«La convención es poderosa en literatura. Parece que algunos escritores aún no han descubierto que no necesitan hacer lo que se espera de ellos una y otra vez, que la realidad puede servir de correctivo» ( Marilynne Robinson )
Autor: depunoyletra.com
Esfuerzo y orgullo de clase: Juan Marsé
Se suele mencionar que nadie como él refleja en su obra el largo período que siguió a la Guerra Civil española. Años de oscuridad y mutismo, de estraperlo y racionamiento, que se conocen de manera popular como los de la “España en blanco y negro”.
Autodidacta y de extracción obrera, características del escritor barcelonés (1933- ) que no fueron impedimento para que en su momento trabara amistad con muchos de los intelectuales de la llamada gauche divine; en su mayoría de una instrucción y un origen social muy diferente al suyo. Luego su personalidad y la calidad de sus escritos hicieron el resto.
Persona de fuertes convicciones personales, ha tenido sus más y sus menos con las autoridades culturales de turno. Discrepando por la representación local en diferentes eventos o respecto de su catalanidad, habida cuenta de que Marsé ha realizado todos sus trabajos en lengua castellana.
Muchas de sus novelas, producto de una acertada visión de la sociedad y de una atractiva descripción de los personajes variopintos que la poblaban, han trascendido más allá de sus páginas para ser adaptadas a la pantalla grande: Si te dicen que caí, El amante bilingüe, El embrujo de Shanghai o Canciones de amor en Lolita’s club. A ellas se les une la producción de innumerables artículos periodísticos y la incursión también dentro del relato corto: Teniente Bravo o Cuentos completos. Por todo ello, ha sido galardonado con diferentes premios y distinciones, el Biblioteca Breve, el Nacional de Narrativa y por último en el 2008, el Cervantes de Literatura.
El siguiente pasaje pertenece a su novela breve Noticias felices en aviones de papel publicada en el año 2014:
“…Le mostró a Ruth un avión de papel de diario que dijo haber recogido poco antes de la calle, frente a la casa, y que pensaba llevar consigo al Nepal, porque le traería suerte.
– Mira lo que hay impreso en las alas –agregó-. Lee. ´Chocolate negro`. Y aquí mira: ´Galletas y bizcochos`. ¿Un código secreto? ¿Alguna contraseña? No, querida Ruth, un presagio, una señal del destino. El futuro será dulce. Además, juraría que este pequeño avión lo ha hecho mi hijo, porque aunque es muy tosco, es igual que los que yo le hacía cuando era niño, allá en nuestras queridas playas de Shangri-La, no sé si te acuerdas…
-Para, por favor –musitó ella-. Por favor.
Intentando ocultar la tristeza de sus ojos bajo la mata de pelo ensortijado. Ruth sintió de pronto una oleada de calor y un cosquilleo en la planta de los pies. Estaba en la playa pisando una arena cálida, escuchando el rumor sosegado del oleaje, y apartó los cabellos con la mano y ladeó la cabeza con melancólica flojera en el cuello ofreciendo el rostro a la brisa marina, pero acto seguido vio sus pies descalzos sobre las baldosas del comedor, de modo que se dio la vuelta y se fue con paso rápido al dormitorio dejando a Amador, al de ayer en la playa como al de hoy aquí, con la palabra en la boca. De los felices días de flores y mieles, ella conservaba la hermosa cabellera rizada y la costumbre de andar descalza por casa. Sentada en la cama, se calzó las zapatillas con cierta premura.
Cuando volvió al comedor, Amador le dijo que tenía la piel preciosa y perfumada como siempre. También le dijo que por favor convenciera a Bruno para que dejara de tratarle de usted y le tuteara, y anunció que antes de irse quería hablar a solas con el chico.
– ¿Qué puñeta se propone aporreando ese tambor?- inquirió.
– Nada, supongo. Le gusta.
– ¿Y por qué me llama señor Raciocinio en vez de papá?
Ruth reparó en sus mejillas cenicientas, inanes y mal rasuradas.
– Siempre te respetó mucho…
– ¿De veras? El asunto tiene sus perendengues. ¿No les has enseñado modales? ¿Cómo se le ocurrió semejante idea?
– No lo sé. Pregúntaselo, está en su cuarto.
– Tendrá que escucharme. Va a cumplir quince años. Todavía soy su padre, todavía soy Amador. O viceversa.
