«Escribo para definirme, un acto de auto creación, en un diálogo conmigo misma, con escritores que admiro, vivos y muertos, con lectores ideales. Porque me da placer. No sé con certeza para qué sirve mi trabajo» ( Susan Sontag )
«Escribo para definirme, un acto de auto creación, en un diálogo conmigo misma, con escritores que admiro, vivos y muertos, con lectores ideales. Porque me da placer. No sé con certeza para qué sirve mi trabajo» ( Susan Sontag )
El escritor italiano nunca tuvo inconvenientes en reconocer la influencia de los textos de Pessoa en su decisión de hacedor literario. Es que muchos de los años de la vida de Antonio Tabucchi (1943-2012) e incluso su muerte, transcurrieron en el Portugal del lisboeta para que después toda su experiencia, lo convirtiera en traductor del autor del Libro del desasosiego y en profesor de Lengua y Literatura portuguesa en Bolonia, Génova y Siena.
Aunque bien es cierto que sus primeros conocimientos de literatura lusitana, se remontan al tiempo en que tuvo oportunidad de asistir a la universidad de la Sorbona en París. Luego los años de residencia sumados al amor por el idioma y la idiosincrasia local, lo llevaran a desempeñarse como director del Instituto Italiano de Cultura de Lisboa.
A caballo entre sus dos países, el propio y el de adopción, nació y creció el Tabucchi literato, con una variedad de obras traducidas a infinidad de idiomas, donde destacan Nocturno hindú (1984); La cabeza perdida de Damasceno Monteiro (1997); Los tres últimos días de Fernando Pessoa (2000) y por supuesto, Sostiene Pereira (1994), texto que fue llevado al cine con Marcello Mastroianni en el papel protagónico. En él, el italiano situó la acción hacia 1938 bajo plena dictadura zalazarista, allí el apolítico Pereira responsable de la página de necrológicas de un diario católico, discutía con su flamante colaborador, el idealista Monteiro Rossi:
«…El pr
oblema es que usted no debería meterse en problemas que son más grandes que usted, hubiera querido responder Pereira. El problema es que el mundo es un problema y seguramente no seremos ni usted ni yo quienes lo resolvamos, hubiera querido decirle Pereira. El problema que usted es joven, demasiado joven, podría ser mi hijo, hubiera querido decirle Pereira, pero no me gusta que usted me tome como su padre, yo no estoy aquí para resolver sus contradicciones. El problema es que entre nosotros ha de haber una relación correcta y profesional, hubiera querido decirle Pereira, y que debe usted aprender a escribir, porque, de otro modo, si escribe con las razones del corazón, va usted a tropezarse con grandes complicaciones, se lo puedo asegurar.
Pero no dijo nada de todo eso. Encendió un cigarro, se secó con la servilleta el sudor que le bajaba por la frente, se desabrochó el primer botón de la camisa y dijo: Las razones del corazón son las más importantes, es necesario seguir siempre las razones del corazón, esto no lo dicen los diez mandamientos, pero se lo digo yo, de todos modos hay que tener los ojos muy abiertos, a pesar de todo, corazón, sí, estoy de acuerdo, pero también ojos bien abiertos, querido Monteiro Rossi, y con esto ha terminado nuestro almuerzo, en los próximos tres o cuatro días no me llame, le dejo todo este tiempo para reflexionar y para hacer una cosa como Dios manda, ¿de acuerdo? llámeme el próximo sábado a la redacción, hacia las doce del mediodía.»
«Escribo por el placer de contradecir, y por la felicidad de estar solo contra todos» ( Milan Kundera )
Las sensaciones de la reciente Feria del libro de Frankfurt aún permanecen con toda su frescura. Con todos los ecos de sus expositores, escritores, visitantes y por supuesto, el anuncio del premio Nobel, otorgado en esta oportunidad a la creadora de relatos breves canadiense Alice Munro.
Este año con Brasil y sus letras como invitados de honor. Donde aceptando el envite, se hicieron presentes más de noventa autores de todos los géneros, algunos más conocidos fuera de sus fronteras,
otros, intentando serlo. Así tanto por sus publicaciones como por su presencia física, han vuelto a trascender muchos nombres del país sudamericano; Joao Guimaraes Rosa, Machado de Assis, Nélida Piñon, Fernando Savino, Paulo Lins o Marina Colosanti, por sólo mencionar unos pocos.
Aunque bien es cierto que para muchos lectores, la brasilera es una retórica aún hoy lejana. Por tanto vaya desde aquí nuestro grano de arena con el texto a continuación, que responde a otra autora de historias breves de excepción y tal vez, una de las voces más sugerentes de la literatura brasilera contemporánea, Clarice Lispector; de su cuento Amor:
“… El tranvía se arrastraba, y en seguida se detenía. Hasta la calle Humaitá tenía tiempo de descansar. Fue entonces cuando miró hacia el hombre que estaba en la parada. La diferencia entre él y los otros era que él estaba realmente detenido. De pie, con sus manos extendidas. Era un ciego.
