«Un vistazo general a la sociedad y un barrido a la prensa del corazón te pueden dejar la impresión de que, si no estás buena y no tienes hijos, has fracasado en la vida. Pues bueno, muchas de nosotras ni estamos buenas ni tenemos hijos, pero somos lo suficientemente listas para no caer en simplificaciones tan absurdas» ( Paula Hawkins )
Autor: depunoyletra.com
Acuarela de Brasil: Jorge Amado
A similitud de la exuberante tierra bahiana, en sus textos se dan cita la crudeza de la realidad circundante al lado de una alta dosis de sensualidad. Así y todo, el brasileño (1912-2001) fue un hombre que nació en el seno de una familia acomodada, con un padre propietario de todo un latifundio. Tal vez ese choque de realidades le haya influido para que eligiera estudiar la carrera de leyes en primer lugar, y en otro orden, su posterior afiliación al partido comunista; militancia por las que tuvo que exiliarse en Argentina primero y en Uruguay después.
Pero mucho antes de ello y cuando solo contaba dieciocho años, ya había hecho su primera incursión en el campo literario con la publicación de su novela El país del carnaval. Así, mientras su prosa se iba horneando a fuego lento, sus ideas políticas le llevaban a ser elegido diputado por el estado de Sao Paulo. Pero no lo fue por mucho tiempo, ya que los constantes cambios en su país le llevarían otra vez a tener que abandonarlo de manera forzosa, esta vez su destino sería Francia.
Superado este último período y ya de regreso en Brasil, tomó la decisión de alejarse de la arena política para abocarse plenamente en sus escritos. Aunque bien es cierto que de una u otra manera, de forma más explícita o subyacente, siempre los retazos de su ideología se hicieron presentes en sus relatos. Fruto de su creación dio a conocer textos del calado de Gabriela, clavo y canela; Doña Flor y sus dos maridos o Teresa Batista cansada de guerra, donde supo combinar la riqueza de las tramas con una atractiva composición de los personajes. Novelas por las que obtuvo premios y reconocimientos además de su ingreso en la Academia Brasileña de las Letras.
El pasaje a continuación pertenece a uno de los relatos incluidos en Los pastores de la noche:
“… Una vez, de vuelta de un demorado viaje por luengas tierras, le dio al doctor Menandro por elogiar a las francesas pasándose la lengua por los labios y moviendo su cabezón de sabio. <No hay mujer como la francesa.> Así habló, y Pé-de-Vento, hasta entonces respetuosamente callado, no pudo contenerse:
-Doctor, discúlpeme, usted es un sabio, inventa remedios para curar enfermos, enseña en la facultad y todo eso. Pero, perdone mi franqueza: yo nunca he dormido con francesas, pero le aseguro que no hay como las mulatas. Señor doctor, créame no hay como las mulatas en la cama. No sé si el doctor habrá tenido alguna mulata, una de esas de color té, de esas que son como un patache moviéndose en las aguas… ¡Ah, señor doctor, el día en que usted tumbe a una en la cama no querrá saber más de francesas…!
Discurso tan largo no lo había pronunciado Pé-de-Vento desde hacía años. Señal de exaltación. Peroró convencido, se quitó el sombrero agujereado, como cumplimiento, y se calló. Inesperada fue la respuesta del doctor Menandro.
-De acuerdo, amigo, siempre me gustaron las mulatas. Sobre todo de estudiante, y aún hoy. Hasta me llamaban el <Catador de mulatas>. Pero ¿quién dice que no hay mulatas en Francia? ¿Sabe usted lo que es una mulata francesa recién llegada del Senegal? Llegan navíos llenos de mulatas de Dakar a Marsella, amigo…
Realmente, ¿por qué no había de haberlas?, preguntose Pe-de-Vento, dando la razón al médico, persona de su particular devoción. Tal vez solo Jesuíno Galo Doido y Tibéria estuvieran colocados más alto en la escala de su admiración y estima. Cuando volvió a escuchar, el doctor Menandro disertaba sobre sobacos.
