Antonio Lobo Antunes, las crónicas de la vida

La crónica literaria es un estilo que se alimenta de manera directa de la crónica periodística; no en vano los mayores exponentes del género han trabajado con anterioridad como reporteros de sucesos. Ahí está el gallego Manuel Rivas o el reconocido estadounidense Guy Talese, uno de los iniciadores de lo que se denominó  Nuevo Periodismo.

Lobo Antunes (Lisboa, 1942) también se adscribe a esta forma de exponer el hecho literario, y con él se ha ganado el respeto y la admiración de muchos. Sus crónicas son certeras, con concisión y velocidad para describir la corta trama de sus historias, pero con el inequívoco resultado que no deja indiferente a lector alguno.

La obra del portugués es extensísima, abarcando los más preciados géneros: El orden natural de las cosas, Sonetos a Cristo, El archipiélago del insomnio, por  mencionar sólo unos pocos títulos los que le han llevado a alzarse con premios como el José Donoso, el Camoes o el FIL de Literatura en Lenguas Romances. Mientras que su nombre está instalado desde hace tiempo como uno de los posibles candidatos al Nobel.

Apegado a su tierra de nacimiento en sus relatos se visualiza la comunión de la ciudad con el río Tajo, mientras se perciben los sonidos del tranvía de la Alfama, o el trasiego constante en la plaza del Comercio al amparo de la estatua del marqués de Pombal y, cómo no, los aromas de su propio barrio de crianza: Benfica, antes en el extrarradio hoy incorporado a la extendida “ciudad blanca”.

Por ello y para apreciar su estilo, de su Libro de Crónicas, el texto completo de Elogio del suburbio, que bien podría parecerse a la acuarela de otros tantos arrabales del mundo:

“Crecí en los suburbios de Lisboa, en Benfica, por aquel entonces pequeñas quintas, travesías, casas bajas, oyendo a las madres que llamaban a las hora del crepúsculo

 -Vííííííííítor

  con un grito que, salido de la Rua Ernesto da Silva, alcanzaba a las cigüeñas en la copa de los árboles más altos y ahogaba a los pavos reales en el lago bajo los álamos. Crecí junto al castillete de las Portas que nos separaba de la Venda Nova y de la Estrada Militar, en un país cuyos puestos fronterizos eran la droguería del señor Jardim, la tienda de comestibles del Careca, la pastelería del señor Madureira y la mercería Havaneza del señor Silvino, y me entretenía por la tarde en el taller de calzado del señor Florindo, golpeando suelas en un cubículo oscuro rodeado de ciegos sentados en banquillos bajos, envueltos en el olor a cuero y a miseria que se mantiene como el único olor a santidad que conozco. Doña María Salgado, delgada, muy pequeña, siempre de luto, transportaba la Sagrada Familia en una caja, de vivienda en vivienda, y mis abuelos recibían en la sala durante quince días a esas tres figuras de barro en una caja de cristal empañado que las criadas iluminaban con mariposas de aceite. Crecí entre el señor Paulo que curaba con cuerdas y cañas las alas de los gorriones, y los Ferra-O-Bico, cuya tía se fugó con un gitano y leía el destino en las playas, embozada de negro como la viuda de un marinero que nunca hizo puerto. Mis amigos tenían nombres propios tremendos (Lafaiete, Jaurés) y vivían en bajos con ventanas a la altura de la calzada, donde se distinguían aparatos de radio gigantescos, tiestos de albahaca y madrinas con chinelas. El perro de la tenería encendía ladridos fosforescentes en las noches de julio, cuando el polen de la acacia llovía en mis párpados, yo, muerto de amor por la mujer de Sandokán, me descubría unicornio encerrado en el servicio de la escuela, y el brigadier Maia, con boina vasca, bajaba a la Adega dos Ossos gesticulando contra el régimen. En la época en la que a los trece años, me inicié en el hockey sobre patines del Futbol Benfica, el portero acolchado como un barón medieval me señaló ante el pasmo de los compañeros.

