Las confesiones terrenales de Nélida Piñon

La escritora brasileña (Rio de Janeiro, 1937) es autora entre otras de El calor de las cosas, La dulce canción de Cayetana; Aprendiz de Homero o La república de los sueños. Obras, en particular la última mencionada, en las que el peso y la importancia que le asigna a sus raíces gallegas se han visto reflejadas de una u otra manera.

Galardonada con los premios Juan Rulfo, el Menéndez y Pelayo o el Príncipe de Asturias de las Letras, en su último trabajo La épica del corazón da lugar a las reflexiones que a modo de un “confieso que he vivido” llenan las páginas del escrito. Las suyas son además unas historias que subyacen dentro de otras, donde obliga al lector a posicionarse de una manera activa respecto de sus textos, ya que a la Piñón le encanta recrearse con lo oculto en sus relatos.

En un juego de certezas y de dudas, de reflexiones y confesiones, de sombras y afirmaciones, la brasileña va desgranando las fragmentadas sensaciones que guarda de su presente terrenal. Siempre con una proposición donde lo lúdico y lo literario van de la mano, fruto de su concepto para con las narraciones cuando afirma en esa dirección, “La claridad excesiva empobrece al texto. Por ello me gusta una ligera oscuridad, siempre que no impida el entendimiento”.

Pero el lector no debe temer a la apuesta de proposiciones que hace la autora sólo aceptarlas de manera obediente, y dejarse transportar por la calidez y la fuerza de los escritos de la creadora carioca.

Del relato La épica del corazón el siguiente pasaje:

“Sigo el camino pavimentado por el arte y lucho contra el olvido de apretar el botón de la memoria. Ungida por el misterio humano, fertilizo la imaginación y los recursos narrativos. Con tales bienes, circulo por los universos urbanos y rurales, por las arquitecturas imaginarias, que son partículas verbales al servicio de la creación literaria. Juzgo al verbo apto para definir al mundo.

Como escritora, doy vida a los residuos que llevo dentro y me empeño en reforzar la escritura, que es la representación de mi existencia. Al amparo del arte de fabular, doy credibilidad al legado de los años y de la experiencia en un intento por redimensionar la historia de mis antepasados y mis contemporáneos.

Me afilié muy pronto a los recuerdos que están al margen del mundo. Algunos, enterrados, emergen de repente, sangrientos y amorosos, y adquieren aliento. Cargan en sí mismos el misterio que a veces es un fardo, por cuanto esas memorias de los hombres reflejan, en conjunto, la civilización construida en medio del desconsuelo y la esperanza. Todos los recuerdos son restos mortales que vale la pena salvar.

Entiendo la historia como un patrimonio universal. Narra quienes somos. Para ello, echa mano de la intriga con la que llamar la atención. Dicha artimaña, aparte de cualquier consideración moral, es el sustentáculo para la convivencia humana, que depende de ella para seguir interesándose por los vivos y los muertos. La fábula, sin embargo, que solo narra por la mitad, es la ópera inconclusa que contiene nuestro drama.

Así pues, dudo de cómo alcanzar la plenitud narrativa si formamos un mosaico asimétrico que, visto de cerca, deforma el semblante. Y ¿cómo vamos a confiar en la eficacia de cualquier relato si el rastro que dejamos caer al suelo en forma de grano, y que servirá de base para una historia, pronto lo engullen las aces de san Francisco?

El asombro se apodera de mí con frecuencia. Las frases que proceden de tal estado parecen cascajos que desentierro como si sacase a la superficie restos de la ciudad de Troya. Apuesto, entonces, por el universo que el tiempo a cubierto y del que nos hemos alejado por creer que ya no existe. De ahí que celebre apasionada las culturas que la modernidad ha asfixiado, pero de las que también me he originado. Son ellas las que me llevan a deambular por el mundo teniendo al verbo y la imaginación por atributos…”  

La frase

         «No se puede gobernar con la pura coerción, hacen falta (consensos) fuerzas ficticias»                                                                                                                                    ( Paul Valéry )

A un siglo de la Revolución bolchevique

Se conmemoran los cien años de la Revolución bolchevique en Rusia; un hecho histórico que conmocionó los estamentos del estado zarista y se extendió mucho más allá de las fronteras que marcaban el entonces imperio de la dinastía de los Romanov.  Su importancia fue tal, que en el presente del mayor país del mundo se encuentran aún nostálgicos de los que se denominaron el viejo (monárquicos) y el nuevo régimen (revolucionarios). Coincidiendo con ello cantidad de ensayos de todo tipo han sido publicados, y son más aún los que verán la luz en los meses venideros.   

El siguiente artículo -del diario El Periódico de Barcelona, España- nos ilustra bien al respecto:

La biblioteca de la revolución

Repasamos 18 títulos, clásicos o con nuevos enfoques, en el centenario de la Revolución de Octubre                                                                                                                                          Ernest Alós

El 7 de noviembre de 1917 (25 de octubre en el calendario juliano vigente entonces en Rusia) los bolcheviques tomaban el Palacio de Invierno. En el centenario del inicio de la revolución de octubre, repasamos la oferta editorial disponible para entender ese episodio y su impacto a lo largo del siglo XX.

