Mario Benedetti, nostalgias de café

Desde tiempos inmemoriales los habitantes de las ciudades aledañas al río de la Plata se adhieren a una costumbre: ver transcurrir la vida a través de la ventana de algún bar. Luego ya puertas adentro, será frecuente que el espacio se transforme en una tribuna deportiva o política, donde la pasión por sostener las propias ideas suele enconarse arrastrada por la pasión y la vehemencia, acción tan usualmente latina cuando se defienden los postulados personales.

El bar, acompañado de la sempiterna compañía de un café, también se transforma en un espacio proclive para generar introspección, lo que supone quizás que, ayudados por la diligente provisión del camarero, esas reflexiones plasmadas en cualquier trozo de papel de emergencia terminen convirtiéndose en ideas, sentencias, poemas, o tal vez en  algún proyecto de cuento o novela; todo conformando una mística muy propia del lugar que en invierno suele acompañar la fina lluvia constante (garúa, en esas latitudes), mientras que en más de una oportunidad irrumpe la cacofonía del vapor que surge de la propia cafetera, o el voceo sostenido del personal dando orden a cada pedido.

El escritor uruguayo (1920-2009), cuyo nombre completo era Mario Orlando Hardy Hamlet Brenno Benedetti Farrugialo, fue habitué del microclima de estos viejos cafés; cuando sus escritos llevan aún incorporados el aroma de la borra depositada en el fondo del pocillo, el dibujo del barniz deteriorado sobre la madera añeja del marco de una de esas ventanas, o la mirada furtiva que nos devuelve un espejo decolorado e inquisidor. Benedetti gastaba horas de su tiempo en la creadora soledad de estos establecimientos, los disfrutaba tanto, que incluso participó de filmaciones en ellos cuando alguna de sus obras era llevada a la gran pantalla, admitiendo que en muchas oportunidades y como fruto de lo que acontecía dentro y fuera de ellos, le habían ayudado a disparar su imaginación para alimentar innumerables páginas de sus obras en poesía (solía declamar en perfecto alemán), relato o novela: Gracias por el fuego; La borra del café; La tregua; Con y sin nostalgia; Esta mañana; Montevideanos; Primavera con una esquina rota, por mencionar solo algunas de ellas.

Los dos capítulos a continuación son con los da comienzo a la que fuera su primera novela, Quién de nosotros, donde detalla un triángulo amoroso. Un texto que, como otros que llevan su firma, es reeditado de manera permanente y por el que logró su primer gran reconocimiento:

  “Solo hoy, al quinto día, puedo decir que no estoy seguro. El martes, sin embargo, cuando fui al puerto a despedir a Alicia, estaba convencido de que era ésta la mejor solución. En rigor es lo que siempre quise: que ella enfrentara sus remordimientos, su enfermiza demora en ‘lo que pudo haber sido`, su nostalgia de otro pasado y, por ende, de otro presente. No tengo rencores, no puedo tenerlos, ni para ella ni para Lucas. Pero quiero vivir tranquilo, sin esa suerte de fantasma que asiste a mi trabajo, a mis comidas, a mi descanso. De noche, después de la cena, cuando hablamos de mi oficina, de los chicos, de la nueva sirvienta, sé que ella piensa: <En lugar de éste podría estar Lucas, aquí, a mi lado, y no habría por qué hablar>.

   La verdad es que ella y él siempre fueron semejantes, estuvieron juntos en su interés por las cosas –aún cuando discutían agresivamente, aún cuando se agazapaban en largos silencios- y actuaban siguiendo esa espontánea coincidencia que a todos los otros (los objetos, los amigos, el mundo) nos dejaba fuera, sin pretensiones. Pero ella y yo somos indudablemente otra combinación, y precisamos hablar. Para nosotros no existe la protección del silencio; casi diría que, desde el momento que lo tenemos, la conversación acerca de trivialidades propias y ajenas nos protege a su vez de esos horribles espacios en blanco en que tendemos a mirarnos y al mismo tiempo a huirnos las miradas, en que cada uno no sabe qué hacer con el silencio del otro. Es en esas pausas cuando la presencia de Lucas se vuelve insoportable, y todos nuestros gestos, aún los tan habituales como tics, nuestro redoble de uñas sobre la mesa o la presión nerviosa de los nudillos hasta hacerlos sonar, todo ello se vuelve un elíptico manipuleo, todo ello, a fuerza de aludirla, acaba por señalar esa presencia, acaba por otorgarle una dolorosa verosimilitud que, agudizada en nuestros sentidos, excede la corporeidad.

