La frase

«Quien abandona la propia casa y se embarca con los hijos, poniendo en riesgo la vida para buscar refugio en un país en el que no es bien recibido, lo hace por un solo motivo: porque quedarse sería peor aún».  ( Isabel Allende )

Svetlana Alexiévich y las deudas no reconocidas

Año 1985, un film argentino era galardonado con el premio Oscar a la mejor película de habla no inglesa, se trataba de La Historia Oficial. En él se hacía la semblanza que un gobierno -en este caso uno militar- construía para venerar aquello que consideraban sus logros y también, para cubrir sus crímenes, trapicheos y miserias.  Que se sepa la escritora bielorrusa (1948) no ha vivido en el país sudamericano pero, criada bajo el férreo control que de la información ejercieron las autoridades pro-soviéticas, bien sabe de cómo alimentaban el relato gubernamental aquellos que supuestamente impulsarían a un hombre nuevo hacia un mejor futuro.

De hecho la práctica totalidad de la obra de Alexiévich fue edificada en base a buscar en el más allá de lo que las jerarquías fueron machacando durante décadas, y por ello fue laureada con el Nobel de Literatura 2015. En el momento de librarle el premio la Academia sueca destacó que su obra expresaba “gran polifonía”, y que era además “un monumento al sufrimiento y al coraje de nuestro tiempo”. Pero tal vez lo que subyace con más vehemencia en sus textos sean las carencias de un sistema comunitario; el logro de algunas verdades incontestables, y de otras tantas falencias a las que fue sometida una sociedad que quiso creer en un método y que a la postre favorecieron la caída del mismo.

Como consecuencia de la repercusión mundial lograda por el galardón, la totalidad de los escritos de la eslava se están traduciendo al español, aunque  ya se encuentran disponibles títulos como Voces de Chernóbyl o El fin del Homo Soviéticus. También se ha editado uno de sus primeros textos, La guerra no tiene rostro de mujer, trabajo que oscila entre el ensayo y la historia novelada, en la que la autora pone negro sobre blanco respecto de las experiencias que vivieron ese cercano millón de mujeres que en los más variados puestos, fueron desplazadas al frente por los ejércitos soviéticos durante la Segunda Guerra Mundial y que, aún hoy a años del conflicto, ocupan un espacio limitado en las crónicas belicistas. Triste paradoja para muchas de ellas cuando finalizada la contienda, luego de haberse ganado su honra en el campo de batalla, fueron catalogadas como contrarrevolucionarias y por ello terminaron con sus huesos en un gélido gulag siberiano.

Del comienzo de La guerra no tiene rostro de mujer, el pasaje siguiente:

“Escribo sobre la guerra…

Yo, la que nunca quiso leer libros sobre guerras a pesar de que en la época de mi infancia y juventud fueran la lectura favorita. De todos mis coetáneos. No es sorprendente: éramos hijos de la Gran Victoria. Los hijos de los vencedores. ¿Qué cuál es mi primer recuerdo de la guerra? Mi angustia infantil en medio de unas palabras incomprensibles y amenazantes. La guerra siempre estuvo presente: en la escuela, en la casa, en las bodas y en los bautizos, en las fiestas y en los funerales. Incluso en las conversaciones de los niños. Un día, mi vecinito me preguntó: ‘¿Qué hace la gente bajo tierra? ¿Cómo viven allí?`. Nosotros también queríamos descifrar el misterio de la guerra.

Entonces por primera vez pensé en la muerte… Y ya nunca más he dejado de pensar en ella, para mí se ha convertido en el mayor misterio de la vida.

Para nosotros, todo se originaba en aquel mundo terrible y enigmático. En nuestra familia, el abuelo de Ucrania, el padre de mi madre, murió en el frente y fue enterrado en suelo húngaro; la abuela de Bielorrusia, la madre de mi padre, murió de tifus en un destacamento de partisanos; de sus hijos, dos marcharon con el ejército y desaparecieron en los primeros meses de guerra, el tercero fue el único que regresó a casa. Era mi padre. Los alemanes quemaron vivos a once de sus familiares lejanos junto con sus hijos: a unos en su casa, a otros en la iglesia de la aldea. U así fue en cada familia. Sin excepciones.