Pródigo en añagazas para eludir responsabilidades, o para endosárselas a otros, en su voz menesterosa anidaba una nostalgia arcádica, un ronroneo en la oscuridad, algo que Ruth aún captaba a su pesar. Para Bruno, sin embargo, nada de eso significaba nada, salvo melindrosas argucias de gorrón. Recordaba el dulzón y persistente olor a membrillo de sus manos, y poco más. De modo que mientras era informado sobre Krishna y los misteriosos avatares de una vida errante en su búsqueda de Atman, el ámbito luminoso donde vive el alma, precisó el señor Raciocinio, mientras escuchaba su perorata decididamente plasta de pie en el umbral del cuarto en actitud desmañada, pero esgrimiendo los palillos del tambor frente al rostro a modo de autodefensa y con los ojos entrecerrados, como sumidos en una invencible somnolencia, en menos de un minuto aquel hombre que pretendía ser su padre se había convertido en un vagabundo pirado, un mangante, un ventrílocuo vendedor de imposturas y patrañas, el superviviente peripatético de algún fracaso o de algún extraño malentendido con el mundo. ¿Por qué mierda quiere saber si ese avión de papel que ha encontrado en la calle lo he hecho yo?
– Ni sé cómo se hacen, señor Raciocinio – alegó.
– Claro que sabes, hijo. Yo te enseñé. –Los ojos anegados de agua azul le miraban con afecto-. Son cosas que nunca se olvidan. Vuelan, pero no se olvidan. Probablemente, cada avión que lanzas por el aire, es un sueño que emprende el vuelo…”
La frase
«No tengo una relación particularmente íntima con mis lectores. Creo que lo que ocurre entre escritor y lector es fuerte, pero lo es aún más si se mantiene misterioso, etéreo, lejano. Además, yo soy un ser secreto, solitario y también un poco salvaje, así que me protejo» ( Éric Reinhardt )
Grandes de las letras: Naguib Mahfuz
Desde luego nunca fue fácil para que un escritor oriundo de África trascendiera por sus obras en occidente. Más aún si éste procedía del mundo árabe; pero el autor egipcio (1911-2006) logró eso y mucho más.
Mahfuz, octavo y último hijo de un funcionario, se lanzó desde muy joven a la escritura de relatos hasta alcanzar la nada desdeñable suma de ochenta. También lo hizo con el género de la novela, con el no menos impresionante número de cincuenta, entre las más conocidas: El callejón de los milagros y la denominada Trilogía de El Cairo (Palacio del deseo, Entre dos palacios, y La azucarera), con las que alcanzó proyección internacional. Por todo ello, es considerado el mayor cronista del Egipto moderno. Fruto de ello y de la calidad de su trabajo le fue otorgado en 1988 el Nobel de Literatura, siendo el primer escritor en lengua árabe en recibirlo.
Aunque no todos fueron reconocimientos, ya que en 1994 fue agredido por extremistas islámicos, quienes consideraron su obra como blasfema. Como consecuencia del ataque y de las heridas recibidas su salud comenzó a deteriorarse, perdió la movilidad de su brazo derecho y también el sentido de la vista y del oído, a pesar de ello se las arregló para dar autoría a una serie de relatos breves. A posteriori como producto de una caída doméstica y la infección que ella le produjo, el literato cairota dejaba de existir en el año 2006.
El pasaje siguiente pertenece a Milagro, uno de sus relatos cortos más festejados:
“La tibieza había ganado sus miembros y el delirio del vino le arrebataba la cabeza. En el Venecia no había un solo asiento libre. El local estaba sofocado de respiraciones y humo de cigarros. Se veía reflejada la cara en casi todos los espejos. Estaba pendiente de los rostros de las mujeres y de los hombres, los platos de carne, las jarras de vino tinto y blanco, los centros de flores, las fuentes de verde ensalada. Estaba sentado solo. Probablemente era el único cliente solitario, y se hallaba molesto, pero muy animado. Desbordaba actividad y cantar era su válvula de escape.
Hizo un gesto al camarero, que acudió raudo. Le preguntó:
– ¿Conoce al señor Muhammad Sijún al-Mawardi?
El hombre pasó revista a sus recuerdos ligeramente y contestó:
–
No, señor.
-Pues es cliente…
-Es la primera vez que oigo ese nombre…
-Qué raro.
-¿Está usted citado con él?
-No, pero necesito verle para un asunto importante…
-Voy a preguntar.
Se fue el camarero y estuvo ausente un minuto. Para reaparecer enseguida con la confirmación de que nadie del local le conocía ni le había oído nombrar antes. Le dio las gracias y pasó a trasegar el contenido de su jarra de tinto. Empezó a sonreír complacido por el espectáculo de los rostros y el espionaje de íntimos, agradables discreteos. Entonces se alzó una voz con un aviso: < ¡Muhammad Sijún al-Mawardi!>. Se volvió hacia el lugar de la voz conmocionado por la sorpresa. Vio al dueño del establecimiento con el auricular del teléfono en la mano y enseguida repetir el nombre, paseando los ojos por la concurrencia y al no responder nadie, arrimarse al auricular para decir que Muhammad Sijún al-Mawardi no estaba. Y colgar. El camarero le comentó sonriendo:
-Otro que pregunta por ese señor en un rato.
