La frase

«Me sorprende que la generación que nos regaló los años sesenta también nos diera los ochenta, y con ello todos los problemas actuales. He conocido activistas de los sesenta que acabaron convirtiéndose en banqueros de fondos de inversión veinte años después»                                                                                                                                                             Nathan Hill )

Marcela Serrano, el exilio interior

En verdad, se pueden escribir infinidad de textos sobre los diferentes exilios, pero es evidente que adquieren una veracidad mayor si eres de aquellos que los han sufrido. Y Marcela Serrano (Santiago, Chile, 1951), bien nos puede ilustrar al respecto.

La trasandina, con unos antecedentes donde se incluyen estudios en Bellas Artes en su país, con exposiciones y premios en su haber, se considera a sí misma como una escritora que ha arribado tarde al mundo de las letras. Aunque por los reconocimientos logrados con sus novelas anteriores: Nosotras que nos queremos tanto, El albergue de las mujeres tristes, Antigua vida o Diez mujeres, entre otras, se podría proclamar que bien ha valido la pena esperarla.

En su último trabajo literario la chilena sitúa la acción en los años de la dictadura Pinochetista. Coinciden allí dos personajes en principio contrapuestos por los prejuicios de clase social, pero ambos necesitados por igual de afecto y protección. Así los iniciales encorsetamientos y dogmatismos que dominan su relación, darán paso de forma paulatina a descubrir el valor de lo opuesto y el rico intercambio que deja la auténtica amistad.

En La Novena la Serrano logra atrapar la atención haciendo gala de un gran equilibrio entre sus partes. Destacan un envidiable sentido de la concisión y del ritmo, donde no necesita de largos planos secuencia para hallar al lector en el meollo de la acción. Pero quizás el mayor de sus aciertos se encuentre en la  dosificación con que incluye el tema marco en el que se inserta el relato; ya que, aunque siempre presente, la escritora sostiene a la trama sin caer en la tentación de extralimitarse con los años de despotismo militar. Para dejar de explayarse menos con lo obvio y centrarse más en cómo condicionaron los actos de las personas.

A continuación un pequeño fragmento de La Novena:

“…Odia esa iglesia, para él representa todo lo podrido de esa ciudad de mierda. El Bosque con su larga y alta torre roja y su sospechosa historia de acólitos abusados, de dineros abonados a lujos de los curas que olvidaron convenientemente los evangelios, de viejas beatas que entregaron sus sólidas y amadas argollas de matrimonio para ampliar el patrimonio de Pinochet, de jóvenes católicos, pálidos y confusos, formándose para atajar cualquier cambio que los amenace desde el futuro poder que les será otorgado: ¿cuánta sangre tendrán estas personas debajo de sus joyas?, ¿habrán actuado así creyendo a Dios de su parte o vienen a pedir perdón en  silencio para no tener que hacerlo en tribunales? ¿Cuántos muertos van en nombre de Dios? Miguel Flores se siente ajeno, un absoluto extraño, qué mierda hago aquí, se pregunta si fue una buena idea haber venido. La ceremonia ya ha comenzado. La Iglesia está abarrotada como feria de domingo, los bancos de madera mil veces encerados no dan abasto y la gente se agolpa en los pasillos laterales de la nave central; personas vestidas de oscuro como él, hombres sobre todo, de todas las edades, las mujeres habrán llegado antes porque se les ve instaladas en sus asientos. Deduce que la mayoría pertenece a esa enorme familia que arropaba a Amelia como las mantas a un vagabundo. En un rincón distingue a un grupo que resalta en medio de la concurrencia: los reconoce de inmediato, son los campesinos. Unos siete hombres, unas cuatro mujeres. Muy atildados, vestidos con ropajes oscuros y recatados, miran en solitario, no se comunican entre ellos, tampoco con el resto. Los hombres se han destapado las cabezas y sujetan los sombreros entre las manos, a la altura de la cintura. Miguel Flores hace esfuerzo por mantener la compostura, la escena lo ha emocionado. Mira de lejos el ataúd, solo y rotundo en medio de la nave, único, irrefutable. Al frente, en el primer banco, divisa a los más cercanos, los hijos, su mirada los recorre con dificultad por la distancia, la iglesia es grande, reconoce a Mel, sentada en la esquina del primer banco, pegadita al ataúd, como si fuera de su propiedad, sí, es ella, no puede equivocarse, han pasado muchos años pero quién se atrevería a sentarse casi arrimada al féretro si no fuera su hija. Perdonamos nuestras ofensas así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden, y él cae en la cuenta de que ya no revisará más el resumen de los obituarios en la prensa semanal, si lo miraba meticulosamente buscando a Amelia por la certeza de que nadie le avisaría, en la agencia se reían de él, pareces vieja cuica buscando a los muertos, le decían, no necesitará volver a hacerlo, Amelia ya murió.