Durante mucho tiempo jugar a ‘alemanes y rusos` fue uno de los juegos favoritos de los niños de las aldeas. Gritaban en alemán: ‘Hände hoch!`, ‘Zurück`, ‘Hitler kaput!`.

No conocíamos el mundo sin guerra, el mundo de la guerra era el único cercano, y la gente de la guerra era la única gente que conocíamos. Hasta ahora no conozco otro mundo, ni a otra gente. ¿Acaso existieron alguna vez?

La aldea de mi infancia era femenina. De mujeres. No recuerdo voces masculinas. Lo tengo muy presente: la guerra la relatan las mujeres. Lloran. Su canto es como el llanto.

En la biblioteca escolar, la mitad de los libros era sobre la guerra. Lo mismo en la biblioteca del pueblo, y en la regional, adonde mi padre solía ir a buscar los libros. Ahora ya sé la respuesta a la pregunta ‘¿por qué?`. No era por casualidad. Siempre habíamos estado o combatiendo o preparándonos para la guerra. O recordábamos cómo habíamos combativo. Nunca hemos vivido de otra manera, debe ser que no sabemos hacerlo. No nos imaginamos cómo es vivir de otro modo, y nos llevará mucho tiempo aprenderlo.

En la escuela nos enseñaban a amar la muerte. Escribíamos redacciones sobre cuánto nos gustaría entregar la vida por… Era nuestro sueño.

Sin embargo, las voces de la calle contaban a gritos otra historia, y esa historia me resultaba muy tentadora.

Durante mucho tiempo fui una chica de libros, el mundo real a la vez me atraía y me asustaba. Y en ese desconocimiento de la vida se originó la valentía. A veces pienso: ‘Si yo fuera una persona más apegada a la vida, ¿me había atrevido a lanzarme a este pozo negro? ¿Me había empujado a él mi ignorancia? ¿O habrá sido el presentimiento de que este era mi camino?`. Porque siempre intuimos nuestro camino…”

 

Con las venas siempre abiertas: Eduardo Galeano

Su desaparición física es aún reciente pero su nombre ha quedado indeleble en la memoria de generaciones de lectores. El narrador uruguayo (1940 – 2015) ya contaba en su haber con varias publicaciones, pero fue a través de un título aparecido en el año 1971,  Las venas abiertas de América Latina, cuando su nombre logró definitiva proyección internacional. Luego la repercusión lograda a través de aquello expuesto a modo de trascendente revisionismo histórico, hizo que el texto incluso fuera adoptado como material auxiliar de estudio de muchas universidades.

Es frecuente oír que aunque los títulos puedan llegar a cambiar el tema que subyace, y por el cual se inclina aquel que escribe, es siempre el mismo. Puede que así sea, en todo caso y más allá de la temática, los componentes éticos y reflexivos fueron las señas de identidad literarias con las que Galeano construyó su obra; en muchos de sus escritos de manera corpórea en otros de forma más subliminal, en todos, intentando impregnar de belleza virginal a sus palabras.

Entre ensayos y ficciones su producción se elevó a una cuarentena de títulos que partieron desde las más variadas motivaciones personajes. En ellos el argumento inconfundible era la acción del hombre (y la mujer) con sus gestas y contradicciones, sus desventuras y también su magnificencia. Ya después con el paso del tiempo, y como sucede con los buenos caldos etílicos, sus relatos para placer de sus lectores se fueron aggiornando,  hasta terminar apreciándose en calidad narrativa. Así más allá del título mencionado destacan entre otros Memoria del fuego (1986), Espejos (2008) o Los hijos de los días (2011).

Como buen rioplatense, fue sentado en la mesa de un bar donde encontró a una de sus atalayas de observación predilectas. Allí la actualidad, el futbol y la política son argumentos que acompañan el café de todos los días, allí el escritor se hacía  cercano y cálido para todo aquel que se le aproximaba a pedirle la firma de un ejemplar, o simplemente para escucharlo hablar. Por todo ello, por su obra y para enmarcar su trascendencia humana en el momento de la despedida, sus restos fueron velados en el propio Congreso Nacional de la capital montevideana.

