Hábitos de lectura

¿Cuáles son las razones que movilizan a un lector hacia el texto?; ¿Qué hay del peso de la conformación sociológica del individuo?;  ¿Qué incidencia tienen las nuevas tecnologías de la pantalla grande o pequeña?  De estos factores va el compacto artículo a continuación a cargo del sociólogo Jorge Komadina Rimassa, publicado en el diario La Razón de Bolivia, un país que se autoreconoce con falencias lectoras.

Es divertido escudriñar en las estadísticas mundiales sobre la lectura. Los lectores finlandeses y japoneses se cuentan entre los más bulímicos del planeta: 47 libros al año, según datos de la Unesco. El 60% de los europeos ha leído al menos un libro en el último año. Los datos para América Latina son mucho más modestos: en Chile y Argentina se lee un promedio de 5,4 y 4,6 libros al año. ¿Y en Bolivia? El 43% de los ciudadanos que habitan en La Paz, Cochabamba y Santa Cruz afirma que no ha leído ningún libro al año. El 37,9 % leyó entre uno y tres libros. Solamente el 3,2 % de esa población lee más de 12 libros al año. Preferimos leer libros non fiction que novela, poesía, cuento, teatro. Leemos más periódicos que libros, a pesar de la expansión de los medios audiovisuales.

Estos datos son resultado de una encuesta realizada en 2017 por el Foro Regional de Cochabamba. La motivación más importante para leer es la educación, pero la proporción de estudiantes que no leen o leen poco es alarmante: el 49% afirmó que no lee libros. También es sorprendente lo poco que se lee en la esfera laboral. La preferencia por los formatos impresos (libros o fotocopias) es mayoritaria, pues alcanza más del 70%; solo el 16% son readers. Un 10,3% afirma leer alternativamente libros impresos y digitales, una cifra bajísima. Otro de los indicadores que permite apreciar los hábitos de lectura es la cantidad de libros que se compran: el 71% de los paceños, el 67% de los cruceños y el 67,9% de los cochabambinos no compraron ningún libro en el último año; estas cifras demuestran de manera elocuente la débil cultura del libro en Bolivia.

En realidad no existe una sola manera de leer, las capacidades y las situaciones de lectura son históricamente variables y dependen tanto del contexto, las motivaciones y expectativas como de los formatos del texto, que incluye una amplia gama que bascula entre los avisos clasificados y los tratados de filosofía. La lectura de libros digitales puede ser engañosa, pues no expresa ni la cantidad ni la variedad de textos digitales que se leen en la red: tuits, enciclopedias electrónicas, posts, revistas, fragmentos de textos científicos y literarios, historietas, cuentos, libros eruditos, notas sueltas, en fin.

La fragmentación de los textos produce una lectura aparentemente caótica que predomina entre los jóvenes que usan compulsivamente sus teléfonos inteligentes. No obstante, esos fragmentos suelen conectarse bajo la forma de un hipertexto sin formato material. Este hecho no es equivalente a un absoluto desorden, pues revela otro patrón de conexiones entre textos, una lectura donde predomina la contigüidad antes que la lectura “profunda”. No importa, las letras, hoy, surgen en los lugares más imprevisibles.

 

La frase

«Nos encanta generalizar: los franceses, los españoles, los ingleses, los ricos, los pobres, los   americanos, los rusos, los intelectuales, los parados los periodistas, la novela negra… Detrás  de cada uno de estos términos hay mil realidades distintas.  Si un novelista tiende a generalizar, hay que enviarle a la cárcel»  Bernard Minier )

Eva Baltasar, aferrada a la vida

La escritora (Barcelona, 26/8/78), autora de diez poemarios que la han hecho merecedora de varias distinciones, ha decidido dar el salto a la narrativa con  Permafrost. Novela que viene precedida de un gran reconocimiento en el último Sant Jordi y con la que se ha hecho acreedora del premio Llibreters del año 2018.

Pero quizás el mejor galardón venga de la aceptación de sus propios lectores, que en el caso de la barcelonesa llega precedido por la repercusión del boca oreja que tanto agrada a cualquier autor. Un hecho que en pocos meses haya llevado a la reproducción de la quinta edición del reconocido texto, y que bien podría hacer derretir a cualquier hielo eterno al que hace referencia el título en cuestión.