El historiador Julián Casanova, autor de uno de los títulos más recientes, lamenta que aún no estén disponibles en castellano la mayoría de los estudios de referencia que componen “toda la reciente historiografía” que ha incorporado nuevos enfoques sobre “identidades de clase, étnicas y religiosas” al estudio de revolución, con autores como Christopher Reade, S. A. Smith, Peter Holquist o Rex Wade. Aun así, sobre la mesa tenemos títulos recientes que intentan plantear el estado actual de la cuestión (o enlazar la historia de la URSS con la actual Rusia de Putin) como reediciones de clásicos que responden a la evolución de la historiografía de la revolución, que el propio Casanova define en un recomendable artículo en la revista ‘Historia social’, ‘Viejos y nuevos relatos sobre las revoluciones de 1917’, disponible en internet.

Tras años de polarización entre la ortodoxia marxista que sacralizaba la gloriosa revolución, el liderazgo de Lenin y el papel de vanguardia del proletariado del partido y la visión conservadora que ve en la revolución un golpe de estado que arruina violentamente una posible y deseable democracia parlamentaria, la caída del muro y la apertura de los archivos soviéticos consolida una serie de obras de referencia desde el punto de vista de la historia social y cultura (Figes) o de un liberalismo triunfante (Pipes, Service). Hoy, según un autor como McMeekin, es posible “un nuevo giro” que permita analizar la revolución “más desapasionadamente”. Aunque los resultados evidentemente sean diversos, en opinión de Casanova, las últimas aproximaciones se caracterizan por varias tendencias coincidentes: la incorporación de las identidades de género, religión, sociales y culturales más allá de las categorías de clase, el ya inexcusable rechazo a la violencia, el encaje en un “continuum de crisis” como mínimo de 1914 a 1921 y el papel clave de la guerra mundial como elemento detonante de la crisis.

LA REVOLUCIÓN RUSA (1891-1924). Orlando Figes (Edhasa)

Publicada en el año 1995, la monumental obra de Orlando Figes, subtitulada La tragedia de un pueblo, se ha convertido en un clásico. Figes sitúa el inicio de la crisis revolucionaria en la hambruna de 1891 y finaliza con la muerte de Lenin. Planteada tanto como una historia cultural como relato de un «conjunto complejo de diferentes revoluciones», considera que el «fracaso democrático de Rusia» no era inevitable pero estaba enraizado en la historia rusa.

LA VENGANZA DE LOS SIERVOS. Julián Casanova. Crítica

Julián Casanova, que ya asumió con éxito un desafío similar con la guerra civil española, se plantea el reto de sintetizar los hechos en 200 páginas al mismo tiempo que captar los nuevos enfoques de clase, género o étnicos. Se plantea explicar “por qué las diferentes formas de socialismo, moderado o radical, fueron tan atractivas y esperanzadoras para millones de obreros, soldados y campesinos”. Su enfoque es de un “conjunto de revoluciones simultáneas y superpuestas”, desde la de febrero hasta la de octubre de 1917, sin olvidar el golpe de enero de 1918 en que los sóviets liquidan la asamblea constituyente surgida de unas elecciones que los bolcheviques perdieron.

NUEVA HISTORIA DE LA REVOLUCIÓN RUSA. Sean McMeekin. Taurus

McMeekin rechaza en esta reciente obra reciente el marco conceptual marxista, “de la idea de la lucha de clases entre proletarios y capitalistas a la evolución dialéctica entre una revolución burguesa hasta una socialista”. En su opinión, el impacto de la guerra y el apoyo alemán a los bolcheviques fue “más significativo” que cualquier doctrina política o análisis de la situación económica de Rusia. El historiador norteamericano lamenta la “gran tragedia de los liberales rusos”, sostiene que el derrumbamiento del régimen no era “en absoluto inevitable” y se posiciona contra el revival socialista en su país. “Si algo nos han enseñado los últimos cien años es que debemos reforzar nuestras defensas y resistir a los profetas armados que prometen el perfeccionamiento social“.

OCTUBRE. China Miéville. Akal

El escritor de novela fantástica y dirigente del trostkismo británico China Miéville se inscribe en la tradición de glorificar la revolución de octubre y achacar sus posteriores “fracasos y crímenes” a la “degradación despótica” de Stalin. Citando a Óssip Mandelstam, “lo que podría haber sido un amanecer se convierte en un ocaso”. Posicionándose contra “cien años de toscos, antihistóricos, ignorantes y oportunistas ataques contra octubre”, sostiene que la revolución “merece celebrarse”. “Tomo partido, tengo mis villanos y mis héroes”, confiesa. Entre los primeros, el “liberalismo ruso, débil y presto a hacer causa común junto a la reacción”.

