Grandes de las letras: John Maxwell Coetzee

Es frecuente que algunos lectores se enteren de la existencia de ciertos autores a través de la difusión que obtienen cuando le son concedidos premios a su obra. Este fue el caso del sudafricano Coetzee (Ciudad del Cabo, 1940), quien de forma definitiva rompió las barreras del mercado anglosajón cuando, en el año 2003, fue galardonado con el premio Nobel de Literatura.

Como es lógico, su andadura por el mundo de las letras comenzó mucho tiempo antes, con publicaciones que abarcaron desde la traducción a la autobiografía, del ensayo a la novela. Entre estas últimas son de destacar Vida y época de Michael K(1983), La edad de hierro (1990) o Diario de un mal año (2007), por mencionar sólo algunas.

Y si bien ha residido en Inglaterra, Estados Unidos y Australia, sus trabajos llevan el inconfundible trasfondo de la compleja sociedad sudafricana. El texto a continuación, un diálogo entre padre e hija,  es un pasaje de Desgracia (1999), novela que fue merecedora del premio Booker, donde destaca un lenguaje diáfano y sin subterfugios:

…Él reduce la velocidad y termina por detener la furgoneta en el arcén.

   -No, no pares –dice Lucy-. Aquí no. No es un buen sitio, es un tramo demasiado peligroso para pararse.

Acelera.

   -Muy al contrario, lo comprendo demasiado bien –dice-. Voy a pronunciar la palabra que hasta este momento hemos evitado. Fuiste violada. De manera múltiple. Violada por tres hombres.

   -¿Y?

   -Tuviste miedo por tu vida. Tuviste miedo de que, después de ser utilizada, decidieran acabar con tu vida. Miedo de que se deshicieran de ti, porque ya no significabas nada para ellos.

   -¿Y? –Ahora solo habla con un hilillo de voz.

   -Y yo no hice nada. Yo no te salvé.

Esa es su confesión.

Ella responde con un ademán de impaciencia.

   -No te cargues tú la culpa, David. Nadie podía contar con que tú me salvaras. Si hubiesen llegado una semana antes, habría estado sola en la casa. De todos modos tienes razón no significaba nada para ellos, nada de nada. Lo sentí con toda claridad.

Hay una pausa.

   -Creo que ya lo habían hecho antes –sigue diciendo ella con voz más firme-. Al menos los dos adultos. Creo que en primer lugar, antes que otra cosa, son violadores. Sus robos son accidentales. Una actividad secundaria. Creo que se dedican a violar.

   -¿Crees que volverán?

   -Creo que estoy en su territorio. Me han marcado. Vendrán por mí.

   -Entonces es imposible que te quedes.

   -¿Por qué no iba a quedarme?

   -Porque eso sería como invitarles a que vuelvan.

Ella medita un largo rato antes de contestar.

   -Ya, pero ¿no crees que hay otra forma de ver las cosas, David? ¿Y si…? ¿Y si fuera el precio que hay que pagar para quedarse? Tal vez ellos lo vean de este modo; tal vez también yo deba ver las cosas de este modo. Ellos me ven como si les debiera algo. Ellos se consideran recaudadores de impuestos, cobradores de morosos. ¿Por qué se me iba a permitir vivir aquí sin pagar? Tal vez eso es lo que dicen ellos.

   -Seguro que se dicen muchas cosas. A ellos les interesa más que nada inventarse historias que les sirvan de justificación, pero tú confía en tus sentimientos. Antes dijiste que ellos solo te transmitieron odio.

   -Odio… Cuando se trata de los hombres y el sexo, David, ya no hay nada que me sorprenda. No lo sé; puede que para los hombres, odiar a una mujer dé una mayor excitación al sexo en sí mismo. Tú eres hombre, tú deberías saberlo. Cuando tienes tratos carnales con una desconocida, cuando la atrapas, la sujetas con tu peso, cuando la tienes debajo de ti… ¿no es algo parecido a matarla? Es como si le clavaras un cuchillo; después sales, dejas el cuerpo cubierto de sangre… ¿No es algo parecido a un asesinato, al hecho de matarla y largarte sin que nadie te detenga en ello…?                                                                                                                         

 

Caeiro + Reis + Campos = Pessoa

Organizado por el Centro de Filosofía de la Universidad de Lisboa y el Departamento de Filología Románica de la Universidad de Barcelona, se desarolló el Coloquio Internacional Fernando Pessoa.

Fue en la sede de la casa de estudios catalana donde componentes de ambas universidades ibéricas, expusieron durante dos jornadas sus visiones de los elementos primordiales, de los textos del escritor lisboeta.

Surgieron entre otros, la presencia de elementos budistas e  islamistas, así como los mensajes que subyacen en su poesía y su prosa. Otra de las particularidades que conservaba Pessoa, era la de publicar bajo distintos heterónimos a quienes incluso, dotaba de biografía propia; con ellos el portugués establecía un juego literario, ya que se permitía criticarles en diferentes medios y publicaciones. Como ejemplo el texto siguiente, donde hace una reflexión sobre Álvaro de Campos, uno de sus alter egos, cuando refiriéndose al conjunto de su obra, escribe:

“La poesía es superior a la prosa porque expresa, no un grado superior de emoción, sino, por el contrario, un grado superior del dominio de ella, la superación del tumulto en la que la emoción naturalmente se expresaría (como bien dice Campos) al ritmo, a la rima y a la estrofa.

