«Tengo curiosidad por saber cómo las generaciones siguientes que han nacido con internet, con el móvil, expresarán con la literatura ese mundo en el que se está siempre conectado, y donde las redes sociales merman parte de la intimidad y del secreto que era, hasta época reciente, nuestro bien» ( Patrick Modiano )
Autor: depunoyletra.com
Activista y escritora: Laura Restrepo
Su propia vida de por sí tiene los visos de toda una novela. Como les sucede a muchos latinoamericanos, pareciera que una parte del realismo mágico” literario se haya confabulado con los hechos reales para hacerse presente a lo largo de su existencia.
Como representante de una generación que abrevó de los levantamientos sociales nacidos en el Mayo del 68 parisino, y de sus consecuencias en el conjunto de los movimientos latinoamericanos, la novelista recibió el influjo de las ideas que clamaban por una renovación y por volver a la verdad de las esencias, tal vez por esto fue que la Restrepo comprometida con su tiempo tomó prioridad sobre la escritora. Por lo que, siguiendo sus convicciones, ayudó a la otrora joven revolución sandinista nicaragüense, colaboró con las Madres de la Plaza de Mayo argentinas, y llegó a formar parte de la Comisión de verificación gubernamental con el movimiento guerrillero del M-19, para intentar alcanzar los objetivos que aportaran a la pacificación de su Colombia natal.
Luego, todas esas experiencias no podían estar ausentes de sus reportajes periodísticos o de sus pensamientos en forma de ensayo. Y como era de esperar, sirvieron también para alimentar muchas de las páginas de su producción novelística: La isla de la pasión; Dulce compañía; La novia oscura o Delirio por las que se ganó el respeto de los lectores, de pares de profesión como su paisano García Márquez y su nombre alcanzó fama literaria mundial, obteniendo premios y otros tantos reconocimientos.
El párrafo a continuación pertenece a Leopardo al sol, donde se desarrolla parte de una historia que la escritora sitúa en la ruralidad colombiana, pero que bien podría trascender a otras tantas localizaciones de la geografía latinoamericana:
…Los dos muchachos caminan juntos hacia la oficina del Cóndor de Oro, la línea de buses a la capital, y compran un tiquete para las seis de la tarde. Son apenas las tres y se paran en la esquina a esperar. Nando, el gran cromagnon desnudo, se planta inconmovible a pleno rayo de sol, y Adriano, que suda la gota gorda entre el terno de paño, se arrima a la sombra de un alero.
Por la calle desierta pasa levantando nubarrones una recua de mulas, adornadas con borlas y rucias de polvo como árboles de Navidad en enero. Los primos tragan tierra, escupen salivajos color café y repasan las movidas del negocio que están por cerrar. Adriano, que lleva anotado en un papel el teléfono de contacto en la capital, se lo pinta en la mano con bolígrafo, por si se le pierde el papel.
Se inician en el negocio del contrabando olvidando una vieja tradición: hasta ahora sus dos familias, los Barragán y los Monsalve, han sobrevivido en el desierto del trueque de carneros y borregos. Al principio de sus tiempos se asentaron juntas en la mitad de un paisaje baldío, de sedimentaciones terciarias y vientos prehistóricos, de montañas de sal y de cal y emanaciones de gas, donde la vida era magra y caía con cuentagotas. Le robaban el agua a las piedras, la leche a las cabras, las cabras a las garras del tigre. Los dos ranchos estaban uno al lado del otro y alrededor no había sino arenas y desolaciones. Como las dos familias eran conservadoras no tenían altercados por política.
Salvo que los niños Monsalve eran verdes y los Barraganes amarillos, no había diferencia entre ellos. Al padre y al tío les decían papá, a la madre y a la tía les decían mamá, a cualquier anciano le decían abuelo, y los adultos, sin hacer distingos entre nietos, hijos o sobrinos, los criaron a todos revueltos, por docenas, en montonera, a punta de voluntad, higos y yuyos secos.