BREVE HISTORIA DE LA REVOLUCIÓN RUSA. Mira Milosevich (Galaxia Gutenberg)

La politóloga serba instalada en Madrid, investigadora del Instituto Elcano, enlaza la revolución como parte de “un ciclo” aún no finalizado, que tiene aún continuidad en la “mezcla de modelos zaristas y comunistas” de la Rusia de Putin. Contra el “mito de la revolución proletaria” define la de octubre como un “golpe de Estado por un grupo minoritario del que emergería el sistema soviético con su recurso al terror permanente”.

LA REVOLUCIÓN RUSA. Richard Pipes (Debate)

Esta obra de 1992 de Pipes, asesor de la Administración Reagan, se traduce por primera vez al castellano. Réplica a la historia social marxista, considera un mito que el zar fuese destronado por una revolución popular en febrero, considera la revolución bolchevique de octubre como un golpe de Estado clásico y atribuye un papel central no a fuerzas sociales o a un malestar popular sino a la explotación de este, y la violencia del campesinado,  pora las intrigas de la intelligentsia.

ENTRE DOS OCTUBRES. Francisco Veiga, Pablo Martín y Juan Sánchez Monroe (Alianza)

Los tres autores defiende la necesidad de que la revolución sea “repensada” lejos tanto de las “visiones reduccionistas de la propaganda oficial soviética” como de la “historiografía comercial anglosajona” en que encuadran a Figes. Su planteamiento: incluir 1917 entre las  “revoluciones de la Belle Époque”, de 1868 a 1917, dar relevancia al factor militar, analizar las decisiones de los revolucionarios basadas menos “en la teoría política que en la improvisación”, valorar la importancia de la contrarrevolución y considerar como asunto central no cómo los bolcheviques tomaron el poder sino “cómo lo mantuvieron”.

LA REVOLUCIÓN RUSA. UNA HISTORIA DEL PUEBLO. Neil Faulkner. Pasado & Presente

El arqueólogo y militante trostkista británico Neil Faulkner pretende «honrar el centenario de la revolución» describiéndola como «la experiencia viva de una democracia de masas y de un levantamiento popular». Faulkner defiende tres tesis básicas: Lenin era un demócrata, la revolución respondió a un movimiento popular participativo y el estalinismo fue un movimiento contrarrevolucionario, el «más sanguinario de la historia».

EL GRAN MIEDO. James Harris. Crítica

Centrado en las grandes purgas de Stalin entre 1937 y 1938, cuando en realidad “no existía ninguna amenaza significativa”, explica el uso de la violencia en el marco del conjunto de la revolución. “Los bolcheviques habían llegado al poder en 1917, en medio de la gran guerra, la ocupación alemana, las deserciones en masa y el desorden social generalizado”, rodeados de peligros que entonces eran muy reales y generaron un sistema de recogida de información y represión que acabó creando “una relación disfuncional entre quienes recababan la información y los dirigentes soviéticos”. Según Harris, el gran terror fue la consecuencia de un “gran miedo”, una “sensación de vulnerabilidad” que es “simplista atribuir exclusivamente a un dictador psicópata o una ideología malvada”.

EL SIGLO DE LA REVOLUCIÓN. Josep Fontana. Crítica

Una visión global del siglo XX desde 1914. Una ampliación del punto de vista sobre la revolución de octubre que, dice Fontana, le interesa más por las reacciones que genera en todo el mundo que por sus resultados en forma de régimen vigente durante más de 70 años: el reformismo capitalista impulsado por el miedo al comunismo, la represión de las posibilidades de cambio para evitar su expansión y la gran ofensiva neoliberal tras su agotamiento.

HISTORIA DE RUSIA EN EL SIGLO XX. Robert Service. Crítica

Un punto de vista conservador, en un libro publicado originalmente en 1997, y vinculado al momento de la caída del sistema soviético. Criticado a menudo (sobre todo en su biografía sobre Trostky) de parcialidad y errores factuales, Service destaca la continuidad desde 1917 a 2991 de los ingredientes del comunismo soviético: «el centralismo político, la dictadura, la violencia, el monopolio ideológico, la manipulación nacional y la propiedad estatal».

LA SOMBRA DE OCTUBRE (1917-2017). Christian Laval y Pierre Dardot. Gedisa.

Los dos fundadores del grupo Question Marx en la Universidad de Paris Nanterre  sostienen que la popularidad de la ‘revolución bolchevique’, a la que ponen comillas, se debe a que se apropia del prestigio de los sóviets, un movimiento de consejos populares que consideran justo lo contrario de lo que representa el triunfo leninista. Frente al “verdadero impulso de 1917”, plantean, “·el destino de la revolución rusa en el siglo XX acabó siendo un desastre para las sociedades dirigidas por los partidos comunistas y, en general, para el movimiento obrero”, privando a la humanidad de “toda alternativa”

ANARQUISMO Y REVOLUCIÓN EN RUSIA. Carlos Taibo. Catarata

Los triunfantes bolcheviques se apropiaron de la narrativa de la revolución. Pero muchos otros movimientos revolucionarios (ampliamente mayoritarios aún en las elecciones de enero de 1918, por cierto) pasaron a figurar en el bando de los derrotados por la historia. Taibo rechaza la «vulgata liberal», «la mitología» bolchevique y la del nuevo nacionalismo ruso y reivindica a anarquistas, socialrevolucionarios y comités insumisos de soldados, obreros y campesinos.