En la voz del propio escritor, su relato El viaje:

La frase

«El sexo no te liga por fuerza a unos mandamientos ideológicos. El único compromiso que asumo por mi condición, es el de defender el derecho de cualquier mujer a ser lo que le plazca y pensar lo que quiera»  Elvira Lindo )

A propósito de Gao Xingjian

La sola mención de su nombre no le aportará mucha más información al lego; pero el escritor chino (1940- ) tiene su espacio propio bien ganado en el acotado mundo de las letras.

Originario de Guangzhou su primera aproximación a la literatura la hizo como traductor de francés, idioma que el oriental había aprendido en la Universidad de Pekín. Años después fue contratado por el Teatro Popular de las Artes de la ciudad capital, de esta época datan las primeras publicaciones de sus piezas teatrales, La señal de alarma y La estación de autobuses. Obras con las que cosechó cierto reconocimiento y también la censura de las autoridades, quienes no dudaron en acusarle de ser un “intoxicador cultural” y con ello, le penalizaron con la prohibición de la representación de las mismas.

A partir de ese hecho los caminos se terminaron de bifurcar para Xingjian, sólo le quedaban dos opciones, el silencio o el exilio. Su decisión le llevó a trasladarse a París, ciudad donde dio a conocer sus escritos en forma de cuento y además sus novelas El libro de un hombre solo, Una caña de pescar para el abuelo y quizás su mayor logro hasta el presente, La montaña del alma, las que a partir de ese momento comenzaron a ser traducidas a varios idiomas.

Finalmente en el año 2000 y cuando menos lo esperaba, le fue concedido el premio Nobel de Literatura por el conjunto de su obra. A la lógica repercusión mundial por la obtención del galardón le siguieron la manifiesta ignorancia de los máximos jerarcas de su país, quienes acusaron a la academia sueca de atacarles con una distinción que juzgaron tenía mucho de carga política y poco de reconocimiento a la calidad literaria de su compatriota.

Para apreciar sus dotes de escritor, nada mejor que el texto completo de su relato El calambre:

“Un calambre. Le ha dado un calambre en el estómago. Pensaba llegar nadando más lejos, cómo no, pero a cosa de un kilómetro de la orilla ha sentido un calambre en el estómago. Al principio lo creyó simple dolor de estómago, un dolor que se le pasaría con el simple movimiento, pero la tensión que sentía en el abdomen iba a más y al final dejó de avanzar. Se palpa el estómago, y al notar el bulto duro en la parte derecha comprende que se trata de una contracción muscular debida al contacto con el agua fría. No había hecho suficiente ejercicio antes de entrar en el agua. Después de cenar había ido solo a la playa desde el pequeño edificio blanco que albergaba la casa de huéspedes. Estaban en otoño, hacía viento y era raro que alguien se bañase al atardecer, a hora en que la gente conversaba o jugaba a las cartas. De lo hombres y mujeres que abarrotaran la playa tumbados en la arena al mediodía sólo quedaban cinco o seis, entretenidos en jugar al voleibol: una joven con bañador rojo, y el resto, muchachos con bañadores aún empapados que acababan de salir del agua, incapaces quizá de soportar el gélido mar de otoño. En toda la costa no había un solo bañista metido en el agua. Había entrado derecho en el mar, sin echar una mirada atrás, confiado en que la muchacha lo seguiría con la vista. Pero ahora ya no puede verlos. Da la vuelta y se pone de cara al sol, un sol que desciende allende los montes y está por ocultarse detrás de la colina donde se halla el mirador de la casa de reposo. El fulgor amarillo de los últimos rayos del sol poniente le hiere la vista, y el continuo vaivén de las aguas o la luz que recibe de frente le impiden distinguir con claridad cuanto se halla por debajo de la silueta del mirador en forma de quiosco situado en lo alto de la colina, las copas borrosas de los árboles que flanquean el camino costanero o el piso segundo de la casa de reposo, semejante a un barco. ¿Estarán aún jugando al voleibol? Patalea en el agua.

