«Lo malo de los viejos es que ya no cambiamos de opinión. Por eso hay que prestar mucha atención a con qué pensamientos se jubila una persona a los setenta y cinco años; porque esa va a ser la renta hasta el final de sus días» ( Rafael Sánchez Ferlosio )
John Steinbeck, la herencia de una generación
En el filme El declive del imperio americano, del director canadiense Denys Arcand, se hacía referencia a que una de las razones que producía que una sociedad iniciara su inexorable descenso a los infiernos, lo constituía la negación de los jóvenes a alistarse en las fuerzas armadas para pelear por su país. En el caso de John Steinbeck (1902-1968), digno representante de la generación estadounidense de entreguerras, no le fue necesario rechazar a enrolarse en el ejército para mostrar su disconformidad (asistió como corresponsal a la IIGM), sino que utilizó todo su ingenio literario para poner en duda algunos de los valores que encontraba discordantes en su sociedad de origen.
Mucho tuvieron que ver en ello las experiencias que fue acumulando en su juventud con los trabajos con los que se fue ganando la vida, como peón rural, albañil o jornalero para diferentes tareas. Y si bien años después hasta tuvo la oportunidad de asistir a clases en la prestigiosa universidad de Stanford, nunca olvidó la pobreza que heredaron muchos de sus compatriotas a consecuencia de la Gran Depresión, ni tampoco el esfuerzo que representó para familias enteras tener que afrontar las inexorables migraciones en busca de mejores horizontes. Su reconocida novela Las uvas de la ira es un argumento certero de lo dicho.
Como se podía llegar a esperar, muchas de las tramas de sus relatos chocaron con las apreciaciones e intereses de las clases más inmovilistas del país, quienes no dudaron en tildarlo de socialista o de escritor clasista y proletario. Aún así sus textos se encontraban lejanos a cualquier apoyo en una ideología política concreta, y más bien próximos a la crítica de los males que producía el capitalismo insociable; historias que supo alimentar con muchos de los artículos extraídos de sus propias crónicas periodísticas.
A la obra mencionada, se le unieron otras: Tortilla Flat, La Perla, De Ratones y de Hombres o Al Este del Edén. Además escribió cuentos y también adaptó textos para el cine y el teatro, siendo merecedor por ellos de los galardones de la Crítica Dramática de New York; el premio Pulitzer, y finalmente en 1962, el Nobel de Literatura.
De Las uvas de la ira, el pasaje a continuación:
“Las últimas lluvias cayeron con suavidad sobre los campos rojos y parte de los campos grises de Oklahoma, y no hendieron la tierra llena de cicatrices. Los arados cruzaron una y otra vez por encima de las huellas dejadas por los arroyos. Las últimas lluvias hicieron crecer rápidamente el maíz y salpicaron las orillas de las carreteras de hierbas y maleza, hasta que el gris y el rojo oscuro de los campos empezaron a desaparecer bajo una manta de color verde. A finales de mayo el cielo palideció y las rachas de nubes altas que habían estado colgando tanto tiempo durante la primavera se disiparon. El sol ardió un día tras otro sobre el maíz que crecía hasta que una línea marrón tiñó el borde de las bayonetas verdes. Las nubes aparecieron, luego se trasladaron y después de un tiempo ya no volvieron a asomar. La maleza intentó protegerse oscureciendo su color verde y cesó de extenderse. Una costra cubrió la superficie de la tierra, una costra delgada y dura, y a medida que el cielo palidecía, la tierra palideció también, rosa en el campo rojo y blanca en el campo gris.
En los barrancos abiertos por las aguas, la tierra se deshizo en secos riachuelos de polvo. Las ardillas de tierra y las hormigas león iniciaron pequeñas avalanchas. Y mientras el fiero sol atacaba día tras día, las hojas del maíz joven fueron perdiendo rigidez y tiesura; al principio se inclinaron dibujando una curva, y luego, cuando la armadura central se debilitó, cada hoja se agachó hacia el suelo. Entonces llegó junio y el sol brilló aún más cruelmente. Los bordes marrones de las hojas del maíz se ensancharon y alcanzaron la armadura central. La maleza se angostó y se encogió, volviendo hacia sus raíces. El aire era tenue y el cielo más pálido; y la tierra palideció día a día.