Poseía Pe-de-Vento, como se ve, no larga práctica como ciertos conocimientos teóricos sobre las mulatas. Práctica y teoría que se habían revelado inútiles ante la incomprensible Eró. Pé-de-Vento sentíase derrotado y sin ilusión. Aquella mujerona, con miedo de una ratita, ¿dónde se vio tal cosa? ¿Mulata verdadera? No. Nunca lo habría creído.
Iba Pé-de-Vento hacia la tienda de Alonso. La ladera del Pelourinho, frente a él se llenaba de mulatas, de mulatas auténticas. Un par de pechos y de muslos, de caderas ondulantes, de pelambreras perfumadas. A docenas parecían desembarcar de las nubes negras del cielo, poblaban las calles, un mar de mulatas, y, en ese agitado mar, Pé-de-Vento navegando. Mulatas subían corriendo la ladera, otras volando, una se hallaba sobre la cabeza de Pé-deVento; un seno crecía y se alzaba en el cielo, un cielo lleno de traseros pequeños y grandes, rollizas todas, a escoger.
Estaba la noche en sus comienzos. Los inicios misteriosos de la noche de Bahía, cuando todo puede ocurrir sin causar espanto… La primera hora de Exu, la hora, la hora de las sombras del crepúsculo, cuando Exu sale por los caminos. ¿Le habrían hecho aquel día su ofrenda en todas las casas del santo, la ofrenda indispensable, o acaso alguien habría olvidado la obligación? ¿Quién, sino Exu, podía llenar de mulatas hermosas y libertinas la ladera del Pelourinho y los ojos azules de Pé-de-Vento?
En el mar, allá abajo, las velas de los pesqueros, con urgencia de llegar antes que la lluvia. Nubes saliendo barra afuera, tañidas por el viento, cerrándole el paso a la luna llena. Vino una mulata de oro y se llevó la melodía silbada por Pé-de-Vento, dejándolo solo con sus cavilaciones. Su meta era el tenducho de Alonso. Allí estarían los amigos y con ellos podría discutir el complicado asunto, Jesuíno Galo Doido tenía luces suficientes para desentrañarlo y explicárselo. Era agudo el viejo Jesuíno. Y si no estuviesen los amigos allí, Pé-de-Vento iría hasta el cafetín de Isidro do Batualê, en las Sete Portas, iría al muelle, al bar de Cirilíaco, ya en los linderos de la ley, con sus contrabandistas y sus rufianes, iría al burdel de Tibéria, los buscaría por todas partes hasta dar con ellos, empapado por la lluvia que empezaba a caer a goterones. Discutiría con los amigos y aclararía aquella confusión. A su alrededor volaban mulatas a cual más verdadera…”
La frase
«Un libro tiende a promover una comunidad. Es un acto político pleno de significado entre su autor y sus lectores» ( Camille de Toledo )
Grandes de las letras: José Maria Eça de Queirós
El portugués (1845-1900) fue abogado, periodista, diplomático y escritor, aunque supo compatibilizar estas dos últimas profesiones. Hijo de una familia pudiente, el portugués cursó estudios de leyes en la Universidad de Coimbra y, una vez egresado, dio rienda suelta a su pasión por las letras con la publicación de varios artículos en la Gazeta de Portugal, colaboración que luego se extendería durante años en el mismo diario así como en otras tantas publicaciones.
De forma paralela se sintió atraído por la carrera diplomática, fue cuando se presentó a oposiciones para el cargo de cónsul, alcanzando el primer puesto de su promoción. Con el posterior nombramiento, sería destacado en ciudades tan disímiles como la caribeña La Habana o las inglesas Newcastle y Bristol.
Pero ya comenzaba a despuntar su andadura como autor de ficción con la publicación de su primera novela El misterio de la carretera de Sintra, en autoría conjunta con Ramalho Ortigao. A esta primera, le siguieron una decena más de su única autoría, entre las que se destacaron El primo Basilio o Los Maia. Incursionó también dentro del relato breve, entre los que cabe destacar Excentricidades de una chica rubia como uno de sus cuentos más renombrados.