La cabeza le daba vueltas. Esta vez no era el vino, sino por aquella inesperada llamada, por haber oído el nombre Muhammad Sijún al-Mawardi. La verdad era que no conocía a nadie que se llamase Muhammad Sijún al-Mawardi y ni se le había ocurrido pensar que hubiese nadie con aquel nombre; precisamente por esto había preguntado por él. Claro que había preguntado por él al camarero sólo para distraerse. Una broma. Algo hecho sin móvil y sin fines. Había decidido preguntar al camarero por alguien, el primer nombre que le viniese a las mientes. Y se le había ocurrido un nombre raro. Su misma rareza le había decidido a elegirlo para que el juego fuese más rotundo. Pero también podía haber inventado cualquier otro. Zayd Zaydán Zaydún, por ejemplo. Así pues, que el camarero no conociese a aquel señor le había parecido lo más lógico; lo que le había sorprendido, y mucho, fue oír que le llamaban y más todavía que, quienquiera que preguntase por él, lo hiciese en aquella taberna donde nadie le conocía. ¿Cómo podía ser? ¿Cómo explicarlo?
Se bebió otro vaso sin dejar de dar vueltas al asunto. No había que pensar en una broma del camarero; no tendría sentido. Aquel era un entretenimiento exclusivamente propio de alguien que se hallase solo y malhumorado. Además, ¿cómo compuso aquel nombre? Muhammad Sijún al-Mawardi. Muhammad es muy corriente y salta fácilmente a la imaginación, pero Sijún no puede ser más raro. ¿De dónde se lo había sacado? ¿No le sonaba de algún viejo texto escolar? Y de ser así, ¿cómo se destacó en su mente? Otro tanto pasaba con al-Mawardi. Fundidos en un solo nombre, un logro irrepetible de imaginación. ¿Cómo explicar, pues, que fuese el nombre de alguien real?, de alguien que probablemente había estado en aquella taberna aquel día por primera vez y al que otro había llamado por teléfono casi el mismo tiempo… ¿no era cosa de imaginación y asombro?
Se bebió el quinto vaso y se disparó su delirio borracho en asombro y en cábalas…”
La frase
«¿Por qué los seres humanos atacan los símbolos? ¿Palabras? ¿Rituales? Todas las culturas tienen tabúes que traen reacciones violentas cuando se violan.» ( Joyce Carol Oates )
El mundo de las letras y sus nuevos integrantes
Interesante artículo del licenciado en Comunicación Social Joaquín Sánchez Mariño publicado en el matutino LA NACION de Buenos Aires, Argentina, donde manifiesta su visión respecto a aquellos flamantes arribados al mundo de las letras y a sus posibilidades futuras.
Cómo ser un escritor conocido: manual para recién llegados
En un mundo pleno de aspirantes a la escena literaria, leer y escribir bien no parece suficiente; la búsqueda de un público y la autopromoción asoman como inevitables
Por Joaquín Sánchez Mariño | Para LA NACION
El señor M tiene una pequeña gema entre las manos, pero carga con la lepra: no lo conoce nadie. Ergo, nadie leyó su pequeña gema. ¿Cómo puede hacer el señor M para que alguien repare en su trabajo? En el siglo XV, pongamos que habla mal de Dios hasta quedar encadenado y recitar sus versos finales al calor de la hoguera. En el XIX escribe una profunda novela sobre alguno de los grandes temas y la gente de Londres corre a comprarla. En el XX se hace amigo de algún literato con campo y se deja llevar por la gracia de su mecenas. Pero hoy, año 2015, sus posibilidades parecen ser infinitas. ¿Cómo se hace, entonces, para ser un escritor conocido?
Mercedes Romero tiene 25 años. Empezó en el género preliterario por excelencia: el posteo de Facebook. Después entró en un taller literario con Luis Mey y su estilo fue adquiriendo likes, ese bien de cambio de la contemporaneidad. Hoy, a menos de un año de ese primer texto replicado en las redes, a Mercedes acaban de confirmarle que la editorial Notanpüan va a publicar su primer libro.
Julieta Habif, de 24 años, por estos días se está preguntando qué hacer. Tiene un blog (estoesunapipa.blogspot.com), donde escribe historias de amor. Con el tiempo fue logrando una comunidad de seguidores y le dieron ganas de tener un libro propio, pero no sabe si autopublicarlo o esperar a que alguna editorial le acepte el manuscrito. «Me gusta mucho escribir, cada vez más, y publicar me parece el siguiente paso lógico para seguir haciéndolo. Como irse a vivir con la pareja después de un tiempo de noviazgo», dice. Guillermo, librero de Eterna Cadencia desde hace 5 años, no recomienda ir por el camino de la autoedición si se pretende alcanzar el gran público: «Llegan muchas ediciones de autor a la librería, y la verdad es que muy difícilmente se les hace un lugar si no vienen con una recomendación determinada o al amparo de una editorial respetada».