  -El padre del rubio es médico

  en lo que constituyó de inmediato mi primera gloria deportiva y la primera tenebrosa responsabilidad, a partir del momento en que el entrenador, palpándome los músculos con los ojos, advirtió con una mueca de duda:

  -Me gustaría ver si das la talla, rubio, que tu padre en el ring era una fiera para los golpes.

   El dueño de la Farmacia Uñiao hacía solitarios, la esposa del propietario de la Farmacia Marques era una griega suntuosa con nalgas de ánfora y pupilas encendidas, que me hacía olvidar de la mujer de Sandokán al verla los domingos camino de la iglesia, el campanero a quien llamaban Ze Martelo y que tocaba el Papagaio Loiro en la Elevación de la misa del mediodía en vez del A treze de Maio obligatorio, poseía una empresa funeraria cuyo folleto-reclamo comenzaba ‘¿Para qué insiste usted en vivir si por cien escudos puede tener un bonito funeral?`, y yo escribía versos en los descansos del hockey, fumaba a escondidas, una de mis extremidades tocaba a Jesús Correia y la otra a Camoes y era indecentemente feliz.

Hoy, si voy a Benfica no encuentro Benfica. Los pavos reales se han callado, ninguna cigüeña en la palmera de Correos (ya no existe la palmera de Correo, la quinta de los Lobo Antunes fue vendida) el señor Silvino, el señor Florindo y el señor Jardim murieron, se construyeron edificios en lugar de las casas, pero sospecho que por debajo de esas construcciones de cinco y seis y siete y ocho y nueve pisos, en un sitio cualquiera bajo marquesinas y sucursales de banco, el señor Paulo aún cura, con cuerdas y cañas, las alas de los gorriones, doña María Salgado aún se afana de vivienda en vivienda con la Sagrada Familia en su caja de cristal empañado, Lafaiete y Jaurés juega a los cromos en la Calçada do Tojal rodeados de tiestos y madrinas en chinelas. No hay pavos reales ni cigüeñas pero la acacia de mis padres, obstinada, resiste. Tal vez sólo resista la acacia, sólo ella quede de aquel tiempo como el mástil, horadando las olas, de un barco sumergido. La acacia me basta. Arrasaron las tiendas y los patios, no tocan Papagaio Loiro en la campana, pero la acacia resiste. Resiste. Y sé que junto a su tronco, si cierro los ojos y acerco el oído a su tronco, he de oír la voz de mi madre llamando

  -Antóóóóóóóóónio

  y un chico rubio atravesará el patio, con una bolsa de canicas en el bolsillo, pasará delante de mí sin verme y desaparecerá en la habitación de arriba, soñando que al menos la mujer de Sandokán no lo obligaría nunca a comer puré de patatas ni sopa de habitas durante el suplicio de la cena”.   

Traduttore, traditore

El traductor, ¿debería tener cierta “licencia” para poder mejorar con su trabajo la calidad del original?, o por el contrario, ¿debería ser fiel e interpretar de forma literal el texto? El autor, ¿debe elegir a su traductor o debe confiar esa responsabilidad a la editorial que se ha hecho con los derechos del mismo?  La traducción, durante el trascurso de los tiempos, ha representado siempre un verdadero quebradero de cabeza para autores y editores, y muchas veces quienes traducen, han sido acusados de “traicionar” la naturaleza del original. ¿Ahora, es tan así o es simple exageración?

El reportaje a continuación lleva la firma de Alexandra Jamieson y fue publicado en la revista argentina Outsider:

Charlamos virtualmente con la escritora y traductora Mariana Dimópulos acerca de lo intraducible, de la influencia de la traducción en su propia escritura y, por supuesto, del tema de qué sucede con el alma y las traducciones.

Mariana, decís que no existe lo intraducible y también que sos cauta con la poesía. ¿Hay algo de lo intraducible en la poesía que te hace tener esta cautela?