Como el estado mental en que la poesía se forma es, de verdad, más emotivo que aquellos en los que de un modo natural se forma la prosa, es necesario que al estado poético se aplique una disciplina más dura que la que se emplea en el estado prosaico de la mente. Y esos artificios –el ritmo, la rima, la estrofa- son instrumentos de tal disciplina.

En el sentido en que Campos dice que son artificios el ritmo, la rima y la estrofa, se puede decir que son artificios la voluntad que corrige defectos, el orden que vigila sociedades, y la civilización que reduce los egoísmos a su forma sociable…”

Otoño literario

Las vacaciones estivales van quedando atrás y con la estación de las hojas secas a la vista, las editoriales preparan sus lanzamientos que prometen ser bastante competidos.

Como era de esperar hay para todos los gustos. Dentro del segmento de la novela histórica y luego del éxito de Un mundo sin fin, Ken Follet (Plaza y Janes), llega ahora la segunda parte de la trilogía: El invierno del mundo.

María Dueñas en una saga que se nutre de la intriga y del amor, y con la repercusión aún latente de El tiempo entre costuras, lanza al mercado Misión olvido (Temas de hoy).

Por último y en narrativa contemporánea la menos conocida  Delphine de Vigan, mediante la editorial Anagrama, tratará de lograr el favor de los lectores con su Nada se opone a la noche.

De lo ya publicado, no se puede soslayar la tirada que viene representando el fenómeno de la trilogía Cincuenta sombras (Grijalbo), que sin lugar a dudas se ha alzado con las preferencias de las lecturas femeninas del verano.

No serán los únicos títulos cargados de erotismo, ya que aprovechándose del impulso del género, varias serán las novedades que podremos ver en los estantes de las librerías. Entre ellas No te escondo nada de la estadounidense Sylvia Day (Espasa), que promete sacar su tajada de las ventas.

Éstos por nombrar algunos de los títulos en liza, que simbolizan sólo una parte de las apuestas en el mundo editorial. De aquello que se cree como una postura segura y también del desafío que se asume, por ser el primero en imponer un nuevo nombre en el mundo de las letras.

Homenaje a Ray Bradbury

Nos acaba de dejar el cinco de junio pasado a los noventa y un años. Aunque su carrera literaria mantiene un reconocimiento y una universalidad que viene desde muy lejos.

De formación autodidacta, Bradbury comenzó su andar con la publicación de sus  primeros cuentos en revistas. Fue luego guionista en series de televisión y también participó en la adaptación al cine de consagrados  textos, como el Moby Dick, llevado a la pantalla por el director John Huston.

Pero fueron sus novelas -donde apenas alcanzaba a ocultar sus propósitos morales-, las que le otorgaron una definitiva proyección mundial, Crónicas Marcianas(1950), El hombre ilustrado(1951) y por sobre ellas su Fahrenheit 451(1953), título que quizás en un postrero agradecimiento, el escritor hizo grabar en su lápida funeraria. En su ficción, situaba a sus personajes en un futuro donde los libros son prohibidos por el estado totalitario; mientras que un grupo de rebeldes decide resistir memorizando trabajos enteros sobre literatura y filosofía. De ella rescatamos el texto siguiente:

En silencio, Granger se levantó, se palpó los brazos, las piernas, blasfemando innecesariamente entre dientes, mientras las lágrimas le corrían por el rostro. Se arrastró hacia el río para mirar aguas arriba.

_ Está arrasada –dijo mucho rato después-. La ciudad ha quedado reducida a un montón de polvo. Ha desaparecido.

_ Y al cabo de una larguísima pausa se preguntó_: ¿Cuántos sabían lo que iba a ocurrir? ¿Cuántos fueron pillados por sorpresa?

<Y en todo el mundo –pensó Montag-, ¿cuántas ciudades más aniquiladas? Y aquí en nuestro país, ¿cuántas? ¿Cien… mil?>

Alguien encendió una cerilla y la acercó a un pedazo de papel que había sacado de un bolsillo. Colocaron el papel debajo de un montoncito de hierbas y hojas y, al cabo de un momento, añadieron ramitas húmedas que chisporrotearon, pero prendieron por fin, y la hoguera se fue haciendo más grande bajo el aire matutino, mientras el sol se elevaba y los hombres dejaban lentamente de mirar el río y eran atraídos por el fuego, con gestos torpes, sin nada que decir, y el sol iluminó sus nucas cuando se inclinaron.

Granger desdobló un pedazo de lona en cuyo interior había un trozo de tocino.

_ Comeremos un bocado. Después daremos media vuelta y nos dirigiremos corriente arriba. Tal vez nos necesiten allí.

