La frase

«El sexo no te liga por fuerza a unos mandamientos ideológicos. El único compromiso que asumo por mi condición, es el de defender el derecho de cualquier mujer a ser lo que le plazca y pensar lo que quiera»  Elvira Lindo )

A propósito de Gao Xingjian

La sola mención de su nombre no le aportará mucha más información al lego; pero el escritor chino (1940- ) tiene su espacio propio bien ganado en el acotado mundo de las letras.

Originario de Guangzhou su primera aproximación a la literatura la hizo como traductor de francés, idioma que el oriental había aprendido en la Universidad de Pekín. Años después fue contratado por el Teatro Popular de las Artes de la ciudad capital, de esta época datan las primeras publicaciones de sus piezas teatrales, La señal de alarma y La estación de autobuses. Obras con las que cosechó cierto reconocimiento y también la censura de las autoridades, quienes no dudaron en acusarle de ser un “intoxicador cultural” y con ello, le penalizaron con la prohibición de la representación de las mismas.

A partir de ese hecho los caminos se terminaron de bifurcar para Xingjian, sólo le quedaban dos opciones, el silencio o el exilio. Su decisión le llevó a trasladarse a París, ciudad donde dio a conocer sus escritos en forma de cuento y además sus novelas El libro de un hombre solo, Una caña de pescar para el abuelo y quizás su mayor logro hasta el presente, La montaña del alma, las que a partir de ese momento comenzaron a ser traducidas a varios idiomas.

Finalmente en el año 2000 y cuando menos lo esperaba, le fue concedido el premio Nobel de Literatura por el conjunto de su obra. A la lógica repercusión mundial por la obtención del galardón le siguieron la manifiesta ignorancia de los máximos jerarcas de su país, quienes acusaron a la academia sueca de atacarles con una distinción que juzgaron tenía mucho de carga política y poco de reconocimiento a la calidad literaria de su compatriota.

Para apreciar sus dotes de escritor, nada mejor que el texto completo de su relato El calambre:

“Un calambre. Le ha dado un calambre en el estómago. Pensaba llegar nadando más lejos, cómo no, pero a cosa de un kilómetro de la orilla ha sentido un calambre en el estómago. Al principio lo creyó simple dolor de estómago, un dolor que se le pasaría con el simple movimiento, pero la tensión que sentía en el abdomen iba a más y al final dejó de avanzar. Se palpa el estómago, y al notar el bulto duro en la parte derecha comprende que se trata de una contracción muscular debida al contacto con el agua fría. No había hecho suficiente ejercicio antes de entrar en el agua. Después de cenar había ido solo a la playa desde el pequeño edificio blanco que albergaba la casa de huéspedes. Estaban en otoño, hacía viento y era raro que alguien se bañase al atardecer, a hora en que la gente conversaba o jugaba a las cartas. De lo hombres y mujeres que abarrotaran la playa tumbados en la arena al mediodía sólo quedaban cinco o seis, entretenidos en jugar al voleibol: una joven con bañador rojo, y el resto, muchachos con bañadores aún empapados que acababan de salir del agua, incapaces quizá de soportar el gélido mar de otoño. En toda la costa no había un solo bañista metido en el agua. Había entrado derecho en el mar, sin echar una mirada atrás, confiado en que la muchacha lo seguiría con la vista. Pero ahora ya no puede verlos. Da la vuelta y se pone de cara al sol, un sol que desciende allende los montes y está por ocultarse detrás de la colina donde se halla el mirador de la casa de reposo. El fulgor amarillo de los últimos rayos del sol poniente le hiere la vista, y el continuo vaivén de las aguas o la luz que recibe de frente le impiden distinguir con claridad cuanto se halla por debajo de la silueta del mirador en forma de quiosco situado en lo alto de la colina, las copas borrosas de los árboles que flanquean el camino costanero o el piso segundo de la casa de reposo, semejante a un barco. ¿Estarán aún jugando al voleibol? Patalea en el agua.

Todo es, a su alrededor, oleaje blanco y rumor profundo de mar verde sombrío; no hay una sola barca de pesca. Se pone boca arriba, sostenido por las olas, y entre las crestas cenicientas distingue, muy a lo lejos, un punto negro; mas cada vez que se hunde en el valle de una ola no ve siquiera la superficie, pues el agua es un talud negro más brillante que le satén. La contracción muscular es cada vez más intensa. Flotar boca arriba le permite friccionarse con la mano derecha el bulto duro del estómago, y el dolor se atenúa. Al frente y por encima de la coronilla, aun costado, hay una nube como la pelusa; y el viento allá arriba debe soplar con más fuerza.

