La frase

«La imaginación no es solo la capacidad exclusivamente humana de concebir algo que no existe y, por lo tanto, el origen de toda invención y progreso; su aspecto más revolucionario y revelador consiste en que es la fuerza que permite identificarnos con otros seres humanos con vivencias completamente distintas a las nuestras»  J. K. Rowling )

Carta a una librera

Aún guardo en la retina mi primera visión de Natu Poblet en una tarde lluviosa en su librería Clásica y Moderna; con ella agazapada, enconada en la búsqueda de vaya saber qué libro. Nada podía distraerla, ausente por completo de todo el trasiego que había a su alrededor, acometía la tarea como si en ello le fuera la propia vida.

Lejano quedaba el momento en que su abuelo había abierto las puertas del establecimiento allá en el año 1938. Fue su padre quien luego retomó la tarea y, a partir de los años ochenta, Natu y su hermano Paco fueron quienes continuaron con la pasión por los libros. Por último y después de la desaparición de Paco, fue ella quien quedó al comando de la nave.

Pero Natu Poblet, arquitecta de profesión, fue algo más que una buena librera ya que, con una gran perspectiva de conjunto, hizo del lugar un completo espacio de divulgación cultural. Con su trabajo logró que la librería, situada en la avenida Callao de la exigente y culta Buenos Aires, acrecentara su fama hasta convertirse en un centro de referencia en la ciudad. Allí escritores, editores, lectores y curiosos asisten a presentaciones, recitales de todo tipo, o bien, gastan parte de su tiempo lúdico ojeando libros o disfrutan de la atmósfera propia del lugar.

Se cumple un año que Natu partió para siempre, siguiendo tal vez con la búsqueda de algún ejemplar perdido. En la memoria de muchos queda una forma de hacer, de entender los méritos de la divulgación literaria. Hoy el destino de Clásica y Moderna los capitanea su sobrina Natalia Poblet, ella es la que ha recibido el testigo de esta larga carrera y quien, a ochenta años de haberla iniciado su bisabuelo, continúa con la saga familiar.

Vaya nuestro modesto homenaje a todos los libreros quienes, como los Poblet, desarrollan un trabajo continuado y silencioso en el arduo camino de esparcir los valores de la cultura.

FLF.-

 

El feminismo de Ngozi Adichie

La literatura nigeriana no suele caracterizarse porque su producción trascienda a muchas latitudes. De hecho apenas lo hacen algunos títulos dentro del mercado anglosajón, aún así y, cuando la calidad es la que lo impulsa, el texto logra ubicarse en los estantes de las librerías.

Es el caso de Chimamanda Ngozi Adichie (Abba, Enugu, 1977 -) quien, con su relato Querida Ijeawele, ahonda en un tema que no nos es ajeno en los últimos tiempos: el feminismo. Aunque verdad es que la escritora ya posee en su haber otras historias publicadas con anterioridad, La flor púrpura o Medio sol amarillo, en las que de una u otra manera el tema subyace en sus páginas.

Lo cierto es que Adichie no es una autora que expone su idea encaramada en una tribuna y con un escrito combativo entre sus manos, nada más lejos, ya que en su  publicación elige hacerlo casi con dulzura, exenta de toda estridencia. Cualidades con las que estructura un trabajo de quince consejos que, a modo de misiva, van dirigidos a una joven madre y a su hija que acaba de nacer.

Con un lenguaje coloquial, sus sugerencias hacen hincapié en temas como el respeto, la imprescindible educación y formación de las féminas, el cuidado por el medio ambiente o la defensa de la cultura, todo ello con el indisimulado objetivo de alcanzar una sociedad que se muestre con unos parámetros de una mayor justicia para con la mujer.

De Querida Ijeawele el siguiente pasaje:

“Sé una persona plena. La maternidad es un don maravilloso, pero no te definas únicamente por ella. Sé una persona plena. Beneficiará a tu hija. Marlene Sanders, periodista pionera estadounidense (y madre de un niño) que fue la primera mujer en informar desde Vietnam durante la guerra, una vez aconsejó lo siguiente a otra periodista más joven: <Nunca te disculpes por trabajar. Te gusta lo que haces, y que te guste lo que haces es un regalo fantástico para tus hijos>.

