Las piedras del corazón

Milena Agus es una autora italiana quien ostenta la particularidad que, siendo oriunda de la ciudad de Génova, adscribe sus obras dentro de la denominada Nueva Ola Literaria Sarda.

En sus antecedentes literarios se destacan las novelas Las alas de mi padre, Mientras duerme el tiburón o Alice; pero no cabe duda que ha sido con la primera de todas ellas, Mal de piedras, con la que ha llegado a trascender de forma mayoritaria al gran público. Las referencias cercanas hablan de un rotundo éxito cosechado en Alemania, Francia y por supuesto,  Italia. Como aval de ello, se anuncia el estreno mundial de la historia pero en esta oportunidad llevada a las pantalla.

La obra guarda la singularidad que quien lleva la voz del relato es la nieta de la protagonista. La anciana es el personaje a quien hace referencia el título, es quien padece de cálculos renales; aunque según la familia, el peor de los males lo tiene en el desorden que gira por su cabeza. Luego es insoslayable hacer una similitud entre esas piedras del organismo con todas aquellas que derivan de los legados familiares, sumadas a las que nosotros mismos nos vamos cargando y además, las que nos va poniendo la vida en el camino de nuestra existencia.

La novela es,  en cierto modo, el reflejo de la historia de la Italia contemporánea. La de las migraciones internas protagonizadas “por los del sur”, los denominados meridionali, en busca de una gran ciudad industriosa del norte que les permitiera salir de la postergación secular de sus regiones de origen. La propia Agus y su propio núcleo familiar son un fiel ejemplo de esa trayectoria. Quizás por ello y luego de años, la autora ha decidido volver hacia sus orígenes y hoy vive y trabaja en Cagliari, Cerdeña, tierra de nacimiento de sus antepasados.

De Mal de piedras el texto siguiente:

“…Se había casado tarde, en junio de 1943, tras los bombardeos de los americanos sobre Cagliari, y por aquel entonces tener treinta años sin haber contraído matrimonio era casi como ser solterona. No es que fuese fea ni que le faltaran pretendientes, al contrario. La cuestión es que llegaba un momento en el que los pretendientes espaciaban las visitas, y después no se les volvía a ver el pelo, siempre sin haber solicitado antes oficialmente su manos a mi bisabuelo. <Mi querida señorita: Causas de fuerza mayor me impiden el próximo miércoles y el siguiente ir a visitarla, cosa que me resultaría sumamente grata pero, por desgracia, imposible.> Entonces abuela esperaba el tercer miércoles, pero siempre se presentaba una muchachita con una carta en la que se volvía a aplazar la cita, y luego nada más.

Mi bisabuelo y las hermanas de abuela la querían de todos modos, tal como era, casi casi solterona, pero mi bisabuela no, la trataba siempre como si no fuese de su propia sangre y decía que ella sabía por qué.   

Los domingos, cuando las muchachas iban a misa o a pasear por la avenida del brazo de sus novios, abuela se recogía en un moño el pelo, que todavía conservaba espeso y negro cuando yo era niña y ella ya una anciana, imagínate entonces, y se iba a la iglesia a preguntar a Dios por qué, por qué era tan injusto como para negarle que conociera el amor, que es la cosa más bonita, la única por la que vale la pena vivir una vida en la que te levantas a las cuatro de la mañana para hacer las tareas de la casa y después vas al campo y después a la escuela de bordado, qué aburrimiento, y después a la fuente con el cántaro en la cabeza a buscar agua para beber y después una de cada diez noches la pasas en vela haciendo el pan y después sacas agua del pozo y después tienes que dar de comor a las gallinas. Entonces, si Dios no quería permitirle que conociera el amor, que la matara como fuese. Cuando se confesaba, el cura le decía que sos pensamientos eran un pecado gravísimo y que en el mundo hay muchas otras cosas, pero a abuela las otras cosas no le importaban nada.

