«En el mundo literario no topas con mucha gente estable; porque la gente equilibrada no necesita escribir» ( Gary Shteyngart )
Mario Benedetti, un trashumante de la palabra
Es lo menos que se puede adjetivar de un escritor que sobrevoló por sobre todos los géneros literarios; cuando incursionó en novela, relato, poesía, ensayo, en el texto teatral y hasta en la crítica literaria.
De obvia descendencia itálica, su aprendizaje se vio enmarcado por una educación eminentemente germánica. De hecho para él que escribía, leía y veía pasar el mundo desde la tribuna de un bar, en la filmación de uno de sus tantos textos para el cine, apareció desempeñando el papel de un pintoresco parroquiano que entre charla y café recitaba poemas en la lengua de Goethe.
Pero más allá de estas pequeñas licencias personales, el autor uruguayo (1920-2009) se ganó el respeto de los lectores a base de textos bien estructurados, de trama fina y con protagonistas acabadamente elaborados. Una prueba de ello se puede apreciar en su primera gran novela, La tregua (1960), que hasta el presente cosecha más de ciento cincuenta ediciones, lo que le permitió trascender a la gran pantalla y que luego fue representada en teatro y también en televisión.
Aunque no todo en su vida fue un camino de rosas, cuando su libre pensar le llevó a ser juzgado por los militares que detentaban el poder como de peligrosa influencia y -como muchos otros- a conocer los rigores del exilio, con estancias en Argentina, Perú, Cuba y finalmente España. Aunque su pluma nunca se detuvo, con una producción de más de ochenta libros, por los que obtuvo varios galardones: el Premio Reina Sofía de Poesía, el Internacional Menéndez Pelayo, el Iberoamericano José Martí y el Premio Llama de Oro de Amnistía Internacional.
El texto siguiente pertenece al compilatorio de relatos breves La borra del café (1992), de éste un pasaje de El dirigible y el Dandy:
“…<Fíjense, es Dandy>, dijo mi primo Fernando. Ése era el nombre que se daba a sí mismo un conocido bichicome, decano del Parque, que generalmente hacía de las cuevas su dormitorio estable. Y el mote no era tan absurdo como podía parecer, ya que, pese a sus zapatos astrosos, a su pantalón harapiento, a su camisa mugrienta y a su gabardina en girones, nunca lo habíamos visto sin corbata (incluso tenía dos: una a raya negras y rojas, y otra azul con herraduras marrones). <Tenés razón, es Dandy>, dijo Daniel. MI vecino Norberto se acercó al cuerpo del ‘bichicome, pero Daniel lo detuvo. <No lo toques>, dijo, <¿no ves que si encuentran nuestras huellas digitales van a pensar que fuimos nosotros?> Norberto retrocedió obediente, no solo como reconocimiento de que Daniel era ahora el líder, sino también de su cultura detectivesca, obtenida, según nos contaba a todos, en su frecuentación de Sherlock Holmes. Eso también revelaba una apreciable distancia entre Daniel y los demás. Mientras nosotros estábamos aún en Edmundo de Amicis o Salgari, él frecuentaba rigurosamente a Conan Doyle. <Recuerden la hora en que lo descubrimos>, dijo Daniel. <Las tres y diez>.
Luego tomó un diario que alguien había dejado sobre las piedras, lo arrimó al cuerpo del Dandy y presionó una y otra vez con su zapato. La última vez lo hizo con más fuerza y entonces apareció una mancha de sangre, reseca y bastante extendida. Con el mismo mecanismo, desplazó hacia arriba la mugrienta camisa, dejando al descubierto una herida considerable, producida al parecer por algún instrumento cortante. A la vista de ese desastre, sentí que los ojos se me nublaban y que estaba a punto de desmayarme, pero haciendo (literalmente) de tripas corazón, me repuse a medias y alcancé a decir una frase tan memorable como ésta: <¿Y la gabardina?> Daniel me consagró una de esas miradas tiernamente menospreciativas que Holmes solía dedicar al doctor Watson, y sólo dijo: <¿La gabardina? Seguramente se la hará llevado el asesino>. Eso ya fue demasiado. Ante el simple sonido de la palabra asesino sentí que me desmayaba, y esta vez fue de veras. Luego, cuando fui recuperando el conocimiento, sentí que Fernando me estaba pasando un pañuelo húmedo por el rostro, y pensé en qué lo habría humedecido. Pero en ese instante me encontré con la mirada entre admonitoria y burlona de Daniel, quien además me decía: <Ah flojón>. Entonces sentí que la sangre me subía al rostro en oleadas, y ahí sí me repuse del todo.
Por supuesto nos juramentamos para mantener en total secreto nuestro <macabro hallazgo> (así al menos lo calificó Daniel, quien, como criminólogo en cierne, era apasionado lector de la crónica roja en la prensa diaria). Aprovechando que los mayores seguían arrobados en la observación del dirigible, volvimos por atajos separados a la playa i allí nos quedamos, simulando una fascinación que estábamos lejos de sentir, pero creando de ese modo una coartada colectiva que nos desvinculaba de aquel cadáver que quedaba atrás, allá en nuestro ex punto de encuentro. Y digo ex, debido a que por razones obvias, nunca más volvimos a citarnos allí.