En las carreteras por donde se movían los troncos de animales, donde las ruedas batían la tierra y los cascos de los caballos la removían, la costra se rompió y se transformó en polvo. Cualquier cosa que se moviera levantaba polvo en el aire; un hombre caminando levantaba una fina capa que le llegaba a la cintura, un carro hacía subir el polvo a la altura de las cercas y un automóvil dejaba una nube hirviendo detrás de él. El polvo tardaba mucho en volver a asentarse.
A mediados de junio llegaron grandes nubes procedentes de Texas y del Golfo, nubes altas y pesadas, cargadas de lluvia. En los campos, los hombres alzaron los ojos hacia las nubes, olfatearon el aire y levantaron dedos húmedos para sentir la dirección del viento. Y los caballos mostraron nerviosismo mientras hubo nubes en el cielo. Las nubes de lluvia dejaron caer algunas gotas y se apresuraron en dirección a otras tierras. Tras ellas el cielo volvió a ser pálido y el sol llameó. En el polvo quedaron cráteres donde las gotas de lluvia habían caído, y salpicaduras limpias en el maíz, y nada más.
Un viento suave siguió a las nubes de lluvia, empujándolas hacia el norte y chocando blandamente contra el maíz, que empezaba a secarse. Pasó un día y el viento aumentó, constante, sin ráfagas que lo interrumpieran. El polvo subió de los caminos y se extendió: cayó sobre la maleza al lado de los campos e invadió los campos mismos. Entonces el viento se hizo fuerte y duro y se estrelló contra la costra que la lluvia había formado en los maizales. Poco a poco el polvo se mezcló y oscureció el cielo, y el viento palpó la tierra, soltó el polvo y se lo llevó, al tiempo que crecía en intensidad. La costra de la lluvia se quebró y el polvo se elevó sobre los campos y formó en el aire penachos grises como humo perezoso. El maíz trillaba el viento y hacía un ruido seco, impetuoso. El polvo más fino ya no volvió a posarse en la tierra, sino que desapareció en el oscuro cielo.
El viento creció, removió bajo las piedras, levantó paja y hojas viejas, e incluso terrones pequeños, dejando una estela mientras navegaba sobre los campos. El aire y el cielo se oscurecieron y el sol brilló rojizo a través de ellos, y el aire se volvió áspero y picante. Por la noche el viento corrió más rápido sobre el campo, cayó con astucia entre las raicillas del maíz y éste luchó con sus debilitadas hojas hasta que el viento entrometido liberó las raíces y, entonces, los tallos se ladearon cansinos hacia la tierra apuntando en la dirección del viento.
Llegó la aurora, pero no el día. En el cielo gris apareció un sol rojo, un débil círculo que daba poca luz, como en el crepúsculo; y conforme avanzaba el día, el anochecer se transformó en oscuridad y el viento silbó y lloriqueó sobre el maíz caído.
Los hombres y las mujeres permanecieron acurrucados en sus casas y para salir se tapaban la nariz con pañuelos y se protegían los ojos con gafas. La noche que volvió era una noche negra, porque las estrellas no pudieron atravesar el polvo para llegar abajo, y las luces de las ventanas no alumbraban más allá de los mismos patios. El polvo estaba ahora mezclado uniformemente con el aire, formando una emulsión equilibrada. Las casas estaban cerradas a cal y canto, y las puertas y ventanas encajadas con trapos, pero el polvo que entró era tan fino que no se podía ver en el aire, y se asentó como si fuera polen en sillas y mesas, encima de los platos. La gente se lo sacudía de los hombros. Pequeñas líneas de polvo eran visibles en los dinteles de las puertas.
A media noche el viento pasó y dejó la tierra en silencio. El aire lleno de polvo amortiguaba el sonido mejor que la niebla. La gente, tumbada en la cama, oyó cómo el viento paraba. Se despertaron cuando el impetuoso viento desapareció. Tumbados en silencio escucharon intensamente la quietud. Luego cantaron los gallos, un canto amortiguado y las personas se removieron inquietas en sus camas deseando que llegara la mañana. Sabían que el polvo tardaría mucho tiempo en dejar el aire y asentarse. Por la mañana el polvo colgó como una niebla y el sol era de un rojo intenso, igual que sangre joven. Durante todo ese día y el día siguiente el polvo se fue filtrando desde el cielo. Una manta uniforme cubrió la tierra. Se asentó en el maíz, se apiló encima de los postes de las cercas y sobre los alambres, se posó en los tejados y cubrió la maleza y los árboles.