A la hora de la comunión se produce un gran ajetreo: muchas personas dirigiéndose en un acongojado silencio, aunque ruidosas a su pesar, hacia el centro de la nave donde el cura, delgado, enjuto, un poco consumido y vestido todo de blanco, estático, sostiene la hostia en sus manos invitando a los fieles a ir hacia él, o, más probable, hacia Cristo. Se forma una larga fila de devotos, todos los ojos secos (en los entierros de los viejos nadie llora), como si los que quedan vislumbraran cierta liberación. Las señoras de más edad abandonan sus bancos con la penosa dificultad de sus miembros un poco entumecidos, las dejan pasar para que la espera no les sea larga. Súbitamente, como si en un camino en medio del desierto, de golpe, cayera una inesperada nevazón, irrumpen las voces de un coro, voces majestuosas inundando la iglesia entera con ímpetu y con tristeza a la vez. Será Bach o algún otro barroco, resulta divino el canto para los oídos, y Miguel Flores siente una punzada de soledad. La intimidad de su historia con Amelia amenaza con desvanecerse si no es confirmada por otro…”

De música y de vida, James Rhodes

Por su aspecto, James Rhodes (North London, 1975-), pertenece al tipo que el común denominador de las personas definiría como “extraño”. Aunque se cometería un craso error si esa primera impresión que provoca su apariencia  entre descolocado y sabelotodo, de quien se le ha perdido algo y no sabe qué, nos impidiera ver la riqueza del personaje.

El inglés tuvo una infancia en una de las mejores escuelas de su país, lo que le supuso una buena educación pero también graves desequilibrios provocados por abusos y violaciones de uno de sus educadores. Admite sin ambages que la música le supuso mantenerse con medianía dentro de los límites de la coherencia. Experiencias entre otras que Rhodes, en un acto compuesto de valentía y catarsis, vuelca en su libro Instrumental.

El suyo es un texto duro, sin concesiones. Por momentos con todo el peso de la dolorosa verdad, en otros y a modo de defensa, con todo el sarcasmo y la ironía del que puede hacer gala su autor. Todo ello para  desgranar jirones de vida, gustos musicales, infancia, educación, matrimonios, el cambio de arista que le representó la paternidad en su existencia, hasta su paso por una institución mental. Hechos que le han servido para afrontar los interrogantes que surgen de los recovecos de su mente, la rabia contenida hacia sí mismo, y descubrir lo liberador que le representa escribir.

Sea como fuere, James Rhodes es un creador que emociona cuando interpreta y conmueve cuando escribe. Las páginas de Instrumental le provocarán sentimientos encontrados al lector, desde la solidaridad al respeto, hasta sorprenderse con una no disimulada sonrisa en los labios, pero con seguridad, en instancia alguna le dejará impasible.

El pasaje siguiente es una pequeña muestra de lo que nos podemos encontrar a lo largo de la narración:

“…Podía lidiar con el sufrimiento, pero al final no pude aguantar que mi familia tuviera que pagar un precio por ello. Un día, buscando en internet, encontré una referencia a una organización benéfica que se encargaba de ayudar a hombres supervivientes de abusos sexuales. No sé muy bien por qué, pero los llamé. A lo mejor fue por aburrimiento, a lo mejor estaba hartísimo de estar hartísimo. A lo mejor fue un último y desesperado intento por ver si algo se podía salvar o convertirse en soportable.

Tenían la sede en London Bridge y me ofrecieron una cita confidencial al día siguiente. Y la gran pregunta sigue siendo: si hubiera sabido cómo se iban a desarrollar las cosas, ¿habría ido? Seguramente no.