Me parece un consejo sabio y conmovedor. Ni siquiera tiene que gustarte tu trabajo, basta con que te guste lo que el trabajo hace por ti: la confianza y plenitud que se derivan de trabajar y ganarse la vida.

No me sorprende que tu cuñada opine que deberías ser una madre <tradicional> y quedarte en casa, que Chudi puede permitirse renunciar a una familia con <ingresos dobles>.

La gente elige selectivamente la <tradición> justificar cualquier cosa. Dile que una familia con dobles ingresos corresponde a la auténtica tradición igbo porque antes del colonialismo británico las madres no solo cultivaban la tierra y comerciaban, sino que en algunas zonas de Igbolan el comercio era tarea exclusiva de las mujeres. Tu cuñada ya lo sabría si leer no fuera para ella una empresa tan ajena. Bueno, ha sido un comentario mordaz para animarte. Sé que estás molesta –y con razón- pero en realidad es mejor no hacerle caso. Todo el mundo tendrá una opinión de lo que deberías hacer, pero lo importante es lo que tú querías y no lo que los demás quieran que quieras. Rechaza, por favor, la idea de que maternidad y trabajo se excluyen mutuamente.

Nuestras madres trabajan a jornada completa cuando éramos niñas y hemos salido bien, al menos tú, en mi caso el jurado aún delibera.

Durante estas primeras semanas de maternidad, trátate con indulgencia. Pide ayuda. Espera recibirla. No existen las ´superwomen`. La crianza es cuestión de práctica… y amor. (Desearía que <criar> no se hubiera convertido en un verbo, porque lo considero la raíz de ese fenómeno global de clase media que hace de la <crianza> una travesía inquietante, interminable, cargada de culpa.)  

Concédete espacio para fracasar. Una madre novata no tiene necesariamente que saber cómo calmar a un niño que llora. No des por hecho que deberías saberlo todo. Lee libros, consulta internet, pregunta a padres mayores o simplemente aplica el sistema de prueba y error. Pero, por encima de todo, céntrate en seguir siendo una persona plena. Tómate tiempo para ti. Cultiva tus propias necesidades.

Por favor, no pienses que se trata de <hacerlo todo>. Nuestra cultura aplaude la idea de las mujeres <pueden con todo>, pero no se cuestiona la premisa del elogio. No me interesa discutir de mujeres <que lo hacen todo> porque es una discusión que da por sentado que las tareas domésticas y los cuidados son ámbitos particularmente femeninos, una idea que rechazo enérgicamente. Las tareas domésticas y los cuidados deberían ser neutros desde el punto de vista del género y deberíamos preguntarnos no si una mujer <puede con todo>, sino cómo ayudar a los progenitores en sus deberes comunes en la casa y el trabajo…»

La frase

«Hay quienes no ceden a la fascinación de las imágenes, son aquellos héroes que rechazan las redes sociales. Por eso la lectura es una suerte de insumisión a los deseos de la vida moderna. Rechazar las pantallas hoy es ponerse al margen de la sociedad»  ( Bernard Pivot )

La frase

«¿Se recuerdan cuando en los años noventa nos decían que gracias a los ordenadores todos trabajaríamos menos horas y tendríamos más tiempo libre para el esparcimiento?»                                                                                                                                                         ( Ángel Ferrero )

Joan Didion, los vacíos y el vivir como pasatiempo

Desde la contratapa misma de la edición impresa del libro nos bien predisponen a su lectura cuando nos advierten que, según la revista Time, nos encontramos delante de una de las cien mejores novelas de habla inglesa publicadas en el siglo pasado. En aras de ello y para reivindicar el texto es que, luego de años de su primera edición,  Según venga el juego de la estadounidense Joan Didion (Sacramento, 1934) se ha vuelto a imprimir.