Todo es, a su alrededor, oleaje blanco y rumor profundo de mar verde sombrío; no hay una sola barca de pesca. Se pone boca arriba, sostenido por las olas, y entre las crestas cenicientas distingue, muy a lo lejos, un punto negro; mas cada vez que se hunde en el valle de una ola no ve siquiera la superficie, pues el agua es un talud negro más brillante que le satén. La contracción muscular es cada vez más intensa. Flotar boca arriba le permite friccionarse con la mano derecha el bulto duro del estómago, y el dolor se atenúa. Al frente y por encima de la coronilla, aun costado, hay una nube como la pelusa; y el viento allá arriba debe soplar con más fuerza.

Pero flotar a la deriva de esta manera, a merced del oleaje, suspendido un instante para caer al siguiente entre las crestas de las olas, no sirve de nada; ha de nadar a la orilla sin perder más tiempo. Vuelto a la posición normal, lanza las piernas con fuerza, y logra superar el viento y las olas y adquirir cierta velocidad; pero el estómago, aliviado apenas de su tensión, comienza a dolerle de nuevo, y esta vez el dolor es tan agudo, que siente la rigidez que atenaza toda la parte derecha del abdomen, y también como se hunde. Todo cuanto ve es el verde sombrío del mar, su extraordinaria nitidez, y la gran calma que sólo altera el rosario de burbujas apremiantes que el produce al respirar. Logra sacar la cabeza, abriendo y cerrando los párpados para quitarse el agua de las pestañas. Aún no se ve la línea de costa. El sol ya se ha puesto, y el cielo resplandece en tintes rosados sobre la colina que sube y baja. ¿Estarán aún jugando al voleibol? Y la muchacha y ese bañador rojo que es el origen de todo. Se hunde de nuevo, y el dolor lo obliga a encogerse el estómago. Da de inmediato un par de brazadas, y cuando al fin logra tomar aire, traga agua, una bocanada de mar áspera y salada; tose, es como si le clavasen agujas en el estómago. Tiene que ponerse de nuevo boca arriba, tumbado en el agua con las los brazos y las piernas abiertos, y el dolor se atenúa en cuanto logra relajarse un poco.

El cielo que lo cubre se ha tornado lóbrego y ceniciento. ¿Estarán aún jugando al voleibol? Ellos son lo más importante; ¿lo habrá visto la muchacha del bañador rojo adentrarse en el agua? ¿Estarán oteando el mar? El punto negro situado a su espalda sobre la superficie negruzca, ¿es una barquita, o algún artilugio flotante que se ha soltado de sus amarras? Pero ¿a quién puede importarle su paradero? En ese instante no cuenta más que consigo mismo. Puede gritar, pero frente a él tiene el estruendo monótono, incesante del oleaje, un estruendo que lo sume en la mayor de las soledades que ha conocido. Su ánimo flaquea, pero enseguida recobra el dominio de sí mismo, y al instante una corriente helada lo atraviesa de la cabeza a los pies y lo arrastra irremediablemente. El cuerpo ladeado, bracea con la mano izquierda y se cubre el estómago con la derecha, en el momento en que, sin dejar de friccionarse, mueve las piernas, siente aún el dolor, pero ahora es soportable. Comprende que sólo puede escapar de la corriente fría con la fuerza de sus piernas, y que su única salvación es aguantar como sea, aguantar todo, por inaguantable que le parezca. No debe pensar en la gravedad de la situación, pues por más especulaciones que haga, lo cierto es que sufre una contracción de los músculos del abdomen y se halla en aguas profundas, aun kilómetro de la orilla. En realidad no sabe si se halla o no a un kilómetro de distancia, pero tiene la sensación de que su deriva es paralela a la línea de la costa. A fuerza de piernas logra, al fin, contrarrestar el ímpetu de la corriente fría; más ahora tiene que luchar por salir de ella, si no quiere correr en un instante la misma suerte que el punto negro flotante sobre las olas, engullido por el lóbrego mar. Tiene que aguantar el dolor, mantener la calma, mover las piernas con fuerza; no puede aflojar lo más mínimo, y menos aún ponerse nervioso; tiene que coordinar a la perfección el movimiento de piernas con la respiración y las fricciones; no puede dejarse invadir por ningún otro pensamiento, permitirse el menor atisbo de pánico.