Nando Barragán y Adriano Monsalve son de la misma edad. Cuando llegaron a grandes, a los catorce años, salieron juntos a recorrer camino y a buscar oficio. Adriano se dedicó a comprar en la costa unas piedras ornamentales color mercurio llamadas tumas y a revenderlas entre los indios de la sierra, que las ensartaban en collares. Se hizo comerciante. Nando aprendió a pasar por la frontera cigarrillos extranjeros. Se hizo contrabandista.
A los pocos meses ambos tenían claro cuál de los dos negocios era mejor. Adriano dejó las tumas por los Marlboro y con el tiempo varios hermanos se les unieron. Siguiendo la trocha torcida la nueva generación de Barraganes y Monsalves se instaló en un mundo donde los hombres se organizan en cuadrillas, manejan jeeps, recorren cientos de kilómetros en la noche, aprenden a disparar, a sobornar autoridades, a emborracharse con whisky escocés. A cargar un rollo de billetes entre el bolsillo. A desafiar enemigos, a hablar a gritos, a reírse a carcajadas, a amar a las prostitutas y a pegarle a las esposas…
La frase
«Intento comprender la verdad, aunque vaya en contra de mi ideología» ( Graham Greene )
Grandes de las letras: Thomas Mann
Se le considera como uno de los escritores más importantes de la primera mitad del siglo pasado. Como hombre que vivió a caballo entre los años que marcaron a la Europa contemporánea, el literato alemán (1875-1955) recibió una fuerte influencia de los filósofos y humanistas quienes, como Nietzsche o Schopenhauer, intentaron acompañar a esos cambios oponiendo una visión moral de las transformaciones. Aunque como muchos otros tampoco se vio librado de las derivas de los extremos políticos como el nazismo, con el que Mann tuvo que marcar forzosa distancia exiliándose primero en Suiza y luego en los Estados Unidos.
De formación autodidacta el trasfondo de sus obras no escaparon a lo que sucedía a su alrededor, cuando sus personajes buceaban en los laberintos de la existencia mientras luchaban por encontrar el componente ético que les permitiera atinar con el sendero correcto. Pero no fueron los únicos actores de sus relatos, ya que una sugerida predilección homosexual nunca asumida en su plenitud, le llevó a incluir a algunos protagonistas que fueron fruto de sus vivencias en este sentido. Más tarde incluso llegó a comprometerse de forma pública, cuando se manifestó a favor de la despenalización de las relaciones entre personas del mismo sexo.
Exigente y metódico en su trabajo tuvo oportunidad de incursionar en géneros variados, aunque la exigencia para consigo mismo le llevara a destruir mucho del material escrito por considerarlo de escaso valor literario. Además de sus numerosos cuentos pudo plasmar sus ideas en otros tantos ensayos, donde destacan Reflexiones durante la guerra, Cartas desde el frente o Consideraciones de un apolítico; y también en sus novelas esenciales: Los Buddenbrook, Doctor Faustus o Muerte en Venecia. Finalmente en 1929 obtuvo el merecido reconocimiento a su inmensa labor cuando le fue otorgado el premio Nobel por el conjunto de su obra.
El texto a continuación pertenece al capítulo con el que se inicia La montaña mágica, uno de sus textos de ficción con más reediciones hasta el presente:
…Era un ferrocarril de vía estrecha, que obligaba a una espera prolongada a la intemperie, en una comarca bastante desprovista de encantos… Hans Castorp –tal era el nombre del joven- se encontraba solo, con el maletín de piel de cocodrilo, regalo de su tío y tutor, el cónsul Tienappel, su capa de invierno , que se balanceaba colgada de un rosetón, y su manta de viaje enrollada en un pequeño departamento tapizado de gris. Estaba sentado junto a la ventanilla abierta y, como en aquella tarde el frío era cada vez más intenso, y él era un joven delicado y consentido, se había levantado el cuello de su sobretodo de verano, de corte amplio y forrado de seda, según la moda. Cerca de él, sobre el asiento, reposaba un libro encuadernado, titulado: ´Ocean steamships`, que había abierto de vez en cuando al principio del viaje; pero ahora yacía abandonado y el resuello anhelante de la locomotora salpicaba su cubierta de motitas de grasa.
