Siempre nos quedará París

Salón del libro de ParísHace tan sólo unos días finalizó el Salón del Libro que se llevó a cabo en la ciudad de la luz. El acontecimiento que nuclea a editores,  autores y como siempre a un público ávido, se cerró con un clamoroso éxito de convocatoria (doscientos mil visitantes), hecho  que ha llevado a los organizadores a congratularse por la magnífica edición llevada a cabo este año en su página oficial.

En esta oportunidad la muestra contó con la ciudad de Barcelona como invitada especial. Y para rendir testimonio de su creatividad, hacia allí confluyeron autores jóvenes y  consagrados, de poesía,  novela y también ensayo, nombres como Jaume Cabré, Berta Marsé, Sergi Pàmies, Javier Cercas o Albert Sánchez Piñol y donde además, se rindió homenaje a los escritores Mercè Rodoreda o Manuel Vázquez Montalbán entre otros.

También, y como suele suceder en los grandes acontecimientos, la visita de personalidades de diferentes ámbitos colmó el pabellón de la Porte de Versailles, algunos para acompañar la presentación de sus libros otros para sumarse a la cita: políticos como el mismo presidente François Hollande, economistas como Jacques Attali, actores como Michel Galabru, Françoise Hardy o Juliette Greco en el apartado de las cantantes, y hasta deportistas como Lilian Thuram.

Así propios y ajenos se volcaron en los diferentes actos, fueran estos firmas de ejemplares, exposiciones, así como conformando parte de las diferentes mesas de debate. En cuanto a la delegación catalana  más allá de las personalidades y sus trayectorias, permanecerá el recuerdo de la difusión de su literatura sin ningún tipo de limitación por la lengua de expresión, fuera esta castellana o catalana. Una iniciativa digna de ser imitada en el tiempo.

Reflejos de una época

En el transcurso de los tiempos siempre han existido escritores que han sido verdaderos referentes para una generación. Por mencionar sólo algunos, Dickens, Kafka o García Lorca, en el caso europeo; como así lo fueron Darío, Neruda o Cortázar en Latinoamérica. Ellos fueron los que con sus escritos en prosa, poesía e incluso ensayo, supieron canalizar sus sentimientos respecto al momento que les tocaba vivir en el transcurso de la historia de sus respectivos países o continentes.
Otros incluso, acompañaron verdaderos movimientos de masas y que con sus posturas y actitudes, buscaron romper con el orden establecido en las sociedades a las que pertenecían. Así como lo fue Whitman para muchos lectores; Kerouac, para la denominada generación beat o el recientemente desaparecido Salinger, quien reflejaba a la convulsa adolescencia mientras que, sin buscarlo, alimentaba a quienes adherían a los postulados hippies en las décadas de los sesenta y setenta del siglo pasado.

De hecho, Jerome David Salinger no fue un escritor reconocido por una obra extensa ya que sólo se le reconocen cinco títulos, o porque le hayan otorgado galardones que la elevaran a la categoría de imprescindible; pero fue un autor que logró penetrar de tal manera en su tiempo, que hicieron que su nombre fuera reconocido como un verdadero mito para los jóvenes de su tiempo, y de muchos otros que lo leyeron transcurridos los años. A punto que muchos de sus colegas así como de otros espacios de las artes, admitieron haber sido influenciados por sus escritos. Quizás por ello, al verse abrumado por tanto reconocimiento, decidió vivir los últimos treinta años recluidos en una granja, sin otorgar entrevistas y alejado por completo de la vida pública.
De su novela capital El guardián entre el centeno (The catcher in the rye, 1951), donde relata el diario acontecer del joven y atribulado Holden Caulfield, el pasaje a continuación:

_ …Mi vida sexual es un asco.

_ Naturalmente, por el amor de Dios. La última vez ya te dije lo que te hacía falta.

_¿Te refieres al psicoanalista y todo eso? -le dije.

Era lo que me había dicho que tenía que hacer. Su padre era psicoanalista y todo eso.

_Tú eres quien tiene que decidir, por el amor de Dios. Lo que hagas con tu vida no es asunto mío.

Durante un rato no dije nada. Estaba pensando.

_Supongamos que fuera a ver a tu padre y que hiciera que me psicoanalizara y todo eso -le dije-. ¿Qué me haría? Quiero decir, ¿qué me haría?