Juan Sklar es un caso distinto. El año pasado publicó Los catorce cuadernos (Beatriz Viterbo), y aun siendo su primera novela, ya vendió más de mil ejemplares. Por supuesto, su libro no llega de la nada a los anaqueles. Sus notas web, «Sexo Turista» primero (publicada en la revista La única) y el más reciente «Hecho en Bangkok», donde cuenta que va a ser padre, le valieron miles y miles de lectores. Para cuando salió su libro ya había mucha gente esperándolo.
«Mi mejor herramienta de difusión fueron los textos, ellos me valieron el contagio que se generó con lo que escribo. Con la literatura no hice, en términos de difusión, nada que no haya hecho antes en otros mundos: la tele, la radio, el teatro. Pero sólo acá pasó lo que pasó. Quiero decir: la difusión sola no logra nada. Pero tampoco podemos escribir y nada más. Hay que salir a defender la obra. Tal vez me haya quedado del teatro la falta de pudor por el autobombo. El under teatral se desespera por conseguir público. Pero ojo, tiene que estar claro que la prioridad es escribir, no postear. Por otro lado, no entiendo la fantasía que se formó alrededor de los escritores: es un mundo en el que hay muy poca plata, no hay muchas mujeres ni hombres, y no hay grandes fiestas. Y sin embargo, todo el mundo quiere ser un escritor famoso. Qué sé yo».
¿Realmente la literatura -o la defensa de ella- nos muestra mejores de lo que somos? No, nos muestra solos y desesperados por saciar la vanidad de nuestro ego. Si ya sabemos que el éxito como escritor no nos deparará dinero, ni amores y aventuras, ¿por qué buscar tan desesperadamente que nos lean? Es la respuesta incómoda que nadie acepta y que Don Draper, el genial antihéroe de Mad Men, confiesa con total liviandad cuando una chica le pregunta qué hace bañado y perfumado a las tres de la mañana: «Soy vanidoso».
ESCRIBIR NO ES PARA TÍMIDOS
«El camino más noble y efectivo para hacerse un lugar en la literatura es leer y escribir bien. El resto son variaciones de la falta de pudor o cierto goce exhibicionista por el ridículo, cuestiones que siempre están ocultando una falta de verdadera voluntad creativa», dice Nicolás Mavrakis, periodista cultural free lance y escritor.
En esa línea está la obra de Cocó Muro. Su libro, Diez razones por las cuales usted debe tener este libro, saldrá el próximo mes por editorial Llanto de Mudo. «La estrategia de difusión es la clásica: comunicarlo por redes, generar cierta intriga y expectativa, enviarlo a los medios de comunicación que más me gustan y contarles en una gacetilla de prensa a los periodistas de qué se trata lo que les estoy enviando», explica. El suyo es un libro de listas («literatura en potencia»), que surgió de su voluntad experimental y del buen recibimiento que tuvieron esos textos cuando los publicó en Facebook. Otra vez, el posteo como disparador, como género de acercamiento. Si de Borges se dice que además de su obra escrita está su obra oral, ¿cuántas obras hechas de posteos habrá de acá a cincuenta años?
«Todo el mundo deje de hablar ahora mismo. Presten atención. Se los dije a ustedes, se los dije a mis críticos: yo soy el más grande de todos los tiempos.» Habla Muhammad Ali al comienzo de documental Facing Ali. Tiene razón el hombre: fue el mejor de todos los tiempos. ¿Pero sólo por su manera de pelear? Según Eduardo Bejuk, periodista especialista en boxeo, la revolución que causó en el mundo gracias a sus dichos, sus polémicas y su figura lo elevaron a la categoría de mito, iniciando la era moderna del deporte. Dice que Alí, sin lo que él inventó para sí, nunca hubiera sido Alí.
Y algo parecido pasa en el mundo de la nueva literatura: ya no gana el que domina el ring de la escritura sino el que mejor se inventa a sí mismo. Hay algo positivo después de todo: la ficción nunca tuvo tan buen pulso. «Pero nadie se sostiene sólo de posteos. Tiene que haber una obra detrás que lo sustente. Si no, la gente se siente estafada», dice Juan Sklar. En ese aspecto, Facebook permite ver en cámara lenta cómo van llegando esos 15 minutos de Warhol y cómo cada uno intenta retenerlos, estirarlos, reciclarlos, y finalmente dejarlos ir.