Dos jornadas de viaje alejan al hombre –y con mucha más razón al joven cuyas débiles raíces no han profundizado aún en la existencia- de su universo cotidiano, de todo lo que él consideraba sus deberes, intereses, preocupaciones y esperanzas; le alejan infinitamente más de lo que pudo imaginar en el coche que le conducía a la estación. El espacio que, girando y huyendo, se interpone entre él y su punto de procedencia, desarrolla fuerzas que se cree reservadas al tiempo. Hora tras hora, el espacio determina transformaciones interiores muy semejantes a las que provoca el tiempo, pero de alguna manera las supera.
Igual que este, crea el olvido; pero lo hace desprendiendo a la persona humana de sus contingencias para transportarla a un estado de libertad inicial; incluso del pedante y el burgués hace, de un solo golpe, una especie de vagabundo. El tiempo, según se dice, es el Leteo. Pero el aire de las lejanías es un brebaje semejante, y si su efecto es menos radical, es un cambio mucho más rápido.
Hans Castorp iba también a experimentarlo. No tenía la intención de tomar este viaje particularmente en serio, de mezclar en él su vida interior, sino más bien de realizarlo rápidamente, hacerlo porque era preciso, regresar a casa tal como había partido y reanudar su vida exactamente en el punto en que la abandonó por un instante. Ayer aún estaba absorbido totalmente por el curso ordinario de sus pensamientos, ocupado en el pasado más reciente, en su examen y el porvenir inmediato: el comienzo de sus prácticas en casa de Tunder & Wilms (astilleros y talleres de maquinaria y calderería), y había lanzado, por encina de las tres próximas semanas, una mirada todo lo impaciente que su carácter le permitía. Sin embargo, le parecía que las circunstancias exigían su plena atención y que no era admisible tomarlas a la ligera. Sentirse transportado a regiones donde no había respirado jamás y donde, como ya sabía, reinaban condiciones de vida absolutamente inusuales, desmenuzadas y escasas, comenzó a agitarle, produciendo en él cierta inquietud…
La frase
«La utopía ha sido la forma mental, literaria y retórica que nos ha servido a la vez para proyectar la realidad exterior de nuestra sociedad sobre nuestro imaginario y exteriorizar nuestros sueños interiores» ( Peter Sloterdijk )
De la redacción a la novela: Tomás Eloy Martínez
Fue ante todo un hombre volcado hacia la comunicación donde se desempeñó como el periodista de raza que era, en diarios como La Nación o La Opinión de Buenos Aires. Luego, cuando la objetividad de la que hacía gala -y aún más su integridad física- corrieron serio riesgo bajo la férrea censura militar y sus esbirros de turno, se alejó de su Argentina natal en busca de destinos más seguros, donde como consecuencia de ello y de su trabajo en varios medios del exterior, cualificó su apreciación de la realidad mundial.
Como uno más de los miembros de su generación (fuesen partidarios o no), e intentando quizás entender la realidad del país y la suya propia, abrevó de las ideas que postulaba el movimiento justicialista. Tal vez por ello cuando años después se convirtiera en un novelista tardío, sus más exitosas obras fueran dedicadas a las figuras gravitacionales de esa formación política: Juan Domingo Perón (La novela de Perón) y María Eva Duarte (Santa Evita). Aunque no fueron las únicas, cuando las acompañaron títulos como El cantor de tango, Lugar común la muerte o El vuelo de la reina, por las que mereció premios y reconocimientos de nivel.