   Cuando miro a Adelita o a Martín jugando tranquilamente sobre la alfombra, y ella también los mira, y ve, como yo veo, una sombra de vulgaridad que desprestigia sus caritas casi perfectas, sé que ella especula más o menos conscientemente acerca de la luz interior, del toque intelectual que tendrían esos rostros si fueran hijos de Lucas en vez de míos. No obstante, a mi me gusta la vulgaridad de mis hijos, me gusta que no reciten poemas que no entienden, que no hagan preguntas sobre cuanto no puede importarles, que sólo les conmueva lo inmediato, que para ellos aún no hayan adquirido vigencia ni la muerte ni el espíritu ni las formas estilizadas de la emoción. Serán prácticos, groseros (Martín, especialmente) en el peor de los casos, pero no cursis, no pregonadamente originales, y eso me satisface, aunque reconozca toda la torpeza, toda la cobardía de esta tímida, inocua venganza.

II

   Lo peor de todo es que no siento odio. El odio sería para mí una salvación y a veces lo echo de menos como a una antípoda de la felicidad. Pero ellos se han portado tan correctamente; de común e inconsciente acuerdo, un código tan juicioso de sus renuncias, que, de mi parte, instalarme en el odio sería el modo más fácil de convertirme a los ojos de ambos en algo irremediablemente odioso, tan irremediable y tan odioso como si ellos me enfrentaran sonriendo y me dijeran:  <Te hemos puesto los cuernos>.

   Como poder aspirar a que si alguna vez se acuestan juntos, yo haya quedado al margen mucho antes; tal como ellos aspiran, estoy seguro, a que si alguna vez no puedo ni aguantarlos ni aguantarme, diga que se acabó, sencillamente, sin caer en la tontería de discutirlo. Mientras tanto, esto representa, aunque no lo parezca, un equilibrio. Alicia otorga mansamente, cuidadosamente, la atención y las caricias que le exigimos. Los niños y yo. Pero es como si hubiéramos prefabricado este vínculo, como si ella nos hubiese adoptado, a los niños y a mí, y ahora no supiese en dónde ni a quién dejarnos. Y como trata de hacer menos ostensible el esfuerzo que le cuesta su naturalidad, yo se lo agradezco y ella agradece mi agradecimiento.

 Lucas, por su parte, se ha eliminado discretamente de la escena; no tanto, sin embargo, para que su ausencia se vuelva sospechosa. Por eso nos escribe una carta por quincena, en la que pormenoriza su vida periodística, sus proyectos literarios, su labor de traductor. Por eso le escribo yo también una carta quincenal, en la que opino sobre política, reniego de mi empleo y detallo los adelantos escolares de Martín y Adelita; carta que termina siempre con unas líneas marginales de Alicia en las que envía <cariñosos recuerdos al buen amigo Lucas…>» 

La frase

«Al lado de las grandes novelas están también los grafitis, y el hip hop, y… ¿cómo no va a ser todo eso cultura? Es la música de fondo de la sociedad contemporánea. Aunque reconozco que la gente se siente un tanto arisca para con este concepto«           ( Leila Guerriero )

De refugiado a premio Pulitzer

En tiempos donde la palabra refugiado se encuentra por variados motivos a la orden del día, Viet Thanh Nguyen (Buon Ma Thuot, 1971), flamante ganador del premio Pulitzer, de origen vietnamita pero inmigrante desde hace años en los Estados Unidos, hoy atravesando los particulares tiempos de la administración Trump, habla de la importancia que para un autor tiene reflexionar e intentar regresar a aquellos traumas que nos hicieron daño, según el escritor asiático, única manera de lograr paliar las profundas huellas psicológicas del pasado y redimirse como ser humano 