El Permafrost es la imaginaria capa aislante en la que, a modo de escudo protector, se refugia la protagonista del relato. Con ella intenta aislarse de la toxicidad de ciertas personas y de parte de la sociedad que la rodea y la juzga, entre otras cosas, por su lesbianismo. Tampoco son de su agrado los valores que sostiene su familia, que la hacen esgrimir el sarcasmo como su arma predilecta de autodefensa, más allá de coquetear con pensamientos suicidas. A pesar de ello, transita su existencia con la intensidad de un poseso, siente lo que dice y dice lo que piensa, y donde la comunicación con su propio cuerpo ocupa un lugar preponderante, con el sexo a modo de necesario hilo de conexión con la propia existencia.

Baltasar ha logrado construir un relato profundo y cargado de poesía, hasta llegar a  admitir que en él se deslizan algunos girones de sus propias experiencias, si bien advierte que su heroína no representa a su alter ego literario. Sea como fuere, su primera novela tiene los ingredientes necesarios para generar todo menos indiferencia a quien decida acometer su lectura.

De Permafrost el capítulo a continuación:

“Era francesa, marsellesa como el himno nacional, en realidad. El centro neurálgico de su belleza residía en el hecho de ser francesa. Yo estaba enamorada de su nacionalidad, un segundo rostro de facciones perfectas que se amoldaba al primero como una película casi transparente, pero con el encanto de los grandes clásicos. Se llamaba Roxanne y era más baja que yo. También tenía más estudios: un doctorado en literatura y títulos superiores de inglés, de alemán y de italiano. Además, tocaba el piano de maravilla. Tenía uno en su casa, en una sala grande que yo llamaba ampulosamente la sala del piano, donde tocaba largas piezas de memoria. Era lo que la mama habría dicho de buena familia y este ser de buena familia estaba presente en ella como una capa de barniz. De hecho, en cada uno de sus gestos, por insignificantes que fueran. Cuando abría una puerta, por ejemplo, hacía un movimiento muy particular con el mentón, elevándolo ligeramente hacia un costado a la vez que bajaba la mirada, y yo siempre tenía la impresión que daba por hecho que había alguno dispuesto a cederle el paso. Me cuesta explicarlo, pero ¡resultaba tan evidente cuando lo presenciaba!  Practicaba la escalada y, todo y que en aquella época no me podía ni imaginar sin ella, la primera vez que vi su cuerpo desnudo pensé que todas mis futuras amantes deberían de haber sido, previamente, grandes amantes de la escalada. Tenía unos músculos perfectos, vibrantes y recubiertos de una piel flexible e impecable. Cada postura suya en la cama constituía un estudio anatómico de una precisión inaudita, tan excitante como una primera visita a Buonarroti. Recuerdo sus abdominales, quietos e imponentes como el caparazón de una tortuga, y los arcos tensados de los brazos, los glúteos, los muslos y los gemelos, compactos como cráneos pensantes, centrados exclusivamente en mí, en mi placer, en alcanzar el extremo de mi placer. Nunca antes y nunca después he pasado tantas noches follando. Noches enteras, quiero decir, cinco y seis y siete horas de follar sin descanso, con ella generalmente encima.