Aun así, bien por propia voluntad o por perderse en el cajón de los tiempos, mucha de su obra literaria, entre ella algunos relatos cortos, quedó inédita. Por ello, a cuatro años de su desaparición física, fue grato encontrarnos con la recopilación Tinieblas para mirar (Alfaguara) con textos que no habían visto la luz hasta el presente. Para medir su calidad literaria, del cuento La estrategia del general, el pasaje siguiente:
“…Hacía ya meses que el general venía preparándose para la muerte. En la ociosidad de Santa María, había examinado con serenidad su condición mortal y había llegado a la conclusión de que efectivamente moriría. Durante algún tiempo, había desechado sucesivas fórmulas para esquivar el accidente de morir, aplicando los cálculos de probabilidades que le enseñaron en la Escuela de Ingenieros. Carecía prácticamente de todo riesgo de inmortalidad. Había llegado a pensar que si todo nacimiento es una mera consecuencia del azar otro resquicio idéntico que invirtiera los términos y le permitiera no morir: uno de esos relámpagos que se abren repentinamente en el destino como las grietas en la pared, algo que le permitiera adelantarse o retroceder cada vez que la muerte se le ponía por delante. Combatir a la muerte con su voluntad de no morir.
La primavera había despejado el viento de las calles de Santa María, y las tormentas de polvo empezaban a marchitarse. El general y Serafina salían por las tardes a ver cómo el polvo iba volviéndose amarillo, y luego sucumbía, encorvado, sobre el lecho seco del río. Desde hacía tiempo no se animaba a salir ya, por temor a que el camino hacia Tucumán adelantara su enfrentamiento con la muerte. No es que fuera temeroso: es que había una cuestión de orgullo en el combate. Se había lanzado a él aplicando lo que sabía de estrategia: esperar a la muerte por los flancos, sortearla con un movimiento del cuerpo, en fin. Por fin había creído encontrar la manera de demorarla un poco: la carta robada, en fin. Si se ponía a esperar la muerte como si ésta hubiera pasado ya, era posible que la muerte se confundiera y lo olvidara. Fue a mediados del invierno, una tarde en que despreciaba los mates cebados por Serafina, cuando cayó en la cuenta de que la muerte era una ceremonia para la que nadie se preparaba. Las madres recibían a los recién nacidos con el ajuar bien provisto, las novias organizaban sus equipos de matrimonio, pero con la muerte nada: por no pensar en ella, los hombres permitían que los acometiera la sorpresa. Y así perdían fatalmente…”
La frase
«Solo desde lo alto del infinito buen humor puedes observar debajo de ti la eterna estupidez de los hombres y reírte de ella» ( Milan Kundera )
Grandes de las letras: Federico García Lorca
“Provincia de Granada, en algún lugar entre Víznar y Alfácar”, así se sitúa el paraje incierto donde fue ejecutado el escritor. La muerte a los treinta y ocho años, delatado por sus propios vecinos y bajo las balas del pelotón de fusilamiento, del que se considera uno de los mayores autores de las letras hispánicas del siglo XX, ejemplifica aquello que fue definido como el “desencuentro entre las dos Españas”.
Integrante de la denominada Generación del 27, entre los que se incluyen literatos como Jorge Guillén, Pedro Salinas o Rafael Alberti por nombrar solo algunos, tuvo oportunidad de coincidir en uno de los momentos de mayor efervescencia creativa de la Residencia de estudiantes de Madrid, coincidiendo con otros ilustres como el cineasta Luis Buñuel o el pintor Salvador Dalí, en particular este último con quien compartió amistad, experiencias y veraneos.
En su corta existencia (1898-1936) tuvo oportunidad de componer material literario diverso, que abarcó compendios de poemas como Romancero Gitano, Poeta en Nueva York o Llanto por Ignacio Sánchez Mejías entre los de mayor proyección y, sobre todo, sus obras teatrales: Mariana Pineda, Bodas de sangre o Yerma.