Pero flotar a la deriva de esta manera, a merced del oleaje, suspendido un instante para caer al siguiente entre las crestas de las olas, no sirve de nada; ha de nadar a la orilla sin perder más tiempo. Vuelto a la posición normal, lanza las piernas con fuerza, y logra superar el viento y las olas y adquirir cierta velocidad; pero el estómago, aliviado apenas de su tensión, comienza a dolerle de nuevo, y esta vez el dolor es tan agudo, que siente la rigidez que atenaza toda la parte derecha del abdomen, y también como se hunde. Todo cuanto ve es el verde sombrío del mar, su extraordinaria nitidez, y la gran calma que sólo altera el rosario de burbujas apremiantes que el produce al respirar. Logra sacar la cabeza, abriendo y cerrando los párpados para quitarse el agua de las pestañas. Aún no se ve la línea de costa. El sol ya se ha puesto, y el cielo resplandece en tintes rosados sobre la colina que sube y baja. ¿Estarán aún jugando al voleibol? Y la muchacha y ese bañador rojo que es el origen de todo. Se hunde de nuevo, y el dolor lo obliga a encogerse el estómago. Da de inmediato un par de brazadas, y cuando al fin logra tomar aire, traga agua, una bocanada de mar áspera y salada; tose, es como si le clavasen agujas en el estómago. Tiene que ponerse de nuevo boca arriba, tumbado en el agua con las los brazos y las piernas abiertos, y el dolor se atenúa en cuanto logra relajarse un poco.

El cielo que lo cubre se ha tornado lóbrego y ceniciento. ¿Estarán aún jugando al voleibol? Ellos son lo más importante; ¿lo habrá visto la muchacha del bañador rojo adentrarse en el agua? ¿Estarán oteando el mar? El punto negro situado a su espalda sobre la superficie negruzca, ¿es una barquita, o algún artilugio flotante que se ha soltado de sus amarras? Pero ¿a quién puede importarle su paradero? En ese instante no cuenta más que consigo mismo. Puede gritar, pero frente a él tiene el estruendo monótono, incesante del oleaje, un estruendo que lo sume en la mayor de las soledades que ha conocido. Su ánimo flaquea, pero enseguida recobra el dominio de sí mismo, y al instante una corriente helada lo atraviesa de la cabeza a los pies y lo arrastra irremediablemente. El cuerpo ladeado, bracea con la mano izquierda y se cubre el estómago con la derecha, en el momento en que, sin dejar de friccionarse, mueve las piernas, siente aún el dolor, pero ahora es soportable. Comprende que sólo puede escapar de la corriente fría con la fuerza de sus piernas, y que su única salvación es aguantar como sea, aguantar todo, por inaguantable que le parezca. No debe pensar en la gravedad de la situación, pues por más especulaciones que haga, lo cierto es que sufre una contracción de los músculos del abdomen y se halla en aguas profundas, aun kilómetro de la orilla. En realidad no sabe si se halla o no a un kilómetro de distancia, pero tiene la sensación de que su deriva es paralela a la línea de la costa. A fuerza de piernas logra, al fin, contrarrestar el ímpetu de la corriente fría; más ahora tiene que luchar por salir de ella, si no quiere correr en un instante la misma suerte que el punto negro flotante sobre las olas, engullido por el lóbrego mar. Tiene que aguantar el dolor, mantener la calma, mover las piernas con fuerza; no puede aflojar lo más mínimo, y menos aún ponerse nervioso; tiene que coordinar a la perfección el movimiento de piernas con la respiración y las fricciones; no puede dejarse invadir por ningún otro pensamiento, permitirse el menor atisbo de pánico.

El sol se ha puesto muy deprisa, el mar está sumido en las sombras y ya no alcanza a ver las luces de la orilla; ni siquiera distingue la costa, la curvatura de la colina. De pronto, su pie tropieza con algo, y con el sobresalto siente una convulsión, un dolor lacerante en el bajo vientre; mece con suavidad la pierna y advierte la escocedura en forma de círculo del tobillo: ha tropezado con los tentáculos de una medusa. Allí está, bajo el agua, la redondez blanca y grisácea de la criatura, como un paraguas abierto de bordes labiados ondeantes y membranosos. Podría aferrarla con la mano, arrancar la boca en que convergen los tentáculos.

En los últimos días había aprendido de los niños de la costa a cazar y a sazonar medusas. Bajo el alféizar de la ventana de su cuarto de la casa de huéspedes ya había majado con una piedra siete medusas a las que antes había arrancado la boca y untado con sal; una vez secas, se convertirían en unos pocos pellejos apergaminados. Y ahora él también corría el riesgo de convertirse en un simple pellejo, un cadáver que ni siquiera llegaría flotando a la costa. Mejor dejarla vivir en paz. Crece, con ello, su ansia de vida; ya no volverá a cazar medusas, y si logra llegar a la costa, tampoco volverá a bañarse en el mar. Mueve las piernas con energía, apretando el abdomen con la mano derecha; no debe dar rienda suelta sus pensamientos, tan sólo ha de concentrarse en el ritmo regular de sus piernas. Ve el brillo de las estrellas, su resplandor maravilloso, y eso significa que se dirige justamente en dirección a la costa. El bulto duro del estómago ya ha desaparecido, pero él, con infinita cautela, sigue friccionando, aunque con ello demore su avance…

Cuando llega a la orilla y sale del agua, en la playa no hay un alma y la marea está alta. Es esta marea la que le ha ayudado, piensa, mientras su cuerpo desnudo expuesto al viento tiembla con un frío más intenso que el que sentía cuando estaba en el agua. Se tumba boca abajo en la playa, pero la arena tampoco está tibia. Cuando al fin se incorpora, echa a correr: tiene prisa por anunciar al mundo que acaba de escapar de la muerte.