En los últimos años su nombre volvió a recobrar fuerza para las nuevas generaciones, a través de la llegada a la gran pantalla de la más renombrada de sus obras, El crimen del padre Amaro. A continuación, el pasaje con el que da comienzo la novela:
“Era domingo de Pascua cuando se supo en Leiría que el párroco de la catedral, José Miguéis, había muerto de madrugada de una apoplejía. El párroco era un hombre sanguíneo y cebado, que pasaba entre el clero diocesano por «el comilón de los comilones». Se contaban historias singulares sobre su voracidad. Carlos el de la botica —que lo detestaba— solía decir siempre que lo veía salir después de la siesta, con la cara enrojecida, harto:
-Ahí va la boa a rumiar. ¡Un día revienta!
Reventó, en efecto, después de una cena de pescado, a la misma hora en que, enfrente, en casa del doctor Godinho, que cumplía años, se polqueaba con estruendo. Nadie lo lamentó y fue poca gente a su entierro. En general no era estimado. Era un aldeano; tenía los modales y las muñecas de un cavador; la voz ronca, pelos en las orejas, el hablar muy rudo.
Las devotas nunca lo habían querido: eructaba en el confesionario y, como había vivido siempre en parroquias aldeanas o de la sierra, no entendía ciertas sensibilidades exacerbadas por la devoción: por eso había perdido, desde el principio, a casi todas las confesadas, que se pasaron al pulido padre Gusmáo, ¡can rico en labia!
Y; cuando las beatas que le eran fieles iban a hablarle de escrúpulos, de visiones, José Miguéis las escandalizaba, gruñendo:
-¡Pero qué historias, santita! Pídale a Dios sentido común. ¡Más juicio en la mollera!
Lo irritaban sobre todo las exageraciones en los ayunos:
-¡Coma y beba! —solía gritar—, ¡coma y beba, criatura!
Era ´miguelista` y los partidos liberales, sus opiniones, sus periódicos, le producían una ira irracional.
-¡Mano dura, mano dura! —exclamaba, agitando su enorme quitasol rojo.
En los últimos años había adquirido hábitos sedentarios y vivía aislado con una criada vieja y un perro, Joli. Su único amigo era el chantre Valadares, que gobernaba entonces el obispado, pues el señor obispo, don Joaquín, penaba desde hacía dos años su reumatismo en una quinta del Alto Miño. El párroco sentía un gran respeto por el chantre, hombre enjuto, de gran nariz, muy corto de vista, admirador de Ovidio, que hablaba siempre poniendo la boca pequeñita y con alusiones mitológicas.
El chantre lo estimaba. Le llamaba «fray Hércules».
-«Hércules» por la fuerza —explicaba sonriente—, «fray» por la gula.
En su entierro, él mismo le hisopeó la tumba; y como tenía por costumbre ofrecerle todos los días rapé de su caja de oro, les dijo a los otros canónigos, en voz baja, al dejar caer sobre el féretro, según el ritual, el primer puñado de tierra:
-¡Es la última pulgarada que le doy!
Todo el cabildo rió mucho la gracia del señor gobernador del obispado; el canónigo Campos la contó por la noche, tomando el té en casa del diputado Novais; fue celebrada con risas gozosas, todos exaltaron las virtudes del chantre y se afirmó con respeto «que Su Excelencia tenía mucha picardía».
Días después del entierro apareció, errando por la plaza, el perro del párroco, Joli. La criada había sido internada con fiebres tercianas en el hospital; la casa había sido cerrada; el perro, abandonado, gemía su hambre por los portales. Era un chucho pequeño, extremadamente gordo, que guardaba vagas semejanzas con el párroco. Habituado a las sotanas, ávido de un dueño, tan pronto veía a un cura empezaba a seguirlo con gemidos serviles. Pero nadie quería al infeliz Jolí; lo ahuyentaban con las puntas de los quitasoles; el perro, rechazado como un pretendiente, aullaba toda la noche por las calles. Una mañana apareció muerto junto a la Misericordia; el carro del estiércol se lo llevó y, como nadie volvió a ver al perro en la plaza, el párroco José Miguéis fue definitivamente olvidado.