Un día mi bisabuela la esperó con la manguera que usaban para regar el patio y empezó a pegarle, le pegó tanto que le salieron llagas hasta en la cabeza y le subió la fiebre. Se había enterado por los rumores que corrían en el pueblo de que los pretendientes se marchaban porque abuela les escribía ardientes poemas de amor que también aludían a cosas sucias y que su hija estaba enfangando no solo su buen nombre, sino el de toda la familia. Y siguió golpeándola una y otra vez, gritándole: <¡Demonio! ¡Demonio!>, y maldiciendo el día en que le habían mandado a primer grado y había aprendido a escribir…”                                                                                        

Cincuenta de «Cien»

Con un tríptico denominado Espejismos de modernidad, una obra conjunta del colombiano Óscar González y del estadounidense Andrew Piscane, realizado sobre los muros de la Biblioteca Nacional de Colombia, se hace homenaje al medio siglo de la publicación de la novela de Gabriel García Márquez, Cien años de soledad.

La frase

«La cultura occidental está condenada a la muerte. Aristóteles, Homero, Dante, Virgilio, Shakespeare, Borges, Cervantes, Rembrandt, Bioy, todo eso se va al carajo. Porque ha pasado su época, porque ahora viene otra distinta. Tardará a lo mejor un siglo, dos o tres, pero eso pasará y vendrá otra cosa, otra cultura diferente, mezclada, mestiza, no lo sé, no me importa, no voy a estar aquí para verlo»  Arturo Pérez Reverte )

Longevidad y buena literatura

Conservan la particularidad de detentar un mismo origen estadounidense; todas ellas de edades que superan de largo los setenta, y alguna ya desaparecida. Se mueven con verdadera maestría dentro del relato corto. Son escritoras quienes, a consecuencia de asumir responsabilidades o cargas familiares, pasaron por etapas de baja productividad, ostracismo y cierto olvido. Por fortuna hoy, y a raíz de un fructífero trabajo editorial, son rescatadas para el deleite del gran público lector.

Reproducimos el artículo de Helena Hevia publicado en El Periódico de Barcelona, España:

El club de las escritoras resucitadas

En este planeta literario que es Estados Unidos no hay día en que el lector no pueda adentrarse en el territorio inexplorado de un nuevo escritor desconocido hasta el momento. Y no se trata solo de descubrir a un joven autor de ahora, que los hay a patadas, sino también de recuperar a escritores excelentes que se han quedado en las orillas del reconocimiento durante años por las causas que sean y ahora reaparecen para pasmo de todos. ¿Cómo un autor tan bueno ha podido estar así de oculto? En ese grupo de ‘malditos ocultos’ hay hombres, por supuesto y quizá el caso más flagrante sea el de John Williams y su magnífica ‘Stoner’, pero, ay, las autoras orilladas y / o ninguneadas son muchas más, tantas como para formar un equipo de fútbol. Y todas son muy valiosas. Cuentan en su mayoría historias de mujeres sin historia con precisión y gracia y acuñan la que podría llamarse, si es que eso existe, una nueva literatura femenina.

Edith Pearlman (Rhode Island, 1937) es la última de ellas, por ahora, cuando todavía resuenan los ecos de la recuperación de Lucia Berlin, la autora de ‘Manual para mujeres de la limpieza’, todo un éxito editorial que llegó perfectamente aliñado por las duras circunstancias vitales de la autora, cantera de sus relatos. La buena noticia es que aunque hace cuatro años que lucha contra un cáncer, Pearlman, en comparación de Berlin, autodestructiva y alcohólica, está viva y vive en Massachusetts. Y tiene una respuesta

ATENCIÓN A LOS 75 AÑOS

Acaba de cumplir 80 años y, aunque publicaba puntualmente relatos, más de 200, en revistas de mínima difusión desde 1969, no fue hasta el 2011, mediados los 70 años, cuando su recopilación de cuentos, la cuarta de su trayectoria, ‘Binocular Vision’, apareció en el sello New York Times Review of Books, ganó unos cuantos premios, entre ellos el National Book Critics Circle, la puso en el punto de mira de los lectores con todos los honores, gracias a su enorme repercusión. De nuevo, circuló la pregunta: ¿Cómo es posible que el mundo nunca haya oído hablar de Edith Pearlman? Ahora con la edición de ‘Miel del desierto’ (Alianza de Novelas), en traducción de Ramón Buenaventura, esa cuestión vuelve a resonar porque es la primera vez que se edita en este país.

Pearlman es una maestra del relato breve. ¿Por qué hay tantas buenas artífices de esta forma en comparación con los hombres?