Verdad es que la escritora tiene una extensa carrera desarrollada entre el periodismo, el ensayo, la novela (Book of Common Prayer, Democracy, Run River) y también con la escritura de guiones cinematográficos, por los que recibió varios galardones: National Book Award, National Book Critics Circle Award, y fue finalista del premio Pulitzer, además de dos reconocimientos Honoris Causa en letras de las universidades de Harvard y Yale.

Quizás fue su experiencia como guionista la que le llevó a conocer de cerca las características personales de todos aquellos que se mueven en el medio que rodea a la gran pantalla, que le brindó elementos suficientes para construir su gran texto. Para estructurarlo alrededor de la crisis que resquebraja un matrimonio entre un director y una actriz, todo ello en medio del hastío y la falsa pompa que rodeaba al Hollywood de los años sesenta.

Luego tuvo el acierto de edificar la novela en capítulos breves pero de una carga e intensidad supremas, con un estilo fraccionado e inconexo en apariencia, pero donde todo cumple su función y tiene su porqué. La economía de palabras es otro de sus puntos fuertes, cuando los personajes se expresan de manera breve, por momentos casi con monosílabos, pero su maestría se demuestra cuando sostiene el relato con una gran tensión narrativa.

De Según venga el juego  el pasaje siguiente:

El décimo día de octubre a las cuatro y cuarto de la tarde con un viento seco y caliente soplando a través de los desfiladeros María se encontró con Baker. Nuca había tenido intención de llegar tan lejos, había empezado el día como otro cualquiera, con la autopista como único destino. Pero había salido de la San Bernardino y enfilado por la Barstow y en lugar de volverse en Barstow (había llegado hasta allí otras veces pero nunca tan tarde, era demasiado tarde para dar media vuelta, estaba demasiado lejos demasiado tarde, había perdido el ritmo) había seguido conduciendo. Cuando se desvió en Baker hacía cuarenta y seis grados y la radio sintonizaba Las Vegas y María se encontraba a menos de cien kilómetros donde Carter estaba rodando la película. En ese instante Carter podría estar en el motel. Tal vez hubieran terminado de filmar por ese día y estuviera tomando una copa con BZ y Helene, planteándose ir a cenar a Las Vegas o simplemente descansar, descansar sin camisa sobre la cama deshecha. La mujer que regenteaba el motel solo hacía las camas una vez a la semana. Carter había bromeado al respecto en una entrevista, María lo había leído en la prensa especializada. Podía telefonear. ‘Oye -podía decir María. Estoy en Baker. Resulta que estoy en Baker`.

‘Resulta que estás en Baker –podía decir él-. Pues vente para acá`

O incluso podía decir: ‘Oye. Vente corriendo para acá’

Eran las cosas que Carter podía decir pero como María no sabía si las diría o si tan siquiera quería escucharlas se quedó sentada en el coche detrás de la gasolinera 76 de Baker y observó la cabina que había junto a la máquina de Coca-Cola. Dijera lo que dijera Carter de entrada terminaría no diciendo nada. Carter diría algo y ella diría algo y antes de darse cuenta estaría recitando un diálogo tan familiar que consumía la imaginación, bloqueaba la voluntad, les permitía omitir palabras y frases enteras y no obstante llegar a la fría conclusión.

 -Por Dios –diría él-. Hoy me he sentido bien, estupendamente, para variar, y ahora has venido tú a arreglarlo, a pinchar el globo.

-Cómo lo he arreglado.

-Ya sabes cómo.

-No lo sé.

María esperaría la respuesta pero entonces él no diría nada, se limitaría a permanecer sentado con la cabeza en las manos. Ella primero se sentiría culpable, resignada a la infelicidad, luego furiosa, atrapada, pálida de rabia.

-Escúchame bien –diría entonces María, casi a gritos, intentando agarrarlo por los hombros y zarandearlo para que dejara lo que no podía ver más que como una pose afectada; él la apartaría de un empujón y la expresión de su cara, contrahecha, enseñando los dientes, la paralizaría.

-Por qué no lo superas –diría entonces Carter, inclinándose más cerca, con el rostro todavía desencajado-. Por qué no vas al baño y te tomas todas las pastillas que encuentres. Por qué no te mueres.