Lo intraducible es un muy antiguo tópico de discusión. Por principio, cualquiera que sea traductor o se ponga en esa tarea con saberes y seriedades, está ahí para traducir lo que tiene delante, hace eso, la traducción es, a fin de cuentas, tanto una actividad como su resultado. Decir que algo es intraducible es no entender del todo eso que pasa al traducir. Se cree en la intraducibilidad cuando se tiene un concepto demasiado elevado de la equivalencia directa o de la equivalencia históricamente asentada, término a término, que en verdad es una quimera. Hasta la palabra “house” en inglés puede convertirse en un problema de traducción o en algo supuestamente intraducible. Uno pone en equivalencia una cosa con otra y así produce una traducción, hace equivaler, activa un sentido –sin crearlo, ojo, me cuido mucho del puro nominalismo… Mi respeto a la traducción de poesía pasa por una cierta incapacidad para la asociación más o menos ilícita de palabras, para la ocurrencia, capacidades que dependen en parte de la imaginación de cada uno (porque uno no elije su propia imaginación, viene con ella). Soy lectora de poesía pero no diaria, tampoco escribo poesía, carezco de ese talento de amante de los significantes – que encuentra musicalidad en cualquier parte. De ahí mi cautela.

Llegaste al oficio de la traducción un poco por casualidad; sabiendo lo que sabés ahora, ¿lo hubieras elegido como tu primera opción de estudio en vez de Letras? ¿Por qué?

No lo creo. La traducción se convirtió en un modo de vida y de sustento pero como derivación del trabajo con los libros, sean de literatura o de filosofía, y con las lenguas. La ecuación proviene menos de la especialización técnica, que llegó con el tiempo, que de la necesidad por un lado y de una cierta pasión por dar a conocer y por experimentar. Creo que la curiosidad (que tengo muy desarrollada) y el deseo de dar a conocer, la búsqueda de intervención en un campo cultural dado, es parte crucial de la traducción; es el lado más directamente productivo de la escritura, o como dice María Negroni, el más generoso. Aunque una no siempre es, de todas formas, tan generosa, tampoco es cuestión de idealizar.

¿Las traducciones que has hecho influyen o influyeron de alguna manera en tu propia escritura? Es decir, de no ser traductora, ¿escribirías de otra manera, tendrías otra voz?

Especulando, diría que la traducción aportó varias cosas a mi molino escriturario. Creo que sin el alemán escribiría de otra manera, si no hubiera pasado por el cedazo de esa lengua y de esos autores (leídos muchos y traducidos algunos). La traducción lo que te da es una valiosa lentitud; se aprende a mirar de otra forma; uno es un botánico de las palabras (en este punto, parece el modelo opuesto al escritor inspirado o en arrebato, aunque siempre hay algo de eso a fin de cuentas). Pero no me convertí, por ejemplo, en una amante del diccionario, como ocurre en otros casos de traductores escritores (o viceversa).

La yapa: ¿sentís que «se pone el alma» en el texto que se traduce? ¿O vas más bien por una traducción objetiva o alejada de lo que te sucede con el texto original? 

Para citar a Marcelo Cohen, que escribió hace ya algunos años un texto destacable sobre su experiencia como traductor, hace falta postular una teoría para cada texto que uno traduce. Por supuesto, la clave para dimensionar esto es identificar qué es para nosotros la teoría de un texto. Pero algo de eso hay, si entendemos la teoría como un acto de contemplación al mismo tiempo que una participación anímica y de las otras…(donde se puede incluir, si se quiere, el enamoramiento con un texto o con una voz). En cualquier caso, para mí no se excluyen. Siempre tengo cierto resquemor de hablar de las pasiones cuando lo que está en juego –tratándose ante todo de la traducción de filosofía o de ensayo, que es finalmente a lo que más me dediqué en los últimos años– cuando está en juego algo bien objetivable (que supone que esta traducción está bien y la otra está mal). Pero es así: conviven objetividad y pasión en las traducciones bien hechas. Una vez escuché una anécdota de una pianista famosa: que se encerraba en el baño cuando era chica cada vez que cometía un error en el piano. Se encerraba porque no se podía perdonar. Con la traducción pasa lo mismo que con el piano. La pasión y la objetividad van de la mano, quedan (mal) encerradas en un mismo cuerpo, por así decir.