‘Háblame en francés`, le pedía. Y ella me decía cosas que entendía y otras que no entendía  pero que no era necesario entender. Tenía suficiente con escucharla, con dejar que sus palabras penetrasen en mi cuerpo y me lo fundieran de una manera no previsible, extraña. Su voz me estremecía con violencia y me consumía con celeridad, como un copo de cabellos achicharrado por la brasa de un cigarrillo. Todo mi cuerpo se encogía y se retorcía en un instante, agredido por su acento como una oruga blandísima por un pico de acero. ¡Ah! Lo revivo ahora al escribirlo, y millones de células dentro de mí, pasan su cubos de agua encendida para ir a apagar no sé qué fuego. Veloces y ciegas. El cuerpo se me inflama haciéndome doler la pleura, tan poco avezada ya a seguirle el juego. Roxanne. Cuando la conocí se acababa de comprar un cámara fotográfica profesional. Y yo envidiaba su cámara, que se pasaba todo el santo día en sus manos. Tenía unas manos blancas de nudillos finos y yemas pulcras. Antes de tocar el piano extendía los dedos sobre el teclado, parecía como si reposaran por un momento, contenidos y dispuestos a la vez, como una fila de instrumental quirúrgico apareada antes de una intervención muy delicada. Después los articulaba con sutileza, los movía siguiendo las indicaciones de algunos músculos del cuello, que se accionaban milésimas de segundos antes que ellos. Yo la escuchaba y el sonido de las teclas del piano me penetraban como sus palabras, estremeciéndome y generando dentro de mí oleadas inexplicables y una especie de celo autocomplaciente. Seguía los movimientos ininteligibles de sus dedos, avanzando en el momento en que la pieza musical finalmente moría. Ella adoraba a Satie. ‘Es fácil`, decía. E interpretaba una y otra vez ‘Je te veux`, el número uno de las ‘Gymnopedias` y el dos de los ‘Nocturnos`. ‘Son larguísimos`, me quejaba yo. ‘Solo son tres minutos`, reía ella. Y los volvía a interpretar. Y yo me recreaba en aquella imagen de mi francesa tocando el piano. Pero a la vez moría en cada segundo. Y era una manera de morir muy digna y aceptable”.   

La frase

«Todos somos capaces de la mayor solidaridad y de la indiferencia más absoluta ante la        deshumanización; somos bondadosos y somos canallas, atentos e indiferentes. Algunas de las personas de las que más he aprendido, eran homicidas»   ( Francisco Moita Flores )

Joyce Carol Oates, conciencia crítica de América

Se la considera una de las damas vivientes de las letras y de las voces más respetadas de la literatura contemporánea de los Estados Unidos.

Lejano queda hoy el momento en que Oates (Lockpot, Nueva York, 1938) con 26 años publicó su primera obra de ficción: The Shuddering Fall.  A la fecha, su prolífica obra abarca un amplio espectro donde se incluyen más de sesenta novelas, entre las más renombradas: El jardín de los placeres terrenales, Ellos, Las hermanas Zinn, Solsticio, La hija del sepulturero, Mujer de barro, Cartago y otras; a las que se le suman relatos de todo tipo, libros de poesía, teatro y textos de no ficción. Una extensa producción que le ha valido el aplauso de crítica y público en su país y el extranjero; por la que ha recibido distinciones y galardones, como el Premio Nacional del Libro de Ficción o la Beca Guggenheim, además de ser una de las integrantes permanentes de la Academia Estadounidense de las Artes y de las Letras.

Como suele suceder, la escritora admite que su estilo recibe una vasta influencia de otros tantos autores, en un amplio abanico que va desde William Faulkner a Bob Dylan, quienes le han llevado a ir modificando su temática a lo largo de los años. Aunque más allá de las influencias, no cabe duda que en sus textos subyace una observación aguda y crítica de la sociedad americana, de sus gentes, de las costumbres arraladas y de las mutaciones a través de los tiempos; no en vano se ha hecho merecedora de la Medalla Nacional de Humanidades, que el presidente del país impone a distintas personalidades, quienes por su trabajo han dado a conocer los atributos humanos que componen a la nación toda.

En su última novela publicada Un libro de mártires americanos, tal vez con una crudeza nunca vista en sus textos, se hace explícito el choque entre las dos grandes corrientes de pensamiento que habitan la sociedad estadounidense: una atávica y tradicionalista y la otra liberal y más permeable a los cambios. Posturas que en su relato lo sintetizan  dos familias: los Dunphy y los Voorhees, quienes con su accionar, obligan a tomar partido a la comunidad en la que habitan.

De Un libro de mártires americanos, el siguiente pasaje:

   “’…Di una sola palabra y mi alma será salva`.

    El Señor me dio la orden. En todo lo acontecido no vaciló su mano.

   Se oyeron gritos.

   _¡Atrás!

   Apunté en primer lugar a Voorhees. El médico abortista dijo con su voz ronca y cortante:

   _¡Atrás! ¡Baje esa Arma!

   Y otros gritaron:

   _¡No! ¡No!