A medida que fue cayendo la tarde, la multitud de curiosos se fue dispersando. Sólo entonces los adultos recordaron que existíamos. Recuerdo que mi madre, todavía emocionada, me puso un brazo sobre los hombros y me comentó <¡Qué hermosura! ¿Te gustó?> Yo me mostré entusiasmado por la butifarra aérea y así emprendimos el camino a casa, pausada y normalmente, como si nada hubiera pasado, como si de ahora en adelante no existiera un cadáver en nuestras vidas.
Curiosamente, la prensa ignoró totalmente el asesinato del Dandy. Todos los días revisábamos los diarios y escuchábamos los noticieros de radio, esperando siempre el titular temido: Asesinato en el Parque Capurro. Y los subtítulos de rigor: Se sospecha de varios menores. Aprovechando la conmoción despertada por el Graf Zeppelin, un bichicome, apodado el Dandy, es ultimado al atardecer. Diez días después del descubrimiento, nos reunimos los cuatro en el patio trasero de mi casa y resolvimos que esa incertidumbre debía concluir. Teníamos que volver al Parque para saber qué había pasado con el cuerpo del Dandy. Estuvimos de acuerdo en que era imprudente una excursión colectiva. Sólo uno de nosotros debía dirigirse al <claro del bosque> a fin de realizar una inspección ocular. Era lógico que lo tiráramos a la suerte. <Dios decidirá>, dijo mi vecino Norberto, que iba diariamente al catecismo y era el favorito del padre Ricardo. Su meta prioritaria en la vida era llegar a ser monaguillo de ese cura. Nosotros teníamos por entonces otros ideales. Como era previsible, Daniel quería llegar a ser detective; Fernando, mecánico (cuando era más chico, decía <macaneador>, pero era una errata); yo, golero de la selección, algo así como un sobrino putativo de Mazzali. Bueno, efectivamente Dios decidió. Me eligió a mí. Ese mismo día resolví ser ateo. Y hasta hoy me mantengo. Fue un drama muy duro. No sé qué hubiera pasado si el sorteo hubiera señalado a Norberto o a Fernando o a Daniel. Tal vez eso hubiera confirmado mi fe en el Señor y hoy sería párroco, o al menos obispo: pero no fue así y tuve que hacerme cargo de mi ateísmo y de la inspección ocular.
Al día siguiente partí hacia el peligro. Los otros tres quedaron en la esquina de Capurro y Húsares, a la espera de mis noticias. Me dirigí hacia el <lugar del hecho> (así lo denominaba Daniel) con todo el coraje de que disponía, que por cierto no era demasiado. Si no caminaba rápido, no era por mala voluntad, sino porque las piernas me temblaban, totalmente al margen de mi voluntad de cruzado. El temblor sólo se interrumpía cuando subía o bajaba escalones, pero no bien volvía a caminar aquella trepidación recomenzaba. Recuerdo que era una fresca mañana de otoño, pero yo sudaba como en enero.
Por fin llegué al <claro del bosque>. Al principio no lo podía creer, pero el Dandy no estaba. Extrañamente, su ausencia me calmó. El temblor cesó como por encanto. Y hasta tuve ánimo para recorrer los caminitos que llegaban al claro y, más aún, en un larde de arrojo inconcebible, me asomé a la cueva que el Dandy había usado durante años como refugio. Tampoco allí había rastros del bichicome. Apenas una botella vacía de alcohol de quemar.
Es claro que volví sacando pecho. Cuando Daniel, Fernando y Norberto vieron que regresaba, corrieron a mi encuentro, ansiosos. Durante unos minutos los hice sufrir, pero después sus caras de susto me dieron lástima. <El occiso no está>, dije, para que se dieran cuenta de que yo también tenía mis lecturas. La noticia cayó como un balde de agua fría. <¿Habrás revisado bien?>, inquirió Daniel. Le devolví aquella mirada, entre admonitoria y burlona, que me había dedicado cuando mi desvanecimiento, y agregué: <Revisé todo. Fijate que hasta me metí en la cueva del Dandy>. <¿Te metiste en la cueva?>, preguntó Norberto con un dejo de admiración. <Sí, claro> confirmé sin dar mayor importancia a mi notable audacia, <y sólo había esta botella>. La botella fue pasando de mano en mano y luego volvió lógicamente a las mías. Sin que nadie lo decidiera de un modo explícito, pasé a ser su custodio oficial. Todos la tomábamos por el cuello y usando mi pañuelo, ya que el resto de la botella podía tener huellas digitales que no fueran las nuestras y las del propio Dandy.
Sin embargo, de poco sirvieron tantas precauciones. No sólo no se individualizó al criminal, sino que tampoco la prensa mencionó el caso. En varios de nuestros encuentros deliberamos sobre las distintas posibilidades. ¿Estaría realmente muerto cuando lo descubrimos el día del dirigible? La respuesta unánime era que indudablemente aquello era un cadáver. Además, si no estaba muerto, ¿por qué nunca más lo habíamos visto en sus recorridos habituales? Ah, pero si era un cadáver, ¿quién se lo había llevado? ¿Por qué la prensa nunca había hecho referencia a aquel asesinato o lo que fuera? Un elemento adicional, a tener en cuenta, era que después de aquella jornada festivo-luctuosa habían desaparecido del barrio los otros bichicomes. ¿Y eso por qué? ¿Se enteraron del crimen y tuvieron miedo? Lo único que quedó en claro es que nosotros sí tuvimos miedo y, salvo aquel día en que llevé a cabo mi inspección ocular, nunca más volvimos al <claro del bosque>. Al cabo de unos meses dejamos de hablar de aquel tema que nos excitaba pero también nos ensombrecía. Sin embargo, la postrera mueca del Dandy siguió apareciendo, durante varios meses, en mis pesadillas, hasta que por fin se retiró también de ese territorio.