Pearlman es una maestra del relato breve. Y quizá habría que hacer una reflexión sobre por qué hay tantas buenas artífices de esta forma -la corona, ya se sabe, la tiene la Nobel Alice Munro-, en comparación con los hombres. ¿Es el triunfo de lo breve y lo fugaz frente a lo ambicioso y musculoso de la novela? Ella tiene una respuesta a eso, que es una magnífica definición de su literatura: “Tengo un temperamento que me aleja de los proyectos a gran escala”.

Verdaderamente, las historias de Pearlman son minúsculas y banales pero muestran un sentimiento de trascendencia que las hace únicas. Están protagonizadas por hombres y mujeres con vidas que jamás caen en la desesperación -aunque tengan motivos sobrados para hacerlo- y tienen finales que muestran una felicidad inestable en la cuerda floja, como a punto de caer.

PROVIDENCE, RHODE ISLAND

La autora creció en un barrio judío de clase media en Providencia, Rhode Island. Su padre, que falleció cuando ella era una adolescente, era un médico de origen ruso. Su madre era hija de polacos. Pasó por la universidad para estudiar literatura pero siempre consideró la escritura como una afición, ya que su trabajo fue durante años el de programación informática. En los 60 se casó con un psiquiatra, tuvo dos hijos, ejerció como ama de casa, y mientras tanto habilitó su ‘habitación propia’ en el sótano de su casa, rodeada de sus libros de cabecera. Fue paciente. No desfalleció por el escaso interés de las grandes editoriales y ya se había habituado a eso cuando el milagro ocurrió; el editor Ben George de New York Times Review of Books le envió tórridos correos electrónicos tan inflados de admiración que a ella le pareció un “loco” peligroso y aunque no confiaba en que saliera algo de este nuevo intento, sencillamente se dejó querer. Y lo que ocurrió fue el éxito y el reconocimiento.

«Mi lector ideal es alguien que desea entretenerse y al que no le molesta que en algún momento se produzca un descubrimiento iluminador en el relato»

“Edith jamás buscó el centro de atención. No tenía ninguna afiliación docente o profesional. Siempre se sintió atraída por la idea de que un escritor debe ser un aficionado, dándole su sentido real a esa palabra, alguien que practica un arte por amor al mismo, como puede hacerlo un atleta, y no lo considera una profesión”, ha escrito el editor. Hay que tener una confianza absoluta en lo que se escribe y sin duda ayudó a la autora tener lectores, pocos, pero muy fieles. En especial, la escritora sudafricana Rose Moss, que siempre ha sido su primera lectora. “Si mi historia le gusta a Rose y además se publica en alguna parte yo ya estoy contenta, no necesito más. Mi lector ideal es alguien que desea entrenerse y al que no le moleste que en algún momento se produzca un descubrimiento iluminador en el relato”, ha dicho la autora, con su mejor y generoso estilo.

Ben George recuerda un momento particular que ejemplifica muy bien no solo el carácter de la autora sino también la generosidad de sus historias. Fue en la fiesta que celebraba la aparición de ’Binocular Vision’. Objetivamente, había un regusto un tanto amargo en el hecho de que el reconocimiento le hubiera llegado a mediados de los 70. Ella, radiante de felicidad, no dejó escapar una sola queja: “Bueno, es verdad que tengo setenta y tantos años pero en realidad me siento como una niña de 14”. No hay que dejar escapara a esta autora que asegura sacar su inspiración de la gente que la rodea, de los animales que ama o detesta -siempre hay uno de ellos paseando por el relato-, de los lugares en los que ha vivido o visitado puestos en funcionamiento gracias a los mecanismos de la memoria y el azar.

Otros cuatro descubrimientos tardíos

Joy Williams

Bien, Joy Williams (Chelmsford, Massachusetts, 1944) no ha sido tan ninguneada por el gran público como algunas de sus colegas, porque ya con su primera novela fue nominada al National Book Award of Fiction, pero no fue hasta 1982 cuando fue considerada unánimente como una maestra del relato. Seix Barral ofrece ahora una magnífica edición de sus ‘Cuentos’ (en el mismo formato que los también indispensables de Lydia Davis) que reúnen 33 relatos y que completan las novelas ‘Estado de gracia’ y ‘Los vivos y los muertos’ publicadas por Alpha Decay. Las historias de esta autora, que vive aislada en el desierto de Sonora, tienen un tono muy singular que se diría una extraña mezcla de David Lynch y el realismo norteamericano más puro y duro, con unas gotas de gotico sureño. Y eso teniendo en cuenta que Williams no se parece a nadie más que a ella misma.

