y puso cara de desesperación.

Erlendur entró en el local, que estaba iluminado con bombillas rojas de luz mortecina. En el salón había una barra, mesas y sillas y unos cuantos que miraban a una chica joven que se frotaba contra una barra de hierro en una pista de baile sobreelevada, siguiendo un monótono signo pop. La joven miró a Erlendur y se puso a bailar delante de él como si se tratara de un cliente en potencia, y se soltó el diminuto sujetador. Erlendur la miró con una compasión tan profunda que la muchacha se quedó confusa, dio un paso equivocado, recuperó el equilibrio y se fue alejando de él hasta que dejó caer el sujetador al suelo aparentando desenvoltura, en un intento por mantener la dignidad.

Intentó adivinar dónde podían tener lugar los shows privados, y vislumbró un oscuro pasillo enfrente de la pista de baile, y fue hacia allá. El pasillo estaba pintado de negro y al final había una escalera que descendía al sótano. No se veía apenas, pero bajó dificultosamente la escalera y entró en otro pasillo pintado de negro. Una solitaria bombilla roja colgaba del techo, y al final del pasillo se alzaba una montaña de músculos coronada por una cabeza extremadamente pequeña, con los fuertes brazos cruzados sobre el pecho, mirando a Erlendur fijamente. En el pasillo que se extendía entre ambos había seis habitaciones, tres de cada lado. Oyó el sonido de un violín en alguno de los cuartos, una melodía nostálgica.

La montaña de músculos avanzó hacia Erlendur.

       -¿Eres Baddi?- preguntó éste.

       -¿Dónde está tu chica?- preguntó la montaña de cabeza pequeña, que se erguía como una verruga sobre el grueso cuello.

       -Eso iba a preguntarte yo- dijo Erlendur, extrañado.

       -¿A mí? No, yo no organizo lo de las chicas. Tienes que subir a por ellas y luego vuelves a bajar.

       -Ah, de modo que es eso- dijo Erlendur cuando se percató de la confusión-. Estoy buscando a Eva Lind.

       -¿A Eva? Lo dejó hace tiempo. ¿Estuviste con ella?

Erlendur se quedó mirando fijamente al hombre.

       -¿Qué lo dejó? ¿A qué te refieres?

       -Venía aquí a veces. ¿De qué la conoces?

Se abrió una puerta del pasillo y asomó un hombre joven subiéndose la cremallera de los pantalones: Erlendur vio a una chica desnuda inclinarse para recoger su ropa del suelo de la habitación. El hombre se escurrió entre ellos dos, le dio un golpecito a Baddi en el hombro y desapareció escaleras arriba.

      -¿Quieres decir aquí abajo? –dijo Erlendur anonadado-, ¿Eva Lind venía aquí abajo?

      -Hace mucho. En esta habitación hay una que se le parece mucho –dijo Baddi servicial como un vendedor de coches, señalando una puerta-. Es una estudiante de medicina, de Lituania. La chica del violín. ¿La oyes? Está en alguna escuela famosa de Polonia. Ellas viene aquí a sacar dinero y luego se vuelven a seguir estudiando.

-¿Sabes dónde puedo encontrar a Eva Lind?

       -Nunca decimos dónde viven las chicas –dijo Baddi, poniendo un curioso gesto de  santurrón.

       -Yo no quiero saber dónde viven las chicas –dijo Erlendur con cansancio. No podía perderse el lujo de perder el control de la situación. Sabía que tenía que andar con cuidado, que tenía que buscar la información con prudencia aunque nada deseaba más que arrancarle esa verruga del cuello-. Creo que Eva Lind tiene problemas y me pidió que la ayudara –dijo con toda la tranquilidad de la que fue capaz.

       -Y tú quién eres, ¿su papaíto? –dijo Baddi burlón, soltando un bufido.

Erlendur lo miró pensando si sería posible agarrar una cabeza tan pequeña. La sonrisa burlona se congeló en el rostro de Baddi al percatarse de que había dado en el blanco…”

La frase

«Para los de mi generación y desde el punto de vista intelectual, el mundo se entendía leyendo  a Marx y Freud. El comunismo era un avance de la justicia. Pero poco a poco nos fuimos desengañando. Tampoco de manera absoluta. No creo que haya que tirar a la basura a Marx y Freud, simplemente no es la medicina que cura todos los males, sí algún síntoma»                                                                                                                               ( Eduardo Mendoza )

De amistad y otras hierbas

Es de público conocimiento, la estación estival favorece el tiempo lúdico y la relajación, propicios para el fluir del libre pensamiento. Luego nos aproxima a la evaluación de nuestro entorno,  de nuestros actos y por lógica, de nuestros afectos y devociones.