Dos o tres años más tarde, escuché por única vez en la radio un tango que incluía esta estrofa: <Y a veces cuando me aburro / recuerdo al Dandy, aquel vago / que en un miércoles aciago / cagó fuego allá en Capurro>. Anoté en seguida aquellos versos, para que no se me olvidaran, pero que otra vez me invadía, no el miedo de aquel otoño, pero sí un rescoldo de aquel miedo. Quizá por eso no llamé a la radio para preguntar el título del tango y el nombre del tanguero. No lo comenté con nadie y nunca más escuché aquella letra, que después de todo no era muy brillante. Sin embargo, al día siguiente consulté una de esas tablas que traen algunas agendas para averiguar qué día de la semana correspondió a un día cualquiera del pasado. ¡Y el día del Graf Zeppelin era un miércoles! Así y todo, el autor del tango no especificaba que había sido un crimen: <cagó fuego>es sinónimo lunfardo de <crepar, morir>, pero puede ser una muerte natural. ¿Muerte natural con semejante herida en el costado y con toda la sangre derramada? El episodio podría dar lugar a todo un ensayo sobre <Tango y desinformación>. Salvo que el autor fuera el asesino (¿por qué no?) y la letra una coartada, una suerte de deliberada bruma sobre aquella muerte. Ya sé, Daniel había dicho: <Como es obvio, el asesino suele volver al lugar del crimen, y ese tango (está clarísimo) es un simple regreso>. Pero no tuve ánimo para hablarlo con nadie, y aun si lo hubiera tenido, tampoco había podido, ya que Daniel, precisamente en ese año, viajaba con sus viejos por Estados Unidos.”
La frase
«No es cuestión que uno quiera estar o no comprometido. Se está comprometido por el solo hecho de estar vivo, de estar consciente. El primero de todos los compromisos es la existencia; los demás son accidentales» ( Eugène Ionesco )
Solidaridad en forma de libro
Las imágenes de muchos de aquellos que se ven obligados a abandonar sus países nos golpean de manera cotidiana; algunas nos conmueven, otras nos generan impotencia. Otros superan estas primeras sensaciones y se deciden a aportar su grano de arena, para mejorar el camino de los migrantes y sus posibilidades futuras. Una de ellas es Mary Jones, quien se ha lanzado en la concreción de una idea solidaria en el campamento de refugiados “The Jungle” en Calais, costa francesa del canal de la Mancha.
El texto a continuación es un extracto del artículo de Roger Tagholm en la publicación digital Publishing Perspectives:
Una biblioteca improvisada acaba de abrir sus puertas en el campamento de emigrantes «Jungle» en Calais, al norte de Francia. Denominada «Jungle Books», funciona en base a donaciones y es atendido por una corriente de voluntarios que simpatizan con la difícil situación de los refugiados, cuyas historias seguirán dominando las noticias por mucho tiempo a través de toda Europa. En él se hallan libros de ficción, para niños, diccionarios, libros de referencia y hasta títulos de negocios, y actúa como un apoyo a la escuela que ya existe en el campamento, donde funciona con un horario regular durante todos los días de clase.
Es la inspiración de la profesora británica Mary Jones – originaria de Gales-, pero que en la actualidad vive en Amiens, ella ha estado trayendo artículos al campamento durante años, pero tenía la intención de hacer algo más. «Desde que el centro anterior en Sangatte cerró hace años, he estado manteniendo un ojo en la situación que se vive aquí, trayendo cosas cuando podía. Yo quería hacer algo que ofreciera ayuda real, práctica. Muchas personas aquí son bien educadas, quieren subir su nivel y quieren libros que les ayuden a leer y escribir, para luego postularse a empleos o llenar solicitudes”
«Hemos hecho todo lo que hemos podido en la biblioteca y ha sido fascinante ver lo que está pidiendo la gente, por ejemplo cuentos y poesía, pero necesitamos más: diccionarios en pastún-francés, en pastún-inglés, diccionarios en lengua eritrea, li
bros en lenguas indígenas, etc. Estoy pensando en ponerme en contacto con la Universidad Abierta para ver si tienen algo. Finalmente, me gustaría que los migrantes puedan funcionar por sí mismos y no necesiten de mi presencia».
El campamento apodado la «Jungla» por la población flotante de refugiados, los solicitantes de asilo y los que simplemente buscan una vida mejor, se extiende a través de bajo matorral adyacente a la carretera principal que conduce a la terminal del ferry. Es aquí donde los migrantes suelen ser vistos caminando por la orilla de la carretera, en general cuando el tráfico disminuye y existe la posibilidad de esconderse en un camión con destino al Reino Unido. Hay una presencia más o menos permanente de la policía francesa, quienes se la pasan practicando el juego continuo del gato y el ratón con los migrantes.