El artículo a continuación fue reproducido en el diario El País de Madrid:

J A Aunión

La vida y la obra del escritor Viet Thanh Nguyen, de 48 años, ganador del premio Pulitzer y profesor de la Universidad del Sur de California, es pura ambivalencia. Piensa en sí mismo como estadounidense (llegó al país con 4 años junto a su familia huyendo de la guerra) y también como vietnamita (de allí huían), pero se sabe parte de una minoría en ambos países. Logró salir adelante y labrarse una carrera académica obligándose a no pensar en su infancia y adolescencia como refugiado, pero volvió a sumergirse en ese tiempo cuando decidió ser escritor:

“Para recopilar material para nuestra escritura tenemos que volver aquello que nos hizo daño”, explica. Su experiencia traumática nace de sus recuerdos, como el primero de todos, cuando le separaron de su familia para poder salir del campo militar donde vivían a su llegada a EE UU a mediados de los años setenta; pero también de aquello que ha hecho suyos a través de los recuerdos de sus padres, esa memoria de segunda mano que puede llegar a ser más poderosa que la directa.

Sobre todo ello, sobre la situación que viven en su país los refugiados e inmigrantes bajo el Gobierno de Donals Trump («Quienes les odian son los que controlan hoy los mecanismos políticos») y sobre la secuela que está preparando del libro que le valió el Pulitzer en 2016 (El simpatizante, un relato de humor negro sobre un agente doble del Vietcong exiliado en Los Ángeles) habló Nguyen con EL PAÍS hace unas semanas, a su paso por Madrid para participar en la tercera conferencia anual de la Asociación de Estudios de la Memoria.

Habló, por ejemplo, de esa “memoria de segunda mano” que también marcó toda la obra de uno de sus autores favoritos, WG Sebald. “Él usa el término para describir su propia experiencia, la de alguien nacido en Alemania durante la Segunda Guerra Mundial, que creció en los años cincuenta y en medio de un gran silencio en todo el país”. En su propio caso, se refiere a los silencios de sus padres, a las cosas que no respondían y a las que él mismo prefería no preguntar. Y también a las que ellos elegían contarle.

“Eran de procedencia humilde, vivieron tiempos muy difíciles, de guerra y descolonización”, arranca. Y añade sobre esas historias que sí elegían rememorar para él, las que de hecho han repetido una y otra vez a lo largo de los años: “Eran o bien muy dramáticas o muy nostálgicas”. Muchas de ellas tenían que ver, por ejemplo, con una brutal hambruna que sufrieron en los años cuarenta y que mató a casi un millón de personas en el norte de Vietnam, cuando no tenían ni siquiera arroz y se veían obligados a comer raíces. “Algunas veces, mi padre cocina raíces como entonces, simplemente porque le recuerda a ese periodo que, aunque fue horroroso, también le lleva a su juventud ahora que tiene 85 años”.

Nguyen ha reflexionado mucho sobre estas cuestiones, como académico y en obras como The Displaced (Los desplazados, en la que reunió testimonios de 17 escritores que habían sido refugiados), The Refugees (Los refugiados, una colección de cuentos que exploran entre otros temas la inmigración y la identidad) y el ensayo Nothing Ever Dies. Vietnam and the Memory of War (Nada muere nunca. Vietnam y la memoria de la Guerra). Y ha llegado a la conclusión de que no hablar de algo no es lo mismo que olvidarlo: “Incluso con el silencio puedes sentir que algo está ocurriendo. Yo he crecido en el entorno de una comunidad de refugiados vietnamitas y allí había mucha violencia doméstica y de otros tipos que creo que estaba conectada con ese pasado en la guerra, como refugiados”.

Entonces, ¿el olvido no es una opción? “Obviamente necesitamos olvidar —individualmente y como países— para poder avanzar. La cuestión es cómo lo hacemos. Y me temo que la mayoría de la gente en la mayoría de los países olvidamos, simplemente, negándonos a lidiar con el pasado, pretendiendo que nunca existió y creyendo que eso nos permite seguir adelante, pero en realidad significa que ese pasado seguirá acompañándonos”. ¿Y cómo se hace, entonces, para olvidar? “Es crucial volver a ese momento traumático para saber qué significa emocionalmente para ti, para entender las complicaciones. Yo creo que solo puedes olvidar cuando finalmente te enfrentas a tu pasado”.