Las gentes salieron de sus casas y olfatearon el aire cálido y picante y se cubrieron la nariz defendiéndose de esa atmósfera. Los niños salieron de las casas, pero no corrieron ni gritaron como hubieran hecho después de la lluvia. Los hombres, de pie junto a las cercas, contemplaron el maíz echado a perder, muriendo deprisa ahora, sólo un poco de verde visible tras la película de polvo. Callaban y se movían apenas. Y las mujeres salieron de las casas para ponerse junto a sus hombres, para sentir si esta vez ellos se irían abajo. Observaron a hurtadillas sus semblantes, sabiendo que no tenía importancia que el maíz se perdiera siempre que otra cosa persistiese. Los niños se quedaron cerca, dibujando en el polvo con los dedos de los pies desnudos y pusieron sus sentidos en acción para averiguar si los hombres y las mujeres se vendrían abajo. Miraron furtivamente los rostros de los adultos, y luego, con esmero, sus dedos dibujaron líneas en el polvo. Los caballos se acercaron a los abrevaderos y agitaron el agua con los belfos para apartar el polvo de la superficie. Pasado un rato, los rostros atentos de los hombres perdieron la expresión de perplejidad y se tornaron duros y airados, dispuestos a resistir. Entonces las mujeres supieron que estaban seguras y que sus hombres no se derrumbarían. Luego preguntaron: ¿Qué vamos a hacer? Y los hombres replicaron: No lo sé…”
La frase
«Creo que tenemos que educar a nuestros hijos en las nuevas tecnologías, ayudarles para que ellos creen sus propias historias. Ahora mismo la mejor literatura es la que se ve en las series de televisión. Hoy en día, Dickens o Shakespeare escribirían para la tele» ( Cornelia Funke )
Remembranzas en viñetas de Julio Cortázar
Aún recuerdo su figura longilínea, algo desgarbada a esa altura de su vida, y ese dejo de tristeza que reflejaba en su rostro mientras deambulaba por los pasillos del teatro Municipal San Martín de la ciudad de Buenos Aires; presintiendo las que serían quizá sus últimas pisadas en el país por el cual padecía a la distancia. La dictadura militar argentina mientras –a dos días de haber dejado el gobierno, que no el poder- intentaba contrarrestar los ecos soterrados que producían sus 1,95 metros con toda la potencia todavía intacta de su aparato mediático.
Ese silencio, ese reconocimiento negado de las autoridades hacia el escritor luego de años de residencia en Francia, era bien opuesto al espontáneo afecto callejero que recibía por donde fuera que pasara. Luego no pudo o no quiso evitar los lugares emblemáticos de la gran metrópoli platense, esos que tantas veces se vieron reflejados en sus textos: la avenida Corrientes y sus librerías con material de ocasión, la peatonal calle Florida, la confitería Richmond o el estadio Luna Park, que albergara tantas noches estelares de boxeo, y que fueron fuente de inspiración de su celebrado relato de la figura del boxeador Justo Suárez, el denominado Torito de Mataderos.
Aún así, debido a las particulares circunstancias políticas en las que se cimentó su visita, poco más se pudo saber de sus limitados días en Argentina. Sí se pudo corroborar que la partida del autor de Rayuela, 62 Modelo para armar, Final de Juego o Historias de Cronopios y de Famas, fue tan silenciosa como su llegada. Sólo un mes después de este hecho, el doce de febrero de 1984, una leucemia voraz acababa con su existencia.
Hoy a treinta y tres años de ese momento, sus lectores se siguen multiplicando y sus textos se siguen reproduciendo en diferentes soportes. La novedad ahora la manifiesta el sello Nórdica, a través de difundir tanto la vida como las historias del franco argentino en formato de cómic. Con los españoles Jesús Marchamalo a cargo de los textos y el dibujante M
arc Torices como responsable de las viñetas.
El trabajo en sí guarda objetividad en cuanto a datos biográficos sin que ello en momento alguno pueda llegar a entorpecer la propia acción de la narración. Más cuando Torices da rienda suelta a su libre imaginación para conformar de manera convincente los elementos estrictamente gráficos del relato.