VIATGE A LA RÚSSIA SOVIÈTICA Eduard Riu-Barrera. L’Avenç

Recopilación de los testimonios de intelectuales, políticos y periodistas catalanes que desde el triunfo de la revolución hasta los años 30 se sintieron atraídos por descubrir el nuevo modelo de sociedad soviética. Esta antología de textos incluye piezas del sindicalista Ángel Pestaña, los periodistas Josep Pla y Eugeni Xammar, políticos como  Joaquim Maurin, Andreu Nin, Rafael Campalans, Rafael Vidiella, Carles Pi i Sunyer, Antoni Rovira i Virgili y Josep Carner-Ribalta o el dibujante  Helios Gómez.

HISTORIA DE LA REVOLUCIÓN RUSA. León Trotsky (Capitán Swing)

Organizador de la revolución de octubre desde la presidencia del soviet de Petrogrado, responsable de la dirección del Ejército Rojo durante la guerra civil, Trotsky escribió su exhaustiva historia de la revolución, hasta la imposición de la dictadura soviética en 1918, en 1930, tras perder definitivamente el pulso por el poder con Stalin. Épica en primera persona, aunque el líder revolucionaria sostenga que “este trabajo no está basado precisamente en los recuerdos personales de su autor”. Su prosa se define en su rechazo a cualquier pretensión de objetividad, la “solapada imparcialidad que brinda la copa de la conciliación llena de posos de veneno revolucionario”.

EL TREN DE LENIN. Catherine Merridale. Crítica

Catherine Merridale retala el crucial viaje de Lenin en tren facilitado por el Gobierno alemán, que le permitió llegar desde su exilio suizo a tiempo de alterar el curso de la revolución y retirar a Rusia de la guerra contra Alemania. Aunque los papeles en que se fundamentaron las acusaciones contra Lenin de ser un espía a sueldo se ha confirmado que eran falsos, no lo es la evidencia de que el dinero del káiser fluyó generosamente en favor de los bolcheviques.

DIEZ DÍAS QUE CAMBIARON EL MUNDO / DEU DIES QUE TRASBALSAREN EL MUNDO. John Reed. Nórdica-Capitán Swing / Edicions de 1984

El relato fascinado por la figura imponente de Lenin que hizo el periodista estadounidense John Reed, inmerso en los hechos revolucionarios en San Petersburgo, es un clásico reeditado mil y una veces. Sin embargo, el centenario de la revolución de octubre ha propiciado dos reediciones con méritos especiales. La versión magníficamente ilustrada por Fernando Vicente y la recuperación de la inencontrable primera traducción al catalán del libro de Roser Berdagué.

CARTAS DESDE LA REVOLUCIÓN BOLCHEVIQUE. Jacques Sadoul. Turner

Un testimonio directo de la revolución bolchevique mucho menos conocido que el del periodista John Reed. En esos mismos días que conmovieron al mundo un capitán del Ejército francés analiza con agudez a los líderes bolcheviques y advierte de que su triunfo llevará a la retirada de Rusia de la guerra. La misión de Sadoul hasta 1918, apoyar los movimiento contrarrevolucionarios, desgarran a este futuro fundador de la Internacional Comunista.

Roberto Bolaño, su figura se agiganta en el tiempo

El escritor chileno (Santiago, 1953) falleció en Barcelona (2013) a los cincuenta años de edad. A partir de ese momento su figura de escritor y su obra no han parado de incrementarse en valoración, ironía del destino cuando el autor tuvo que emplearse en infinidad de trabajos de toda clase para poder mantener su existencia medianamente a flote.

Su imagen, entre ausente y un poco distraída, podría haber llegado a confundir al más desprevenido, pero nada más alejado de la realidad, ya que desde edad temprana supo tomar consciencia de todo lo que sucedía a su alrededor. La biografía del trasandino detalla que en el año 1968, a sus quince años,   tuvo que emigrar de Chile para buscar mejores horizontes en Méjico, momento en que el estado azteca vivía horas difíciles por las multitudinarias concentraciones estudiantiles en la plaza capitalina de Tlatelolco. Fueron manifestaciones que sacudieron los estamentos del país y que el ejército terminó disolviendo a sangre y fuego, con un número indeterminado (una cifra aún hoy incierta) de estudiantes muertos y heridos. Hechos luctuosos que conmocionaron al mundo y a un Bolaño aún adolescente.

Desde Méjico también siguió las alternativas en su tierra natal del dispar período de gobierno de Salvador Allende, quizás motivado por ello realizó la que fue una fugaz visita en el año 1973. Tan breve fue que, a dos semanas de su llegada, Chile vivió una de las páginas más sangrientas de su historia con el golpe militar encabezado por el general Pinochet del que el autor, no sin ayuda, pudo escapar por milagro.