De forma posterior a la Guerra Civil sus escritos fueron prohibidos por las autoridades, por lo que muchos de ellos vieron la luz en latitudes muy lejanas. Así sucedió con La casa de Bernarda Alba, obra póstuma del autor andaluz, la que en 1945 y bajo la dirección de su compatriota Margarita Xirgu, fue estrenada en el teatro Avenida de la ciudad de Buenos Aires. Con esta pieza eminentemente femenina, García Lorca quiso retratar a los fantasmas que alimentaban -y aún hoy alimentan- el atavismo que persiste en las sociedades, de forma particular, la española. A continuación un breve pasaje de la misma:
El dueño de casa –don Antonio Benavides- acaba de fallecer, dejando a su mujer Bernarda y a sus cinco hijas…
(Por el fondo, de dos en dos, empiezan a entrar mujeres de luto con pañuelos grandes, faldas y abanicos negros. Entran lentamente hasta llenar la escena) (Rompiendo a gritar) ¡Ay Antonio María Benavides, que ya no verás estas paredes, ni comerás el pan de esta casa! Yo fui la que más te quiso de las que te sirvieron. (Tirándose del cabello) ¿Y he de vivir yo después de verte marchar? ¿Y he de vivir?
(Terminan de entrar las doscientas mujeres y aparece Bernarda y sus cinco hijas)
Bernarda: (A la Criada) ¡Silencio!
Criada: (Llorando) ¡Bernarda!
Bernarda: Menos gritos y más obras. Debías haber procurado que todo esto estuviera más limpio para recibir al duelo. Vete. No es éste tu lugar. (La Criada se va sollozando) Los pobres son como los animales. Parece como si estuvieran hechos de otras sustancias.
Mujer 1: Los pobres sienten también sus penas.
Bernarda: Pero las olvidan delante de un plato de garbanzos.
Muchacha 1: (Con timidez) Comer es necesario para vivir.
Bernarda: A tu edad no se habla delante de las personas mayores.
Mujer 1: Niña, cállate.
Bernarda: No he dejado que nadie me dé lecciones. Sentarse. (Se sientan. Pausa) (Fuerte) Magdalena, no llores. Si quieres llorar te metes debajo de la cama. ¿Me has oído?
Mujer 2: (A Bernarda) ¿Habéis empezado los trabajos en la era?
Bernarda: Ayer.
Mujer 3: Cae el sol como plomo.
Mujer 1: Hace años no he conocido calor igual.
(Pausa. Se abanican todas)
Bernarda: ¿Está hecha la limonada?
Poncia: (Sale con una gran bandeja llena de jarritas blancas, que distribuye.) Sí, Bernarda.
Bernarda: Dale a los hombres.
La Poncia: Ya están tomando en el patio.
Bernarda: Que salgan por donde han entrado. No quiero que pasen por aquí.
Muchacha: (A Angustias) Pepe el Romano estaba con los hombres del duelo.
Angustias: Allí estaba.
Bernarda: Estaba su madre. Ella ha visto a su madre. A Pepe no lo ha visto ni ella ni yo.
Muchacha: Me pareció…
Bernarda: Quien sí estaba era el viudo de Darajalí. Muy cerca de tu tía. A ése lo vimos todas.
Mujer 2: (Aparte y en baja voz) ¡Mala, más que mala!
Mujer 3: (Aparte y en baja voz) ¡Lengua de cuchillo!
Bernarda: Las mujeres en la iglesia no deben mirar más hombre que al oficiante, y a ése porque tiene faldas. Volver la cabeza es buscar el calor de la pana.
Mujer 1: (En voz baja) ¡Vieja lagarta recocida!
La Poncia: (Entre dientes) ¡Sarmentosa por calentura de varón!
Bernarda: (Dando un golpe de bastón en el suelo) ¡Alabado sea Dios!