La frase

          «En medio de la miseria que nos rodea, encuentro la riqueza en las palabras»                                                                                                                                                  ( Antònia Vicens )

John Cheever, de lo fortuito a lo trascendente

Se dice que un hecho accidental, en su caso ser expulsado del instituto por fumar, fue el que provocó que John Cheever (1912-1982) se inclinara por hacer realidad su primer texto de ficción. Sea como fuere y a consecuencia de ello, su relato Expulsado fue publicado con éxito en el New Republic, periódico con el que comenzaría una colaboración que luego se extendería en el Atlantic, hasta alcanzar la notoriedad en el reconocido The New Yorker.

Asentado ya en el cuento decidió lanzarse en la concreción de su primera novela, Crónica de los Wapshot, con tanto éxito que se hizo merecedora del National Book Award. Con el tiempo, el estadounidense admitió que mucho del texto provenía de las experiencias de su propia familia que, originaria de un pequeño pueblo, había decidido trasladarse a la gran ciudad. A esta primera le siguió su continuación en la saga con El escándalo de los Wapshot, y luego fue la repercusión mediática con Bullet Park, una historia ambientada en los barrios residenciales, que lo consolidó como autor de prestigio.

En 1978 se publica The Stories of John Cheever, con la consecuencia directa de lograr el preciado Premio Pulitzer, que termina por darle una definitiva proyección internacional a su trabajo. En la novela las tramas se muestran bien desarrolladas y pulidas, pero destacan más aún la atractiva composición de sus personajes, en su mayoría cargados de elementos sombríos de difícil resolución, que le otorgan a sus relatos una pátina subyacente impregnada de cierto tono apocalíptico.

Mucho tiene que ver en sus textos las características propias del americano y sus obsesiones en el momento de volcarse a la escritura: las preocupaciones del ciudadano medio por lograr un status en la sociedad en la que habita, las tensiones que se derivan de la obsesión por alcanzar ese nivel, y también otras  temáticas, como la homosexualidad o el alcoholismo.

El siguiente texto surge de la asiduamente reeditada Bullet Park, en la que Cheever quiso reflejar la vacuidad y los pocos escrúpulos de las clases pudientes estadounidenses:

“…Se sentó en una silla junto a la cama de su hijo, como había hecho tantas veces en el pasado, cuando le leía  La isla del tesoro.

-¿Cómo te sientes, hijo?

-Más o menos igual.

-¿Has cenado algo?

-Sí.

-Había un artículo muy largo en el periódico del domingo que decía que tu generación piensa que el mundo está terriblemente corrompido. ¿Tú crees que el mundo está corrompido?

-No, no creo que esté corrompido.

-¿No crees que eso tiene algo que ver con tu problema?

-Me encanta el mundo. Simplemente estoy triste, eso es todo.

-Bien, supongo que hay razones para entristecerse, pero lo que más me duele es que siempre estén criticando estos barrios residenciales. Nunca he entendido por qué. Cuando vas al teatro, siempre están hablando mal de estos barrios, pero yo no veo que jugar al golf y cultivar flores sea un signo de depravación. La vida es más barata en las afueras, y yo me moriría si no pudiera hacer un poco de ejercicio. La gente parece establecer algún tipo de conexión entre respetabilidad y pureza moral que yo no acabo de entender. Por ejemplo, el hecho de que use traje con chaleco no significa necesariamente que proclame pureza moral. Una cosa no implica la otra. En todas partes suceden todo tipo de cosas escandalosas, pero solo porque les sucedan a personas que tienen jardines con flores no significan que los jardines sean despreciables. Por ejemplo, el año pasado acusaron a Charlie Stringer de enviar pornografía por correo. Él se defiende diciendo que tiene una especie de editorial y supongo que las fotos cochinas forman parte de su negocio. Vive en una de esas casas de estilo Tudor en Hansen Circle y tiene una mujer guapa y tres hijos. Flores en el jardín. Árboles. Un par de estanques. Los críticos dirán: <Mirad, mirad, mirad qué fachada tan grande ha levantado para ocultar que comercia con la obscenidad y la corrupción>. Pero ¿qué quieren decir con eso? ¿Por qué un hombre que comercia con cochinadas tendría que vivir en una cloaca? Es un canalla, de eso no cabe la menor duda, pero ¿por qué no iba a querer un canalla regar el césped y jugar al softball con sus hijos?