De vuelta en el país norteamericano pudo dar un gran incentivo a sus escritos, pero sólo por unos pocos años, ya que emigró una vez más en 1977,  esta vez hacia la península ibérica, con Cataluña que,  por azar del destino, sería su último lugar terrenal de residencia. Ello le marcó la vuelta a los quehaceres de subsistencia, aunque esta vez y de forma paralela, pudo seguir ampliando sus horizontes literarios en poesía: Reinventar el amor; en el cuento: con las antologías Putas asesinas o Llamadas telefónicas; y la novela: La senda de los elefantes, Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce, La pista de hielo o su celebrada y premiada Los detectives salvajes.

Por todo ello y para apreciar una pequeña parte de su capacidad de autor, de su antología Llamadas telefónicas el relato Sensini, en el que hace un repaso de sus influencias más allá de rendir homenaje a muchos de sus autores admirados:

“…No sé qué fue lo que me impulsó a pedirle al Ayuntamiento de Alcoy la dirección de Sensini. Yo había leído una novela suya y algunos de sus cuentos en revistas latinoamericanas. La novela era de las que hacen lectores. Se llamaba ´Ugarte` y trataba sobre algunos momentos de la vida de Juan de Ugarte, burócrata en el Virreinato del Río de la Plata a finales del siglo XVIII. Algunos críticos, sobre todo españoles, la habían despachado diciendo que se trataba una especie de Kafka colonial, pero poro a poco la novela fue haciendo sus propios lectores y para cuando me encontré a Sensini en el libro de cuentos de Alcoy, ‘Ugarte` tenía repartidos en varios rincones de América y España unos pocos y fervorosos lectores, casi todos amigos o enemigos entre sí. Sensini, por descontado, tenía unos libros, publicados en Argentina o en editoriales españolas desaparecidas, y pertenecía a esa generación intermedia de escritores nacidos en los años veinte, después de Cortázar, Bioy, Sabato, Mujica Lainez, y cuyo exponente más conocido (al menos por entonces, al menos para mí) era Haroldo Conti, desaparecido en uno de los campos especiales de la dictadura de Videla y sus secuaces. De esta generación (aunque tal vez la palabra generación sea excesiva) quedaba poco, pero no por falta de brillantez o talento; seguidores de Roberto Arlt, periodistas y profesores y traductores, de alguna manera anunciaron lo que vendría a continuación, y lo anunciaron a su manera triste y escéptica que al final se los fue tragando a todos.

A mí me gustaban. En una época lejana de mi vida había leído las obras de teatro de Abelardo Castillo, los cuentos de Rodolfo Walsh (como Conti asesinado por la dictadura), los cuentos de Daniel Moyano, lecturas parciales y fragmentadas que ofrecían las revistas argentinas o mexicanas o cubanas, libros encontrados en las librerías de viejo del DF, antologías piratas de la literatura bonaerense, probablemente la mejor en lengua española de este siglo, literatura de la que ellos formaban parte y que no era ciertamente la de Borges o Cortázar y a la que no tardarían en dejar atrás Manuel Puig y Osvaldo Soriano, pero que ofrecía al lector textos compactos, inteligentes, que propiciaban la complicidad y la alegría. Mi favorito, de más está decirlo, era Sensini, y el hecho de alguna manera sangrante y de alguna manera halagador de encontrármelo en un concurso literario de provincias me impulsó a intentar establecer contacto con él, saludarlo, decirle cuánto lo quería.

Así pues, el Ayuntamiento de Alcoy no tardó en enviarme su dirección, vivía en Madrid, y una noche, después de cenar o comer o merendar, le escribí una larga carta en donde hablaba de ‘Ugarte`, de los otros cuentos suyos que había leído en revistas, de mí, de mi casa en las afueras de Girona, del concurso literario (me reía del ganador), de la situación política chilena y argentina (todavía estabn bien establecidas ambas dictaduras), de los cuentos de Walsh (que era el otro a quien más quería junto con Sensini, de la vida en España y de la vida en general. Contra lo que esperaba, recibí una carta suya apenas una semana después. Comenzaba dándome las gracias por la mía, decía que en efecto el Ayuntamiento de Alcoy también le había enviado a él el libro con los cuentos galardonados pero que, al contrario que yo, él no había encontrado tiempo (aunque después, cuando volvía de forma sesgada sobre el mismo tema, decía que no había encontrado ‘ánimo suficiente`) para repasar el relato ganador y los accésits, aunque en estos días se había leído el mío y lo había encontrado de calidad, <un cuento de primer orden>, decía, conservo la carta, y al mismo tiempo me instaba a perseverar, pero no, como al principio entendí, a perseverar en la escritura sino a perseverar en los concursos, algo que él, me aseguraba, también haría. Acto seguido pasaba a preguntarme por los certámenes literarios que se <avizoraban en el horizonte>, encomiándome que apenas supiera de uno se lo hiciera saber en el acto. En contrapartida me adjuntaba las señas de dos concursos de relatos, uno en Plasencia y el otro en Écija, de veinticinco mil y treinta mil pesetas respectivamente, cuyas bases según pude comprobar más tarde extraía de periódicos y revistas madrileñas cuya sola existencia era un crimen o un milagro, depende. Ambos concursos aún estaban a mi alcance y Sensini terminaba su carta de manera más bien entusiasta, como si ambos estuviéramos en la línea de salida de una carrera interminable, amén de dura y sin sentido. <Valor y a trabajar>, decía…”