Elizabeth Hardwick

Refinada intelectual neoyorquina, casada durante años con el poeta Robert Lowell de torturada convivencia por sus problemas mentales, Elizabeth Hardwick (Lexington, Kentucky, 1927- Nueva York 2007) fue una de las fundadoras de New York Review of Books y una mujer muy poderosa en el mundillo cultural. Escribió tres novelas pero solo una, ‘Noches insomnes’, fue publicada en castellano, hace años por Duomo. Y aunque en España ha habido algunas voces destacando su singular estilo -Antonio Muñoz Molina, sin ir más lejos- lo cierto es que sigue siendo una gran desconocida. Esa novela, que sigue el ritmo de las evocaciones y del enloquecimiento narrativo que provoca la falta de sueño del título, fue escrita tras la muerte de Lowell y es una especie de autobiografía esquinada.

Joan Didion

Sí, Joan Didion (Sacramento, California) siempre fue una escritora y guionista cinematográfica muy respetada, pero su reconocimiento planetario llegó muy tarde, con un libro estremecedor, ‘El año del pensamiento mágico’, escrito a raíz de la muerte de su marido, John Gregory Dunne, que la trajo de vuelta al lugar que siempre le ha correspondido, el de los grandes escritores, y que ha provocado el rescate de buena parte de sus ficciones y crónicas. Nadie ha utilizado el escalpelo de la prosa con la precisión y crudeza que la autora gracias a un estilo de frase breve y contundente, en el que la claridad y la sencillez no suponen simplificar las cosas sino todo lo contrario. Ese es su sello. Random House ha recuperado en los últimos tiempos buena parte de su obra.

Lucia Berlin

Dotada de una de esas biografías que marcan una buena campaña de promoción –tres maridos fracasados, una vida laboral muy precaria, alcoholismo, poca repercusión mediática y finalmente caída en el olvido- Lucia Berlin (Alaska, 1936 – Los Angeles, 2004) ha sido una de las recuperaciones comerciales más espectaculares de los últimos años. Su libro de cuentos ‘Manual para mujeres de la limpieza’ -que ejemplifica muchas de las crueles experiencias en la vida de la autora- estuvo durante semanas en lo más alto del ránking de ventas. Durante años se solía sostener que los relatos de Raymond Carver ejemplificaban la mejor maestría del cuento norteamericano –siempre con permiso de John Cheever- pero lo cierto es que en muchas ocasiones Berlin gana por goleada. ¿Hay alguien que todavía no la haya leído?

La frase

«Un varón tiene que ser eficaz, triunfador, reactivo. Por eso, imaginar un personaje que no lo es, resulta estimulante desde un punto de vista literario: permite crear situaciones que son al mismo tiempo angustiosas y cómicas, con un humor más bien negro, de sonrisa incómoda y no de carcajada»       Alexandre Postel )

Javier Cercas, el corto camino de Salamina a Ibahernando

La Guerra Civil, el conflicto que desangró a España, fue un acontecimiento que dio, da y dará aún mucho material a historiadores, investigadores, y por supuesto, a escritores. Sus consecuencias directas -a pesar de que oficialmente terminó hace casi setenta y ocho años atrás- se siguen apreciando aún hoy en términos políticos; porque las heridas siguen sangrando entre muchas familias que conforman los pequeños pueblos a lo largo dela geografía peninsular; y porque el dolor del enfrentamiento entre hermanos todavía subyace latente en las células de sus habitantes.

Cercas (1962, Ibahernando, Cáceres) ha entendido estas máximas desde la  infancia, transmitido a través de sus propios orígenes familiares. Pero el tema en sí no es algo nuevo en su obra escrita, de hecho la guerra, las decisiones que de ella emergen y sus consecuencias en la vida de los hombres, han sido los temas principales con los cuales ha alimentado la mayor parte de su mundo  literario: Soldados de Salamina, Anatomía de un instante o El impostor, son pruebas fehacientes de ello.