Todas: (Santiguándose) Sea por siempre bendito y alabado.
Bernarda: ¡Descansa en paz con la santa compañía de cabecera!
Todas: ¡Descansa en paz!
Bernarda: Con el ángel San Miguel y su espada justiciera
Todas: ¡Descansa en paz!
Bernarda: Con la llave que todo lo abre y la mano que todo lo cierra.
Todas: ¡Descansa en paz!
Bernarda: Con los bienaventurados y las lucecitas del campo.
Todas: ¡Descansa en paz!
Bernarda: Con nuestra santa caridad y las almas de tierra y mar.
Todas: ¡Descansa en paz!
Bernarda: Concede el reposo a tu siervo Antonio María Benavides y dale la corona de tu santa gloria.
Todas: Amén.
Bernarda: (Se pone de pie y canta) «Réquiem aeternam dona eis, Domine».
Todas: (De pie y cantando al modo gregoriano) «Et lux perpetua luceat eis». (Se santiguan)
Mujer 1: Salud para rogar por su alma.
(Van desfilando)
Mujer 3: No te faltará la hogaza de pan caliente.
Mujer 2: Ni el techo para tus hijas.
(Van desfilando todas por delante de Bernarda y saliendo. Sale Angustias por otra puerta, la que da al patio)
Mujer 4: El mismo trigo de tu casamiento lo sigas disfrutando.
La Poncia: (Entrando con una bolsa) De parte de los hombres esta bolsa de dineros para responsos.
Bernarda: Dales las gracias y échales una copa de aguardiente.
Muchacha: (A Magdalena) Magdalena…
Bernarda: (A Magdalena, que inicia el llanto) Chist. (Golpea con el bastón.) (Salen todas.) (A las que se han ido) ¡Andar a vuestras cuevas a criticar todo lo que habéis visto! Ojalá tardéis muchos años en pasar el arco de mi puerta.
La Poncia: No tendrás queja ninguna. Ha venido todo el pueblo.
Bernarda: Sí, para llenar mi casa con el sudor de sus refajos y el veneno de sus lenguas.
Amelia: ¡Madre, no hable usted así!
Bernarda: Es así como se tiene que hablar en este maldito pueblo sin río, pueblo de pozos, donde siempre se bebe el agua con el miedo de que esté envenenada.
La Poncia: ¡Cómo han puesto la solería!
Bernarda: Igual que si hubiera pasado por ella una manada de cabras. (Poncia limpia el suelo) Niña, dame un abanico.
Amelia: Tome usted. (Le da un abanico redondo con flores rojas y verdes.)
Bernarda: (Arrojando el abanico al suelo) ¿Es éste el abanico que se da a una viuda? Dame uno negro y aprende a respetar el luto de tu padre.
Martirio: Tome usted el mío.
Bernarda: ¿Y tú?
Martirio: Yo no tengo calor.
Bernarda: Pues busca otro, que te hará falta. En ocho años que dure el luto no ha de entrar en esta casa el viento de la calle. Haceros cuenta que hemos tapiado con ladrillos puertas y ventanas. Así pasó en casa de mi padre y en casa de mi abuelo. Mientras, podéis empezar a bordaros el ajuar. En el arca tengo veinte piezas de hilo con el que podréis cortar sábanas y embozos. Magdalena puede bordarlas.
Magdalena: Lo mismo me da.
Adela: (Agria) Si no queréis bordarlas irán sin bordados. Así las tuyas lucirán más.
Magdalena: Ni las mías ni las vuestras. Sé que yo no me voy a casar. Prefiero llevar sacos al molino. Todo menos estar sentada días y días dentro de esta sala oscura.
Bernarda: Eso tiene ser mujer.
Magdalena: Malditas sean las mujeres.