_No te haría absolutamente nada. Sólo hablaría contigo y tú hablarías con él, por el amor de Dios. Para empezar, te ayudaría a reconocer tus mecanismo mentales.

-¿Qué?

_Tus mecanismo mentales. Tu mente funciona a base de… Oye, no pienso darte aquí un curso elemental de psicoanálisis. Si te interesa llámale y pide hora. Si no, no le llames. Francamente, no puede importarme menos.

Le puse la mano en el hombro. Jo, cómo me divertía.

_Eres un hijoputa de lo más simpático -le dije-. ¿Lo sabías?

Estaba mirando su reloj.

_Tengo que largarme -dijo, y se levantó-. Me alegro de haberte visto.

Llamó al barman y le dijo que le cobrara.

_Oye -le dije antes que se fuera-. Tu padre ¿te ha psicoanalizado a ti alguna vez?

_¿A mí? ¿Por qué lo preguntas?

_Por nada. ¿Pero lo ha hecho? ¿Lo ha hecho?

_No exactamente. Me ha ayudado a adaptarme hasta cierto punto, pero no ha sido necesario un análisis en profundidad. ¿Por qué lo preguntas?

_Por nada. Sólo por curiosidad.

_Bueno. Tú tranquilo -dijo. Estaba dejando la propina y ya se iba.

_Sólo una copa más -le dije-. Por favor. Me siento de lo más solo, en serio.

Pero dijo que no podía quedarse. Dijo que se le había hecho tarde y luego se fue.

Qué tío Luce. Era igualito que una patada en el culo, pero tenía un vocabulario estupendo… 

La frase

«Tengo la intuición de que la poesía tiene un papel que desempeñar; quizás como una especie de precursor químico. La poesía no sólo precede a la novela, también y de forma más directa, a la filosofía»  ( Michel Houellebecq )

El aporte de la literatura rusa

La experimentada actriz, para mostrar su enojo respecto a los que consideraba poco experimentados actores que la acompañaban,  le soltó al director de la compañía “¡Pero si estos aún están en Chéjov!”; expresión que viene a significar que el autor ruso tiene un espacio de estudio en las principales escuelas de formación de intérpretes del mundo.

Bien es cierto también que no es el único autor que ha logrado trascendencia, nombres como Pushkin, Gogol, Tolstoi, Gorki, Dostoievski por sólo nombrar a unos pocos, han hecho sus aportes de valía a las letras universales, ya sea en forma de poesía, novela, cuento o pieza teatral, llevando a las editoriales a reeditar sus obras de forma permanente a través de los años.

En lo concerniente  a Antón Chéjov, sus primeros pasos en teatro fueron a través de vodeviles que lograron cierto éxito. Pero la verdadera proyección le llegaría a través de sus dramas: La gaviota, Tío Vania, Las tres hermanas, y la que fuera su última contribución en vida, El jardín de los cerezos. En ésta la acción gira alrededor de los descendientes de una noble familia de terratenientes, quienes se ven obligados a desprenderse de su propiedad y con ella -como símbolo del viejo bienestar- el hermoso jardín poblado de viejos cerezos.

La obra muestra la caída de una clase que adquiere cierta simetría con nuestros días, que hace de ésta una texto imperecedero y universal,  cuando el comprador a pesar de la oposición de la familia tiene la intención de destinar la residencia señorial y el jardín que la engalana, para otros usos comerciales más de acorde con los nuevos tiempos que corren.

De ella, el texto siguiente:

– LOPAJIN (capitalista e inversor): Estoy deseando decirle algo muy agradable… Algo risueño… (consulta su reloj). He de marcharme ahora mismo. No me queda ya tiempo para charlar; pero sí puedo decírselo en tres palabras. Como usted ya sabe, su jardín de los cerezos ha sido puesto en venta para saldar –con el dinero que se obtenga de él- las deudas. Usted, sin embargo, querida, no se preocupe… Duerma tranquila… Se ha encontrado una solución. He aquí mi proyecto… Les ruego que escuchen atentamente… Su hacienda dista de la ciudad tan sólo veinte verstas… El ferrocarril pasa junto a ella…; por tanto, si el jardín de los cerezos y la parte del terreno que da al río fueran divididos, obtendría usted un beneficio de veinticinco mil rublos al año, como mínimo.