Y eso vale para las personas y también para los países, insiste. De hecho, cuando se le pregunta por cómo está tratando hoy Estados Unidos a los refugiados y a los inmigrantes, su respuesta se remonta a una cuestión histórica no resuelta, una especie de batalla interminable entre los dos corazones de EE UU. “El país está dividido sobre un montón de cosas porque desde el propio origen de la sociedad estadounidense hemos tenido dos impulsos. Uno de ellos es hacia cosas preciosas como la integración, el sueño americano… Pero el otro es la violencia, porque el país fue construido sobre la base de la conquista, el genocidio, la esclavitud, el racismo, el odio… Esta contradicción fundamental vive en la raíz de la historia estadounidense y ahora se está dirigiendo contra los refugiados y los inmigrantes”, explica. Así, si las decisiones políticas de la Administración están teniendo “efectos humanos terribles” («Las podemos ver todos los días, con inmigrantes muertos, fotografías terribles, niños torturados…»),  también es cierto que “hay una protesta social muy fuerte, desde políticos a gente común que están diciendo que es un error, que se puede hablar de políticas de inmigración y de fronteras, pero no se puede de ninguna manera cometer este tipo de atrocidades”.

La frase

«Hace décadas que me interesa el cambio climático y la deforestación. Hace unos años emprendí  un viaje que me llevó hasta Michigan, donde había el bosque de pino blanco más extenso del planeta. Me di una vuelta por allí y no encontré ninguno»    ( Annie Proulx )

Antonio Lobo Antunes, las crónicas de la vida

La crónica literaria es un estilo que se alimenta de manera directa de la crónica periodística; no en vano los mayores exponentes del género han trabajado con anterioridad como reporteros de sucesos. Ahí está el gallego Manuel Rivas o el reconocido estadounidense Guy Talese, uno de los iniciadores de lo que se denominó  Nuevo Periodismo.

Lobo Antunes (Lisboa, 1942) también se adscribe a esta forma de exponer el hecho literario, y con él se ha ganado el respeto y la admiración de muchos. Sus crónicas son certeras, con concisión y velocidad para describir la corta trama de sus historias, pero con el inequívoco resultado que no deja indiferente a lector alguno.

La obra del portugués es extensísima, abarcando los más preciados géneros: El orden natural de las cosas, Sonetos a Cristo, El archipiélago del insomnio, por  mencionar sólo unos pocos títulos los que le han llevado a alzarse con premios como el José Donoso, el Camoes o el FIL de Literatura en Lenguas Romances. Mientras que su nombre está instalado desde hace tiempo como uno de los posibles candidatos al Nobel.

Apegado a su tierra de nacimiento en sus relatos se visualiza la comunión de la ciudad con el río Tajo, mientras se perciben los sonidos del tranvía de la Alfama, o el trasiego constante en la plaza del Comercio al amparo de la estatua del marqués de Pombal y, cómo no, los aromas de su propio barrio de crianza: Benfica, antes en el extrarradio hoy incorporado a la extendida “ciudad blanca”.

Por ello y para apreciar su estilo, de su Libro de Crónicas, el texto completo de Elogio del suburbio, que bien podría parecerse a la acuarela de otros tantos arrabales del mundo:

“Crecí en los suburbios de Lisboa, en Benfica, por aquel entonces pequeñas quintas, travesías, casas bajas, oyendo a las madres que llamaban a las hora del crepúsculo