En el vestíbulo de la casa de huéspedes todos siguen jugando a las cartas; los mismos tertulianos de antes siguen escrutando la cara del adversario o la propia jugada, y ni uno solo hace el menor ademán de levantar la cabeza para dirigirle una mirada. Vuelve a su cuarto, pero su compañero no está; estará de cháchara en algunas de las habitaciones vecinas. Mientras coge su toalla del reborde de la ventana es consciente de que las medusas majadas con una piedra y untadas con sal que hay rezumando agua. Al fin se cambia de ropa, se calza los zapatos, para llevar los pies calientes, y vuelve solo a la playa.

El estruendo del oleaje. El viento es más recio; las olas blancas y grises se suceden impetuosamente y al restallar en la orilla desparraman sobre la playa sus aguas negras. Una ola que no logra esquivar a tiempo le empapa los zapatos, y alejado un corto trecho de la orilla echa a andar por la playa sumida en la oscuridad, vacía de estrellas. Al rato oye voces, voces de hombres y mujeres que hablan, y distingue tres sombras. Se detiene. Van en dos bicicletas y en la parrilla trasera de una de ellas hay sentada una muchacha de cabello largo. Las ruedas se hunden en la arena y las sombras que conducen parecen hace un gran esfuerzo. Los tres no cesan de hablar y reír; la voz de la muchacha que va sentada en la parrilla es especialmente alegre. Se detienen delante de él, afirman las bicicletas sobre los caballetes y uno de los jóvenes entrega a la muchacha la gran bolsa que carga en la parrilla. Los dos jóvenes empiezan a desvestirse, dejando al descubierto su extrema delgadez, y una vez desnudos agitan los brazos y saltan y gritan sobre la playa.

-¡Qué frío, qué frío!- gritan, mientras la muchacha ríe inconteniblemente, como si le estuviesen haciendo cosquillas.

-¿Queréis beber ahora?- pregunta la sombre de ella desde el costado de las bicicletas.

Vuelven, cogen la botella de licor que ella tiene en sus manos, beben a morro por turnos, la devuelven y corren hacia el mar.

-Aaah, aaah…

-Aaah…

Restalla el oleaje, la marea sigue creciendo.

-¡Volved pronto!- grita la muchacha con voz aguda.

La única respuesta es el embate de las olas.

El débil reflejo del agua que fluye sobre la playa le permite ver el par de muletas en que se apoya la muchacha erguida junto a las bicicletas”.    

 

La frase

«En las redes sociales es tan fácil añadir amigos o borrarlos que no necesitas habilidades sociales. Estas las desarrollas cuando estás en la calle, o vas a tu centro de trabajo, y te encuentras con gente con las que tienes que tener una interacción razonable. Ahí tienes que enfrentarte a las dificultades e involucrarte en un diálogo»  ( Zygmunt Bauman )

Manuel Rivas, el periodismo literario

La existencia que nos envuelve y su fecundidad se manifiestan con los elementos suficientes para oficiar de disparadores de nuestras historias literarias. Así lo asevera la escritora Marilynne Robinson, cuando advierte que “Los escritores no necesitan hacer lo que se esperaba  de ellos una y otra vez, ya que la realidad les podía servir de correctivo…”.

Es evidente que el escritor gallego Manuel Rivas (La Coruña, 1957) toma a pie juntillas los conceptos de la autora estadounidense cuando, fruto de sus experiencias como reportero gráfico, no duda en echar mano de la fuente de las crónicas de sucesos para ir hilvanando sus relatos. Bien es cierto que el coruñés ya había saltado a la arena literaria con éxito a través de El periodismo es un cuento,  compilación de historias breves que se acaban de reeditar en una impresión ampliada.

Otro de los reconocidos padres contemporáneos del periodismo, el neoyorquino Gay Talese, manifiesta que “La motivación del periodismo ha de ser la agresiva persecución de la verdad”. Pues Rivas no sólo se aboca a ello sino que se deja llevar por los acontecimientos a caballo de su escritura  vertiginosa, para transportarnos a ámbitos que van desde los campesinos de la frondosa selva de Colombia, hablarnos de la dureza de los trabajadores de la mar en Galicia, hasta topar con los intelectuales que trabajan de taxistas en la rumana Bucarest. Sus historias se encuentran cargadas de veracidad mientras subyace el eterno conflicto de la condición humana; con la suficiente acometida de vindicación y de sensibilidad que difícilmente dejen indiferente a quien acometa con su lectura.

Para saborear el fruto de su pluma nada más atinado que un pasaje incluido en el relato Nosotras, diosas y esclavas, un bosquejo de la situación de la mujer en la India:

“Uno de los olores que le gustan a Gulab es el de la sal.

Y el tacto.

Porque es suave y áspera a la vez.

Gulab es una muchacha, tiene dieciséis años, pero una voz que va más allá, como de otro tiempo. En silencio, al lado de su madre, ambas sentadas, las manos cogidas, parece una niña que vive un momento especial de reencuentro familiar. También el lugar es especial. El aula del instituto público de Mudigubba, en la zona rural de Anantapur. Un edificio modesto, en la soledad de un descampado próximo a la carretera, con un patio de tierra endurecida, agrietada, donde algunos árboles mantienen una posición heroica de reclutas de sombra, con sus hojas contadas. Los pupitres son de piedra de pizarra. A Gulab también le gusta esa textura fresca. En toda su modestia; el lugar tiene el aura de un lugar querido.