>Hablamos mucho de libertad e independencia. Si quisiéramos definir nuestro propósito como nación, no creo que pudriéramos evitar el uso de palabras como libertad e independencia. El presidente siempre está hablando de libertad e independencia, la marina y el ejército luchan siempre por defender la libertad y la independencia, y los domingos, en la iglesia, el padre Ransome agradece a Dios nuestra libertad y nuestra independencia; pero tú y yo sabemos que los negros que viven en esas ratoneras que hay río abajo no tienen libertad ni independencia para elegir lo que hacen ni dónde viven. Charlie Simpson es un gran tipo, pero tanto él como Phelps Marsen y otra media docena de hombres adinerados y respetables de por aquí ganan dinero haciendo tratos con Salazar, Franco, la Unión Minera y todas esas juntas militares. Hablan más que nadie de libertad e independencia, pero suministran dinero, armamento y técnicos para aplastar la libertad y la independencia cada vez que aparecen. Detesto mentir y detesto las falsedades, y, cuando vives en un mundo que admite a tantos mentirosos, supongo que tienes un motivo para estar triste. De hecho, yo no tengo tanta libertad o independencia como me gustaría. La ropa que me pongo, lo que como, mi vida sexual y gran parte de lo que pienso están bastante regimentados, pero a veces me gustan que me digan lo que tengo que hacer. NO soy capaz de ver lo que está bien y lo que está mal en cada situación.

>A veces los periódicos te confunden bastante. No dejan de publicar fotos de soldados muriendo en selvas y andurriales, justo al lado de un anillo de esmeraldas de cuarenta mil dólares o de un abrigo de piel de marta. Sería infantil decir que el soldado murió por las esmeraldas o las pieles de marta, pero ahí está, día tras día, el soldado agonizante y el anillo de esmeraldas…”   

 

La frase

«En el pensamiento binario, a veces promovido desde las redes sociales, hay un riesgo de que el pensamiento sea más pobre, sí. El ‘me gusta` o ‘no me gusta`de Facebook, como si únicamente fueran posibles dos posiciones, es un síntoma de ello»                                                                                                                                                                                   ( Thomas d`Ansembourg )

Victoria Ocampo, país, cultura y determinación

Los argentinos, a falta de hacerlo como sociedad en su conjunto, se amarran y presumen orgullosos de los logros de personalidades surgidas del mundo del  ambiente artístico, del deporte y de la cultura. Aferrándose tal vez como a una  salvaguarda, de que la ansiada posibilidad de resurgir como nación de referencia en el mundo, les sea, al menos para las próximas generaciones, de cercana concreción 

Como una cruenta retahíla del destino, es habitual oír la mención de que tan sólo cien años atrás, el país se situaba en el séptimo puesto en el escalafón de las naciones más desarrolladas. Fue cuando a caballo del empuje que representaba la oligarquía agrícola ganadera, Argentina alcanzaba ese logro que por su importancia a nivel mundial, le hizo valer el mote de “granero del mundo”.

Ligada de alguna manera a esta historia, la familia Ocampo fue una digna exponente del buen saber de los linajes de fuste. Por ello desde temprana edad, la autora (1890-1979) realizó innumerables viajes al exterior, donde se interesó por todo aquello que le reportara conocimiento a sus sentidos, como artífice quizás de una forma de relacionarse con aquellos lejanos ecos que emitía el planeta. Largos periplos que supo complementar con el aprendizaje de idiomas, con los que con posterioridad alimentaría la comunicación epistolar con las más variadas personalidades de su época.