Después se iría durante un rato, rompiendo las cosas a su paso, abriendo las puertas a patadas, agarrando licoreras para arrojarlas a los espejos, desviándose para destrozar sillas contra el suelo. Cuando volviera siempre se acostaría en la habitación de los dos, cerrando la puerta para dejar a María fuera. Rígida de autocompasión, ella dormiría en otro cuarto, deseando tomar la decisión de marcharse. Cada uno pensaba que el otro era un asesino del tiempo, un destructor de vida. María no sabía que estaba haciendo en Baker. Como quiera que empezara acabaría así.

-Escucha –diría ella.

-No me toques –diría él.

María miró la cabina durante un buen rato y luego se bajó del coche y se bebió una Coca-Cola caliente. Con el final de la cola se tragó dos pastillas de Fiorinal, luego cerró los ojos contra el sol y esperó a que el Fiorinal le quitara a Carter y lo que este habría dicho de la cabeza. En el trayecto de vuelta a la ciudad el tráfico era denso y el viento caliente colaba arena por las ventanillas y la radio la puso nerviosa y después de aquello María ya solo volvió a la autopista como medio para llegar a alguna parte…”

La frase

«En mis textos me interesa ahondar en los motivos que se tienen para cruzar las líneas. Todos tenemos emociones negativas, rencores y odios, deseos muy poderosos de infligir daño, pero al final no lo hacemos, ¿qué pasa con las personas que sí lo hacen? Por ello trato de no reducir el crimen a una víctima y un victimario, sino a las condiciones sociales que lo rodean»                                                                                                                                                 Fernanda Melchor )

Mercè Rodoreda, y un diamante en el barrio de Gràcia

Sus páginas han sido, en más de una oportunidad, de estudio obligado para aquellos que elegían las carreras de filología catalana o literatura hispánica. Aunque verdad es que no sólo lo fue para los estudiosos ya que, por la calidad que atesora, La plaza del diamante ha sido merecedora de varias reediciones desde su primera publicación allá por el año 1962.

En todo el tiempo transcurrido la novela se ha erigido en un texto esencial de las letras catalanas. Varios son los factores, porque la autora halla la acción en uno de los barrios más emblemáticos de la ciudad de Barcelona como lo es Gràcia, porque termina por constituirse en todo un fresco de la clase trabajadora de principios del siglo pasado y en última instancia, porque refleja a una generación de jóvenes para quienes a golpe de dura realidad, esa juventud se les escapó de entre los dedos; cuando no lo fue la vida, durante los duros años de la Guerra Civil. Aún así poco cargada está la historia de mística beligerante, nada más lejano a la intención de la escritora, y mucho sí, con los redoblados esfuerzos por ganarle el pulso al diario sobrevivir en todos aquellos  que peleaban en el frente de batalla. Y qué decir de los que no lo hacían, más aún en aquellos que luego se constituirían en los perdedores de la contienda.

La Rodoreda (1908–1983) supo de lo antedicho, cuando transitó por los convulsos momentos políticos de la Primera y Segunda república española y también, cuando en persona acarreó con las consecuencias del enfrentamiento civil. La escritora, que había colaborado con el servicio de corrección de catalán de la Generalitat republicana, tuvo que abandonar España para evitar las represalias de los vencedores. Luego y como muchos otros tantos deseosos de volver a su sociedad de origen, albergó la esperanza que el exilio fuera sólo por unos meses, pero lo cierto es que se extendió por más de treinta años, transcurridos entre Francia y Suiza.

Tal como apreciaba la autora, en vida no fue una mujer de grandes estridencias, en sus propias palabras, “la desmesura me daba mucho miedo”. A pesar de ello se atrevió con los más variados géneros literarios, cuando cultivó el cuento, el teatro, y la novela, entre estas últimas, Espejo roto, Aloma y por supuesto, La plaza del diamante. Obras por las que recibió en 1980 el máximo galardón de las letras catalanas, el Premi d’Honor.