Nosotros estamos sentados en la posición de los alumnos. Algunos, chicos y chicas, asoman con discreción por las pocas ventanas abiertas, pues hay que mantener el sol a raya. La mayoría ha ido a comer. Gulab y su madre Asmarthbee, de cuarenta y ocho años, están sentadas en el lugar que normalmente ocuparía la persona que impartiera clase. Y es ahí, cuando habla, cuando su presencia se transforma. Crece. Deja de tener el tamaño de una niña. Gulab es ciega de nacimiento. Gran parte de su cara está afectada por un gran tumor. Es un rostro en el que predomina la pincelada sobre la línea. Ella vela con un paño, por momentos, esa parte. Viste con gusto. Se toma mucho interés por su ropa. Su estilo, sus colores. Se despierta muy temprano, hacia las cinco de la mañana, para lavarse y arreglarse. Pero lo que al final le interesa, lo que centra su presencia, es lo que dice, lo que quiere expresar. Es la voz de una mujer sabia. Ha vivido y sentido cosas que no están a nuestro alcance. Ha convertido sus problemas en valores.

Hace unos años, pocos, las niñas ciegas como Gulab no tenían ningún futuro. No por sí mismas. La educación era inviable en castas y lugares marginados. Con Gulab había un condicionante añadido. Un rechazo por su aspecto físico. La palabra que más oía a su alrededor era <¡Monstruo!>. Y desde pequeña tuvo que asimilar que ella era la destinataria de eso terrible que oía. En este caso, la familia fue decisiva. Su madre es costurera. A Gulab le gustaba mucho oír el canto mecánico de la Singer, un contacto entre la madre y ella. Y la radio. Le apasiona la radio. Y todas las músicas posibles. Y las voces de la naturaleza. El viento. La lluvia. Hay tantos vientos como instrumentos musicales. Y la lluvia tiene sentimientos, puede venir triste o alegre. ¿Oír cuentos? No, prefiere las historias familiares. La memoria de las voces anónimas. Despierta con los gallos. Le entristece mucho oír el lamento de los perros.

Gulab tiene muy desarrollados los sentidos. También el de la vista, solo que ve hacia dentro. Puede reconstruir lo que le ha pasado. La experiencia inolvidable en la escuela de la fundación, que abrió los primeros centros con una pedagogía avanzada para las diferentes discapacidades. Allí conoció a Alba, una voluntaria catalana, ciega ella también de nacimiento. Había llegado a ser deportista de esquí sobre nieve. Pero a donde quería Alba, por encima de las altas montañas, era precisamente a la India. Y Gulab aprendió mucho con ella y con otras voluntarias. A distinguir los colores, por ejemplo. A cuidar de sí misma. A leer en Braille. Recuerda muy bien la primera vez que llegó allí y conoció a Vicente: no se le escapa una fecha. Era un sábado, el 11 de noviembre de 2000. Es un portento para las cifras (puede hacer operaciones complejas en segundos). Y las lenguas. Ese es su sueño. Ser profesora de idiomas. Las palabras la quieren. Se quedan siempre con ella. Aprender idiomas. Enseñarlos. Traducirlos. Transmigrarlos.

Todo iba bien para Gulab. Después de estudiar en el centro de la Fundación, le siguiente paso era ir, con una beca, a un instituto de alta calidad educativa. En la gran ciudad de Hyderabad. Junto con Bangalore, centro también de innovación tecnológica, espejos de la India emergente. Gulab reunía todas las condiciones y más. Lo que nunca se imaginó es que sería rechazada por su aspecto. La dirección alegó que la presencia física de Gulab tendría efectos negativos en los otros estudiantes. Otra vez resonaba el estigma de la infancia: <¡Monstruo!>.

Su voz es muy especial. Es una voz que parece contener toda la musculatura humana de la historia. Ya cambiando su cuerpo. Su rostro es bello, de una belleza convulsa. No puedo dejar de pensar en la historia de Joseph Merrick, aquel ser extremadamente sensible, marginado, que inspiraría ‘El hombre elefante` de David Lynch.

Al principio a Gulab se le vino el mundo abajo.

Hubo una gran campaña de solidaridad. Y Gulab adquirió fuerza, se rebeló contra aquella injusticia. Le ofrecieron una especie de acuerdo solapado. Podría ir a Hyderabad, tal vez a otro sitio de educación especial.

Gulab sorprendió a todos. O a casi todos. No aceptaba ese parche. Se iría a su tierra, a un instituto público normal. Y allí está. Con una calificación de 329 puntos sobre 500. No se le escapa una cifra.

Le pregunto si admira a algún personaje histórico. Esas preguntas se hacen por preguntar. Y me responde de inmediato:

Durgabai Deshmukh.

¿Quién es Durgabai? Una luchadora.

Cuando me documento, me encuentro con un personaje extraordinario. Una niña de Andhra Pradesh a la que obligaron a casarse con ocho años. Pero se liberó de las ataduras muy pronto. A los doce años recogía fondos para la lucha independentista de la India y se encontró de frente con Gandhi. Estuvo en prisión en tres ocasiones. Puso en marcha el Andhra Mahila Sabha, una red vanguardista de asistencia social. Prestó especial atención a la educación de la infancia con discapacidades, empezando por la ceguera. Tenía el don de la palabra. Fue premio espacial de la Unesco.