No cabe duda que dada la figura del personaje la apuesta tenía su dosis de riesgo. Pero, resultados a la vista, los hechos que jalonaron la vida del autor –referencia insoslayable para varias generaciones de sus connacionales-, en conjunto con las fantásticas viñetas, otorgan una innovadora visión de su obra y hacen de las páginas de Cortázar uno de los aciertos literarios del año.
FLF.-
La frase
«La democracia está atravesando una profunda crisis en otros muchos lugares del mundo. La política se ha convertido en parte de la industria del entretenimiento. La gente ya no elige a los mejores políticos, sino a los candidatos más entretenidos, a los que más gracia le hacen» ( Amos Oz )
Elizabeth Strout, los legados y las redenciones
Educada en la escuela de leyes la autora (Portland, 1956) proviene de una típica familia de clase media de la costa este de los Estados Unidos. Aunque en su caso y a juzgar por los resultados, haya sido acertado el momento en que decidiera hacer a un lado su carrera en la abogacía para volcarse por entero en la creación de sus textos.
Su debut literario se produjo en el año 1998 con Amy e Isabelle, relato con el que logró buena repercusión. Pasaron unos cuantos años hasta la publicación de su segundo título, Olive Kitteridge (2009), historia que situó en un pequeño pueblo de su Maine natal. El éxito la catapultó como escritora, más todavía cuando la novela fue galardonada con el premio Pulitzer de ficción.
Tal como pareciera es su costumbre, han tenido que pasar un buen tiempo para que diera a conocer la que es su última narración: Me llamo Lucy Barton (2016). En ella, luego de muchos años de no saber de sus vidas, una madre a instancias del marido de su hija quien teme por la salud incierta de ésta, se presenta por sorpresa en la habitación del hospital de Nueva York donde ella se encuentra internada.
La autora circunscribe la acción principal a la pequeña sala del nosocomio, aun así la trama no se desdibuja ni pierde en momento alguno su potencia narrativa. La Strout, contagiándose de la orfandad que destila la historia, despliega una escritura escasa de recursos en lo estético pero con profundidad de sentimientos entre lo que se manifiesta y aquello que se insinúa. Cuando a estas dos mujeres no sólo las separa una larga ausencia, sino un pasado de carencias que se suma a la incomprensión de una realidad en la cual fue creciendo el núcleo familiar. Una historia que habla de reencuentros, aceptaciones y reconocimientos; de rencores pasados y necesarias redenciones. Desde las páginas de Me llamo Lucy Barton el pasaje siguiente:
“Éramos raros, los de nuestra familia, incluso en aquel pueblecito minúsculo de Illinois, Amgash, donde había otras casas destartaladas y que necesitaban una mano de pintura o unos postigos o un jardín, sin ninguna belleza en la que reposar la mirada. Las casas estaban agrupadas en lo que era el pueblo, pero la nuestra no estaba junto a ellas. Aunque se diga que los niños aceptan sus circunstancias como algo normal, Vicky y yo comprendíamos que nosotros éramos diferentes. Los demás niños nos decían en el patio de recreo: <Vuestra familia da asco>, y echaban a correr apretándose la nariz con los dedos. A mi hermana le dijo su maestra de segundo –delante de toda la clase- que ser pobre no era excusa para llevar porquería detrás de las orejas, que nadie era demasiado pobre para comprarse una pastilla de jabón. Mi padre trabajaba con maquinaria agrícola, pero lo despedían con frecuencia por desavenencias con el jefe, y después lo contrataban otra vez, supongo que porque era bueno en su trabajo y volvían a necesitarlo. Mi madre cosía en casa; un letrero pintado a mano donde el largo camino de entrada de nuestra casa se cruzaba con la carretera anunciaba: COSTURA Y ARREGLOS. Y aunque cuando mi padre rezaba con nosotros por la noche nos hacía dar gracias a Dios por tener suficiente para comer, la verdad es que muchas veces yo estaba muerta de hambre, y lo que cenábamos muchas noches era pan con melaza. Decir una mentira y desperdiciar comida siempre eran cosas que se castigaban. Por otra parte, en ocasiones y sin venir a cuento, mis padres –por lo general mi madre y por lo general en presencia de mi padre- nos pegaban impulsiva y vigorosamente, como creo que debían sospechar algunas personas por las manchas de nuestra piel y nuestro carácter huraño.