Los textos del escritor extremeño guardan además una particularidad cuando  la mayoría de sus protagonistas son gente llana, simples desconocidos que se encontraron en una encrucijada en la que tuvieron que tomar una decisión. En su última novela, El monarca de las sombras, sostiene idéntica idea en cuanto a personajes, sólo que en esta oportunidad se decide a hurgar en la neblinosa memoria de su historia familiar tomándola como un ejemplo vívido más del enfrentamiento fratricida.

Aunque lo verdaderamente singular es la metodología con la que el novelista aborda la genética de su obra; una amalgama que oscila entre el revisionismo de sus lazos de parentesco y la escritura a corazón abierto de la propia trama. En cierta forma, nos hace partícipes de los entresijos propios de la cocción del texto, donde pareciera que la certeza de los hechos supera a la posible ficción. Verdad es que, ante lo riesgoso de la propuesta, el resultado no deja indiferente a lector alguno.

Como muestra de lo expuesto un pasaje del El monarca de las sombras:

“…Pocos meses después de la muerte de Manuel Mena, en fin, su nombre  ya casi no se mencionaba en la familia, o sólo se mencionaba cuando no quedaba otro remedio que mencionarlo, y, pocos años después de su muerte, su madre y sus hermanas destruyeron todos sus papeles, recuerdos y pertenencias.

Todos salvo una foto (o al menos es lo que siempre pensé): un retrato de guerra de Manuel Mena. Tras su funeral, la familia hizo siete copias ampliadas de él; una de ellas presidió el comedor de su madre hasta muerte; las otras se repartieron entre sus seis hermanos. Esa reliquia desasosegó vagamente los veranos de mi infancia aterida de emigrante, cuando regresaba en vacaciones al calor del pueblo, feliz de abandonar por unos meses la intemperie y la confusión del destierro y de recuperar mi estatus acogedor de vástago de una familia patricia de Ibahernando, me instalaba en casa de mis abuelos maternos y veía el retrato del muerto pendiendo de la pared sin privilegios de un vestidor donde se acumulaban baúles llenos de ropa y estanterías llenas de libros; más todavía desasosegó mi adolescencia y mi juventud, cuando murieron mis abuelos y la casa deshabitada se cerraba todo el año y ya sólo se abría cuando mis padres y mis hermanas volvían en verano mientras yo intentaba habituarme al frío de la intemperie y el desconcierto del desarraigo e intentaba emanciparme del falso calor del pueblo visitándolo lo menos posible, manteniéndome lo más alejado posible de de aquella casa y aquella familia y aquel retrato ominoso que en invierno velaba a solas en el cuarto de los baúles, aquejado por una vergüenza o una culpa inconcreta en cuyas raíces prefería no indagar, la vergüenza de mi teórica condición hereditaria de patricio del pueblo, la vergüenza de los orígenes políticos de mi familia y su actuación durante la guerra y el franquismo (para mí por lo demás desconocida o casi desconocida), la vergüenza difusa, paralela y complementaria de estar atado por un vínculo de acero a aquel villorrio menesteroso y perdido que no acababa de desaparecer. Pero sobre todo me ha desasosegado el retrato de Manuel Mena en mi madurez, cuando no he dejado de sentir vergüenza por mi orígenes y mi herencia pero en parte me he resinado a ellos, me he conformado en parte con ser quien soy y con proceder de donde provengo y con tener los vínculos que tengo, me he habituado mejor o peor al desarraigo y la intemperie y el desconcierto y he comprendido que mi condición de patricio era ilusoria y he vuelto a menudo al pueblo con mi mujer y mi hijo y mis padres (nunca o casi nunca con amigos, nunca o casi nunca con gente ajena a la familia) y he vuelto a alojarme en aquella casa que se cae a pedazos donde el retrato de Manuel Mena lleva más de setenta años acumulando polvo en silencio, convertido en el símbolo perfecto, fúnebre y violento de todos los errores y las responsabilidades y la culpa y la vergüenza y la miseria y la muerte y las derrotas y el espanto y la suciedad y las lágrimas y el sacrificio y la pasión y el deshonor de mis antepasados…” 

La frase

«Lo malo de los viejos es que ya no cambiamos de opinión. Por eso hay que prestar mucha atención a con qué pensamientos se jubila una persona a los setenta y cinco años; porque esa va a ser la renta hasta el final de sus días»                     ( Rafael Sánchez Ferlosio )

John Steinbeck, la herencia de una generación

En el filme El declive del imperio americano, del director canadiense Denys Arcand, se hacía referencia a que una de las razones que producía que una sociedad iniciara su inexorable descenso a los infiernos, lo constituía la negación de los jóvenes a alistarse en las fuerzas armadas para pelear por su país. En el caso de John Steinbeck (1902-1968), digno representante de la generación estadounidense de entreguerras, no le fue necesario rechazar a enrolarse en el ejército para mostrar su disconformidad (asistió como corresponsal a la IIGM), sino que utilizó todo su ingenio literario para poner en duda algunos de  los valores que encontraba discordantes en su sociedad de origen.