Pero antes, en su época de activista por la libertad de la India, participó en la célebre ‘marcha de la sal`, en 1930. Al principio ridiculizaron a Gandhi por esta iniciativa. Pero cuando cientos de miles de personas hacia la costa y las salinas para coger un puñado de sal prohibida, ese día el Imperio británico supo que iba a perder la India. Por un puñado de sal”.

                                                             

La frase

«El impulso de un novelista y el de un escritor de diarios personales no son muy distintos. Al fin y al cabo ‘yo` es el personaje desconocido que uno tiene más a mano. ‘Yo` es, ante todo,  un recurso narrativo; (ya que) cada uno de nosotros alberga un secreto que él mismo ignora»  Salvador Pániker )

Carmen Balcells, el adiós a «Mama Grande»

Días atrás tuvo lugar un sentido homenaje a la figura de la agente literaria y a lo que ella significaba. Y es que la propietaria de la agencia con mayúsculas de las letras españolas y latinoamericanas (1930 – 2015) dejó un importante legado cultural, y además la huella de su personalidad a lo largo de su existencia, que le llevó a ser bautizada cariñosamente por muchos de sus representados como “Mamá Grande”.

Trabajo, perseverancia y una gran visión fueron los elementos con los que construyó su nombre, de lo que los anglosajones definirían como una self made woman. Características con las que tuvo la tutela de las obras de escritores de la talla de Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Isabel Allende, José Donoso, Eduardo Mendoza o Juan Marsé, por nombrar sólo algunos, y que la llevaron a jerarquizar el desempeño del agente literario.

Nada Carmen Balcells (blog.derrama.org.pe)mejor para señalarla que sus propias palabras vertidas en el momento de su nombramiento como Doctora Honoris Causa de la Universidad Autónoma de Barcelona: “Por un lado, soy corpórea, terrenal, práctica, apasionada, exigente, generosa, y por el otro, irracional, generadora inconsciente del mito que acompaña mi vida de heroína de leyendas míticas. He sido, por tanto, agente con licencia para matar, sí, pero en realidad sólo con el deseo interior de ser Alicia en el país de las maravillas o una princesa medieval, y he derramado lágrimas en las batallas, he regado maravillas con guaraná y risotto, he querido a los autores sin cámaras ni micrófonos, y he evadido miedos con mil rosas literarias”.  Pensamiento que la definirá para la posteridad, y que de manera acertada fue incluido en el programa del acto “Memorial Balcells”, celebrado el pasado doce de enero, en el Palacio de la Música Catalana de la ciudad de mediterránea.

El aporte de su agencia para el progreso de las letras es considerado de tal magnitud, que el fruto de sus años de labor hasta el presente fue adquirido por el propio Ministerio de Cultura, cuando fue considerado como bien erudito español.

Luego  de su deceso otra de sus vástagos adoptivos, en este caso la brasilera Nélida Piñón, escribió unas sentidas palabras dedicadas a quien fuera su representante durante cuarenta años: “Allá donde fuera Carmen Balcells, tenía como precepto ordenar el mundo y los afectos. Por eso eligió con valentía a esta escriba brasileña, habitante del otro lado del Atlántico, para ser su amiga fiel. A ella confió memorias secretas, confidencias conmovedoras, el repertorio de una vida única, singular…”, para cerrar luego “La mortalidad es funesta y nada puedo hacer. Pero para mí, amada amiga, tú eres inmortal. Descansa en paz, ‘Carmencita do meu coraçao`”.

 

Mario Benedetti, un trashumante de la palabra

Es lo menos que se puede adjetivar de un escritor que sobrevoló por sobre todos los géneros literarios; cuando incursionó en novela, relato, poesía, ensayo, en el texto teatral y hasta en la crítica literaria.

De obvia descendencia itálica, su aprendizaje se vio enmarcado por una educación eminentemente germánica. De hecho para él que escribía, leía y veía pasar el mundo desde la tribuna de un bar, en la filmación de uno de sus tantos textos para el cine, apareció desempeñando el papel de un pintoresco parroquiano que entre charla y café recitaba poemas en la lengua de Goethe.

Pero más allá de estas pequeñas licencias personales, el autor uruguayo (1920-2009) se ganó el respeto de los lectores a base de textos bien estructurados, de trama fina y con protagonistas acabadamente elaborados. Una prueba de ello se puede apreciar en su primera gran novela, La tregua (1960), que hasta el presente cosecha más de ciento cincuenta ediciones, lo que le permitió trascender a la gran pantalla y que luego fue representada en teatro y también en televisión.

Aunque no todo en su vida fue un camino de rosas, cuando su libre pensar le llevó a ser juzgado por los militares que detentaban el poder como de peligrosa influencia y -como muchos otros- a conocer los rigores del exilio, con estancias en Argentina, Perú, Cuba y finalmente España. Aunque su pluma nunca se detuvo, con una producción de más de ochenta libros, por los que obtuvo varios galardones: el Premio Reina Sofía de Poesía, el  Internacional Menéndez Pelayo, el Iberoamericano José Martí y el Premio Llama de Oro de Amnistía Internacional.

