«Sabiendo con pruebas y hechos constatados que el gobierno nos ha robado a manos llenas y nos han usurpado vilmente derechos y libertades, intentar eludir impuestos demuestra inteligencia e incluso dignidad. Tan disculpable como tragarte un anillo cuando ves venir al ladrón» ( Rosa Tamés )
Autor: depunoyletra.com
Arnaldur Indridason, entre géisers y ventiscas
En verdad, pronunciar el nombre de la ciudad tiene su dificultad: Reikiavik; capital de un país como Islandia que, hasta hace no mucho tiempo, pocos podían situar sobre un mapa. De esas tierras gélidas proviene Arnaldur Indridason (1961), considerado uno de los maestros de la novela policial nórdica.
Bien es cierto que bajo el adjetivo nórdico, varios son los escritores que desde hace décadas vienen incursionando con éxito en la novela negra. Por nombrar algunos: Stieg Larsson, Camila Läckberg, Henning Mankell, Jo Nesbo o Asa Larsson, quienes llenan estantes en librerías y gracias a buenas historias vienen ganando la fidelidad de muchísimos lectores.
Indridason, autor de títulos como En el abismo, Las marismas, Invierno ártico, El hombre del lago o Pasaje de las sombras, tiene en el oficial de policía Erlendur Sveinsson su alter ego literario. El inspector Sveinsson es un personaje contradictorio, solitario y con una desprolija vida privada; hábil y eficiente en su puesto pero incapaz de abordar las zonas más oscuras que atormentan su personalidad.
En La mujer de verde el islandés hace suyos los condimentos de rigor que componen la novela policial: un oscuro caso por resolver, una muerte dudosa, una ardua investigación; todo ello aderezado con los avatares propios y cotidianos de los propios investigadores que entorpecen la resolución del caso en cuestión. Condimentos todos que en esta oportunidad el autor hace coincidir con la historia reciente de su localidad de nacimiento, y también de Islandia como joven país.
De la novela La mujer de verde el pasaje siguiente:
“…Baddi estaba de portero en un local de striptease llamado Conde Rosso, situado en el centro de Reikiavik. No estaba en la puerta cuando llegó Erlendur, en su lugar había una montaña de músculos, de constitución corporal extraordinaria, que le indicó dónde encontrarlo.
-Está vigilando el show- dijo el portero.
Erlendur puso cara de no entender. Se quedó mirando al hombre.
-El show privado -dijo el portero-. El baile privado- y puso cara de desesperación.
Erlendur entró en el local, que estaba iluminado con bombillas rojas de luz mortecina. En el salón había una barra, mesas y sillas y unos cuantos que miraban a una chica joven que se frotaba contra una barra de hierro en una pista de baile sobreelevada, siguiendo un monótono signo pop. La joven miró a Erlendur y se puso a bailar delante de él como si se tratara de un cliente en potencia, y se soltó el diminuto sujetador. Erlendur la miró con una compasión tan profunda que la muchacha se quedó confusa, dio un paso equivocado, recuperó el equilibrio y se fue alejando de él hasta que dejó caer el sujetador al suelo aparentando desenvoltura, en un intento por mantener la dignidad.
Intentó adivinar dónde podían tener lugar los shows privados, y vislumbró un oscuro pasillo enfrente de la pista de baile, y fue hacia allá. El pasillo estaba pintado de negro y al final había una escalera que descendía al sótano. No se veía apenas, pero bajó dificultosamente la escalera y entró en otro pasillo pintado de negro. Una solitaria bombilla roja colgaba del techo, y al final del pasillo se alzaba una montaña de músculos coronada por una cabeza extremadamente pequeña, con los fuertes brazos cruzados sobre el pecho, mirando a Erlendur fijamente. En el pasillo que se extendía entre ambos había seis habitaciones, tres de cada lado. Oyó el sonido de un violín en alguno de los cuartos, una melodía nostálgica.
La montaña de músculos avanzó hacia Erlendur.
-¿Eres Baddi?- preguntó éste.
-¿Dónde está tu chica?- preguntó la montaña de cabeza pequeña, que se erguía como una verruga sobre el grueso cuello.
-Eso iba a preguntarte yo- dijo Erlendur, extrañado.
-¿A mí? No, yo no organizo lo de las chicas. Tienes que subir a por ellas y luego vuelves a bajar.
-Ah, de modo que es eso- dijo Erlendur cuando se percató de la confusión-. Estoy buscando a Eva Lind.