Y el aislamiento.
Vivíamos en la zona de Sauk Valley, por donde puedes andar largo rato sin ver más que un par de viviendas rodeadas de sembrados, y como ya he dicho, no teníamos casa cerca. Vivíamos con maizales y sembrados de soja que se extendían hasta el horizonte, y más allá del horizonte estaba la granja porcina de lo Pederson. En medio de los maizales había un solo árbol, de una desnudez impresionante. Pensé durante muchos años que aquel árbol era mi amigo; y era mi amigo. Nuestra casa estaba al borde de un camino de tierra muy largo, no lejos del río Rock, cerca de unos árboles que servían para proteger los maizales del viento, así que no teníamos vecinos. Y en casa tampoco teníamos televisión, ni periódicos, ni revistas ni libros. El primer año de casada mi madre trabajó en la biblioteca del pueblo, y por lo visto –según me contó mi hermano más adelante- le encantaban los libros. Pero de repente en la biblioteca le dijeron a mi madre que habían cambiado las normas y que sólo podían contratar a una persona con la formación adecuada. Mi madre nunca les creyó. Dejó de leer, y pasaron muchos años hasta que fue a la biblioteca de otro pueblo y volvió a sacar libros para llevarlos a casa. Cuento esto por la cuestión de cómo toman conciencia los niños de lo que es el mundo y de cómo actuar en él.
Por ejemplo, ¿cómo aprendes que es de mala educación preguntarle a una pareja por qué no tiene hijos? ¿Cómo se pone la mesa? ¿Cómo sabes que estás masticando con la boca abierta si nunca te lo ha dicho nadie? Aún más: ¿cómo sabes qué aspecto tienes cuando el único espejo de la casa es uno minúsculo muy por encima del fregadero o si nadie te ha dicho nunca que eres guapa, pero tu madre sí te dice, cuando tus pechos empiezan a desarrollarse, que cada día te pareces más a una vaca de las del establo de los Pederson?
Hoy sigo sin saber cómo se las arregló Vicky. No estábamos tan unidas como podía pensarse. A las dos nos faltaban amigos y nos sobraban burlas, y nos mirábamos mutuamente con el mismo recelo que mirábamos al resto del mundo. A pesar de que mi vida ha cambiado por completo, la recordar ahora aquellos primeros años, a veces me da por pensar que no estaba tan mal. Quizá no. Pero otras veces, inesperadamente, cuando voy andando por una calle al sol o contemplo la copa de un árbol doblándose con el viento, o no veo un cielo de noviembre encapotándose sobre el East River, me invade de repente un conocimiento de la oscuridad tan profundo que puede escapárseme algún sonido de la boca, y entro en la tienda de ropa más próxima para hablar con cualquier desconocida sobre la hechura de los jerséis recién llegados. Así debe de ser como nos manejamos la mayoría de nosotros en el mundo, medio a sabiendas, medio sin saber, asaltados por recuerdos que no pueden ser ciertos. Pero cuando veo a los demás andando con seguridad por la calle, como si estuvieran completamente libres del terror, me doy cuenta de que no sé cómo son los demás. Hay mucho en la vida que parece pura especulación…”
La frase
«Yo creo que una parte de la sociedad le teme a la lectura; porque el acto mismo lleva a un cuestionamiento implícito. Y una sociedad soporta muy mal a un individuo que cuestiona las leyes, cuestiona las reglas, y se pregunta el porqué de las cosas» ( Alberto Manguel )
Gabriela Mistral, educadora y poeta
En el año en que se cumplen sesenta años de la desaparición física de la poetisa trasandina (1889-1957), Chile rinde homenaje a la que fuera una de sus figuras más reconocidas y queridas de su historia contemporánea. Para comprender la dimensión humana del personaje sólo mencionar que el seudónimo literario con el cual se la conoce, amalgama del nombre del escritor italiano Gabriele D’Annunzio y del apellido del autor francés Frédéric Mistral, lo detenta hoy un centro cultural, una fundación, un museo, una universidad, además de una orden al mérito que otorga la república americana.