La «selva» se establece durante un tiempo tan prolongado, que está comenzando a ser un microcosmos del mundo exterior. Así hay dos iglesias, una mezquita, numerosas tiendas de comestibles, un puñado de pequeños restaurantes, un bar, una peluquería al aire libre, una estación de carga para móviles, un taller de reparación de bicicletas, una escuela y ahora, una biblioteca. Se divide por nacionalidades e idiomas: Afganistán, Siria, Sudán, Eritrea, Irak, a veces con la bandera de cada país revoloteando por encima de las chozas. Pasear por sus calles lodosas y los caminos que serpentean es tomar un viaje a través de algunas de las zonas más conflictivas del mundo, aunque aquí la acogida es cálida. «Bonjour», «Hola», «¿Cómo estás?», saluda la gente al pasar.
Algunas de las casas son como las viviendas de los Hobbits: “En la cabaña que pertenece a los sudaneses me invitaron a tomar el té dulce (muy dulce), era como una cueva de moqueta oscura. La única luz natural provenía de la puerta abierta y el fuego provenía de una estufa improvisada en el otro extremo. Estaban jugando al dominó -muy popular en el ´Jungle`- y me dijeron que estaban felices de estar en Francia. Ellos no quieren ir al Reino Unido. Su portavoz era muy alegre: ‘Tienes que mantenerte feliz`, dijo. ‘Porque si no lo haces, pierdes tu alma`».
“Después de haber leído tanto en los últimos meses sobre la sociedad que toma forma aquí, me preguntaba si los libros tenían algún papel para jugar, de ahí mi decisión de tomar un ferry temprano por la mañana desde Dover para venir a averiguarlo. La alegación de que se trataba de «turismo migrante» no es del todo justa. No voy a negar que tuviera mucha curiosidad respecto del lugar. Así que, para aliviar mi conciencia, me decidí a traerr conmigo tanto como pudiera. El grupo Calais Solidaridad Migrante es muy específico acerca de lo que se necesita, e incluye a los libros”
La frase
«La convención es poderosa en literatura. Parece que algunos escritores aún no han descubierto que no necesitan hacer lo que se espera de ellos una y otra vez, que la realidad puede servir de correctivo» ( Marilynne Robinson )
Esfuerzo y orgullo de clase: Juan Marsé
Se suele mencionar que nadie como él refleja en su obra el largo período que siguió a la Guerra Civil española. Años de oscuridad y mutismo, de estraperlo y racionamiento, que se conocen de manera popular como los de la “España en blanco y negro”.
Autodidacta y de extracción obrera, características del escritor barcelonés (1933- ) que no fueron impedimento para que en su momento trabara amistad con muchos de los intelectuales de la llamada gauche divine; en su mayoría de una instrucción y un origen social muy diferente al suyo. Luego su personalidad y la calidad de sus escritos hicieron el resto.
Persona de fuertes convicciones personales, ha tenido sus más y sus menos con las autoridades culturales de turno. Discrepando por la representación local en diferentes eventos o respecto de su catalanidad, habida cuenta de que Marsé ha realizado todos sus trabajos en lengua castellana.
Muchas de sus novelas, producto de una acertada visión de la sociedad y de una atractiva descripción de los personajes variopintos que la poblaban, han trascendido más allá de sus páginas para ser adaptadas a la pantalla grande: Si te dicen que caí, El amante bilingüe, El embrujo de Shanghai o Canciones de amor en Lolita’s club. A ellas se les une la producción de innumerables artículos periodísticos y la incursión también dentro del relato corto: Teniente Bravo o Cuentos completos. Por todo ello, ha sido galardonado con diferentes premios y distinciones, el Biblioteca Breve, el Nacional de Narrativa y por último en el 2008, el Cervantes de Literatura.
El siguiente pasaje pertenece a su novela breve Noticias felices en aviones de papel publicada en el año 2014:
“…Le mostró a Ruth un avión de papel de diario que dijo haber recogido poco antes de la calle, frente a la casa, y que pensaba llevar consigo al Nepal, porque le traería suerte.
– Mira lo que hay impreso en las alas –agregó-. Lee. ´Chocolate negro`. Y aquí mira: ´Galletas y bizcochos`. ¿Un código secreto? ¿Alguna contraseña? No, querida Ruth, un presagio, una señal del destino. El futuro será dulce. Además, juraría que este pequeño avión lo ha hecho mi hijo, porque aunque es muy tosco, es igual que los que yo le hacía cuando era niño, allá en nuestras queridas playas de Shangri-La, no sé si te acuerdas…
-Para, por favor –musitó ella-. Por favor.
Intentando ocultar la tristeza de sus ojos bajo la mata de pelo ensortijado. Ruth sintió de pronto una oleada de calor y un cosquilleo en la planta de los pies. Estaba en la playa pisando una arena cálida, escuchando el rumor sosegado del oleaje, y apartó los cabellos con la mano y ladeó la cabeza con melancólica flojera en el cuello ofreciendo el rostro a la brisa marina, pero acto seguido vio sus pies descalzos sobre las baldosas del comedor, de modo que se dio la vuelta y se fue con paso rápido al dormitorio dejando a Amador, al de ayer en la playa como al de hoy aquí, con la palabra en la boca. De los felices días de flores y mieles, ella conservaba la hermosa cabellera rizada y la costumbre de andar descalza por casa. Sentada en la cama, se calzó las zapatillas con cierta premura.