Mucho tuvieron que ver en ello las experiencias que fue acumulando en su juventud con los trabajos con los que se fue ganando la vida, como peón rural, albañil o jornalero para diferentes tareas. Y si bien años después hasta tuvo la oportunidad de asistir a clases en la prestigiosa universidad de Stanford, nunca olvidó la pobreza que heredaron muchos de sus compatriotas a consecuencia de la Gran Depresión, ni tampoco el esfuerzo que representó para familias enteras tener que afrontar las inexorables migraciones en busca de mejores horizontes. Su reconocida novela Las uvas de la ira es un argumento certero de lo dicho.

Como se podía llegar a esperar, muchas de las tramas de sus relatos chocaron con las apreciaciones e intereses de las clases más inmovilistas del país, quienes no dudaron en tildarlo de socialista o de escritor clasista y proletario. Aún así sus textos se encontraban lejanos a cualquier apoyo en una ideología política concreta, y más bien próximos a la crítica de los males que producía el capitalismo insociable; historias que supo alimentar con muchos de los artículos extraídos de sus propias crónicas periodísticas.

A la obra mencionada, se le unieron otras: Tortilla Flat, La Perla, De Ratones y de Hombres o Al Este del Edén. Además escribió cuentos y también adaptó textos para el cine y el teatro, siendo merecedor por ellos de los galardones  de la Crítica Dramática de New York; el premio Pulitzer, y finalmente en 1962, el Nobel de Literatura.

De Las uvas de la ira, el pasaje a continuación:

“Las últimas lluvias cayeron con suavidad sobre los campos rojos y parte de los campos grises de Oklahoma, y no hendieron la tierra llena de cicatrices. Los arados cruzaron una y otra vez por encima de las huellas dejadas por los arroyos. Las últimas lluvias hicieron crecer rápidamente el maíz y salpicaron las orillas de las carreteras de hierbas y maleza, hasta que el gris y el rojo oscuro de los campos empezaron a desaparecer bajo una manta de color verde. A finales de mayo el cielo palideció y las rachas de nubes altas que habían estado colgando tanto tiempo durante la primavera se disiparon. El sol ardió un día tras otro sobre el maíz que crecía hasta que una línea marrón tiñó el borde de las bayonetas verdes. Las nubes aparecieron, luego se trasladaron y después de un tiempo ya no volvieron a asomar. La maleza intentó protegerse oscureciendo su color verde y cesó de extenderse. Una costra cubrió la superficie de la tierra, una costra delgada y dura, y a medida que el cielo palidecía, la tierra palideció también, rosa en el campo rojo y blanca en el campo gris.

En los barrancos abiertos por las aguas, la tierra se deshizo en secos riachuelos de polvo. Las ardillas de tierra y las hormigas león iniciaron pequeñas avalanchas. Y mientras el fiero sol atacaba día tras día, las hojas del maíz joven fueron perdiendo rigidez y tiesura; al principio se inclinaron dibujando una curva, y luego, cuando la armadura central se debilitó, cada hoja se agachó hacia el suelo. Entonces llegó junio y el sol brilló aún más cruelmente. Los bordes marrones de las hojas del maíz se ensancharon y alcanzaron la armadura central. La maleza se angostó y se encogió, volviendo hacia sus raíces. El aire era tenue y el cielo más pálido; y la tierra palideció día a día.

En las carreteras por donde se movían los troncos de animales, donde las ruedas batían la tierra y los cascos de los caballos la removían, la costra se rompió y se transformó en polvo. Cualquier cosa que se moviera levantaba polvo en el aire; un hombre caminando levantaba una fina capa que le llegaba a la cintura, un carro hacía subir el polvo a la altura de las cercas y un automóvil dejaba una nube hirviendo detrás de él. El polvo tardaba mucho en volver a asentarse.