La frase

«La literatura es una forma de defenderse de toda la violencia que se abate sobre nosotros. Uno se defiende a golpe de teclado, eso no significa que sea un manual literario aplicable a la poética de todos los escritores o que sean grandes verdades literarias, son respuestas parciales sobre circunstancias concretas»  ( Antonio Ortuño )

Confesora de Alá, Saphia Azzeddine

En los tiempos que corren es extendida la creencia que ser mujer y de religión musulmana es sinónimo de opresión. Para algunos, es un tópico que se  alimenta de la ignorancia, para otros, una realidad que se manifiesta a cada paso en cualquier país que tenga a Alá por su único dios. Para Azzedine, nacida en Agadir, Marruecos, aunque con crianza y residencia en Francia, es una idea que se alimenta de ciertos preconceptos, ya que puede haber mujeres que se sientan libres en los países musulmanes tanto como occidentales que, creyéndose libres, puedan llegar a ser unas reprimidas. En esta línea de pensamiento especifica: “Hay mujeres de países occidentales que creen vivir una especie de falsa libertad, pero que, sin embargo, sufren la opresión de unas exigencias imposibles de satisfacer, cuando han de ser guapas, jóvenes siempre, sensuales, madres, putas… Todo a la vez. Y, al final, se obligan a sí mismas a vivir en una prisión de autoexigencias estresante”.

Ante declaraciones como estas y otras de un signo diferente (“Sigo la información al ritmo que pueda interpretarla, y no al que quieren los políticos”), su postura es fuente de controversia en su país de origen, al que vuelve de forma frecuente con sus hijos, tanto como en el de adopción. Así, unos la consideran como una especie de tendedora de puentes entre civilizaciones, mientras que otros la tachan no menos que de inconformista sin remedio; en todo caso, su persona en ninguna instancia pasa por desapercibida.

En el plano estrictamente literario estas encontradas posturas se han traducido en forma de textos de ficción: Confesiones a Alá; Mi padre es mujer de la limpieza; y su última novela de edición reciente, El viento en la cara, se han ganado un buen reconocimiento de crítica y lectores. En ésta última, en que la profunda crítica y la ironía de la protagonista caminan de la mano, la trama gira sobre la acusación que el ministerio público de un país árabe ejerce sobre una mujer (Bilqiss) quien, ante la imposibilidad del Moacín de recitar los versos del “adhan”, la llamada a la oración, ella tuvo la osadía de reemplazar.

Para apreciar en parte sus cualidades como autora, de El viento en la cara, el pasaje siguiente:

   “…_¡Acusada, levántese!

    Obedecí. El fiscal mostró un retrato de manera que toda la sala pudiese verlo. Era yo, claro. Debía de tener catorce años en esa foto. Me acordé inmediatamente de aquel día. Era la víspera de la cosecha. Acababa de practicar incisiones en las cápsulas de adormidera para que mi marido recogiera la savia al día siguiente. En el camino de regreso. En el camino de regreso, me encontré con un aventurero inglés que llevaba una cámara de fotos. Vestía un chaleco y unos pantalones de lana color caqui con miles de bolsillos. Me preguntó el camino que debía tomar, pero no solo eso. El aire opiáceo del valle había rebajado enormemente mi nivel de vigilancia, ya que enseguida me encontré de cháchara con un extranjero cuando era algo que estaba prohibido. ‘Soy fotógrafo, me encanta tu cultura, tu país, sus paisajes atormentados de estepas y arena, esta tierra de promesas que no consigue cumplirlas, me adhiero de todo corazón al dolor de las mujeres y los hombres perseguidos de tu país y quiero mostrarlo, pero no con violencia, sino con rostros, para que el mundo entero sepa lo que está dejando hacer… Simplemente con la fuerza de vuestros rostros. ¿Aceptarías, bella niña, que tome una foto del tuyo?`

Demasiadas palabras, demasiadas penas, demasiadas emociones. Negocié sin demora una sonrisa a cambio de unas monedas y todo lo que llevaba en su gran mochila para leer. Me regaló dos libros, uno de Víctor Hugo y otro de Edgar Alan Poe, una revista de fotografía y el manual de instrucciones de la cámara de fotos. Me quité el velo y, sin saberlo, empecé a posar para la posteridad. No hice nada aparte de imaginar todo lo que podía haber en su chaleco y sus pantalones. ¿Para qué demonios podía servir un bolsillo más pequeño que un paquete de tabaco? Se extasió ante mi retrato, chapurreó unas palabras agradables más, las completó con un billete arrugado y me dio calurosamente las gracias dudando si estrecharme o no de la mano, pero yo me apresuré a meterla en el bolsillo para evitar el incidente. Él se fue por un lado y yo por el otro.

   El fiscal me pidió que identificara a la persona de la fotografía.

  _Soy yo.

  _¿Puede explicarnos por qué posó para un extranjero sin velo, con el rostro descubierto?

  _Simplemente lo hice, sin más ni más.