   El Señor ejecutó mis movimientos tan deprisa que los ojos del enemigo ni siquiera tuvieron tiempo de reflejar miedo o alarma. No manifestaron terror alguno, tan solo sorpresa pura y simple. Al avanzar por la entrada para automóviles tras la estela de la furgoneta Dogde de los abortistas con el arma apoyada ya en el hombro y los cañones alzados, hubo muchos que me miraron con asombro y sobrecogidos porque a los manifestantes se les había prohibido expresamente congregarse allí, al igual que desde hacía varios años se nos había prohibido presentarnos con nuestras pancartas o incluso rezar en el patio delante del Centro para Mujeres de Broome County; sin embargo allí estaba uno de nosotros, un soldado del Ejército de Dios, y del que algunos sabían que era Luther Dunphy, quien, desobedeciendo audazmente aquella prohibición, superó la barrera y sin la menor vacilación siguió a la furgoneta por la entrada de coches más deprisa de lo que nadie esperaría de un hombre de su tamaño.

   _¡Dios guía mi mano! Dios no permitirá que fracase.

   El enemigo conocido como Augustus Voorhees acababa de apearse de la furgoneta. Eran las 7.26 de la mañana. El centro para mujeres no empezaba a recibir a su clientela (es decir, mujeres embarazadas y mujeres convencidas de que no deseaban ser madres) hasta las 8.00. Al médico abortista (casi exactamente de mi misma altura, que es un metro ochenta y dos, y de pelo entrecano despeinado muy semejante al mío) se le había ocurrido llegar pronto para evitar así a los manifestantes y entrar por la puerta trasera del centro, pero pecó de insensatez en su astucia, porque la policía de seguridad de Muskegee Falls no solía presentarse hasta las 7.30 (y algunas veces más tarde), y para cuando la llamaran aquella mañana, Voorhees, herido de bala, se habría desangrado ya como un marrano. El abortista no me vio hasta que me encontraba a menso de dos metros tras él, acercándome muy de prisa, y la expresión en el rostro de su acompañante hizo que se volviera con un gesto de total sorpresa y conmoción.

   _¡No! ¡Atrás! ¡No…!

   Ya en aquel instante apretaba yo el gatillo, los cañones apuntándole por encima del pecho, así que el disparo del primer cañón derribó a Augustus Voorhees y le arrancó la parte inferior de la mandíbula y la garganta, dejando una herida terrible de ver, como si el Señor hubiera mostrado su cólera con un único zarpazo de una garra enorme; porque previsoramente yo había apuntado alto, dado que ignoraba si el asesino abortista llevaba chaleco antibalas. (Más adelante se supo que no se protegía así, desdeñoso del destino que le esperaba). A pesar de aquel espectáculo, cuando aún resonaba la ensordecedora descarga, el Señor dio firmeza a mis manos mientras con toda tranquilidad encañonaba a su ´acompañante` y cómplice, muy cerca ahora, que gritaba ´¡No! ¡No! ¡No dispare!` con torpe desesperación mientras trataba de alejarse y se protegía débilmente el cuerpo con brazos y manos; pero aquellas palabras llegaron demasiado tarde, y les hice tan poco caso como a los graznidos de los pájaros de plumas negras agolpados en el cielo invernal sobre nuestras cabezas mientras el segundo disparo le destrozaba la cara y gran parte de la garganta, proyectando hacia atrás su cuerpo ya sin vida al igual que había sucedido con el de Voorhees, también inerte, los dos cadáveres junto sobre el asfalto, delante de la furgoneta, derramando sangre en abundancia en muy pocos segundos, tal como Dios lo había querido.

   Con el éxtasis del Señor recorriéndome los brazos y las manos como se tratara de electricidad, apenas me impactó el retroceso del arma en el hombro, semejante a la coz de una mula; solo sentí el entumecimiento posterior, y el dolor en lo más hondo del hueso.