-¿A Eva? Lo dejó hace tiempo. ¿Estuviste con ella?
Erlendur se quedó mirando fijamente al hombre.
-¿Qué lo dejó? ¿A qué te refieres?
-Venía aquí a veces. ¿De qué la conoces?
Se abrió una puerta del pasillo y asomó un hombre joven subiéndose la cremallera de los pantalones: Erlendur vio a una chica desnuda inclinarse para recoger su ropa del suelo de la habitación. El hombre se escurrió entre ellos dos, le dio un golpecito a Baddi en el hombro y desapareció escaleras arriba.
-¿Quieres decir aquí abajo? –dijo Erlendur anonadado-, ¿Eva Lind venía aquí abajo?
-Hace mucho. En esta habitación hay una que se le parece mucho –dijo Baddi servicial como un vendedor de coches, señalando una puerta-. Es una estudiante de medicina, de Lituania. La chica del violín. ¿La oyes? Está en alguna escuela famosa de Polonia. Ellas viene aquí a sacar dinero y luego se vuelven a seguir estudiando.
-¿Sabes dónde puedo encontrar a Eva Lind?
-Nunca decimos dónde viven las chicas –dijo Baddi, poniendo un curioso gesto de santurrón.
-Yo no quiero saber dónde viven las chicas –dijo Erlendur con cansancio. No podía perderse el lujo de perder el control de la situación. Sabía que tenía que andar con cuidado, que tenía que buscar la información con prudencia aunque nada deseaba más que arrancarle esa verruga del cuello-. Creo que Eva Lind tiene problemas y me pidió que la ayudara –dijo con toda la tranquilidad de la que fue capaz.
-Y tú quién eres, ¿su papaíto? –dijo Baddi burlón, soltando un bufido.
Erlendur lo miró pensando si sería posible agarrar una cabeza tan pequeña. La sonrisa burlona se congeló en el rostro de Baddi al percatarse de que había dado en el blanco…”
La frase
«Para los de mi generación y desde el punto de vista intelectual, el mundo se entendía leyendo a Marx y Freud. El comunismo era un avance de la justicia. Pero poco a poco nos fuimos desengañando. Tampoco de manera absoluta. No creo que haya que tirar a la basura a Marx y Freud, simplemente no es la medicina que cura todos los males, sí algún síntoma» ( Eduardo Mendoza )
De amistad y otras hierbas
Es de público conocimiento, la estación estival favorece el tiempo lúdico y la relajación, propicios para el fluir del libre pensamiento. Luego nos aproxima a la evaluación de nuestro entorno, de nuestros actos y por lógica, de nuestros afectos y devociones.
En la Grecia antigua cuando Aristóteles se refería a la amistad, mencionaba que la había de tres clases: la basada en el placer; la que lo hacía en pos de la utilidad; y por último la que se basaba en el bien o la virtud de la persona que se estima. A ese respecto, y desde una arista diferente, vino a mi memoria este dicho: “A los amigos se los elige; a la familia se la hereda”, frase que en más de una oportunidad he ido recordando a lo largo de los años.
El tema desde luego no es innovador, y ha movilizado la inquietud de muchos escritores a lo largo de los tiempos. Uno de ellos fue el polémico Oscar Wilde (1854-1900), el autor de novelas tan difundidas como El retrato de Dorian Grey, Salomé o La importancia de llamarse Ernesto. Además de sus obras el literato irlandés ganó fama por muchas de sus citas, pero fue mucho menos conocida su faceta en textos poéticos; si bien fue ganador del prestigioso Premio de poesía Newdigate.
Es evidente que la materia mueve a miles de enfoques y sentimientos, y dio y dará bastante de sí en el transcurso de muchas generaciones. No cabe duda que en el caso de Wilde, tuvo un cúmulo de sensaciones movilizadoras y, hace ya más de un siglo atrás, así lo plasmó en su poema Locos y santos:
“Escojo a mis amigos no por la piel u otro arquetipo cualquiera, y sí por la pupila.
Tiene que tener un brillo cuestionador y una tonalidad inquietante.
A mí no me interesan los buenos de espíritu ni los malos de hábitos.
Me quedo con aquellos que hacen de mí un loco y un santo.
De ellos no quiero respuesta, quiero mi opuesto.
Que me traigan dudas y angustias y aguanten lo peor que hay en mí. Para eso sigo siendo loco.
Los quiero santos, para que no duden de las diferencias y pidan perdón por las injusticias.