Facundo García Valverde sabe bien de qué se trata la fama. Escribió varios libros de famosos como ghost writer, y en este año la editorial Galerna publicará su novela Fama, sobre la vida de un extraño ex participante de Gran Hermano. «Cuando era más complejo publicar, había pocos puntos en común entre el mundo editorial y el de Gran Hermano. Hoy todo parece seguir una misma lógica, la de un mercado que te exige autopromocionarte: las lecturas son las presentaciones en discotecas de los ex participantes, las reseñas son los videos de tu paso por la casa, los lectores son los fans que agitan por Twitter y te votan por SMS, las roscas con otros escritores son los complots que se arman en la casa; las solicitudes de amistad en Facebook son los canjes publicitarios. Todo eso, sin embargo, no es nada; es al sexo lo que la ropa de tu pareja: lo que tenés que sacar para tener sexo. Lo único verdadero es que te lean y que los otros te reconozcan como alguien que vale la pena leer», dice.
En su mirada, un escritor que busca ser leído no lo hace por acariciar su ego: «Uno enfrenta el trabajo creativo y literario con tantas expectativas como inseguridades -explica-. Uno cree estar hablando de la soledad y, en realidad, está hablando del miedo; otro cree estar hablando de sus amigos y, en realidad, está describiendo la tragedia política de haber nacido en América Latina. Ese ‘en realidad’ es todo; ese ‘en realidad’ es por lo que la gente te lee y no tiene nada que ver con tu ambición o vanidad. En el fondo, es similar a lo que dice Hannah Arendt para el dominio político: ‘Uno participa para mostrarse único en un ámbito donde nada es previsible y nada está bajo tu control'».
Adriana Amado, doctora en Ciencias Sociales de Flacso y especialista en medios, dice: «Los escritores no están lejos de los nuevos parámetros de celebridad: un escritor puede ser conocido, célebre o respetado. Son muy pocos los que tienen las tres condiciones. Las dos primeras son producto de la maquinaria de prensa de la industria editorial: entre periodistas que no leen, lo que se difunde es la solapa del libro. Además, sucede que somos más los que escribimos que los que leemos. Sobre todo porque cada vez tenemos menos tiempo de leer de tanto que nos lleva escribir. Por eso viene Amazon como justiciero universal y amenaza con pagar regalías por páginas efectivamente leídas. Yo creo que además debería descontar lo que leímos de falsas reseñas, falsas entrevistas al autor y demás delicias de la maquinaria de difusión».
Y sea por fama u oscuridad, de pronto todos queremos ser escritores. Queremos viajar a la Feria del Libro de Guadalajara y codearnos con nuestros cuates latinoamericanos mientras planeamos la revolución de la literatura, una vez más, pero para siempre. Queremos hacer frases que rompan la moda y poder descansar en lo que ya dijimos. Pero nos falta el corazón latente de nuestro sueño: nos falta haber escrito.
POR UN LUGAR EN LA LITERATURA
«Ser conocido puede ser un efecto secundario de trabajar mucho, moverte siempre en un ambiente determinado o ser muy bueno en Twitter. Mi táctica, que es producto de discapacidad publicitaria, es recitar en vivo y llevar los libros. Es un trabajo de hormiga pero es súper satisfactorio -cuenta Mariana Bugallo, que el miércoles que viene en Casa Brandon presentará el libro Muchacho-. Supongo, por otro lado, que los nuevos medios de difusión ayudan a que nos conozcamos entre nosotros más que a que se nos conozca».
Por su parte, Nora Galia, directora de la editorial Letras del Sur, profesora de la carrera de Edición de la UBA y especialista en Gestión cultural, dice: «En el marco de la hipermodernidad, no estamos frente a lectores sino a consumidores omnívoros. Es una tarea conjunta del editor y del autor batallar contra una constante oferta de ‘entretenimiento’ y de nuevos star systems. Hoy, el escritor tiene que tomar un rol activo para construirse como tal».
¿Pero qué es construirse como escritor? Primero, asumir el deseo de ser escritor, tenga sentido o no. Después, comunicar. Y comunicar es ser un escritor que postea. Intentar, claro, mantenerse en los reinos del buen gusto. Y si la competencia es feroz, bajar cada tanto al barro de la confesión y contar, por ejemplo, que uno va a estar leyendo textos en tal o cual evento palermitano. ¿Le importa a alguien? Imposible saberlo, pero la consigna es clara: el que quiere escribir, labure su perfil de escritor. Ya no más postear felices cumpleaños a la vieja ni fotos del partido: ahora sólo referencias a la literatura. Empezar a ir a encuentros a levantar la copa con extraños. Seguir escritores en Twitter, lograr en lo posible una mención de alguien respetado. Salir a la caza de notas y artículos sobre la propia novela. Y olvidar el lastre moral de la humildad. Después de todo, ¿qué es un escritor hoy en día sino alguien que proclama que sus palabras tienen un valor?