– GAEV (heredero): Perdón…, pero eso es una tontería.

– LIUBOV ANDREEVNA (heredera): ¡No acabo de comprenderle, Ermolai Alekseievich!

– LOPAJIN: Cada veraneante le pagaría veinticinco rublos al año como mínimo, yo le garantizo que de aquí al otoño, no le quedará ni un pedacito de terreno libre. Se lo llevarán todo. Conque, en una palabra: la felicito. Está usted salvada… El paisaje es maravilloso y el río profundo… Sólo habría que, naturalmente, quitar algunas cosas…, que limpiar un poco… Por ejemplo…, digamos… derribar las viejas construcciones…, esta misma casa ya no vale nada, y talar el viejo jardín de los cerezos…

– LIUBOV ANDREEVNA: ¿Talarlo…? Perdone, querido, pero usted no entiende nada de eso… Si en toda región hay algo interesante y hasta sobresaliente…, es nuestro jardín de los cerezos.

– LOPAJIN: Lo único sobresaliente de este jardín es su gran tamaño… La guinda sólo se da cada dos años, y luego uno no sabe qué hacer con ella. Créanme, después nadie la compra…

 

La frase

«Un texto está formado por escrituras múltiples procedentes de varias culturas, y unas y otras establecen un diálogo, una parodia, una contestación. Pero existe un lugar en el el que se recoge toda esa multiplicidad, y ese lugar no es el autor, sino el lector»  ( Roland Barthes )

El Boom latinoamericano

Los años sesenta del siglo pasado fueron a todas luces convulsos y cambiantes en gran parte del mundo, metamorfosis que llegaron a abarcar espacios de derechos civiles, económicos y también políticos.

Las artes tampoco quedaron exceptuadas a esa vorágine, e Hispanoamérica como macro región, no permaneció al margen de esas transformaciones. Hasta ese entonces la literatura latinoamericana lograba trascender de forma desacompasada, con nombres como el mejicano Carlos Fuentes o el argentino Jorge Luis Borges, quien en 1961, se alzaba con los lauros que otorgaba el premio Formentor de las letras.

Mucho se ha hablado de lo que devino después, y de quién fue el que dio origen a uno de los movimientos de mayor proyección en las letras castellanas, el denominado Boom latinoamericano. Algunos estudiosos colocan el hito iniciático en la novela La región más transparente (1958) del propio Fuentes, mientras que otros lo hacen con La ciudad y los perros (1962) del peruano Mario Vargas Llosa. Sea como fuere y a partir de ese entonces, ya nada volvería a ser como era. De esta manera sin someterse a ideología alguna, arrastradas por la imaginería de una ficción prodigiosa, los textos narraban los anhelos de los criollos pero también de los indígenas, así como las búsquedas y padecimientos del hombre de esas latitudes. El movimiento oxigenó las letras en español logrando una trascendencia antes jamás vista, conformando un “realismo mágico” que aparte de los mencionados, lanzaría a la arena del reconocimiento literario a escritores de la talla de Juan Rulfo, Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Guillermo Cabrera Infante, Isabel Allende o Juan Carlos Onetti.

Del propio García Márquez, un pasaje de la novela que tal vez representó con mayor fama al movimiento, Cien años de soledad:

José Arcadio Buendía pasó los largos meses de lluvia encerrado en un cuartito que construyó en el fondo de la casa para que nadie perturbara sus experimentos. Habiendo abandonado por completo las obligaciones domésticas, permaneció noches enteras en el patio vigilando el curso de los astros, y estuvo a punto de contraer una insolación por tratar de establecer un método exacto para encontrar el mediodía. Cuando se hizo experto en el uso y manejo de sus instrumentos, tuvo una noción del espacio que le permitió navegar por mares incógnitos, visitar territorios deshabitados y trabar relación con seres espléndidos, sin necesidad de abandonar su gabinete. Fue ésa la época en que adquirió el hábito de hablar a solas, paseándose por la casa sin hacer caso de nadie, mientras Úrsula y los niños se partían el espinazo en la huerta cuidando el plátano y la malanga, la yuca y el ñame, la ahuyama y la berenjena. De pronto, sin ningún anuncio, su actividad febril se interrumpió y fue sustituida por una especie de fascinación. Estuvo varios días como hechizado, repitiéndose a sí mismo en voz baja un sartal de asombrosas conjeturas, sin dar crédito a su propio entendimiento. Por fin, un martes de diciembre, a la hora del almuerzo, soltó de un golpe toda la carga de su tormento. Los niños habían de recordar por el resto de su vida la augusta solemnidad con que su padre se sentó a la cabecera de la mesa, temblando de fiebre, devastado por la prolongada vigilia y por el encono de su imaginación, y les reveló su descubrimiento.
-La tierra es redonda como una naranja…