¿Qué otra cosa había hecho que Ana se fijase erizada de desconfianza? Algo extraño estaba pasando. Entonces lo advirtió: el ciego masticaba chicles… Era un hombre ciego que masticaba chicles.
Ana todavía tuvo tiempo de pensar en sus hermanos que irían a comer; el corazón le latía con violencia, espaciadamente. Inclinada miraba al ciego profundamente, como se mira a lo que no nos ve. El masticaba en la oscuridad, Sin sufrimiento con los ojos abiertos. El movimiento, al masticar, lo hacía parecer sonriente hasta que de pronto dejó de sonreír, sonreír y dejar de sonreír, como si él la hubiese insultado. Ana lo miraba. Y quien la viese tendría la impresión de ver a una mujer con odio. Pero continuaba mirándolo, cada vez más inclinada –el tranvía arrancó súbitamente-, arrojándola desprevenida hacia atrás y la pesada bolsa de malla que llevaba rodó de su regazo y calló al suelo. Ana dio un grito y el conductor impartió la orden de parar antes de saber de qué se trataba; el tranvía se detuvo, los pasajeros miraron asustados. Incapaz de moverse para recoger sus compras, Ana se irguió pálida. Una expresión que desde hacía tiempo no expresada en su rostro resurgía con dificultad, incierta e incomprensible. El muchacho de los diarios reía mientras le entregaba los paquetes. Pero los huevos se habían quebrado. Yemas amarillas y viscosas se pegoteaban entre la malla de la bolsa. El ciego había interrumpido su tarea de masticar chicles y extendía las manos inseguras, intentando inútilmente percibir lo que estaba sucediendo. El paquete de los huevos fue arrojado fuera de la bolsa y, entre la sonrisa de los pasajeros y la señal del conductor, el tranvía reinició nuevamente su marcha…”
«Un lector vivencia un millar de vidas antes de morir. El hombre que nunca lee vive sólo una» ( George R. Martin )
La literatura de ficción de origen germánico no es de las que abunda en el mercado en lengua castellana; con un público lector habituado más a un material procedente del mercado español y latinoamericano, del anglosajón o incluso, al proveniente de la esfera francófona.
Esta limitada frecuencia se incrementa más si se trata de escritores poco renombrados o más aún, de flamante publicación. Es el caso del abogado muniqués Ferdinand Von Schirach, quien luego de años dedicado a la resolución de casos criminales rompe esta regla con su primer trabajo, Crímenes (Salamandra), donde se ha lanzado a utilizar parte del bagaje acopiado en sus años de letrado, para dar impulso y forma a sus relatos.
Con un estilo conciso pero de ritmo intenso cercano en ciertos pasajes al reportaje periodístico, enmascarados bajo una pátina de género policial, los once relatos nos llegan aupados por un sonado éxito en su país de origen. En ellos subyace el choque entre sociedad e inmigración, cuando un séquito de sobrevivientes intentan aferrarse desesperadamente a la vida como a una tabla de náufrago. Nos hablan de códigos y de ética en el submundo del crimen y también, de aquellos que tiñen su mascarada sin importarles a quienes usan para sus fines. Sus historias se muestran desgarradoras y certeras cual afilada guillotina, sacuden y obligan a la reflexión del lector.
Nada mejor para sintetizarnos el qué y el cómo que el prólogo del mismo autor, donde destaca:
“Escribo sobre procedimientos penales, en los que he actuado como abogado defensor en más de setecientas ocasiones, pero en realidad hablo del ser humano, de sus fracasos, de su culpa y su grandeza.
Uno de mis tíos era juez presidente de un tribunal de jurado. Esta clase de tribunales son los encargados de juzgar delitos contra la vida: homicidios y asesinatos. Nos contaba casos que nosotros, de niños, éramos capaces de comprender. Siempre empezaban con la misma frase: ´La mayoría de las cosas son complicadas, y la culpabilidad es siempre un asunto peliagudo`
Tenía razón. Perseguimos las cosas, pero son más rápidas que nosotros y nunca podemos darle alcance. Yo cuento las historias de asesinos, traficantes de drogas, atracadores de bancos y prostitutas. Todos tienen una historia y no son distintos de nosotros. Nos pasamos la vida danzando sobre una fina capa de hielo, debajo hace frío, y nos espera una muerte rápida. El hielo no soporta el peso de algunas personas, que se hunden. Ése es el momento que me interesa. Si tenemos suerte, no ocurre nada y seguimos danzando. Si tenemos suerte…”
Ante la pregunta de qué se necesitaba para escribir bien, el autor argentino daba siempre una respuesta lacónica: «¡Lean, che!» ( Osvaldo Lamborghini )
Es frecuente que los escritores noveles se obsesionen por delinear la trama de un trabajo literario de ficción, para luego dejar en un segundo plano la conformación de los personajes que las nutren. Pero el camino debería correr en paralelo y la trama debe estar también al servicio de los intérpretes. Es necesario por tanto, perfilar unos protagonistas que sean lo suficientemente potentes como para dar buen impulso al relato.