 -Vííííííííítor

  con un grito que, salido de la Rua Ernesto da Silva, alcanzaba a las cigüeñas en la copa de los árboles más altos y ahogaba a los pavos reales en el lago bajo los álamos. Crecí junto al castillete de las Portas que nos separaba de la Venda Nova y de la Estrada Militar, en un país cuyos puestos fronterizos eran la droguería del señor Jardim, la tienda de comestibles del Careca, la pastelería del señor Madureira y la mercería Havaneza del señor Silvino, y me entretenía por la tarde en el taller de calzado del señor Florindo, golpeando suelas en un cubículo oscuro rodeado de ciegos sentados en banquillos bajos, envueltos en el olor a cuero y a miseria que se mantiene como el único olor a santidad que conozco. Doña María Salgado, delgada, muy pequeña, siempre de luto, transportaba la Sagrada Familia en una caja, de vivienda en vivienda, y mis abuelos recibían en la sala durante quince días a esas tres figuras de barro en una caja de cristal empañado que las criadas iluminaban con mariposas de aceite. Crecí entre el señor Paulo que curaba con cuerdas y cañas las alas de los gorriones, y los Ferra-O-Bico, cuya tía se fugó con un gitano y leía el destino en las playas, embozada de negro como la viuda de un marinero que nunca hizo puerto. Mis amigos tenían nombres propios tremendos (Lafaiete, Jaurés) y vivían en bajos con ventanas a la altura de la calzada, donde se distinguían aparatos de radio gigantescos, tiestos de albahaca y madrinas con chinelas. El perro de la tenería encendía ladridos fosforescentes en las noches de julio, cuando el polen de la acacia llovía en mis párpados, yo, muerto de amor por la mujer de Sandokán, me descubría unicornio encerrado en el servicio de la escuela, y el brigadier Maia, con boina vasca, bajaba a la Adega dos Ossos gesticulando contra el régimen. En la época en la que a los trece años, me inicié en el hockey sobre patines del Futbol Benfica, el portero acolchado como un barón medieval me señaló ante el pasmo de los compañeros.

  -El padre del rubio es médico

  en lo que constituyó de inmediato mi primera gloria deportiva y la primera tenebrosa responsabilidad, a partir del momento en que el entrenador, palpándome los músculos con los ojos, advirtió con una mueca de duda:

  -Me gustaría ver si das la talla, rubio, que tu padre en el ring era una fiera para los golpes.

   El dueño de la Farmacia Uñiao hacía solitarios, la esposa del propietario de la Farmacia Marques era una griega suntuosa con nalgas de ánfora y pupilas encendidas, que me hacía olvidar de la mujer de Sandokán al verla los domingos camino de la iglesia, el campanero a quien llamaban Ze Martelo y que tocaba el Papagaio Loiro en la Elevación de la misa del mediodía en vez del A treze de Maio obligatorio, poseía una empresa funeraria cuyo folleto-reclamo comenzaba ‘¿Para qué insiste usted en vivir si por cien escudos puede tener un bonito funeral?`, y yo escribía versos en los descansos del hockey, fumaba a escondidas, una de mis extremidades tocaba a Jesús Correia y la otra a Camoes y era indecentemente feliz.

Hoy, si voy a Benfica no encuentro Benfica. Los pavos reales se han callado, ninguna cigüeña en la palmera de Correos (ya no existe la palmera de Correo, la quinta de los Lobo Antunes fue vendida) el señor Silvino, el señor Florindo y el señor Jardim murieron, se construyeron edificios en lugar de las casas, pero sospecho que por debajo de esas construcciones de cinco y seis y siete y ocho y nueve pisos, en un sitio cualquiera bajo marquesinas y sucursales de banco, el señor Paulo aún cura, con cuerdas y cañas, las alas de los gorriones, doña María Salgado aún se afana de vivienda en vivienda con la Sagrada Familia en su caja de cristal empañado, Lafaiete y Jaurés juega a los cromos en la Calçada do Tojal rodeados de tiestos y madrinas en chinelas. No hay pavos reales ni cigüeñas pero la acacia de mis padres, obstinada, resiste. Tal vez sólo resista la acacia, sólo ella quede de aquel tiempo como el mástil, horadando las olas, de un barco sumergido. La acacia me basta. Arrasaron las tiendas y los patios, no tocan Papagaio Loiro en la campana, pero la acacia resiste. Resiste. Y sé que junto a su tronco, si cierro los ojos y acerco el oído a su tronco, he de oír la voz de mi madre llamando

  -Antóóóóóóóóónio

  y un chico rubio atravesará el patio, con una bolsa de canicas en el bolsillo, pasará delante de mí sin verme y desaparecerá en la habitación de arriba, soñando que al menos la mujer de Sandokán no lo obligaría nunca a comer puré de patatas ni sopa de habitas durante el suplicio de la cena”.   