Victoria escribió textos y ensayos sobre los temas más variados, aún así y comprendiendo su importancia, decidió volcarse a la difusión del trabajo de otros escritores tanto nacionales como del extranjero, entregándose por completo a la fundación de la editorial y revista Sur, publicación que con los años se convertiría en un verdadero hito de la difusión literaria en Latinoamérica.

Se preocupó además de que personajes de las más variadas disciplinas visitaran su casa para promover el diálogo y la diversidad entre culturas. El suyo, un palacete situado a metros del río de la Plata en la tranquila localidad de Beccar fue una verdadera torre de Babel. Por allí pasaron príncipes, presidentes, primeros ministros y, por supuesto, gente de sapiencia en el amplio sentido del término: el escritor indio Rabindranath Tagore, el inglés Graham Greene, el arquitecto francés Le Corbusier o el pianista ruso Igor Stravinsky.

La escritora, de quien se cumplen cuarenta años de su fallecimiento, fue dueña de ideas muy propias, vaya como ejemplo que hasta llegó a corregir la disposición arquitectónica de los mismos planos que de su casa había hecho el mencionado arquitecto. De fuerte personalidad, detestaba la banalidad y la estupidez, y no dudada en contraponerse a los poderes de su tiempo, como cuando lo hizo con el gobierno del general Perón, entonces a cargo de la presidencia del país sudamericano.

En su madurez, consciente de visualizar el futuro, temiendo que su legado fuera utilizado por partidos de diferente corte político, decidió donar su casa  a la Unesco, siendo el único bien material que posee el organismo en el mundo entero. La misma propiedad que hoy a modo de exposición de vida es mostrada con orgullo, como un verdadero remanso de cultura y de placer para los sentidos,  siendo renovado objeto de visita desde los lugares más recónditos. Legado de una mujer que, acertada o no en sus convicciones, defendió sus ideales impulsada por la igualdad de oportunidades entre géneros, con una vocación en el sentido amplio y universal del ser humano.

El siguiente Testimonio, con firma del crítico César Magrini, apareció en las páginas del número 272 de la revista Sur.

Victoria Ocampo: Tagore en las barrancas de San Isidro (Buenos Aires, 1961)

“Verdadero descubrimiento de la alegría de este trabajo. Lo que Victoria Ocampo dice deberle a Tagore –lo que le debemos todos- podemos a nuestra vez decirlo de su libro. Resulta difícil comentar cada nueva obra de Victoria Ocampo. Parece como si ella hubiera usado ya antes todas las palabras, desposeyéndolas. Porque decimos “testimonio”, y luego recordamos que toda su vida ha sido eso, y que el mismo nombre toma, casi invariablemente, cada escrito suyo. Testimonio: así vuelve a definir a estos breves, verticales, ricos capítulos: ‘El testimonio que hoy traigo es tan sólo un ‘utterance of feeling`, como diría Tagore. Algo que hubiera podido ser poema, si tuviera el don de transformar en poemas una lágrima o una sonrisa. Pero no lo tengo. Y la lágrima permanece al estado de lágrima de mis ojos, y la sonrisa de sonrisa de mis labios`.