El texto siguiente pertenece al compilatorio de relatos breves La borra del café (1992), de éste un pasaje de El dirigible y el Dandy:

“…<Fíjense, es Dandy>, dijo mi primo Fernando. Ése era el nombre que se daba a sí mismo un conocido bichicome, decano del Parque, que generalmente hacía de las cuevas su dormitorio estable. Y el mote no era tan absurdo como podía parecer, ya que, pese a sus zapatos astrosos, a su pantalón harapiento, a su camisa mugrienta y a su gabardina en girones, nunca lo habíamos visto sin corbata (incluso tenía dos: una a raya negras y rojas, y otra azul con herraduras marrones). <Tenés razón, es Dandy>, dijo Daniel. MI vecino Norberto se acercó al cuerpo del ‘bichicome, pero Daniel lo detuvo. <No lo toques>, dijo, <¿no ves que si encuentran nuestras huellas digitales van a pensar que fuimos nosotros?> Norberto retrocedió obediente, no solo como reconocimiento de que Daniel era ahora el líder, sino también de su cultura detectivesca, obtenida, según nos contaba a todos, en su frecuentación de Sherlock Holmes. Eso también revelaba una apreciable distancia entre Daniel y los demás. Mientras nosotros estábamos aún en Edmundo de Amicis o Salgari, él frecuentaba rigurosamente a Conan Doyle. <Recuerden la hora en que lo descubrimos>, dijo Daniel. <Las tres y diez>.

Luego tomó un diario que alguien había dejado sobre las piedras, lo arrimó al cuerpo del Dandy y presionó una y otra vez con su zapato. La última vez lo hizo con más fuerza y entonces apareció una mancha de sangre, reseca y bastante extendida. Con el mismo mecanismo, desplazó hacia arriba la mugrienta camisa, dejando al descubierto una herida considerable, producida al parecer por algún instrumento cortante. A la vista de ese desastre, sentí que los ojos se me nublaban y que estaba a punto de desmayarme, pero haciendo (literalmente) de tripas corazón, me repuse a medias y alcancé a decir una frase tan memorable como ésta: <¿Y la gabardina?> Daniel me consagró una de esas miradas tiernamente menospreciativas que Holmes solía dedicar al doctor Watson, y sólo dijo: <¿La gabardina? Seguramente se la hará llevado el asesino>. Eso ya fue demasiado. Ante el simple sonido de la palabra asesino sentí que me desmayaba, y esta vez fue de veras. Luego, cuando fui recuperando el conocimiento, sentí que Fernando me estaba pasando un pañuelo húmedo por el rostro, y pensé en qué lo habría humedecido. Pero en ese instante me encontré con la mirada entre admonitoria y burlona de Daniel, quien además me decía: <Ah flojón>. Entonces sentí que la sangre me subía al rostro en oleadas, y ahí sí me repuse del todo.

Por supuesto nos juramentamos para mantener en total secreto nuestro <macabro hallazgo> (así al menos lo calificó Daniel, quien, como criminólogo en cierne, era apasionado lector de la crónica roja en la prensa diaria). Aprovechando que los mayores seguían arrobados en la observación del dirigible, volvimos por atajos separados a la playa i allí nos quedamos, simulando una fascinación que estábamos lejos de sentir, pero creando de ese modo una coartada colectiva que nos desvinculaba de aquel cadáver que quedaba atrás, allá en nuestro ex punto de encuentro. Y digo ex, debido a que por razones obvias, nunca más volvimos a citarnos allí.

A medida que fue cayendo la tarde, la multitud de curiosos se fue dispersando. Sólo entonces los adultos recordaron que existíamos. Recuerdo que mi madre, todavía emocionada, me puso un brazo sobre los hombros y me comentó <¡Qué hermosura! ¿Te gustó?> Yo me mostré entusiasmado por la butifarra aérea y así emprendimos el camino a casa, pausada y normalmente, como si nada hubiera pasado, como si de ahora en adelante no existiera un cadáver en nuestras vidas.

Curiosamente, la prensa ignoró totalmente el asesinato del Dandy. Todos los días revisábamos los diarios y escuchábamos los noticieros de radio, esperando siempre el titular temido: Asesinato en el Parque Capurro. Y los subtítulos de rigor: Se sospecha de varios menores. Aprovechando la conmoción despertada por el Graf Zeppelin, un bichicome, apodado el Dandy, es ultimado al atardecer. Diez días después del descubrimiento, nos reunimos los cuatro en el patio trasero de mi casa y resolvimos que esa incertidumbre debía concluir. Teníamos que volver al Parque para saber qué había pasado con el cuerpo del Dandy. Estuvimos de acuerdo en que era imprudente una excursión colectiva. Sólo uno de nosotros debía dirigirse al <claro del bosque> a fin de realizar una inspección ocular. Era lógico que lo tiráramos a la suerte. <Dios decidirá>, dijo mi vecino Norberto, que iba diariamente al catecismo y era el favorito del padre Ricardo. Su meta prioritaria en la vida era llegar a ser monaguillo de ese cura. Nosotros teníamos por entonces otros ideales. Como era previsible, Daniel quería llegar a ser detective; Fernando, mecánico (cuando era más chico, decía <macaneador>, pero era una errata); yo, golero de la selección, algo así como un sobrino putativo de Mazzali. Bueno, efectivamente Dios decidió. Me eligió a mí. Ese mismo día resolví ser ateo. Y hasta hoy me mantengo. Fue un drama muy duro. No sé qué hubiera pasado si el sorteo hubiera señalado a Norberto o a Fernando o a Daniel. Tal vez eso hubiera confirmado mi fe en el Señor y hoy sería párroco, o al menos obispo: pero no fue así y tuve que hacerme cargo de mi ateísmo y de la inspección ocular.