Bernarda: Aquí se hace lo que yo mando. Ya no puedes ir con el cuento a tu padre. Hilo y aguja para las hembras. Látigo y mula para el varón…
La frase
«El conocimiento no garantiza un buen comportamiento, pero la ignorancia es una garantía virtual de mala conducta» ( Martha Nussbaum )
Narrativa japonesa: Takashi Hiraide
Su biografía detalla un pasado como redactor en una editorial y también como traductor, que sus antecedentes literarios se ubican dentro del mundo de la poesía, y, por último, que El gato que venía del cielo (Alfaguara) es su primera novela.
Aunque el escritor nipón nos revela algo más de su persona cuando en un texto compacto y no muy extenso hace gala de una sensibilidad y de una imaginación prodigiosa, que expresa a través de un lenguaje poéticamente bello y directo.
El relato, de corte minimalista en escenarios, ubica la acción en un espacio casi cercano a lo atemporal. Los personajes se sumergen en situaciones que ahondan en la fragilidad del ser humano, rozan lo efímero de la existencia, mientras redescubren el placer que se halla en los detalles de las acciones cotidianas.
Nada mejor para ejemplificar lo antedicho que el pasaje siguiente:
“A mediados del mes de julio, la estación de las lluvias llegó a su fin. Sobre una roca expuesta al sol al borde del estanque, se plasmó la silueta azulada de una libélula. ¿Era el vástago de la que venía a refrescarse el verano pasado bajo el arceo aéreo del agua de la manguera? Aquel macho azul y la hembra amarilla, acoplados en elipse amorosa, volaron de matorral en matorral a lo largo y ancho del jardín. ¿Era acaso la criatura concebida por los amantes alados?
El macho con el que había llegado a familiarizarse había desaparecido cuando se consumían los últimos días de agosto. La visión de aquel jardín abandonado por los abuelos, sus legítimos dueños, me había entristecido aún más cuando se marcharon también mis compañeros alados. Ahora sin embargo tenía la impresión de que aquella misma libélula revivía al calor de la luz de verano. Conmovido por la crueldad de la desaparición y lo ilusorio de un nuevo renacimiento, recordé a los que ya no estaban, a los que nunca volvería a encontrar.
Un mediodía de finales de julio, el sol lanzaba sin compasión rayos despiadados. Salí al jardín y miré hacia las rocas que bordeaban el estanque: no había rastro de libélulas. Di dos palmadas, como antaño. En alguna parte el aire vibró imperceptiblemente. Una silueta transparente, límpida, voló hacia mí. El insecto se acercó, feliz ante la visión del arco refrescante que formaba el agua de la manguera. Aleteó en todas direcciones. Supe que era él.
Evitó la sutil trampa tejida por una araña. Parecía como si recuperase antiguos hábitos al recorrer el jardín de un extremo al otro, un jardín cada día más abandonado. Una idea me asaltó de improviso. Cerré la manguera. El arco de agua desapareció. Levanté el dedo índice de la mano izquierda. La libélula dio una vuelta en torno a mí a una prudente distancia. Después se acercó de prisa, giró frente a mis ojos sin darme tiempo apenas para apreciar el pequeño círculo que describía, voló en dirección al dedo tendido y se posó.
Mi corazón saltó de alegría. Sí. Definitivamente era él. Todo sucedió en un momento fugaz que duró eternamente. En mitad de aquel jardín que ya no iba a recibir más visitas, a salvo de miradas indiscretas, la libélula aterrizó en mi dedo con sus cuatro alas transparentes y me miró con sus ojos saltones.
Debió notar un ligero temblor, porque levantó el vuelo de nuevo para volver a posarse inmediatamente después. Otra vez el tiempo se detuvo.
Un zorzal despegó desde lo alto del olmo, lanzó un grito estridente y desapareció. Sorprendida, la libélula se alejó, voló ascendió ascendiendo en círculos hacia el cielo. Esperé con el dedo extendido. Después de revolotear a un metro de altura sobre mi cabeza, se posó de nuevo en él, como si quisiera instalarse allí…”