   _¡Dios se apiade de ti! Que Dios te perdone…”

La frase

«Todos hemos atravesado a una mujer para salir a este mundo. De hecho, las primeras diosas   fueron maternidades. Por eso creo que los sacerdotes deberían ser mujeres, porque son un canal de verdad y de resistencia. A pesar de que, desde el Neolítico, han sido aplastadas»                                                                                                                                                Manuel Vicent )

Hernando Guanlao, el librero de los pobres de Manila

Es frecuente oír el latiguillo de que un ejemplo vale más que mil palabras, y esa es la enseñanza que a través de la lectura le supieron transmitir los padres de este filipino; ejemplo que a la muerte de estos decidió expandir en su memoria. Hoy su librería de préstamos que funciona en su propia casa tiene el reconocimiento de la población, de las editoriales y de otras librerías de todos los rincones del mundo quienes colaboran con donaciones de textos y otros tantos materiales. En un país, donde 35 millones (el 34% de su población) son niños menores de 14 años, Guanlao facilita sus libros de manera gratuita a lo largo de la particular geografía filipina; textos que en su gran mayoría regresan a su punto de origen para volver a ser nuevamente distribuidos

El siguiente artículo fue publicado en el diario La Vanguardia de Barcelona.

Hernando Guanlao, Nanie para los amigos, cree que los libros tienen vida. Incluso está convencido de que pueden hacer felices a las personas. Para ello, sólo necesitan ser usados, leídos y releídos una y otra vez y no permanecer inactivos. Es más, asegura entusiasta, los libros deben ser liberados, circular sin dueño y llegar a todo aquel, rico o pobre, que tenga voluntad de aprovechar la sabiduría, el esfuerzo, el tiempo y el dinero que hay invertidos en cada uno de ellos.

Con esa filosofía por montera, este filipino de 66 años decidió hace casi 20 pasar de la teoría a la práctica para tratar de animar a la lectura a los niños de su barrio de Manila. Fue en el 2000, poco después de la muerte de sus padres. Mientras buscaba la manera de honrar su memoria, una idea le vino a la cabeza. “Ellos me inculcaron el amor por la lectura. Por eso, cuando vi mis viejos libros en el piso de arriba de su casa, decidí darles un uso público”, cuenta a las puertas del que fuera el hogar familiar durante medio siglo.

Colocó unos 50 volúmenes en la calle Baglatas, en el céntrico barrio capitalino de Makati, por si alguien quería cogerlos prestados. Sin normas ni reglas, sin carné de socio o fecha de vuelta. Y funcionó. “Sorprendentemente, no desaparecieron. La gente los cogía y se los llevaba, pero después los devolvía, e incluso empezaron a llegar más. Libros de texto, novelas, cómics, ensayos o revistas de moda, había de todo. Por cada libro que se iba, diez regresaban”, relata con una amplia sonrisa.

Así nació esta librería improvisada a la que bautizó como The Reading Club 2000. Como una enredadera a la que se deja crecer a su libre albedrío, los tomos pasaron de ocupar la acera a invadir el interior de la casa, escaleras y garaje incluidos. “No sé cuántos hay ni me interesa. Los textos van y vienen, con eso me es suficiente. Nadie se ha hecho nunca pobre por regalar libros”, cuenta Nanie, que antes de embarcarse en este proyecto trabajó como asesor fiscal, contable, panadero o vendedor de helados.

Conforme su proyecto crecía, el boca a boca y las redes sociales fueron amplificando su mensaje. Tanto que empezó a recibir donaciones de particulares, editoriales y librerías nacionales y foráneas. También cuenta con un amigo en la Junta Nacional de Desarrollo del Libro en Filipinas, encargada de dar el visto bueno a los libros que vienen del extranjero para escuelas, bibliotecas o tiendas, que le pasa las muestras de ejemplares sobrantes. “Todos ellos son buena gente que sabe que los libros son poderosos y que sirven para educar a los filipinos”, exclama.

Con una población de 105 millones de personas, Filipinas tiene una tasa de alfabetización de más del 96%, una de las más altas de toda Asia. Pero aunque son capaces de leer y escribir, uno de cada diez niños y jóvenes filipinos de entre 6 y 24 años abandona los estudios antes de tiempo para ayudar a su familia o por otros motivos, algo que les priva de tener mayores oportunidades en el futuro.

Consciente del problema, Nanie, casado y con dos hijos, trató desde un primer momento de hacer llegar los textos a las comunidades más desfavorecidas. Primero lo hizo con su bici-libro, a la que enganchó un carrito que llenaba de volúmenes para repartirlos por los alrededores de Manila. Luego expandió sus miras, ayudando a otras personas a establecer librerías similares a la suya en otros lugares del país y llevando libros por correo u otros medios a áreas montañosas como Tabuc o Baguio o a islas remotas como las Bisayas o las Babuyan, en Palawan.