De La plaza del diamante el siguiente pasaje:

“…A media tarde Quimet me dio un codazo que quería decir, vámonos. Y cuando ya estábamos en la puerta de entrada, su madre me preguntó, ¿y el trabajo de casa, también te gusta?

_Sí, señora, mucho.

_Tanto mejor.

Entonces dijo que nos esperásemos, volvió adentro y vino con unos rosarios de cuentas negras y me los regaló. Quimet, cuando estuvimos algo lejos, me dijo que la había conquistado.

_¿Qué te dijo cuando estabais solas en la cocina?

_Que eras un muy buen muchacho.

_Ya me lo figuraba.

Lo dijo mirando al suelo y dando un puntapié a una piedrecita. Le dije que no sabía qué hacer con los rosarios. Dijo que los metiese en un cajón, que a lo mejor algún día me servirían: que no se debía tirar nada.

_A lo mejor le servirán a la nena, si tenemos una…

Y me dio un pellizco en la molla del brazo. Mientras me lo frotaba, porque me había hecho daño de verdad, me preguntó si me acordaba de no sé qué y dijo que pronto se compraría una moto, que nos vendría muy bien porque cuando estuviésemos casados recorreríamos todo el país, y que yo irían detrás. Me preguntó si yo había ido alguna vez en una moto con algún muchacho y le dije que no, que nunca, que me parecía muy peligroso, y se puso contento como un pájaro, y dijo ¡qué va, mujer..!

Entramos en el Monumental a hacer el vermut y a comer pulpitos. Allí se encontró con Cintet, y Cintet, que tenía los ojos muy grandes, como una vaca, y la boca un poco torcida, dijo que había un piso en la calle de la Perla bastante bien de precio pero abandonado, porque el dueño no quería quebraderos de cabeza y que las reparaciones tendrían que ser a cuenta de los inquilinos. El piso estaba debajo del terrado y esto nos gustó mucho y más todavía cuando el Cintet nos dijo que el terrado sería todo para nosotros. El terrado sería todo para nosotros porque los vecinos de los bajos tenían patio interior y los del primer piso, por una escalera de caracol iban a un pequeño jardín que tenía lavadero y gallinero. Quimet se entusiasmó y le dijo a Cintet que no lo debían dejar de escapar de ningún modo y Cintet dijo que al día siguiente iría allí con Mateu y que fuésemos nosotros también. Todos juntos. Quimet le preguntó si sabía de alguna moto de segunda mano, porque un tío de Cintet tenía un garaje y Cintet trabajaba en el garaje de su tío y Cintet le dijo que ya lo miraría. Charlaban como si yo no estuviese allí. Mi madre no me había hablado nunca de los hombres. Ella y mi padre pasaron muchos años peleándose y muchos años sin decirse nada. Pasaban las tardes de los domingos sentados en el comedor sin decirse nada. Cuando mi madre murió, ese vivir sin palabras aumentó todavía más. Y cuando al cabo de unos cuantos años mi padre se volvió a casar, en mi casa no había nada a lo que yo pudiera cogerme. Vivía como deben vivir los gatos: de acá para allá, con la cola baja, con la cola alta, ahora es la hora de tener hambre, ahora es la hora de tener sueño; con la diferencia de que un gato no ha de trabajar para vivir. En casa vivíamos sin palabras y las cosas que yo llevaba por dentro me daban miedo porque no sabía si eran mías…

Cuando nos despedimos en la parada del tranvía, oí que Cintet le decía a Quimet, no sé de dónde la has sacado, tan mona… y oí la risa de Quimet, ja, ja, ja…

Dejé los rosarios en la mesita de noche y me asomé a mirar el jardín de abajo. El hijo de los vecinos, que estaba de soldado, tomaba el fresco. Hice una bolita de papel, se la tiré y me escondí…”   

La frase

«Lo mejor que se puede hacer es indagar en uno mismo. En la novela negra es muy necesario, porque siempre hay que buscar nuevos héroes, nuevos malos y nuevas víctimas. Y es fundamental ir por aquello que mejor se conoce, que es lo que está en uno mismo. Dicen que para buscar la verdad hay que excavar en el terreno que uno pisa»  ( David Lagercrantz )