El sol se ha puesto muy deprisa, el mar está sumido en las sombras y ya no alcanza a ver las luces de la orilla; ni siquiera distingue la costa, la curvatura de la colina. De pronto, su pie tropieza con algo, y con el sobresalto siente una convulsión, un dolor lacerante en el bajo vientre; mece con suavidad la pierna y advierte la escocedura en forma de círculo del tobillo: ha tropezado con los tentáculos de una medusa. Allí está, bajo el agua, la redondez blanca y grisácea de la criatura, como un paraguas abierto de bordes labiados ondeantes y membranosos. Podría aferrarla con la mano, arrancar la boca en que convergen los tentáculos.

En los últimos días había aprendido de los niños de la costa a cazar y a sazonar medusas. Bajo el alféizar de la ventana de su cuarto de la casa de huéspedes ya había majado con una piedra siete medusas a las que antes había arrancado la boca y untado con sal; una vez secas, se convertirían en unos pocos pellejos apergaminados. Y ahora él también corría el riesgo de convertirse en un simple pellejo, un cadáver que ni siquiera llegaría flotando a la costa. Mejor dejarla vivir en paz. Crece, con ello, su ansia de vida; ya no volverá a cazar medusas, y si logra llegar a la costa, tampoco volverá a bañarse en el mar. Mueve las piernas con energía, apretando el abdomen con la mano derecha; no debe dar rienda suelta sus pensamientos, tan sólo ha de concentrarse en el ritmo regular de sus piernas. Ve el brillo de las estrellas, su resplandor maravilloso, y eso significa que se dirige justamente en dirección a la costa. El bulto duro del estómago ya ha desaparecido, pero él, con infinita cautela, sigue friccionando, aunque con ello demore su avance…

Cuando llega a la orilla y sale del agua, en la playa no hay un alma y la marea está alta. Es esta marea la que le ha ayudado, piensa, mientras su cuerpo desnudo expuesto al viento tiembla con un frío más intenso que el que sentía cuando estaba en el agua. Se tumba boca abajo en la playa, pero la arena tampoco está tibia. Cuando al fin se incorpora, echa a correr: tiene prisa por anunciar al mundo que acaba de escapar de la muerte.

En el vestíbulo de la casa de huéspedes todos siguen jugando a las cartas; los mismos tertulianos de antes siguen escrutando la cara del adversario o la propia jugada, y ni uno solo hace el menor ademán de levantar la cabeza para dirigirle una mirada. Vuelve a su cuarto, pero su compañero no está; estará de cháchara en algunas de las habitaciones vecinas. Mientras coge su toalla del reborde de la ventana es consciente de que las medusas majadas con una piedra y untadas con sal que hay rezumando agua. Al fin se cambia de ropa, se calza los zapatos, para llevar los pies calientes, y vuelve solo a la playa.

El estruendo del oleaje. El viento es más recio; las olas blancas y grises se suceden impetuosamente y al restallar en la orilla desparraman sobre la playa sus aguas negras. Una ola que no logra esquivar a tiempo le empapa los zapatos, y alejado un corto trecho de la orilla echa a andar por la playa sumida en la oscuridad, vacía de estrellas. Al rato oye voces, voces de hombres y mujeres que hablan, y distingue tres sombras. Se detiene. Van en dos bicicletas y en la parrilla trasera de una de ellas hay sentada una muchacha de cabello largo. Las ruedas se hunden en la arena y las sombras que conducen parecen hace un gran esfuerzo. Los tres no cesan de hablar y reír; la voz de la muchacha que va sentada en la parrilla es especialmente alegre. Se detienen delante de él, afirman las bicicletas sobre los caballetes y uno de los jóvenes entrega a la muchacha la gran bolsa que carga en la parrilla. Los dos jóvenes empiezan a desvestirse, dejando al descubierto su extrema delgadez, y una vez desnudos agitan los brazos y saltan y gritan sobre la playa.

-¡Qué frío, qué frío!- gritan, mientras la muchacha ríe inconteniblemente, como si le estuviesen haciendo cosquillas.