Escojo a mis amigos por la cara lavada y por el alma expuesta.
No quiero solo el hombro o el regazo, quiero también la mayor de sus alegrías.
Amigo que no ríe con uno, no sabe sufrir con uno.
Mis amigos son todos así: mitad estupidez, mitad seriedad.
No quiero risas previsibles ni llantos piadosos.
Quiero amigos serios, de aquellos que hacen de la realidad sus fuente de aprendizaje, pero luchan para que la fantasía no desaparezca.
No quiero amigos adultos ni aburridos. Los quiero mitad infancia y mitad vejez.
Niños, para que no olviden el valor del viento en el rostro y viejos, para que nunca tengan prisa.
Tengo amigos para saber quién soy yo.
Pues viéndolos locos y santos, bobos y serios, niños y viejos, nunca me olvidaré de que NORMALIDAD es una ilusión imbécil y estéril”
(Traducción del original de Rosa Corgatelli)
FLF.-
La frase
«Puedes querer a tus lectores e intentar darles lo mejor, pero siempre tienes que darles algo tuyo. Si empiezas a intentar darles algo que ellos te han pedido, la literatura se convierte en clientelismo» ( Gilles Legardinier )
El lenguaje y su evolución
Los datos más fiables cifran su aparición en unos 400.000 años, y otros 7.000 desde que el ser humano comenzó a dejar rastros de su escritura. Hoy, las nuevas tecnologías y su constante mutación hacen que de manera sostenida se vayan incorporando nuevos vocablos a los diccionarios; mientras que las transformaciones sociales hacen que se vean reflejadas de forma directa en la denominada aldea global, y con ello, en el habla de sus ciudadanos. No olvidemos que la gente, en un acto viral, aprende a manifestarse imitando las expresiones de otras personas.
El artículo siguiente fue publicado en el matutino La Vanguardia de Barcelona.
David Ruiz Marull
Los cambios sociales y cognitivos, junto a los factores culturales, afectan el lenguaje humano. Pero no solo existen estas causas. Según un estudio de la Universidad de Pensilvania, la casualidad y el azar juegan también un papel fundamental.
”Los lingüistas -dice el profesor de biología Joshua Plotkin– suelen suponer que cuando se produce un cambio en un idioma es porque una fuerza direccional lo causó. Nosotros proponemos que las lenguas también pueden cambiar solo por azar. Un individuo escucha una variante de una palabra y a partir de aquí es más probable que la use. Si los cambios casuales se acumulan durante generaciones pueden provocar modificaciones sustanciales“.
Investigadores de los departamentos de lingüística y de biología evolutiva han analizado colecciones de textos en inglés datadas entre los siglos XII y XXI. Han utilizado escritos de Geoffrey Chaucer (autor de los Los Cuentos de Canterbury) o de William Shakespeare, entre otros muchos, para hacerse una idea de cómo ha cambiado el idioma durante el último milenio. Su objetivo era determinar si los cambios en el lenguaje ocurren por casualidad o por una fuerza selectiva.
Los expertos de la Universidad de Pensilvania han encontrado que algunos cambios en el inglés fueron guiados tanto por la selección natural como por la casualidad. ”Uno de los primeros grandes lingüistas estadounidenses, Leonard Bloomfield, dijo que nunca se puede ver un cambio de idioma, que el cambio es invisible”, explica la profesora de lingüística Robin Clark. “Ahora, estudiando todos estos textos, podemos ver los cambios al detalle microscópico y comenzar a comprender cómo sucedieron”, añade.
Tal y como pasa con los análisis genómicos, que requieren una gran cantidad de datos para ver señales de modificación genética, el estudio lingüístico requirió revisar muchos textos escritos durante siglos para determinar el papel de la selección en la evolución del lenguaje.
Los investigadores se centraron en la regularización de los verbos en pasado. Utilizando el Corpus of Historical American English (corpus histórico del inglés americano), compuesto por más de 100.000 obras (y más de 400 millones de palabras) que van desde 1810 hasta 2009, revisaron las formas verbales, tanto regulares como irregulares.
El estudio lingüístico requirió analizar muchos textos escritos durante siglos. Identificaron 36 de estos verbos. Usaron una técnica que se había desarrollado para detectar la selección natural en poblaciones microbianas y estudiaron la frecuencia de cambio de las diferentes formas a lo largo del tiempo para determinar si las modificaciones fueron causadas por fuerzas selectivas o por casualidad.