Llegué (dos horas antes como siempre) y al fin me llevaron al típico <despacho de psicólogo con muebles de Ikea>: dos butacas relativamente cómodas, una mesita baja entre ellas, pañuelos de papel, tonos apagados, cutrísimos paisajes marítimos en las paredes. Allí encontré a la mujer más guapa que se pueda imaginar. Abierta, amable, supercariñosa y nada moralizante. Y aunque yo había decidido en firme no abordar el tema directamente, no hablar de nada demasiado personal, no bajar la guardia, se me escapó todo. Los treinta años de aquello salieron torrencialmente de mi interior, de principio a fin. Con todos los detalles que era capaz de recordar. No la miré a los ojos ni una sola vez, sino que lo solté todo como si fuera un actor que se hubiera presentado a una audición para el papel de <víctima avergonzada, chalada y autista de una violación>. Y lo único que recuerdo que me dijera después fue: <¿Se lo ha contado a su mujer?>. Una idea tan peregrina para mí como proponerme que empezara a ensayar para caminar en la luna.

   -¡Claro que no se lo he contado a mi mujer! [Incredulidad.]

   -¿Por qué no?

   -Pero ¡qué coño! ¿Y por qué iba a contárselo?

    -Porque es su mujer. Todo esto ha empezado a salir y el camino se va a ir volviendo más complicado y estrecho; va a necesitar usted todo el apoyo posible. [Mirada de incomprensión.]

Hay otra cosa que no te cuentan. En cuanto empiezas a hablar ya la has cagado. Los agresores que te obligaban a guardar silencio tenían toda la razón. No lo puedes volver a tapar. Es como sajar un forúnculo, con la diferencia de que lo que sale es un chorro aparentemente interminable de pus, bilis y residuos tóxicos que no disminuye ni decrece, sino cuya intensidad y volumen aumentan hasta que te estás ahogando en él como un hijo de puta…”

 

La frase

«La imaginación no es solo la capacidad exclusivamente humana de concebir algo que no existe y, por lo tanto, el origen de toda invención y progreso; su aspecto más revolucionario y revelador consiste en que es la fuerza que permite identificarnos con otros seres humanos con vivencias completamente distintas a las nuestras»  J. K. Rowling )

Carta a una librera

Aún guardo en la retina mi primera visión de Natu Poblet en una tarde lluviosa en su librería Clásica y Moderna; con ella agazapada, enconada en la búsqueda de vaya saber qué libro. Nada podía distraerla, ausente por completo de todo el trasiego que había a su alrededor, acometía la tarea como si en ello le fuera la propia vida.

Lejano quedaba el momento en que su abuelo había abierto las puertas del establecimiento allá en el año 1938. Fue su padre quien luego retomó la tarea y, a partir de los años ochenta, Natu y su hermano Paco fueron quienes continuaron con la pasión por los libros. Por último y después de la desaparición de Paco, fue ella quien quedó al comando de la nave.

Pero Natu Poblet, arquitecta de profesión, fue algo más que una buena librera ya que, con una gran perspectiva de conjunto, hizo del lugar un completo espacio de divulgación cultural. Con su trabajo logró que la librería, situada en la avenida Callao de la exigente y culta Buenos Aires, acrecentara su fama hasta convertirse en un centro de referencia en la ciudad. Allí escritores, editores, lectores y curiosos asisten a presentaciones, recitales de todo tipo, o bien, gastan parte de su tiempo lúdico ojeando libros o disfrutan de la atmósfera propia del lugar.

Se cumple un año que Natu partió para siempre, siguiendo tal vez con la búsqueda de algún ejemplar perdido. En la memoria de muchos queda una forma de hacer, de entender los méritos de la divulgación literaria. Hoy el destino de Clásica y Moderna los capitanea su sobrina Natalia Poblet, ella es la que ha recibido el testigo de esta larga carrera y quien, a ochenta años de haberla iniciado su bisabuelo, continúa con la saga familiar.

Vaya nuestro modesto homenaje a todos los libreros quienes, como los Poblet, desarrollan un trabajo continuado y silencioso en el arduo camino de esparcir los valores de la cultura.

FLF.-

 

El feminismo de Ngozi Adichie

La literatura nigeriana no suele caracterizarse porque su producción trascienda a muchas latitudes. De hecho apenas lo hacen algunos títulos dentro del mercado anglosajón, aún así y, cuando la calidad es la que lo impulsa, el texto logra ubicarse en los estantes de las librerías.

Es el caso de Chimamanda Ngozi Adichie (Abba, Enugu, 1977 -) quien, con su relato Querida Ijeawele, ahonda en un tema que no nos es ajeno en los últimos tiempos: el feminismo. Aunque verdad es que la escritora ya posee en su haber otras historias publicadas con anterioridad, La flor púrpura o Medio sol amarillo, en las que de una u otra manera el tema subyace en sus páginas.