Cuando volvió al comedor, Amador le dijo que tenía la piel preciosa y perfumada como siempre. También le dijo que por favor convenciera a Bruno para que dejara de tratarle de usted y le tuteara, y anunció que antes de irse quería hablar a solas con el chico.
– ¿Qué puñeta se propone aporreando ese tambor?- inquirió.
– Nada, supongo. Le gusta.
– ¿Y por qué me llama señor Raciocinio en vez de papá?
Ruth reparó en sus mejillas cenicientas, inanes y mal rasuradas.
– Siempre te respetó mucho…
– ¿De veras? El asunto tiene sus perendengues. ¿No les has enseñado modales? ¿Cómo se le ocurrió semejante idea?
– No lo sé. Pregúntaselo, está en su cuarto.
– Tendrá que escucharme. Va a cumplir quince años. Todavía soy su padre, todavía soy Amador. O viceversa.
Pródigo en añagazas para eludir responsabilidades, o para endosárselas a otros, en su voz menesterosa anidaba una nostalgia arcádica, un ronroneo en la oscuridad, algo que Ruth aún captaba a su pesar. Para Bruno, sin embargo, nada de eso significaba nada, salvo melindrosas argucias de gorrón. Recordaba el dulzón y persistente olor a membrillo de sus manos, y poco más. De modo que mientras era informado sobre Krishna y los misteriosos avatares de una vida errante en su búsqueda de Atman, el ámbito luminoso donde vive el alma, precisó el señor Raciocinio, mientras escuchaba su perorata decididamente plasta de pie en el umbral del cuarto en actitud desmañada, pero esgrimiendo los palillos del tambor frente al rostro a modo de autodefensa y con los ojos entrecerrados, como sumidos en una invencible somnolencia, en menos de un minuto aquel hombre que pretendía ser su padre se había convertido en un vagabundo pirado, un mangante, un ventrílocuo vendedor de imposturas y patrañas, el superviviente peripatético de algún fracaso o de algún extraño malentendido con el mundo. ¿Por qué mierda quiere saber si ese avión de papel que ha encontrado en la calle lo he hecho yo?
– Ni sé cómo se hacen, señor Raciocinio – alegó.
– Claro que sabes, hijo. Yo te enseñé. –Los ojos anegados de agua azul le miraban con afecto-. Son cosas que nunca se olvidan. Vuelan, pero no se olvidan. Probablemente, cada avión que lanzas por el aire, es un sueño que emprende el vuelo…”
La frase
«No tengo una relación particularmente íntima con mis lectores. Creo que lo que ocurre entre escritor y lector es fuerte, pero lo es aún más si se mantiene misterioso, etéreo, lejano. Además, yo soy un ser secreto, solitario y también un poco salvaje, así que me protejo» ( Éric Reinhardt )
Grandes de las letras: Naguib Mahfuz
Desde luego nunca fue fácil para que un escritor oriundo de África trascendiera por sus obras en occidente. Más aún si éste procedía del mundo árabe; pero el autor egipcio (1911-2006) logró eso y mucho más.
Mahfuz, octavo y último hijo de un funcionario, se lanzó desde muy joven a la escritura de relatos hasta alcanzar la nada desdeñable suma de ochenta. También lo hizo con el género de la novela, con el no menos impresionante número de cincuenta, entre las más conocidas: El callejón de los milagros y la denominada Trilogía de El Cairo (Palacio del deseo, Entre dos palacios, y La azucarera), con las que alcanzó proyección internacional. Por todo ello, es considerado el mayor cronista del Egipto moderno. Fruto de ello y de la calidad de su trabajo le fue otorgado en 1988 el Nobel de Literatura, siendo el primer escritor en lengua árabe en recibirlo.
Aunque no todos fueron reconocimientos, ya que en 1994 fue agredido por extremistas islámicos, quienes consideraron su obra como blasfema. Como consecuencia del ataque y de las heridas recibidas su salud comenzó a deteriorarse, perdió la movilidad de su brazo derecho y también el sentido de la vista y del oído, a pesar de ello se las arregló para dar autoría a una serie de relatos breves. A posteriori como producto de una caída doméstica y la infección que ella le produjo, el literato cairota dejaba de existir en el año 2006.
El pasaje siguiente pertenece a Milagro, uno de sus relatos cortos más festejados:
“La tibieza había ganado sus miembros y el delirio del vino le arrebataba la cabeza. En el Venecia no había un solo asiento libre. El local estaba sofocado de respiraciones y humo de cigarros. Se veía reflejada la cara en casi todos los espejos. Estaba pendiente de los rostros de las mujeres y de los hombres, los platos de carne, las jarras de vino tinto y blanco, los centros de flores, las fuentes de verde ensalada. Estaba sentado solo. Probablemente era el único cliente solitario, y se hallaba molesto, pero muy animado. Desbordaba actividad y cantar era su válvula de escape.
Hizo un gesto al camarero, que acudió raudo. Le preguntó:
– ¿Conoce al señor Muhammad Sijún al-Mawardi?
El hombre pasó revista a sus recuerdos ligeramente y contestó:
–
No, señor.
-Pues es cliente…
-Es la primera vez que oigo ese nombre…
-Qué raro.
-¿Está usted citado con él?
-No, pero necesito verle para un asunto importante…
-Voy a preguntar.