Gonzalo Garcés, director editorial de Galerna y escritor, dice: «Yo creo que los mejores artistas logran un equilibrio existencial muy delicado. Ellos saben que son boludos como todos tratando de ganarse el pan, pero saben también que la imagen mágica que proyectan no por ser falsa carece de valor. Es como la imagen de Dios para un ateo o la idealización que vos podés hacer de alguien a quien amás. Es un fantasma, sí, pero un fantasma que te eleva un poco más alto y te sirve de guía. George Clooney dijo que él no tenía Twitter porque si tenés Twitter sos accesible, y si sos accesible, no sos una estrella. No conozco a George, pero tengo el pálpito de que no cree que es una estrella inalcanzable, pero sabe que tiene que proyectar esa imagen. Es como ser padre. Ser padre, en presencia de tus hijos, es claramente ser mejor de lo que sos, porque ellos lo necesitan». Igual que la literatura, que necesita de la máquina de humo para seguir estando viva.
La frase
«Dejaré de escribir novelas sobre la crisis griega porque estoy exhausto. Ahora escribiré sobre crecimiento, aunque pueda parecer ciencia ficción» ( Petros Márkaris )
Allende a la tierra andina: Luis Sepúlveda
El escritor chileno se nos muestra, por sobre todo, como un trotamundos de mochila ávido de experiencias. Su nombre empezó a cobrar trascendencia mundial a través de la publicación de su novela El viejo que leía poemas de amor, texto del que a posteriori se hizo una versión cinematográfica. A ésta se le unieron luego otros títulos de renombre, como Patagonia Express, Mundo del fin del mundo o La sombra de lo que fuimos.
Pero el autor y periodista trasandino (1949 – ) como era de esperar, ha incursionado en la autoría de libros de viaje, también en la creación de guiones para cinematografía y en el relato breve, con recopilaciones como Historias marginales, Historias de aquí y de allá o Desencuentros. De éste último título, mientras nos transporta sobre las notas a ritmo de jazz, nos sumerge en una historia que habla de espectros familiares, de silencios pretéritos que irrumpen con toda su vehemencia en el presente: My favorite things, en su texto completo.
“Está tranquilamente sentado contemplando la inmovilidad de la tarde. Jugando a adivinar reflejos de agua en la ventana, chispazos de luz externa que se filtran entre las plantas, mirando a veces el reloj sin la menor intención de descubrir el momento exacto en que se encuentra porque, sencillamente, da lo mismo.
Nada hay más inmóvil que la tarde con su rutina de muertes que se acusan en las cortinas herméticas de las ventanas, en los destellos agónicos que evidencian interiores en reposo, en las rejas que frustran cualquier deseo de salir a comprar cigarrillos, en la iluminación débil de la calle, que proyecta obeliscos sobre los adoquines. La tarde se pega al humo del cigarrillo, adquiere una tonalidad azul perenne, tan sutil que se rompe cuando él recuerda que acaba de leer un artículo sobre la muerte de Thelonious Monk y sabe también que es John Coltrane el que sopla el saxofón soprano, y que la primera vez que escuchó My favorite things fue hace ya tal cúmulo de tiempo que no vale la pena recurrir a los calendarios del recuerdo.
Busca a cuatro patas, va desempolvando las cintas, leyendo con pereza las anotaciones hechas con tintas de colores, viendo el paso de los años en las inscripciones ya borrosas, y finalmente encuentra la cinta deseada.
My favorite things y Thelonious Monk recientemente muerto al otro lado del mundo y tal vez con el mismo olor a cigarrillos que ahora inunda esta habitación en la que la tarde se ha detenido con todo su peso. Soplando el saxofón soprano el aliento sensual de John Coltrane.
Descorcha la botella de vino y se prepara entonces para rendir homenaje póstumo al muerto gritando desde las páginas del periódico. Pone el casete en el aparato y se sienta a esperar las primeras notas, pero lo único que llega a sus oídos es el ronroneo mecánico de un gato con asma.
Piensa que es un fallo de la grabación, y es natural, los primeros casetes fueron grabados sin dedicación, apropiándose de la música a la rápida, encerrando las tonalidades que antaño se esparcieron y llenaron las salas de otros tiempos sin mayor preocupación que la idea posesiva de no olvidar; esa música fue un testimonio de días con comienzo y final establecido, pero sin hacer evoluciones demasiado prematuras, o acaso demasiado atrasadas. Así pasan unos minutos que se tornan insoportables y llega a la conclusión de que el casete está dañado. Demasiado tiempo sin ser escuchado, demasiados viajes; tal vez con unas gotas de aceite funcione otra vez.
Va entonces a la cocina, regresa con el cuchillo del pan, destripa la cinta y descubre que está cortada, casi imperceptiblemente cortada, y respira satisfecho.