  _¿Ha dicho sin más ni más?

  _Sí, sin más ni más, pero usted no puede entenderlo respondí, lanzándole una mirada de complicidad al juez.

   El fiscal solicitó un centenar de latigazos por esa imagen. Yo ignoraba por completo que ese retrato siguiera existiendo, y sobre todo que fuera famoso en todo el mundo. El fiscal le recordó al juez que yo tenía catorce años en aquella época, que era una mujer casada y que me había quitado el burka delante de un extranjero. Como si eso no fuera suficiente para aquel día, añadió que llevaba el velo como una zorra, con un mechón de pelo sobresaliendo de él. El juez me pidió que me lo pusiese como era debido.

  _¿Por qué hace eso? _me preguntó el juez.

  _¿Por qué hago qué?

  _¿Por qué no lleva el velo como es debido?

  _Porque soy una optimista irredenta, señor juez. Y, al contrario de las que lo llevan correctamente, yo no he abdicado.

     _No comprendo, ¿abdicar de qué?

    _Todavía confío en ustedes, señores. Sigo alimentando la esperanza de que algún día cercano logren superarse y contemplarnos de arriba abajo sin tener una erección.

  El juez recuperó el dominio de sí mismo en el mismo momento en que reprimía una carcajada. Tomó conciencia de la gravedad de su acto y gritó como un perro rabioso para crear confusión y que los presentes olvidaran su patinazo sonoro. Se abalanzaron sobre mi jaula y me echaron salivazos. Escupitajos y gargajos sin que en esta ocasión pudiera esquivarlos. El juez ordenó que me administraran inmediatamente treinta y siete latigazos en la plaza pública…”

 

La frase

«El hombre actual corre el peligro de convertirse en un ser primario lleno de información»                                                                                                                                                   ( Julián Marías )  

Benito Taibo, el lector lee el mundo que le rodea

«Lo peor que podemos hacer es obligar a una persona a leer», sostiene el escritor y promotor de cultura mejicano. Integrante de una familia de poetas y literatos, su experiencia le hace afirmar que no siempre fueron acertadas las estrategias para favorecer la lectura, aunque cree que están cambiando, entre otras cosas, por el aporte que ofrece internet. El siguiente reportaje fue realizado por el diario El Comercio de Lima con motivo de la última Feria del Libro de la capital peruana.

Jorge Paredes Laos

Taibo (Ciudad de México, 1960) es narrador, poeta, periodista y director de Radio UNAM, pero, sobre todo, un apasionado promotor de la lectura. Cuando habla de libros, agita las manos, se refiere a los personajes literarios como si fueran sus seres queridos. Aquella fascinación le viene de familia: su padre fue el escritor e historiador Paco Ignacio Taibo I, y su hermano mayor es Paco Ignacio Taibo II, también escritor y legendario creador del Festival de la Semana Negra de Gijón. Aunque ha escrito casi una decena de títulos como Polvo (2010), Persona normal (2011) o Desde mi muro (2014), nunca presenta sus libros debido a un pudor que contrasta con su carácter desenfadado. Conversamos con él, hace unas semanas, en su oficina en la Universidad Nacional Autónoma de México.

Creciste rodeado de libros, pero ¿en qué momento empezó tu interés por la lectura?
Estuve a punto de no ser lector debido a la obligatoriedad escolar: nos hacían leer textos que no eran adecuados para nosotros. Esos clásicos se transformaron en una especie de antídoto para el placer de la lectura. Lo peor que podemos hacer es obligar a una persona a leer. Sin embargo, tuve la enorme fortuna de que mi padre fuera un gran lector. Fue él quien, de manera muy amable y autónoma me acercó a la lectura. A los 12 o 13 años me volví lector, y decidí que eso era lo que quería ser en la vida.

¿Te consideras más lector que escritor?
Sí, por supuesto. No creo que pueda existir un escritor que no sea antes un lector. Aquel que se vanaglorie de serlo, me parece que es un cínico, y los cínicos no caben en este oficio. Yo soy, ante todo, un lector, un lector que escribe.

Me hace recordar una frase de Borges que dice: “Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído”.
Ese es exactamente mi caso. Estoy mucho más orgulloso de los libros que he leído y siento más emoción por los que tengo todavía por leer. Hay más libros que estrellas; esto es un acicate para mí. La posibilidad del nuevo libro es siempre un atisbo de esperanza.

¿Qué libros actúan como faros en tu vida?
Sería una lista interminable, pero hay algunos que tienen que ver con el Perú, por ejemplo. A los 15 o 16 años leí Redoble por rancas e Historia de Garabombo, el invisible, de Manuel Scorza. Fue gracias a mi hermano que lo conocí, y me fascinó. Pero mi geografía literaria abarca el mundo entero… Los rusos, desde Dostoievski, Tolstói, Turguénev, hasta los norteamericanos, como Fitzgerald o Hemingway, me vuelven loco. Y el boom latinoamericano me vuelve triplemente loco. Particularmente, la literatura que nace a partir de él y que tiene que ver con México, como Jorge Ibargüengoitia, quien casualmente muere en el mismo avión que Manuel Scorza. Dos de mis ídolos mueren en el mismo vuelo. No sé si eso signifique algo, porque no creo en el destino, pero sin duda es una señal.