Traduttore, traditore

El traductor, ¿debería tener cierta “licencia” para poder mejorar con su trabajo la calidad del original?, o por el contrario, ¿debería ser fiel e interpretar de forma literal el texto? El autor, ¿debe elegir a su traductor o debe confiar esa responsabilidad a la editorial que se ha hecho con los derechos del mismo?  La traducción, durante el trascurso de los tiempos, ha representado siempre un verdadero quebradero de cabeza para autores y editores, y muchas veces quienes traducen, han sido acusados de “traicionar” la naturaleza del original. ¿Ahora, es tan así o es simple exageración?

El reportaje a continuación lleva la firma de Alexandra Jamieson y fue publicado en la revista argentina Outsider:

Charlamos virtualmente con la escritora y traductora Mariana Dimópulos acerca de lo intraducible, de la influencia de la traducción en su propia escritura y, por supuesto, del tema de qué sucede con el alma y las traducciones.

Mariana, decís que no existe lo intraducible y también que sos cauta con la poesía. ¿Hay algo de lo intraducible en la poesía que te hace tener esta cautela?

Lo intraducible es un muy antiguo tópico de discusión. Por principio, cualquiera que sea traductor o se ponga en esa tarea con saberes y seriedades, está ahí para traducir lo que tiene delante, hace eso, la traducción es, a fin de cuentas, tanto una actividad como su resultado. Decir que algo es intraducible es no entender del todo eso que pasa al traducir. Se cree en la intraducibilidad cuando se tiene un concepto demasiado elevado de la equivalencia directa o de la equivalencia históricamente asentada, término a término, que en verdad es una quimera. Hasta la palabra “house” en inglés puede convertirse en un problema de traducción o en algo supuestamente intraducible. Uno pone en equivalencia una cosa con otra y así produce una traducción, hace equivaler, activa un sentido –sin crearlo, ojo, me cuido mucho del puro nominalismo… Mi respeto a la traducción de poesía pasa por una cierta incapacidad para la asociación más o menos ilícita de palabras, para la ocurrencia, capacidades que dependen en parte de la imaginación de cada uno (porque uno no elije su propia imaginación, viene con ella). Soy lectora de poesía pero no diaria, tampoco escribo poesía, carezco de ese talento de amante de los significantes – que encuentra musicalidad en cualquier parte. De ahí mi cautela.

Llegaste al oficio de la traducción un poco por casualidad; sabiendo lo que sabés ahora, ¿lo hubieras elegido como tu primera opción de estudio en vez de Letras? ¿Por qué?

No lo creo. La traducción se convirtió en un modo de vida y de sustento pero como derivación del trabajo con los libros, sean de literatura o de filosofía, y con las lenguas. La ecuación proviene menos de la especialización técnica, que llegó con el tiempo, que de la necesidad por un lado y de una cierta pasión por dar a conocer y por experimentar. Creo que la curiosidad (que tengo muy desarrollada) y el deseo de dar a conocer, la búsqueda de intervención en un campo cultural dado, es parte crucial de la traducción; es el lado más directamente productivo de la escritura, o como dice María Negroni, el más generoso. Aunque una no siempre es, de todas formas, tan generosa, tampoco es cuestión de idealizar.

¿Las traducciones que has hecho influyen o influyeron de alguna manera en tu propia escritura? Es decir, de no ser traductora, ¿escribirías de otra manera, tendrías otra voz?

Especulando, diría que la traducción aportó varias cosas a mi molino escriturario. Creo que sin el alemán escribiría de otra manera, si no hubiera pasado por el cedazo de esa lengua y de esos autores (leídos muchos y traducidos algunos). La traducción lo que te da es una valiosa lentitud; se aprende a mirar de otra forma; uno es un botánico de las palabras (en este punto, parece el modelo opuesto al escritor inspirado o en arrebato, aunque siempre hay algo de eso a fin de cuentas). Pero no me convertí, por ejemplo, en una amante del diccionario, como ocurre en otros casos de traductores escritores (o viceversa).