Para seis verbos el equipo encontró evidencias de selección natural. Y en cuatro de estos, la evolución favoreció la forma irregular. ”Hay mucha literatura y mitología sobre la evolución de los verbos y mucha gente ha afirmado que la tendencia es hacia la regularización. Pero lo que encontramos fue bastante diferente“, explica Clark.
Los investigadores se centraron en la regularización de los verbos en pasado. Por ejemplo, mientras que un nadador de hace 200 años podría haber “buceado” (dived, en ingles), hoy se utilizaría la fórmula “se zambulló” (dove). El cambio hacia el uso de esta forma irregular coincidió con la invención de los automóviles y el aumento amenazante del uso del verbo irregular “conducir” (drive) y ”condujo” (drove).
“Tener un vecindario fonético con otros verbos actúa como una fuerza gravitatoria y hace que sea más probable que la forma pasada se irregularice”, asegura Robin Clark. Aunque la selección natural actuó sobre algunos verbos, la gran mayoría de los que se han analizado “no muestran evidencia de selección alguna”, dice Plotkin.
El cambio hacia la forma irregular de dive (bucear) coincidió con la invención de los automóviles. Fue en ese punto donde el equipo de académicos reconoció un patrón: la posibilidad aleatoria afecta más a las palabras raras que a las comunes. Cuando varían los verbos raramente usados, es más probable que ese reemplazo se deba a una casualidad. Pero cuando los verbos más comunes cambiaban de forma, lo más probable es que la selección natural haya sido un factor que impulse el reemplazo.
La posibilidad aleatoria afecta más a las palabras raras que a las comunes. Los investigadores encontraron que el uso del do surgió en dos etapas, primero en preguntas, alrededor del año 1500, y luego, aproximadamente 200 años después, en declaraciones imperativas y declarativas. Los investigadores consideran que la primera etapa del aumento del uso del do está vinculada a la probabilidad aleatoria. La segunda etapa, en cambio, si parece que fue impulsada por una presión selectiva.
”Parece que, una vez que el do se introdujo en frases interrogativas, fue creciendo cada vez más su frecuencia de uso”, afirma Plotkin. “Cuando la fórmula se volvió dominante en las preguntas, fue seleccionada para otros contextos, el imperativo y el declarativo, probablemente por razones de consistencia gramatical o facilidad cognitiva”, añade.
Los investigadores también confirmaron la hipótesis sobre el cambio de forma en la negación, ya que del antiguo Ic ne secge cambió a I ne seye not y luego al más reciente I say not (Digo no). ”Las personas aprenden a hablar copiando a otras personas. Esa copia introduce variaciones mínimas, y las variantes se propagan. Cada cambio es una oportunidad para un resultado diferente, que es la base de la evolución tal y como la conocemos“, apuntan los investigadores. Ahí es cuando se introducen variaciones mínimas que se propagan.
La frase
«Me sorprende que la generación que nos regaló los años sesenta también nos diera los ochenta, y con ello todos los problemas actuales. He conocido activistas de los sesenta que acabaron convirtiéndose en banqueros de fondos de inversión veinte años después» ( Nathan Hill )
Marcela Serrano, el exilio interior
En verdad, se pueden escribir infinidad de textos sobre los diferentes exilios, pero es evidente que adquieren una veracidad mayor si eres de aquellos que los han sufrido. Y Marcela Serrano (Santiago, Chile, 1951), bien nos puede ilustrar al respecto.
La trasandina, con unos antecedentes donde se incluyen estudios en Bellas Artes en su país, con exposiciones y premios en su haber, se considera a sí misma como una escritora que ha arribado tarde al mundo de las letras. Aunque por los reconocimientos logrados con sus novelas anteriores: Nosotras que nos queremos tanto, El albergue de las mujeres tristes, Antigua vida o Diez mujeres, entre otras, se podría proclamar que bien ha valido la pena esperarla.
En su último trabajo literario la chilena sitúa la acción en los años de la dictadura Pinochetista. Coinciden allí dos personajes en principio contrapuestos por los prejuicios de clase social, pero ambos necesitados por igual de afecto y protección. Así los iniciales encorsetamientos y dogmatismos que dominan su relación, darán paso de forma paulatina a descubrir el valor de lo opuesto y el rico intercambio que deja la auténtica amistad.