Al día siguiente partí hacia el peligro. Los otros tres quedaron en la esquina de Capurro y Húsares, a la espera de mis noticias. Me dirigí hacia el <lugar del hecho> (así lo denominaba Daniel) con todo el coraje de que disponía, que por cierto no era demasiado. Si no caminaba rápido, no era por mala voluntad, sino porque las piernas me temblaban, totalmente al margen de mi voluntad de cruzado. El temblor sólo se interrumpía cuando subía o bajaba escalones, pero no bien volvía a caminar aquella trepidación recomenzaba. Recuerdo que era una fresca mañana de  otoño, pero yo sudaba como en enero.

Por fin llegué al <claro del bosque>. Al principio no lo podía creer, pero el Dandy no estaba. Extrañamente, su ausencia me calmó. El temblor cesó como por encanto. Y hasta tuve ánimo para recorrer los caminitos que llegaban al claro y, más aún, en un larde de arrojo inconcebible, me asomé a la cueva que el Dandy había usado durante años como refugio. Tampoco allí había rastros del bichicome. Apenas una botella vacía de alcohol de quemar.

Es claro que volví sacando pecho. Cuando Daniel, Fernando y Norberto vieron que regresaba, corrieron a mi encuentro, ansiosos. Durante unos minutos los hice sufrir, pero después sus caras de susto me dieron lástima. <El occiso no está>, dije, para que se dieran cuenta de que yo también tenía mis lecturas. La noticia cayó como un balde de agua fría. <¿Habrás revisado bien?>, inquirió Daniel. Le devolví aquella mirada, entre admonitoria y burlona, que me había dedicado cuando mi desvanecimiento, y agregué: <Revisé todo. Fijate que hasta me metí en la cueva del Dandy>. <¿Te metiste en la cueva?>, preguntó Norberto con un dejo de admiración. <Sí, claro> confirmé sin dar mayor importancia a mi notable audacia, <y sólo había esta botella>. La botella fue pasando de mano en mano y luego volvió lógicamente a las mías. Sin que nadie lo decidiera de un modo explícito, pasé a ser su custodio oficial. Todos la tomábamos por el cuello y usando mi pañuelo, ya que el resto de la botella podía tener huellas digitales que no fueran las nuestras y las del propio Dandy.

Sin embargo, de poco sirvieron tantas precauciones. No sólo no se individualizó al criminal, sino que tampoco la prensa mencionó el caso. En varios de  nuestros encuentros deliberamos sobre las distintas posibilidades. ¿Estaría realmente muerto cuando lo descubrimos el día del dirigible? La respuesta unánime era que indudablemente aquello era un cadáver. Además, si no estaba muerto, ¿por qué nunca más lo habíamos visto en sus recorridos habituales? Ah, pero si era un cadáver, ¿quién se lo había llevado? ¿Por qué la prensa nunca había hecho referencia a aquel asesinato o lo que fuera? Un elemento adicional, a tener en cuenta, era que después de aquella jornada festivo-luctuosa habían desaparecido del barrio los otros bichicomes. ¿Y eso por qué? ¿Se enteraron del crimen y tuvieron miedo? Lo único que quedó en claro es que nosotros sí tuvimos miedo y, salvo aquel día en que llevé a cabo mi inspección ocular, nunca más volvimos al <claro del bosque>. Al cabo de unos meses dejamos de hablar de aquel tema que nos excitaba pero también nos ensombrecía. Sin embargo, la postrera mueca del Dandy siguió apareciendo, durante varios meses, en mis pesadillas, hasta que por fin se retiró también de ese territorio.

Dos o tres años más tarde, escuché por única vez en la radio un tango que incluía esta estrofa: <Y a veces cuando me aburro / recuerdo al Dandy, aquel vago / que en un miércoles aciago / cagó fuego allá en Capurro>. Anoté en seguida aquellos versos, para que no se me olvidaran, pero que otra vez me invadía, no el miedo de aquel otoño, pero sí un rescoldo de aquel miedo. Quizá por eso no llamé a la radio para preguntar el título del tango y el nombre del tanguero. No lo comenté con nadie y nunca más escuché aquella letra, que después de todo no era muy brillante. Sin embargo, al día siguiente consulté una de esas tablas que traen algunas agendas para averiguar qué día de la semana correspondió a un día cualquiera del pasado. ¡Y el día del Graf Zeppelin era un miércoles! Así y todo, el autor del tango no especificaba que había sido un crimen: <cagó fuego>es sinónimo lunfardo de <crepar, morir>, pero puede ser una muerte natural. ¿Muerte natural con semejante herida en el costado y con toda la sangre derramada? El episodio podría dar lugar a todo un ensayo sobre <Tango y desinformación>. Salvo que el autor fuera el asesino (¿por qué no?) y la letra una coartada, una suerte de deliberada bruma sobre aquella muerte. Ya sé, Daniel había dicho: <Como es obvio, el asesino suele volver al lugar del crimen, y ese tango (está clarísimo) es un simple regreso>. Pero no tuve ánimo para hablarlo con nadie, y aun si lo hubiera tenido, tampoco había podido, ya que Daniel, precisamente en ese año, viajaba con sus viejos por Estados Unidos.”