Dos meses más tarde se supo en Leiría que había sido nombrado otro párroco. Se decía que era un hombre muy joven recién salido del seminario. Se llamaba Amaro Vieira…”
La frase
«Se sigue dando por sentado que, si eres mujer, estás predispuesta hacia la maternidad, la seducción… que eres menos afín al pensamiento lógico y matemático. Una serie de asunciones que se ven confirmadas por la realidad que se conforma a través de la educación y la difusión cultural de los roles de género» ( Lena Andersson )
La frase
«La intelectualidad me interrumpe el trabajo. Y la rabiosa actualidad me incordia. Pero no puedo prescindir de ella. Si no leo la prensa el día no empieza para mí» ( Juan Marsé )
Una belga de hábitos orientales: Amélie Nothomb
Su vestimenta, por lo usual coronada por amplios sombreros, y un aspecto que por momentos roza lo curioso o distraído, puede llegar a desorientar al lector más desprevenido. Pero la escritora belga nacida en la nipona Kobe (1966) representa mucho más allá que la mera apariencia exterior.
De padre diplomático, desde temprana edad Amélie Nothomb abrevó de las costumbres y formas de una cultura tan disímil a la de su familia como la oriental, con la que se creció y convivió. También en diferentes periodos de su vida vivió en China, Laos, Bangladés o Myanmar, experiencias todas que le brindaron abundante material para sus posteriores trabajos literarios.
Dueña de un estilo que oscila entre lo crítico e irónico admite ser prolífica en su producción literaria, aunque luego asevera que descarta la mayoría de aquello que escribe. No obstante, publica al menos un título por año, pero bien es cierto que a posteriori no todo su producción obtiene idéntica resonancia. De entre sus obras más valoradas por los lectores se encuentran Metafísica de los tubos, Ordeno y mando o El viaje de invierno; aunque haya sido con la novela Estupor y temblores donde haya alcanzado el punto álgido de su proyección internacional. De esta última, el pasaje a continuación:
“…No todas las niponas son guapas. Pero cuando alguna decide serlo, las demás ya pueden prepararse.
Todas las bellezas emocionan, pero la belleza japonesa resulta todavía más desgarradora. En primer lugar porque esa tez de lis, esos ojos suaves, esa nariz de aletas inimitables, esos labios de contornos tan dibujados, esa complicada dulzura de los rasgos ya bastan para eclipsar los rostros más logrados. En segundo lugar, porque sus modales las estilizan y las convierten en una obra de arte que va más allá de lo racional. Y, por último —y sobre todo—, porque una belleza que ha sobrevivido a tantos corsés físicos y mentales, a tantas coacciones, abusos, absurdas prohibiciones, dogmas, asfixia, desolación, sadismo, conspiración de silencio y humillaciones, una belleza así constituye un milagro de heroísmo.
No es que la nipona sea una víctima, nada más lejos de la realidad. De todas las mujeres del planeta, la nipona no es de las que salen peor paradas. Su poder es considerable: hablo por experiencia.
No: si por algo merece ser admirada la japonesa —y merece serlo es porque no se suicida. Conspiran contra su ideal desde su más tierna infancia. Moldean su cerebro: «Si a los veinticinco años todavía no te has casado, tendrás una buena razón para sentirte avergonzada», «si sonríes perderás tu distinción», «si tu rostro expresa algún sentimiento, te convertirás en una persona vulgar», «si mencionas la existencia de un solo pelo sobre tu cuerpo, te convertirás en un ser inmundo», «si, en público, un muchacho te da un beso en la mejilla, eres una puta», «si disfrutas comiendo, eres una cerda», «si dormir te produce placer, eres una vaca», etc. Estos preceptos resultarían anecdóticos si no la emprendieran también con la mente. Porque, en resumidas cuentas, la estocada que, a través de todos estos dogmas incongruentes, se ha asestado a la nipona es que nada bueno debe esperar de la vida. No aspires a disfrutar porque tu placer te destruirá. No aspires a enamorarte porque no mereces que nadie se enamore de ti: los que te amarían te amarían por tu apariencia, nunca por lo que eres. No esperes que la vida te dé algo, porque cada año que pase te quitará algo. Ni siquiera aspires a una cosa tan sencilla como alcanzar la tranquilidad, porque no tienes ningún motivo para estar tranquila.