Como sucede con muchos de aquellos que son venerados Lucila de María del Perpetuo Socorro Godoy, tal su nombre de origen, tuvo que peregrinar por mucha geografía de su tierra natal antes de llegar a ganarse un lugar en la historia: ciudades como las de Antofagasta, Temuco o Punta Arenas para obtener su reconocimiento como educadora; otras como Madrid, Los Ángeles o Nueva York para ser considerada como cónsul en su carrera diplomática; y luego de haber escrito infinidad de poemas dados conocer en otros tantos compendios, para ser galardonada con el Premio de las Letras d
e su país y luego con el Nobel de Literatura del año 1945.
A consecuencia de provenir de una familia desestructurada (su padre abandonó el núcleo familiar cuando la poetisa tenía tres años) y de su formación autodidacta, siempre se preocupó por el peso de la educación en la formación de las mujeres. Ya luego fue su ansiedad por adquirir aún más conocimiento que la llevaron a convertirse en una viajera infatigable, con estancias en muchos estados de Europa, el Caribe, América del Norte y del Sur dentro de sus destinos.
Supo también contemporizar con otras escritoras de su generación a las cuales admiraba y la reconocían, como las argentinas Alfonsina Storni o Victoria Ocampo. Aunque esta admiración y el recuerdo hacia su persona sigue alcanzando a gobiernos e instituciones de países como Méjico, Nicaragua o Puerto Rico, donde brindó su experiencia como educadora; además de organismos supranacionales como la UNESCO, que destacó de ella “su ardiente defensa de la paz y de la educación como baluartes de la convivencia entre los hombres”.
Como muestra de su hacer, del compendio Poema de Chile, los versos de su poema Patagonia:
A la Patagonia llaman
sus hijos la Madre Blanca.
Dicen que Dios no la quiso
por lo yerta y lo lejana,
y la noche que es su aurora
y su grito en la venteada
por el grito de su viento,
por su hierba arrodillada
y porque la puebla un río
de gentes aforesteradas.
Hablan demás los que nunca
tuvieron Madre tan blanca,
y nunca la verde Gea
fue así de angélica y blanca
ni así de sustentadora
y misteriosa y callada.
¡Qué Madre dulce te dieron,
Patagonia, la lejana!
Sólo sabida del Padre
Polo Sur, que te declara,
que te hizo, y que te mira
de eterna y mansa mirada.
Oye mentir a los tontos
y suelta tu carcajada.
Yo me la viví y la llevo
en potencias y en mirada.
-Cuenta, cuenta, mama mía
¿es que era cosa tan rara?
Cuéntala aunque sea yerta
y del viento castigada.
Te voy a contar su hierba
que no se cansa ni acaba,
tendida como una madre
de cabellera soltada
y ondulando silenciosa,
aunque llena de palabras.
La brisa la regodea
y el loco viento la alza.
No hay niña como la hierba
en abajar bulto y hablas
cuando va llegando el puelche
como gente amotinada,
y silba y grita y aúlla,
vuelto solamente su alma.
La frase
«El miedo a los bárbaros puede convertirnos en bárbaros» ( Tzvetan Todorov )
Kent Haruf, alimenta a las almas nocturnas
En su juventud, el escritor estadounidense Kent Haruf (1943-2014), siguió la huella de muchos de aquellos nacidos en el medio oeste de los Estados Unidos. Ya que para ganarse su sustento desempeñó múltiples tareas: peón agrario, obrero de la construcción, ayudante en un nosocomio o empleado en una biblioteca pública.
Como otros también para evitar ser enrolado en las filas de las fuerzas americanas que en su momento luchaban en Vietnam, tomó la decisión de declararse objetor de consciencia; hecho que le obligó a realizar trabajos sociales en un orfanato y en un hospital. Con posterioridad a ello vino su paso por la universidad de Nebraska, y una vez egresado, a desempeñarse como profesor de lengua.
Tal vez fruto de la experiencia universitaria atesorada comenzó a dar a conocer sus escritos, primero fueron sus relatos cortos, y luego sus novelas: Los lazos que unen; Plainsong (título traducido al español como Un mundo de pasiones y silencio); Bendición; y poco antes que le sorprendiera la muerte, su última obra: Nosotros en la noche, siendo esta la más reconocida de todas. En ella describe la relación de una pareja mayor en una pequeña ciudad del estado de Colorado. Ambos viudos, sienten que ya se encuentran de vuelta de muchas cosas en la vida y simplemente, no están dispuestos a dejar pasar de manera vana sus últimos años de existencia.