Para ello la observación del escritor cumple un factor preponderante. Y la realidad nos facilita un mercado prolífico del cual poder extraer suculentos arquetipos con los que abastecer nuestros escritos. El maestro de actores ruso Constantin Stanislawki explicitaba que para construir el rol de cualquier intérprete, había que huir de los estereotipos para extraerlo de la misma sociedad que nos circunda. El resto lo debería proveer nuestra imaginación o incluso hasta los propios personajes, quienes en razón de su conformación física y psicológica, empujarían y en cierta manera condicionarían la construcción de las diferentes tramas.
Vendrá después el momento del pulido final, el de los pequeños detalles, en definitiva, de llenar a nuestros protagonistas de una cantidad de matices que los hagan propios y únicos. Luego los habrá más brillantes, expresivos u opacos, pero deberían atraer sobre ellos toda la atención de aquel que se aboca a la lectura.
Entonces será la instancia de completar la ecuación que resulta entre el escritor como emisor y el personaje como transmisor, cuando se incorpore el tercer componente, el receptor del mensaje que subyace en todo buen texto, el lector. Para, aunque hablemos de ficción, lograr componer una sinonimia con aquello que mencionaba el psicoanalista francés Jacques Lacan: Construimos nuestro mundo a través del lenguaje.
«La filosofía parece ocuparse sólo de la verdad, pero quizás no diga más que fantasías; mientras que la literatura parece ocuparse sólo de fantasías, pero quizás diga la verdad» ( Antonio Tabucchi )
Como muchos otros, fue de los denominados monarcas sin corona. Ya que siendo nominado en varias oportunidades, no fue de aquellos que inscribieron su nombre entre los recompensados con el Nobel de literatura. Se llegaron a esgrimir en su oportunidad posicionamientos elitistas o poco claros del autor, y se mencionó también que la obra del argentino (1899-1986) no contenía una gran novela.
Dejando atrás las elucubraciones que podrían haber originado los porqués, su extensa producción traducida a varios idiomas fue de las que incidieron en la creatividad de otros autores y obtuvo, y obtiene, el reconocimiento mundial de los lectores en los cuatro puntos cardinales del planeta, con compendios de poesía: Fervor de Buenos Aires, Cuaderno San Martín, El hacedor; ensayo: Aspectos de la literatura gauchesca; Otras inquisiciones, Nueve ensayos dantescos; y cuento: Ficciones, El Aleph o El libro de arena. Su trabajo se extendió también en conjunto con otros escritores y amigos, como Silvina Bullrich bajo el nombre de Suárez Lynch; o con Adolfo Bioy Casares, con el seudónimo Bustos Domecq.
Persona de vasta erudición hablaba y traducía en varias lenguas, sus posturas respecto de algunos gobiernos y dirigentes le llevaron a despertar apoyos, y también recelos. A pesar de ello, su estilo equilibrado y sobre todo la riqueza expresiva de su prosa le valieron para seducir a propios y extraños, siendo fuente de inspiración para temas musicales y también guiones cinematográficos.
Aún sin el Nobel, sus escritos le llevaron a ser galardonado con el premio de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores (1944), el Formentor de Editores (1961) y finalmente en 1979, el Cervantes de Literatura. Fue reconocido además por varias universidades, así como por una extensa lista de gobiernos extranjeros.
El pasaje siguiente pertenece a uno de sus cuentos más celebrados, El jardín de los senderos que se bifurcan (1944):
…Algo entiendo de laberintos: no en vano soy bisnieto de aquel Tsui Pen, que fue gobernador de Yunnan y que renunció al poder temporal para escribir una novela que fuera todavía más populosa que el Hung Lu Meng y para edificar un laberinto en el que se perdieran todos los hombres. Trece años dedicó a esas heterogéneas fatigas, pero la mano de un forastero lo asesinó y su novela era insensata y nadie encontró el laberinto. Bajo árboles ingleses medité en ese laberinto perdido: lo imaginé inviolado y perfecto en la cumbre secreta de una montaña, lo imaginé borrado por arrozales o debajo del agua, lo imaginé infinito, no ya de quiscos ochavados y de sendas que vuelven, sino de ríos y provincias y reinos… Pensé en un laberinto de laberintos, en un sinuoso laberinto creciente que abarcara el pasado y el porvenir y que implicara de algún modo los astros. Absorto en esas ilusorias imágenes, olvidé mi destino de perseguido. Me sentí, por un tiempo indeterminado, percibidor abstracto del mundo. El vago y vivo campo, la luna, los restos de la tarde, obraron en mí; asimismo el declive que eliminaba cualquier posibilidad de cansancio. La tarde era íntima, infinita. El camino bajaba y se bifurcaba, entre las ya confusas praderas. Una música aguda y como silábica se aproximaba y se alejaba en el vaivén del viento, empañada de hojas y de distancia. Pensé que un hombre puede ser enemigo de otros hombres, de otros momentos de otros hombres, pero no de un país: no de luciérnagas, palabras, jardines, cursos de agua, ponientes…