Aspira a trabajar. Teniendo en cuenta tu sexo, existen pocas posibilidades de que puedas labrarte una buena educación, pero aspira a servir a tu empresa. Trabajar te hará ganar dinero, el cual no te proporcionará ninguna alegría pero al que eventualmente podrás recurrir, en caso de matrimonio, por ejemplo —porque no serás tan estúpida como para creer que alguien pueda interesarse por ti únicamente por tu valor intrínseco…
Aparte de esto, puedes aspirar a llegar a vieja, lo que, no obstante, carece de interés, y a no conocer el deshonor, lo que constituye un fin en sí mismo. Aquí termina la lista de tus lícitas esperanzas.
Y aquí empieza la interminable procesión de tus estériles deberes. Deberás ser irreprochable, por la simple razón de que es lo mínimo a lo que se puede aspirar. Ser irreprochable sólo te reportará el ser irreprochable, lo que no constituye ni un orgullo ni mucho menos una fuente de placer.
Me resultaría imposible enumerar todas tus obligaciones, ya que no existe ni un minuto de tu vida que no esté regido por alguna de ellas. Por ejemplo, incluso cuando estés aislada en un retrete por la humilde necesidad de liberar tu vejiga, tendrás la obligación de vigilar que nadie pueda escuchar la melodía de tu arroyo: así pues, deberás tirar de la cadena sin cesar.
Cito este ejemplo para que comprendas lo siguiente: si incluso dominios tan íntimos e insignificantes de tu existencia están sometidos a mandamientos, piensa, con mayor razón, en la amplitud de las obligaciones que pesarán sobre los momentos más esenciales de tu vida.
La frase
«No hay mayor tragedia, que es lo mismo que decir mayor atractivo literario, que el hecho de que nuestros deseos sean incompatibles con el tipo de personas que realmente somos» (Kate Morton)
Grandes de las letras: Robert Louis Stevenson
Escritor respetado, envidiado e imitado, el oriundo de Edimburgo fue autor de crónicas de viaje, innumerables ensayos y novelas históricas. Aunque edificó su fama a través de sus relatos fantásticos, género en que se le considera un ilustre maestro.
Dueño de una salud endeble, que le llevó constantemente a padecer de enfermedades respiratorias, la trascendencia de su obra en su breve vida (1850-1894) fue tal que influyó en otros grandes literatos contemporáneos: Joseph Conrad o H. G. Wells, y aún posteriores, como los argentinos Jorge Luis Borges o Adolfo Bioy Casares, admiradores confesos del autor escocés.
A Stevenson le debemos entre otros el recopilatorio de cuentos Nuevas noches árabes, el libro de viajes A través de las llanuras o las novelas La isla del tesoro o La flecha negra; pero sin lugar a dudas fue El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde, con el que logró mayor proyección entre sus lectores. De este último y del relato En busca del señor Hyde el pasaje siguiente:
“…A partir de ese día, el señor Utterson empezó a rondar la puerta del callejón. Por la mañana, antes de las horas de oficina; a mediodía, cuando tenía más trabajo y disponía de menos tiempo; por la noche, bajo la faz brumosa de la luna; con cualquier luz y a todas horas, solitarias o concurridas, se encontraba el abogado en su puesto.