Con un estilo breve, por momentos telegráfico, alejado de todo tipo de estridencias donde como si de coordenadas se tratase, Haruf describe solo los detalles esenciales de la narración para dejar las circunstancias del texto a la libre imaginación del lector, para conformar una historia cálida, entrañable. De Nosotros en la noche, el capítulo con el que da comienzo a la novela:
“Y entonces llegó el día en que Addie Moore pasó a visitar a Louis Waters. Fue un atardecer de mayo justo antes de que oscureciera.
Vivían a una manzana de distancia de la calle Cedar, en la parte más antigua de la ciudad, con olmos y almezos y un arce que crecían a lo largo del bordillo y jardines verdes que se extendían desde la acera hasta las casas de dos plantas. Durante el día había hecho calor, pero al anochecer había refrescado. Addie recorrió la acera bajo los árboles y giró ante la casa de Louis.
Cuando él salió a la puerta, Addie le preguntó: ¿Puedo entrar a hablar de una cosa contigo?
Se sentaron en el salón. ¿Te traigo algo de beber? ¿Un té? No, gracias. Puede que no me quede el tiempo suficiente para beberlo. Addie miró a su alrededor. Bonita casa.
Diane siempre tenía la casa bonita. Yo lo he intentado.
Sigue bonita. Hacía años que no entraba.
Addie miró por las ventanas al jardín lateral donde caía la noche y a la cocina donde una luz brillaba sobre la pila y las encimeras. Todo estaba limpio y ordenado. Louis la observaba. Era una mujer atractiva, a él siempre se lo había parecido. De joven había tenido el pelo moreno, pero ahora era blanco y corto. Todavía conservaba la figura, aunque algo rellenita en la cintura y las caderas.
Te preguntarás que hago aquí, dijo ella.
Bueno, no creo que hayas venido a decirme lo bonita que está la casa.
No. Quiero proponerte algo.
¿Sí?
Sí. Tengo una propuesta.
Vale.
No es de matrimonio, dijo ella.
Tampoco se me había ocurrido.
Pero es un tema casi matrimonial. Aunque ahora no sé si podré. Estoy echándome atrás. Se rió un poco. Muy del matrimonio, ¿verdad?
¿El qué?
Lo de echarse atrás.
Puede.
Sí. Bueno, lo digo y punto.
Te escucho, dijo Louis.
Me preguntaba si querrías venir alguna vez a casa a dormir conmigo.
¿Cómo? ¿A qué te refieres?
Me refiero a que los dos estamos solos. Llevamos solos demasiado tiempo. Años. Me siento sola. Creo que quizás tú también. Me pregunto si vendrías a dormir por la noche conmigo. Y a hablar.
Él se la quedó mirando, contemplándola, curioso, cauto.
No dices nada. ¿Te he dejado sin respiración?, preguntó ella.
Supongo.
No estoy hablando de sexo.
Me lo preguntaba.
No, sexo no. No lo enfoco así. Creo que perdí el apetito sexual hace tiempo. Yo hablo de pasar la noche. De acostarse calentitos, acompañados. Meterse juntos en la cama y que te quedes toda la noche. Las noches son lo peor, ¿no crees?
Sí. Ya lo creo.
Al final termino tomando pastillas para dormir y leo hasta muy tarde y luego al día siguiente estoy grogui. No sirvo para nada.
He pasado por lo mismo.
Pero creo que si hubiera alguien conmigo en la cama podría dormir. Alguien agradable. Por la cercanía. Charlar de noche, a oscuras. Addie esperó. ¿Qué te parece?
No sé. ¿Cuándo quieres empezar?
Cuando quieras. Si es que quieres, añadió. Esta semana.
Deja que me lo piense.
De acuerdo. Pero avísame el día que vengas, si vienes. Así estaré preparada.
De acuerdo.
Espero tu respuesta.
¿Y si ronco?
Pues roncarás o aprenderás a dejar de roncar.
Él se rió. Sería una novedad.
Addie se levantó y salió y regresó a casa, y él se quedó observándola desde la puerta, una mujer de setenta años, complexión media y pelo blanco alejándose bajo los árboles iluminada a trozos por la farola de la esquina. La leche, dijo Louis. No te embales…”