Se fue el camarero y estuvo ausente un minuto. Para reaparecer enseguida con la confirmación de que nadie del local le conocía ni le había oído nombrar antes. Le dio las gracias y pasó a trasegar el contenido de su jarra de tinto. Empezó a sonreír complacido por el espectáculo de los rostros y el espionaje de íntimos, agradables discreteos. Entonces se alzó una voz con un aviso: < ¡Muhammad Sijún al-Mawardi!>. Se volvió hacia el lugar de la voz conmocionado por la sorpresa. Vio al dueño del establecimiento con el auricular del teléfono en la mano y enseguida repetir el nombre, paseando los ojos por la concurrencia y al no responder nadie, arrimarse al auricular para decir que Muhammad Sijún al-Mawardi no estaba. Y colgar. El camarero le comentó sonriendo:
-Otro que pregunta por ese señor en un rato.
La cabeza le daba vueltas. Esta vez no era el vino, sino por aquella inesperada llamada, por haber oído el nombre Muhammad Sijún al-Mawardi. La verdad era que no conocía a nadie que se llamase Muhammad Sijún al-Mawardi y ni se le había ocurrido pensar que hubiese nadie con aquel nombre; precisamente por esto había preguntado por él. Claro que había preguntado por él al camarero sólo para distraerse. Una broma. Algo hecho sin móvil y sin fines. Había decidido preguntar al camarero por alguien, el primer nombre que le viniese a las mientes. Y se le había ocurrido un nombre raro. Su misma rareza le había decidido a elegirlo para que el juego fuese más rotundo. Pero también podía haber inventado cualquier otro. Zayd Zaydán Zaydún, por ejemplo. Así pues, que el camarero no conociese a aquel señor le había parecido lo más lógico; lo que le había sorprendido, y mucho, fue oír que le llamaban y más todavía que, quienquiera que preguntase por él, lo hiciese en aquella taberna donde nadie le conocía. ¿Cómo podía ser? ¿Cómo explicarlo?
Se bebió otro vaso sin dejar de dar vueltas al asunto. No había que pensar en una broma del camarero; no tendría sentido. Aquel era un entretenimiento exclusivamente propio de alguien que se hallase solo y malhumorado. Además, ¿cómo compuso aquel nombre? Muhammad Sijún al-Mawardi. Muhammad es muy corriente y salta fácilmente a la imaginación, pero Sijún no puede ser más raro. ¿De dónde se lo había sacado? ¿No le sonaba de algún viejo texto escolar? Y de ser así, ¿cómo se destacó en su mente? Otro tanto pasaba con al-Mawardi. Fundidos en un solo nombre, un logro irrepetible de imaginación. ¿Cómo explicar, pues, que fuese el nombre de alguien real?, de alguien que probablemente había estado en aquella taberna aquel día por primera vez y al que otro había llamado por teléfono casi el mismo tiempo… ¿no era cosa de imaginación y asombro?
Se bebió el quinto vaso y se disparó su delirio borracho en asombro y en cábalas…”
La frase
«¿Por qué los seres humanos atacan los símbolos? ¿Palabras? ¿Rituales? Todas las culturas tienen tabúes que traen reacciones violentas cuando se violan.» ( Joyce Carol Oates )
El mundo de las letras y sus nuevos integrantes
Interesante artículo del licenciado en Comunicación Social Joaquín Sánchez Mariño publicado en el matutino LA NACION de Buenos Aires, Argentina, donde manifiesta su visión respecto a aquellos flamantes arribados al mundo de las letras y a sus posibilidades futuras.
Cómo ser un escritor conocido: manual para recién llegados
En un mundo pleno de aspirantes a la escena literaria, leer y escribir bien no parece suficiente; la búsqueda de un público y la autopromoción asoman como inevitables
Por Joaquín Sánchez Mariño | Para LA NACION
El señor M tiene una pequeña gema entre las manos, pero carga con la lepra: no lo conoce nadie. Ergo, nadie leyó su pequeña gema. ¿Cómo puede hacer el señor M para que alguien repare en su trabajo? En el siglo XV, pongamos que habla mal de Dios hasta quedar encadenado y recitar sus versos finales al calor de la hoguera. En el XIX escribe una profunda novela sobre alguno de los grandes temas y la gente de Londres corre a comprarla. En el XX se hace amigo de algún literato con campo y se deja llevar por la gracia de su mecenas. Pero hoy, año 2015, sus posibilidades parecen ser infinitas. ¿Cómo se hace, entonces, para ser un escritor conocido?
Mercedes Romero tiene 25 años. Empezó en el género preliterario por excelencia: el posteo de Facebook. Después entró en un taller literario con Luis Mey y su estilo fue adquiriendo likes, ese bien de cambio de la contemporaneidad. Hoy, a menos de un año de ese primer texto replicado en las redes, a Mercedes acaban de confirmarle que la editorial Notanpüan va a publicar su primer libro.
Julieta Habif, de 24 años, por estos días se está preguntando qué hacer. Tiene un blog (estoesunapipa.blogspot.com), donde escribe historias de amor. Con el tiempo fue logrando una comunidad de seguidores y le dieron ganas de tener un libro propio, pero no sabe si autopublicarlo o esperar a que alguna editorial le acepte el manuscrito. «Me gusta mucho escribir, cada vez más, y publicar me parece el siguiente paso lógico para seguir haciéndolo. Como irse a vivir con la pareja después de un tiempo de noviazgo», dice. Guillermo, librero de Eterna Cadencia desde hace 5 años, no recomienda ir por el camino de la autoedición si se pretende alcanzar el gran público: «Llegan muchas ediciones de autor a la librería, y la verdad es que muy difícilmente se les hace un lugar si no vienen con una recomendación determinada o al amparo de una editorial respetada».