Los escritores y sus ciclos creativos

Hace tan sólo unos días recibíamos la noticia de que Philip Roth (Newak, 1933), a sus setenta y nueve años, daba por terminado su tiempo de elaboración literaria.

El estadounidense autor entre otras de su compendio de cuentos  Good Bye, Columbus (1959), la novela El mal de Portnoy (1969), y la denominada trilogía americana: Pastoral americana (1997), Me casé con un comunista (1998) y La mancha humana (2000) -obras en su mayoría impulsadas por la idea del impulso sexual en el ser humano-, obras que le hicieron merecedor de un premio Pulitzer y también del Príncipe de Asturias de las Letras.

En coincidencia con el americano, se había mencionado que el Nobel húngaro Imre Kerstész tomaría también idéntica determinación, pero para tranquilizar de forma definitiva a sus lectores, aclaró desde su lugar de residencia que, “intentará escribir tanto tiempo como pueda”

Así las cosas, se podrá opinar acerca de cuando un autor debe dar por concluida su obra, tal vez por ello y a modo de fundamentación, Roth expuso que el proceso de la escritura siempre le resultó dificultoso y desgastante, lo que según él le provocaba “una frustración permanente”. Pero su decisión final le sobrevino cuando llegó a la conclusión que no le quedaba más por decir, «Esperé durante un mes o dos para tratar de pensar en algo más y pensé ‘quizá ya está, quizá ya está'»,declaró al diario New York Times. A pesar de ello, ya ha trascendido que tal vez acceda a escribir sus memorias.

En recuerdo a su producción el texto a continuación, correspondiente al inicio de su celebrada La mancha humana:

Fue en verano de 1998 en que mi vecino Coleman Silk, quien, antes de retirarse dos años atrás, había sido profesor de Clásicas en la vecina universidad de Athena durante unos veinte y pico de años, además de servir por otros dieciséis como decano de la facultad –me confió que, a sus setenta y un años, estaba teniendo una aventura con una mujer de la limpieza de treinta y cuatro años de edad que trabajaba en la universidad. Dos veces por semana limpiaba la oficina rural de correos, una pequeña cabaña de tablas de madera gris que parecía como si pudiera haber albergado una familia Okie de los vientos del Dust Bowl en los años 1930 y que, en pie entre la gasolinera y el almacén general, enarbolaba su bandera de Estados Unidos en el cruce de los dos caminos que marcan el centro comercial de esta ciudad de montaña.

Coleman había visto por primera vez a la mujer fregando el suelo de la oficina de correos cuando, hacia el final del día, unos minutos antes de la hora de cierre, había ido a recoger su correo- una mujer delgada, alta y angulosa con el pelo rubio canoso recogido hacia atrás como una cola de caballo y del tipo de características fuertemente esculpidas, asociadas usualmente con las comadronas que trabajando duro al servicio de la Iglesia han sufrido los duros inicios en Nueva Inglaterra, mujeres cerradas y obedientes dentro de la moral reinante. Su nombre era Faunia Farley, y todas las miserias que tuvo que soportar las guardaba tras uno de esos rostros huesudos e inexpresivos que ocultan una soledad inmensa. Faunia vivía en una habitación de una granja lechera local donde ayudaba en el ordeñe con el fin de pagar el alquiler…

La frase

¿Qué demonios importa si uno es culto, está al día, o ha leído todos los libros? Lo que importa es como se anda, como se ve, como se actúa después de leer. Si la calle, las nubes y la existencia de los otros tienen algo que decirnos. Si leer nos hace físicamente más reales.  ( Gabriel Zaid )