-¿Queréis beber ahora?- pregunta la sombre de ella desde el costado de las bicicletas.

Vuelven, cogen la botella de licor que ella tiene en sus manos, beben a morro por turnos, la devuelven y corren hacia el mar.

-Aaah, aaah…

-Aaah…

Restalla el oleaje, la marea sigue creciendo.

-¡Volved pronto!- grita la muchacha con voz aguda.

La única respuesta es el embate de las olas.

El débil reflejo del agua que fluye sobre la playa le permite ver el par de muletas en que se apoya la muchacha erguida junto a las bicicletas”.    

 

La frase

«En las redes sociales es tan fácil añadir amigos o borrarlos que no necesitas habilidades sociales. Estas las desarrollas cuando estás en la calle, o vas a tu centro de trabajo, y te encuentras con gente con las que tienes que tener una interacción razonable. Ahí tienes que enfrentarte a las dificultades e involucrarte en un diálogo»  ( Zygmunt Bauman )

Manuel Rivas, el periodismo literario

La existencia que nos envuelve y su fecundidad se manifiestan con los elementos suficientes para oficiar de disparadores de nuestras historias literarias. Así lo asevera la escritora Marilynne Robinson, cuando advierte que “Los escritores no necesitan hacer lo que se esperaba  de ellos una y otra vez, ya que la realidad les podía servir de correctivo…”.

Es evidente que el escritor gallego Manuel Rivas (La Coruña, 1957) toma a pie juntillas los conceptos de la autora estadounidense cuando, fruto de sus experiencias como reportero gráfico, no duda en echar mano de la fuente de las crónicas de sucesos para ir hilvanando sus relatos. Bien es cierto que el coruñés ya había saltado a la arena literaria con éxito a través de El periodismo es un cuento,  compilación de historias breves que se acaban de reeditar en una impresión ampliada.

Otro de los reconocidos padres contemporáneos del periodismo, el neoyorquino Gay Talese, manifiesta que “La motivación del periodismo ha de ser la agresiva persecución de la verdad”. Pues Rivas no sólo se aboca a ello sino que se deja llevar por los acontecimientos a caballo de su escritura  vertiginosa, para transportarnos a ámbitos que van desde los campesinos de la frondosa selva de Colombia, hablarnos de la dureza de los trabajadores de la mar en Galicia, hasta topar con los intelectuales que trabajan de taxistas en la rumana Bucarest. Sus historias se encuentran cargadas de veracidad mientras subyace el eterno conflicto de la condición humana; con la suficiente acometida de vindicación y de sensibilidad que difícilmente dejen indiferente a quien acometa con su lectura.

Para saborear el fruto de su pluma nada más atinado que un pasaje incluido en el relato Nosotras, diosas y esclavas, un bosquejo de la situación de la mujer en la India:

“Uno de los olores que le gustan a Gulab es el de la sal.

Y el tacto.

Porque es suave y áspera a la vez.

Gulab es una muchacha, tiene dieciséis años, pero una voz que va más allá, como de otro tiempo. En silencio, al lado de su madre, ambas sentadas, las manos cogidas, parece una niña que vive un momento especial de reencuentro familiar. También el lugar es especial. El aula del instituto público de Mudigubba, en la zona rural de Anantapur. Un edificio modesto, en la soledad de un descampado próximo a la carretera, con un patio de tierra endurecida, agrietada, donde algunos árboles mantienen una posición heroica de reclutas de sombra, con sus hojas contadas. Los pupitres son de piedra de pizarra. A Gulab también le gusta esa textura fresca. En toda su modestia; el lugar tiene el aura de un lugar querido.