En este tono, en esta luz atenuada corren las páginas. Un Tagore desconocido, o mejor, un Tagore que confusamente habíamos llegado a intuir por medio de la lectura de sus poemas, se corporiza así ante nosotros. Victoria Ocampo lo rescata tanto en la anécdota menor como en el contorno mayor de su pensamiento y de su acción; porque cada página que Tagore escribió era eso: él mismo. Pero faltaba la mano que nos hiciera recorrer los rincones inexplorados del poeta y del hombre, que por los hombres, y sólo para ellos, escribía, y que lo hacía como un ejercicio de santidad. Camino silencioso pero elocuente, que traza, ahora, este libro. Camino que tanto necesitábamos; y que no desdeña la nota tierna, el recuerdo amable, hasta risueño, y que llega a darnos, también, un paisaje acabado de la religiosidad interior del poeta indio, esa ‘gran aventura de la vida entera`, según palabras del mismo Tagore. La autora lo hace con la voz, con la perspectiva con que lo hubiera intentado, de poderlo, cualquiera de nosotros: con la humana. Su estilo, claro y sosegado; sus alusiones, hasta esa constante presencia y luego de lo vegetal (lo vegetal, tema tan profundo y definitorio, siempre, en sus obras) tejen el diáfano tapiz de este libro, en torno de la figura de Tagore, al que sentimos cercano, puro, nuestro, igual que un niño, porque ‘los poetas son los hombres que han guardado intactos ciertos rasgos de la infancia. Y parte de la grandeza de los hombres radica en que no son sólo hombres como los demás, sino niños. Si fueran perpetuamente justos, sabios, infalibles en una palabra, los admiraríamos más, pero los amaríamos menos`. Y surge, así, nuestra pregunta fundamental: ¿conoceríamos nosotros, de no ser por Victoria Ocampo, el verdadero Tagore? ¿No sólo a éste, íntimo y bañado en una luz dulcísima, sino también al otro, al escritor, al poeta, al artista?

Hay una deuda que tenemos las generaciones más jóvenes para con Victoria Ocampo. Una deuda cuya valoración quizás fuese arriesgado intentar ahora, pero cuya importancia no puede soslayarse. Nosotros, siempre tan alejados del mundo de la cultura –del centro geográfico donde ese mundo hierve en lo que tiene de más representativo- tuvimos sin embargo, gracias a su obra infatigable, luminosas aproximaciones. A los que nos precedieron les tocó en suerte tratar directamente a buen número de las figuras máximas del pensamiento, del arte universal. Pero ella pensaba también, entonces, en nosotros, en los que vendríamos después. Sus libros se han dedicado, con devoción y con constancia ejemplares, a conservarnos vivos a esos hombres, a esas mujeres, algunos de ellos hoy casi legendarios. Basta abrir cualquiera de sus obras: están allí, existen, igual que ayer, frescos, incorruptos. A ellos se agrega hoy Tagore; y pocos tal vez comprendan cabalmente esta grande fortuna nuestra: la de tener, sólo para nosotros, algo que es y no es un documento, porque mal puede llamarse documento a lo que nace del amor. Amor en el propio trabajo, y hacia aquellos a quienes ese trabajo estaba dirigido. Amor que es a la vez confianza y, volviendo a las palabras de la autora, alegría. Amor que también Tagore comprendió, cuando, refiriéndose a Victoria Ocampo, escribía: ‘Por estas cosas digo que las mujeres, en Occidente, expresan su amor a través de acciones positivas, a través de algún servicio tangible. Su amor es una clase de amor que eleva, que enaltece`. Y así perdura: alto y elevando”.     

 

La frase

«Fui cuatro años voluntaria en un hospital psiquiátrico y ahora doy clases sobre el tema en la facultad de medicina. La psiquiatría, el psicoanálisis, la neurociencia y la filosofía nos explican lo que es un individuo y cómo todos nosotros somos vulnerables, podemos atravesar la frontera de la enfermedad mental muy fácilmente, incluso sólo un tiempo determinado, como ocurre con la depresión»  Siri Hustvedt )

John Banville, la agotadora carga de los recuerdos

Desde su temprana juventud y como muchos de sus compatriotas lo habían hecho durante siglos, el autor irlandés (Wexford, 1945) decidió seguir el camino de la migración hacia los Estados Unidos. Luego de los años de su experiencia americana y ya de regreso en su país, Banville eligió volcarse hacia el trabajo periodístico en The Irish Press, donde hasta llegó a ocupar al puesto de subdirector, para terminar haciéndolo en el diario The Irish Times.

Concluida su etapa como reportero, se lanzó por completo con sus textos de ficción en la que lleva una docena de novelas; entre ellas las que componen su conocida Trilogía de las Revoluciones: Copernico, Kepler y La Carta de Newton.  A las que le siguieron El libro de las pruebas y El mar, por las que fue una vez finalista y luego ganador del premio Booker. De manera más reciente, se ha hecho acreedor al Príncipe de Asturias de las Letras.