Lo cierto es que Adichie no es una autora que expone su idea encaramada en una tribuna y con un escrito combativo entre sus manos, nada más lejos, ya que en su  publicación elige hacerlo casi con dulzura, exenta de toda estridencia. Cualidades con las que estructura un trabajo de quince consejos que, a modo de misiva, van dirigidos a una joven madre y a su hija que acaba de nacer.

Con un lenguaje coloquial, sus sugerencias hacen hincapié en temas como el respeto, la imprescindible educación y formación de las féminas, el cuidado por el medio ambiente o la defensa de la cultura, todo ello con el indisimulado objetivo de alcanzar una sociedad que se muestre con unos parámetros de una mayor justicia para con la mujer.

De Querida Ijeawele el siguiente pasaje:

“Sé una persona plena. La maternidad es un don maravilloso, pero no te definas únicamente por ella. Sé una persona plena. Beneficiará a tu hija. Marlene Sanders, periodista pionera estadounidense (y madre de un niño) que fue la primera mujer en informar desde Vietnam durante la guerra, una vez aconsejó lo siguiente a otra periodista más joven: <Nunca te disculpes por trabajar. Te gusta lo que haces, y que te guste lo que haces es un regalo fantástico para tus hijos>.

Me parece un consejo sabio y conmovedor. Ni siquiera tiene que gustarte tu trabajo, basta con que te guste lo que el trabajo hace por ti: la confianza y plenitud que se derivan de trabajar y ganarse la vida.

No me sorprende que tu cuñada opine que deberías ser una madre <tradicional> y quedarte en casa, que Chudi puede permitirse renunciar a una familia con <ingresos dobles>.

La gente elige selectivamente la <tradición> justificar cualquier cosa. Dile que una familia con dobles ingresos corresponde a la auténtica tradición igbo porque antes del colonialismo británico las madres no solo cultivaban la tierra y comerciaban, sino que en algunas zonas de Igbolan el comercio era tarea exclusiva de las mujeres. Tu cuñada ya lo sabría si leer no fuera para ella una empresa tan ajena. Bueno, ha sido un comentario mordaz para animarte. Sé que estás molesta –y con razón- pero en realidad es mejor no hacerle caso. Todo el mundo tendrá una opinión de lo que deberías hacer, pero lo importante es lo que tú querías y no lo que los demás quieran que quieras. Rechaza, por favor, la idea de que maternidad y trabajo se excluyen mutuamente.

Nuestras madres trabajan a jornada completa cuando éramos niñas y hemos salido bien, al menos tú, en mi caso el jurado aún delibera.

Durante estas primeras semanas de maternidad, trátate con indulgencia. Pide ayuda. Espera recibirla. No existen las ´superwomen`. La crianza es cuestión de práctica… y amor. (Desearía que <criar> no se hubiera convertido en un verbo, porque lo considero la raíz de ese fenómeno global de clase media que hace de la <crianza> una travesía inquietante, interminable, cargada de culpa.)  

Concédete espacio para fracasar. Una madre novata no tiene necesariamente que saber cómo calmar a un niño que llora. No des por hecho que deberías saberlo todo. Lee libros, consulta internet, pregunta a padres mayores o simplemente aplica el sistema de prueba y error. Pero, por encima de todo, céntrate en seguir siendo una persona plena. Tómate tiempo para ti. Cultiva tus propias necesidades.

Por favor, no pienses que se trata de <hacerlo todo>. Nuestra cultura aplaude la idea de las mujeres <pueden con todo>, pero no se cuestiona la premisa del elogio. No me interesa discutir de mujeres <que lo hacen todo> porque es una discusión que da por sentado que las tareas domésticas y los cuidados son ámbitos particularmente femeninos, una idea que rechazo enérgicamente. Las tareas domésticas y los cuidados deberían ser neutros desde el punto de vista del género y deberíamos preguntarnos no si una mujer <puede con todo>, sino cómo ayudar a los progenitores en sus deberes comunes en la casa y el trabajo…»

La frase

«Hay quienes no ceden a la fascinación de las imágenes, son aquellos héroes que rechazan las redes sociales. Por eso la lectura es una suerte de insumisión a los deseos de la vida moderna. Rechazar las pantallas hoy es ponerse al margen de la sociedad»  ( Bernard Pivot )

La frase

«¿Se recuerdan cuando en los años noventa nos decían que gracias a los ordenadores todos trabajaríamos menos horas y tendríamos más tiempo libre para el esparcimiento?»                                                                                                                                                         ( Ángel Ferrero )