Nosotros estamos sentados en la posición de los alumnos. Algunos, chicos y chicas, asoman con discreción por las pocas ventanas abiertas, pues hay que mantener el sol a raya. La mayoría ha ido a comer. Gulab y su madre Asmarthbee, de cuarenta y ocho años, están sentadas en el lugar que normalmente ocuparía la persona que impartiera clase. Y es ahí, cuando habla, cuando su presencia se transforma. Crece. Deja de tener el tamaño de una niña. Gulab es ciega de nacimiento. Gran parte de su cara está afectada por un gran tumor. Es un rostro en el que predomina la pincelada sobre la línea. Ella vela con un paño, por momentos, esa parte. Viste con gusto. Se toma mucho interés por su ropa. Su estilo, sus colores. Se despierta muy temprano, hacia las cinco de la mañana, para lavarse y arreglarse. Pero lo que al final le interesa, lo que centra su presencia, es lo que dice, lo que quiere expresar. Es la voz de una mujer sabia. Ha vivido y sentido cosas que no están a nuestro alcance. Ha convertido sus problemas en valores.

Hace unos años, pocos, las niñas ciegas como Gulab no tenían ningún futuro. No por sí mismas. La educación era inviable en castas y lugares marginados. Con Gulab había un condicionante añadido. Un rechazo por su aspecto físico. La palabra que más oía a su alrededor era <¡Monstruo!>. Y desde pequeña tuvo que asimilar que ella era la destinataria de eso terrible que oía. En este caso, la familia fue decisiva. Su madre es costurera. A Gulab le gustaba mucho oír el canto mecánico de la Singer, un contacto entre la madre y ella. Y la radio. Le apasiona la radio. Y todas las músicas posibles. Y las voces de la naturaleza. El viento. La lluvia. Hay tantos vientos como instrumentos musicales. Y la lluvia tiene sentimientos, puede venir triste o alegre. ¿Oír cuentos? No, prefiere las historias familiares. La memoria de las voces anónimas. Despierta con los gallos. Le entristece mucho oír el lamento de los perros.

Gulab tiene muy desarrollados los sentidos. También el de la vista, solo que ve hacia dentro. Puede reconstruir lo que le ha pasado. La experiencia inolvidable en la escuela de la fundación, que abrió los primeros centros con una pedagogía avanzada para las diferentes discapacidades. Allí conoció a Alba, una voluntaria catalana, ciega ella también de nacimiento. Había llegado a ser deportista de esquí sobre nieve. Pero a donde quería Alba, por encima de las altas montañas, era precisamente a la India. Y Gulab aprendió mucho con ella y con otras voluntarias. A distinguir los colores, por ejemplo. A cuidar de sí misma. A leer en Braille. Recuerda muy bien la primera vez que llegó allí y conoció a Vicente: no se le escapa una fecha. Era un sábado, el 11 de noviembre de 2000. Es un portento para las cifras (puede hacer operaciones complejas en segundos). Y las lenguas. Ese es su sueño. Ser profesora de idiomas. Las palabras la quieren. Se quedan siempre con ella. Aprender idiomas. Enseñarlos. Traducirlos. Transmigrarlos.

Todo iba bien para Gulab. Después de estudiar en el centro de la Fundación, le siguiente paso era ir, con una beca, a un instituto de alta calidad educativa. En la gran ciudad de Hyderabad. Junto con Bangalore, centro también de innovación tecnológica, espejos de la India emergente. Gulab reunía todas las condiciones y más. Lo que nunca se imaginó es que sería rechazada por su aspecto. La dirección alegó que la presencia física de Gulab tendría efectos negativos en los otros estudiantes. Otra vez resonaba el estigma de la infancia: <¡Monstruo!>.

Su voz es muy especial. Es una voz que parece contener toda la musculatura humana de la historia. Ya cambiando su cuerpo. Su rostro es bello, de una belleza convulsa. No puedo dejar de pensar en la historia de Joseph Merrick, aquel ser extremadamente sensible, marginado, que inspiraría ‘El hombre elefante` de David Lynch.

Al principio a Gulab se le vino el mundo abajo.

Hubo una gran campaña de solidaridad. Y Gulab adquirió fuerza, se rebeló contra aquella injusticia. Le ofrecieron una especie de acuerdo solapado. Podría ir a Hyderabad, tal vez a otro sitio de educación especial.

Gulab sorprendió a todos. O a casi todos. No aceptaba ese parche. Se iría a su tierra, a un instituto público normal. Y allí está. Con una calificación de 329 puntos sobre 500. No se le escapa una cifra.

Le pregunto si admira a algún personaje histórico. Esas preguntas se hacen por preguntar. Y me responde de inmediato:

Durgabai Deshmukh.