A mediados de junio llegaron grandes nubes procedentes de Texas y del Golfo, nubes altas y pesadas, cargadas de lluvia. En los campos, los hombres alzaron los ojos hacia las nubes, olfatearon el aire y levantaron dedos húmedos para sentir la dirección del viento. Y los caballos mostraron nerviosismo mientras hubo nubes en el cielo. Las nubes de lluvia dejaron caer algunas gotas y se apresuraron en dirección a otras tierras. Tras ellas el cielo volvió a ser pálido y el sol llameó. En el polvo quedaron cráteres donde las gotas de lluvia habían caído, y salpicaduras limpias en el maíz, y nada más.

Un viento suave siguió a las nubes de lluvia, empujándolas hacia el norte y chocando blandamente contra el maíz, que empezaba a secarse. Pasó un día y el viento aumentó, constante, sin ráfagas que lo interrumpieran. El polvo subió de los caminos y se extendió: cayó sobre la maleza al lado de los campos e invadió los campos mismos. Entonces el viento se hizo fuerte y duro y se estrelló contra la costra que la lluvia había formado en los maizales. Poco a poco el polvo se mezcló y oscureció el cielo, y el viento palpó la tierra, soltó el polvo y se lo llevó, al tiempo que crecía en intensidad. La costra de la lluvia se quebró y el polvo se elevó sobre los campos y formó en el aire penachos grises como humo perezoso. El maíz trillaba el viento y hacía un ruido seco, impetuoso. El polvo más fino ya no volvió a posarse en la tierra, sino que desapareció en el oscuro cielo.

El viento creció, removió bajo las piedras, levantó paja y hojas viejas, e incluso terrones pequeños, dejando una estela mientras navegaba sobre los campos. El aire y el cielo se oscurecieron y el sol brilló rojizo a través de ellos, y el aire se volvió áspero y picante. Por la noche el viento corrió más rápido sobre el campo, cayó con astucia entre las raicillas del maíz y éste luchó con sus debilitadas hojas hasta que el viento entrometido liberó las raíces y, entonces, los tallos se ladearon cansinos hacia la tierra apuntando en la dirección del viento.

Llegó la aurora, pero no el día. En el cielo gris apareció un sol rojo, un débil círculo que daba poca luz, como en el crepúsculo; y conforme avanzaba el día, el anochecer se transformó en oscuridad y el viento silbó y lloriqueó sobre el maíz caído.

Los hombres y las mujeres permanecieron acurrucados en sus casas y para salir se tapaban la nariz con pañuelos y se protegían los ojos con gafas. La noche que volvió era una noche negra, porque las estrellas no pudieron atravesar el polvo para llegar abajo, y las luces de las ventanas no alumbraban más allá de los mismos patios. El polvo estaba ahora mezclado uniformemente con el aire, formando una emulsión equilibrada. Las casas estaban cerradas a cal y canto, y las puertas y ventanas encajadas con trapos, pero el polvo que entró era tan fino que no se podía ver en el aire, y se asentó como si fuera polen en sillas y mesas, encima de los platos. La gente se lo sacudía de los hombros. Pequeñas líneas de polvo eran visibles en los dinteles de las puertas.

A media noche el viento pasó y dejó la tierra en silencio. El aire lleno de polvo amortiguaba el sonido mejor que la niebla. La gente, tumbada en la cama, oyó cómo el viento paraba. Se despertaron cuando el impetuoso viento desapareció. Tumbados en silencio escucharon intensamente la quietud. Luego cantaron los gallos, un canto amortiguado y las personas se removieron inquietas en sus camas deseando que llegara la mañana. Sabían que el polvo tardaría mucho tiempo en dejar el aire y asentarse. Por la mañana el polvo colgó como una niebla y el sol era de un rojo intenso, igual que sangre joven. Durante todo ese día y el día siguiente el polvo se fue filtrando desde el cielo. Una manta uniforme cubrió la tierra. Se asentó en el maíz, se apiló encima de los postes de las cercas y sobre los alambres, se posó en los tejados y cubrió la maleza y los árboles.