La yapa: ¿sentís que «se pone el alma» en el texto que se traduce? ¿O vas más bien por una traducción objetiva o alejada de lo que te sucede con el texto original? 

Para citar a Marcelo Cohen, que escribió hace ya algunos años un texto destacable sobre su experiencia como traductor, hace falta postular una teoría para cada texto que uno traduce. Por supuesto, la clave para dimensionar esto es identificar qué es para nosotros la teoría de un texto. Pero algo de eso hay, si entendemos la teoría como un acto de contemplación al mismo tiempo que una participación anímica y de las otras…(donde se puede incluir, si se quiere, el enamoramiento con un texto o con una voz). En cualquier caso, para mí no se excluyen. Siempre tengo cierto resquemor de hablar de las pasiones cuando lo que está en juego –tratándose ante todo de la traducción de filosofía o de ensayo, que es finalmente a lo que más me dediqué en los últimos años– cuando está en juego algo bien objetivable (que supone que esta traducción está bien y la otra está mal). Pero es así: conviven objetividad y pasión en las traducciones bien hechas. Una vez escuché una anécdota de una pianista famosa: que se encerraba en el baño cuando era chica cada vez que cometía un error en el piano. Se encerraba porque no se podía perdonar. Con la traducción pasa lo mismo que con el piano. La pasión y la objetividad van de la mano, quedan (mal) encerradas en un mismo cuerpo, por así decir.

La frase

          «En medio de la miseria que nos rodea, encuentro la riqueza en las palabras»                                                                                                                                                  ( Antònia Vicens )

John Cheever, de lo fortuito a lo trascendente

Se dice que un hecho accidental, en su caso ser expulsado del instituto por fumar, fue el que provocó que John Cheever (1912-1982) se inclinara por hacer realidad su primer texto de ficción. Sea como fuere y a consecuencia de ello, su relato Expulsado fue publicado con éxito en el New Republic, periódico con el que comenzaría una colaboración que luego se extendería en el Atlantic, hasta alcanzar la notoriedad en el reconocido The New Yorker.

Asentado ya en el cuento decidió lanzarse en la concreción de su primera novela, Crónica de los Wapshot, con tanto éxito que se hizo merecedora del National Book Award. Con el tiempo, el estadounidense admitió que mucho del texto provenía de las experiencias de su propia familia que, originaria de un pequeño pueblo, había decidido trasladarse a la gran ciudad. A esta primera le siguió su continuación en la saga con El escándalo de los Wapshot, y luego fue la repercusión mediática con Bullet Park, una historia ambientada en los barrios residenciales, que lo consolidó como autor de prestigio.

En 1978 se publica The Stories of John Cheever, con la consecuencia directa de lograr el preciado Premio Pulitzer, que termina por darle una definitiva proyección internacional a su trabajo. En la novela las tramas se muestran bien desarrolladas y pulidas, pero destacan más aún la atractiva composición de sus personajes, en su mayoría cargados de elementos sombríos de difícil resolución, que le otorgan a sus relatos una pátina subyacente impregnada de cierto tono apocalíptico.

Mucho tiene que ver en sus textos las características propias del americano y sus obsesiones en el momento de volcarse a la escritura: las preocupaciones del ciudadano medio por lograr un status en la sociedad en la que habita, las tensiones que se derivan de la obsesión por alcanzar ese nivel, y también otras  temáticas, como la homosexualidad o el alcoholismo.

El siguiente texto surge de la asiduamente reeditada Bullet Park, en la que Cheever quiso reflejar la vacuidad y los pocos escrúpulos de las clases pudientes estadounidenses:

“…Se sentó en una silla junto a la cama de su hijo, como había hecho tantas veces en el pasado, cuando le leía  La isla del tesoro.

-¿Cómo te sientes, hijo?

-Más o menos igual.

-¿Has cenado algo?