En la Grecia antigua cuando Aristóteles se refería a la amistad, mencionaba que la había de tres clases: la basada en el placer; la que lo hacía en pos de la utilidad; y por último la que se basaba en el bien o la virtud de la persona que se estima. A ese respecto, y desde una arista diferente, vino a mi memoria este dicho: “A los amigos se los elige; a la familia se la hereda”, frase que en más de una oportunidad he ido recordando a lo largo de los años.

El tema desde luego no es innovador, y ha movilizado la inquietud de muchos escritores a lo largo de los tiempos. Uno de ellos fue el polémico Oscar Wilde (1854-1900), el autor de novelas tan difundidas como El retrato de Dorian Grey, Salomé o La importancia de llamarse Ernesto. Además de sus obras el literato irlandés ganó fama por muchas de sus citas, pero fue mucho menos conocida  su faceta en textos poéticos; si bien fue ganador del prestigioso Premio de poesía Newdigate.

Es evidente que la materia mueve a miles de enfoques y sentimientos, y dio y dará bastante de sí en el transcurso de muchas generaciones. No cabe duda que en el caso de Wilde, tuvo un cúmulo de sensaciones movilizadoras y, hace ya más de un siglo atrás, así lo plasmó en su poema Locos y santos:

“Escojo a mis amigos no por la piel u otro arquetipo cualquiera, y sí por la pupila.

Tiene que tener un brillo cuestionador y una tonalidad inquietante.

A mí no me interesan los buenos de espíritu ni los malos de hábitos.

Me quedo con aquellos que hacen de mí un loco y un santo.

De ellos no quiero respuesta, quiero mi opuesto.

Que me traigan dudas y angustias y aguanten lo peor que hay en mí. Para eso sigo siendo loco.

Los quiero santos, para que no duden de las diferencias y pidan perdón por las injusticias.

Escojo a mis amigos por la cara lavada y por el alma expuesta.

No quiero solo el hombro o el regazo, quiero también la mayor de sus alegrías.

Amigo que no ríe con uno, no sabe sufrir con uno.

Mis amigos son todos así: mitad estupidez, mitad seriedad.

No quiero risas previsibles ni llantos piadosos.

Quiero amigos serios, de aquellos que hacen de la realidad sus fuente de aprendizaje, pero luchan para que la fantasía no desaparezca.

No quiero amigos adultos ni aburridos. Los quiero mitad infancia y mitad vejez.

Niños, para que no olviden el valor del viento en el rostro y viejos, para que nunca tengan prisa.

Tengo amigos para saber quién soy yo.

Pues viéndolos locos y santos, bobos y serios, niños y viejos, nunca me olvidaré de que NORMALIDAD es una ilusión imbécil y estéril”

(Traducción del original de Rosa Corgatelli)

FLF.-

El lenguaje y su evolución

Los datos más fiables cifran su aparición en unos 400.000 años, y otros 7.000 desde que el ser humano comenzó a dejar rastros de su escritura. Hoy, las nuevas tecnologías y su constante mutación hacen que de manera sostenida se vayan incorporando nuevos vocablos a los diccionarios; mientras que las transformaciones sociales hacen que se vean reflejadas de forma directa en la denominada aldea global, y con ello, en el habla de sus ciudadanos. No olvidemos que la gente, en un acto viral, aprende a manifestarse imitando las expresiones de otras personas.

El artículo siguiente fue publicado en el matutino La Vanguardia de Barcelona.

David Ruiz Marull

Los cambios sociales cognitivos, junto a los factores culturales, afectan el lenguaje humano. Pero no solo existen estas causas. Según un estudio de la Universidad de Pensilvania, la casualidad y el azar juegan también un papel fundamental.

”Los lingüistas -dice el profesor de biología Joshua Plotkin– suelen suponer que cuando se produce un cambio en un idioma es porque una fuerza direccional lo causó. Nosotros proponemos que las lenguas también pueden cambiar solo por azar. Un individuo escucha una variante de una palabra y a partir de aquí es más probable que la use. Si los cambios casuales se acumulan durante generaciones pueden provocar modificaciones sustanciales“.