Está nuevamente a cuatro patas en el suelo, en la actitud atenta de un cirujano ante una emergencia. Suda un poco, los dedos se le antojan demasiado grandes, torpes para realizar una misión tan delicada, pero finalmente lo consigue. Vuelve a colocar las tapas, con la ayuda de un bolígrafo otorga una aceptable tensión a la cinta, la encaja en el aparato y se dispone, ahora sí con seguridad, en pocos segundos, a zanjar con My favorite things toda cavilación acerca de la inmovilidad de la tarde y, para coronar el triunfo alcanzado, se sirve una copa hasta los bordes.
Primero se sorprende de lo que escucha. Piensa que puede ser un efecto no recordado, pero resulta ser indiscutiblemente un llanto, sí, es un llanto de mujer, un llanto tenuemente reprimido y, a espaldas del llanto, se oyen unas voces, son palabras de consuelo, voces que emiten sus mensajes con una tonalidad tan apagada que no alcanza a comprender con toda su nitidez las ideas expresadas, entonces se incorpora, sube el volumen, pega las orejas al parlante y puede reconocer a la mujer que llora. Es su madre.
La voz entre sollozos habla de sueños y esperanzas, allá al lado del mar grande, llora con un llanto suave pero desolado y, por sobre las frases de consuelo, logra articular algunas palabras más inteligibles, algo así como que era una noticia que siempre estuve esperando, algo así como qué pena no poder estar allá con él, y luego logra identificar entre otras la voz de su hermano: es la más fuerte y decidida, es la voz que a veces masculla con todo rencor posible la palabra mierda; luego se distinguen las voces de tíos y parientes más lejanos, más allá de las referencias que a veces regala la memoria. Parientes y amigos a los que tantas veces prometió una carta que se detuvo en el encabezamiento y fue a dar al canasto de los papeles junto a los corchos, a las colillas de los innumerables cigarrillos fumados en noches de espera y de semen involuntario”
Está de pie escuchando, tiene la frente pegada a los vidrios, pero al lado de la ventana no están sino las sombras de una tarde que agoniza, y las voces se suceden y hay un ruido de tacitas y susurros que ofrecen una copita de coñac y alguien, también impersonal, que dice que le sirvan a la vieja, y luego pausas que son aprovechadas por la impudicia del gato asmático que desliza su ronroneo entre las voces, el gato invisible que habita en todas las grabadoras del mundo y que opaca la voz del tío Julio que dice que afortunadamente la Seguridad Social del país donde se encuentra es bastante eficiente, y los parientes más lejanos confirman con sus alabanzas la perfección de la burocracia europea, y todos al unísono dicen que ya no hay que preocuparse, que, aunque estas cosas son siempre duras, hay que pensar que el pobrecito ahora sí que va a descansar, que todos sabemos que salió bastante enfermo de la cárcel y que el pobrecito nunca dijo nada, tan hombre hasta el fin, dice una voz que se ofrece para hacer los trámites en el consulado y consultar mañana sin falta los precios de Lufthansa, pero a lo mejor le hubiera gustado quedarse en esta tierra junto al viejo; sí, eso es lo que le hubiera gustado, y oprime el botón de stop.
Mira a la calle y le parece más solitaria e inmóvil que nunca. Se dispone a salir, pero esta vez sin coger las llaves porque sabe que nunca volverá a cruzar ese umbral hediondo de orines, que nunca más volverá a habitar ese piso de hombre solitario, y que nunca más escuchará My favorite things interpretada por el cuarteto de Thelonious Monk, con John Contrane soplando el saxofón soprano.”
La frase
«El libro es un objeto tecnológicamente perfecto. En el fondo, el negocio del texto electrónico es algo de las multinacionales, que quieren el monopolio y se van a cargar la diversidad del libro, de las librerías, de las editoriales» ( Jacobo Siruela )
Aval de las letras francesas: Albert Camus
Tal vez y sin saberlo, fue uno de los últimos escritores que contribuyeron a la otrora grandeur de Francia en el siglo pasado. Y más aún de la literatura mundial, cuando por el conjunto de su obra se hizo merecedor del premio Nobel de Literatura en el año 1957.
Dueño de una escritura despojada de toda ostentación, que oscila entre lo escueto y lo por momentos casi telegráfico, el galo, apoyándose en la idea solo a través del propio peso de las palabras, supo ganarse por méritos propios su espacio en las letras. De origen argelino y de formación eminentemente humanística, en su breve existencia (1913-1960) supo coquetear con las tesis del anarquismo y el comunismo, lo que le valió enemistades y simpatías en igual medida. Más aún cuando en su momento reclamó por el derecho a la libertad de su país de origen, aunque recalcando la importancia de la herencia cultural de la metrópoli francesa. Luego, con el paso de los años, terminó tomando distancia de cualquier posición dogmática al respecto.