En La Novena la Serrano logra atrapar la atención haciendo gala de un gran equilibrio entre sus partes. Destacan un envidiable sentido de la concisión y del ritmo, donde no necesita de largos planos secuencia para hallar al lector en el meollo de la acción. Pero quizás el mayor de sus aciertos se encuentre en la dosificación con que incluye el tema marco en el que se inserta el relato; ya que, aunque siempre presente, la escritora sostiene a la trama sin caer en la tentación de extralimitarse con los años de despotismo militar. Para dejar de explayarse menos con lo obvio y centrarse más en cómo condicionaron los actos de las personas.
A continuación un pequeño fragmento de La Novena:
“…Odia esa iglesia, para él representa todo lo podrido de esa ciudad de mierda. El Bosque con su larga y alta torre roja y su sospechosa historia de acólitos abusados, de dineros abonados a lujos de los curas que olvidaron convenientemente los evangelios, de viejas beatas que entregaron sus sólidas y amadas argollas de matrimonio para ampliar el patrimonio de Pinochet, de jóvenes católicos, pálidos y confusos, formándose para atajar cualquier cambio que los amenace desde el futuro poder que les será otorgado: ¿cuánta sangre tendrán estas personas debajo de sus joyas?, ¿habrán actuado así creyendo a Dios de su parte o vienen a pedir perdón en silencio para no tener que hacerlo en tribunales? ¿Cuántos muertos van en nombre de Dios? Miguel Flores se siente ajeno, un absoluto extraño, qué mierda hago aquí, se pregunta si fue una buena idea haber venido. La ceremonia ya ha comenzado. La Iglesia está abarrotada como feria de domingo, los bancos de madera mil veces encerados no dan abasto y la gente se agolpa en los pasillos laterales de la nave central; personas vestidas de oscuro como él, hombres sobre todo, de todas las edades, las mujeres habrán llegado antes porque se les ve instaladas en sus asientos. Deduce que la mayoría pertenece a esa enorme familia que arropaba a Amelia como las mantas a un vagabundo. En un rincón distingue a un grupo que resalta en medio de la concurrencia: los reconoce de inmediato, son los campesinos. Unos siete hombres, unas cuatro mujeres. Muy atildados, vestidos con ropajes oscuros y recatados, miran en solitario, no se comunican entre ellos, tampoco con el resto. Los hombres se han destapado las cabezas y sujetan los sombreros entre las manos, a la altura de la cintura. Miguel Flores hace esfuerzo por mantener la compostura, la escena lo ha emocionado. Mira de lejos el ataúd, solo y rotundo en medio de la nave, único, irrefutable. Al frente, en el primer banco, divisa a los más cercanos, los hijos, su mirada los recorre con dificultad por la distancia, la iglesia es grande, reconoce a Mel, sentada en la esquina del primer banco, pegadita al ataúd, como si fuera de su propiedad, sí, es ella, no puede equivocarse, han pasado muchos años pero quién se atrevería a sentarse casi arrimada al féretro si no fuera su hija. Perdonamos nuestras ofensas así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden, y él cae en la cuenta de que ya no revisará más el resumen de los obituarios en la prensa semanal, si lo miraba meticulosamente buscando a Amelia por la certeza de que nadie le avisaría, en la agencia se reían de él, pareces vieja cuica buscando a los muertos, le decían, no necesitará volver a hacerlo, Amelia ya murió.
A la hora de la comunión se produce un gran ajetreo: muchas personas dirigiéndose en un acongojado silencio, aunque ruidosas a su pesar, hacia el centro de la nave donde el cura, delgado, enjuto, un poco consumido y vestido todo de blanco, estático, sostiene la hostia en sus manos invitando a los fieles a ir hacia él, o, más probable, hacia Cristo. Se forma una larga fila de devotos, todos los ojos secos (en los entierros de los viejos nadie llora), como si los que quedan vislumbraran cierta liberación. Las señoras de más edad abandonan sus bancos con la penosa dificultad de sus miembros un poco entumecidos, las dejan pasar para que la espera no les sea larga. Súbitamente, como si en un camino en medio del desierto, de golpe, cayera una inesperada nevazón, irrumpen las voces de un coro, voces majestuosas inundando la iglesia entera con ímpetu y con tristeza a la vez. Será Bach o algún otro barroco, resulta divino el canto para los oídos, y Miguel Flores siente una punzada de soledad. La intimidad de su historia con Amelia amenaza con desvanecerse si no es confirmada por otro…”
La frase
«El deporte es un elemento de socialización muy importante. Nos hace partícipes de una experiencia colectiva, ahora que es tan difícil hallar momentos de comunión con los demás» ( Najat El Hachmi )
De música y de vida, James Rhodes
Por su aspecto, James Rhodes (North London, 1975-), pertenece al tipo que el común denominador de las personas definiría como “extraño”. Aunque se cometería un craso error si esa primera impresión que provoca su apariencia entre descolocado y sabelotodo, de quien se le ha perdido algo y no sabe qué, nos impidiera ver la riqueza del personaje.