<Si él se dedica a esconderse –se decía-, yo me dedicaré a buscarlo.>
Y por fin su paciencia se vio recompensada. Hacía una noche fría pero sin lluvia; las calles estaban tan limpias como el suelo de un salón de baile; las farolas, inmóviles en el aire tranquilo, proyectaban un dibujo constante de sombras y luces. A las diez en punto, cuando cerraban las tiendas, el callejón se quedaba muy solitario, y a pesar del sordo y sempiterno rugido de Londres, también muy silencioso. Hasta los sonidos más leves llegaban muy lejos, los ruidos domésticos de las casas a ambos lados de la calle se oían con claridad, y el rumor de los pasos de los transeúntes les precedían un largo rato. El señor Utterson llevaba varios minutos en su puesto cuando oyó unas pisadas rápidas y extrañas que se aproximaban. En el curso de sus patrullas nocturnas se había acostumbrado al extraño efecto por el que el andar de una persona concreta destaca de pronto sobre el vasto zumbido y el estrépito de la ciudad cuando todavía se encuentra muy lejos. Sin embargo, nunca le había llamado la atención de un modo tan claro y poderoso, y cuando se ocultó en el umbral de una casa lo hizo con un intenso y supersticioso presentimiento de triunfo. Los pasos se acercaron rápidamente y se volvieron más ruidosos al doblar la esquina. El abogado se asomó desde su escondite y pronto pudo ver con qué clase de hombre tenía que vérselas. Era bajo e iba vestido con suma sencillez, y su aspecto, incluso desde lejos, producía una insólita repulsión en cualquiera que lo observara. Fue directo a la puerta, cruzando la calle para ahorrar tiempo, y al acercarse sacó una llave de bolsillo como quien llega a su casa.
El señor Utterson se adelantó y le tocó el hombro al pasar.
-¿No es usted el señor Hyde?
El señor Hyde se encogió y tomó aliento con un siseo. Pero su temor fue solo momentáneo y, aunque no miró al abogado a la cara, respondió con bastante frialdad:
-Lo soy. ¿Qué quiere?
-Me ha parecido que usted se disponía a entrar –respondió el abogado-. Soy un viejo amigo del doctor Jekyll, el señor Utterson de Gaunt Street, seguro que le ha hablado de mí, y, al encontrarle tan oportunamente, he pensado que me permitiría acompañarle.
-El doctor Jekyll no está en casa, ha salido –replicó el señor Hyde soplando en el cañón de la llave. Y de pronto, pero todavía sin levantar la mirada, preguntó-: ¿De qué me conoce usted?
-¿Podría hacerme un favor? –replicó el señor Utterson.
-Con mucho gusto -repuso el otro-. ¿De qué se trata?
-¿Me permite que le vea la cara? –preguntó el abogado.
El señor Hyde pareció dudar, y luego, impulsado por una súbita reflexión, levantó la cabeza con aire desafiante y los dos se miraron fijamente a los ojos durante unos segundos.
-Ahora podré reconocerle –dijo el señor Utterson-. Puede que me sea útil.
-Sí –respondió el señor Hyde-, yo también me alegro de que nos hayamos conocido; y “à propos”, querrá usted saber mi dirección.
Y le dio un número de una calle en el Soho.
<¡Dios mío! –pensó el señor Utterson-, ¿Será posible que el también haya estado pensando en el testamento de Jekyll?>
Pero se guardó sus pensamientos para sí y se limitó a musitar su agradecimiento por las señas.
-Y ahora –insistió el otro-, ¿de qué me conoce?
-Me lo habían descrito.
-¿Quién?
-Tenemos amigos comunes –respondió el señor Utterson.
-¡Amigos comunes! –respondió Hyde con aspereza-. ¿Quiénes?
-Por ejemplo, Jekyll –respondió el abogado.
-¡Él no le ha hablado de mí! –gritó el señor Hyde rojo de furia-. No le creía a usted capaz de mentir.
-Vamos –dijo el señor Utterson-, ese no es el lenguaje apropiado.
El otro hizo una mueca, soltó una salvaje carcajada, y, acto seguido, abrió la puerta con una rapidez extraordinaria y desapareció dentro de la casa…”