Las gentes salieron de sus casas y olfatearon el aire cálido y picante y se cubrieron la nariz defendiéndose de esa atmósfera. Los niños salieron de las casas, pero no corrieron ni gritaron como hubieran hecho después de la lluvia. Los hombres, de pie junto a las cercas, contemplaron el maíz echado a perder, muriendo deprisa ahora, sólo un poco de verde visible tras la película de polvo. Callaban y se movían apenas. Y las mujeres salieron de las casas para ponerse junto a sus hombres, para sentir si esta vez ellos se irían abajo. Observaron a hurtadillas sus semblantes, sabiendo que no tenía importancia que el maíz se perdiera siempre que otra cosa persistiese. Los niños se quedaron cerca, dibujando en el polvo con los dedos de los pies desnudos y pusieron sus sentidos en acción para averiguar si los hombres y las mujeres se vendrían abajo. Miraron furtivamente los rostros de los adultos, y luego, con esmero, sus dedos dibujaron líneas en el polvo. Los caballos se acercaron a los abrevaderos y agitaron el agua con los belfos para apartar el polvo de la superficie. Pasado un rato, los rostros atentos de los hombres perdieron la expresión de perplejidad y se tornaron duros y airados, dispuestos a resistir. Entonces las mujeres supieron que estaban seguras y que sus hombres no se derrumbarían. Luego preguntaron: ¿Qué vamos a hacer? Y los hombres replicaron: No lo sé…”

 

 

 

La frase

«Creo que tenemos que educar a nuestros hijos en las nuevas tecnologías, ayudarles para que ellos creen sus propias historias. Ahora mismo la mejor literatura es la que se ve en las series de televisión. Hoy en día, Dickens o Shakespeare escribirían para la tele»  ( Cornelia Funke )

Remembranzas en viñetas de Julio Cortázar

Aún recuerdo su figura longilínea, algo desgarbada a esa altura de su vida, y ese dejo de tristeza que reflejaba en su rostro mientras deambulaba por los pasillos del teatro Municipal San Martín de la ciudad de Buenos Aires;  presintiendo las que serían quizá sus últimas pisadas en el país por el cual padecía a la distancia. La dictadura militar argentina mientras –a dos días de haber dejado el gobierno, que no el poder- intentaba contrarrestar los ecos soterrados que producían sus 1,95 metros con toda la potencia todavía intacta de su aparato mediático.

Ese silencio, ese reconocimiento negado de las autoridades hacia el escritor luego de años de residencia en Francia, era bien opuesto al espontáneo afecto callejero que recibía por donde fuera que pasara. Luego no pudo o no quiso evitar los lugares emblemáticos de la gran metrópoli platense, esos que tantas veces se vieron reflejados en sus textos: la avenida Corrientes y sus librerías con material de ocasión, la peatonal calle Florida, la confitería Richmond o el estadio Luna Park, que albergara tantas noches estelares de boxeo, y que fueron fuente de inspiración de su celebrado relato de la figura del boxeador Justo Suárez, el denominado Torito de Mataderos.

Aún así, debido a las particulares circunstancias políticas en las que se cimentó su visita, poco más se pudo saber de sus limitados días en Argentina. Sí se pudo corroborar que la partida del autor de Rayuela, 62 Modelo para armar, Final de Juego o Historias de Cronopios y de Famas, fue tan silenciosa como su llegada. Sólo un mes después de este hecho, el doce de febrero de 1984, una leucemia voraz acababa con su existencia.

Hoy a treinta y tres años de ese momento, sus lectores se siguen multiplicando y sus textos se siguen reproduciendo en diferentes soportes. La novedad ahora la manifiesta el sello Nórdica, a través de difundir tanto la vida como las historias del franco argentino en formato de cómic. Con los españoles Jesús Marchamalo a cargo de los textos y el dibujante Marc Torices como responsable de las viñetas.

El trabajo en sí guarda objetividad en cuanto a datos biográficos sin que ello en momento alguno pueda llegar a entorpecer la propia acción de la narración. Más cuando Torices da rienda suelta a su libre imaginación para conformar de manera convincente los elementos estrictamente gráficos del relato.

No cabe duda que dada la figura del personaje la apuesta tenía su dosis de riesgo. Pero, resultados a la vista, los hechos que jalonaron la vida del autor –referencia insoslayable para varias generaciones de sus connacionales-, en conjunto con las fantásticas viñetas, otorgan una innovadora visión de su obra y hacen de las páginas de Cortázar uno de los aciertos literarios del año.

FLF.-