Sus obras se asientan en una prosa rica y descriptiva.  Pero más allá del estilo conserva además una curiosa particularidad, debido a que desde hace unos años ha sentido la extraña necesidad de desdoblar su personalidad literaria y, cuando su escritura deriva hacia el género negro, firma su autoría bajo el seudónimo de Benjamin Black; según sus propias palabras: “Porque –luego de haber escrito mil palabras- puedo irme a comer y sin más disfrutar de ello”. Sea como fuere, es evidente que por propia necesidad o por libre elección, se complace del hecho en cuestión y de este desdoblamiento de roles.

El pasaje a continuación pertenece a las páginas de inicio de una de sus más reeditadas novelas, Regreso a Birchwood, toda una reflexión sobre el peso de las relaciones de familia en la niñez, sus consecuencias en la vida adulta y, también, sobre el significado de la misma muerte. Hábil para predisponer al lector, desde sus primeras frases nos invita a sumergirnos en su historia a través del siguiente texto:

“Llegué en primavera. Era una mañana de un verde cristalino, fría y luminosa. Los sacos del carro estaban húmedos, el olor no me abandonaba, y tampoco el olor de los caballos, esas bestias inmensas de color pardo que piafaban y pisoteaban el camino, lanzando la cabeza hacia arriba, con  un destello en los ojos. Centelleaban las hojas de los árboles del bosque, retales de niebla avanzaban entre las ramas. Bajé la mirada hacia la fuente rota, hacia las hojas del año anterior hundidas en el agua estancada. La luz deslumbraba las ventanas de la casa. Sol y sombra barrieron el jardín, un pájaro trinó de repente, desgarrador, y abajo, en la superficie del estanque, una nube blanca se adentró en un cuenco azul de cielo.

La biblioteca es una habitación larga y estrecha. En el extremo sur, las paredes forradas de libros polvorientos se abren con un toque jovial a la cristalera blanca que asoma al bosque, más allá del césped. Aquel día cazaban en la hierba los mirlos, y también los tordos, pequeñas criaturas frenéticas entre gritos de guerra no más grandes que ellos mismos. Flotaba un olor a altramuces, y a mar, aunque más tenue. Los cristales de las ventanas estaban hechos añicos y unas hojas resecas cubrían la alfombra. Las esquirlas de cristal reflejaban cuñas de un estilizado azul celeste. Las sillas se agazapaban en una  inmovilidad amenazadora. Todas esas cosas que fingían estar muertas. Desde el descansillo mi mirada recorrió el lago y los campos en dirección al mar lejano. Qué azul estaba el agua, qué amarillo era el sol. Una mariposa revoloteaba por el jardín. Me esforcé por captar el infinito ruido que debían producir esas torpes alas. Tenía los puños mojados de lágrimas. No lloraba por los que ya no estaban. La gente es fácil de reemplazar, gracias a su abonable predisposición. Lloré por lo que había allí y aun así faltaba. Por Birchwood.

Creemos recordar las cosas tal y como eran, cuando en realidad lo único que nos llevamos al futuro son fragmentos que reconstruyen un pasado completamente ilusorio. Esa primera muerte que presenciamos será siempre un  murmullo de voces que se pierden por un pasillo y un reloj que se queda en silencio en la habitación a oscuras; el final del amor siempre son dos cigarrillos consumidos en un platito y una puerta blanca que se cierra. Había soñado tan a menudo con la casa en mis viajes que ahora se negaba a ser real, incluso mientras yo permanecía entre sus ruinas. No era con Birchwood con lo que había soñado, sino con un Birchwood de ensueño, entretejido de retazos y de fragmentos…”

La frase

«Para humanizar la vida hemos de reconocer sus límites. Esto está vinculado con la                     contingencia de nuestra existencia. Dentro de esos límites, es la ética quien nos ofrece el marco para vivir una vida más o menos humana. Por eso el compromiso ético es siempre subversivo»  Victoria Camps )