Escribió ensayos: El mito de Sísifo, El hombre rebelde; obras teatrales: Calígula, Estado de sitio, y obviamente novela, entre las más renombradas: La peste o La caída. En todos ellos los temas recurrentes eran alimentados por los problemas de conciencia y las incógnitas existenciales del individuo. El pasaje a continuación pertenece a la novela que quizás más alimentó la proyección de su nombre como autor, El extranjero:
“… Me despertó un roce. Como había tenido los ojos cerrados, la habitación me pareció aún más deslumbrante de blancura. Delante de mí no había ni la más mínima sombra, y cada objeto, cada ángulo, todas las curvas, se dibujaban con una pureza que hería los ojos. En ese momento entraron los amigos de mamá. Eran una decena en total, y se deslizaban en silencio en medio de aquella luz enceguecedora. Se sentaron sin que crujiera una silla. Los veía como no he visto a nadie jamás, y ni un detalle de los rostros o de los trajes se me escapaba. Sin embargo, no los oía y me costaba creer en su realidad. Casi todas las mujeres llevaban delantal, y el cordón que les ceñía la cintura hacía resaltar aún más sus abultados vientres. Nunca había notado hasta qué punto podían tener vientre las mujeres ancianas. Casi todos los hombres eran flaquísimos y llevaban bastón. Me llamaba la atención no ver los ojos en los rostros, sino solamente un resplandor sin brillo en medio de un nido de arrugas. Cuando se hubieron sentado, casi todos me miraron e inclinaron la cabeza con modestia, los labios sumidos en la boca desdentada, sin que pudiera saber si me saludaban o si se trataba de un tic. Creo más bien que me saludaban. Advertí en ese momento que estaban todos cabeceando, sentados enfrente de mí, en torno del portero. Por un momento tuve la ridícula impresión de que estaban allí para juzgarme.
Poco después una de las mujeres se echó a llorar. Estaba en segunda fila, oculta por una de sus compañeras, y no la veía bien. Lloraba con pequeños gritos, regularmente; me parecía que no se detendría jamás. Los demás parecían no oírla. Se mostraban abatidos, tristes y silenciosos. Miraban el féretro o a sus bastones, o a cualquier cosa, pero no miraban a nada más. La mujer seguía llorando. Yo estaba muy asombrado porque no la conocía. Hubiera querido no oírla más. Sin embargo, no me atrevía a decírselo. El portero se inclinó hacia ella y le habló, pero sacudió la cabeza, murmuró algo, y continuó llorando con la misma regularidad. El portero vino entonces hacia mi lado. Se sentó cerca de mí. Después de un rato bastante largo me informó sin mirarme: «Estaba muy unida con su señora madre. Dice que era su única amiga aquí y que ahora ya no le queda nadie»
Quedamos un largo rato así. Los suspiros y los sollozos de la mujer se hicieron más raros. Sorbía mucho, luego calló por fin. Yo no tenía más sueño, pero me sentía fatigado y me dolía la cintura. Ahora me resultaba penoso el silencio de todas esas gentes. Sólo de vez en cuando oía un ruido singular y no podía comprender qué era. A la larga acabé por adivinar que algunos de los ancianos chupaban el interior de las mejillas y dejaban escapar unos raros chasquidos. Tan absortos estaban en sus pensamientos que ni se daban cuenta. Tenía la impresión de que aquella muerta, acostada en medio de ellos, no significaba nada ante sus ojos. Pero creo ahora que era una impresión falsa.
Todos tomamos café, servido por el portero. Después, no sé más. La noche pasó. Recuerdo que en cierto momento abrí los ojos y vi que los ancianos dormían amontonados, excepto uno que me miraba fijamente, con la barbilla apoyada en el dorso de las manos aferradas al bastón, como si no esperase sino mi despertar. Luego volví a dormirme. Me desperté porque cada vez me dolía más la cintura. El día resbalaba sobre el techo de vidrio. Poco después uno de los ancianos se despertó, y tosió mucho. Escupía en un gran pañuelo a cuadros y cada una de las escupidas era como un desgarramiento. Despertó a los demás, y el portero dijo que debían marcharse. Se levantaron. La incómoda velada les había dejado los rostros de color ceniza. Al salir, con gran asombro mío, todos me estrecharon la mano, como si esa noche durante la cual no cambiamos una palabra hubiese acrecentado nuestra intimidad.
Estaba fatigado. El portero me condujo a su habitación y pude arreglarme un poco. Tomé café con leche, que estaba muy bueno. Cuando salí era completamente de día. Sobre las colinas que separan a Marengo del mar, el cielo estaba arrebolado. Y el viento traía olor a sal. Se preparaba un hermoso día. Hacía mucho que no iba al campo y sentía el placer que habría tenido en pasearme de no haber sido por mamá…”