En el Perú, debido a los bajos índices de lectura, se vienen desarrollando iniciativas para fomentar este hábito, pero siempre sentimos que algo falla. ¿Cómo es tu experiencia aquí en México como promotor?
Creo que ese déficit del que hablas aplica también para México y el resto de Latinoamérica, y tiene que ver con la accesibilidad al libro. La mejor estrategia de fomento de la lectura es dejar que los libros estén cerca de las personas; esto quiere decir que sean baratos, que haya más bibliotecas y librerías, que en la escuela los jóvenes puedan leer sin tener que pagar por ello. Creo que ese es el primer paso, y lo demás tiene que ver con demás tiene que ver con el contagio benévolo y maravilloso que sucede desde tiempos inmemoriales —desde que el libro es libro como objeto cultural al alcance de todos gracias, primero, a Johannes Gutenberg [el padre de la imprenta] y luego a la revolución industrial—, que viene aparejado con la recomendación. Muchos leemos con esa brújula: ese otro parecido a ti que un día viene y te dice “toma, no has leído a Bryce Echenique y te lo estás perdiendo”.

¿Desde que te convertiste en este “espécimen que lee”, ves el mundo de una forma distinta?
Sin duda. El libro tiene un poder de transformación insuperable. Además, un lector no solamente lee libros, lee su mundo, lee su alrededor, lee al otro, lee a los que están junto a él.

En una entrevista contaste que cuando eras niño, en la escuela castigaba a los chicos enviándolos a la biblioteca…
Sí, eso sucedió durante muchos años en México. La biblioteca era un lugar de castigo donde mandaban a aquellos que se habían portado mal, y se lo pasaban fatal porque nadie les había explicado que ahí estaban rodeados por el universo, y que con solo estirar el brazo podían encontrar la maravilla, la pasión, el asombro, las esperanza, las lágrimas, la risa, el dolor que encierra cada una de las obras literarias. Y es que el enfoque hacia la conversión del no lector a lector pasó por muy malas estrategias. Pero hoy esto ha empezado a cambiar, y hay herramientas absolutamente poderosas que están contribuyendo al cambio, una de ellas es el Internet. Hoy nos damos cuenta de que estaban totalmente equivocados aquellos que pensaban que el Internet iba a destruir al libro y a alejar a los jóvenes de la lectura. Todo lo contrario. Han surgido montones de booktubers que cuentan a los jóvenes del otro lado de la pantalla sus experiencias con los libros. Estos chicos han llamado poderosamente la atención, y la industria se ha visto absolutamente asombrada con el fenómeno. Y claro, los críticos, los culteranos, los que hablan desde cajitas de jabón, dicen “pero leen por moda”, y yo les contesto siempre que también se leyó a Jean Paul Sartre por moda, a Susan Sontag, a Vargas Llosa… Porque lo que estás leyendo, insisto, no es solamente el libro, sino el tiempo; el espacio; el momento político, social, cultural que se está viviendo. Lo que hay que quitar es la connotación negativa que le ponen a la palabra moda, desde mi punto de vista.

Cuéntame un poco sobre este show que montas con tu hermano, donde cada uno representa un personaje literario. ¿Cómo nació? ¿Es algo que suelen hacer?
Fue un invento mío al cual luego Paco se sumó. Todo partió de una frase de Tomás Eloy Martínez, gran amigo nuestro, que dice “Somos, así, los libros que hemos leído. O somos, de lo contrario, el vacío que la ausencia de libros ha abierto en nuestras vidas”. Me puse a pensar, y es cierto, soy quien soy por lo que he leído, gracias a la otredad que me ha provocado la literatura. Yo soy Ana Frank, el Corsario Negro, Aureliano Buendía, Garabombo… Entonces, empezamos a hacer ese juego, que es completamente improvisado. Ha funcionado muy bien con los adolescentes que se acercan por primera vez y dicen “Coño, ¿todo eso puedes ser sin necesidad de moverte de tu asiento?”. Y cuando descubres eso, pues estás descubriendo el reino.

Además de novelas, has publicado también libros enfocados en la promoción de la lectura…
Sí, después de una novela histórica que me llevó mucho tiempo y esfuerzo, decidí escribir desde el alma, como mi padre me hubiera recomendado si hubiese estado vivo. Y publiqué Persona normal (2011), cuya intención era hacer una suerte de agradecimiento a los libros que cambiaron mi vida, a la literatura. Los jóvenes lo recibieron con mucho entusiasmo y, pese a que nunca tuvo la pretensión de ser un manual para comenzar a leer, acabó cumpliendo un poco esa función.

La frase

«No podemos embellecer la realidad. El israelí medio tiene muy buenas razones para tener miedo. La única forma de sobrevivir es contar con un Ejército fuerte para defendernos. Pero necesitamos paz. Sólo con el Ejército no se puede dar una respuesta completa a la complejidad de nuestra existencia»  (David Grossman)