Alguien sacó una pequeña sartén, y el tocino fue a parar a su interior, y empezó a dorarse sobre la hoguera. Unos segundos después el tocino chisporroteaba y el aroma impregnaba el aire matutino. Los hombres observaban el ritual en silencio.

Granger miró la hoguera.

_ Fénix.

_ ¿Qué?

_ Mucho antes de Cristo, hubo un pajarraco estúpido llamado Fénix. Cada pocos siglos encendía una hoguera y se quemaba en ella. Debió de ser el primer primo hermano del hombre. Pero, cada vez se quemaba, resurgía de las cenizas, renacía a la vida. Y parece que nosotros haremos lo mismo, una y otra vez; sin embargo tenemos una maldita ventaja sobre él. Sabemos la maldita estupidez que acabamos de cometer: conocemos todas las barbaridades que hemos llevado a cabo durante miles de años, y mientras recordemos eso y lo conservemos donde podamos verlo, algún día dejaremos de levantar esas malditas piras funerarias y de arrojarnos a ellas…

La frase

«¿Qué sentido tiene la literatura en un mundo sin sentido? No hay más que dos respuestas. La primera: ningún sentido. La segunda es la que hoy no parece estar de moda: el sentido de la literatura es imaginarle un sentido al mundo y, por lo tanto, al escritor que la escribe»       ( Abelardo Castillo )

 

Grandes de las letras: Ernest Hemingway

En La Habana hay quien le recuerda degustando un mojito acodado en la barra del Floridita, aunque su nombre ya había comenzado a resonar mucho tiempo antes de su experiencia cubana, cuando como corresponsal cubrió la Guerra Civil española. Luego conservo aún el temple para asistir al otro gran conflicto del siglo pasado, la Segunda Guerra mundial, donde tuvo la oportunidad de desembarcar con las tropas en las playas de la francesa Normandía.

Y en medio de tantas alternativas bélicas, su profunda relación con la literatura. Fruto de ello recibió el premio Pulitzer por el relato El viejo y el mar, que antes de ser libro, fue publicado por entregas en la revista Life. Para luego ya en 1954, hacerse merecedor al Nobel de Literatura por el conjunto de su obra, galardón que el escritor dedicó a su amada Cuba.

Dueño de una prosa certera que utilizó en sus crónicas bélicas, el estadounidense se sirvió de su temprana experiencia como conductor de ambulancias en el frente de la Primera Gran Guerra, para producir una de sus más celebradas novelas, Adiós a las armas. De ella el texto siguiente:

…Todo mi ser se iba rápidamente y comprendí que estaba muerto y que había sido un error creer que todo se acaba al morirse. Luego floté en vez de seguir alejándome, sentí que volvía hacia atrás. Respiré y había vuelto a mí mismo. La tierra estaba revuelta y delante de mí había una viga astillada. En medio del torbellino de mi cabeza oí llorar a alguien. Traté de moverme, pero no lo conseguí. Oía a las ametralladoras y los fusiles que disparaban desde la otra orilla y a todo lo largo del río. Estaba lleno de fango y veía en lo alto cómo subían los obuses luminosos, estallaban y quedaban flotando en medio de un vivo fulgor, veía ascender los cohetes y oía las bombas, todo ello en un momento, y luego oí que alguien a mi lado decía:

_ Mamma mia! Oh, mamma mia!

Empecé a dar tirones, retorcí el cuerpo y por fin logré liberar mis piernas y entonces me volví y lo toque. Era Passini y cuando lo toqué se puso a chillar. Tenía las piernas en dirección hacia mí y en las alternativas de oscuridad y de luz pude ver que las dos estaban destrozadas por encima de las rodillas. Una de las piernas había quedado seccionada y la otra estaba unida al cuerpo por los tendones y parte del pantalón, mientras que el muñón se retorcía como si estuviera completamente separado. Passini se mordió el brazo y gimió:

_ Oh, mamma mia, mamma mia! -Y luego-: Dio ti salvi, Maria. Dio ti salvi Maria. Oh Jesucristo mátame! oh virgen santísima mátame!  Luego quedó inmóvil mordiéndose el brazo, mientras el muñón seguía agitándose.

_ Portaferiti! -grité haciendo bocina con la mano- Portaferiti!     

Traté de acercarme más a Passini para intentar hacerle un torniquete en las piernas, pero no pude moverme. Lo intenté de nuevo y mis piernas se movieron un poco. Conseguí arrastrarme hacia atrás apoyándome en los brazos y en los codos. Passini ahora no se movía. Me senté a su lado le desabroché la guerrera y traté de hacer unas vendas con mi camisa. Pero no pude desgarrarla, ni siquiera aplicando los dientes al borde de la tela. Luego me acordé de sus bandas; yo llevaba calcetines de lana, pero Passini llevaba bandas. Todos los choferes llevaban bandas. Pero Passini sólo tenía una pierna. Deshice la banda y mientras lo estaba haciendo vi que no necesitaba tratar de hacer un torniquete, porque estaba muerto…