Juan Sklar es un caso distinto. El año pasado publicó Los catorce cuadernos (Beatriz Viterbo), y aun siendo su primera novela, ya vendió más de mil ejemplares. Por supuesto, su libro no llega de la nada a los anaqueles. Sus notas web, «Sexo Turista» primero (publicada en la revista La única) y el más reciente «Hecho en Bangkok», donde cuenta que va a ser padre, le valieron miles y miles de lectores. Para cuando salió su libro ya había mucha gente esperándolo.
«Mi mejor herramienta de difusión fueron los textos, ellos me valieron el contagio que se generó con lo que escribo. Con la literatura no hice, en términos de difusión, nada que no haya hecho antes en otros mundos: la tele, la radio, el teatro. Pero sólo acá pasó lo que pasó. Quiero decir: la difusión sola no logra nada. Pero tampoco podemos escribir y nada más. Hay que salir a defender la obra. Tal vez me haya quedado del teatro la falta de pudor por el autobombo. El under teatral se desespera por conseguir público. Pero ojo, tiene que estar claro que la prioridad es escribir, no postear. Por otro lado, no entiendo la fantasía que se formó alrededor de los escritores: es un mundo en el que hay muy poca plata, no hay muchas mujeres ni hombres, y no hay grandes fiestas. Y sin embargo, todo el mundo quiere ser un escritor famoso. Qué sé yo».
¿Realmente la literatura -o la defensa de ella- nos muestra mejores de lo que somos? No, nos muestra solos y desesperados por saciar la vanidad de nuestro ego. Si ya sabemos que el éxito como escritor no nos deparará dinero, ni amores y aventuras, ¿por qué buscar tan desesperadamente que nos lean? Es la respuesta incómoda que nadie acepta y que Don Draper, el genial antihéroe de Mad Men, confiesa con total liviandad cuando una chica le pregunta qué hace bañado y perfumado a las tres de la mañana: «Soy vanidoso».
ESCRIBIR NO ES PARA TÍMIDOS
«El camino más noble y efectivo para hacerse un lugar en la literatura es leer y escribir bien. El resto son variaciones de la falta de pudor o cierto goce exhibicionista por el ridículo, cuestiones que siempre están ocultando una falta de verdadera voluntad creativa», dice Nicolás Mavrakis, periodista cultural free lance y escritor.
En esa línea está la obra de Cocó Muro. Su libro, Diez razones por las cuales usted debe tener este libro, saldrá el próximo mes por editorial Llanto de Mudo. «La estrategia de difusión es la clásica: comunicarlo por redes, generar cierta intriga y expectativa, enviarlo a los medios de comunicación que más me gustan y contarles en una gacetilla de prensa a los periodistas de qué se trata lo que les estoy enviando», explica. El suyo es un libro de listas («literatura en potencia»), que surgió de su voluntad experimental y del buen recibimiento que tuvieron esos textos cuando los publicó en Facebook. Otra vez, el posteo como disparador, como género de acercamiento. Si de Borges se dice que además de su obra escrita está su obra oral, ¿cuántas obras hechas de posteos habrá de acá a cincuenta años?
«Todo el mundo deje de hablar ahora mismo. Presten atención. Se los dije a ustedes, se los dije a mis críticos: yo soy el más grande de todos los tiempos.» Habla Muhammad Ali al comienzo de documental Facing Ali. Tiene razón el hombre: fue el mejor de todos los tiempos. ¿Pero sólo por su manera de pelear? Según Eduardo Bejuk, periodista especialista en boxeo, la revolución que causó en el mundo gracias a sus dichos, sus polémicas y su figura lo elevaron a la categoría de mito, iniciando la era moderna del deporte. Dice que Alí, sin lo que él inventó para sí, nunca hubiera sido Alí.
Y algo parecido pasa en el mundo de la nueva literatura: ya no gana el que domina el ring de la escritura sino el que mejor se inventa a sí mismo. Hay algo positivo después de todo: la ficción nunca tuvo tan buen pulso. «Pero nadie se sostiene sólo de posteos. Tiene que haber una obra detrás que lo sustente. Si no, la gente se siente estafada», dice Juan Sklar. En ese aspecto, Facebook permite ver en cámara lenta cómo van llegando esos 15 minutos de Warhol y cómo cada uno intenta retenerlos, estirarlos, reciclarlos, y finalmente dejarlos ir.
Facundo García Valverde sabe bien de qué se trata la fama. Escribió varios libros de famosos como ghost writer, y en este año la editorial Galerna publicará su novela Fama, sobre la vida de un extraño ex participante de Gran Hermano. «Cuando era más complejo publicar, había pocos puntos en común entre el mundo editorial y el de Gran Hermano. Hoy todo parece seguir una misma lógica, la de un mercado que te exige autopromocionarte: las lecturas son las presentaciones en discotecas de los ex participantes, las reseñas son los videos de tu paso por la casa, los lectores son los fans que agitan por Twitter y te votan por SMS, las roscas con otros escritores son los complots que se arman en la casa; las solicitudes de amistad en Facebook son los canjes publicitarios. Todo eso, sin embargo, no es nada; es al sexo lo que la ropa de tu pareja: lo que tenés que sacar para tener sexo. Lo único verdadero es que te lean y que los otros te reconozcan como alguien que vale la pena leer», dice.