La frase

«No es cuestión que uno quiera estar o no comprometido. Se está comprometido por el solo  hecho de estar vivo, de estar consciente. El primero de todos los compromisos es la existencia; los demás son accidentales»  ( Eugène Ionesco )

Solidaridad en forma de libro

Las imágenes de muchos de aquellos que se ven obligados a abandonar sus países nos golpean de manera cotidiana; algunas nos conmueven, otras nos generan impotencia. Otros superan estas primeras sensaciones y se deciden a aportar su grano de arena, para mejorar el camino de los migrantes y sus posibilidades futuras. Una de ellas es Mary Jones, quien se ha lanzado en la concreción de una idea solidaria en el campamento de refugiados “The Jungle” en Calais, costa francesa del canal de la Mancha.

El texto a continuación es un extracto del artículo de Roger Tagholm en la publicación digital Publishing Perspectives:

Una biblioteca improvisada acaba de abrir sus puertas en el campamento de emigrantes «Jungle» en Calais, al norte de Francia. Denominada «Jungle Books», funciona en base a donaciones y es atendido por una corriente de voluntarios que simpatizan con la difícil situación de los refugiados, cuyas historias seguirán dominando las noticias por mucho tiempo a través de toda Europa. En él se hallan libros de ficción, para niños, diccionarios, libros de referencia y hasta títulos de negocios, y actúa como un apoyo a la escuela que ya existe en el campamento, donde funciona con un horario regular durante todos los días de clase.

Es la inspiración de la profesora británica Mary Jones – originaria de Gales-, pero que en la actualidad vive en Amiens, ella ha estado trayendo artículos al campamento durante años, pero tenía la intención de hacer algo más. «Desde que el centro anterior en Sangatte cerró hace años, he estado manteniendo un ojo en la situación que se vive aquí, trayendo cosas cuando podía. Yo quería hacer algo que ofreciera ayuda real, práctica. Muchas personas aquí son bien educadas, quieren subir su nivel y quieren libros que les ayuden a leer y escribir, para luego postularse a empleos o llenar solicitudes”

«Hemos hecho todo lo que hemos podido en la biblioteca y ha sido fascinante ver lo que está pidiendo la gente, por ejemplo cuentos y poesía, pero necesitamos más: diccionarios en pastún-francés, en pastún-inglés, diccionarios en lengua eritrea, liJUNGLE, Mary-Jones-and-her-newly-opened-Jungle-Books-library-710x470bros en lenguas indígenas, etc. Estoy pensando en ponerme en contacto con la Universidad Abierta para ver si tienen algo. Finalmente, me gustaría que los migrantes puedan funcionar por sí mismos y no necesiten de mi presencia».

El campamento apodado la «Jungla» por la población flotante de refugiados,  los solicitantes de asilo y los que simplemente buscan una vida mejor, se extiende a través de bajo matorral adyacente a la carretera principal que conduce a la terminal del ferry. Es aquí donde los migrantes suelen ser vistos  caminando por la orilla de la carretera, en general cuando el tráfico disminuye y existe la posibilidad de esconderse en un camión con destino al Reino Unido. Hay una presencia más o menos permanente de la policía francesa, quienes se la pasan practicando el juego continuo del gato y el ratón con los migrantes.

La «selva» se establece durante un tiempo tan prolongado, que está comenzando a ser un microcosmos del mundo exterior. Así hay dos iglesias, una mezquita, numerosas tiendas de comestibles, un puñado de pequeños restaurantes, un bar, una peluquería al aire libre, una estación de carga para móviles, un taller de reparación de bicicletas, una escuela y ahora, una biblioteca. Se divide por nacionalidades e idiomas: Afganistán, Siria, Sudán, Eritrea, Irak, a veces con la bandera de cada país revoloteando por encima de las chozas. Pasear por sus calles lodosas y los caminos que serpentean es tomar un viaje a través de algunas de las zonas más conflictivas del mundo, aunque aquí la acogida es cálida. «Bonjour», «Hola», «¿Cómo estás?», saluda  la gente al pasar.

Algunas de las casas son como las viviendas de los Hobbits: “En la cabaña que pertenece a los sudaneses me invitaron a tomar el té dulce (muy dulce), era como una cueva de moqueta oscura. La única luz natural provenía de la puerta abierta y el fuego provenía de una estufa improvisada en el otro extremo. Estaban jugando al dominó -muy popular en el ´Jungle`- y me dijeron que estaban felices de estar en Francia. Ellos no quieren ir al Reino Unido. Su portavoz era muy alegre: ‘Tienes que mantenerte feliz`, dijo. ‘Porque si no lo haces, pierdes tu alma`».

“Después de haber leído tanto en los últimos meses sobre la sociedad que toma forma aquí, me preguntaba si los libros tenían algún papel para jugar, de ahí mi decisión de tomar un ferry temprano por la mañana desde Dover para venir a averiguarlo. La alegación de que se trataba de «turismo migrante» no es del todo justa. No voy a negar que tuviera mucha curiosidad respecto del lugar. Así que, para aliviar mi conciencia, me decidí a traerr conmigo tanto como pudiera. El grupo Calais Solidaridad Migrante es muy específico acerca de lo que se necesita, e incluye a los libros”