-Sí.

-Había un artículo muy largo en el periódico del domingo que decía que tu generación piensa que el mundo está terriblemente corrompido. ¿Tú crees que el mundo está corrompido?

-No, no creo que esté corrompido.

-¿No crees que eso tiene algo que ver con tu problema?

-Me encanta el mundo. Simplemente estoy triste, eso es todo.

-Bien, supongo que hay razones para entristecerse, pero lo que más me duele es que siempre estén criticando estos barrios residenciales. Nunca he entendido por qué. Cuando vas al teatro, siempre están hablando mal de estos barrios, pero yo no veo que jugar al golf y cultivar flores sea un signo de depravación. La vida es más barata en las afueras, y yo me moriría si no pudiera hacer un poco de ejercicio. La gente parece establecer algún tipo de conexión entre respetabilidad y pureza moral que yo no acabo de entender. Por ejemplo, el hecho de que use traje con chaleco no significa necesariamente que proclame pureza moral. Una cosa no implica la otra. En todas partes suceden todo tipo de cosas escandalosas, pero solo porque les sucedan a personas que tienen jardines con flores no significan que los jardines sean despreciables. Por ejemplo, el año pasado acusaron a Charlie Stringer de enviar pornografía por correo. Él se defiende diciendo que tiene una especie de editorial y supongo que las fotos cochinas forman parte de su negocio. Vive en una de esas casas de estilo Tudor en Hansen Circle y tiene una mujer guapa y tres hijos. Flores en el jardín. Árboles. Un par de estanques. Los críticos dirán: <Mirad, mirad, mirad qué fachada tan grande ha levantado para ocultar que comercia con la obscenidad y la corrupción>. Pero ¿qué quieren decir con eso? ¿Por qué un hombre que comercia con cochinadas tendría que vivir en una cloaca? Es un canalla, de eso no cabe la menor duda, pero ¿por qué no iba a querer un canalla regar el césped y jugar al softball con sus hijos?

>Hablamos mucho de libertad e independencia. Si quisiéramos definir nuestro propósito como nación, no creo que pudriéramos evitar el uso de palabras como libertad e independencia. El presidente siempre está hablando de libertad e independencia, la marina y el ejército luchan siempre por defender la libertad y la independencia, y los domingos, en la iglesia, el padre Ransome agradece a Dios nuestra libertad y nuestra independencia; pero tú y yo sabemos que los negros que viven en esas ratoneras que hay río abajo no tienen libertad ni independencia para elegir lo que hacen ni dónde viven. Charlie Simpson es un gran tipo, pero tanto él como Phelps Marsen y otra media docena de hombres adinerados y respetables de por aquí ganan dinero haciendo tratos con Salazar, Franco, la Unión Minera y todas esas juntas militares. Hablan más que nadie de libertad e independencia, pero suministran dinero, armamento y técnicos para aplastar la libertad y la independencia cada vez que aparecen. Detesto mentir y detesto las falsedades, y, cuando vives en un mundo que admite a tantos mentirosos, supongo que tienes un motivo para estar triste. De hecho, yo no tengo tanta libertad o independencia como me gustaría. La ropa que me pongo, lo que como, mi vida sexual y gran parte de lo que pienso están bastante regimentados, pero a veces me gustan que me digan lo que tengo que hacer. NO soy capaz de ver lo que está bien y lo que está mal en cada situación.

>A veces los periódicos te confunden bastante. No dejan de publicar fotos de soldados muriendo en selvas y andurriales, justo al lado de un anillo de esmeraldas de cuarenta mil dólares o de un abrigo de piel de marta. Sería infantil decir que el soldado murió por las esmeraldas o las pieles de marta, pero ahí está, día tras día, el soldado agonizante y el anillo de esmeraldas…”   

 

La frase

«En el pensamiento binario, a veces promovido desde las redes sociales, hay un riesgo de que el pensamiento sea más pobre, sí. El ‘me gusta` o ‘no me gusta`de Facebook, como si únicamente fueran posibles dos posiciones, es un síntoma de ello»                                                                                                                                                                                   ( Thomas d`Ansembourg )