Mientras tanto, las puertas de su casa-librería permanecen siempre abiertas, 24 horas diarias siete días a la semana, para todo aquel que desee hojear un libro o llevarse uno a casa, sin más pago o garantía que un “muchas gracias”. “Aunque los usen para envolver un bocadillo, no me enfado, al menos así tienen algún uso. Dar felicidad es un bella forma de honrar a la gente que donó los libros –resume–. Todo es temporal. Nacemos sin nada y sin nada dejaremos este mundo. Esa es la esencia de la vida”.

 

La frase

«Fui aspirante al suicidio y estuve reventada por la drogas y la locura. Vivía en una película de terror. Mis padres, a los que entonces aborrecía, fueron los que me salvaron la vida, hicieron por mí lo que unos padres convencionales no hubieran aguantado, porque yo era absolutamente insoportable»  Clara Usón )

Paolo Cognetti, la montaña como metáfora de vida

Con nacimiento y primera juventud transcurrida en la industriosa y pujante Milán, Paolo Cognetti (1978) sintió desde muy joven una gran atracción por las altas cumbres.  Tuvo en los cercanos Alpes su sitio para poder canalizar esa pasión que luego trasladó a su obra literaria; títulos como El muchacho silvestre son prueba fiel de ello.

Quizás esa necesidad de dar testimonio haya alimentado también su vertiente para con el cine documentalista, y ello le haya impulsado a cruzar el charco e instalarse en la monumental ciudad estadounidense de los rascacielos. Allí, mezcló lo testimonial y lo ficticio para la génesis de textos como Nueva York es una ventana sin cortinas o Sofía se viste siempre de negro.

De regreso de su experiencia americana vuelve a reinstalarse en la metrópoli lombarda aunque siempre con un pie en su montaña amada; a punto que hoy divide su tiempo entre la ciudad y un estratégico refugio en las pendientes alpinas. Fruto de todas esas vivencias produjo su obra de ficción más aplaudida: Las ocho montañas, premiada en Italia con el premio Strega y en Francia con el Médicis, con la cual el escritor italiano logra un texto sensible, tierno y cargado de frescura. Basada en la amistad entre Piero y Bruno, el primero un chico de la ciudad que envidia la libertad con que Bruno vive en su montaña; mientras que éste último anhela las posibilidades que se le brindan a su amigo y que ve difíciles de alcanzar. Aún estas diferencias, su relación se va consolidando solidificada con los componentes de lealtad, experiencias y tiempo, que hacen que su amistad se agigante y perdure a través de los años.

Cognetti se consagra con la composición de un texto sostenido por una acuarela de  relaciones interpersonales guiadas por la pureza de sentimientos, pleno de  descripciones de situaciones que van aflorando durante el trayecto de vida compartido por los dos jóvenes. Para destacar a la montaña como el gran antídoto a todos los males donde, arropados por la inmensidad alpina, el silencio y el viento cobran un significado mayor que mil palabras.

De Las ocho montañas el pasaje a continuación:

“…Se llamaba Bruno Guglielmina. El apellido era el de todos los habitantes de Grana, quiso explicarnos, pero el nombre Bruno lo tenía solo él. Apenas era unos meses mayor que yo, pues había nacido en 1972 pero en noviembre. Devoraba las galletas que mi madre le ofrecía como si no hubiese comido nunca en su vida. El último descubrimiento fue que no solo lo había estudiado yo a él, sino que él me había estudiado a mí mientras ambos fingíamos ignorarnos.

       -Te gusta el torrente, ¿verdad? –me preguntó.

       -Sí.

       -¿Sabes nadar?

       -Un poco.

       -¿Pescar?

       -Creo que no.

       -Ven, voy a enseñarte algo.

Dijo eso y bajó de un salto de la silla, yo crucé una mirada con mi madre y salí corriendo tras él sin pensarlo dos veces.