Investigadores de los departamentos de lingüística y de biología evolutiva han analizado colecciones de textos en inglés datadas entre los siglos XII y XXI. Han utilizado escritos de Geoffrey Chaucer (autor de los Los Cuentos de Canterbury) o de William Shakespeare, entre otros muchos, para hacerse una idea de cómo ha cambiado el idioma durante el último milenio. Su objetivo era determinar si los cambios en el lenguaje ocurren por casualidad o por una fuerza selectiva.

Los expertos de la Universidad de Pensilvania han encontrado que algunos cambios en el inglés fueron guiados tanto por la selección natural como por la casualidad. ”Uno de los primeros grandes lingüistas estadounidenses, Leonard Bloomfield, dijo que nunca se puede ver un cambio de idioma, que el cambio es invisible”, explica la profesora de lingüística Robin Clark. “Ahora, estudiando todos estos textos, podemos ver los cambios al detalle microscópico y comenzar a comprender cómo sucedieron”, añade.

Tal y como pasa con los análisis genómicos, que requieren una gran cantidad de datos para ver señales de modificación genética, el estudio lingüístico requirió revisar muchos textos escritos durante siglos para determinar el papel de la selección en la evolución del lenguaje.

Los investigadores se centraron en la regularización de los verbos en pasado. Utilizando el Corpus of Historical American English (corpus histórico del inglés americano), compuesto por más de 100.000 obras (y más de 400 millones de palabras) que van desde 1810 hasta 2009, revisaron las formas verbales, tanto regulares como irregulares.

El estudio lingüístico requirió analizar muchos textos escritos durante siglos. Identificaron 36 de estos verbos. Usaron una técnica que se había desarrollado para detectar la selección natural en poblaciones microbianas y estudiaron la frecuencia de cambio de las diferentes formas a lo largo del tiempo para determinar si las modificaciones fueron causadas por fuerzas selectivas o por casualidad.

Para seis verbos el equipo encontró evidencias de selección natural. Y en cuatro de estos, la evolución favoreció la forma irregular. ”Hay mucha literatura y mitología sobre la evolución de los verbos y mucha gente ha afirmado que la tendencia es hacia la regularización. Pero lo que encontramos fue bastante diferente“, explica Clark.

Los investigadores se centraron en la regularización de los verbos en pasado. Por ejemplo, mientras que un nadador de hace 200 años podría haber “buceado” (dived, en ingles), hoy se utilizaría la fórmula “se zambulló” (dove). El cambio hacia el uso de esta forma irregular coincidió con la invención de los automóviles y el aumento amenazante del uso del verbo irregular “conducir” (drive) y ”condujo” (drove).

“Tener un vecindario fonético con otros verbos actúa como una fuerza gravitatoria y hace que sea más probable que la forma pasada se irregularice”, asegura Robin Clark. Aunque la selección natural actuó sobre algunos verbos, la gran mayoría de los que se han analizado “no muestran evidencia de selección alguna”, dice Plotkin.

El cambio hacia la forma irregular de dive (bucear) coincidió con la invención de los automóviles. Fue en ese punto donde el equipo de académicos reconoció un patrón: la posibilidad aleatoria afecta más a las palabras raras que a las comunes. Cuando varían los verbos raramente usados, es más probable que ese reemplazo se deba a una casualidad. Pero cuando los verbos más comunes cambiaban de forma, lo más probable es que la selección natural haya sido un factor que impulse el reemplazo.

La posibilidad aleatoria afecta más a las palabras raras que a las comunes. Los investigadores encontraron que el uso del do surgió en dos etapas, primero en preguntas, alrededor del año 1500, y luego, aproximadamente 200 años después, en declaraciones imperativas y declarativas. Los investigadores consideran que la primera etapa del aumento del uso del do está vinculada a la probabilidad aleatoria. La segunda etapa, en cambio, si parece que fue impulsada por una presión selectiva.

”Parece que, una vez que el do se introdujo en frases interrogativas, fue creciendo cada vez más su frecuencia de uso”, afirma Plotkin. “Cuando la fórmula se volvió dominante en las preguntas, fue seleccionada para otros contextos, el imperativo y el declarativo, probablemente por razones de consistencia gramatical o facilidad cognitiva”, añade.

Los investigadores también confirmaron la hipótesis sobre el cambio de forma en la negación, ya que del antiguo Ic ne secge cambió a I ne seye not y luego al más reciente I say not (Digo no). ”Las personas aprenden a hablar copiando a otras personas. Esa copia introduce variaciones mínimas, y las variantes se propagan. Cada cambio es una oportunidad para un resultado diferente, que es la base de la evolución tal y como la conocemos“, apuntan los investigadores. Ahí es cuando se introducen variaciones mínimas que se propagan.