El inglés tuvo una infancia en una de las mejores escuelas de su país, lo que le supuso una buena educación pero también graves desequilibrios provocados por abusos y violaciones de uno de sus educadores. Admite sin ambages que la música le supuso mantenerse con medianía dentro de los límites de la coherencia. Experiencias entre otras que Rhodes, en un acto compuesto de valentía y catarsis, vuelca en su libro Instrumental.
El suyo es un texto duro, sin concesiones. Por momentos con todo el peso de la dolorosa verdad, en otros y a modo de defensa, con todo el sarcasmo y la ironía del que puede hacer gala su autor. Todo ello para desgranar jirones de vida, gustos musicales, infancia, educación, matrimonios, el cambio de arista que le representó la paternidad en su existencia, hasta su paso por una institución mental. Hechos que le han servido para afrontar los interrogantes que surgen de los recovecos de su mente, la rabia contenida hacia sí mismo, y descubrir lo liberador que le representa escribir.
Sea como fuere, James Rhodes es un creador que emociona cuando interpreta y conmueve cuando escribe. Las páginas de Instrumental le provocarán sentimientos encontrados al lector, desde la solidaridad al respeto, hasta sorprenderse con una no disimulada sonrisa en los labios, pero con seguridad, en instancia alguna le dejará impasible.
El pasaje siguiente es una pequeña muestra de lo que nos podemos encontrar a lo largo de la narración:
“…Podía lidiar con el sufrimiento, pero al final no pude aguantar que mi familia tuviera que pagar un precio por ello. Un día, buscando en internet, encontré una referencia a una organización benéfica que se encargaba de ayudar a hombres supervivientes de abusos sexuales. No sé muy bien por qué, pero los llamé. A lo mejor fue por aburrimiento, a lo mejor estaba hartísimo de estar hartísimo. A lo mejor fue un último y desesperado intento por ver si algo se podía salvar o convertirse en soportable.
Tenían la sede en London Bridge y me ofrecieron una cita confidencial al día siguiente. Y la gran pregunta sigue siendo: si hubiera sabido cómo se iban a desarrollar las cosas, ¿habría ido? Seguramente no.
Llegué (dos horas antes como siempre) y al fin me llevaron al típico <despacho de psicólogo con muebles de Ikea>: dos butacas relativamente cómodas, una mesita baja entre ellas, pañuelos de papel, tonos apagados, cutrísimos paisajes marítimos en las paredes. Allí encontré a la mujer más guapa que se pueda imaginar. Abierta, amable, supercariñosa y nada moralizante. Y aunque yo había decidido en firme no abordar el tema directamente, no hablar de nada demasiado personal, no bajar la guardia, se me escapó todo. Los treinta años de aquello salieron torrencialmente de mi interior, de principio a fin. Con todos los detalles que era capaz de recordar. No la miré a los ojos ni una sola vez, sino que lo solté todo como si fuera un actor que se hubiera presentado a una audición para el papel de <víctima avergonzada, chalada y autista de una violación>. Y lo único que recuerdo que me dijera después fue: <¿Se lo ha contado a su mujer?>. Una idea tan peregrina para mí como proponerme que empezara a ensayar para caminar en la luna.
-¡Claro que no se lo he contado a mi mujer! [Incredulidad.]
-¿Por qué no?
-Pero ¡qué coño! ¿Y por qué iba a contárselo?
-Porque es su mujer. Todo esto ha empezado a salir y el camino se va a ir volviendo más complicado y estrecho; va a necesitar usted todo el apoyo posible. [Mirada de incomprensión.]
Hay otra cosa que no te cuentan. En cuanto empiezas a hablar ya la has cagado. Los agresores que te obligaban a guardar silencio tenían toda la razón. No lo puedes volver a tapar. Es como sajar un forúnculo, con la diferencia de que lo que sale es un chorro aparentemente interminable de pus, bilis y residuos tóxicos que no disminuye ni decrece, sino cuya intensidad y volumen aumentan hasta que te estás ahogando en él como un hijo de puta…”