En su mirada, un escritor que busca ser leído no lo hace por acariciar su ego: «Uno enfrenta el trabajo creativo y literario con tantas expectativas como inseguridades -explica-. Uno cree estar hablando de la soledad y, en realidad, está hablando del miedo; otro cree estar hablando de sus amigos y, en realidad, está describiendo la tragedia política de haber nacido en América Latina. Ese ‘en realidad’ es todo; ese ‘en realidad’ es por lo que la gente te lee y no tiene nada que ver con tu ambición o vanidad. En el fondo, es similar a lo que dice Hannah Arendt para el dominio político: ‘Uno participa para mostrarse único en un ámbito donde nada es previsible y nada está bajo tu control'».
Adriana Amado, doctora en Ciencias Sociales de Flacso y especialista en medios, dice: «Los escritores no están lejos de los nuevos parámetros de celebridad: un escritor puede ser conocido, célebre o respetado. Son muy pocos los que tienen las tres condiciones. Las dos primeras son producto de la maquinaria de prensa de la industria editorial: entre periodistas que no leen, lo que se difunde es la solapa del libro. Además, sucede que somos más los que escribimos que los que leemos. Sobre todo porque cada vez tenemos menos tiempo de leer de tanto que nos lleva escribir. Por eso viene Amazon como justiciero universal y amenaza con pagar regalías por páginas efectivamente leídas. Yo creo que además debería descontar lo que leímos de falsas reseñas, falsas entrevistas al autor y demás delicias de la maquinaria de difusión».
Y sea por fama u oscuridad, de pronto todos queremos ser escritores. Queremos viajar a la Feria del Libro de Guadalajara y codearnos con nuestros cuates latinoamericanos mientras planeamos la revolución de la literatura, una vez más, pero para siempre. Queremos hacer frases que rompan la moda y poder descansar en lo que ya dijimos. Pero nos falta el corazón latente de nuestro sueño: nos falta haber escrito.
POR UN LUGAR EN LA LITERATURA
«Ser conocido puede ser un efecto secundario de trabajar mucho, moverte siempre en un ambiente determinado o ser muy bueno en Twitter. Mi táctica, que es producto de discapacidad publicitaria, es recitar en vivo y llevar los libros. Es un trabajo de hormiga pero es súper satisfactorio -cuenta Mariana Bugallo, que el miércoles que viene en Casa Brandon presentará el libro Muchacho-. Supongo, por otro lado, que los nuevos medios de difusión ayudan a que nos conozcamos entre nosotros más que a que se nos conozca».
Por su parte, Nora Galia, directora de la editorial Letras del Sur, profesora de la carrera de Edición de la UBA y especialista en Gestión cultural, dice: «En el marco de la hipermodernidad, no estamos frente a lectores sino a consumidores omnívoros. Es una tarea conjunta del editor y del autor batallar contra una constante oferta de ‘entretenimiento’ y de nuevos star systems. Hoy, el escritor tiene que tomar un rol activo para construirse como tal».
¿Pero qué es construirse como escritor? Primero, asumir el deseo de ser escritor, tenga sentido o no. Después, comunicar. Y comunicar es ser un escritor que postea. Intentar, claro, mantenerse en los reinos del buen gusto. Y si la competencia es feroz, bajar cada tanto al barro de la confesión y contar, por ejemplo, que uno va a estar leyendo textos en tal o cual evento palermitano. ¿Le importa a alguien? Imposible saberlo, pero la consigna es clara: el que quiere escribir, labure su perfil de escritor. Ya no más postear felices cumpleaños a la vieja ni fotos del partido: ahora sólo referencias a la literatura. Empezar a ir a encuentros a levantar la copa con extraños. Seguir escritores en Twitter, lograr en lo posible una mención de alguien respetado. Salir a la caza de notas y artículos sobre la propia novela. Y olvidar el lastre moral de la humildad. Después de todo, ¿qué es un escritor hoy en día sino alguien que proclama que sus palabras tienen un valor?
Gonzalo Garcés, director editorial de Galerna y escritor, dice: «Yo creo que los mejores artistas logran un equilibrio existencial muy delicado. Ellos saben que son boludos como todos tratando de ganarse el pan, pero saben también que la imagen mágica que proyectan no por ser falsa carece de valor. Es como la imagen de Dios para un ateo o la idealización que vos podés hacer de alguien a quien amás. Es un fantasma, sí, pero un fantasma que te eleva un poco más alto y te sirve de guía. George Clooney dijo que él no tenía Twitter porque si tenés Twitter sos accesible, y si sos accesible, no sos una estrella. No conozco a George, pero tengo el pálpito de que no cree que es una estrella inalcanzable, pero sabe que tiene que proyectar esa imagen. Es como ser padre. Ser padre, en presencia de tus hijos, es claramente ser mejor de lo que sos, porque ellos lo necesitan». Igual que la literatura, que necesita de la máquina de humo para seguir estando viva.