Bruno me llevó a un sitio que conocía, donde el torrente cruzaba a la sombra del puente. Cuando estuvimos en la orilla, en voz baja me ordenó que me mantuviese lo más callado y oculto que pudiera. Luego se asomó por una roca, apenas lo suficiente para poder vigilar desde allí. Con una mano me indicó que esperase. Mientras esperaba, lo observé: tenía el pelo rubio cáñamo y el cuello quemado por el sol. Llevaba unos pantalones que no eran de su talla, los bajos enrollados en los tobillos y con el tiro caído, la caricatura de un hombre adulto. Tenía también las maneras de un adulto, una especie de gravedad en la voz y en los gestos: con un movimiento de la cabeza me ordenó que le diera alcance y obedecí. Me moví de la roca para mirar hacia donde miraba él. No sabía qué debía mirar: ahí detrás el torrente formaba una pequeña cascada y una charca umbría, que llegaría quizá hasta las rodillas. El agua estaba turbia en la superficie, que agitaba el fragor de la caída. En los bordes flotaba un dedo de espuma y una larga rama atravesada había acumulado hierbas y hojas podridas. Aquel espectáculo no era nada, solo agua que descendía por la montaña, y sin embargo me encantaba cada vez más y no sabía por qué.

Cuando llevaba un rato observando la charca vi que la superficie se quebraba levemente, y noté que dentro había algo vivo. Una, dos, tres, cuatro sombras ahusadas con el morro contra la corriente, lo único que se movía era la cola, despacio y en horizontal. A veces una de las sobras se desplazaba de golpe y se detenía en otro punto, y a veces emergía el dorso y luego volvía al fondo, pero siempre mirando hacia la pequeña cascada. Nos encontrábamos más abajo que ellas, por eso aún no nos habían visto.

       -¿Son truchas? –susurré.

       -Peces –dijo Bruno.

       -¿Y siempre están allí?

       -No siempre. A veces cambian de agujero.

       -Pero ¿qué hacen?

       -Cazan –respondió él, a quien aquello le parecía completamente natural.

En cambio era algo que yo estaba aprendiendo en ese instante. Siempre había pensado que un pez nadaba en el sentido de la corriente, lo que sería más fácil, y no que derrochaba sus fuerzas nadando contracorriente. Las truchas movían la cola lo suficiente para permanecer inmóviles. Me hubiera gustado saber qué cazaban. A lo mejor los mosquitos que veían revoloteando por la superficie del agua y que se quedaban como atrapados. Observé un momento la escena procurando comprenderla mejor, antes de que Bruno se hartase de golpe: se puso de pie de un salto, agitó los brazos y al instante las truchas desaparecieron. Me acerqué a ver. Habían huido del centro de la charca hacia todos los lados. Miré el agua y cuando vi fue a la grava blanca y azul del fondo, pero enseguida tuve que marcharme para seguir a Bruno, que ahora iba corriendo por el borde opuesto al torrente.

Un poco más arriba, un edificio solitario daba a la orilla como si se tratase de la casa de un guarda. Se estaba cayendo a pedazos entre ortigas, zarzas de frambuesa, nidos de avispas que se secaban al sol. En el pueblo había muchas ruinas así. Bruno pasó las manos por los muros de piedra, allí donde se unían en un canto lleno de grietas, se dio impulso y enseguida estuvo en la ventana de la primera planta.

       -¡Venga! –dijo asomándose desde arriba.

Después, sin embargo, se olvidó de esperarme, quizá porque no le parecía, porque no se le pasaba por la cabeza que pudiera necesitar ayuda o solo porque estaba acostumbrado a ser así, o sea, a que cada uno se las arreglase solo, sin importar lo fácil o difícil que fuera lo que hubiera que hacer. Lo imité como pude. Sentí la piedra áspera, tibia seca bajos los dedos. Me arañé los brazos en el antepecho de la ventana, miré dentro y vi que Bruno estaba bajando al sótano por un hueco del suelo valiéndose de una escalera de mano. Creo que había decidido que iba a seguirlo a todas partes…”

La frase

«De joven era increíblemente tímido. Estaba paralizado por el terror de que alguien me hiciera una pregunta que me obligara a hablar. Me había fabricado una teoría a mi medida: me decía que escribir era mi salvación, mi modo para poder conversar con un gran número de personas. Pero quizás esa teoría era apenas un muro de protección para esconder las verdaderas razones que me inducen a la escritura. Tal vez ni quiero conocerlas».  ( Julian Barnes )