¿Quién es Durgabai? Una luchadora.

Cuando me documento, me encuentro con un personaje extraordinario. Una niña de Andhra Pradesh a la que obligaron a casarse con ocho años. Pero se liberó de las ataduras muy pronto. A los doce años recogía fondos para la lucha independentista de la India y se encontró de frente con Gandhi. Estuvo en prisión en tres ocasiones. Puso en marcha el Andhra Mahila Sabha, una red vanguardista de asistencia social. Prestó especial atención a la educación de la infancia con discapacidades, empezando por la ceguera. Tenía el don de la palabra. Fue premio espacial de la Unesco.

Pero antes, en su época de activista por la libertad de la India, participó en la célebre ‘marcha de la sal`, en 1930. Al principio ridiculizaron a Gandhi por esta iniciativa. Pero cuando cientos de miles de personas hacia la costa y las salinas para coger un puñado de sal prohibida, ese día el Imperio británico supo que iba a perder la India. Por un puñado de sal”.

                                                             

La frase

«El impulso de un novelista y el de un escritor de diarios personales no son muy distintos. Al fin y al cabo ‘yo` es el personaje desconocido que uno tiene más a mano. ‘Yo` es, ante todo,  un recurso narrativo; (ya que) cada uno de nosotros alberga un secreto que él mismo ignora»  Salvador Pániker )

Carmen Balcells, el adiós a «Mama Grande»

Días atrás tuvo lugar un sentido homenaje a la figura de la agente literaria y a lo que ella significaba. Y es que la propietaria de la agencia con mayúsculas de las letras españolas y latinoamericanas (1930 – 2015) dejó un importante legado cultural, y además la huella de su personalidad a lo largo de su existencia, que le llevó a ser bautizada cariñosamente por muchos de sus representados como “Mamá Grande”.

Trabajo, perseverancia y una gran visión fueron los elementos con los que construyó su nombre, de lo que los anglosajones definirían como una self made woman. Características con las que tuvo la tutela de las obras de escritores de la talla de Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Isabel Allende, José Donoso, Eduardo Mendoza o Juan Marsé, por nombrar sólo algunos, y que la llevaron a jerarquizar el desempeño del agente literario.

Nada Carmen Balcells (blog.derrama.org.pe)mejor para señalarla que sus propias palabras vertidas en el momento de su nombramiento como Doctora Honoris Causa de la Universidad Autónoma de Barcelona: “Por un lado, soy corpórea, terrenal, práctica, apasionada, exigente, generosa, y por el otro, irracional, generadora inconsciente del mito que acompaña mi vida de heroína de leyendas míticas. He sido, por tanto, agente con licencia para matar, sí, pero en realidad sólo con el deseo interior de ser Alicia en el país de las maravillas o una princesa medieval, y he derramado lágrimas en las batallas, he regado maravillas con guaraná y risotto, he querido a los autores sin cámaras ni micrófonos, y he evadido miedos con mil rosas literarias”.  Pensamiento que la definirá para la posteridad, y que de manera acertada fue incluido en el programa del acto “Memorial Balcells”, celebrado el pasado doce de enero, en el Palacio de la Música Catalana de la ciudad de mediterránea.

El aporte de su agencia para el progreso de las letras es considerado de tal magnitud, que el fruto de sus años de labor hasta el presente fue adquirido por el propio Ministerio de Cultura, cuando fue considerado como bien erudito español.

Luego  de su deceso otra de sus vástagos adoptivos, en este caso la brasilera Nélida Piñón, escribió unas sentidas palabras dedicadas a quien fuera su representante durante cuarenta años: “Allá donde fuera Carmen Balcells, tenía como precepto ordenar el mundo y los afectos. Por eso eligió con valentía a esta escriba brasileña, habitante del otro lado del Atlántico, para ser su amiga fiel. A ella confió memorias secretas, confidencias conmovedoras, el repertorio de una vida única, singular…”, para cerrar luego “La mortalidad es funesta y nada puedo hacer. Pero para mí, amada amiga, tú eres inmortal. Descansa en paz, ‘Carmencita do meu coraçao`”.